23/06/2009

Delicias de la rutina veraniega (y despedida)


“¿Estos fueron los juegos que heredasteis
o más bien los que fueron naciendo mientras el estirón y los terrores
del placer solitario?
Romperse la cabeza contra los días turbios,
los años en vacío
y las mínimas cosas que no son pero invaden
porque las grandes alguien más que algo os las robó borrándolas.”


Rafael Alberti: Así como suena


La pintura china, saltando por estilos y periodos, es impresionista, en contraste con la japonesa que tiende a expresionista. En la primera el vacío –que no mencioné en mis post sobre la nada y el vacío- es un elemento más, un símbolo, no una carencia, lo que permite relacionar otros elementos como la montaña y el agua; ahí está la nube, que está hecha de agua pero es como una montaña. Muchas pinturas chinas, el arte por excelencia en esa milenaria cultura, seguido por la poesía y la música, tienen dos tercios ocupados por el vacío, y se nota. Yo en las vacaciones aspiro también a ese vacío taoista, no al nirvana, que es bien distinto y no me seduce.

Por eso, para mí las vacaciones no son para viajar. Ni los viajes para veranear. Viajar no siempre es un trabajo –como en los arrieros o los bien llamados ‘viajantes’-, pero sí es una tarea; vagar, no. Mis vacaciones ideales –las que vuelvo a tener por fin este año, por ejemplo- deben durar al menos un mes entero y transcurrir en el mismo sitio, para que pueda “llenarlas” de vacíos. Ese sitio debe tener mar y montaña cerca y lo suficientemente poco conocido como para tener pocos o ningún turista. Debe ser fresco por las noches y suficientemente cálido como para nadar en el mar de día, aunque aguanto bien las aguas frías. Suficientes caminos para caminar y claro, vagar, playas sin urbanizar, de esas que llaman “salvajes” (los salvajes son los que las urbanizan). Prefiero un sitio que conozca ya, una casa con jardín para Jara y una cocina medianamente equipada. Todas esas condiciones las cumple un pueblecito de la costa cantábrica española al que suelo ir, con ausencias algunos años, desde hace veinte.

Cargo en la furgoneta un montón de libros pendientes, las palas de madera, el equipo de buceo a pulmón, las botas de montaña, los prismáticos, cuadernos, sandalias y a mis dos chicas, Paola y Jara (si alguien se escandaliza de la zoológica equiparación interespecífica es que no conocen a Paola y no conocen a Jara: se aman y a mi, por suerte, me incluyen en ese amor). Las playas urbanizadas, por otra parte, no admiten ya perros, aunque los que precisarían de urbanizarse (segunda acepción) serían los dueños de algunos canes. Pero no hay problema: nos vamos por la mañana temprano a una salvaje a la que hay que llegar finalmente andando y descender un acantilado. Leemos, nadamos, paseamos, herborizamos, recolectamos bichos de los charcos de las rocas, escalamos por ellas, jugamos a la pala, tiramos al agua a Jara…Es una playa preciosa, nuestra playa de diario, digamos, sin “textiles”, esto es, lo que algunos llaman nudista y otros libre, poco frecuentada y, cuando lo es, por gente discreta, amante de llevar libros y no radios y de pasear o nadar sin estridencias, pero durante el primer cuarto de hora hay que convencer a Jara de que la playa no es de uso exclusivo nuestro y pueden usarla otras gentes (solemos llegar los primeros, y también irnos los primeros). Antes de la hora del mediodía estamos regresando a casa, buscando un sitio donde tomar el aperitivo o donde comer, o haciendo la comida en casa. Largas y placenteras sobremesas, luego siesta, lectura, a media tarde paseo andando o en barca, cena, quizá más lectura, otra breve caminata, a esa hora que dice Marsé que es difícil precisar si ciertas cosas se ven o se oyen, una copa en el puertito de pescadores y a la cama. Las finas sábanas prolongan el trabajo del día del sol, el mar y la arena, las noches nos dan masajes. El día que programamos una excursión a algún sitio queda en suspenso la anterior rutina; son como una vacación dentro de las vacaciones.

