profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

07/09/2009

Política con una pinza en la nariz: entre el pesimismo y la "afición"



“La diferencia entre nosotros, Wells, es fundamental. A usted no le preocupa la humanidad, pero cree que debe ser mejorada. Yo amo a la humanidad aunque sé que no mejorará”

(Dialogo entre Joseph Conrad y H.G. Wells)

A mis años me he tenido que dar cuenta por fin de que en política esencialmente soy un pesimista; de modo que, aunque en tiempos si no me subyugaron, me reclamaron alguna tibia adhesión muchos planteamientos revolucionarios, eso es justo lo que no soy, porque el auténtico revolucionario es un optimista (o por mejor decir con necesaria redundancia: un imprudente optimista). Si se quiere soy un pesimista disconforme, insatisfecho, frustrado. E ilustrado, que sabe que hay cosas mucho peores que las actuales superficiales democracias parlamentarias occidentales, como las juntas militares, las dictaduras descaradas, las utopías precipitadas, los mesianismos populistas, los paraísos del proletariado (del partido único, más bien), las repúblicas populares y la planificación centralizada. Me gusta vivir en países donde no se ajusticia públicamente (de hecho, donde no se ajusticia ni pública ni privadamente), donde no es delito emborracharse o beber una cerveza ni obligatorio, qué se yo, colgar el retrato de Adolfo Suárez en las escuelas o en las barberías. Donde para viajar sólo se necesitan las piernas o un coche y no un salvoconducto, y puedes comerte un churrasco en viernes y vestir con el ombligo al aire. No obstante, tampoco me entusiasman esos paraísos de la tercera edad acomodada donde está muy mal visto tirar una colilla al suelo, pero nadie presta atención a un mendigo aterido.

Me gustan sobre todo aquellos países donde mencionar mucho a la patria está un poco feo. El novelista inglés E.M. Forster, el de ‘Pasaje a la India’ lo dijo en los años treinta y ha sido frase muy repetida: “Si tuviera que elegir entre traicionar a mi país y traicionar a un amigo, espero que tuviera las agallas de traicionar a mi país.” Francamente, no encuentro nada más absurdo, salvo la ablación del clítoris y las demás mutilaciones rituales, que ese propensión humana a matarse en nombre de una patria, real o hipotética (que es lo que yo creo que son todas, independientemente si tienen o no Estado), o, como dice Steiner, “bajo el pueril hechizo de una bandera”.

Me gusta lógicamente más eso de la ciudadanía, entendida como se debe, como un acuerdo entre dos (yo y el Estado) que debería, eso sí, estar sometido siempre a revisión y, de ser necesario, a derogación (por ambas partes). O sea, que la muerte de Sócrates sigue siendo más importante que la supervivencia de la ciudad de Atenas. Y todo ello sin necesidad de recurrir a la justísima y reiteradamente confirmada definición del patriotismo que hacía el Doctor Johnson como ‘el último refugio de los canallas’. Y no es que me ponga en el estupendo plan de alma bella, sino que estoy firmemente convencido de que los seres humanos, el animal humano en términos evolutivos, sólo sobrevivirá si aprende a prescindir de fronteras y pasaportes, si le concede, al menos, el mismo derecho para circular libremente a sus semejantes que a sus divisas, si llega a entender que todos somos huéspedes unos de otros y de este planeta envenenado, que la única patria es esa vital parcela de libertad privada, aunque sea un banco en parque, que nos conceden los poderes burocráticos y vigilantes modernos; o la habitación de un hotel; que sólo el lechero, y no es deseable, llame a nuestra puerta a altas horas de la madrugada., que las personas por suerte tenemos piernas y no raíces como los árboles, aunque sea el de Gernika.

