30/01/2009

Gregory Colbert

























Lo prometido es deuda. Gregory Colbert es un joven fotógrafo canadiense que me entusiasma. Evidentemente tiene gran competencia técnica, trabajando además con unos modelos tan difíciles, aunque agradecidos, como son los niños y la fauna salvaje. Pero, como en cualquier otro artista o fotógrafo, lo que verdaderamente me gusta de él es su mirada, el “enfoque” que no es el de su cámara, siempre perfecta, sino el de su punto de vista.

Las imágenes de Colbert, pese a su nitidez y la ausencia de montaje –no están trucadas- no son realistas ni documentales, más bien son surrealistas o, por mejor decir, oníricas, y con ellas consigue mostrar, a mi juicio, muchos de los absurdos de esta “civilización” consumista nueva rica que devora todo lo que se le pone por delante y desprecia todo aquello a lo que no puede poner precio; nos señala nexos sagrados, como el que une la infancia con los animales silvestres y que existe ciertamente.

Tienen una frase que me gusta mucho, pues sabe ser lírico no sólo con imágenes ópticas sino también literarias: “al eliminar la diversidad de la naturaleza estamos convirtiendo una orquesta en un tambor”. Exactamente, la metáfora funciona muy bien: en vez de la Filarmónica de Viena, Manolo el del tambor atronando en un estadio lleno de energúmenos. (Conocí a Gregory en las Azores. Encima es un tío alto y guapo)

29/01/2009

De niño descubrí la llave de un universo paralelo

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Hacía tiempo que no sólo sabía leer, sino que era un lector habitual de historias, las de Guillermo y los proscritos de Richmal Crompton, Emilio Salgari, Karl May (escritor favorito del Hitler adulto, pero yo entonces no lo sabía y ni entonces ni ahora me hubiera importado) y en menor medida de Julio Verne, además de los tebeos que hoy llaman comic de Flash Gordon, con las maravillosas ilustraciones de Alex Raymond y El Hombre Enmascarado de Lee Falk. Pero nunca había pensado en los libros de otra forma que la de mundos de la imaginación u obligados soportes de la escuela.

El primer día que descubrí que los libros realmente eran llaves para otros mundos menos imaginarios pero igual de fascinantes lo recuerdo como si fuera ayer mismo. Abrí un tomo de esa enciclopedia temática del arte universal, aún valiosa, que dirigía José Pijoan, hoy sé que un historiador de arte reputado, Summa Artis, concretamente el tomo dedicado al Renacimiento italiano del Cuatrocentto. El volumen era pesado y lo tuve que apoyar en una pequeña mesita que ya usaba de escritorio para mis dibujos. Como siempre miré primero las ilustraciones, que eran muchas e igualmente fascinantes, sólo que no eran dibujos sino fotografías, algunas en color, algo raro en la época, de objetos, pinturas, edificios, estatuas…Luego comencé a leer. Entendía aproximadamente, calculo, un cincuenta por ciento, algunas palabras no las conocía, pero ya entonces me gustaban los diccionarios y fui a buscar uno. A lo largo de los días siguientes lo leí entero. Una lectura impropia de un niño de ocho años, pero cuando concluí ya nada volvió a ser igual para mí. Había descubierto una llave maestra que me abría todas las puertas del universo mundo. Aún lo sigue haciendo y yo, como el lema de Goya, “aun aprendo”.

Hace más de diez años que no escribo ningún libro, casi siempre en colaboración; ahora estoy haciéndolo nuevamente, un proyecto muy personal que me hace mucha ilusión, aunque la edad a la que he conseguido llegar sin ser un completo idiota me hace relativizar el posible logro. Es mi manera de devolver una infinitésima parte de lo que he recibido; algo así como dejar un pequeño montón de leña cortada junto a la chimenea del palacio en el que te han dejado vivir gratis, antes de cerrar la puerta y salir.

[1] Sobre la maravillosa ilustración de Colbert que ilustra este post dedicaré otro a este singular artista, para los que no le conozcáis. Lógicamente, a partir de ahora me prodigaré menos en el blog, pero lo mantendré vivo: os necesito.

