
Y el animal más malo del mundo es…
Es una certeza absoluta que el animal más pernicioso del planeta es el hombre, no tanto para los demás animales, como afirman los ecologistas, que también, sino sobre todo para el propio hombre. Lamentablemente Hobbes –ni Plauto que fue el primero- no sabía zoología, porque si el hombre fuera un lobo para el hombre nos dejaríamos en paz unos a otros, pero lo malo es que no, el hombre es un hombre para el hombre, para los osos pandas y hasta para los virus. A cambio, junto al cerdo y al perro, el hombre es también el animal más benéfico para el hombre, cosas paradójicas de nuestro comportamiento.
Probablemente por ese bien merecido complejo de culpa, de ser sin duda los más malos, siempre hemos estado buscando otro animal que lo sea más que nosotros. En Europa, el pobre lobo se ha llevado ese estigma, en ocasiones el oso, y para los más viajados, el tiburón, pero el tiburón, por un lado, tiene un cerebro pequeñito y eso sólo le da para repartir mordiscos, pero no idear maldades sofisticadas. A los financieros y empresarios que se dedican a forrarse a costa de todos nosotros, a despedir empleados y a idear malignas fusiones que desestabilizan países o provocan hambrunas se les llama muy equivocadamente “tiburones” (de los negocios), pero no es el caso, porque el escualo alguna vez llega a hartarse de comer y nuestro predador bípedo jamás se hartará de hacerse rico a costa de la miseria ajena. No hay color.
Pero pongamos que hay animales dañinos, que es un término tampoco muy objetivo (¿dañino para quien?, para algunos de nosotros, claro), pero algo más que ‘malo’. Animales puñeteros a título individual o colectivo, en cuyo último caso se les llama plagas. ¿Qué ha hecho el ser humano con ellos antes de inventar el DDT y la extinción en masa? Pues veréis, imaginación no ha faltado, los ha conjurado, exorcizado y excomulgado, todo ello con sus respectivos y apropiados rituales. Previamente los ha conminado o ha emprendido actividades profilácticas varias, como penitencias, procesiones rogativas, aspersión de agua bendita y ostentación de reliquias. Finalmente, cuando se ha capturado a los culpables, sobre todo a título individual, se les ha encarcelado, torturado, desmembrado, ahorcado, quemado…Los objetos de estos asuntos han sido desde ratas, ratones de campo, saltamontes, moscas o babosas, hasta cerdos o mulas.
Pastoureau, un maravilloso historiador y medievalista francés, que es de quien obtengo estos datos[1], me advierte y yo lo hago con vosotros, que ahorcar o quemar cerdos y excomulgar ratas o insectos no es exactamente lo mismo. Leyendas como la del flautista de Hamelín, al parecer basada en hechos reales, dan cuenta de estos sucesos. En 1120 en Francia el obispo Barthélemy, como si tratara con herejes, declara “malditos y excomulgados” a los ratones de campo y las orugas que invadieron los campos. Estos asuntos prosiguen por siglos, así en Valencia en 1543 contra las babosas, y en Grenoble en 1585 contra las orugas, a las que se invita amablemente a retirarse a territorios no cultivados antes de excomulgarlas.
No obstante, aunque menos numerosos y documentados, son los casos contra grandes animales domésticos los más sorprendentes. En 1386, en Falaise, Normandía, se aprisiona, juzga, condena, tortura y ajusticia a una cerda de tres años. A la ejecución pública asistieron los vecinos con sus respectivas piaras de cerdos para que vieran el ejemplo. El verdugo la cortó en vida el morro y un muslo, luego la colgó de los corvejones traseros de una horca hasta que sobrevino la muerte; tras la muerte se simuló su estrangulamiento, se la acarreó con una yegua dando varias vueltas a la plaza, se la colocó en una hoguera y se la quemó. No consta que se hicieron con sus cenizas. El vizconde o ‘baília’ de Falaise presidió toda la ceremonia. Quedan documentos que atestiguan todo el proceso, sobre todo menciones contables de los gastos devengados por mantener al animal en prisión más los honorarios del verdugo, pero se ha perdido un maravilloso testimonio gráfico, un mural que daba cuenta del suceso en la iglesia de la localidad, destruida en el siglo XIX. El pobre animal, la cerda supliciada, fue vestido con ropas humanas, “vestida con chaqueta, calzones, calzas en las patas traseras, guantes blancos en las patas delanteras”. El delito del animal fue comerse la cara y un muslo de un niño de corta de edad mientras su padre, un labrador, dormía la siesta.
