

Este blog desdeña la actualidad. Las noticias son lo contrario, en cierto modo, de los clásicos, lo que envejece conforme se conoce, pero hay dos hechos recientes que puede estimular ciertas reflexiones que podríamos llamar “clásicas” sobre el viejo arte de establecer "distinciones" relevantes
La esposa monja y el terrorista emparedado
Aparece una monja de Moratalaz toda vestida de negro, sólo asoman los ojos temerosos tras unas gafas de culo de vaso y su aspecto no mejora cuando a petición del periodista (excelente, John Sistiaga, probable carne de cualquier cañón defensa de Occidente como no se cuide) retira su velo. Esta patética mujer, que se expresa con púdica corrección pero es seguramente una analfabeta funcional, es la esposa de un dirigente terrorista, español por matrimonio, recluido en alguna cárcel secreta de las desparramadas por el siniestro y complaciente submundo de la era Bush. Se le considera el teórico del terrorismo yihadista, próximo a Bin Laden y a otros “benefactores” del Islam. Es probable que sea cierto y además muy plausible que tenga información relevante para evitar nuevos atentados sangrientos. Pero lo que pide su esposa vestida a la última moda de la más estricta Edad Media es algo muy sensato y justo. No pide que le perdonemos, ni siquiera que le comprendamos, tan sólo pide que le saquemos del infecto agujero donde le tienen recluido, le juzguemos y le demos la oportunidad de defenderse: justo lo que, muy probablemente, él no estaría dispuesto a hacer por nosotros. Y justo, por eso mismo, lo que nos diferencia de él.
El accidente del vuelo de Air France 447
Hay una distinción esencial que me explica –y explica- un experimentado piloto contraincendios; la que existe entre “piloto” y “aviador”. Un piloto, como los de los aviones comerciales (“el comandante fulanito les da la bienvenida, etc.”) es alguien que conoce el manejo de un avión. Un aviador es alguien que además sabe volar, en cualquier trasto: una avioneta, un reactor, un avión comercial, un trasto a pedales ideado por Leonardo o un bombardeo cuatrimotor de la Segunda Guerra Mundial.
En mi ignorancia por el antinatural –para el ser humano corriente- arte de volar imagino que la diferencia que establece mi informador es la misma que media entre un navegante a vela o un capitán de un barco motorizado y con GPS. Y ahora la explicación del accidente que no es exactamente un fallo humano, pero contiene la insalvable diferencia de pericia aludida. Sobre el océano, esa inmensa masa de agua de comportamiento calorífico tan diferente a la masa de aire de encima, se generan enormes e inimaginables intercambios de energía en ambos fluidos. Una masa de aire caliente, más leve y ligera, que no puede ascender porque está retenida por una masa de aire frío sobre ella, puede hacer perder sustentación a un gran avión, si pierde altura el piloto (aviador) debe iniciar una maniobra contra todo instinto dejándose caer en plano, con el morro sin inclinación alguna, para que la fricción genere un incremento de esa sustentación perdida, pero muchos aviones comerciales de última generación no permiten el paso a manual; en ese caso, el piloto automático incrementa la potencia de los motores para compensar hasta el punto de que puede alcanzar la velocidad del sonido, el famoso Mach Uno y desintegrarse.


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