Procazmente brillante


Para los que piensan que lo soez y cierta grosería están reñidos con el ingenio, o peor aún, que sólo son exclusivos de esta zafia época nuestra, les ofrezco dos muestras de procacidad del pasado brillante, dos poemas eróticos anónimos de los siglos XVI y XVII. Un placer compartido con vosotros es más placer:

“-Que me quieres, Señor? .-Niña, hoderte.
-Dígalo más rodado. –Cabalgarte.
-Dígalo a lo cortés –Quiero gozarte.
-Dígamelo a lo bobo. –Merecerte.”

Y el otro:

"Adonis, cuando vio llegado el punto
De echar con dulce fin cosas aparte,
Dijo: ‘No ceses, diosa, anda, señora,

“no dejes de mene…, y no dijo ‘arte’,
que el aliento y la voz le faltó junto,
y el dulce juego femenino a la hora.”

Darwiniana, 2: un largo silencio






Darwin se convenció de “el hecho” de la evolución probablemente en la costa argentina plagada de fósiles de especies de mamíferos distintas pero próximas a las existentes en la actualidad en el mismo lugar, como perezosos (pero gigantes), camélidos, etcétera. La llegada, un año después a las Islas Galápagos, donde los llamados pinzones de Darwin (Geospiza spp) formaban una radiación adaptativa, con un pájaro en cada isla o entorno especializado en un alimento distinto y con picos adaptados a esas diferencias, no sólo le acabó de convencer sino que le sugirió la relación obvia, pero escurridiza entre la aparición/desaparición de nuevas especies y el fenómeno de la adaptación de estas al entorno. Con el caso de las grandes tortugas terrestres que dieron nombre a las islas pasaba algo similar, una especialización, muy visible en sus escudos distintos en cada isla y en cada ambiente de cada isla.

A su regreso a Inglaterra, Darwin se casó con su prima, se retiró al campo, inició una carrera como reputado naturalista y guardó silencio durante décadas sobre su descubrimiento hasta que el codescubrimiento de otro naturalista victoriano más joven, Alfred Russell Wallace, que acababa de regresar del archipiélago Malayo con muy similares ideas le forzó, primero, a presentar sus conclusiones en una reunión conjunta con el anterior en la Real Sociedad de Londres e inmediatamente después a la publicación, largamente aplazada, de El Origen de las especies, cuyas primeras ediciones se agotaron de inmediato convirtiéndose en un best sellers de la época.

Darwin no permaneció ocioso en el intervalo entre su regreso del periplo del Beagle y esa publicación. No se le escapaba el revuelo que iba a causar y en cierto modo detestaba la primera linea de batalla de toda controversia (para eso surgió un paladín, el llamado “bulldog de Darwin”, el biólogo Thomas Henry Huxley, abuelo del escritor Aldous y el biólogo Julian). Sus observaciones sobre la selección artificial que los ganaderos realizan para criar individuos más interesantes para sus fines (carneros sin cuernos, vacas con mayor producción de leche, cerdos con más peso) y en especial de palomas, a cuya cría era muy aficionado, le ratificó que el proceso debía ser una selección similar pero no dirigida por el ganadero o el hombre, sino por las condiciones ambientales pertinentes: la selección natural. Algunas lecturas del momento, como las tesis del economista Malthus sobre el crecimiento más acelerado de la población humana frente al más lento de la producción de alimentos[1], le dieron otra clave: las especies producían mucha más descendencia de la que llegaría a adulta (una ínfima parte); sólo los mejores en cada ocasión lo conseguían y a su vez se reproducían; el duro entorno, la competencia por el alimento y otros factores (como la selección sexual de la que se hablará más tarde) se encargaban de eliminar a los más. Y los "mejores" dejaban a sus hijos esos factores que les habían concedido esa ventaja reproductiva siempre temporal (ni una palabra sobre "la lucha por la vida" que acuñó un reaccionario darwinista social que Darwin repudió).

