Mi amigo Paul, geógrafo estadounidense enamorado de 'Spain' recuperándose de una de mis paellas sobre una calzada romana (Agencia Press Rares)
Me gusta mucho comer. Por fortuna hago ejercicio, porque también me gusta y así me lo demanda mi entrenadora personal, Jara, si no estaría como un tonel. Y me gusta cocinar; creo que pocas cosas hay más irresistibles para una mujer que cocines para ella, o que te ayude –ojo, sólo que ayude, picando la verdura que vas a pochar, por ejemplo- mientras tomáis un vino en la cocina y te rozas descuidadamente contra ella en los lugares estrechos que toda cocina bien diseñada debe tener. O sea, que me gusta comer, cocinar…y lo que debe venir después; no hay mejor sobremesa que la sobrecama. Pero admito que hay gentes, pobres gentes, que carecen de sensualidad hacia ese acto como otros no lo tienen hacia el sexo. En vez de comer se alimentan; es decir, convierten una satisfacción en una mera necesidad o en la satisfacción... de una necesidad. También comprendo, hasta cierto punto y sin obsesiones, el afán por estar en forma o incluso delgado, pero al igual que hay personas sin sensualidad las hay con una percha con caderas grandes, que jamás serán sílfides y sí muy feas si adelgazan en exceso. Cuando dejamos de hablar de comida, de alimentos, para hablar de nutrientes sin ser fisiólogos la cosa se desencamina horrendamente.
Los estadounidenses han pasado de las carretas de las caravanas a Oregón a las cápsulas espaciales, así que no es extraño que anden ahora descubriendo cosas que nosotros sabemos desde hace mucho; como el placer de comer verdadera comida sentados alrededor de una mesa con mantel y cubiertos. Pero como ser imbécil no es atributo de ninguna nación (no hay países idiotas, sólo personas), aquí simultáneamente imitamos sus peores ‘logros’: la comida rápida o basura, comer de pie, como los caballos, y la obsesión por la dieta y la esbeltez.
En realidad casi todos los libros sobre dietas y nutrición y salud podrían sustituirse por un solo precepto: coma comida, no demasiada y sobre todo vegetales en su mayor parte, pero coma de todo lo comestible. El periodista Michael Pollan, autor de un best seller iniciador de la rebelión nutricional en Norteamérica, 'In Defense of Food', alambica un poco más lo anterior y recomienda:
-No comer nada que tu abuela no hubiera reconocido como comida.
-Evitar productos que contengan ingredientes a) desconocidos, b) impronunciables, c) más de cinco.
-Evitar los alimentos que exhiban afirmaciones de propiedades saludables (Las leches y los yogures parecen ahora medicamentos, añado yo)
-Evitar los supermercados
-Comer vegetales que tengan sobre todo hojas
-No adquiera combustible para usted en el mismo lugar que se lo pone a su coche.
Otras recomendaciones serían que no comas nada que no pueda pudrirse (pero no la comas cuando lo haya hecho), pues es síntoma de ausencia de conservantes y aditivos. O sea, compre harina para hacer las croquetas (no hace falta que muelas y hagas la harina), pero si el paquete dice que es harina enriquecida, con multicereales, niacina, hierro, mononitrato de tiamina, riboflavina, ácido fólico, entonces, déjalo en su estante o llévalo al departamento de droguería, que es su sitio. Y he hecho trampa, porque esa es la quinta parte de los componentes que se anuncian en un pan de molde.
Así que dejémonos de leches (y de harinas) y estrechemos la mano que nos da de comer ¿Queréis una comida rica y completa? Haced una paella, o por mejor decir un arroz en paella, es decir, en una sartén plana de dos asas. Se trata de un arroz seco, mejor pues para el verano y al medio día (los caldosos o melosos son mejores en invierno y las paellas para cenar son propias de ‘guiris’). Una paella puede llevar lo que te dé la gana y tu sentido común (no le pongas trozos de piña, so esnob), pero la puedes hacer de bacalao y espinacas (una de mis favoritas), de conejo de monte y caracoles, o cigalas, de pollo y gambas, pero dos consejos: pocos ingredientes, la mezcolanza aturde: por ejemplo costillas de cerdo, chorizo y aceitunas negras, o pollo y langosta; y el arroz siempre del redondo, bomba, ¡del que se pasa! en efecto, si un arroz no se pasa porque a) está previamente vaporizado, b) es de una variedad larga, no vale para paella (ni para un ‘risotto’ si a eso vamos). Además, la paella levará un sofrito y un caldo; de la calidad de ambos componentes y del fuego derivará un buen resultado. El sofrito puede ser con (Valencia) o sin (Alicante) cebolla, con ajo, pimientos (de colores queda muy bonito), tomate y azafrán (nada de colorantes, rascaros el bolsillo) en el aceite de oliva; en ese sofrito doráis el pollo o el pescado o los tropezones que sean, luego rehogáis el arroz y añadís el caldo (Alicante) o al revés (Valencia). Fuego vivo los cinco primero minutos y luego suave pero repartido (o sea, que vuestra flamante vitrocerámica no vale). Y ya está: proteínas, grasas e hidratos de carbono. Una comida completa.