Sin embargo, me preocupa mucho que sean los mediocres y los codiciosos, y no los sabios y bondadosos, los que se dediquen mayoritariamente a la política, generando un panorama desolador que no se da en ninguna otra actividad profesional humana. Lo cierto es que si tu hijo nace y se cría hecho un cabronazo, si es reactivo a cualquier aprendizaje teórico o práctico que no sea inmediatamente provechoso, si desprecia el resto de conocimientos como superfluos, señora, hágame caso, apunte al niño a las juventudes (o las ‘infancias’) de cualquier partido, porque hará carrera. De ahí que mi voto –que ejerzo a condición de no levantarme ‘estupendo’ en la jornada electoral- sea desde hace años contra algo o alguien, nunca a favor. Esa práctica de lo inmediato sin memoria que algunos llaman el ‘arte de lo posible’, esa mediocre administración de lo que entienden por ‘realidad’, esa sumisión a los gurús económicos, como si los índices macroeconómicos fueran la ley de la gravitación universal y no el tinglado del embudo, no sólo no me emociona, sino que me asquea cada día más. Lo dijo en una bellísima metáfora uno de los hombres más inteligentes que han existido, cierto isabelino inglés: ‘es desdicha de estos tiempos que los locos guíen a los ciegos’. La belleza, la bondad y hasta el fracaso honroso no tienen que ver con estos miopes sin ojos en la nuca.

No obstante, el ser humano es un animal político –de la ‘polis’- y por ello, remedando a Clemenceau, la política es demasiado importante para dejársela sólo a los políticos. Tampoco la famosa ‘boutade’ de Franco hay que seguirla: “haga como yo: no se meta en política”. Así que además de pesimista, en política me defino como ‘aficionado’. Aficionado no es sólo lo opuesto a ‘experto’, esos individuos que no tienen dudas porque traen pensadas de antemano todas las respuestas, sino persona interesada en muchas cosas y que habla en su propio nombre y no en el de una escuela, teoría, partido o camarilla. Y en eso estoy, intentando mirar a través de “la ponzoñosa cortina de humo” que, hablando de Karl Kraus, menciona George Steiner, la que continuamente, insultando nuestra inteligencia, nos tienden los políticos cada vez que se dirigen a nosotros. Un lenguaje cuya finalidad es el engaño, que embauca y no informa, no se merece ese nombre.

Gran parte de ese descrédito se debe a los ataques que se dirigen unos contra otros como rutinario sistema de debate, convirtiéndose así en el único gremio que se desacredita mutuamente, lo que no hacen desde luego, pongamos por ejemplo, salvo muy raramente y en flagrantes casos, los médicos o los arquitectos. La sensación general es que los políticos más que solucionar problemas, que es para lo que deberían estar, los crean. Y eso es muy peligroso. No simplificar nunca lo complicado ni complicar lo sencillo sería un buen lema para que se lo pusieran en su escritorio (caso de que tengan escritorios; quizás les basta con los micrófonos) Sin embargo, el descrédito de la política no es asunto reciente, como no lo es la mediocridad legendaria de la mayoría de los políticos. Por eso, en mis momentos de más honda desilusión, procuro recordar una frase de Adolf Hitler: “no soy un dictador, tan sólo he simplificado la democracia”. Los dictadores, y el resto político por contagio, casos intermedios como los populismos desde luego, siempre confunden deliberadamente el hecho de enunciar las soluciones (en voz alta, gritando, al viejo estilo hitleriano, o reiterando, repitiendo en la moda moderna) con aplicarlas y con que produzcan los resultados esperados. Pero no simplifiquemos como Hitler.

Como el poeta, quede claro que no hablo en nombre de nadie. Vale.

7 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Me sumo a ese difícil equilibrio tuyo y de Conrad, el de saber que la humanidad es difícilmente mejorable pero seguir sin desentenderse del todo del empeño por mejorarla. Y si, en general, tiendo a desconfiar de los especialistas y de los profesionales, porque siempre acabo encontrando que se preocupan demasiado de cómo funcionan los mecanismos y demasiado poco de para qué sirven o cuánto cuestan; que saben demasiado de los detalles irrelevantes e ignoran el fundamental vistazo de conjunto, en este terreno de la política mi desconfianza es absoluta, porque a esos defectos generales que aprecio en los profesionales de cualquier cosa, aquí se suma mi convencimiento de que son, diría que por necesidad, mediocres, ignorantes, codiciosos, vanidosos, prepotentes e inescrupulosos. ¿Quién que no sea todas estas cosas se mete voluntariamente, sobrevive y medra dentro de la feroz maquinaria de un partido político?

