17/06/2009

La mala educación y el círculo vicioso




“No tenemos nada nuestro, salvo el tiempo, del que gozan hasta quienes no tienen morada.”

Baltasar Gracián: El Cortesano


“Somos los pequeños, los insignificantes, no somos orgullosos, no buscamos pelea, no la necesitamos para devorarte vivo, mi pequeño halcón. Nos hemos ventilado a no pocos más forzudos que tú. ¿Uno a uno? Nuestra fuerza no está en eso, avanzamos poco a poco, a pasitos pequeños. Somos la multitud, somos legiones de legiones, somos el mundo entero y tú, ¿tú quién eres? Estás solo; somos el mundo entero y tú estás solo, ¿entiendes? Gesticula, gesticula cuanto quieras…; nosotros esperamos, no tenemos prisa, somos personitas. Grita, pues, mi pequeño halcón, grita y gesticula…; nosotros esperamos, no somos orgullosos, no somos como tú, tú, que te figurabas que el mundo había sido creado para que tú cumplieras en él tus sueños. ¡Mira que listillo! Nuestra fuerza, amigo mío, no está ahí, avanzamos despacio, tranquilos…; primero te mandamos uno, después otro y un tercero y un décimo, y de pronto ves que hay una multitud. Pues así nos vamos a posar encima, todos juntos, en masa, para aplastarte.

Emmanuel Carrère: Una novela rusa




La Sociedad del Espectáculo es una expresión acuñada por el fundador del situacionismo, el francés Guy Debord. Por su parte, la Sociedad del Consumo no he conseguido averiguar quién la acuñó, -aunque quizás fuera el sociólogo Georg Simmel, pues la utilizó tan tempranamente como a finales del XIX- pero al igual que la anterior define situaciones de alienación ligadas al capitalismo o economía de mercado, como dicen los partidarios de los eufemismos, y a la llamada sociedad de masas que las engloba. Ambas son expresivas de la mala educación, porque educados estamos todos, mal o bien, y esa es la clave. La que yo llamo mala educación no es en concreto la de los colegios de curas de Almodóvar –de ahí el título de su película- donde creo que hay buena y mala educación, sino a aquella que no te hace libre, no te “educa” en el sentido positivo, no te convierte en ciudadano, todo lo más en votante. La sociedad del espectáculo es posterior y complementaria de la de consumo, ya que define como “espectáculo” la naturaleza alienante pero seductora del capitalismo consumista que induce a la inacción y la ausencia de crítica.

Por supuesto también se puede enseñar a mirar y a consumir; empezando por lo más importante: mirarte a ti (conócete a ti mismo) y a tu vida, y saber mirar a los demás y luego a lo que te rodea; la bendita curiosidad, aprender a mirar para ver. Y consumir, pero no hablo de la ñoñería del consumo responsable de algunos ecologistas (luego volveré a eso), sino de aprender a consumir lo más importante igualmente: tu tiempo y tu vida. Ahora hemos tenido elecciones europeas, y muchos sólo hemos mirado (un triste espectáculo) y no hemos consumido: la oferta era nauseabunda. Mirar y no votar, en ciertos casos, puede ser una opción educadamente sensata.

La mala educación a veces se enmascara con lo políticamente correcto, lo bien visto cursi, la ñoñería para adultos. La que es populista –como es tristemente lógico- es la gente, que prefiere a payasos siniestros como Berlusconi o Tony Blair a gente preparada pero adusta, como Gordon Brown, por poner un ejemplo ajustado pero poco ‘glamouroso’. Si esta no fuera la sociedad del espectáculo a nadie le interesaría una entrevista a un futbolista cuya inteligencia no reside en sus rutinarias y previsibles respuestas, sino en el pase al hueco y su visión del juego. Ni a nadie le preocuparía que un líder político fuera mediático o telegénico. A eso se suma el mal gusto, la ausencia de criterio, es decir, la mala educación (todo el mundo está educado, mal o bien), que ve atrayente a un muñeco de ventrílocuo con el pelo pintado en la cabeza de madera o a un ‘sonreidor’ profesional a lo ‘jocker’ de Batman.

