profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

24/08/2009

Una sanguinaria epopeya moderna de México





Supongo que sabéis que actualmente en México se produce diez asesinatos diarios relacionados con el narcotráfico, casi 4.000 al año. La mayoría se producen en el Norte del país, en la región fronteriza con el principal consumidor, Estados Unidos, y de ellos casi un sesenta por ciento en la tristemente famosa Ciudad Juárez y otra gran parte en la zona de la Baja California.

Probablemente el día más grande en México es el Día de los Muertos. La tradición es azteca, aunque el oportunismo católico corriera la vieja efeméride del verano al otoño para hacerla coincidir con la víspera de Todos los Santos, y rinde honor a la diosa Mictecacihuatl, La Señora de los Muertos. México tiene una cultura de la muerte violenta que se expresa en las letras de corridos y rancheras, en las máscaras y disfraces de esqueletos de los carnavales, en la actitud del “macho” mexicano, en los adornados revólveres ‘Colt’ y hasta en la pastelería, que ofrece unos dulces que son calaveras, pero eso no basta para explicar tanta violencia, como tampoco los meros análisis sociológicos.

Es el propio Estado, las administraciones y los mismos ciudadanos los que están amenazados por una sanguinaria y brutal guerra en la que las víctimas son los propios narcos, policías, miembros de la judicatura y del ejército, ediles y gobernantes y gentes de a pie. Hay todo un género de ensayismo que intenta dar cuenta de estos hechos, pero también la ficción –recordemos la estimable La Reina del Sur de Pérez Reverte-, que en general palidece ante la simple realidad. Creo, sin embargo, que esta anti epopeya ha encontrado su gran obra, se llama El poder del perro[1] y su autor es un estadounidense poco conocido entre nosotros, Don Winslow, al que ya se ha comparado por anteriores obras suyas con grandes del género negro como James Ellroy o Elmore Leonard, pero esta es otra cosa.

Los narcos mexicanos, además de extremadamente violentos, no son ni campesinos –no cultivan coca, ni opio desde que los federales incendiaron los valles de cultivo de Sinaloa, ni prácticamente marihuana- ni químicos, pues tampoco hay laboratorios de transformación por más que en las calles de San Diego y de la costa del Pacífico de Estados Unidos a la pasta base de coca se la conozca como “Barro Mexicano”. No, los narcos mexicanos son transportistas, de Colombia a Estados Unidos pasando por repúblicas bananeras como Honduras; garantizando la entrega nuevamente a los colombianos de Estados Unidos, de puerta a puerta, del productor al consumidor y cobrando un canon por kilo. Los mexicanos lo que hacen es administrar su mayor ‘tesoro’: esa enorme frontera con el país consumidor por excelencia desde el Pacífico al Atlántico. La DEA estadounidense no tiene en México campos que quemar ni laboratorios que dinamitar, porque los mexicanos sólo tienen pistas de aterrizaje perdidas en enormes ranchos del desierto, rutas invisibles a los radares, caminos fronterizos para sus camiones. Y conexiones con la policía de los Estados, con sus propios federales, la policía de fronteras y la CIA (que financió en los ochenta sus operaciones de contrainsurgencia, cambiando coca por armas)

La novela no es Madame de Bovary, así que los personajes son presentados sucinta pero suficientemente, lo que no quiere decir que sean esquemáticos –por sus acciones los conoceréis-, desde el ángel vengador de la DEA, mitad mexicano mitad estadounidense, a su brutal aliado mexicano, uno de los escasos policías no corruptos; la bellísima e inteligente prostituta de lujo o su amigo, un obispo de Guadalajara que interrogado por el nuncio del Vaticano sobre sus excesivas simpatías por los pobres y la teología de la liberación le contesta que el tampoco es partidario de ella, sino sólo de la liberación.

