
Lucien Fevre, uno de los padres junto a Fernand Braudel y Marc Bloch de la escuela francesa de la Historia de las Mentalidades, se preguntaba si la nueva disposición de lentes y la mejora de la iluminación artificial, la higiene y la asepsia habían erosionado la gran civilización de los olores, la atareada pericia de la nariz, tal como había prevalecido en las hediondas ciudades de la Edad Media. Paralelamente, yo me pregunto si la actual sociedad de la información, de los puntuales noticiarios y de Internet que nos permiten saber casi en tiempo real de sucesos en cualquier lugar remoto no sólo ha comprimido el planeta a una aldea global, aún más de cómo lo hiciera la era de la imprenta de Gutenberg y la predicha por Mc Luhan, sino que ha generado un extraño desinterés por los vecinos y cercanos, con la coartada mil veces violada de la privacidad.
Los ricos son globales y los pobres son locales –y pintorescos, para esos alienígenas del planeta Disney que se conocen como turistas-, pero eso era más bien antes. Los pobres también se están globalizando más allá de lo que soñó el Manifiesto Comunista. Se han puesto literalmente en marcha, atravesando fronteras en frágiles esquifes, en los bajos de los camiones, a pie por desiertos o con visado de turista –justo lo que no son- en los aeropuertos. Migran. Esta emigración en masa de millones de desheredados desde sus países pobres de origen a los ricos, que ya no podemos llamar de acogida, es el fenómeno demográfico más significativo de este siglo y las décadas finales del pasado.
Y es aquí, cuando llegan junto a nosotros cuando nos desinteresamos de ellos mientras planeamos nuestras próximas vacaciones a sus exóticos lugares de origen
Viajar ahora en el Metro de Madrid es mucho más entretenido e instructivo que hace pocos lustros. Entonces, con pocos automóviles que eran por tanto un privilegio, los ricos se desplazaban por “arriba” y los pobres, permanentes (proletarios) o temporales (estudiantes) por debajo. Ahora el microcosmos de un solo vagón puede incluir una docena de etnias y otras tantas lenguas con multitud de rostros distintos, atuendos y hasta gestos. No han venido a eso, pero nos hacen más ricos. En todos los sentidos.
Y además uno puede lucir tan modestas como viejas habilidades y chapurrear en suahili con un asombrado kikuyo tanzano que estudia odontología en Madrid en plena estación de Ópera. ¿No sería genial que terminara siendo mi dentista?
Los ricos son globales y los pobres son locales –y pintorescos, para esos alienígenas del planeta Disney que se conocen como turistas-, pero eso era más bien antes. Los pobres también se están globalizando más allá de lo que soñó el Manifiesto Comunista. Se han puesto literalmente en marcha, atravesando fronteras en frágiles esquifes, en los bajos de los camiones, a pie por desiertos o con visado de turista –justo lo que no son- en los aeropuertos. Migran. Esta emigración en masa de millones de desheredados desde sus países pobres de origen a los ricos, que ya no podemos llamar de acogida, es el fenómeno demográfico más significativo de este siglo y las décadas finales del pasado.
Y es aquí, cuando llegan junto a nosotros cuando nos desinteresamos de ellos mientras planeamos nuestras próximas vacaciones a sus exóticos lugares de origen
Viajar ahora en el Metro de Madrid es mucho más entretenido e instructivo que hace pocos lustros. Entonces, con pocos automóviles que eran por tanto un privilegio, los ricos se desplazaban por “arriba” y los pobres, permanentes (proletarios) o temporales (estudiantes) por debajo. Ahora el microcosmos de un solo vagón puede incluir una docena de etnias y otras tantas lenguas con multitud de rostros distintos, atuendos y hasta gestos. No han venido a eso, pero nos hacen más ricos. En todos los sentidos.
Y además uno puede lucir tan modestas como viejas habilidades y chapurrear en suahili con un asombrado kikuyo tanzano que estudia odontología en Madrid en plena estación de Ópera. ¿No sería genial que terminara siendo mi dentista?
Ah, y viajar en Metro le permitiría al venerable profesor Fevre recuperar su añorada hediondez de la Edad Media.
Uana bia baridi capissa, bwana. (y ver también este viejo post:
4 comentarios:
Que barbaridad, si les dices esas cosas a los kikuyos del metro no me extraña que se asombren, lo de empezar por uana son ganas de provocar y bia hay que tener nucho cuidado en Sheng es cerveza, pero en el resto de las variantes es negocio, así quew entre uana (sexo) bia (negocio) y barissa que puede ser frio, pero ubarissa es frigido lo normal es que el kikuyo no sepa si lo que quiieres es una cerveza que el metro es raro, o que tienes un problema de frigidez y pretendes que el lo resuelva, ya se sabe cada viaje una aventura, sobre todo en metro y en renfe
Comprendo tus dificultades Zwingentestein. Es lo que tiene aprender idiomas por correspondencia, pero no andas muy errado, no.
Nunca he aprendido suahili, ni siquiera por correspondencia, es que metí la frase en un traductor suahili ingles y me salio algo así como sexo negocio frio, que no deja de tener su encanto, y consultando más diccionarios llegue a lo de cerveza fria, cualquiera de las dos frases me sigue pareciendo rara para decirselas a alguien en el metro,
por lo demás el post me parece muy oportuno.
Eres tan literal como ese traductor automático. Lo que le dije, y lo entendió, es que si tomábamos una cerveza muy fría; ese día, como tantos otros, se había estropeado el aire en los vagones y hacía un calor de la ostia. En suahili el superlativo es palabra aparte, distinta y añadida al adjetivo: baridi capissa es 'fría, muy fría'
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