Es fácil mirar con displicente ironía estas acciones de los antiguos’, pero no deberíamos apresurarnos. Ayer, en pleno siglo XXI, en una ciudad vallisoletana de histórica alcurnia se torturó a un toro por ser un toro y no porque hubiera cometido alguna maldad concreta. Se le alanceó torpemente hasta la muerte y se hizo befa del cadáver. Se trata de la fiesta (?) del toro de Tordesillas, considerada de interés tradicional. Ni siquiera fue una ejecución realizada por un profesional eficiente, sino un más burdo y menos piadoso linchamiento multitudinario. Desde luego, como en todo hay grados, y los antitaurinos estarán de acuerdo conmigo que es infinitamente preferible que del asunto de matar toros se encarguen profesionales más eficaces y que intentan dar cierta belleza y oportunidad al animal, como es el caso de las corridas; en cambio estos festejos populares no tienen ninguna de las dos coartadas.
Yo no soy responsable de las tonterías de obispos o vizcondes del pasado, pero tampoco admito acusaciones generales sobre el comportamiento humano que sirvan para escurrir el bulto y repartir difusamente las responsabilidades. Los vecinos de Tordesillas que asisten al brutal festejo o participan directamente son los bestiales responsables –me imagino a los chavales conociendo encantados el aval que les concede la tradición: por fin la “cultura” es divertida y emocionante-, de la misma forma que hay cuatro grandes jinetes del Apocalipsis responsables de hacer más inviable la vida en el planeta, y no todos los humanos que la padecemos o, como máximo, asistimos sin cambiarlo tenemos más que esa responsabilidad de la inacción en ello. Declaraciones genéricas del tipo “el hombre en su locura” a la que tan afectos son algunos ecologismos sólo cumplen esa misión de difusión de responsabilidades.
Esos cuatro jinetes son las grandes entidades especulativas financieras, y las multinacionales del armamento, alimentarias y farmacéuticas. Las cuatro tienen un pequeño escudero: la ignorante brutalidad de la masa que no es pueblo ni ciudadanía.
Esos son los animales más malos, financieros y hombres de poder que trafican con la pobreza, la muerte, la salud y el hambre de millones de humanos, que pueden deponer gobiernos o borrar del mapa países, iniciar guerras o hambrunas. Son los más malos, pero los más brutos e ignorantes, que es otro asunto, puede que sean algunos festivos participantes de tradicionales fiestas populares. Cada cosa en su sitio. Y no debemos olvidar que el explosivo más poderoso que se ha descubierto, el único realmente capaz de borrar del mapa comunidades humanas y al resto de seres vivos que comparten con nosotros el planeta y quizás al propio planeta, se compone de codicia y de...ignorancia.
Es una certeza absoluta que el animal más pernicioso del planeta es el hombre, no tanto para los demás animales, como afirman los ecologistas, que también, sino sobre todo para el propio hombre. Lamentablemente Hobbes –ni Plauto que fue el primero- no sabía zoología, porque si el hombre fuera un lobo para el hombre nos dejaríamos en paz unos a otros, pero lo malo es que no, el hombre es un hombre para el hombre, para los osos pandas y hasta para los virus. A cambio, junto al cerdo y al perro, el hombre es también el animal más benéfico para el hombre, cosas paradójicas de nuestro comportamiento.
Probablemente por ese bien merecido complejo de culpa, de ser sin duda los más malos, siempre hemos estado buscando otro animal que lo sea más que nosotros. En Europa, el pobre lobo se ha llevado ese estigma, en ocasiones el oso, y para los más viajados, el tiburón, pero el tiburón, por un lado, tiene un cerebro pequeñito y eso sólo le da para repartir mordiscos, pero no idear maldades sofisticadas. A los financieros y empresarios que se dedican a forrarse a costa de todos nosotros, a despedir empleados y a idear malignas fusiones que desestabilizan países o provocan hambrunas se les llama muy equivocadamente “tiburones” (de los negocios), pero no es el caso, porque el escualo alguna vez llega a hartarse de comer y nuestro predador bípedo jamás se hartará de hacerse rico a costa de la miseria ajena. No hay color.
Pero pongamos que hay animales dañinos, que es un término tampoco muy objetivo (¿dañino para quien?, para algunos de nosotros, claro), pero algo más que ‘malo’. Animales puñeteros a título individual o colectivo, en cuyo último caso se les llama plagas. ¿Qué ha hecho el ser humano con ellos antes de inventar el DDT y la extinción en masa? Pues veréis, imaginación no ha faltado, los ha conjurado, exorcizado y excomulgado, todo ello con sus respectivos y apropiados rituales. Previamente los ha conminado o ha emprendido actividades profilácticas varias, como penitencias, procesiones rogativas, aspersión de agua bendita y ostentación de reliquias. Finalmente, cuando se ha capturado a los culpables, sobre todo a título individual, se les ha encarcelado, torturado, desmembrado, ahorcado, quemado…Los objetos de estos asuntos han sido desde ratas, ratones de campo, saltamontes, moscas o babosas, hasta cerdos o mulas.
