26/05/2009

Relatos de viajes por mar



Supongo que no hay explicaciones unívocas para asuntos tan complicados como ciertos entusiasmos y que muchos que de niño leyeron como yo a Stevenson, London, el capitán Marryat y a Osborne o el Capitán Byron (no confundir con el poeta) de mayores se habrán resignado hasta de buena gana a ser prosaicos oficinistas. No es mi caso: a mí me subió a la cabeza la botella de ron y aún me dura la tontería. Y ‘queche’, ‘goleta’, ‘bergantín’, o ‘gavia’, ‘bauprés’, ‘jarcia’, siguen siendo palabras mágicas, abracadabras de mi inquieto ánimo. Aún hoy, aunque vaya apurado de trabajo, cuando llego a una ciudad costera lo primero que visito es el puerto y el mercado central, y sueño para mi vejez la imagen de un viejo recio sentado en un noray y aguardando la arribada de otros barcos.

Como dejó dicho Rudyard Kipling en El mar y las colinas, siempre he preferido la excelente soledad del mar a los atrios de los reyes y a pesar de haber nacido tierra adentro (aunque me llevaron muy tempranamente al mar: ¡qué cantidad de mar!) y haber elegido una profesión y unos estudios que siempre me gustaron, la biología de campo (nunca el laboratorio), creo que debería haber sido marino mercante, pero ni siquiera supe en su momento que existía esa posibilidad; nadie en mi familia había establecido esa tradición. Lástima. Luego me resarcí de varias formas: aprendiendo a navegar a vela, arruinándome con mis dos socios como armador de un atunero (cumplíamos todas las normas de talla y artes en el palangre, y así nos fue) y emprendiendo travesías siempre que podía. Cuando era joven existía una maravillosa posibilidad, ya casi inexistente, consistente en embarcarse en mercantes, tanto de cabotaje como transoceánicos, en calidad de pasajero, pues casi todos los buques llevan alguna litera o incluso camarote previsto para ese fin, pagando un modesto pasaje o, mejor aún, contratándote como marinero si tenías la escueta capacitación para que te integraran en el libro de rol. En ese caso hasta te pagaban al desembarcar.

Hoy, en este mundo interconectado y turístico, la histeria del control de pasajeros, bien patente en los aviones, ha proscrito esta actividad. En pequeños barcos de cabotaje griego que hacían la misma función que nuestros arrieros en tierra adentro entre el norte y el sur de la Península o entre las sierras y los llanos, he acompañado partidas de azúcar, carbón, grano, chatarra de hierro…dando saltos de isla en isla por el mar Egeo y el Jónico, desde Sicilia hasta la costa turca. Conrad pensaba que los intereses comerciales estropearían la mejor vida que hay bajo el sol, pero a mí eso me facilitó mis viajes, mientras que el maldito turismo con sus ñoños cruceros y la paranoia del terrorismo internacional sí acabaron con esa forma de viajar que me entusiasmaba: navegar y llegar a puerto de vez en cuando, lo que me permitía disponer de un poco de tierra para estirar las piernas, comprar unos libros y cambiar de cocina de vez en cuando, tal y como recomendaba el autor de El corazón de las tinieblas. Por otra parte, la vieja época lujosa de los viajes en transatlántico con baúles, hoteles y pegatinas en las maletas ha desaparecido sustituida por la democracia gritona y pestilente de los ‘tour operator’.

Uno de mis libros de viajes marítimos favoritos (otro es sorprendentemente español, del periodista Jordi Esteva: 'Los árabes del mar') es el del historiador y periodista inglés –los maestros del género- Gavin Young: 'Una lenta travesía. De Grecia a China por mar', donde el autor, a comienzos de los ochenta hizo exactamente lo que me hubiera gustado hacer a mí: emplear siete meses y veintitrés embarcaciones distintas de los más variados tipos para llegar desde el Pireo hasta Cantón. Y luego lo contó en una excelente narración. En estos tiempos de desempleo, sindicatos suspicaces, fronteras blindadas y paranoia institucional el viaje por mar, sino es en velero propio o en los detestables cruceros organizados, está prácticamente moribundo y el viaje solitario también, ahora todo se hace en grupo.

