profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

20/08/2009

Arquitectura de masas


Si Palladio llevantara la cabeza...


Las buenas gentes que se indignan con la pintura abstracta -¡Esos garabatos que podría hacer un niño!- si tuviera el nene el talento de un Miró- suelen pasar indiferentes ante edificios horrendos mientras escuchan regattón en su i-pod. Sin embargo, la arquitectura, como un día señaló Vanbrugh, es el único arte que no nos está permitido dejar de ‘disfrutar’. Si no te gusta Stockausen (a mí, por ejemplo) escuchas a Bach, y si no te agradan los expresionistas abstractos americanos puedes delitarte con las Meninas (las de Velázquez, claro, no las de Picasso o Equipo Crónica: a mí me gustan las tres), pero el último alarde del arquitecto autor o del anónimo ejecutor no puedes obviarlo a menos que te compres un perro labrador, un bastón blanco y te vendes los ojos. Es lo que tiene la arquitectura, que es como si te colgasen el cuadro que detestas en el salón de tu casa. Y los edificios no se pueden apagar como la tele.

A mí lo que más me suele molestar (molestar es poco: los detesto) es que estén mal colocados, digamos que un rascacielos en un acantilado marino por muy obra de Norman Foster (un arquitecto que, en general, no me gusta especialmente) que sea, o la típica casa de la cultura modernilla y banal en una antigua plaza bien equilibrada. Ambos casos (clínicos) comparten la tropelía de “apropiarse” de un espacio que ellos no han diseñado (acantilado, plazuela recoleta) y allí plantan su ‘genialidad’ a la espera de que se le pegue por adherencia parte de la belleza del lugar profanado.

Pero me distancio igualmente de los puristas extremos, los que rechazan el excelente edificio de Moneo en la orilla sevillana del Guadalquivir, que guarda discretamente las proporciones y alturas de un lugar con almacenes del XIX. Y no comparto ese gusto conservador a tope de un príncipe Carlos de Inglaterra que sólo admira la arquitectura victoriana y eduardiana. De hecho, como concibo las ciudades más interesantes y bellas no como escenarios o decorados taxidérmicos o telones de fondo para fotos, sino como palimpsestos vivos de distintas épocas me suele gustar la mezcla de épocas y estilos siempre que se respete eso tan evanescente, intangible pero esencial que yo llamo el ‘espíritu del lugar’, los volúmenes, las distancias, los tonos de color y reflejos. Es difícil de explicar, por ejemplo, a mi el titánico (de titanio) Museo Guggenheim a orilla de la Ría de Bilbao me parece muy bonito, tanto casi como la ermita pre románica del Naranco en la colina de Oviedo.

El debate entre lo tradicional y lo moderno es casi tan tonto y tan viejo como el debate entre lo natural y lo artificial. Al respecto, recuerdo una viñeta preciosa de Asterix y Obelix en que se ve a esos dos contemplando desde el otro lado de un barranco la construcción de un altivo viaducto romano; Obelix, creo, le comenta a Asterix algo así como la forma como estos romanos les están estropeando el paisaje de la Galia. Los edificios a menudo son como las prostitutas, si llegan a viejos/as siempre adquieren respetabilidad, y el viaducto de Segovia seguro que fue un palo para los ciudadanos que vivían debajo, y a algunos seguro que les gusto; hoy es obligatorio: te gusta.

No, el verdadero debate es desgraciadamente más complejo, la esencia de una buena obra de arte es difícil de definir, y además, en el caso de la arquitectura, puede ser muy buena, pero estar muy mal situada. Por otro lado, la arquitectura no es sólo ni principalmente ornamental, tiene misiones prácticas de funcionalidad y habitabilidad que, cuando es buena, siempre cumple y cuando es mala, no. El Guernica de Picasso no es malo (tampoco es, creo excepcional), pero en los tiempos de la progresía y a lamentable escala reducida se encontraba colgado (e inapropiadamente enmarcado) en todos los hogares jóvenes y era un horror. Yo admiro mucho El jardín de las Delicias del Bosco (esa sí: excepcional), pero jamás lo colgaría en mi dormitorio; ya tengo suficientes pesadillas por mi cuenta.