Si queréis os doy también mi receta de sangría: una botella de rioja cosechero o de Aragón tinto, media botella de Perrier o Vichy Catalán (agua con gas) un limón y un melocotón troceados, hielo, nada de gaseosas ni refrescos tipo ‘faanta’, nada de azúcar, nada de nada más. Tomar bien fría.
Sin embargo, la paella y la sangría contienen también una paradoja. Si un turista desprevenido quiere asegurarse una comida mediocre no tienen más que hacer ese típico pedido, si no se lo sugiere incluso el ladino camarero, en cualquier restaurante playero y con terraza. Le servirán una bazofia grasienta y una pócima azucarada que tendrá suerte si está caliente la primera y fría la segunda y no al revés.
Pero en vuestra casa, no olvidéis decidle a vuestra invitada que todos esos esfuerzos los habéis hecho para llevárosla a la cama (Si la susodicha es vuestra compañera desde hace años aún quedaréis mejor con la anterior afirmación) Yo suelo poner un jazz suave (Chet Baker) y dejar como al desgaire un libro abierto sobre jardines ingleses para que vean que soy un tío sensible. No fuméis al cocinar ni al comer ni al…siempre, siempre, siempre, después. El cigarrito después, la expresión ya lo dice.
Me gusta mucho comer, a la mayoría de la gente también, pero unos cientos de millones no pueden “darse ese gusto” todos los días.
P.D.- Sí, ya sé que todos os estáis preguntando que papilonacea sostiene en su regazo Paul. Es una escoba o retama blanca, Cytissus multiflorus. La calzada es la del Puerto del Pico, en Ávila, la paella, en mi casa.
13 comentarios:
Hay pocas obsesiones que me irriten más que la de los maniáticos de la alimentación “correcta”, creo que porque es una de las que más manía proselitista provocan en quienes la padecen (y la hacen padecer). Tengo una compañera de trabajo que se pasa el día dando traguitos a asquerosas infusiones con olor a anís, que “aromatizan” toda la oficina, y que cada vez que entro en su despacho me ofrece puñados de frutos secos con el mismo entusiasmo con que yo podría ofrecerle gambas al ajillo, si tuviera el mal gusto de llevarme tal cosa al trabajo. Cuando no nos queda más remedio que hablar de algo que no sea trabajo, me ilustra amablemente sobre los alimentos que debería evitar –sistemáticamente los que más me gustan- mientras mira significativamente el generoso contorno de mi cintura. Es muy desagradable. Y no conozco católico, marxista ni adepto de las teorías conspiratorias más monotemático y aficionado a predicar con ocasión o sin ella que un vegetariano: el mundo gira para ellos en torno a la necesidad de no comer carne, y a lo conveniente de mascar muesli (¡!) y de aderezar todo lo comestible –bien poca cosa, para ellos- con algún asqueroso derivado de la soja, planta erradicable. No los puedo aguantar. No digamos si, además, basan su aberrante doctrina en alguna consideración sobre el sufrimiento de los animales y sus derechos a la vida (y a la educación primaria, y a la asistencia sanitaria, y al voto...) Entonces los sacrificaría gustoso junto con unos cuantos rebaños de vacas y cerdos, como ofrenda de desagravio al dios de la gastronomía, que no sé cuál es.
Desde que dejé de fumar, los cigarritos que más echo de menos son, efectivamente, los de después: del desayuno, del bañito en el mar, del café de, también, después de comer, de… En fin.
