
De la dilatada época de la dictadura nos han quedado en España muchas secuelas perversas que llevará tiempo subsanar. Por supuesto, el remedio reside en la educación, entendida esta no como formación más o menos profesional ni tampoco buenos modales –sustitutos precarios de los buenos sentimientos-, y aunque ambas cosas ayudan, pero hasta ahora no creo que haya habido un solo gobierno democrático en España que haya apostado por ese difícil pero eficaz remedio. Todo lo más hacen “sus” reformas educativas, esto es, de planes de estudio hasta convertir la escolarización y el bachillerato en un batiburrillo liadísimo en el que los nenes extremeños, pongamos por caso, estudian la Sierra de Guadalupe, pero no saben donde están los Andes. De momento, y aunque la crisis palie algo el tema, nos hemos convertido en un país de nuevos ricos, con muchísima gente con niveles de consumo altos y de cultura ínfimos que explican en parte, sólo en parte, el destrozo horrendo que se ha producido en nuestro territorio, pueblos y ciudades. No hay cosa más temible que una horda de ediles horteras y con dinero (que encima no es suyo). En cuanto a los ciudadanos, la mezcla de codicia e ignorancia es un explosivo más potente que la Goma Dos.
Una de esas secuelas es una serie de frases amenazantes que se sueltan en cuanto la situación parece permitirlo. Las detesto:
“Usted no sabe con quien está hablando”
“A mí no me da lecciones nadie”
Y un agobiante y prepotente etcétera.
En un autobús urbano en la ciudad de Madrid, un individuo gordo y sudoroso (eso no era culpa suya, el vehículo llevaba el aire acondicionado averiado, o ‘no operativo’ como se dice ahora) manifestaba a gritos su opinión sobre los inmigrantes mientras lanzaba sañudas miradas a dos chicos morenos y probablemente sudamericanos que iban sentados atrás. Lo que el energúmeno proclamaba no era precisamente el Discurso del Método. Básicamente venía a decir que en medio del paro, esos individuos subhumanos venían a quitarnos el poco trabajo que había disponible para los nacionales (En Gran Bretaña ya hay un sindicato que promueve una iniciativa de Job for Britains, trabajo para los británicos en idéntico xenófobo sentido, pero más organizados)
Por supuesto, podría haberle replicado que, uno, los trabajos que realizan los inmigrantes son en su mayoría los que los autóctonos rechazamos y no queremos realizar, dos, que en cualquier caso, si un dólar o un euro pueden viajar libremente por el mundo sin fronteras que les detengan, un ser humano debería tener como mínimo el mismo derecho que las divisas, y tres, que está demostrado con sumarias contabilidades que gran parte del despegue económico de los últimos años se debe al trabajo de esas personas, que llegan ya formadas a nuestro país sin haber nosotros invertido ni un euro en esa formación, que consumen muchos menos recursos que los turistas tan bien recibidos y nos dejan mucho más a cambio (otra cosa es que lo que dejan los turistas se lo queden cuatro empresarios y no el conjunto de la población, como en el caso de los inmigrantes). Pero como no considero mi obligación sustituir la función del Estado en la Educación de los imbéciles no le dije al tipo nada de esto. En su lugar preferí dirigirme a él –inicialmente le emocionó mucho ver que había calado en alguien su prodigiosamente matizado mensaje- y señalarle que en efecto, venían a quitarnos el trabajo. Luego añadí mientras él asentía vigorosamente, que además del trabajo nos quitaban más cosas: las mejores mansiones, los mejores coches deportivos y artículos de lujo, las mejores plazas en los restaurantes de autor y, añadí que, al ser en general más guapos y estar en mejor forma que nosotros y –ejem- todos los sabíamos, estar mejor ‘dotados’, el colmo de los colmos, nos quitaban también las novias.
Fue un enorme placer ver como el tinte rojo del rostro del tipo iba cambiando al púrpura de una puesta de sol en una montaña de escoria de carbón, mientras los dos chicos hacían esfuerzos denodados por contener la risa.
Entonces el tipo se revolvió y con su espléndida dialéctica me espetó la fatídica frase:
“-Usted no sabe con quien está hablando.”