Pastoureau, un maravilloso historiador y medievalista francés, que es de quien obtengo estos datos[1], me advierte y yo lo hago con vosotros, que ahorcar o quemar cerdos y excomulgar ratas o insectos no es exactamente lo mismo. Leyendas como la del flautista de Hamelín, al parecer basada en hechos reales, dan cuenta de estos sucesos. En 1120 en Francia el obispo Barthélemy, como si tratara con herejes, declara “malditos y excomulgados” a los ratones de campo y las orugas que invadieron los campos. Estos asuntos prosiguen por siglos, así en Valencia en 1543 contra las babosas, y en Grenoble en 1585 contra las orugas, a las que se invita amablemente a retirarse a territorios no cultivados antes de excomulgarlas.
No obstante, aunque menos numerosos y documentados, son los casos contra grandes animales domésticos los más sorprendentes. En 1386, en Falaise, Normandía, se aprisiona, juzga, condena, tortura y ajusticia a una cerda de tres años. A la ejecución pública asistieron los vecinos con sus respectivas piaras de cerdos para que vieran el ejemplo. El verdugo la cortó en vida el morro y un muslo, luego la colgó de los corvejones traseros de una horca hasta que sobrevino la muerte; tras la muerte se simuló su estrangulamiento, se la acarreó con una yegua dando varias vueltas a la plaza, se la colocó en una hoguera y se la quemó. No consta que se hicieron con sus cenizas. El vizconde o ‘baília’ de Falaise presidió toda la ceremonia. Quedan documentos que atestiguan todo el proceso, sobre todo menciones contables de los gastos devengados por mantener al animal en prisión más los honorarios del verdugo, pero se ha perdido un maravilloso testimonio gráfico, un mural que daba cuenta del suceso en la iglesia de la localidad, destruida en el siglo XIX. El pobre animal, la cerda supliciada, fue vestido con ropas humanas, “vestida con chaqueta, calzones, calzas en las patas traseras, guantes blancos en las patas delanteras”. El delito del animal fue comerse la cara y un muslo de un niño de corta de edad mientras su padre, un labrador, dormía la siesta.
Es fácil mirar con displicente ironía estas acciones de los antiguos’, pero no deberíamos apresurarnos. Ayer, en pleno siglo XXI, en una ciudad vallisoletana de histórica alcurnia se torturó a un toro por ser un toro y no porque hubiera cometido alguna maldad concreta. Se le alanceó torpemente hasta la muerte y se hizo befa del cadáver. Se trata de la fiesta (?) del toro de Tordesillas, considerada de interés tradicional. Ni siquiera fue una ejecución realizada por un profesional eficiente, sino un más burdo y menos piadoso linchamiento multitudinario. Desde luego, como en todo hay grados, y los antitaurinos estarán de acuerdo conmigo que es infinitamente preferible que del asunto de matar toros se encarguen profesionales más eficaces y que intentan dar cierta belleza y oportunidad al animal, como es el caso de las corridas; en cambio estos festejos populares no tienen ninguna de las dos coartadas.
Yo no soy responsable de las tonterías de obispos o vizcondes del pasado, pero tampoco admito acusaciones generales sobre el comportamiento humano que sirvan para escurrir el bulto y repartir difusamente las responsabilidades. Los vecinos de Tordesillas que asisten al brutal festejo o participan directamente son los bestiales responsables –me imagino a los chavales conociendo encantados el aval que les concede la tradición: por fin la “cultura” es divertida y emocionante-, de la misma forma que hay cuatro grandes jinetes del Apocalipsis responsables de hacer más inviable la vida en el planeta, y no todos los humanos que la padecemos o, como máximo, asistimos sin cambiarlo tenemos más que esa responsabilidad de la inacción en ello. Declaraciones genéricas del tipo “el hombre en su locura” a la que tan afectos son algunos ecologismos sólo cumplen esa misión de difusión de responsabilidades.
Esos cuatro jinetes son las grandes entidades especulativas financieras, y las multinacionales del armamento, alimentarias y farmacéuticas. Las cuatro tienen un pequeño escudero: la ignorante brutalidad de la masa que no es pueblo ni ciudadanía.
Esos son los animales más malos, financieros y hombres de poder que trafican con la pobreza, la muerte, la salud y el hambre de millones de humanos, que pueden deponer gobiernos o borrar del mapa países, iniciar guerras o hambrunas. Son los más malos, pero los más brutos e ignorantes, que es otro asunto, puede que sean algunos festivos participantes de tradicionales fiestas populares. Cada cosa en su sitio. Y no debemos olvidar que el explosivo más poderoso que se ha descubierto, el único realmente capaz de borrar del mapa comunidades humanas y al resto de seres vivos que comparten con nosotros el planeta y quizás al propio planeta, se compone de codicia y de...ignorancia.
