TABLÓN DE ANUNCIOS

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1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

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2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

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3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


30/11/2009

Nadar

Holden flotando en la piscina de Swanson

“Siempre quise tener una piscina propia” es la frase con la que William Holden –quizás el único actor de Holywood con permiso de Cary Grant y de David Niven capaz de estar elegante en bañador- inicia la película de Sunset Boulevard, ya muerto, y no con bañador sino completamente vestido y flotando boca abajo en una piscina…ajena, la de Gloria Swanson, vieja y despótica estrella en declive. Sunset Boulevard fue absurdamente titulada aquí El crepúsculo de los dioses, como si en lugar de Billy Wilder fuera otra “W”, la de Wagner, la responsable de la amarga historia: chico joven, guapo y con talento (es escritor y quiere vender sus guiones, como tantos blogueros hoy en la Red) viene a la ciudad de las oportunidades (Los Ángeles) para comerse el mundo, pero “el mundo” se lo come a él, con belleza (o a causa de su belleza), talento y todo. Sunset Boulevard es la larga y famosa avenida flanqueada de altas palmeras ("wasintonias excelsas") que se extiende desde Figueroa Street, en pleno centro de Los Ángeles, atravesando Beverly Hills, hacia la ruta 1, camino del Pacífico.

Yo no. No tengo ni aspiro a piscina propia; la precisaría demasiado grande (25 metros de largo al menos). Voy a una piscina municipal cubierta varios días a la semana sobre las 7 de la mañana y nado dos kilómetros en algo más de 45 minutos aproximadamente. Cualquiera que esté al corriente de las marcas o que siga campeonatos u olimpiadas por televisión sabrá que no es un récord, sino más o menos la velocidad a la que un hombre camina por el borde de la piscina siguiendo al nadador, la mitad de la que yo desarrollo cuando en mis paseos con Jara aprieto el paso. Ochenta largos, básicamente en mi elegante y fácil crawl (modestia al margen: son muchos kilómetros o, por mejor decir, millas marinas recorridas desde mi ya lejana juventud) que alterno con espalda y braza (la más recomendable para mantenimiento, pero también la que más me aburre).

Por la calle de la izquierda me suele flanquear un joven fornido, bajito y ancho de hombros, bancario de una caja de ahorros más o menos de la edad, quizás un poco mayor, que mi hijo Juan (al que no veo hace años). Debería mejorar su patada un poco: hace una tijera extraña cuando gira la cabeza para respirar. Por la derecha, más pausado pero tenaz avanza un joven abogado que después de ducharse se cuelga su corbata (el bancario también; el único con indumentaria informal a esas horas soy yo y un bombero que acude en chándal), recoge a sus hijos para llevarlos al colegio y acude a su despacho. Algo más allá nada una muchacha que es una centella, pero al revés que yo y el bancario se detiene a menudo en uno de los extremos, se sujeta en el borde asomando sus codos como alitas de vencejo y descansa un rato apoyada en el mentón y mirando a su alrededor: rápida y sin resistencia, esa podría ser una metáfora, la definición de cierta juventud desencantada, pero no saquemos las cosas de quicio; o no salgamos de la piscina. En el borde opuesto, ocupando dos calles reservadas por corchos flotantes, grande y lento se mueve un viejo artrósico, panza arriba, al ritmo de sus dos brazos a la par; al llegar a un extremo no cambia de sentido, mucho menos hace un giro sumergido, sería inimaginable, sino que va girando lentamente describiendo una curva exactamente como una vieja gabarra de carbón. Su médico le ha mandado esa suerte de flotación (me resisto a hablar de nadar) paliativa.

Esos somos los fijos a esa temprana hora (no quiero dar pistas, pero creo que es la única piscina municipal con tan generoso horario): la muchacha, que no comparte vestuario lógicamente y por desgracia (tienen una bonita figura) con los demás y de la que por eso mismo sabemos poco, los dos jóvenes trabajadores, el viejo artrítico y el no tan viejo servidor; a veces el bombero, a veces otros cuyos estilos de bracear más que sus caras me suenan más o menos.

