16/06/2009

Carradine




El asunto parece sacado de una truculenta novela de Elmore Leonard: un famoso actor especializado en papeles de karateka es encontrado en el armario de la habitación de su hotel en Bangkok estrangulado por un cordón de seda y con otro en torno a los genitales. La policía de Tailandia baraja varias hipótesis mientras los agentes del FBI destacados al país, que seguramente vieron su serie de televisión de chavales, deben limitarse a observar, pero sin intervenir. Se une este a otros casos de actores de películas de acción muertos en extrañas circunstancias; el más sonado el del famoso Bruce Lee, quizás asesinado –la hipótesis de una extraña muerte natural por una enfermedad fulminante y no detectada no convenció a nadie en su momento-, por revelar extraños secretos de combate de la secta Saoling. O el del hijo de Lennon muerto como su padre por disparo de una pistola cargada por error en el ‘set’ de otra película de acción.

Las hipótesis contemplan desde el suicidio –un tanto estrambótico y poco práctico, francamente-, al asesinato ritual o la muerte por error fatal del actor que buscaba autosatisfacción sexual (es sabido que la asfixia y el estrangulamiento controlados, al limitar el oxígeno de la sangre que llega al cerebro, puede aumentar la satisfacción sexual). El caso es que el morbo se ha desatado: ¿el cordón era de seda o del más prosaico nylon, que en su día se llamó ‘seda artificial’? ¿Estaba practicando una secuencia de la película? ¿Tenía enemigos? Etc.

Ahora la cinematográfica familia, pues casi todos están ligados al cine, comenzando por el padre John Carradine, ya desaparecido, actor fetiche de John Ford y fundador de la dinastía y bastante mejor actor que sus hijos, tendrán que lidiar no sólo con el dolor de la perdida, sino con la salvaguarda de la dignidad del difunto, empezando por evitar que el periódico tailandés de turno no divulgue las tortuosas fotos que tomó de la víctima.

De chaval me gustaba mucho la serie de televisión que protagonizaba el difunto, un mestizo de asiático y norteamericano, budista y experto en técnicas de sofisticado karate –kung-fu-, que predicaba la no violencia hasta que le provocaban en exceso y entonces se dedicaba a repartir mamporros a diestro y siniestro. El lema implícito, por tanto, de “El pequeño saltamontes” era “si me buscas me encuentras”, y también el de Mae West: “cuando soy bueno, soy muy bueno, pero cuando soy malo soy mucho mejor”. Su carrera, un tanto estancada y encasillada, fue revitalizada por ese ‘revividor’ de viejas glorias, de estrellas estrelladas (Travolta et al) que se llama Tarantino en su delirante saga Kill Bill con esa bellísima Ulma Thurman en chándal dando patadas voladoras a los violadores.

Confieso que me gustan las películas de combates cuerpo a cuerpo, desde la redicha ‘El Club de la Lucha’, con un estomagante Bratt Pitt y un solvente Edward Norton, hasta la magnífica ‘Más dura será la caída’. Me gustan las muy negras y espléndidas de boxeo –‘Toro salvaje’ de Sorcesse- pero también, aunque de otro modo, las fantasiosas e infantiloides de karatecas. En esas películas, en los que los golpes brutales y la violencia estaban estilizados hasta desactivarse, y en los que siempre perdía el más violento y agresivo, no se hacía mofa de las víctimas, como mucho se las mataba y punto.

Desde mi tatami, junto las palmas de mis manos, los pulgares hacia arriba, luego las giro y alzo el resto de los dedos e inclino mi cabeza: el saludo de un luchador a otro. Buen viaje David: no me enseñaste nada malo nunca (bueno, que las patadas para quebrar la rótula son más eficaces en un barrido lateral) y me entretuviste mucho, ojalá no paseen tus despojos por ahí. Gracias.

11 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Pobre pequeño saltamontes. A mí también me gustaba la serie de crío. Luego, ya mde mayor, me gustaron más algunas pelis en las que actuaba su hermano (no recuerdo ahora el nombre). En fin, me uno a tu agradecimiento.

Vanbrugh dijo...

Tuve una infancia televisivamente anómala: por consenso familiar -¡y éramos ocho!- en mi casa no hubo televisión hasta bien cumplidos mis dieciocho. Crecí felizmente libre de polución televisiva, y si mi ignorancia de lo que echaba la tele no era perfecta es porque algo oía comentar en clase. (Y ni me acomplejé ni nada: cuando ahora se lo cuento a mi hijo, me mira como si le pareciera todavía más raro e inexplicable que lo que ya le parece mi conducta actual.) Me suena haber oído hablar de Kung Fu y del pequeño saltamontes. Descanse en paz.

Lansky dijo...

Una infancia 'sin' a menudo es mejor que una infancia 'con', según y como. En mi casa la tele entre muy tarde por motivos estrictamente conómicos y no educativos o disciplinarios, pero estaba una cosa antigua en los pueblos que se llamaban "teleclub", prehistoria de la modernidad.

harazem dijo...

