11/05/2009

Virus y derechas, digo: derechos

"Spanish Influenza Virus" (H1N1)



Los gobiernos occidentales y sus mensajes de prevención de la reciente epidemia de gripe porcina me recuerdan un viejo chiste, el del bebedor que se acerca a la barra y pide un whisky doble, se lo toma de un trago y pide otro sencillo, que también se toma rápidamente para pedir medio; entonces exclama: “Es curioso, pero cada vez bebo menos y me emborracho más”. A medida que se lanzan los mensajes tranquilizadores sobre esta epidemia de gripe, tan benigna como cualquier otra habitual, el público, es curioso, se alarma más. ¿Están resultando inútiles los mensajes de tranquilidad o es lo que se buscaba?; por ejemplo, distraer de otras cuestiones de mayor gravedad, siendo malpensados. Como decía Sartre, una cosa es lo que nos hace la vida y otra bien distinta es lo que nosotros (o cada cual) hacemos con lo que nos hace la vida. ¿Una cosa son los mensajes del gobierno y otra la reacción que tienen en nosotros? En principio, cualquier lector adulto de la prensa sabe la diferencia que hay entre lo que los políticos dicen y lo que hay que entender que dicen.

¿Qué nos dicen? Los hechos dicen dos cosas. Primera, que un virus específico de una especie distinta a la nuestra (bueno, un poco distinta), la del cerdo, ha pasado a la nuestra. Incluso más tarde hemos sabido que inicialmente la nuestra contagio a los cerdos y nuevamente estos a nosotros. Segunda, que la malignidad de este virus es bastante baja entre humanos, más o menos como la de una gripe normal. Por tanto, el principal motivo de alarma proviene de la primera cuestión. ¿Es algo nuevo? No. Los virus del tipo HN, este en concreto es el H1N1, tienen su material genético (Ácido Ribonucléico, ARN, de una sola cadena, en lugar del ADN del resto de organismos superiores, incluidas las bacterias) fragmentado en nueve corpúsculos, una suerte de cromosomas, aunque eso no es del todo exacto. Ese hecho facilita que la infección, transmisión y reproducción de este tipo de virus implique fáciles cambios en su material genético que afectan tanto a la posibilidad de infectar animales distintos de su huésped original y “salten” de una especie a otra, como que aumente ( o disminuya) su virulencia.

Tras la Primera Guerra Mundial, la mal llamada gripe española mató entre 30 y 50 millones de personas (los pobres están siempre peor contados que los ricos), superando la cifra de víctimas del propio conflicto bélico. Y hoy sabemos que el virus causante –que ha sido recuperado en cadáveres de soldados infectados que permanecieron congelados enterrados en las cercanías del Ártico- fue del mismo tipo, un HN, del actual y que se produjo una mutación que le hizo saltar de una especie distinta a la nuestra –probablemente un ave- a los humanos. A favor del incremento de la mortalidad pandémica del caso de entonces operaban unos niveles de higiene, medicina paliativa y sanidad muy inferiores a los actuales. Entre otras cosas faltaban décadas para que se desarrollaran los antibióticos, como la penicilina, que son inútiles contra los virus, pero no contra las complicaciones mortíferas que se producen en los infectados de gripe, como la neumonía, y que son las responsable más frecuentes de la muerte de pacientes. A favor, en cambio, de su menor gravedad estaba el hecho de un mundo mucho menos intercomunicado que el actual. Entonces nadie, salvo tropas aerotransportadas, viajaba en avión o grandes barcos, salvo unos pocos cosmopolitas viajeros o, ya digo, el desplazamiento de ejércitos. Hoy en día, cualquier pasajero infectado puede llegar de un extremo a otro del planeta en horas.

Concluyendo, por tanto. La “posibilidad” de una pandemia aún más mortífera que la del inicio del siglo pasado es real, porque estamos más globalizados y se extendería más rápidamente y porque sabemos que estos virus gripales –que se transmiten además con la máxima eficacia a través del aire y no precisan de precisos contactos como los de fluidos del SIDA- pueden mutar y ‘saltar’ de otros organismos a nosotros. Y de hecho, microbiólogos, epidemiólogos y virólogos llevan décadas preparándose para esa eventualidad que tarde o temprano se presentará. Hay quien dice que, dada la desmedida o explosiva demografía de la especie humana, la “naturaleza” o ‘el planeta’ se las apañará para reducir esa bomba poblacional a niveles más sensatos, si no lo hacemos antes voluntariamente nosotros. En 1917 sólo había en el planeta diez ciudades que excedieran los dos millones de habitantes; hoy son cientos y numerosas las mayores de diez o incluso veinte millones contando las hacinadas periferias. El mundo es cada vez menos disperso y rural.

¿A quien afectará más esa epidemia o, por mejor decir, pandemia? Como los huracanes, terremotos y otras catástrofes naturales, a los pobres. La virulencia de una catástrofe –por ejemplo un terremoto de nivel 6 en la famosa escala Richter- ha de multiplicarse por el nivel general de riqueza/pobreza de la población que afecta. Ese mismo terremoto en Japón, donde existen edificios antisísmicos, protocolos de emergencias muy bien establecidos, sistemas hospitalarios y sanitarios eficientes, etc., provocaría la centésima parte de muertes que ese mismo terremoto, pongamos por caso, en Ceilán. La próxima gripe, que terminará por llegar, pero no es esta de ahora, matará mucha más gente en los países pobres, los del antes llamado Tercer Mundo, y en las clases sociales más desfavorecidas de los países ricos: vagabundos, parados, rentas bajas.

