
“Palabras de súplica o de ira susurran con el viento por las matas de tomillo.”
Una de las cosas más maravillosas de la literatura es que te permite ‘reconocer’ lugares en los que nunca has estado antes ni quizás estés después, como una isla perdida en el océano en la que naufragaste hace décadas. O un pueblito encaramado en una cordillera cuyas quebradas parecen los huesos semienterrados de animales antediluvianos y donde habitan vidas oscuras, insignificantes, predestinadas y cautivas, donde un marido suelta con fría cólera una sentencia brutal a su martirizada mujer: “Tu stai al mondo soltanto perchè c’ é posto”: “tú estás en el mundo solamente porque hay sitio”. Un hueco sin escapatoria.
Ya se sabe que el humor y la comicidad no son la misma cosa y que a veces ni están emparentadas. El humor guarda la misma distancia al chiste que la inteligencia al simple ingenio o la belleza a la mera apostura. Un ejemplo:
Un viejo cura de un pueblo perdido de las montañas de Cerdeña está agonizante, toda su modesta vida la pasó ayudando a sus feligreses y combatiendo sordamente al ambicioso arcipreste, su superior. Ahora, en el supremo trance reza así:
“Señor, ya ves lo viejo y lo enfermo que estoy. Llévame contigo. Ya no puedo decirte misa, puesto que no me tengo en pie. Señor, llévame contigo. Y, por el bien de la Iglesia, llévate también al arcipreste. Entonces todo será paz.”.
No parece un ejemplo muy edificante de piedad cristiana solicitar la muerte de un semejante y colega, y menos un sacerdote, pero la forma en que lo hace el moribundo es esencial. En el original italiano es aún mejor:
“Prendetevi anche l’arciprete. Costì tutto sarà pace.”
Los párrafos están extraídos de un rosario de historias pequeñas, un desfile como el del purgatorio de Dante, de los habitantes de un pueblito encaramado a las montañas del interior de Cerdeña. Lugares de bandoleros despiadados y enemistades perpetuas de sangre. Su autor, Salvatore Satta, del que nada sabía hasta que leí con fruición esta obra, 'El día del juicio' (Il giorno del giudizio), fue un reputado profesor de derecho e historia del derecho en Roma y al parecer autor de unos comentarios monumentales al código civil italiano que siguen siendo obra de referencia. Nació en Nuoro, Cerdeña, donde transcurre esta, llamémosla novela. Il giorno se publico a título póstumo en 1979, pero al parecer la estuvo escribiendo durante decenas de años, siempre puliéndola. Como su antecesor Tácito, con el que puede comparase su estilo conciso y preciso, da muy buena cuenta de la estupidez de los políticos y de la inteligencia, a veces, de los paisanos semianalfabetos.
Cuatro años después de su aparición en Italia un innovador editor la mandó traducir al castellano; el editor fue teniendo éxito con autores, sobre todo, anglosajones, a los que denomina su “cuadra” (Amis, Barnes, Ishiguro, Banville) y arriesgando cada vez menos; hoy probablemente no editaría este maravilloso libro, que de hecho está descatalogado. Benditas sean las librerías de viejo, casi tan marginales como los viejos pueblos de la montaña sarda. Y benditos los lugares que reconoces.
Coda crítica de la crítica literaria
En un mini debate entre Vanbrugh y yo en otro blog (Lector malherido) yo afirmaba que los buenos críticos dan ganas de leer y los malos de escribir…más cosas malas. También afirmaba que hay que leer sin ingenuidad a los demás, pero con la indispensable generosidad y que es más difícil transmitir el entusiasmo, aunque más gratificante, que el olímpico desdén, que para mí siempre tiene un fondo de idiotez. El problema es que si el blog aludido usa la pseudocrítica como pretexto para escribir de uno mismo –como agudamente me señalaba Vanbrugh-, lo cual no deja de ser un recurso literario ingenioso y parte del ‘personaje’ del escritor en primera persona de ese blog, la mayoría de los críticos de este país que oficialmente hacen crítica (‘reseñismo’ de libros sería más adecuado) hacen exactamente lo mismo: lucirse a costa de los demás y sobre todo a costa del desprevenido lector y del manipulado autor que supuestamente comentan. Resultado: hay muy pocos críticos y muy poca crítica en este país.
