profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

23/10/2009

LA LENGUA QUE ME HABITA

(A todos los que por aquí se pasan, a todos los que aquí comentan, a los que me rebaten, debaten o asienten)


¿Infiernillo es un infierno pequeño?

Este no va a ser un simple caso de un diminutivo con mucha personalidad, sino un asunto más vasto y general que me permite hablar del hablar (y escribir del escribir), de la lengua que habito, ya que ella es nuestro hábitat más auténtico, el ecosistema de todo ser humano, pero que también me habita. Así que somos como caracoles que llevamos la casa a cuestas. Y como esos moluscos, dejamos un rastro, los que la usan mal no sé si de babas, los que bien quizá luminoso, pero en ambos casos apropiadamente ‘rastreable’. A esa huella algunos le llaman idioma, otros, lengua, algunos obsesos, literatura.

Si todo lo que no es tradición es plagio (Eugenio D’Ors), no hay forma de habitar una lengua, ni voluntaria ni involuntariamente, ni ignorante ni conscientemente, ni honesta ni torticeramente en que se pueda evitar lo uno o lo otro. La voluntad expresa de originalidad es una de las más ingenuas presunciones que existen. Me resignaré a decir obviedades. Siempre es posible además un juego de espejos, de modo que lo contrario a lo que aquí se diga también sea verdadero en parte, como casi todas las verdades de este tipo, y casi en la misma medida. Relativista que me he levantado hoy. Pero no, en realidad me he levantado propenso a la mezcla, que no confuso. Decidido a ser preciso como una macedonia de frutas o como una ensalada mixta.

Habitamos una lengua que no posee totalmente a título individual ni el genio más insigne. Nos da permiso para instalarnos, pero en realidad nos posee –incluso en el sentido ranciamente machista y sexual- ella a nosotros. La podemos transitar, atravesar, vivir dentro refugiados y calentitos, pero paradójicamente siempre la llevamos a cuestas. La lengua nos acecha, nos envuelve, nos tiende emboscadas, nos rehuye, nos sumerge (sumergirse en un idioma ajeno: te ahogas o aprendes a nadar, digo a hablar), nos saca a flote y nos hunde, nos sostiene, nos sustenta y alimenta, pero sobre todo nos posee y la habitamos. Siguiendo con la metáfora, se trata de una casa encantada, asunto clásico de los argumentos de terror.


La lengua que se dice materna es también la aldea donde está esa casa, el valle donde está esa aldea, y adelante y etcétera con esta suerte del zoom: nuestra patria. La verdadera patria, creo yo, con la ventaja sobre cualquier terruño mínimo o cualquier vasto imperio de que es portátil: siempre la llevamos con nosotros, como el baúl de la Piquer, como la añoranza, la saudade, la morriña, como las manías. Y para cabreo de Academias fijadoras de tanto esplendor lacado y fundamentalista es un paisaje familiar, el más conocido de cualquier humano, pero a la vez continuamente cambiante, que se altera, muta y trasmuta, digiere, expulsa, vomita, metaboliza, da la vuelta (evagina), se deteriora o enriquece, nace y muere; te confunde, te advierte, te evita pensar, te incita a pensar. Es decir, no permanece quieto, porque dicho paisaje no es un telón de fondo, sino un universo en expansión que, también sujeto a la entropía, algún día se enfriará y morirá, como el latín y como las estrellas enanas marrones. Y es ambiguo, a menudo confuso, nunca unívoco como una ecuación. Babel es ahora y lo es entre hablantes del mismo idioma, mira tú. Somos islas separadas por un idioma ‘común’. ¿Común? Quizá compartido (en parte) pero el idioma no tiene nada de común, como ningún milagro. Los seres humanos que ‘comparten’ un mismo idioma pueden esforzarse por entender al otro y hacerse entender por el otro o lo contrario, depende de su (buena) voluntad de entendimiento y de ninguna otra cosa.

Hagamos una pinza, aprovechando el tan alabado pulgar oponible que -no es opinable- nos dio la evolución y no Dios (Dios nos concedió tal vez el otro, el de señalar), y opongámoslo al susodicho índice, que en este caso no es un listado alfabético, sino el mencionado dedo chivato y maleducado. Con esa inigualable pinza de precisión que en vano intentan remedar los ingenieros de la robótica, cojamos con delicadeza un diminutivo. Chiquitito, pequeño, que parece que no existe sino es en referencia a su hermano mediano, como el bobo grandullón ese de su hermano mayor, el aumentativo.



