(Este blog no desdeña la actualidad (véase post anterior), pero desde luego no la persigue. Las noticias son lo contrario en cierto modo de los temas clásicos, o sea, lo que envejece casi a medida o conforme se van conociendo, pero hay dos hechos más o menos recientes que pueden estimular ciertas reflexiones que podríamos llamar “clásicas”, y además he dejado pasar varias semanas para que dejen de ser noticias. Es posible que ni os acordéis ya que caducan más rápido que los yogures)
Uno. La esposa monja y el terrorista emparedado y lo que nos debe diferenciar de ellos
Aparece una ‘monja’ de Moratalaz toda vestida de negro, sólo asoman los ojos temerosos tras unas gafas de culo de vaso y su aspecto no mejora cuando a petición del periodista (John Sistiaga, excelente periodista, pero también, sospecho, un ‘yonqui’ del peligro y por ende probable carne de cualquier cañón defensa de Occidente como no ande con cuidado) retira parcialmente su velo. Esta patética mujer, que se expresa con púdica corrección pero es seguramente una analfabeta funcional, no pertenece a ninguna orden monástica, sino que es la muy sorprendente esposa española de un dirigente terrorista, también español: por matrimonio, pues, recluido en alguna cárcel secreta de las desparramadas por el siniestro y complaciente submundo de la era Bush que aún persiste. Se le considera el teórico del terrorismo yihadista, próximo a Bin Laden y a otros ‘luchadores’ por, a, ante, bajo, cabe, pero no contra, y sí para el Islam, según, sobre y tras. Es probable que sea cierto y además muy plausible que tenga información relevante para evitar nuevos atentados sangrientos. Pero lo que pide su esposa vestida a la última moda de la más estricta Edad Media es algo muy sensato y justo. No pide que le perdonemos, ni siquiera que le comprendamos, tan sólo que le saquemos del infecto agujero donde le tienen recluido, le juzguemos y le demos la oportunidad de defenderse: justo lo que, muy probablemente, él no estaría dispuesto a hacer por nosotros. Y justo, por eso mismo, lo que nos diferenciaría de él.
Dos. La diferencia entre un piloto y un aviador
Hay una distinción esencial que me explica –y explica- un experimentado piloto contraincendios mientra analiza el accidente del vuelo de Air France 447
; la que existe entre “piloto” y “aviador”. Un piloto, como los de los aviones comerciales (“el comandante fulanito les da la bienvenida, etc.”) es alguien que conoce el manejo de un avión. Un aviador es alguien que además sabe volar, en cualquier trasto: una avioneta, un reactor, un avión comercial, un cachivache a pedales ideado por Leonardo o un bombardeo cuatrimotor de la Segunda Guerra Mundial.
En mi ignorancia por el antinatural –para el ser humano corriente- arte de volar imagino que la diferencia que establece mi informador es la misma que media entre un navegante a vela y un capitán de un barco motorizado y con GPS. Y ahora la explicación del accidente que no es exactamente un fallo humano, pero contiene la insalvable diferencia de pericia aludida. Sobre el océano, esa inmensa masa de agua de comportamiento calorífico tan diferente a la masa de aire de encima, se generan enormes e inimaginables intercambios de energía en ambos fluidos. Una masa de aire caliente, más leve y ligera, que no puede ascender porque está retenida por una masa de aire frío sobre ella, puede hacer perder sustentación a un gran avión, si pierde altura el piloto (aviador) debe iniciar una maniobra contra todo instinto dejándose caer en plano, con el morro sin inclinación alguna, para que la fricción genere un aumento de esa sustentación perdida, pero muchos aviones comerciales de última generación no permiten el paso a manual; en ese caso, el piloto automático incrementa la potencia de los motores para compensar la pérdida de velocidad hasta el punto de que puede alcanzar la del sonido, el famoso Mach Uno y desintegrarse.
Ilustraciones:
La foto no tiene nada que ver con los temas aquí tratados, pero es que no me apetece buscar ilustraciones en la Red, sino colgar fotos bonitas y mías. Esta es de Cazorla.
5 comentarios:
Y sin embargo, uno de los peores efectos del terrorismo es la paulatina conversión en terroristas de los ciudadanos normales, desde el "lo que tenían que hacer es colgarlos a todos" hasta Guantánamo y otras bestialidades institucionales. (Y no hace falta irse tan lejos; aquí, con un gobierno socialista, también hemos tenido nuestros enterramientos en cal viva, y el responsable último anda por ahí dando lecciones de estadista, y uno de los cómplices necesarios preside el Gobierno).
Es la consecuencia más destructiva del terrorismo, más que la goma dos. Y contra esta nadie hace nada, en ella coinciden y cooperan alegremente izquierdas y derechas, vociferantes de la COPE y votantes del PSOE...
Estoy muy de acuerdo con este comentario tuyo, Vanbrugh. Por eso no entiendo bien ese "y sin embargo" con el que lo comienzas.
Acaba tu primera parte del post: "Y, justo, lo que nos diferenciaría de él".
Sigue mi comentario: "Y sin embargo... y aquí un montoncillo de consideraciones que podrían resumirse en: "...cada vez nos diferenciamos menos de él."
Reconozco que, efectivamente, despista. Pero es así como me funciona la cabeza, qué voy a hacerle.
Ah. Vale
Pues algunos de estos analfabetos funcionales saben más de nuestros derechos que ciertos europeos. Como tres de un reportaje que vi hace casi quince años, que opinaban que los inmigrantes que quisieran rezar en dirección a la Meca debian irse a su pueblo.
Y lo peor es que uno debía de tener menos de treinta años.
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