profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

01/09/2009

El poema

“La literatura no puede vivir salvo si se le asignan objetivos desmesurados o incluso imposibles de alcanzar. Si queremos que la literatura siga desempeñando su función, es necesario que los poetas y escritores se lancen a empresas que nadie podía imaginar”.

Italo Calvino








El otro día, nada más despertarme, se me apareció un poema.

No le hice ni caso.

Si ya no leo poesía, mucho menos voy a escribirla, aunque eso sea lo normal en otros.

Como esos imbéciles que duermen con una libretita y un lápiz en la mesilla de noche para apuntar los sueños nada más despertarse, antes de que se les olviden. Luego comprueban con sorpresa –sorpresa repetida hasta la saciedad, o sea, sorpresa idiota- que se les han olvidado al volver del cuarto de baño, pero que si leen la libretita los vuelven a recordar. También comprueban otra obviedad: que tienen una letra fatal, ininteligible, recién despertados.

Yo de mi poema sí me acuerdo.

Nada más despertar, digo, me vino a la cabeza a la vez que fui consciente de que el pterodáctilo del techo –“toc-toc-toc” empollaba el sudoroso huevo de mi cabeza sin aliviar el pegajoso calor.

Trataba de flores como sexos de mujer (metáfora tan manida como la de los moluscos) y de tardes calurosas y visillos inmóviles y gatos adormecidos.

Probablemente era malo, creo.

Me gustó, eso sí, la imagen de unos lagartos de papadas palpitantes cazando moscas entre los libros polvorientos de mi abandonada biblioteca (¿metáfora de mi prometedor y nunca cumplido talento juvenil?), pero esa imagen creo que era prestada de alguna lectura del pasado.

También aparecía prestado un campo de alfalfa azul iluminado por varios soles iridiscentes. Un plagio subconsciente de los trigales de Van Gogth.

Luego abandono la Francia meridional nocturna y estoy en Patusán, el sultanato de Borneo en el que todos los Lord Jim del mundo expiamos nuestros crímenes. O quizás es ese extraño Sudán medieval, pasada la sexta catarata en el espacio y antes de llegar a las cruzadas en el tiempo, en el que sobrevivía anacrónicamente el Imperio de Bizanzio en los descendientes de los faraones negros de Meroe. En cualquier caso hace calor y mis lagartos se están poniendo las botas. Mi formación de zoólogo me advierte que ya no son lagartos ocelados europeos, sino una imposible mezcla de agamas tornasolados, varanos e iguanas arbóreas. En cualquier caso todos se comportan como vulgares salamanquesas.

Yo en mi mesilla de noche nada de libretitas, sólo guardo los condones y los paquetes de pañuelos de papel. Busco uno, meto la mano a tientas en el cajón, sin encender la lamparilla, y me muerde un escorpión en el dedo; le aplasto y le mato: estamos en paz. Eso me pone de muy mal humor, hasta que me doy cuenta de que sigo dormido, dentro del sueño, o del poema. (Si tuviera una libretita haría una lista onírico zoológica. Veamos: moscas, lagartos o iguanas o varanos, salamanquesas, agamas, escorpiones, coños como flores, flores como flores, moluscos como chochos…todos especimenes humedecidos por este calor inaguantable)


(Por las mañanas estoy intratable, dice la parienta. No soy nadie antes de tomar el primer café y fumarme el primer cigarrito y ni se me ocurre alzar la vista para mirarme en al espejo. Me basta con un vistazo hacia abajo, para afinar la puntería en la taza del water).

Los poemas no los guardo. Los sueños tampoco. Me he vuelto un tipo práctico: mi café, mi cigarrito y el polvete los viernes por la noche.