¿Ya lo habéis cogido? ; cuidado en América con ‘coger’, mejor ‘tomar’, aunque aquí, a nuestro lado del ‘charco’, no siempre la alternativa es lo más indicado. Lo veis: americanos, españoles, concursantes televisivos, comentaristas deportivos, académicos, ensayistas y poetas, todos estamos separados por el mismo idioma común. ¿Común? Bien. Cojamos o tomemos, pero con la misma atenta delicadeza que un Homo erectus especialmente listo prendió la primera termita antes de llevársela a la boca, el diminuto diminutivo. En Bolivia, tierra a la que por razones personales estoy muy ligado, y en general en gran parte de América, se habla con muchos diminutivos y por esa y otras razones el castellano de España les suena allí áspero, fiero y, más que macho, algo maleducado. No es este el momento de preguntarse, como hace Reyes Mate, si, dado que “la gramática siempre acompaña al Imperio” (Nebrija) se puede dar voz a los colonizados con la lengua de los colonizadores. Aunque, claro que se puede; las cosas no son tan simplonas ni siquiera en lo ideológico, es decir, en el simplista espacio en que las ideologías suplantan a las ideas. Se puede a condición de que estemos dispuestos a entendernos tanto como a confundirnos (macedonia y ensalada, ricos y variados platos). Al fin y al cabo hablamos una lengua común sin compartir las mismas experiencias a menudo. No es lo mismo recoger chatarra y revolver basura a los seis años en el altiplano andino que recibir lecciones de judo después de clase en un colegio de élite de la vieja Europa a la misma edad. Conviene insistir en las obviedades; la lengua lo permite y diversos motivos lo exigen.

Con el diminuto diminutivo precisamente prendido por la prodigiosa pinza que tan humanos como el mismísimo lenguaje nos permitió llegar a ser, mirémosle de cerca: un diminutivo no siempre es un sustantivo chiquito, como ‘sillita’, ‘mesita’, ‘armarito’ y ‘ventanita’, ‘florerito con florecillas’… ¿’sequitas’? Como un ‘yerbajo’ no es simplemente una hierba pequeña, ni un ‘cerrillo’ una montaña baja. Por el contrario, un diminutivo puede serlo por así decir por derecho propio, no por pequeño. Tomemos ‘infiernillo’: ¿es un infierno pequeño? No. Este diminutivo en origen adquirió, como tantas palabras que van a su bola, una maravillosa identidad propia seguramente desde sus mismos múltiples nacimientos. Una vez surgió –esta me la sabía yo- para designar con cierta gracia metafórica un artilugio hoy inexistente, un electrodoméstico precario, una simple resistencia despilfarradora de watios y enrojecida por el esfuerzo para calentar las comidas a escondidas en las habitaciones de las tristes pensiones sin derecho a cocina; un modesto calentador de guisos cutres y clandestinos hoy obsoleto, muy apropiado para artistas muertos de hambre del pasado siglo. Ese infiernillo hacia juego con el triste olor a coliflor rancia de la escalera de servicio de esa misma pensión.


No obstante, me entero por Manuel Rivas y lo compruebo luego yo, siempre desconfiado en asuntos del lenguaje, que ‘infiernillos’ eran antes de eso, antes de la electricidad vaya, los prostíbulos que surgían, adecuadamente a mi parecer, junto a las grandes catedrales. El pecado por antonomasia del catolicismo junto al mayor dispensario de remedios inmediatos. A un tiro de piedra. Como las páginas de contactos (prostitución) de los más prestigiosos diarios se codean (jamás se ‘rodillean’) con las de la economía (igualmente prostitución), en la típica confusión entre follar (fornicar) y joder (fastidiar).

Así que no seáis pardillos, que si bien son pájaros pequeños, no son cualquier pájaro pequeño, sino uno francamente ingenuo, Carduelis cannabina, emparentado con el jilguero. Del mismo modo que los chicazos no son chicas de gran tamaño, sino de aficiones masculinas desde su más tierna infancia.



Comeros la ensalada, o al menos pinchad una aceituna, aunque apartéis ese trocito de cebolla. Gracias.


4 comentarios:

Mita dijo...

"Desde que las insignias se llaman pins, los maricones gays, las comidas frias lunchs, y los repartos de cine castings, este pais no es el mismo. Ahora es mucho mas moderno.

