profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

01/09/2009

El prestigio del género negro, 3: Jim Thompson



Las novelas de Jim Thompson, como dice Sallis, están pobladas de psicópatas risueños. Y de sheriffs que dan más miedo que los asesinos, cuando no de vendedores a domicilio, fugitivos, rubias teñidas con las manos ajadas de coladas en barreños de zinc y de un enorme y vertiginoso vacío. No obstante, Thompson se moría de asco en su vejez en Norteamérica, con sus novelas inencontrables porque no se reeditaban, mientras en Francia lo hacían en colecciones negras respetables y Truffault y Tavernier dirigían películas inspiradas en ellas. Es decir, mientras en su patria estadounidense muchos autores malvivían si dejaban de entregar su novela mensual y eran inmediatamente olvidados, en Francia sobrevivían las reputaciones y se reeditaban sus libros.


Así que tenemos el detective de la ‘Black Mask’ de Hammet, que fumaba, se duchaba, tomaba café y se timaba con las mujeres de una forma que luego imitaría Humphrey Bogarth. Si existía el sueño americano hacía falta también la pesadilla americana. Toda una mitología, urbana, subterránea, culpable, insolente, descarada, afilada, violenta, atormentada.

En 1945 la mitad de los paperbacks publicados eran novelas de misterio. En 1950 ya sólo el 26 por ciento, y el 13 por ciento en 1955. Su sitio lo estaba ocupando ese otro género autóctono, la novela negra que inundaba los quioscos de las estaciones de tren y autobuses y los drugstores.

El estilo seco de Jim Thompson: “maté a Amy Stanton la noche del sábado, 5 de abril, unos minutos antes de las nueve”. El fragmento es de una de sus dos mejores novelas, El asesino dentro de mí. La otra perdurable es la afamada 1280 almas. La primera fue llevada al cine por Burt Kennedy, con Stacy Keach como el Lou Ford protagonista; la segunda, transplantada previamente al África Occidental Francesa (Senegal) es “Coup de Torchon” de Bertrand Tavernier. Podéis creerme si os digo que ambas películas son pálidos reflejos de las novelas que las inspiran. Sobre las que Sallis dice con acierto: “Reconozcamos que es bastante desconcertante abrir las páginas de un ‘paperback’ barato y encontrarnos mirando el sereno rostro de Satanás o el preocupado rostro de Cristo.”.

Thompson subvierte todas las convenciones del género. Es colorista en la descripción de los escenarios de la América profunda, perspicaz en el dibujo de los personajes, intrigante en el planteamiento de la peripecia, en las bien moduladas anécdotas, y justo cuando estamos cómodamente instalados en lo sabido nos arrea un puñetazo en el estómago y echa por tierra localizaciones, coloridos, narración y demás. Es como el coyote que corre hasta el borde del acantilado… ¿hasta el borde? No, porque justo se para y mira para abajo cuando ya ha recorrido bastantes metros en el aire, y entonces cae. Pues eso es Thompson. Eso es estar al límite, socavar la estabilidad, llegar al corazón de la pesadilla, sin hitos de bondad como referencias. Compárese tan terrible planteamiento –permítaseme la aparente vanidad- con mis relatos del asesino a sueldo Lansky: una ‘pyme’, un empleado por cuenta propia aseado y cumplidor. Thompson está más allá de la redención, la sexualidad es sinónimo de violencia, los matrimonios son grotescos, propiciadores del alcoholismo o la huida. Sus novelas son como documentales de historia natural en el Serenguetti: sus personajes dan vueltas, acechándose unos a otros, nadie sabe bien por qué. Y si piensan que la truculencia usurpa el sitio de lo cotidiano y cutre escuchen:

“Descubrí que me salía un pelo de la nariz, lo arranqué de un tirón, lo miré y no me pareció especialmente interesante. Lo dejé caer al suelo, preguntándome si un pelo de la nariz de un tío llamaría tanto la atención como un pichón caído del nido. Levanté una nalga y solté uno de esos pedos largos, de ametralladora que uno nunca puede soltar delante de la gente.”