(Continuará)
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[1] Existen buenas ediciones en castellano de esta obra de Malthus, Ensayo sobre el Principio de la Población (1798), por ejemplo en Alianza Editorial

28/01/2009

Darwiniana, 1: Darwin en 2009






El último trabajo publicado por Charles Darwin, dos semanas antes de morir, fue la descripción de una diminuta especie nueva de molusco bivalvo, un diminuto mejillón de agua dulce que iba prendido de una pata de un escarabajo acuático. Se lo había enviado un zapatero y naturalista aficionado apellidado Crick, abuelo de un tal James Crick que un siglo después, junto al norteamericano Watson publicaría en Science su revolucionario artículo sobre la molécula de ADN que soporta la información de la herencia de todos los seres vivos del planeta. Se había cerrado un círculo, porque lo que Darwin esencialmente ignoraba y hubiera necesitado saber es la naturaleza exacta de la herencia y la posibilidad o imposibilidad de heredar los caracteres físicos adquiridos durante la vida del individuo en su relación con un entorno dado.

En este año se cumplen 150 desde que Darwin publicara probablemente el libro más famoso de la ciencia o al menos de la biología, el conocido abreviadamente como El origen de las especies, y 200 desde su nacimiento en 1809. De la trascendencia de su contribución, que no fue proponer la evolución de las especies frente a la inmutabilidad del relato de la Creación del Génesis (ya había numerosos antecedentes, desde los presocráticos a Lamarck, pasando por su propio abuelo Erasmus Darwin), sino un modelo explicativo de esos cambios temporales de los que surgirían nuevas especies y desaparecían otras: la Selección Natural, baste acordar con el genetista Theodosius Dobzhansky que toda la moderna biología, hasta sus últimos avances, sería hoy incomprensible si no es en el marco de su teoría, tan confirmada una y otra vez en lo esencial como retocada una y otra vez en sus detalles, cada día más perfectos.

Por ello, considero tan recomendable celebrar las dos efemérides haciéndose con sus dos libros fundamentales, el mencionado Origen de la especies, en alguna de las buenas ediciones que han surgido por tal razón (por ejemplo, la muy primorosa y bonita de Espasa Calpe) y su Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo (también en Espasa Calpe), pero además sería conveniente acudir a algunos de los excelentes trabajos modernos que dan cuenta del estado de la evolución biológica moderna, completado con alguno de las buenas biografías y ensayos históricos de su esencial descubrimiento.

Algunos de mis placeres presentes o previstos















































































27/01/2009

Belleza y bondad




Parte de la mejor literatura que conozco es moralista o hecha por moralistas. Ahora bien, un moralista auténtico no es un señor que nos da la vara diciéndonos cómo tenemos que comportarnos. No suele hacerlo. Un moralista es simplemente alguien con talante filosófico que sabe percibir las implicaciones éticas que tiene cualquier suceso por amorfo o inane que parezca: es una forma de mirar sutil, no conminatoria. Y es muy difícil de practicar bien.

El huitlacoche son unos pequeños hongos parásitos de la mazorca del maíz. Es el caviar indígena en algunas zonas de México. A la planta además le sienta estupendamente que le quiten al incómodo huésped indeseado. En cambio, el caviar auténtico, las huevas de la hembra de esturión es un estipendio despilfarrador parecido a matar un toro para comerse sólo sus testículos, las criadillas. Lo exquisito también enfrenta el despilfarro al ahorro y el Norte al Sur geopolíticos.

Hay larga tradición histórica de usar o hasta provocar las minusvalías humanas en provecho de ciertas actividades exquisitas. El caso más conocido es la castración de niños para preservar su agudas vocecillas en ciertos registros que ni un contratenor puede alcanzar en el canto. Pero hay más casos, desde cortar los tendones de aquiles de ciertos esclavos que realizan actividades sentados (para que no escapen), o los famosos eunucos de las cortes orientales o los emasculados en las persas, hasta casos más desconocidos o menos públicos, como el de los “frates barbari”, hermanos bárbaros, que eran monjes analfabetos encargados de los archivos y sellos de la documentación diplomática y confidencial entre estados. En una época que no había fotocopias y el papel escaseaba era un buen sistema.