Los niños leian tebeos en vez de comics, los jovenes hacian fiestas en vez de parties, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, los empresarios hacian negocios en vez de business, las secretarias usaban medias en vez de panties, y los obreros, tan ordinarios, sacaban la fiambrera al mediodia en vez del tupper-ware.

Yo, en el colegio, hice aerobic muchas veces, pero en mi ignorancia, creia que hacia gimnasia.
A los españoles se nos nota el cambio simplemente cuando hablamos, lo cual es muy importante... No es lo mismo decir bacon que tocino -aunque tenga igual de grasa-, ni vestibulo que hall, ni inconveniente que handicap.
Todo lo cual demuestra nuestra apertura y nuestra capacidad para superarnos.

Asi, ahora, por ejemplo, ya no decimos bizcocho, sino plum-cake, que queda mucho mas fino, ni tenemos sentimientos, sino feelings, que es mucho mas elegante. Y de la misma manera, sacamos tickets, compramos compacts, usamos kleenex, comemos sandwichs, vamos al pub, hacemos rappel y ... Y todo ello ya digo, con la mayor naturalidad y sin darle apenas importancia.

Obviamente, esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han cambiado nuestro aspecto, que ahora es mucho mas moderno y elegante. Los españoles ya no usan calzoncillos, sino slips, lo que permite marcar paquete con mas soltura que a nuestros padres; y cuando uno se afeita, a continuación se echa after shave, que deja la cara mucho mas suave y fresca que el tónico.

En España la gente ya no corre, hace jogging o footing; ya no estudia, hace masters; ya no aparca, utiliza el parking. En la oficina, el jefe ya no es el jefe, es el boss, y esta siempre en meetings con la public-relations o va a hacer business junto con su secretaria, o mas mejor, asistant. En su maletin de mano, al reves que los de antes, que lo llevaban repleto de papeles y de latas de fabada, lleva tan solo un telefono y un fax-modem por si acaso. La secretaria tampoco le va a la zaga. Aunque seguramente es de Cuenca, hace mailings y trainings y cuando acaba el trabajo va al gimnasio a hacer gim-jazz. Alli se encuentra con todas las de la jet, que vienen de hacerse liftings, y con alguna top-model amante del body-fitness y del yogourt light, y cuando acuden a un cocktail toman bitter y roast-beef, que, aunque parezca lo mismo, es mucho mas digestivo y engorda menos que la carne.

Aparte de ser mejores, nos permiten hacer zapping. El mercado ahora es el marketing; el autoservicio, el self-service; el escalafon, el ranking; el solomillo, steak; y el representante, el manager. Y desde hace algun tiempo, los importantes tambien son vips; los auriculares walk-man; los puestos de venta stands; los ejecutivos, yuppies; las niñeras baby-sitters, y los derechos de autor, royalties.

Para ser ricos del todo y quitarnos el complejo de pais tercermundista que tuvimos algun tiempo y que tanto nos avergonzaba, solo nos queda ya decir siesta (la unica palabra que el español ha exportado al mundo, lo que dice mucho a favor nuestro) con acento americano.

PD: se han omitido los acentos (of course), porque son una horterada""
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Kuss

José Montalvá dijo...

recuerdo un curso que hice en el extranjero; todo el mundo, en ese curso, se aplicaba con el english, mejor o peor; pero, al salir de clase, como en un serial televisivo, los hispanohablantes íbamos a beber a un mismo bar, en el que solamente se hablaba el hispanoidioma: argentinos, colombianos, catalanes... todos hablando como dios manda... uno estaba, en ese bar, como en casa, venga la cerveza y el hispanohablar... desde entonces pienso esto: el hogar de una persona es su lengua (o su cerveza)

Anónimo dijo...

El pájaro ese... se puede fumar?

Miroslav Panciutti dijo...

También yo creo (desde hace mucho) que la verdadera patria es la lengua e incluso en ella, en la mía, a veces me siento despatriado.

Al hilo de tus diminitivos em he acordado del nombre de la calle de mi infancia, que se llamaba Pinganillos y luego lo cambiaron a petición de algunos hispanoamericanos. Pero hoy, pinganillo resulta ser el audífono que usan en las teles, aunque el diccionario dice que es sinónimo de carámbono (de niño no existían los primeros e ignoraba este significado aacadémico). Y, curiosamente, todas las acepciones de pinga son americanas, aunque habrá que pensar que alguna vez se usaría en la península.