Incorregible. Porque esa voz que se arranca pelos y se tira pedos va desportillando el relato, su brillante vidriado, para sacar de debajo… ¿qué? La realidad.

Llamar a Thompson 'Dostoievski de todo a cien' tiene sentido porque vierte en sus novelas sus demonios personales, como el ruso; las esposas arpías, los maridos sumisos pero tenebrosos, los sheriffs asesinos, los viajantes tétricos, pero las atrocidades que relata son las de las noticias de los diarios, sus decorados son realistas, de modo que sus historias no son, o no son sólo, fantasías obsesivas y subjetivas, sino muy realistas, tan americanas como el jazz o…el asesinato en masa.

Los monstruos de Thompson son los narradores y él consigue la increible hazaña de que terminemos identificándonos con ellos, con su “desamparada y maltrecha inocencia”, cosa que no consigue –al menos conmigo- una gran escritor ‘serio’ como el Celine de Viaje al fin de la noche, al que, por cierto, detesto. La voz del monólogo interior de los personajes de Thompson a veces miente, se justifica, se muestra insegura, se auto engaña, nos horroriza, es demente, embotada, vacía, pero es la de la psique individual donde arraigan los horrores públicos del Estado, la familia y la Iglesia: la terrible voz de la justificación. Nos cuenta más de lo que queremos oir.

Los protagonistas asesinos instalados en un discurso falso pero no carente de convicción y en un ambiente detallado con precisión; esas son siempre las novelas de JT. Parece ser que sus psicópatas ayundantes de sheriff tienen que ver con una experiencia personal que cuenta en su enloquecidad biografía Bad Boy de 1953, cuando uno de eso ayundantes se presentó en una aislada plataforma donde el autor trabajaba por entonces para cobrar una multa. Es la magistral descripción de cómo un hombre finje ser duro hasta que el otro, verdaderamente duro, le hace retroceder. Observen este choque desigual de cuernos entre ciervos (de distinto peso, que diría un boxeador):

Le miré de arriba abajo. Por fin, encontré mi voz

-¿Un buen viaje?

-Soportable. Salí anoche de la ciudad.

-Bueno, aquí me tiene –le dije-. Venga y atrápeme.

-No tengo prisa. Antes voy a descansar un rato.

-¿Por qué no me pega un tiro? –le dije-. Soy un criminal desesperado.

-No tengo revólver. –Me sonrió perezosamente.- Nunca he creído que se consiga nada pegando tiros. Lo digo en serio.

Se echó cuan largo era sobre la plataforma de la torre de sondeo y se puso las manos debajo de la cabeza. Cerró los ojos.

Yo me senté un rato sobre un travesaño, fumando. Después, subí hasta lo más alto de la instalación y saqué un hacha del cinturón. Empecé a golpear con ella el bloque superior, dejando caer una lluvia de virutas y astillas empapadas de grasa.

Él se las quitó perezosamente de encima y se cubrió la cara con el sombrero.
Corté un fragmento del tarugo y lo agarré con la mano antes de que cayera. Apunté con cuidado y lo solté.

Dio muy cerca de su cabeza, rebotó y fue a parar a sus manos entrelazadas. Se sentó.
Levantó la vista y me miró; después echó una ojeada al trozo de madera. Sacó su navaja- y se puso a tallarlo.

(…)

-No ha sido muy inteligente –dijo-. Y es…

-Es como es –le corté-. Está bien, vámonos.

Siguió sonriendo. De hecho, su sonrisa se ensanchó un poco más. Sin embargo, su mirada permanecía fija, carecía de humor, y sus ojos daban la impresión de estar cubiertos por un velo.

-¿Qué te hace estar tan seguro –dijo, con calma- de que vas a ir a alguna parte?

-Bueno, yo…-tragué saliva-, yo…,yo…

-Uno debe sentirse muy solo aquí, ¿no? No hay un alma en kilómetros a la redonda, salvo tú y yo.