Así durante treinta días de forma que las rutinas agradables vayan afianzándose y provocando ese curioso efecto temporal ‘retroinverso’: es decir, de un lado, los días pasan calmos, duran más, dan más de sí; de otro, el tiempo circula velozmente, sobre patines, pero siempre dando la sensación de que estás aprovechándolo, esto es, “perdiéndolo” de la mejor de las maneras. Cuando era niño, los veranos en aquel pueblo serrano duraban toda una vida. Ahora no, pero esta es la forma que mejor conozco para hacerlo durar todo lo posible. Sólo así tengo la sensación de todos los niños y hombres que he sido y, sin melancolía que valga, del viejo que quiero llegar a ser. Lo malo no es que la vida sea corta –eso es relativo-, sino que es finita, como, por otra parte, debe ser, y que se “acorta” y acelera a medida que envejecemos y aprendemos –si hay suerte- a disfrutar de ella. La única manera de disfrutarla más lentamente, de paladearla, es crear una imagen de interminable sucesión de momentos demorados. Yo lo llamo la delicia de la rutina; eso es lo que busco en mis vacaciones.

Actividades complementarias son las ya mencionadas recolecciones de bichos, los paseos por acantilados ( en los prados que acaban fulminados junto al abismo pelean los machos de liebre como canguros diminutos y las vacas los ignoran) y bosques, herborizando, clasificando plantas y observando aves con los prismáticos, las vistas a pueblines de la zona o a las sierras próximas, las largas siestas, las sesiones maratonianas de lectura (“¿No te vienes?” Espera, estoy enganchada con este libro”).

Dibujo, escribo, voy en bici, recorro tramos de un ramal del Camino de Santiago que discurre por acantilados, guiso sustanciosas calderetas, ayudo a calafatear y a renovar jarcia y drizas de la barca de mi casero –al fin y al cabo me la presta-, charlo con los jubilados del astillero y con un viejo marino mercante reciclado en hortelano sobre los puertos de África y Sudamérica que ambos conocimos, sueño con mi propia jubilación, asisto a las subastas de pescado de la lonja y a veces acompaño a un pequeño pesquero que sale al curricán o con nasas, visito el viejo cementerio de marinos ingleses, recojo hinojo y collejas para las ensaladas, como tanto pescado y marisco que la piel, ya oscura, me huele a mar del norte. O sea, la ilusión de una vida metódica, sencilla, concentrada, vuelta sobre sí misma, “ex tempore”, provocándote la ilusión de que te pertenece o, al menos, que es un respiro en esa otra que te condena a vivir “de la mano a la boca”, de casa al trabajo, cambiando tu tiempo por dinero, en lugar de al revés, como siempre repito, y que es el verdadero lujo.

¿La peor forma de tomar vacaciones? Para mí, perder el tiempo en aeropuertos o en atascos de autovía. Las emociones fuertes que promocionan las vacaciones de aventura están muy sobre valoradas, por la juventud inexperta sobre todo, pero ni hay que buscarlas ni rehuirlas si se presentan, porque son las especias, no el alimento principal de la vida. Y es que no soy nada partidario de las exóticas vacaciones de falsa aventura (porque si son ciertas es que ha fallado el “todo incluido” y entonces el personal está jodido), sino de los veraneos lentos y parsimoniosos de toda la vida.

Los prismáticos y la cámara de fotos; una lupa para plantas; el equipo de buceo; una silla plegable (me gusta sentarme en lo alto de los acantilados a observar aves, pero mi trasero no está adaptado a las espinas de los tojos); una bolsa con libros pendientes: novelas policíacas y de las otras, un tratado de la edad Media simbólica de un erudito francés, otro de historia del clima, otro de física, otro sobre los pintores de las cavernas y uno de evolución. Botiquín; calzado: botas de andar, sandalias, chanclas, unas camisetas y camisas, pantalones cortos y largos, jerséis, un chubasquero y un paraguas, sombrero; palas para jugar a la pelota; cuadernos, lápices, rotuladores; bici; bolso de paja. Empotro la comida de Jara donde puedo y arrancamos llevándome al niño que hay en mí que no cesa de preguntarme –monólogo interior-, “¿Cuando llegamos?, ¿cuando llegamos?, ¿falta mucho?”. Y para entretenerme les canto a mis “chicas” una canción de patio de colegio que resume la sabiduría histórica sobre los Trastamara de toda mi generación:

Juana la Lo-ca
Tenía una co-ca
Llena de ca-ca
Para tu bo-ca.

Y ellas le sacan la lengua a ese niño mientras el coche devora kilómetros y combustible fósil.