Pierre Bonnard, un impresionista no tan famoso como los Renoir, Degas y Manet, pero que a mí me parece exquisito era además de un moralista, un perfeccionista obsesivo. Por ello retocaba continuamente sus cuadros, que nunca daba por terminados. El problema es cuando vendía uno –tuvo éxito en vida- o, peor aún, cuando lo adquiría un museo. Entonces se presentaba con un cabo de pincel y una pequeña paleta ocultas en la ropa y cuando no miraban los vigilantes, espectadores y bedeles, daba una pincelada acá, iluminaba con un toque de luz allá. Un economista al uso jamás entendería que alguien hiciese eso con un artículo ya colocado en el mercado.

La exquisitez no es servir champán en orinales de plata, como un servil francés colaboracionista hizo con un general alemán durante la ocupación de París en los cuarenta del pasado siglo. Además el general lo rechazó con un gesto de asco. En cambio, era exquisito el modo de liar sus cigarrillos con picadura negra –cilindros perfectos y acabados- el cura párroco de mi pueblo. Es exquisito el gesto burlón y amistoso con el que me recibe en el bar de la plaza mi amigo “Güipi”; lo es el modo de secarse la frente con la manga el hortelano y el gesto de frotarse las manos antes de empuñar el azadón, lo es el fraseo jazzistico de los estorninos que me desintonizan la antena de TV del pajar y la vibración sutil de las brizas de los prados al menor atisbo de viento.O el modo en que Jara alza una sola oreja cuando siente que su ama se aproxima a la puerta, el modo en que el musgo tapiza las hendiduras de las marmitas de gigante de los bolos de granito.

Todo esto no sé muy bien a qué cuento viene, pero creo que viene a cuento de que no conozco ni un solo caso de exquisitez inmoral. Quizá por eso jamás le encontré la gracia a Sade. Lo bueno es hermoso, y viceversa.

26/01/2009

Opiniones contundentes


(Para mi amigo Julián)


Flaubert no sabía sobre las mujeres mucho más que cualquier hombre, es decir, muy poco. Sin embargo, se permitió la famosa frase de “Emma Bovary soy yo.” Además en mi parcial juicio (no le he leído en su lengua original) se ha quedado profundamente anticuado; a la inversa de Stendhal que declaraba ufano que escribía para lectores del futuro, y tenía razón.

Julio Verne no anticipó nada que no estuviera ya prefigurado en su tecnológico siglo. Sus personajes, además, carecen de emociones: ni se enamoran ni mueren ni viajan como verdaderos seres humanos. Tengo que concluir que Verne no se creía a sus propios personajes.

Emilio Salgari jamás viajó fuera de Italia; aún así sus viajes y aventuras por todos los continentes poblaron mis fantasías de modo muy eficaz.

Balzac era un mirón burgués que escudriñaba con verdadera indecencia en las vidas de los pobres. Aún así, eso no resta un ápice la virtud que tenía de escandalizar a los burgueses como él y de esbozar retratos fidedignos de toda una época.

Víctor Hugo era un plasta. Imposible de leer hoy, diga lo que diga Vargas Llosa

Juan Benet, santo patrón de los críticos de este país (hubo un momento que se le enfrentó, como alternativa, nada menos que todo el brillante boom americano de los Vargas, García Márquez, Onetti, Donoso y demás) es un pésimo novelista autor de magníficas páginas.

Etcétera.


Una editorial acaba de rechazar –y es un caso repetido, para él y para otros- el manuscrito de un amigo mío. Temo que esté hecho polvo y que no se dé cuenta de que las editoriales son negocios, como las mercerías, que los editores son hombres de negocios, como los constructores, salvo excepciones que no vienen al caso y que son siempre tildados de “amateurs”. Y simplemente: por la razón que sea, estos hombres de negocios, que están ahí para hacer dinero con su negocio, que son los libros, opinan que mi amigo no les va a hacer ganar dinero, pero él cree que han opinado y mal sobre su arte con las palabras.

Tempus fugit


El sabio lo es con su tiempo.

De la obviedad de que disponemos de un plazo limitado de tiempo antes de morirnos, todos, no se suele deducir otra conclusión para mí evidente: que administrar bien ese tiempo es la condición primera de una vida plena, sabia.