Mientras nado voy pensando en mis cosas, pero procurando antes de girar de vuelta llevar la cuenta de los largos de piscina; si me equivoco o dudo contabilizo a la baja, con lo que a menudo nado más de lo que me he propuesto. Nadar podría ser una metáfora de la vida, como nadar rápido y sin constancia podría serlo de la juventud: al principio entras (en la vida, en la piscina), y al final sales. Bueno, en medio está la piscina, el mundo, nadar, esto es lo que hay, uno solo en su calle, acompañado a distancia por otros iguales, pero no idénticos, a ti.

David Hockney

De joven me encantaban las piscinas. Hasta fui socorrista de una de ellas un año de aquellos (cómo me encantaba tontear con las chicas y los amigos debajo del trampolín, corriendo las sillas de tijera para seguir bajo su sombra esos largos días de verano). Nadaba rápido, y me encantaba lanzarme al agua, más que permanecer en ella. A medida que cumplía años me gustaron menos las piscinas. Confieso que me daban, aún me dan, un poquito de asco, aunque el cloro que le ponen podría matar a todos los gérmenes de un pequeño país infeccioso. Me gusta sobre todo nadar en el mar, largas distancias (cruzar, por ejemplo, de Asturias a Galicia –suena a proeza; no lo es, aunque hay que tener cuidado con las corrientes del canal principal), poco a poco fui perdiendo velocidad y convirtiéndome en un fiable nadador.

También me gustan las pozas de las gargantas de la vecina sierra de Gredos, de aguas heladas y limpias, pero ahí más que nadar –las cruzo en cuatro brazadas- se trata de chapuzarse, Jara las adora, como los tramos de ríos remansados.

El mar le da más respeto y no quiere acompañarme. No le gustan los horizontes lejanos.

Quizás hayáis leído el relato de Cheever, El nadador, o la película basada en él, con un Burt Lancaster que va recorriendo las piscinas de sus amigos y vecinos, regresando a casa desde una fiesta resacosa, apenas quince maravillosas páginas. Es una película tristísima; al comienzo luce el sol, al final llueve, al principio es una mañana de verano y sus vecinos le reciben encantados; al final una desapacible tarde otoñal y con propietarios ariscos. La vida.

No, definitivamente no necesito una piscina propia. De hecho, lo prefiero así, con esos jóvenes delfines flanqueándome a ambos lados, la bonita muchacha un poco más lejos, el lento viejo flotando más allá…La vida.


12 comentarios:

Oclock dijo...

Demonios, Lansky. No sé si me sorprende más tu facilidad para noquearme o los madrugones que te mentes, o la actividad que desarrollas. Yo a estas horas apenas puedo más que sujetar un café mientra trato de hacerme con el valor suficiente para seguir.
Besos.

Miroslav Panciutti dijo...

Algo nihilista resulta la metáfora de la piscina. A mí nunca me han gustado y de hecho nadar me aburre aunque hace mucho tiempo no lo hacía mal del todo. No obstante, debería imponerme una rutina similar a la tuya pero me da demasiada flojera; prefiero las caminatas aunque todos dicen que para la espalda lo mejor es esa monótona sucesión de largos. Lo que sí me gustan son los chapuzones en pozas fluviales como la que ilustra el post, pero no las tengo a mano en esta isla de barrancos.

Lansky dijo...

Nunca se me hubiera ocurrido pensar que nadar es nihilista (ya sé que aludes a mi metáfora, pero…), aunque etimológicamente no te falta razón, Miroslav, pero para mí nadar es mucho mejor que guardar la ropa, que es lo que hacen los ahorradores de este mundo. (Y las mejores pozas siempre están en barrancos, que en Gredos llaman gargantas, es decir, en cauces con pendientes pronunciadas, pero el problema en tu isla es más bien la irregularidad de la provisión de agua, escorrentías inesperadas, frente a mis previsibles aguas de deshielo) Mientras nado, pienso, no pierdo el tiempo, lo gano. ¿Es nihilista mi conclusión principal: que no nececesito una piscina propia? ¿qué se hace camino al nadar como dojo Machado, o algo parecido?

O’Clock, los vampiros llevamos el horario que nos peta, amor.(Ya no boxeo, aunque sus gimnasios son los únicos que me gustan, con su olor a linimento antiguo, cuero aún más antiguo y lo mal visto que está mirarse en el espejo para nada que no sea hacer sombra, pero un chavalito me dio demasiado fuerte con protector y todo hace unos años)

José Montalvá dijo...

bonito post;

yo debería nadar, pues me lo recomendó un médico rehabilitador tras una de mis crisis de espalda (stoy herniao)... pero no estoy dispuesto a aficionarme a esto, a mi edad; lo mío es corretear y jugar al tenis, todo ello no muy recomendable, según el mismo médico rehabilitador; pero soy muy cabezota, moriré a causa de mis malas costumbres...

pa mí, madar es demasiao "acuático"; es pa los delfines o las focas; correr es "terrenal", pa perros, lobos o burros, como yo

un saludo

Emma dijo...