Tampoco me interesa –así de elitista soy- la distancia creciente entre la arquitectura y la gente, a la inversa de lo que opina mi admirado columnista Enric González, porque la gente también está enormemente distanciada de las sonatas de Bach y al parecer muy próxima a los engendros musicales de Operación Triunfo. Como decía el graffiti del mayo francés, diez mil millones de moscas nos pueden equivocarse: ¡come mierda!” Pues no, no quiero comer mierda, al menos obligatoriamente.

Y yo, ¿qué hago, si no me gustan ni Norman Foster ni el Príncipe Carlos?

13 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Es, claramente, una imposición -la de ver, quieras o no, la genialidad del divo de turno- y, lo que es peor, un expolio -el de "tu" paisaje, el de "tu" ciudad- frente a los que no tenemos ninguna defensa. Porque las únicas existentes, -las reglamentaciones urbanísticas, las ordenanzas de edificación, esas cosas- además de ser insuficientes, frágiles y precarias, están en manos de los políticos, aún menos dignas de confianza que las de los arquitectos. Comprendo que hay problemas mucho más graves e injusticias mucho más sangrantes, pero yo esta la llevo muy mal. (No sé si el Vanbrugh que citas soy yo o Sir John, pero si no soy quien lo dijo, lo digo ahora: la arquitectura, efectivamente, es el único arte que se nos impone. Y me joden muchísimo las imposiciones.)

El aspaviento metalizado de Gehry no está mal como escultura, pero considerarlo arquitectura solo porque han aprovechado que era muy grande para meterle cosas dentro me parece a todas luces una exageración. La arquitectura, en mi opinión, supone una ordenación racional de espacios y volúmenes basada, fundamentalmente, en el uso y la función, de la que el Guggenheim de Bilbao no solo carece, a mi juicio, sino contra la que atenta violentamente. En fin, por lo menos este no estropea el paisaje urbano. Por lo poco que recuerdo de como estaba antes la zona, lo mejora notablemente.

El edificio de Moneo junto al Guadalquivir no lo conozco en directo, solo en fotos, y, efectivamente, me parece bastante adecuado y respetuoso con el entorno. No así la monstruosidad imperdonable que ha perpetrado en la desembocadura del Urumea, el Kursaal de San Sebastián, que ese sí que lo conozco y me parece el paradigma de los atentados urbanísticos. En una sociedad tan acostumbrada a la violencia y a la imposición como la donostiarra ha sido aceptado con una docilidad lamentable. Yo lo dinamitaría sin un titubeo. Pero la compulsión identitaria tiene estas extrañas consecuencias.

Miroslav Panciutti dijo...

Alguien calificó alguna vez a la arquitectura de "escultura habitable" y, me temo, esta concepción ha calado, no ya en los profanos, sino en muchos de los arquitectos, Malos arquitectos por más que sean considerados "arquitectos estrella". De hecho, como término síntesis es adecuado para describir el fenómeno reciente (que ya dura demasiado) de usar la arquitectura para el marketing. Lo cual (ya sabes que soy de matices) tampoco está siempre mal, y de esas intenciones bastardas pueden salir buenos resultados (el Guggenheim que citas es un ejemplo), pero que ocasionalmente la arquitectura "pueda" ser escultura habitable, no autoriza a dar por válida la expresión.

Lloyd Wright acuñó su famosa sentencia de que "la forma sigue a la función", para rechazar la pretendida autonomia de la estética como motivación de la proyectación arquitectónica. Loos, más radical aun, llegó a calificar el ornamento como delito. En general, todo el movimiento moderno, más declarativamente que en sus obras, se empeñó en negar que la arquitectura persiguiera la creación de formas, de esculturas.