Se trata en primer lugar de saber que el tiempo es oro en el sentido casi opuesto al del liberalote enunciador de la dichosa frase; puesto que es valioso, no cambiemos nuestros tiempo por dinero, sino, siempre que podamos, compremos con el dinero lo más importante: tiempo para nosotros, tiempo para perderlo, que es ganarlo. Entregar nuestro tiempo limitado, repito, para obtener dinero con el que adquirir artículos (¿bienes?) de consumo más o menos superfluos, colgarse al cuello la rueda del trabajo, aunque sea bien remunerado no es muy sabio.

Después de reconocido lo anterior, se trataría de administrar sabiamente ese tiempo limitado en el día a día. Por ejemplo, una de las formas más letales de perderlo o despilfarrarlo no es durmiendo, como creen algunos acelerados semejantes, sino ver la tele. Me refiero a verla indiscriminadamente, a encenderla, zappear y ver lo que te echen. Pero, en cambio, uno puede adquirir (con tiempo en forma de trabajo) una de esas series de pago de la HBO, como los Soprano o Wire y vérselas poco a poco cuando y como uno decida. Al fin y al cabo lo chicos de David Chase y demás hacen el mejor cine norteamericano actual y son los dignos sucesores de los Scorcesse y Coppola de hace dos décadas. Es lo mismo que oír el hilo musical o ponerte cuando y como quieras unas sonatas de Beethoven.

Por cierto, noto casi angustiado que se van jubilando mis libreros: Jesús, Miguel, Luis, Chita; y otros, Mario, Enrique los pierdo la pista, así que ahora no tengo no digo mentores, pero sí esos amigos con los que dialogaba sobre mis o sus descubrimientos. Mis últimos “descubrimientos” son decepcionantes para los asiduos del último grito de los suplementos culturales: Herodoto, la segunda parte de El Quijote (siempre me gustó más que la primera), los dramas de Shakespeare, Montaigne, Las mil y una noches (en la edición de Cansinos Assens) y, ya contemporánea, la prodigiosa Antonia Byatt. Y los Soprano, dignos de ese Shakespeare y hasta de un Sófocles. Hay que tener en cuenta que en la trayectoria de un lector arraigado, como es mi caso, se va sucediendo el explorador y el cartógrafo, exactamente igual que en la historia de los descubrimientos geográficos, el primero va descubriendo, ríos, lagos, picos, cordilleras y el segundo las coloca en relación con los demás accidentes en el mapa. Ahora bien, hay lectores tan alocados y asistemáticos (me niego a llamarles “anárquicos”) que jamás logran dibujar un mapa para situar en él sus hallazgos, siempre andan perdidos y por eso siempre andan descubriendo mediterráneos. Conozco algunos que son incluso críticos de prestigio.

Los biólogos lo saben, en el tiempo lo importante son los ritmos, las secuencias. Una última cosa sobre el uso del tiempo que deberían apuntarse los jóvenes (lo supieron de niños, pero lo olvidaron de recién estrenados adultos): las partes más agradables de la vida –lo tengo muy comprobado- no se basan en el cambio, sino en la repetición placentera, las rutinas deseadas, Eso sí, con dosis de cambios esporádicos que no sólo no impidan la monotonía, sino que acrecientes el gusto por volver a la rutina sin destruir la costumbre.

En resumidas cuentas y olvidándose de la evanescente felicidad que es demasiado escurridiza, pero pensando en lo simplemente agradable y autocompasivo. Un hombre es verdaderamente libre cuando dispone de dos condiciones necesarias aunque quizá insuficientes: un mínimo espacio suyo y confortable y tiempo, su tiempo, y a la vez –y está condición suficiente pero dificilísima- es libre de pensar por su cuenta y no limitarse a repetir las consignas que oye por ahí. Resumo con un caso práctico: como esta mañana está lloviendo y hace viento me quedo leyendo en la cama hasta tarde. (Ojalá)

