profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

04/09/2009

El futuro y el tilo



Que la civilización hubiera avanzado tanto como para sustituir aquellos apestosos y anticuados buques de hierro que quemaban petróleo por veloces y eficientes veleros de estilizados cascos de madera, no quitaba para que uno de esos artefactos varado ante su puerta nos diera la bienvenida. En el Museo de la Historia Tecnológica podían contemplarse vitrinas con curiosos y horrendos artefactos del pasado: bolsas de plástico, teléfonos móviles, libros electrónicos, mecheros de gasolina, y otros igual de nefastos: armamento, porras de goma, chalecos antibala, pasaportes, billetes de banco, tarjetas de crédito, automóviles y otros vehículos…¡a motor!, alimentos transgénicos, condones, consolas de absurdos videojuegos, televisores, cajetillas de tabaco, desfibrilizadores…, hay salas en que el público pasa de puntillas, como la que exhibe una silla eléctrica y el cadalso con soga de ahorcamiento o la que tiene varios misiles tierra-aire. En otra muy amplia se exhibe el núcleo íntimo de una central nuclear con una piscina de agua pesada en la que están sumergidas barras de uranio. Banderas, libros de autoayuda, comida rápida (hamburguesas previamente conservadas), un maniquí de un mártir islamista con cinturones de explosivos, una vitrina que enfrenta dos imágenes gemelas: una mahometana con velos y una monja católica disfrazada de dama también velada y tocada como en la Edad Media, un monoplaza de un fórmula uno, aparatos de gimnasia para muscular, frascos de ansiolíticos, papelinas de heroína, revistas pornográficas. Las salas dedicadas a las formas primitivas del ocio mostraban imágenes de las horrendas urbanizaciones de cemento y ladrillo de las costas antes de ser demolidas o a esos horribles alienígenas del planeta Disney que se llamaban turistas. En la propia historia de los museos se podían ver ejemplos de ese vandalismo que suponía la propiedad privada de grandes obras de arte ocultas.

Mi hijo, a medias fascinado y abrumado, me comentó que los antiguos sabían hacer muchas cosas raras y distintas, algunas, muchas, idiotas, pero otras muy curiosas. Yo le dije que la mayoría de los antiguos eran gentes muy primitivas, que usaban esas cosas, pero ni sabían como se hacían ni como funcionaban –salvo unos pocos sabios- ni qué precio real había que pagar para que funcionasen a costa de muchas otras cosas, como el aire limpio o la libertad de la gente.

Cuando salimos del Museo vagamente horrorizados de las brutalidades de los antiguos tiempos, nos acercamos a visitar al augur que hay junto a la plaza para que nos leyera el destino en el vuelo de los pájaros o en el susurro del viento en la vieja encina (en realidad, lo que leen es tu rostro, y lo hacen muy bien). Como el pronóstico fue bueno nos marchamos alegres a contemplar el árbol más viejo y hermoso de la ciudad, el viejo tilo junto al mercado. Había una gran multitud reunida para darle los últimos honores, para agradecerle su acogedora sombra y sus muchos años junto a nosotros. Mi hijo, que aún es pequeño y sigue aprendiendo como todos nosotros, frunció el ceño y me preguntó por qué había que talar un ejemplar tan hermoso. Le miré enternecido y le expliqué que ya había cumplido doscientos años y que se cortaba para plantar otro jovencito en el lugar de aquel, para que así otros como nosotros, dentro de cien años pudieran disfrutar de otro tilo anciano y noble, como nuestros abuelos previsores habían hecho con el padre que aquel que ahora veríamos morir. Si lo dejáramos tal cual es ahora seríamos muy egoístas, disfrutaríamos un poco más de aquel gigante, pero terminaría muriendo y no podrían ya ver algo semejante los que vinieran después de nosotros. Le explique que los antiguos lo destruían, todo, lo vendían y compraban todo, y luego culpables pretendían proteger algunas cosas, y que eso también lo hacían mal, porque lo hacían matándolas al disecarlas, guardarlas en urnas de cristal, conservarlas como taxidermistas, que era otra forma de acabar con ellas. Así que vimos como los vigorosos hacheros después de besar el rugoso tronco y de escupir en las palmas de sus fuertes manos, hincaban los destrales por turnos, empujaban y con un último crujido caía el árbol, luego, se despejaba del tocón el gran hoyo y se colocaba con cuidado y rodeado de la tierra más aromática y tamizada el joven retoño de aquel caído. Lo mismo que tú y yo, le dije a mi hijo mientras regresábamos con mi mano en su hombro.

No cabía en mí de orgullo. A sus nueve años había concluido su turno semanal de cocina en el colegio con honores y su alioli en especial le había conseguido elogios de profesores y condiscípulos; a su vez su monografía sobre los principios del intercambio electrónico en emulsiones oleosas como el ajo y el aceite de oliva le habían valido igualmente un alto consenso. Eso sin contar la mención de honor a su poema sobre La Función de Onda de la Mecánica Cuántica
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9 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Inshalla. Dios lo quiera. Y nosotros lo hagamos.