-M…mira –dije-. No…no quería hacer…

-He vivido aquí toda mi vida –continuó con la misma parsimonia-. Todo el mundo me conoce. A ti no te conoce nadie. Y estamos solos. ¿Qué piensa de eso un tío tan listo como tú? Has vivido mucho. Has bebido mucho y te sientes muy valiente. ¿Qué crees que un estúpido paleto como yo haría en un caso así?

(…)

-No hace falta –dijo-. No hay nada que puedas hacer con un arma de fuego que no se pueda hacer mejor de otra manera. Por aquí no veo nada que me haga echar en falta un arma.

Cambió ligeramente la posición de su pierna. Los músculos de sus hombros se contrajeron. Sacó un par de guantes de piel del bolsillo y se los fue calzando con enorme lentitud. Golpeó con un puño la palma de la otra mano.

-Te voy a decir una cosa –dijo-. Te voy a decir un par de cosas. No hay modo de saber cómo es un hombre con sólo mirarle. No hay modo de saber qué diablos hará si le das la ocasión. ¿Crees que lo recordarás?

No podía hablar, pero me las arreglé para asentir con la cabeza- Su sonrisa y sus ojos volvieron a la normalidad.”

Jim Thompson pensaba que era fácil partirse en dos. Lo difícil era volver a juntar las partes.

(Continuaré tocando el tema, pero no en un futuro inmediato: me he dado cuenta de que si sigo así voy camino de escribir un ensayo de 200 páginas, y esto es un blog, creo)

4 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Me estás sorprendiendo con este estupendo tratado sobre novela negra. La verdad es que yo no he leído más que a Chandler y a Hammett que, por lo que veo, son solo la parte visible, la más depurada y "culta", de un enorme iceberg para mí prácticamente desconocido. Personalmente Hammett me entusiasma, Chandler no tanto. Me da la impresión de que a tí te pasa lo contrario. Como este entusiasmo mío parece ser inversamente proporcional a la "negrez" del autor, no sé yo si el grueso del iceberg me iba a gustar mucho.

Ahora recuerdo que leí hace tiempo las 1.280 almas de Thompson. Me reí bastante, pero no me la tomé en serio. Un error de óptica, sin duda. Tendría que releerla con otros ojos.

Lansky dijo...

Como siempre, no te falla el paladar: Hammett es más literario y Chandler más cronista (¿veraz?). Tampoco me extraña que te rieras con el Thompson de 1280 almas (a los quince años te ries, a los cincuenta se te hiela la sonrisa en el rostro).

Pensaba seguir con Goodis y Cherter Himes, quizás con Ed Mc Bain, cuyos imitadores refundan el género en Europa. Sin embargo, lo que me sigue fascinado son esos paperbacks, revistuchas de ocho pesetas de la serie Oro, aquí en España, pero también el gran Dickens era inicalmentepublicado en folletones por entregas (yo ví uno encuadernado a posteriori en una librería de Oxford), y ahora estas noveluchas se reeditan en España en colecciones prestigiosas (Borges fue pionero con su serie negra)

Miroslav Panciutti dijo...

El estilo seco que citas me ha reecordado el impacto que, en esa línea, me produjo la primera novela que leí de James Ellroy, América. No es ya qu fuero seco, sino espasmódico y, desde luego, la "forma" de escribir se ajustaba como un guante a la historia, los personajes, tanto que te metía dentro a un ritmo trepidante, sin dejarte pensar, sólo vivirlo. Por cierto, creo que Ellroy no ha sacado todavía el tercer tomo de la que planeaba como una trilogía.

Como dice Vanbrugh, estupendo el tratado; no lo abandones.

Lansky dijo...

No lo abandonaré, pero lo voy a posponer un poco.

James Ellroy, es interesante que lo cites, es un grande actual. Muy muy negro. Y su estilo, espasmódico como bien dices, se parece mucho al jazz. Además, como sabrás, su vida se parece a sus novelas (a su madre, una prostituta, la asesinó cuando él era un niño un killer en serie y se descubrió recientemente)