Lansky dijo...

Los viejos anarquistas lo tenían muy claro con aquel famoso aforismo de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. En todas las épocas el poder se ha reservado para sí prebendas de las que no disfrutaban los 'subditos', pero el tema de la 'medrocracia', que no meritocracia, dentro de los aparatos políticos, de los partidos, como forma de sumisión al jefe y no al votante, de dar patadas hacia abajo, codazos a los lados y lamidas de culo hacia arriba, eso sí que podría solucionarse: listas abiertas, entre otras cosas, aunque, claro, son los mismos interesados en que no cambien los que tendrían que promover los cambios.

José Montalvá dijo...

yo tengo un pesimismo amateur

harazem dijo...

Siempre desconfié de los filósofos populares pero últimamente escucho al último de ellos, en el único momento televisivo que me permito. Entre cebolla y ajo, Arguiñano suele repetir ya como un mantra aquello de: el mundo va fatal porque gobiernan los malos. El caciquismo tradicional ha sido sustituido por la dictadura de la publicidad, por eso asombra la falta de “corporativismo”, la lucha por la cuota de mercado es el nuevo paradigma del éxito político. Lo que Ferlosio explica asombrosamente en su Non Olet es trasladable al campo de la política. Punto por punto, coma por coma.

Y yo también voy fatal porque entré a comentar una entrada sobre literatura americana que leí esta tarde ¿aquí? Salía DeLillo, Dos Passos, Faulkner... se vituperaba a Salinger, a Auster, se dudaba de Faulkner... ¿lo he soñado o me equivoqué de sitio?

Lansky dijo...

Creo, Harazem, que te refieres a este viejo post:

http://www.lansky-al-habla.com/2008/07/opiniones-contundentes-las-dos-mejores.html

A mí también me encantó el Non Olet de Ferlosio; ya lo creo que huele (mal) el dinero de muchos

mieskahn@hotmail.com dijo...

Lo de simplificar lo complejo es, efectivamente, la especialidad de los políticos y la base del populismo (que no es un tipo de política sino la única forma desde hace mucho de hacer política). Lo malo es que funciona porque la gente ansía que le simplifiquen las cosas, que se lo cuenten todo en blanco y negro, en buenos y malos ... Claro que se podría hablar de la responsabilidad de los políticos, del deber que tienen de no alimentar las más bajas pasiones (simplificadores simples) de los hombres, pero eso sí es optimismo ingenuo.

Lansky dijo...

Como es tu costumbre, Miros, tocas un tema clave que podría resumirse así: ¿la gente tiene los políticos que se merecen? Pienso que, a menudo sí, pero...¿Se merecía Sudáfrica a un Mandela? (estoy leyendo el delicioso libro de John Carlin sobre el campeonato de Rugby de Sudáfrica y de cómo se evitó la guerra entre blancos y negros), parece que sí, porque salió bien. ¿Se merecía Chile lo que le pasó a A Allende? Parece que sí, puesto que no se evitó. Conclusión: a psoteriori es muy fácil sacar conclusiones (¿cómo si no?), lo alemanes eran nazis y los franceses en la Segunda G.M. unas caguetas, pero es mejor remontarse, ver lo que pasó tras la Primera con el tratado de Versalles, analizar con cuidado...la complejidad. Pero...En todos estos asuntos tan complejos, los políticos en su mayoría no se comportan como Pericles (que se equivocó, no lo olvidemos, pero era un grande), sino como vendedores ambulantes de crecepelos.