Así que abandoné la idea apenas iniciada de escribir el poema y me fui a cagar. Cagar puede ser sublime o prosaico, quizás, si se piensa detenidamente, ambas cosas; las dos, soñar, cagar, son fisiología (miren lo ufano que se siente el niño pequeño cuando defeca, pero también ese conductor del semáforo que amasa su moco). Ambos temas los trató Quevedo. Un niño es un simplón, por eso es capaz de soportar el éxito, ese mismo éxito que destruye a los elegidos por los dioses y que los bobos y los niños (“¡mamá, mira!”) confunden con la fama. Y es que la mayoría de los tíos en sus momentos más optimistas y menos autocríticos se creen destinados a hacer algo grande –sin conformarse con una gran, satisfactoria y estupenda mierda o un moco de buena textura-, es decir, se creen ‘hombres’, pero sólo están de paso entre la infancia y la vejez, pidiendo a sus mamás que miren sus caquitas. O sus poemas, que vienen a ser lo mismo.

Como los confusos lagartos, en el poema-sueño yo me confundía y confundía también a Lord Jim (Un Peter O’Toole bello y jovencísimo) con Rimbaud y, tal vez, con James Dean.






Ya completamente despierto, el precario erudito presta oídos a Platón y expulsa al poeta.

Piensa que algunos sueños, al despertar, son como esas cartulinas plegadas y con mucho apresto (no, apresto se refiere a las telas: gramaje es el término preciso que utilizan los impresores y libreros), con mucho gramaje que al arder guardan durante varios segundos la forma hasta que las tocas o una súbita corriente de aire las desmorona en un informe montón de cenizas. ¿Eso es lo que intentó en vano el Brujo de Viena, Freud? Reconstruir el montón de cenizas que la vigilia destruye, la forma del sueño o del poema. ¿Papiroflexia del subconsciente?

Pero un poema es algo distinto. Implica emociones, claro, pero dirigidas suavemente, sin forzar, como las riendas –la inteligencia- de un caballista experto. Un poema, cuando es bueno, esto es, cuando es, es como el tiro curvo de una flecha que da en el blanco con más precisión que el disparo recto y tenso. O como un atajo fulgurante, una revelación, que llega a la verdad mucho más eficazmente que cualquier secuencia de silogismos escrupulosamente lógicos. Los sueños, que parecían tan reveladores mientras eran soñados, carecen de sentido al despertar, como un montón de cenizas; el poema, en cambio, guarda en su plegada forma todo su sentido para siempre. Llamar soñador a un poeta es no conocer su oficio.

Pero tanto en el poema como en el sueño los pensamientos te piensan, te atraviesan, piensan a través de ti. Los poemas malos son como iguanas cazando moscas detrás de libros polvorientos, la cultura del poeta. Los buenos son las moscas.

4 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Los poemas, cuando buenos, son, sí señor, flechas que dan en el blanco. Y me ha gustado ese ejercicio de diferencias/semejanzas entre poemas y sueños. También la imagen del psicoanálisis como papiroflexia del subsconsciente aunque sea errada (pero qué más da), ya quisieran tanto los freudianos. Y, por supuesto, el elogio del cagar, del que, pese a Quevedo, queda tanto por decir (y filosofar). Ah, y el lagartillo o salamanquesa azulado que ilustra tu post y que tanto te visita en sueños; me ha recordado al perenquén que habita a escondidas nuestra oficina (también tengo otro que se pasea por la terraza de mi casa). En fin, que me ha gustado casi todo de este post; lo que menos, el polvete de los viernes.

Lansky dijo...

Gracias, Miroslav. El polvete de los viernes subrraya, creo, la trivialidad de la vida del no poeta.

Tu perenquén, supongo que lo sabes, es un gecko o salamanquesa, en el caso canario probablemente Tarentola angustimentalis

Vanbrugh dijo...

A mi el post entero me ha parecido un nada malo poema.

Me quedo con la última frase, fantástica: "Los poemas malos son como iguanas cazando moscas detrás de libros polvorientos, la cultura del poeta. Los buenos son las moscas.

Sierra dijo...

Interesantísimo blog. Volveré a echar una mirada más profunda, si todo va bien; pero mientras tanto mis felicidades.