Cuando estuve en China incluí en un principio una excursión al templo de Shao Lin precismanente como homenaje a aquella serie que me fascinó en mi posadolescencia. Yo tampoco era consumidor de televisión, pero con El Pequeño Saltamontes siempre hacía una excepción porque consiguió engancharme como ninguna otra serie ha conseguido nunca hacerlo. Aquella mezcla de violencia buena y mesurada administrada en el contexto de una filosofía exótica hecha de proverbios y refranillos fascinantes en el ambiente brutal y pintoresco del bravío oeste me encantaba. Los chulescos sheriffes, pistoleros y matones de rancho eran puestos en su sitio con un par de patadas en los morros con una elegancia y precisión (diseccionadas por el ojo de la cámara lenta) desacostumbradas en la imaginería de la violencia cinematográfica al uso. Y sólo cuando era estrictamente necesario, que por fortuna era siempre. Todavía recuerdo muchas de sus frases y sobre todo la parsimonia con la que corregía a los indeseables que le llamaban con voz de asco maldito chino. Me llamo Caine, preludio inevitable de la administración de la mejor medicina china para la chulería gringa. Yo creo que una de las causas de que llegara a gustarme tanto fue que me permitió poder seguir degustando películas del oeste sorteando la mala conciencia ética y estética que empezaba por aquel tiempo a acometerme. Era una peli del oeste, sí, pero impregnada de filosofía. Filosofía barata de manual de autoayuda, pero filosofía.

Lo que conseguí leer del estado actual del templo donde vivía el ciego de las hostias me llevaron a la conclusión de que actualmente era una trampa para turistas, un parque temático para adoreadores de la serie o de las filosofías orientales pret a porter. Mi desilusión quedó suficientemente compensada con la verificación de la venalidad de la espiritualidad más acrisolada. Me encanta ver cómo se corrompen todas esas formas de religiosidad ante el empuje del consumo masivo, la waltdisneyana estupidización de los presupuestos más sagrados, la banalización de todas las trascendencias. No porque considere al consumo masivo algo deseable, sino porque me alegra de que la religiosidad no se salve. Sí, ya sé que es una forma bastante infantil de berrinche, pero bueno, quien no da para más, no da para más... ¿no?

Al final no fui.

Lansky dijo...

Lo cuentas maravillosamente, harazem. Y comparto tus apreciaciones con una posible salvedad: también me alegro de la precariedad de las religiones, -caso de que exista-. pero, sin paradoja que valga, valoro la necesidad de "lo sagrado", que para mí reside en el ser humano y en el Universo todo.

harazem dijo...

Hombre, claro, a esa sacralidad espinoziana me apunto yo también. Y yo no hablé de precariedad de las religiones actualmente. Todo lo contrario. Su pujanza, en formas de sofisticada espiritualidad, torturantes o kitschs, es directamente proporcional a la necesidad de la especie de limar el desarrollo excesivo de la inteligencia. Precisamente por eso hablaba de triste consuelo: el de alegrarme cada vez que alguna forma de espiritualidad trascendental se corrompe, se convierte en una chuche.

David García A. dijo...

Nunca he visto nada de Carradine, tal vez me he perdido algo bueno, o por lo menos entretenido. Del género de artes marciales, desde niño vi al gran Bruce Lee, y en matinée “Los siete samurais” y “Judo contra karate” de A. Kurosawa. He visto partes del “Karate kid”, el cual para mi gusto es infame. Hace como cinco años comencé a comprar algunas películas en DVD de Jackie Chang de las filmadas en ¿Corea del sur?, es decir, las de la primera etapa de su carrera, que por mucho me parecen mejores que las que ha filmado en Estados Unidos, y hace como tres años me dio por comprar algunas películas clasificadas con el título comercial de “Los clásicos de las artes marciales”, como “Las 36 cámaras del Shao lin”, “El aprendiz del Shao lin“, “Hermanos de Sangre”, “La mano de Buda”, y otras, para finalmente ponerme un !hasta aquí¡ porque, aunque en mi concepto algunas buenas y otras pasables, llegó a parecerme el tema ya gastado.
En otro aspecto, creo que hubo un avance del género en la literatura a través de algunas alusiones por Conan Doyle en alguno de sus cuentos, y otro tanto por Mauricio Leblanc. Earl Norman con “Mátenme en Roppongi”, “Mátenme en Yokohama”, y un sinfín de “Mátenme” en X ciudad de Japón, me ha divertido mucho con su donjuanesco detective karateca.

Tu “teleclub” tal vez haya sido algo parecido a lo que había en mi barrio de niñez, pagar dinero, un peso, los domingos en la tarde, para ver televisión en casa de quien tenía, con opción a comprar algunas golosinas.

Felicidades por tu “post” de lo que detestas y no detestas, en general coincido con todo, y en particular, seguramente también, porque tratándose de cosas y/o aspectos de la sociedad española seguramente aquí muy fácilmente encontramos sus equivalentes.

Saludos

David García A. dijo...

.....y, en esta tesitura, desde mi dojo imaginario, por todo lo culto e instructivo de tus escritos digo: arigato por la enseñanza.

Lansky dijo...

Vale harazem, te entendí mal.

Sí, David, algo así eran los teleclubs de los pequeños pueblos en la España de mi infancia

Las buenas pelis de boxeo ganan por goleada a las de artes marciales orientales. Chang no es un payaso, practica una técnica de karate que se traduce por algo así como karate del beodo, que consiste en desmadejarse e imitar a un tío borracho hasta que lanzas un golpe seco y fulminante.

David García A. dijo...

Coincido contigo Chang no es un payaso, es un maestro de las artes marciales. He visto cortos de su película "El maestro borrachón", que no he podido conseguir, y al parecer allí despliega la técnica que tu refieres.
Saludos.

Loc@ dijo...

kUNG-FÚ ¿lo escribí bien? fue la primera serie, o de las primeras, que popularizó la espiritualidad "oriental", quizá de ahí su éxito, su magia, la que tuvo para todos los que la veíamos de pequeños, o no tanto. Comparada con las que se están exhibiendo desde hace bastantes años, era muy honorable. ¡digo! Hasta otro día. PAQUITA