Lansky dijo...

Sí, Vanbrugh. Esta civilización nuestra...

No quiero pasar por "paranoico". Yo, como Woody Allen, prefiero aplicarme el término "perspicaz".

Miroslav Panciutti dijo...

Y yo que empecé a leerte pensando que iba de Tintín. Lo que no cuentas es que la civilización pudo avanzar tanto sólo porque los desastres que supusieron casi la extinción de la humanidad les obligó a ello. Aun así, es para estar orgulloso de tener un hijo que no sucumbiera un ratito con las consolas al pasar por la sala de videojuegos (¿o lo hizo sin que te dieras cuenta?)

Lansky dijo...

Supongo que ese padre del futuro tampoco le dejó 'jugar' con los lanzallamas y los tanques que había en ese museo

Vanbrugh dijo...

Tengo que matizar mi anterior comentario de urgencia. Estoy casi seguro de que Dios lo quiere, pero también de que nosotros NO lo haremos. Por desgracia no estamos hechos así. Analizando el meollo de tu magnífico post, que a mi entender está en este párrafo:eran gentes muy primitivas, que usaban esas cosas, pero ni sabían como se hacían ni como funcionaban –salvo unos pocos sabios- ni qué precio real había que pagar para que funcionasen a costa de muchas otras cosas, como el aire limpio o la libertad de la gente, me encuentro con que, creo que por naturaleza:
a)- Siempre preferimos no saber a saber. Hemos desarrollado estupendos mecanismos para ignorar, enmascarar u olvidar lo que, de saberlo, nos obligaría a cambiar. Porque, además:
b)- Detestamos patológicamente tener que cambiar algo, aunque sea a mejor. Nos aferramos a nuestros vicios como si fueran virtudes, no tanto porque nos complazcan como porque nos repugna la idea del cambio. Y
c)- De todas nuestras deliberadas ignorancias, la que más querida nos es es, precisamente, la del precio de las cosas. Por obvia que sea una relación de causa y efecto, si aceptarla implica tener que cambiar algo la negaremos contra toda evidencia. (Sigue habiendo quien niega que fumar produzca cáncer de pulmón: enterarse del precio real le obligaría a dejar de fumar).
Y si ese precio real son otros quienes lo pagan, aún más fácil y más deseable ignorarlo y negarlo.

En fin, debo de estar muy pesimista esta mañana, pero el futuro que pintas, aunque francamente deseable, me parece de lo más improbable.

Con todo, me reitero: Dios lo quiera y nosotros lo hagamos. La esperanza es lo último que se pierde.

Lansky dijo...

Uff Vanbrugh, sí que estás pesimista. Miros dió con uno de los nucleos duros del cuento, el de mi optimismo, cuuando señala que con los errores la humanidad finalmente avanza. (si -condicional- aprende)Pero tu has identificado mi párrafo crítico fundamental, efectivamente: usamos las cosas sin saber como funcionan y lo que realmente "cuestan"

Ahora bien, el animal humano evolutivamente es más propenso a cambiar de estrategias que cualquier otro (eso explica en gran parte revoluciones verdaderas, como la del Neolítico y de hecho toda la cultura, entendida como técnicas de supervivencia y adaptación), siempre que la situación le apure (bajarse de los árboles para caminar a dos patas por la sabana).

Yo lo dejaría así: en efecto, nos resistimos a cambiar, pero lo hacemos cuando no queda más remedio. Yo lo llamo la famosa Síntesis Miroslav-Vanbrugh

Loc@ dijo...

Acabo de dejarte un comentario en tu entrada de 27-ago-2009. Una aldea y un río.
Te lo digo aquí "porsi"... quieres verla. Te adelanto que no es una joya, sólo el fruto de una sensación visual.
En cuanto al futuro y el tilo...
que en aras del futuro se sacrifica el presente... como que no.
Besos repartidos. PAQUITA

Lansky dijo...

No Paquita: si no retiran el hermoso viejo tilo a punto d emorir y lo sustituyen por uno joven para que tengan uno viejo las generaciones siguientes, pues se jodió el asuto. Creí haberme explicado: critico cierto conservacionismo fosilizador.

Cigarra dijo...

Cuanto más "listos" nuestros instrumentos, mas tontos nos podemos permitir ser los que los manejamos. Por eso será que llamamos "ton-ton" a una herramients que nos vuelve totalmente inválidos ante un destino desconocido. Con lo feliz que soy yo con mi mapa de toda la vida en las rodillas.
Y siento estar con Vanbrugh. No creo que lo hagamos tan bien. Quizá si sobrevive alguien al próximo exterminio global, tras una nueva Edad Oscura... (al estilo de "El cántico de San Leiwobitz")