Y ahí reconozco que no quise esforzarme más y, mirándole de hito en hito, le dije:
“-Yo creo que sí, con un imbécil”
10 comentarios:
El colmo sería que el padre de este imbécil, sea de los que volvieron de Alemania mirando por encima del hombro a sus conciudadanos, olvidando de qué forma se fue y cómo le recibieron cuando fue emigrante, y, por supuesto, de los que delegaron en la Administración Educativa la educación de su retoño, confundiéndola con cultura.
Saludos.
Pero eso es genial, Lansky! Lo que le soltaste al gordo ( lo de estar sudoroso no era culpa suya) Qué mania le ha entrado a la gente de echarle la culpa de todos los males a los que vinieron a trabajar. Me hace reflexionar mucho. Ahora que las cosas van mal una patada en el culo. Lo que no saben es que a los de los chalets y los yates de lujo les interesa que odiemos, su estatus depende de ello. Qué estupidos somos! Por favor, que vuelva la cultura maya, el siglo de oro...alguna chispa de raciocinio.
A mi en cambio,la primera parte de tu articulo me parece genial, como en general todo lo que escribes, por eso, el dialogo con ese pobre hombre ¿o hombre pobre?, no me parece digno de tí. Que lo pienses... vale, pero entrar al trapo...tu.... no lo veo.
Estoy de acuerdo contigo, Anonimo, lo suyo hubiera sido seguir con la ironía y el "olímpico" desdén, pero, primero, soy humano y no Apolo y la frasecita me tocó muy dentro (la que le decían a mi madre y a mi abuela en los cincuenta), y segundo, lo reconocí y lo dejé por escrito: "y ahí reconozco que no quise esforzarme más".
De todas formas, "imbécil" no fue un insulto, sino una abreviada descripción, en este caso concreto.
Comandante, El gordo tenía edad suficiente (más o menos la mía) para haber sido él mismo emigrante en Suiza o Alemania y probablemente lo fue. Precisamente esa es una seña de los desclasados, los "parvenues", la saña con la que atacan a los de su antigua misma condición: como para distanciarse de aquel su propio pasado. Es uno de los apoyos del fascismo y está bastante estudiado y conttado hasta en el cine.
Emma, nada de buscar en el pasado supuestas edades de Oro (Los Mayas eran espléndidps, y unos cabrones: lee a Marvin Harris)
Estupendo tu discurso. Ya me gustaría a mí tener en ocasiones análogas tu rapidez de reflejos e ingenio así como las narices para soltar parrafadas similares. En cuanto al exabrupto final, por muy exabrupto que sea, perfectamente justificable. Quizá habrías estado mejor si a su arrogante pregunta retórica le hubieses respondido nada más: "Sí, creo que sí". Y sólo cuando, desconcertado, te hubiese preguntado ¿sí? ¿quién soy? le hubieras soltado el Imbécil.
Desde luego imbécil (débil mental) lo era, claro.
Siempre, cuando uno "repasa la jugada" la podría mejorar, pero los dos muchachos morenos y sus risas discretas me premiaron suficientemente.
Los gordos estúpidos que explayan en público ambas características son impagables. La cantidad de adrenalina que puede liberarse gracias a ellos. Si no se encontraran "silvestres", crecidos espontáneamente, debería cultivarlos el Ayuntamiento como servicio público, para adiestrar a los ciudadanos en la respuesta oportuna y contundente, tipo la tuya, a la que no pongo un pero.
A mi, desgraciadamente, la respuesta adecuada suele ocurrírseme tarde, o quedárseme atascada por timoratas consideraciones: el mal ejemplo para mi hijo, el mal rato de mi mujer... (No todo iban a ser ventajas en la vida familiar). Me siento reivindicado cuando cuentas estas cosas.
Vale vanbrugh, la próxima faena que protagonice, montera en mano, te la dedico. El tipo, sí, llevaba una chapita de "obesos idiotizados del Primer MUndo" (OIPRIMU)
Baya! Valla! O sea... vaya! Eso pasa por coger un autobús. La próxima vez coge una guagua y verás que esas cosas sí te pasan.
Un besote!
Publicar un comentario en la entrada