En la práctica de la actividad arquitectónica hay un factor, en todo caso, que define y separa necesariamente la arquitectura de la escultura y que es tan imprescindible (o más) que la función (la habitabilidad) del edificio que se proyecta. Me refiero al lugar. Un buen arquitecto es quien encuentra en el lugar los "genes" de su obra, al menos los principales, los definitorios. Un escultor puede hacer una escultura pensando que va a colocarse en un sitio determinado (caso de las esculturas urbanas) pero ese factor ni es tan determinante en la calidad de su obra ni opera sobre el arte escultórico permanentemente. Una arquitectura se debe proyectar para un lugar o, mejor, desde un lugar.

Por tanto, en mi opinión, no puede hablarse de "buenos" edificios "mal" colocados. Ni siquiera me parece del todo certero decir que es bueno que un edificio "respete" la belleza de un lugar (lo que se suele traducir en procurar "disimularlo"). Un edificio bueno será el "nace" del lugar y, por tanto, expresa y realza, en su lenguaje (que viene condicionado, entre otras cosas, por la época) el espíritu del lugar. A veces se embeberá discretamente entre las medianeras de una calle, otras destacará como un hito aportando una nueva (y creativa) lectura del espacio urbano, en otras revivirá un paisaje ...

Pero, como siempre en el arte, será cuestión de sensibilidad. El error es creerse que esa sensibilidad tiene que ver con los ejercicios malabaristas formales que suelen dar resultados más o menos llamativos pero que no llegarán a viejos (por ejemplo Calatrava). La sensibilidad fundamental es hacia el lugar, ser capaz (es muy difícil) de saber traducir en volúmenes, materiales y formas, lo que nos está diciendo el lugar. Por ponerte un ejemplo de lo que digo me refiero a la que es mi obra favorita: la capilla de Ronchamp del gran Corbu.

Lansky dijo...

No era muy difícil intuir que a ambos, Miros y Van os iba a incitar este post sobre el que habría mucho más que hilar. Comencemos.

Sí, Vanbrug eráis vos. En cuanto a que el Guggenheim seea o no arquitectura me parece un tema...de ¿definciones? Según la tuya no lo es, según la mía, quizá sí.

Miros, por supuesto que no es que un edificio deba ser "acogido" por el sitio, sino más aún, desprenderse, derivar, surgir de él, pero eso, como dicen los castizos de jugar al poker y ganar, es ya la hostia, lo mínimo es pedir discrección y corrección, dos virtudes menores muy recomendables.

No sé si conoces un libro del famoso Munford (Lewis) cuyo título he olvidado, pero que trata exactamente de las dos primeras décadas (1865-1875) de la arquitectura norteamericana moderna; ahí están muchas de estas reflexiones.
Sobre Corbusier (como sobre Gaudí, otro arquitecto icónico) tengo sentimientos encontrados, por ej, la capilla que citas en el sitio que está, efectivamente, me parece preciosa, pero, en cambio, sus ideas sobre urbanismo o arquitectura (rascacielos de patas de pollo) me parecen como poco discutibles cuando no peligrosas. Al comienzo de los ochenta atravesé el Sahara por Argelia hasta Malí, entonces un país muy seguro para el viajero. Al llegar a la pentápolis del oasis de Gardahia me quedé con la boca abierta y entendí parte de lo que el movimiento moderno decía de la belleza y las prostitución de los ornamentos; allí la belleza surgía, como tu dices, del gens del lugar, de los volúmenes despojados, cúbicos, escalas, espacio y tiempo. Tengo, sin embargo, uan inmoderada propensión hacia "la arquitectura sin arquitectos", como se tituló una exposición que no sé si recuerdas sobre la arquitectura popular, y eso me lleva a juzgar severamente a muchos arquitectos 'astronautas' como el dichoso Foster (dichoso porque comparte lecho con Elena Salgado).

Vanbrugh dijo...