Lógicamente, apenas leo los suplementos literarios de los diarios, donde se refugia la peor crítica que a veces no es sino propaganda descarada del grupo editorial del periódico en cuestión. Hay excepciones, claro, pocas: Andrés Ibáñez en el ABC, Güelbenzu en El País (curiosamente, ambos son así mismo novelistas), aunque abundan más fuera de la crítica de narrativa y especialmente en el ensayo especializado, como las estupendas de García Gual sobre los clásicos filológicamente entendidos o Javier Sanpedro en divulgación científica (y compartiendo las mismas páginas y género, qué malo es el famoso Sánchez Ron).
A cambio de no leer suplementos me abalanzo sobre obras de crítica de críticos de verdad, como Said, Eagleton, Bloom, Wilson, Cyril Connelly, Reich-Ranicki y mi favorito y muy odiado por muchos, George Steiner.
Habría que intentar congeniar lo anterior con la recomendación de Oscar Wilde de que es más útil para el lector señalarle los libros que no hay que leer que los que sí, pero eso nos haría estar hablando del 90 por ciento de los libros que se publican, y son demasiados.
Una de las cosas más maravillosas de la literatura es que te permite ‘reconocer’ lugares en los que nunca has estado antes ni quizás estés después, como una isla perdida en el océano en la que naufragaste hace décadas. O un pueblito encaramado en una cordillera cuyas quebradas parecen los huesos semienterrados de animales antediluvianos y donde habitan vidas oscuras, insignificantes, predestinadas y cautivas, donde un marido suelta con fría cólera una sentencia brutal a su martirizada mujer: “Tu stai al mondo soltanto perchè c’ é posto”: “tú estás en el mundo solamente porque hay sitio”. Un hueco sin escapatoria.
Ya se sabe que el humor y la comicidad no son la misma cosa y que a veces ni están emparentadas. El humor guarda la misma distancia al chiste que la inteligencia al simple ingenio o la belleza a la mera apostura. Un ejemplo:
Un viejo cura de un pueblo perdido de las montañas de Cerdeña está agonizante, toda su modesta vida la pasó ayudando a sus feligreses y combatiendo sordamente al ambicioso arcipreste, su superior. Ahora, en el supremo trance reza así:
“Señor, ya ves lo viejo y lo enfermo que estoy. Llévame contigo. Ya no puedo decirte misa, puesto que no me tengo en pie. Señor, llévame contigo. Y, por el bien de la Iglesia, llévate también al arcipreste. Entonces todo será paz.”.
No parece un ejemplo muy edificante de piedad cristiana solicitar la muerte de un semejante y colega, y menos un sacerdote, pero la forma en que lo hace el moribundo es esencial. En el original italiano es aún mejor:
“Prendetevi anche l’arciprete. Costì tutto sarà pace.”
Los párrafos están extraídos de un rosario de historias pequeñas, un desfile como el del purgatorio de Dante, de los habitantes de un pueblito encaramado a las montañas del interior de Cerdeña. Lugares de bandoleros despiadados y enemistades perpetuas de sangre. Su autor, Salvatore Satta, del que nada sabía hasta que leí con fruición esta obra, 'El día del juicio' (Il giorno del giudizio), fue un reputado profesor de derecho e historia del derecho en Roma y al parecer autor de unos comentarios monumentales al código civil italiano que siguen siendo obra de referencia. Nació en Nuoro, Cerdeña, donde transcurre esta, llamémosla novela. Il giorno se publico a título póstumo en 1979, pero al parecer la estuvo escribiendo durante decenas de años, siempre puliéndola. Como su antecesor Tácito, con el que puede comparase su estilo conciso y preciso, da muy buena cuenta de la estupidez de los políticos y de la inteligencia, a veces, de los paisanos semianalfabetos.