Habrá quien creyéndose un darvinista sensato piense que esto a fin de cuentas es lo que hay y que esa entelequia llamada ‘naturaleza’ está purgando el planeta de individuos sobrantes, que la epidemia en realidad somos nosotros, los humanos. Al margen del riesgo moral de sustituir los argumentos éticos por los pretendidamente científicos, como es este razonamiento, es que además es un mal razonamiento darvinista. Porque de lo que se trata no es del mero número –excesivo a todas luces- de humanos, sino de la presión de esos humanos sobre el planeta en forma de consumo de recursos y producción de desechos y poluciones. Por tanto, la clave es el consumo de recursos per cápita y, volviendo al ejemplo anterior, un neoyorquino o un berlinés consume 400 veces más recursos (energía en forma de petróleo o consumo de acero, alimentos, papel, madera, o lo que se quiera) que el pobre ceilandés, perdón, srilanqués, antes mencionado. Por tanto, si queremos disminuir nuestra parasitaria presión sobre la Tierra, habría que disminuir el número de ciudadanos ricos y despilfarradores y no el de pobres que son los que más crecen demográficamente. Pero no hace falta, porque los ricos ya tienen de hecho menos descendencia, porque el mejor sistema de control de natalidad es precisamente ese: el nivel de vida.

Para concluir. ¿Sirven entonces de algo esas campañas, informativas o alarmistas, según se mire para evitar esa mortandad del futuro? Realmente, no. Morirán los mismos cientos de miles que hoy mueren de malaria u otras terribles enfermedades realmente existentes y que los medios omiten porque no son noticia. Y los pobres tirados en las aceras de nuestras opulentas ciudades. La definición que más me gusta de la derecha política es que es aquella que se limita a administrar la realidad, que viene a ser lo mismo que mantener el ‘status quo’, mientras que las izquierdas, autoritarias o democráticas, aunque varien en sus métodos, quieren modificarla. Para entender el mundo de la política conviene no caer en espejismos y saber que todos, repito, todos los gobiernos de los países ricos son de derechas, estén en manos de un negro demócrata o de un partido que se autodenomine ‘socialista' ; por tanto, se limitan a administrar la realidad. Sólo cabe confiar en que, por lo menos, la administren bien, pero para los que su prioridad es que las cosas sigan más o menos igual, los ciudadanos asustados, alarmados y sumisos son una ventaja; para ellos, no para los ciudadanos. Y acabo aquí que me toca tomarme el 'tamiflú'.

6 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Me quedo con una frase de tu post: "...otras terribles enfermedades realmente existentes y que los medios omiten porque no son noticia." ¿Los medios las omiten porque no son noticia -esto es, porque de antemano saben que no llamarán la atención de sus lectores- o más bien no son noticia porque los medios las omiten -es decir, porque, por algún motivo, han decidido que no quieren llamar sobre ellas la atención de sus lectores? Personalemente tiendo a considerar más cierto lo segundo. Creo que la dócil masa de consumidores de noticias consumimos como tal, obedientemente, cualquier cosa que nos digan que lo es: si nos dicen que ciento cincuenta muertos en México son una noticia alarmante, nos alarmamos, hablamos de ello y hasta nos ponemos la mascarilla para pasear por el aeropuerto. Si nos dicen que dos millones de muertos de malaria al año son lo normal -o más bien no nos dicen nada, que es la mejor forma de decírnoslo- nos quedamos tan tranquilos con nuestros resultados del fútbol.

Lo que todavía no he conseguido averiguar es con qué criterio ni con qué fines deciden qué nos van a presentar como noticia y qué no. Me asusta pensar que nos manipulan maquiavélicamente, pero a veces me da más miedo aún la sospecha de que sea por completo aleatorio...

Lansky dijo...

Llevas razón: es noticia lo que se decide que sea noticia, pero también lo contrario, porque, independientemente de ver conspiraciones por todos lados, los medios son tan manipulables como manipuladores. Un perro muerde a un niño no es noticia (o sí), pero un niño muerde a un perro, sí. Lo terrible es lo que consideramos "normal" (lo es desde un punto de vista estadístico): que mueran miles por enfermedades perfectamente curables, porque es "normal" que los pobres se mueran de esas enfermedades. Eso es lo que he intentado y por lo visto no he conseguido contar en este post.

Vanbrugh dijo...

Yo creo que lo has conseguido estupendamente. Y sí, los medios, si hay manipulación, no son sus autores, creo, sino solo sus agentes, tan inconscientemente dóciles como el resto.

d.m. dijo...

a mí también me encantó, me quedé con ganas de más.

besos

Lansky dijo...

¿de más qué? ¿Quieres que te eche el aliento? -lo haría encantado- o que te cuente las epidemias de peste negra de la baja edad media?

d.m. dijo...

conocernos, decía. los virus también están bien