08/06/2009

En la "Naturaleza" "de" y "para" Cazorla


Viola cazorlensis



Para Carlos, Rocío y Angelito (Y Mónica, Maribel y Clara) con mi agradecimiento


Es sabido que la gente y las administraciones públicas no llaman ‘Naturaleza’ a la composición profunda de la materia y las leyes que la rigen, sino a esas porciones del territorio, cada día más escasas, donde las seculares actividades tradicionales de los hombres –actividades también en retroceso- en persistente y suave interacción con el entorno han modelado paisajes de aspecto más o menos asilvestrado y hermoso y donde habitan aún especies vegetales y animales desaparecidas del resto más radicalmente transformado. Pues bien, desde el anterior jueves al domingo he tenido el privilegio de habitar en una casa forestal en el corazón de esas 240.000 hectáreas del Parque Natural de Cazorla invitado por el probablemente mejor ecólogo terrestre español y en compañía no sólo de él, sino de dos buenos y antiguos amigos profesores de ecología en la Universidad de Sevilla. Acostumbrado como suelo estar a ser el más ‘listo’ e informado en las salidas al campo con amigos, ha sido una provechosa lección de humildad callar y escuchar, el placer de aprender, en ese complejo macizo de calizas cretácicas, con cambios fulminantes de perspectiva en cada recodo, vallejos, navas o rasas, con cañones, allí llamados ‘cerradas’, como la del Pintor, que evocan –por el abrumador dominio icónico del cine- a Nuevo Méjico, entre esas masas de pino laricio (Pinus nigra) con ejemplares que alcanzan y sobrepasan los mil años, encinares, quejigares, enebrales, y bosques riparios. Por otra parte y por razones que expondré más adelante, el parque se halla surcado de un gran número de caminos y pistas restringidas a los visitantes, pero el todoterreno de Carlos y su enorme manojo de llaves iba franqueando una tras otra las sucesivas barreras mientras huían a nuestro paso ciervos –que también acudían a la misma puerta de la casa forestal donde dormíamos-, gamos, jabalíes, muflones, cabras monteses, ardillas y zorros. Los cielos estaban surcados de buitres leonados y el águila real, aunque no tuvimos la suerte de avizorar al raro y reintroducido quebrantahuesos. Sin posibilidad de huída pudimos en cambio examinar a placer (sin arrancarla, no hace falta tocar para mirar) la rara y endémica Viola cazorlensis (que a mí me dio la impresión de ser relativamente abundante), que no se habían comido los a todas luces excesivamente abundantes herbívoros silvestres. Los únicos ‘autorizados’ para cogerlas.

La inmensa mayoría de los visitantes, conocidos allá por los gestores como los turistas, están concentrados en unas áreas restringidas en el eje del Guadalquivir, zonas de descanso con todas las instalaciones que tanto abundan en este tipo de zonas, puentecillos de madera y sombrajos de troncos sin desbastar estilo neo Far West (madera no falta precisamente) y un viario a su disposición…para caminar, porque, como ya he mencionado, la inmensa mayoría de esos caminos, practicables en muchos tramos para vehículos, tienen barreras que impiden su paso. Lógico, porque los seres humanos y en concreto el “Homo hispanicus” ha dejado de ser un bípedo que se desplaza sobre sus dos extremidades posteriores para formar un extraño ser, un cyborg simbionte de un aparato mecánico en el que usa sus extremidades anteriores para asir un timón circular y una palanca y las inferiores para pulsar unos pedales mientras permanece sentado. Mediante tal disposición son capaces de presentarse en los sitios más recónditos e insospechados, pero si tienen que andar, antigua actividad que ha caído en desuso, el asunto es muy otro y lo recóndito sigue recóndito como debe ser. Es decir, el visitante se auto selecciona, los pocos dispuestos a afrontar caminatas son también los más dispuestos a respetar el entorno, porque frente a la perversión de adaptar la “naturaleza” a los humanos o por mejor decir, a sus vehículos, es infinitamente mejor adaptarnos nosotros a ella. Así de sencillo.