Qué interesante post el tuyo Lansky, te estas transformando en un verdadero personaje ante mis ojos!

Anónimo dijo...

Tampoco soy navegante pero navego.

Ahora ya ni navego: aunque nos bañábamos, pocas veces íbamos más allá de los guardamancebos: quizás en la penúltima rolada-galernilla o aquella noche con el sol, la luna por popa, las estrellas fugaces, el viento mínimo por aleta.

Cuando después de semanas en salazón volví a la piscina el agua me sorprendió insípida en los labios. Sigo resistiéndome a enjaular dócil el pensamiento en una ida y vuelta continua entre las muelles corcheras de una vida dulce, higienizada, climatizada (fuiste a brazo a aquella ola a una hora alternando aguaceros, claros, mareas, y en el primer largo cuestionas la terapia ocupacional? bicicleta firmemente estática, cinta breve sinfín girando que no va a ninguna parte. Alargo incluso la ducha salvo al salir de la rompiente del fugaz no pensamiento.

Vuelve a aullar el viento. En esta hora, en este paraje, desatados, oscuros, ni ellos. (Los chavales tienen disculpa por chavales, pero tú y tu espejo de extremidades insensibles y ojos inyectados fuera de lecho en la gélida mañana de este domingo?
Nadie viene a quitarle al mar, ni siquiera los que no saben quitarle (los que menos; los primeros). Nadie viene a echar un polvo al final del asfalto.
Los últimos rayos tiznaron naranja un emparrado de cúmulus-coliflores.
¿Qué brazos los abarcarán cuando llegue la noche?

Te estás haciendo daño. Lo sabes.

Lansky dijo...

O'clock dice que la noqueo, Miroslav me acusa de nihilista, Montalvá me llama foca, Emma, peor: personaje y del Anónimo que toca esta vez, y que no sé si me requiere de amores, mejor ni hablar. Sólo me faltan algunos fijos más para que me acusen de escamoso, piscícola o yo o yo qué sé.

Sí Montalvá: los hábitos deportivos hay que adquirirlos tempranamente (y probablemente dejarlos tempranamente, peor caminar y nadar son cosas que hago desde que dejé de ir a gatas)

Lansky dijo...

"peor", quise decir, "pero"

Chrysagon dijo...

Yo fui practicante de submarinismo en una piscina (para sacarme el título) y debido a llevar gafas de buceo, puede apreciar en sus variantes e ingentes cantidades los cuerpos y fluidos más variados pululando por las aguas... Desde entonces apenas si me baño en dichas construcciones. Pero asquerosidades aparte, la natación es un ejercicio magnífico, y el baño un ritual purificador y gratificante. ¡Lástima no tener esas pozas más a mano!

Vanbrugh dijo...

Venga, Lansky, es inútil que finjas, no olvides que lo sé todo sobre ti: adquiriste tus habilidades natatorias cuando tuviste que escapar a nado de la Guayana, aprovechando la séptima ola, única que traspasaba la barrera de arrecifes. Fue una proeza psicológica, lo reconozco, puesto que tu condena se debió a tu criminal intento de contaminar con salfumán las aguas de la mayor piscina de París, llevado del irracional odio contra la natación que habías contraído en la infancia, cuando tu niñera te obligaba a bañarte todas las noches. Superada tu fobia por ese traumático sistema, pusiste tu recién adquirido talento de nadador al servicio del gobierno francés a cambio del indulto, y así fuiste tú el que le colocó la mina al Raibow Warrior, y vete a saber qué más fechorías habrás hecho, solo de esa me han llegado noticias. De entonces data ese resquemor tuyo hacia los ecologistas que está detrás de tus puyas contra la teoría del calentamiento global.

Ya ves que a mí no puedes ocultarme nada.

El Comandante dijo...

Buena definición de la vida, se parece a una paja: "pa arriba, pa abajo, y al final pa leche"
Saludos.

jordim dijo...

jojo.. vaya peli de Burt..