Me apunto fervorosamente a las virtudes menores que enuncia Lansky. Creo que el principal problema de la arquitectura viene del inmoderado deseo de ser genial que aqueja a todos los arquitectos, así acaben de recibir el título. Todos quieren diseñar obras maestras y rompedoras, todos han recibido la inspiración divina, todos se creen llamados a ser quienes reinterpreten, reaviven, iluminen y, por decirlo en corto, jodan irreversiblemente el afortunado lugar llamado a ser emplazamiento de su obra genial, (y al que no se lo parezca así, que le vayan dando, que para eso los arquitectos son ellos). Muy pocos se proponen, modesta y artesanalmente, contribuir a la creación del bien colectivo y público que es la ciudad -que yo considero el habitat natural del hombre, dicho sea de paso-. El mejor arquitecto que he conocido en persona, Fernández del Amo, alardeaba de no ser más que un albañil ilustrado. Otro gallo nos cantaría si más arquitectos renunciaran a ser Dios y se ciñeran a este útil y modesto papel.

Lansky dijo...

¡Albañil ilustrado! Dile al del Amo ese que le idem. Y vivan los alarifes documentados

Vanbrugh dijo...

No puedo ya decirle nada, murió hace años. Pero lo de ser un albañil ilustrado, aunque quizás suene un poco enfático, lo decía con gran sinceridad, y anda bastante cerca de esa arquitectura sin arquitectos a la que tú propendes y yo también. ¡Vivan las virtudes menores, al menos en arquitectura!

Lansky dijo...

Generalicemos (luego Miroslav nos lo matiza): La mayoría de los arquitectos son como los psiquiatras argentinos, su ego no deja sitio a virtudes menores como la modestia; por cierto, el arquitecto argentino por antonomasia y lacaniano se llama Armando Casitas (Uyyy qué viejo)

Miroslav Panciutti dijo...

Maticemos, pues, como augura Lansky, sobre la naturaleza divina de los arquitectos. Lo malo es que, en tanto generalización, he de admitir que alto porcentaje de verdad. Creo que el creerse algo así como dioses tiene mucho que ver con la peculiar forma de enseñanza de las escuelas de arquitectura que, curiosamente, es muy parecida en casi todo el mundo. Ahí, con una pedagogía práctica infame, se dedican a joderte para que te ganes el derecho a pertenecer a un gremio de artistas tocados de la gracia divina. Pero, en fin, ser dios también tiene sus miserias que vosotros, humildes mortales, no alcanzais a comprender.

Miroslav Panciutti dijo...

Y sigo matizando, con ánimo más polémico, sobre ese ensalzamiento, algo bucólico y anacrónico a mi juicio, no tanto de las virtudes menores como de las arquitecturas anónimas. La arquitectura doméstica, la que conformaba el 90% de cualquier ciudad (y el 100% de los caseríos rurales) hasta hace relativamente poco, nunca fue hecha por arquitectos y obedecía a la lógica (y economía de recursos) del lugar y de las necesidades que había de satisfacer, con sólo algunas y menores concesiones a la ornamentación simbólica (escudos de armas, etc). Esas virtudes creo que las mantenían los arquitectos contemporáneos de esos constructores anónimos, en sus edificaciones singulares (que era para las únicas que se los requería). Así que, a mi modo de ver, el problema de la pérdida (no siempre) de esas virtudes básicas de la buena arquitectura no es (o no es sólo) de los arquitectos, sino de los tiempos que han venido corriendo; y eso se ve en más ámbitos que en el de la arquitectura. Prueba de lo que digo es que sigue habiendo arquitectura anónima y ya no me parece que esté adornada (en nuestra sociedad, no nos vayamos al desierto argelino) de esas virtudes "menores". Cuando queráis os muestro la "preciosa" tipología habitual del arquitectura canaria "sin arquitecto": horribles cubos con volado que destrozan el paisaje isleño diseminándose como un cáncer.

Miroslav Panciutti dijo...

Y todavía un tercer comentario para que Vanbrugh se pique. Me gusta los "cubos" donostiarras de Moneo que, además, me parecen una intervención acertada en el paisaje y de dignificación del espacio urbano al cual se vinculan (sin dañarlo). En mi opinión, el que es mi barrio natal (Gros se llamaba entonces, ahora le dicen la Zurriola) ha mejorado gracias a esa intervención junto con la de la playa.