Cuatro años después de su aparición en Italia un innovador editor la mandó traducir al castellano; el editor fue teniendo éxito con autores, sobre todo, anglosajones, a los que denomina su “cuadra” (Amis, Barnes, Ishiguro, Banville) y arriesgando cada vez menos; hoy probablemente no editaría este maravilloso libro, que de hecho está descatalogado. Benditas sean las librerías de viejo, casi tan marginales como los viejos pueblos de la montaña sarda. Y benditos los lugares que reconoces.
Coda crítica de la crítica literaria
En un mini debate entre Vanbrugh y yo en otro blog (Lector malherido) yo afirmaba que los buenos críticos dan ganas de leer y los malos de escribir…más cosas malas. También afirmaba que hay que leer sin ingenuidad a los demás, pero con la indispensable generosidad y que es más difícil transmitir el entusiasmo, aunque más gratificante, que el olímpico desdén, que para mí siempre tiene un fondo de idiotez. El problema es que si el blog aludido usa la pseudocrítica como pretexto para escribir de uno mismo –como agudamente me señalaba Vanbrugh-, lo cual no deja de ser un recurso literario ingenioso y parte del ‘personaje’ del escritor en primera persona de ese blog, la mayoría de los críticos de este país que oficialmente hacen crítica (‘reseñismo’ de libros sería más adecuado) hacen exactamente lo mismo: lucirse a costa de los demás y sobre todo a costa del desprevenido lector y del manipulado autor que supuestamente comentan. Resultado: hay muy pocos críticos y muy poca crítica en este país.
Lógicamente, apenas leo los suplementos literarios de los diarios, donde se refugia la peor crítica que a veces no es sino propaganda descarada del grupo editorial del periódico en cuestión. Hay excepciones, claro, pocas: Andrés Ibáñez en el ABC, Güelbenzu en El País (curiosamente, ambos son así mismo novelistas), aunque abundan más fuera de la crítica de narrativa y especialmente en el ensayo especializado, como las estupendas de García Gual sobre los clásicos filológicamente entendidos o Javier Sanpedro en divulgación científica (y compartiendo las mismas páginas y género, qué malo es el famoso Sánchez Ron).
A cambio de no leer suplementos me abalanzo sobre obras de crítica de críticos de verdad, como Said, Eagleton, Bloom, Wilson, Cyril Connelly, Reich-Ranicki y mi favorito y muy odiado por muchos, George Steiner.
Habría que intentar congeniar lo anterior con la recomendación de Oscar Wilde de que es más útil para el lector señalarle los libros que no hay que leer que los que sí, pero eso nos haría estar hablando del 90 por ciento de los libros que se publican, y son demasiados.
12 comentarios:
Es muy cierto que la crítica exige generosidad. Desde el principio: ocuparte de lo que ha escrito el prójimo, y ello en beneficio de otros prójimos es de por sí un acto de de generosidad. Por eso choca más que partiendo de una disposición tan altruista se sea luego mezquino o corto de miras al juzgar, e irrita especialmente descubrir que la crítica, al final, era solo un pretexto para seguir hablando de uno mismo. Confieso que yo leo poca crítica, y que suelo hacer poco caso de la poca que leo. Lamento decir -lo lamento porque es una prueba irrefutable de mi lamentable soberbia- que en la mayoría de los casos me basta ver el tono y las aptitudes escribientes del crítico para comprender que mi propia opinión será bastante distinta de la suya y bastante más digna de mi respeto. Este blog tuyo, en la medida en la que es, además de otras muchas y excelentes cosas, crítica literaria, es una de las excepciones a mi regla general: lo leo y le hago caso. El de Malherido también, pero solo porque lo leo. Me divierte mucho, y me parece que escribe muy bien. Pero no le hago maldito el caso, entre otras cosas rara vez he oído hablar de los libros sobre los que escribe, y se me olvidan diez minutos después.