En otro orden de cosas, recomiendo vivamente la paella de higaditos de pollo. Con sofrito de pimiento, cebolla y tomate. Me sale estupendamente, voy a ver si me hago una uno de estos días, para consolarme del fin del verano, que siempre me da bajón.
El proselitismo para salvar tu cuerpo (tu cuerpo es un templo. ¡Una leche! tu cierpo es un parque de atracciones, joder) es por lo menos tan peñazo como el proselitismo para salvar tu alma. Putos fundamentalistas de la nutrición. Explícale a tu compañera que los cultivos de soja están destruyendo las selvas tropicales, a ver qué cara pone.
El olor de esa metáfora llega hasta mis narices no sé en qué variante, pero la de bacalao y espinacas me gustaría probarla.
Sí, hombredebarro, y es casi tan modesta como la de higaditos de Vanbrug; sólo toma la precaución de saltear el bacalao desmigado sin aceite y desalado en una sartén aparte para que suelte el agüilla y añadir las espinacas en el último hervor para que no pierdan textura.
Menos mal que te he leído después de desayunar porque, cuánto me gusta una buena paella. Y qué pena que se haya convertido en un plato estandarizado que te sirven en cualquier bar y que no sabe casi a nada.
Las obsesiones por adelgazar (como todas) con muy malas y ciertamente parecen haberse convertido en religiones fundamentalistas. En todo caso, llegados a cierta edad, bueno es cuidarse. Yo, por ejemplo, hace unos cuatro meses decidí que tenía que reducir mi evidente sobrepeso que me hacía sentir físicamente mal (máxime cuando siempre he sido flaco). Como prácticamente de todo y básicamente lo que he hecho es cambiar de hábitos: aumentar los vegetales, comer menos en cada ingesta (no quedarme lleno) y, sobre todo, con regularidad y orden (hago cinco "comidas" al día). Además, caminar todos los días. Sin esfuerzo ni pasar hambre me he quitado diez kilitos y, desde luego, me siento mucho mejor.
Me parece estupendo, siempre que no te sientas mal contigo mismo si vuelves a recuperar esos diez kilos.
...y, por cierto, si eres miroslav, ¿cómo es que no comentas con tu reputado nick?
Pues no sé por qué sale la dirección de correo. Misterios de la criptología internáutica.
¡Que post mas rico! pienso hacerme la paella de bacalao y la de higaditos. ¡oh, que gente mas estupenda sale aquí! Gracias Lansky. Sigo siendo anónimo porque no se como poner el nik y la cuenta la comparto. Me llamaré Verde. Por lo de te quiero verde.
Magistral este post. Yo hago arroz con bacalao (lo de espinacas me lo apunto) y me encanta Chet Baker (también me apunto el sonido de fondo... joder, y todo el ritual, que leche)
Saludos
¡Acabas de descubrirme el secreto de la duración de mi vida en pareja! (va para 28 años este mes) Nuestra cocina es tan estrecha, que hasta para beber un simple vaso de agua mientras el contrincante pela patatas es inevitable estrujarse un poco mutuamente. Y hay que decir que mi santo guisa muy bien y está mucho en la cocina. Afortunadamente para ambos.
Voto por la versión alicantina de la paella. Sin cebolla. Pero cada vez es mas difícil en Alicante comer una paella como es debido. Tengo la suerte de que mi suegra la hace de miedo y educó debidamente a su hijo, que la hace casi tan buena como su madre.
Menos mal que aclaras que la foto es en una calzada romana. Estaba temiendo que luego hubiera pasado un coche y esa hubiera sido la última foto de tu amigo.
En opinión, Cigarra, más que el uso o no de cebolla (yo soy partidario, en poca cantidad) lo que distingue las paellas alicantinas de las valencianas es el rehogar primero el arroz en el sofrito y luego añadir el caldo ya caliente y no al revés; y en este asunto soy drásticamente alicantino.
Un coche, no, pero una vaca avileña sí que le podrían haber pasado por encima, ya que la foto está hecha al comienzo del verano, primavera serrana, en plena época de la trashumancia (transterminancia) corta. Claro que Paul, 1.90 m., 125 kilos macizos, antiguo campeón de halterofilia en Nevada, ni lo hubiera notado.
Y sí, las cocinas deben ser debidamente angostas en ciertos sitios, por eso esas espléndidas y amplias cocinas estadounideneses que sólo usan para hacerse sanwiches y ensaladas provocan tanto divorcio en USA
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