Es como el encantador de serpientes y su flauta. Lo que encandila a la cobra del público de esta sociedad del espectáculo no es la complejidad y virtuosismo de la melodía (los ofidios son sordos), sino el hipnótico vaivén oscilante del instrumento ante sus ojos. Nadie escucha la melodía, el “mensaje”, sino la puesta en escena, el vaivén ante la cesta abierta, la tele encendida permanentemente. Se equivocaba Pertini, el viejo presidente italiano, cuando denunciaba que “manca finezza”. No, lo que falta es sustancia. Aunque quizá sea lo mismo, porque el tópico, el lugar común, la falta de sustancia es también el colmo de la ausencia de finura, de matices, donde reside siempre la verdad alcanzable. El “pan y circo” actual es esta letal suma de sociedad de consumo (superfluo las más de las veces, e insostenible en un planeta finito) y sociedad del espectáculo (desde suicidios en directo a disputas conyugales retransmitidas sin pudor ni privacidad).

Ya sabemos a lo que conducen los despotismos por muy ilustrados que se pretendan (para mí es una contradicción en sus términos); así pues: democracia, pero ilustrada. El diagnóstico es mucho más sencillo que las soluciones, como suele pasar: educar, para hacer verdaderamente libre a la gente –el viejo sueño libertario- y reformar drásticamente unas instituciones decimonónicas que apenas han cambiado, pero que aún necesitamos: los partidos políticos. Estos últimos se han convertido en sistemas que operan como una suerte de antidarwinismo o meritocracia inversa, seleccionando casi a los peores, a los menos aptos, a los interesados en la política por las más oscuras razones o, al menos, a los mediocres disciplinados y obedientes (‘pelotas’). Las listas abiertas y una verdadera democracia interna, así como zafarse de la propia trampa del espectáculo formarían parte de las obvias soluciones. En el caso español la mil veces publicitada Transición es, paradójicamente, otro escollo para la regeneración; es como si un chaval en primer curso recibiera una medalla de buena conducta y pretendiera sobresalir el resto de los largos años del bachillerato exhibiéndola continuamente.

Así que, de un lado, los partidos nos ofrecen lo peor de cada familia, y de otro, los votantes le cogen gusto a la bazofia. No digamos cuando corruptos confesos son ratificados por unanimidad. Extraña moral que premia lo que muchos harían si pudieran, pero a la vez se entromete en la vida sexual y reproductiva privada.

Por su parte, la educación, la verdadera buena educación sería la más sólida salida. El problema reside en que tanto esta, como las anteriores medidas de reforma de los partidos van en contra de los intereses más a corto plazo y egoístas de quienes tendrían que proponerlas y aplicarlas, los políticos y sus partidos. Y en esto estamos, en un círculo que se merece mucho el nombre de “vicioso”.

2 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Vaya un diagnóstico lúcido y certero, tío. Dificilmente se puede explicar mejor con menos palabras. Me ha confortado personalmente, además, ver tan bien justificada mi opción abstencionista de estas últimas elecciones, que me llevó bastante tiempo decidir y que no acababa, ni a posteriori, de tener clara.

Me quedo, como resumen, con este exactísimo párrafo:Así que, de un lado, los partidos nos ofrecen lo peor de cada familia, y de otro, los votantes le cogen gusto a la bazofia. No digamos cuando corruptos confesos son ratificados por unanimidad. Extraña moral que premia lo que muchos harían si pudieran, pero a la vez se entromete en la vida sexual y reproductiva privada.

Lo malo del asunto es que, cuanto más claramente se me plantea el diagnóstico, menos clara se me aparece la posible solución.

Lansky dijo...

Gracias Vanbrugh

La dificultad de las soluciones, además de la poca fiabilidad de quienes tendrían que aplicarlas, estriba más en la educación que en la reforma política (que llegará cuando no tengan más remedio) y es doble -quizá la toque en otro post-, de un lado, la influencia de los "iguales", colegas y compañeros de generación, que cada vez se ve que tiene mayor importancia según la psicología evolutiva (más que la familia, que proporcionaría una base o colchón, básicamente de atenciones, seguridad y cariño), de otra, la de la autoformación, que es sustancial en todo ser humano, pero que no se sabe muy bien como despega.