A mí también me gusta -o me hace gracia- Malherido, si no no pasaría por su blog, y sé que usa la crítica como pretexto como otros en el género epistolar de ficción lo hacen con supuestas cartas, pero ese descaro juvenil e irreverente me empieza a hartar en alguien ya talludito y con novelas propias publicadas. Me empieza a recordar a los niños esos graciosos que no se dan cuenta de que han crecido y ya no hacen gracia. Así que cuando le leo que Kafka era una mierda entro al trapo. Tontaina que soy.
Lansky, qué envidia de descubrimiento, sin duda encontrar tales libros en las librerias de viejo no es lo mismo que zambullirse en el buscador de Google y encontrar digitalizado un libro del que nadie sabia su existencia. El descubrimiento, que es aqui lo que nos interesa, pierde sabor y aventura.
Nadie menciono ese hecho en la conferencia sobre la digitalizacion del libro del pasado Lunes en Bruselas.
Yo tampoco pensé en ello.
Solo oi buenas razones para digitalizar todos los fondos bibliograficos "huerfanos".
Y ahora leyendote he reflexionado sobre ello, qué piensan de todo esto los libreros de viejo?
Pues muchos de esos libreros de viejo se están digitalizando, Emma (antes algunos mandaban unos costosísimos boletines impresos); no veo contradicición. Por ejemplo, yo encontré el libro "El día del juicio" efectivamente en un estante polvoriento, lo abrí, comencé a leer, saqué un camel (Juan Carlos me deja fumar entre tanto material inflamable y me coloca un cenicero al lado), leí más y lo compré (un terrible desembolso de 5 euros), pero luego en casa entré en google y me enteré quién era ese Salvatore Satta del que nada sabía y del que la contraportada de Anagrama sólo decía chorradas (y del propio libro, que no tiene nada que ver con lo que de él dicen en la solapa). O sea, que em quedo con lo mejor de ambos mundos.
Este es el primer (y último) comentario que publico fuera de mi post en años.
¡De nada!
Pues igual es hasta verdad. Oh, qué honor (¿Sigues dedicándote a la biotecnología aplicada a la mejora genética de las putas?)
En Nuoro nació también Grazi Deledda, que ganó el Nobel de Literatura en los años veinte. El año pasado, en mi breve visita a Cerdeña (había estado hacía veinte años) me la recomendaron y me leí un libro suyo que, la verdad, no me gustó casi nada. A este paisano suyo, Satta, no lo conocía, pero procuraré conseguirme el libro que citas. Tengo cierta curiosidad por la producción cultural sarda, tan escasa en comparación con la vecina Sicilia. Esas diferencias tan notables son uno de esos pequeños enigmas que llevo tiempo sin encontrar una respuesta satisfactoria.
Es que el Malherido es para no tomarse en serio. Y por eso me gusta. Ya demasiados se toman en serio la literatura.
Claudia:
Malherido se toma muy en serio ser un gamberro.
Miroslav:
Sugiero. Sicilia tienen buenos puertos y amarraderos y está en la ruta occidental Grecia-Roma de nuestra gran civilización mediterránea. Cerdeña está más a trasmano y es legendaria por la escasez de sus puertos en su acantilada costa. Sicilia ha sido invadida mil veces: griegos, romanos, normandos, musulmanes, aragoneses...cerdeña es un bastión resistente. Y los territorios mezclados son culturalmente más vivos que los reductos inexpugnables.
Buena hipótesis que, desde mis insuficientes conocimientos, me parece más que plausible. De hecho, la distinta densidad de mis conocimientos sobre la historia de cada una de esas islas (sé mucho más sobre la siciliana aunque no he estado nunca y sí en cambio dos veces en Cerdeña, además de haber tenido una novia sarda) reforzaría en el plano personal tu explicación.
Lo siento, me habian hablado bien de esto...
Benditas sean las librerías de viejo, pero, insisto, benditas sean también las bibliotecas. En la mía lo tienen y ya lo tengo en camino (me lo traen de la sucursal de Getafe). Ya te contaré qué tal me parece, pero me huele bien.
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