
Considero conveniente, siempre que sea posible, elegir la patria chica (la grande, mejor prescindir de ella) y hasta a los padres, dándole la vuelta a la dichosa polémica de la ingeniería genética que permitirá elegir los hijos: me parece más interesante la opción inversa. Mi pueblo, por tanto, lo es de adopción, el que elegí para instalarme con mi biblioteca y retirarme a tiempo casi completo cuando me jubile. Lo elegí porque simplemente cumplía todos y cada uno de mis requisitos: es pequeño, unos 480 habitantes, que se duplica con el regreso de los hijos emigrados en las fiestas patronales y el verano. No es monumental, aunque no es feo, con lo que no corro el riesgo de que me fotografíen mientras desayuno en el jardín como le pasaba a un amigo mío que se compró un caserón renacentista en Trujillo. Está cerca (eso sí que es relativo: cerca ¿de qué?: de mí), pero a trasmano, y al pie, de una sierra, la de Gredos, que me gusta mucho, con lo que no lo invaden mochileros ni excursionistas, es la misma regla que al noctámbulo urbano le debe hacer rechazar vivir en los barrios de copas y alterne. Tienen un gran término municipal, que luego describiré, con dos ríos, arroyos, bosques y cultivos, y del propio pueblo parten numerosos caminos, sendas, trochas, cordeles, cañadas, veredas y hasta calzadas romanas y medievales para recorrer a pie.
Gredos es una sierra que permanece prácticamente virgen, al contrario que la vecina y desventurada Guadarrama, porque los pueblos se asientan fuera, en sus bordes, en los valles longitudinales, como el del Tietar, el Alberche o el Amblés, que le escoltan, pero permanece el largo invierno inhabitable en su interior al que solo acceden los nómadas, los cabreros y las puntas de avileñas o de merinas trashumantes, que se aventuran, lo cruzan o permanecen en los agostaderos en verano. Incluso el maldito turismo lo respeta por un afortunado aunque costoso azar; hay en el un paraje, el circo y la laguna grande de Gredos, de fácil acceso, con aparcamientos para coches y una senda peatonal de escasa inclinación, al que acuden como moscas los excursionistas, el resto de los tres macizos, incluido el vecino vallejo de Cinco lagunas está solitario incluso en un domingo de agosto. Gredos es un milagro de soledades comunales, de encuentros distanciados, un paraíso de misántropos y naturalistas huraños, en este país maldecido por el latifundio y la parcelita eso es un milagro. Las únicas construcciones son los neolíticos chozos de pastor de planta circular, muros de mampostería en seco y tejados cónicos de retamas que no han cambiado desde los celtíberos.
Como en los asentamientos de la antigua Roma mi pueblo se extiende y se entiende en varios diferenciados círculos concéntricos. En primer lugar la urbe o polis, el caserío apiñado en torno a la iglesia y el ayuntamiento, sin horrendas nuevas construcciones, pero tampoco, ya quedó dicho, sin elementos del patrimonio especialmente notables (aunque la iglesia tiene unos volúmenes muy nobles y la piedra de granito rubio, una granodiorita de grano grueso dorada, como la salmantina, es preciosa). En torno a él, abrazándolo como un cómodo y útil cinturón, las huertas, que son trabajadas con el mimo autoabastecedor de esos elitistas gourmets que son los campesinos, maniáticos hasta para elegir el peral que da las mejores frutos o esteticistas como para plantar en alternancia coles rojas por su simple contraste cromático. Quien piense en los labriegos como rústicos simplones y pragmáticos sanchopancescos es que no los conoce. Los hortelanos en especial son estetas que siembran variedades por el goce cromático, que tienen gallinas rubias para alternar con las ariscas negras castellanas, no porque pongan más. Es acertado: así van al trabajo con más ganas, a regar el huerto o a dar de comer al ganado y de paso contemplar una pequeña porción de creación con minúscula, "su" creación; se duermen y se despiertan con ganas de volver a empezar. No creo que la pobre y desnutrida planta de la secretaria en la oficina sea tan eficaz a ese respecto. La orla de huertas es además un eficaz cortafuegos en verano, con sus pozos y albercas y su vegetación tan temporal como´húmeda; compárese esta sensata disposición con la absurda de tantas urbanizaciones modernas colocadas en medio de un igniscible pinar con viarios en fondo de saco que son auténtica ratoneras. Ningún campesino está tan loco como para querer suicidarse así de certeramente ni de quemar su propiedad de forma tan inexorable (véanse los telediarios del próximo estío). Andy Warhol dijo en una entrevista que prefería la ciudad al campo, porque en la ciudad hay trozos de campo (Central Park), pero en el campo no hay trozos de ciudad. Se equivocaba, lo hay y muy feos y absurdos: los llaman "urbanizaciones"; en mi pueblo no hay y, lo que es aún mejor, "no hay mercado" para eso.
A continuación viene una orla de olivos, ya más asilvestrados, formando una masa forestal tan útil para las gentes como para los pájaros, y después las extensas dehesas, bosques de frutales –la encina bellotera- aclarados para permitir unos pastizales que se aprovechan a diente por los polivalentes ganados. Finalmente, cuando las pendientes se acusan más cerca de las laderas surge el bosque sin más. Es decir, el "ager", o campo cultivado, el "saltus", o pastizales para el ganado y finalmente, el círculo exterior, la "silva" o bosque más o menos intocado. Hasta el caserío vasco típico está organizado con esos mismos círculos concéntricos romanos. Roma no sólo nos dejó el idioma, la ingeniería y los códigos, sino una organización tan precisa como flexible del propio territorio. Y si uno es, como yo, muy pero que muy elitista y caprichoso en estas cosas llega a la conclusión de que para madera, la del huerto (cerezo, por ejemplo), pero para frutos, los del bosque (¿qué tal unas oronjas?)