Lo estaba en mis tiempos que son también los del más ambicioso viaje de Gavin Young. Rehuyendo las largas travesías y que redujeran las escalas, pues su sensato objetivo era conocer el mayor número de puertos posibles, jugando a una suerte de ‘ruleta rusa’ del viajero, tomando cualquier barco en la dirección correcta aproximada y confiando en no quedar varado en tierra demasiado tiempo se lanzó al viaje. La sola mención de sus etapas suena a mis oídos como estaciones del mismo paraíso: El Pireo, Esmirna, Alejandría, Port Said, Suez, Yidda, Dubai, Karachi, Bombay, Islas Andaman, Cochín, Colombo, Calcuta, Madras, Singapur, Brunei, Bangkok, Manila, Hong Kong, Macao, Cantón. Reunió lápices, cuadernos y libros: Conrad, Madox Fox, Joseph Séller y Wodehouse, que me parece una elección muy acertada, y cámaras de fotos y se lanzó al viaje.

Young no es un cronista imparcial. Los griegos le parecen encantadores y los turcos detestables, por ejemplo, pero es sobre todo crítico con sus compatriotas turísticos que ya empezaban a contaminar los trayectos. Y hasta da algún consejo útil para no quedarse embarrancado, por ejemplo en ciertos puertos árabes o en el Canal de Suez. Su literatura carece de la inalcanzable pureza de Leigh Fermor o el análisis agudo de Norman Lewis, incluso de la ‘fantasía’ de un Bruce Chadwin, pero da testimonio de una forma de viajar, lenta, que es la que a mi más me gusta.

Hay tres formas de situar un barco tras una travesía: atracarlo en el muelle, que es la más común; fondear a cierta distancia de la orilla, con ayuda de las anclas, como la Hispaniola en la Isla del Tesoro; o vararlo en tierra, para reparar el casco o para una larga estancia, que es lo que hace el caballero cansado de Muerte en Venecia frente a la playa del Lido. Dicho esto, digamos que este es un libro de viajes marítimos que atraca en puertos. Otro día os hablo de los que fondean y de los que varan.

5 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Debe de estar bien, lo de navegar. Personalmente, creo que prefiero ver el mar desde tierra firme, convenientemente enmarcado en montañitas verdes, pero como mi travesía marítima más larga debe de haber sido el Canal de la Mancha tampoco puedo asegurarlo. A los diez o doce años leí la crónica de Heyerdahl sobre su expedición en la Kon Tiki y anduve unas cuantas semanas algo trastornado, soñando con balsas y cocoteros. Era un mar encantador, visto a ras de agua, doméstico y apacible como en jardín suburbano.

Lansky dijo...

Respetable, por supuesto y muy extendida tu opinión, incluyendo lo de mirar el mar desde tierra, que lleva a vivir junto al mar ya que el 80% de la población mundial se hacina junto a las líneas de costa.

En cuanto a lo de navegar o no... vivimos en un mundo con cuatro quintas partes cubiertas de agua, es como si dispusieramos de un apartamento de 90 metros cuadrados y habitáramos sólo el ropero del vestíbulo. Navegar, Vanbrugh, es una expereincia irrepetible, pero es como explicarle a un ciego de nacimiento qué es una puesta de sol.

Miroslav Panciutti dijo...

Los entusiasmos de verdad son necesariamente individuales. A mí, las narraciones de viajes marítimos nunca me entusiasmaron demasiado; sí las de viajes, pero cuando iban en barco, las prolijas descripciones de aparejos, vientos y técnicas de navegación siempre se me hacían largas y pesadas. El mar tampoco me atrae demasiado, aunque haya hecho travesías algo más largas que las de Vanbrugh; al menos no meterme en él para cruzarlo de un lado a otro. Y eso, a pesar de ciudad costera. Pero, en fin, el ropero del vestíbulo da para muchas caminatas y cuenta con paisajes suficientes para no aburrirse; y, ya sé que para ti poco significa, cuenta con una amplia ventana hacia el resto del apartamento, tan mojado.

Lansky dijo...

Sí, Miroslav, ya digo: como explicarle una puesta de sol a un ciego; sé que es un vano intento. Navegar...Ah

Cigarra dijo...

Se me han puesto los dientes como mástiles (de largos, por la envidia) Siempre me ha parecido que las palabras que designan los aparejos de un barco son las más bonitas y sonoras del mundo, y no tenía ni 12 años cuando me sabía de memoria cuál era el bauprés, la mesana y el trinquete, donde iban los foques y qué era la cangreja. Y no sirve de nada que me proponga navegar en mi próxima reencarnación, porque, como bien dices, los viajes ya no son lo que eran. Me tendría que reencarnar hacia atrás, y no se si eso funciona así. Lástima.