La estrategia de concentración y asentamiento de visitantes a veces comete algún exceso, justo es reconocerlo, como el hecho de marcar –con una placa bien visible en pleno farallón, el nacimiento del río Guadalquivir en un hermoso, aunque hacinado, paisaje ameno, en vez de en el sitio real donde lo hace y cualquier hidrólogo señalaría, pero más recóndito y discreto, menos “apañado” para fotografiar. Por otra parte, los visitantes, huérfanos de la mayoría de las habilidades, usos y técnicas para observar esa naturaleza –aunque el exceso abundante de herbívoros semi mansos les compensa: hay hasta zorros que cruzan las carreteras y se paran a pedir comida, como el oso Yogui del Parque Nacional de Yellowstone de los dibujos animados-, y con parajes accesibles como el mencionado falso nacimiento, se ven compensados. En realidad la actividad a la que se entregan no es la observación, sino una degradación de la misma consistente en fotografiarse y fotografiar los lugares más típicos. Con eso regresan satisfechos con la ilusión de haber visto Cazorla. No la han visto, claro, pero eso es lo de menos.

Hay dos terribles paradojas en la llamada Conservación de la Naturaleza basada en la creación de Espacios Naturales Protegidos que resumiría en que creamos islas vulnerables y creamos así mismo la lógica pero peligrosa expectativa y demanda de acudir en masa a ellas. Me explicaré.

Al definir una porción del territorio más o menos bien conservada en un contexto o matriz más transformado no dejamos de establecer un área insularizada, confinada, ‘a-islada’. Y las áreas confinadas, salvo que establezcamos conexiones permeables con otras terminan por perder diversidad de especies precisamente por confinamiento y siguiendo leyes naturales bien conocidas por la rama ecológica que se conoce como biogeografía insular. La única solución es, por un lado, establecer áreas cuanto más grandes mejor (la inmensa Australia es mucho más diversa en especies que un diminuto islote rocoso), y por otro, en conectar en la medida de lo posible unas áreas con otras. Esto es lo básico de lo que podríamos denominar ‘topología’ del diseño de espacios naturales protegidos: grandes y conectados.

Pero hay un segundo factor. La “Naturaleza” se protege “para” los hombres, pero, al protegerla inmediatamente se generan unas expectativas que la hace deseable como destino a visitar y la afluencia de esos visitantes se convierte, una vez declarado y hasta proclamado el Espacio Natural Protegido, en el nuevo y principal peligro para su supervivencia. Por tanto, aunque se protege "para" los hombre, inevitablemente se termina protegiendo “de” los hombres. Y no hay que perderle la cara a ambas cuestiones.


A la vuelta descansamos de tanta “naturaleza” visitando las ciudades renacentistas de Úbeda y Baeza. Al fin y al cabo tan admirable obra de los humanos como los paisajes marginales de montaña de los que veníamos. En esos territorios marginales y poco productivos –en términos ramplonamente explotadores-, reacios a las transformaciones drásticas, a la inversa que la fértiles llanuras y los olivares alomados, como son las marismas y las serranías, se concentran eso que hoy llamamos paisajes “naturales” que algunos toman como vírgenes, siendo como son fruto de nuestra secular cohabitación con ellos. Tan fruto como las hermosísimas ciudades planificadas por los Trastamaras. Volví entonces a recordar a los visitantes confinados por su propio bien y el del entorno que visitaban y pensé que no era tanto el caso de que fueran “a” la “naturaleza” como el de que huían “de” sus ciudades invivibles. Extraña paradoja, porque las ciudades, lo tenía ante mis ojos, surgieron para facilitar la vida de las gentes, sus relaciones comerciales, culturales y de hábitat, y no para hacérsela más difícil.

2 comentarios:

zwingenstein dijo...

Envidiable excursión sin duda alguna. Esta mañana he estado hablando con Paco Salas que fue el que cerró los caminos de Cazorla con gran acierto y me estuvo contando el trabajo que le costó hacerlo,las discusiones interminables con todos los ayuntamientos, ganaderos, guardas etc. si no se hubiera hecho cuando se hizo ahora sería impensable, me contó que en su época rompian los candados a diario, lo que explica los extraños cierres antivandálicos que hay en la mayoria de las barreras. Como muestras muy bien en tu post decisiones simples pueden salvaguardar mucho más que complicados proyectos de adecuación de los espacios naturales.

Lansky dijo...

Está muy bien tu comentario, Zwingenstein, no sólo porque es cierto, sino porque mencionas el nombre de ese santo varón que consigió tanto con una medida tan sencilla de aplicar como dificil de tomar.