En cuanto a la docilidad de los donostiarras, no fue tal. El proyecto y la implantación del Kursaal fue muy polémico y contestado. Sin embargo, también es verdad que muchos de los que en principio lo rechazaban han ido encontrándole su "gracia" cuando no cambiando radicalmente de opinión.

Para acabar, tu última frase (esa de que la compulsión identitaria tiene estas extrañas consecuencias), pese a haberte salido redonda, me parece un poco algo traída por los pelos. Al menos no alcanzo a ver la relación que tiene la dócil aceptación del Kursaal (que, por cierto, poco anclado está en el lenguaje tradicional del caserío vasco, por ejemplo) con la estúpida compulsión identitaria (salvo, se me ocurre, que partas de la base de que la compulsión identitaria reblandece el cerebro y eso les hace perder capacidad crítica; lo malo es que de ahí puedes llegar a cualquier conclusión).

Lansky dijo...

¡Ole tus matices!, que diría un flamenco, Miroslav. A mi también me gusta el cubo de Moneo en Donostia (y el Peine de los Vientos del extremo de Chillida y un arquitecto que nor ecuerdo). También concuerdo con el anacronismo de la alabanza de la "actual" arquitectura sin arquitectos: han cambiado las condiciones y los propios ejecutores; anacrónica en doble sentido: bien, porque se habla de las del pasado, bien porque la del presente no responde a las mismas necesidades y condiciones. Y en tercer lugar, el endiosamiento al que conduce la enseñanza en las Escuelas Técnicas Superiores: Vale, pero yo creo que además hay otros factores, como el eterno papel sumiso pero a la vez prepotente del arquitecto como intermediario entre el poder (económico, político) y los ciudadanos.

Vanbrugh dijo...

No he tenido ocasión de "picarme" hasta hoy Lunes, y, en realidad no me he picado. Me parece estupendo que os guste el cubo de Moneo, máxime cuando lo decís tan pacífica y amablemente, no como yo, que no me limito a decir que no me gusta, sino que lo llamo monstruosidad imperdonable. Soy así, vehemente, qué voy a hacerle, pero a cambio no me pico casi nunca.

Yo recuerdo de mi remota infancia el antiguo Kursaal, tan decimonónicamente cursi, tan adecuado a la cursilería decimonónica -¡espléndida!- del resto de la ciudad, y la visión del engendro acristalado actual me corta la respiración y me asoma lágrimas a los ojos. Gros, como también yo sigo llamándolo, no me parece en absoluto mejorado sino, muy al contrario, semi aplastado, asomando sus pobres restos bajo el pisotón de la mole. Para mí es una zona devastada. Pero qué se le va a hacer, celebro que a alguien le guste. No me consuela que el sufrimiento se generalice, yo no soy nacionalista.

En cuanto a la "compulsión identitaria", si la saqué a colación es porque no han sido ni dos ni tres, sino muchos más, los donostiarras que me han confesado que el nuevo Kursaal, a su juicio, "da carácter" a la ciudad, y, aunque no han sido capaces de mencionarme ni una virtud más del edificio, parecían encontrar esa suficiente. Al oírlos uno saca la impresión de que les satisface ser "diferentes", aunque la diferencia consista en una enorme verruga en la nariz. Y por aquí enlazamos con tu explicación: una sociedad que lleva los últimos cincuenta años aleccionada en las virtudes supremas de "la diferencia", aunque su precio sea el terror callejero, probablemente sea más proclive a aceptar la erección de aberraciones cristalinas como forma alternativa, algo menos cruenta, de alcanzar la deseada singularidad. Sí, lo del reblandecimiento cerebral es un buen resumen.

Lansky dijo...

De pasada mencionas una, no la única, de las razones por las que me gusta el cubo del kursaal, y es que rompe tanto 'bonitismo' decimonónico de la fachada marina donostiarra, que parece que te va a salir de cualquier seto la Infanta Mercedes y el doónde vas triste de tí...joder.