23/01/2009

Mi pueblo




Considero conveniente, siempre que sea posible, elegir la patria chica (la grande, mejor prescindir de ella) y hasta a los padres, dándole la vuelta a la dichosa polémica de la ingeniería genética que permitirá elegir los hijos: me parece más interesante la opción inversa. Mi pueblo, por tanto, lo es de adopción, el que elegí para instalarme con mi biblioteca y retirarme a tiempo casi completo cuando me jubile. Lo elegí porque simplemente cumplía todos y cada uno de mis requisitos: es pequeño, unos 480 habitantes, que se duplica con el regreso de los hijos emigrados en las fiestas patronales y el verano. No es monumental, aunque no es feo, con lo que no corro el riesgo de que me fotografíen mientras desayuno en el jardín como le pasaba a un amigo mío que se compró un caserón renacentista en Trujillo. Está cerca (eso sí que es relativo: cerca ¿de qué?: de mí), pero a trasmano, y al pie, de una sierra, la de Gredos, que me gusta mucho, con lo que no lo invaden mochileros ni excursionistas, es la misma regla que al noctámbulo urbano le debe hacer rechazar vivir en los barrios de copas y alterne. Tienen un gran término municipal, que luego describiré, con dos ríos, arroyos, bosques y cultivos, y del propio pueblo parten numerosos caminos, sendas, trochas, cordeles, cañadas, veredas y hasta calzadas romanas y medievales para recorrer a pie.

Gredos es una sierra que permanece prácticamente virgen, al contrario que la vecina y desventurada Guadarrama, porque los pueblos se asientan fuera, en sus bordes, en los valles longitudinales, como el del Tietar, el Alberche o el Amblés, que le escoltan, pero permanece el largo invierno inhabitable en su interior al que solo acceden los nómadas, los cabreros y las puntas de avileñas o de merinas trashumantes, que se aventuran, lo cruzan o permanecen en los agostaderos en verano. Incluso el maldito turismo lo respeta por un afortunado aunque costoso azar; hay en el un paraje, el circo y la laguna grande de Gredos, de fácil acceso, con aparcamientos para coches y una senda peatonal de escasa inclinación, al que acuden como moscas los excursionistas, el resto de los tres macizos, incluido el vecino vallejo de Cinco lagunas está solitario incluso en un domingo de agosto. Gredos es un milagro de soledades comunales, de encuentros distanciados, un paraíso de misántropos y naturalistas huraños, en este país maldecido por el latifundio y la parcelita eso es un milagro. Las únicas construcciones son los neolíticos chozos de pastor de planta circular, muros de mampostería en seco y tejados cónicos de retamas que no han cambiado desde los celtíberos.

Como en los asentamientos de la antigua Roma mi pueblo se extiende y se entiende en varios diferenciados círculos concéntricos. En primer lugar la urbe o polis, el caserío apiñado en torno a la iglesia y el ayuntamiento, sin horrendas nuevas construcciones, pero tampoco, ya quedó dicho, sin elementos del patrimonio especialmente notables (aunque la iglesia tiene unos volúmenes muy nobles y la piedra de granito rubio, una granodiorita de grano grueso dorada, como la salmantina, es preciosa). En torno a él, abrazándolo como un cómodo y útil cinturón, las huertas, que son trabajadas con el mimo autoabastecedor de esos elitistas gourmets que son los campesinos, maniáticos hasta para elegir el peral que da las mejores frutos o esteticistas como para plantar en alternancia coles rojas por su simple contraste cromático. Quien piense en los labriegos como rústicos simplones y pragmáticos sanchopancescos es que no los conoce. Los hortelanos en especial son estetas que siembran variedades por el goce cromático, que tienen gallinas rubias para alternar con las ariscas negras castellanas, no porque pongan más. Es acertado: así van al trabajo con más ganas, a regar el huerto o a dar de comer al ganado y de paso contemplar una pequeña porción de creación con minúscula, "su" creación; se duermen y se despiertan con ganas de volver a empezar. No creo que la pobre y desnutrida planta de la secretaria en la oficina sea tan eficaz a ese respecto. La orla de huertas es además un eficaz cortafuegos en verano, con sus pozos y albercas y su vegetación tan temporal como´húmeda; compárese esta sensata disposición con la absurda de tantas urbanizaciones modernas colocadas en medio de un igniscible pinar con viarios en fondo de saco que son auténtica ratoneras. Ningún campesino está tan loco como para querer suicidarse así de certeramente ni de quemar su propiedad de forma tan inexorable (véanse los telediarios del próximo estío). Andy Warhol dijo en una entrevista que prefería la ciudad al campo, porque en la ciudad hay trozos de campo (Central Park), pero en el campo no hay trozos de ciudad. Se equivocaba, lo hay y muy feos y absurdos: los llaman "urbanizaciones"; en mi pueblo no hay y, lo que es aún mejor, "no hay mercado" para eso.