(En el post anterior tenéis las fotos)

9 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Envidiables (como siempre) tus planes (y realidades) para pasar el tiempo (no sólo el de vacaciones). Como ya te he comentado en alguna ocasión, en muchas facetas, son un referente (¿ideal?) para mí; ya lo conseguiré algún día, cuando vaya logrando más proporción de tiempo propio. Sólo me sorprende que digas que sueñas con tu propia jubilación (¿más todavía?). Que disfrutes mucho y hasta la vuelta.

PS: No te es aplicable lo que canta tu admirado Ray en la canción que te he dedicado.

Lansky dijo...

Aún me queda una semana, parto el próximo martes, pero este es el último 'post' que cuelgo hasta agosto. Y no estoy aún jubilado puesto que teengo que ir al trabajo diariamente, casi.

Vanbrugh dijo...

Has descrito mi veraneo ideal. Me gusta todo, hasta la misma palabra "veraneo", caída en desuso en la medida que la gloriosa actividad a que se refiere tiende a ser sustituida por turismos, aventuras prefabricadas, maratones de autobús y otros horrores. Yo, aunque no llego a tus envidiables treinta días, intentaré algo modestamente parecido, también por costas cantábricas pero algo más tarde que tú. Lo veo aún lejísimos, al otro lado de una montaña de trabajo que en este momento me parece casi infranqueable...

¡Qué gloriosa sensación de eternidad, la de los interminables, intemporales veranos de la infancia! No hay mejor propósito para las vacaciones que tratar de recuperar algo siquiera remotamente parecido.

Lansky dijo...

Sí, Vanbrugh; el veraneo es la única forma de volver a ser Peter Pan. Ánimo que ya te queda menos. ¿Qué os parecen las fotos?

Loc@ dijo...

ME RECUERDAN BASTANTE A LA PLAYA DE LAS CATEDRALES, de Lugo.
En cuanto a mis vacaciones ideales, sin perjuicio de que lo que cuentas suena bien, a mí me gusta la montaña, el Pirineo Aragonés en particular, andar por ella, estar en ella, subir a las cimas. Nada que ver con el vendido turismo de aventura, sin perjuicio de que me encante andar por los riscos, crestear sin excesivo riesgo -muchas ocasiones lo valoras a toro pasado- que suponga ayuda artificial, esas cosas. En definitiva me gusta cansarme haciendo lo que me gusta para después Descansar realmente.
Saludos a todos y que lo disfrutes, que lo disfrutéis. PAQUITA

ALAS DE ALGODÓN dijo...

Como ha ocurrido con otros de tus lectores, tus vacaciones son exactamente las que me gustaría poder tener. El Cantábrico, pescadito, playa, montaña, lectura, y, sobre todo, treinta días y treinta noches en el mismo sitio. Te envidio.

Creo que pasaré por ese rincón tuyo este verano. Lo conozco muy bien porque viví por allí nada menos que 19 años. Es un paraiso en la tierra...

Si veo a Jara te reconoceré.
Feliz verano.

Mita dijo...

¿Y dónde es?
Me gustaron mucho las fotos
Besos

harazem dijo...

Me gusta mucho la pintura china. Pero más me gusta el arte de la caligrafía. Yo encontré en China tres lugares mágicos donde disfruté de ella: el Parque de las Orquídeas de Shaoxing donde se celebra el más famoso certamen de caligrafistas de ideogramas del mundo, la calle Shu Yuan Men de Xi’an totalmente dedicada al arte de la escritura y el Parque de Xiangyang Lu con Huaihai lu en Shanghai en el que cada día los caligrafistas de un arte efímero dibujan sobre el suelo con un pincel mojado en agua antiguos poemas de la dinastía Tang. Los ideogramas que forman los poemas duran lo que tarda el agua en secarse. Apenas unos minutos brillando bajo la luz que criban los árboles hasta que se hacen uno con la atmósfera o permanecen en la mente de algún espectador. Como emulando la consistencia de la música.

Que disfrutes de tus vacances.

Lansky dijo...

Precioso eso que cuentas, harazem. Las imágenes permanecen en la retina unos instantes después de que haya desaparecido el objeto que miraban -en ese fenómeno se basa la ilusión de movimiento de la cinematografía-, igualmente, cuando desaparece el ideograma pintado con agua aún permanece en tu retina cuando lo miras.

De todas formas, bien sabes que para los chinos no hay ni jerarquía ni distinción estricta entre pintura y caligrafía