profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

17/08/2009

Turistas y jaramagos


Turistas y jaramagos[1]

“¿Quién pavimentó el paraíso y construyó un aparcamiento?”

Salman Rushdie

No voy a volver a daros la vara con la distinción entre turista (‘tourist’) y viajero (‘traveller’)

Como supongo que sospecharéis, la jardinería es la excusa más propicia para ser un filósofo. Ya lo decía Bradbury: Sócrates cultivando su propia cicuta (Un hombre que lleva un saco de abono por el campo es como Atlas con el mundo al hombro).

Por el contrario, lo tengo muy dicho, un turista nunca sabe comprender la verdad de los lugares que mancilla, no ya por estar de paso, sino precisamente por ser turista, lo contrario de un buen jardinero o de un paisano agricultor. Los ves haciendo sus fotos en medio de esa enorme mediocridad que es la Plaza de España madrileña, o la de Cataluña en Barcelona. Sin prestar atención a los humildes jaramagos que brotan en el inevitable terraplén. No tienen ojos, sino objetivos de obturación veloz.

Por supuesto, todo el mundo tiene la ideología que ‘necesita’ para justificar su propia vida, por absurda que sea. La ideología del turista es que es bueno ‘ver mundo’; lo que es cierto, sólo que él no lo hace.

De paso entre la infancia y la vejez, se creen hombres y estorban que no veas. Convierten todos los lugares en fortalezas asediadas, como dicen los franceses del matrimonio: los que están dentro quieren salir, y los de fuera, entrar. Como en un museo. Y convierten cualquier sitio que fue hermoso en un parque temático: ciudades, costas, montañas, todo menos un solar con jaramagos amarillos, porque no saben que, en el fondo, no hay paisajes feos, sino tristes o poco fotogénicos, como los turistas mismos.

Borges, tan literario el pobre, decía que la palabra ‘Nilo’ contiene el Nilo. Yo, más prosaico, podría decir que la palabra ‘mear’ contiene el “mar”, como la de “gastrónomo” contiene “astrónomo”. Pero la palabra turista sólo contiene horda invasora e inculta. Peste. Me importa un güevo que alaben la tortilla de patata o el salmón ahumado en Suecia: son una peste.

Gregarios y previsibles, son por ello evitables no obstante: se puede viajar a encantadoras comarcas de nuestro interior: al Bierzo leonés, o a al valle del Sil orensano.
Un corolario: como los violadores o los maltratadores tal vez haya algo peor que sufrir a los turistas: convertirse en uno de ellos, aunque entonces no los padecen, claro.

Foto Ramón Portillo (Sevilla)
[1] Se conocen como ‘jaramagos’ un grupo heterogéneo de hierbajos oportunistas, normalmente de pequeñas flores amarillas, que salen en sitios abandonados y muy nitrificados, como los estercoleros; suelen tratarse de crucíferas del género Diplotaxis, Brassica (el mismo de las coles comestibles), Amaranthus, Capsella, Sisymbrium, etc.

2 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

"El turista no sabe comprender la verdad de los lugares que mancilla" ... Quizá, nadie que mancilla algo (o a alguien) sabe comprender su verdad. Desde esa premisa, igual que hay turismo de lugares, podría haber turismo de tantas otras cosas, seguramente con efectos mucho peores. En todo caso, tu bien hallada frase se convierte en definitoria más que en explicativa; eso justamente sería un turista: quien no es capaz de comprender la verdad de los lugares.

¿Por qué? No tanto porque sean turistas (ya que caeríamos en una definición circular) sino, se me ocurre, porque siguen siendo los mismos (con sus circunstancias) sin pretender estar en el sitio, salvo que por estar entendamos cambiar el paisaje y el entorno como quien cambia el cuadro de una habitación de hotel. No dejan (o no saben) dejar que el sitio pase a formar parte de ellos.

En el caso del turismo de masas, por ejemplo el que viene a esta isla, al turista, en realidad, le importa un carajo conocer nada; sólo quiere buen tiempo, comodidades estandarizadas y alcohol. Si eso mismo lo consiguiera en Birmigham, allí se quedaba ahorrándose el billete de avión (o no, porque hasta le es más barato venirse para acá).

Lansky dijo...

Evidentemente llevas razón, tanto en la circularidad de mi definición como en tus otras coclusiones. Parto de la diferencia con el 'verdadero' viajero, que va a estar, a permanecer y, moderamente, a entender, a convivir. En el caso concreto de ciudades, no hay que visitarlas, hay que ir a 'estar'.