A continuación viene una orla de olivos, ya más asilvestrados, formando una masa forestal tan útil para las gentes como para los pájaros, y después las extensas dehesas, bosques de frutales –la encina bellotera- aclarados para permitir unos pastizales que se aprovechan a diente por los polivalentes ganados. Finalmente, cuando las pendientes se acusan más cerca de las laderas surge el bosque sin más. Es decir, el "ager", o campo cultivado, el "saltus", o pastizales para el ganado y finalmente, el círculo exterior, la "silva" o bosque más o menos intocado. Hasta el caserío vasco típico está organizado con esos mismos círculos concéntricos romanos. Roma no sólo nos dejó el idioma, la ingeniería y los códigos, sino una organización tan precisa como flexible del propio territorio. Y si uno es, como yo, muy pero que muy elitista y caprichoso en estas cosas llega a la conclusión de que para madera, la del huerto (cerezo, por ejemplo), pero para frutos, los del bosque (¿qué tal unas oronjas?)

torpeza


"A veces hay cierta desenvoltura en la torpeza, más grácil que la propia gracia"


Barbey d´Aurevilly



La frase supra la tenía apuntada Degas en su cuaderno de bocetos.


Propósito inviable: resucitar a Degas y llevarle al cine a ver Billy Elliot; le gusta, fijo.


Sobre Jules Barbey d´Aurevilly: fue un periodista y escritor francés del XIX, parisino hasta la médula, como suele decirse. Hoy sería conocido como autor de Las Diabólicas, pero en su día lo fue mucho más e influyó en casi todos sus contemporáneos, escritores y artistas. Practicaba el dandismo, los duelos feroces y los artículos denigrantes (una cosa lleva a la otra) aún más feroces. También las novelas melodramáticas con argumentos demoniacos, como la mentada

Jules influyó en Ruben Dario -cosas del Cid- a través de su poema Le Cid Campeador ("Cuenta Barbey, en versos que bien valen su prosa,un hazaña del Cid, fresca como una rosa, pura como una perla (...)"
La citada película me emocionó hasta las lágrimas. Era una cinta en estado de gracia, empezando por el torpón, pero tenaz protagonista infantil que, como en el cuento del patito feo, se convierte en un atlético y portentoso joven bailarín rodeado de bellezas femeninas llenas de gracia, venga a nosotros ese reino ¿Hay mayor recompensa a esa tenacidad para un varón heterosexual? (Aseguro que mi entusiasmo por ese film no tiene nada que ver con aquella novieta bailarina, más loca que las cabras, que tuve en mi lejana juventud)



22/01/2009

Pesimismos (6):Liberales, no en mi nombre




El liberalismo conservador, que es el que gusta por aquí[1] a las derechas, no deja de ser un oximoron. “Aquí” son liberales con el dios mercado, pero tremendamente conservadores con un atributo de ese mismo liberalismo: el respeto a las decisiones morales privadas de cada cual. Y aquí no, nuestros liberales no sólo creen obligatorio el mercado, sino el aborto (obligatorio), la eutanasia (obligatoria), la enseñanza laica (obligatoria) y de ahí que se opongan a ellas, porque las creen obligatorias, digo yo, porque si no se entiende. La única libertad que parecen admitir de buena gana es la de enriquecerse a costa de lo que sea y de quien sea, y como esos otros libertarios decían, “no hay fortuna inocente”, precisan mostrarse inocentes en todo lo demás y en especial en el sexto mandamiento. Como señalaba el otro día Fernando Vallespín, se trata de fomentar la impulsividad egoísta pero instalando una suerte de sistema de frenada basado en lo que ellos llaman “valores tradicionales”. De acuerdo, la mujer del César es puta, pero además de no parecerlo está obligada a traficar con stock options, esclavos o lo que sea, y sólo así será una buena liberal (conservadora)