Me gustan las novelas en las que uno se instala a vivir mientras las lee. Me sucede desde niño cuando me convertía en un pirata malayo mientras leía a Salgari, y me siguió pasando, raras veces, de adulto, como aquel verano en que me transformé insospechadamente en un homosexual dandi francés de comienzos del siglo pasado obsesionado con ser aceptado por la ‘gente guapa’ de la alta sociedad ociosa de su tiempo. Igualmente fui durante algunas semanas un príncipe pacifista en medio de la sociedad belicista de la Rusia de la época napoleónica y me ha vuelto a pasar ahora, este verano, en el que he sido un fascinado híbrido de mexicano y estadounidense inmerso en la sanguinaria odisea del comercio de los paraísos artificiales. Me he codeado con narcotraficantes sofisticadamente brutales, con policías corruptos, con agentes de la DEA cínicos, con prostitutas de lujo inteligentísimas, con amigos más peligrosos que los escorpiones y lo único que os puedo decir es que emprendáis la hipnótica tarea de sumergiros, es frase hecha pero la que mejor describe lo que os va a suceder, en las setecientas páginas de este espléndido libro.

Sí Sumergirse, porque México es el gran agujero negro de la sociedad opulenta del cercano Norte, donde quedan atrapados y sin salida todos los que entran, y el Río Grande nuestra moderna laguna Estigia, los barqueros, los sicarios, y los ‘carontes’, la gente más mala de este triste mundo. El mal absoluto existe y Wislow nos lo cuenta. La mayoría de la gente tienen una idea muy naif y poco imaginativa de la maldad; piensan en maltratadores, evocan asesinos más o menos broncos y espontáneos, incontrolados, pero el mal tiene muchos grados: seducir a tu mujer, follársela, asesinarla, mandarte su cabeza en una sombrerera acompañada con un video donde se ve como defenestran por un puente sobre el río Magdalena a tus dos hijos pequeños, eso es maldad, y eso ha pasado: fue la venganza de un rival sobre otro en el negocio del transporte desde Cali, en Colombia, a San Diego/USA.

La ley Seca de los años treinta que proscribió el alcohol en Estados Unidos propició la época dorada del gangsterismo –unos bondadosos cooperantes comparados con los narcos actuales-, y yo me pregunto –Winslow ni lo hace ni tiene por qué- qué sucedería si las drogas y los estupefacientes se vendieran con receta y los debidos controles en las farmacias. Presumo que todo el tinglado se vendría abajo y me imagino a los sicarios reconvertidos en guías turísticos en Sinaloa y el bonito barrio de Coyoacán. Pero nadie, ni en uno ni en otro bando parece interesado en soluciones definitivas, sino en prolongar el estado de guerra.

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[1] Don Winslow: El poder del Perro, Mondadori, 2009, colección Roja y Negra. Presentación de Rodrigo Fresán.

4 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

¿qué sucedería si las drogas y los estupefacientes se vendieran con receta y los debidos controles en las farmacias? Retórica pregunta, ¿verdad? Aunque yo quitaría lo de "con receta" (¿acaso el tabaco se vende con receta?) porque la receta, por si sola, puede bastar para mantener el sistema criminal. Eso sí, con controles de calidad para que quien quiera meterse algo sepa lo que se mete. Y sí, presumo yo también que se iría acabando la locura criminal que se se ha ido montando. Pero es otra utopía más, me temo.

Lansky dijo...

Completameente de acuerdo, MIros, en lo de suprimir la receta. A cambio, yo te suprimo a tí lo de utópico; dificil, sí, por los intereses creados, pero no utópico, en el sentido de imposible, ya que podriamos darle la vuelta a la pregunta y decirnos ¿qué pasaría si el alcohol y el tabaco fueran ilegales? Pues que habría mafías terribles traficando con ellos como de hecho las hubo con el primero.

Manto Solar dijo...

Solo para aclarar:
La cuestión del día de muertos no es algo de violencia, al contrario, se trata de una tradición que consiste en rendir tributo a nuestros familiares que ya "descansan en paz" en una especie de convivencia directa con ellos, lo que implica, de alguna manera, con la muerte. No es algo que tenga que ver con la violencia, pues sería como decir que los que van a un cementerio y hablan con la persona fallecida (mas bien a la lápida, antes o después de orar) son espiritistas o algo similar. Ha pasado mucho tiempo desde esta publicación, espero que actualmente tengas en consideración lo que comento.

Anónimo dijo...

La he leído y queda perfectamente aclarado con tu pausible corrección.

Gracias

Lansky