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[1] Michel Pastoureau: Una historia simbólica de la Edad Media Occidental. Katz editores, Buenos Aires, 2006 (Original en francés de Editions du Seuil, Paris, 2004)
[1] Michel Pastoureau: Una historia simbólica de la Edad Media Occidental. Katz editores, Buenos Aires, 2006 (Original en francés de Editions du Seuil, Paris, 2004)
6 comentarios:
Algún instinto atávico debe de tener esta especie nuestra para que se regocije con la crueldad ejercida en masa (cuando el regocijo es individual se tilda de patológico). No alcanzo a ver su explicación evolutiva ni tampoco sé de ejemplos entre otros animales. En todo caso, sea natural o "cultural", esa crueldad, como cualquier otra manifestación de nuestra ignorancia brutal, habrá que seguir confiando que seremos capaces de extinguirla en algunos siglos (si llegamos).
La maldad, sí, la maldad es otra cosa.
Como sabes, Miroslav, los chimpancés son la especie más próxima genéticamente a los humanos. Durante tiempo gozaron de buena fama, porque los mejor estudiados, los del Este de Africa (por la famosa van Goodall) eran relativamente pacíficos. Sin embargo, otras poblaciones, como las del Gombe y el Oeste de África tropical se revelaron violentas, agresoras y hasta caníbales, con incursiones a otros grupos de chimps que se podrían calificar de "guerras" por el territorio y los recursos, pero incluso a estos animales les falta un agravante: no son gratuitas, realizadas por el mero placer de causar daño.
Creo recordar que en una novela de Boyd, Playa de Brazzaville, que me gustó mucho hace años y que releeré un día de estos, una investigadora de la conducta animal descubría bandas de chimpancés que no solo "hacían la guerra", como dice Lansky, sino que disfrutaban haciendo daño gratuitamente a sus congéneres más débiles. (Suena espantoso, pero parece ser una de las características de nuestra propia especie. Boyd solo lo introducía como rasgo humano de sus chimpancés.) El descubrimiento, por cierto, creaba un cisma entre los hasta entonces pacíficos y honorables científicos que los observaban, que primero mentían para ocultarlo y no arruinar sus hipótesis anteriores y acababan matándose unos a otros con tanto entusisamo como los chimpancés, pero con mayor eficacia. Ahora, no sé si el asunto tenía base científica o Boyd se lo inventó como metáfora.
No entiendo muy bien tu última observación, Miroslav. ¿La maldad es otra cosa que regocijarse con la crueldad? ¿Crees, realmente, que esto último es un rasgo patológico? Me sorprende tu optimismo.
Que te conteste el interesado, desde luego, pero yo creo que lo que dice Miroslav es que la maldad es bastante más que mera brutalidad, yo, por mi parte, intuyo muchas maldades "exquisitamente eficaces" que ocultan ese ingrediente groseramente explícito. Alguien dijo que si a los pilotos de bombardeos de poblaciones se les pidiera que ejecutaran a los que mataban desde el aire de uno en uno y con sus manos se negarían horrorizados, yo opino que el ejecutivo que condena a muerte a cien mil etiopes por una maniobra con las partidas de grano reaccionaría igual si se le pidiese que se los cargara él personal e individualmente de forma menos evasiva.
Leí con mucho agrado la excelente novela de William Boyd, que reflejaba, con la libertad creativa de un novelista, un debate real: en un congreso de primatología, la soberana del estudio de los chimps, Jane Van Godall, se levantó indignada tras la ponencia que presentaba los datos de guerras entre bandas de estos antropoides en el África Occidental. Fue un terrible golpe para el grupo de jóvenes investigadores que presentaban estos datos. Aún pasaron dos o tres años antes de que la primatóloga los admitiera y se disculpara.
Para mí, el asunto relevante no es si el hombre es malo o no. Lo que horroriza, es que el hombre, por lo menos en teoría, tiene capacidad de elección, comprensión moral del efecto que tendrán sus decisiones, y una gran incapacidad para conseguir transformar la realidad hacia un mundo más positivo. Nos queda mucho de animal, lo poco nuevo que hay en nosotros, la racionalidad, la usamos con cuentagotas y generalmente para propósitos poco nobles. El mal, en sí mismo no tiene crueldad. ¿Puede ser cruel un tsunami, un león cazando, o un virus infectando nuestro cuerpo? La crueldad es la tibieza en la consciencia de un ser que podría ser maravilloso. Lo sé, pero siempre ha sido así… Lo sé, pero qué se le va a hacer… Lo sé pero no sé cómo cambiarlo…
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