¿Doble moral? O triple, cuádruple, la que se necesite. ¿Hipocresía? Bueno, la sinceridad es un valor de los ingenuos y la gente joven. Lo que no pueden tolerar es que se trastoquen los términos de su ecuación: solidaridad social e intervencionismo equilibrador y regulador en lo económico, liberando las cuestiones éticas personales. No, eso es volver a los sesentayochistas que trajeron el caos al mundo, ¡por favor! Es el mercado el que nos traerá mágicamente la paz, la justicia, el respeto a la mujer y al medio ambiente y el fin del hambre en el mundo, y si no lo creen lean a Vargas Llosa (no sus novelas, que paradójicamente dicen otra cosa, sino sus sermones en prensa)

En realidad si se lee a los clásicos liberales, empezando por Adam Smith, no se encuentra por parte alguna ese desprecio a lo colectivo ni esa adoración del lucro egotista y egoísta. No sé si lo inventaron, supongo que no, porque personajes así, salvando las distancias cronológicas, se encuentran en Dickens, por ejemplo, pero Thatcher y Reagan, los papas de esta revolución conservadora, fueron además de todo los demás, unos usurpadores de la etiqueta liberal. En cuanto sus seguidores de aquí, sólo son ignorantes. El problema es que la ignorancia sumada a la codicia que les es propia y connatural forma una mezcla más explosiva que la dinamita y por eso han estado a punto de dinamitar el mundo entero, incluidos sus paraísos privados y sus clubes de golf, con ese asunto del gran vacile financiero. La ley y el orden, de momento, sólo se la aplican a las pobres madres que no les queda otra que intentar abortar. ¡Qué cosas, ¿no?! “Zombis nómadas de la sociedad del yo” los llama el filósofo Sloterdijk. Las manos no son invisibles, pero sí impunes, y se meten en nuestros pobres bolsillos; Smith decía que eso terminaría por sentarme hasta bien.



[1] “Aquí” y ahora es España.” La "mano invisible del mercado" es una frase hecha tan famosa como "la lucha por la vida" o "la supervivencia del más fuerte"; frases que jamás pronunció ni escribió Charles Darwin, pero sí un payaso y lector sesgado de su obra.

Y aún, entoavía, más

















De arriba a abajo:

Una pluma cubierta de rocío de la mañana junto al río (probablemente, una rectriz de ganso silvestre Anser anser)

Mi apuesta compañera de fatigas (sarna con gusto...)

Galapernas o matacandiles (Macrolepiota procera), la mayor en promedio de las setas comestibles (exquisitas, con un toque a nuez que me encanta)

Un pozo con abrevaderos en lo más recóndito de una dehesa (modestas infraestructuras, ingeniería a escala no sólo humana sino ovejuna)

El hongo yesquero saprófito de la madera muerta; esto es, de donde sacaban la yesca los antiguos: parte de un mechero gratuito

Y más...





Jara, un alcornoque y...otro
El final manriqueño del Guadyerbas
Los más guapos de la dehesa

De este otoño-invierno























(Para Cigarra, la fotógrafa)
De arriba a abajo:
Soto con chopos.
Alcornoques descorchados y "limusín" comparten la capa castaño rojiza
Quejigos
Pozos por doquier
Paola y Jara en el patio
Botín setero (lamayoría son lepiotas o galapernas)
Caballos en la dehesa
Yo y jara






















21/01/2009

No sólo se hace camino al andar, salvo que lo hayan hecho otros muchos antes



De mi pueblo parten, al margen de la pequeña carretera local de acceso, que yo recuerde seis caminos de distinta importancia y longitud. Este que muestro en la foto es el más importante, porque aunque los lugareños le llaman "el cordel", es decir, una vía pecuaria medieval de La Mesta de segunda importancia, se trata sin embargo, del ramal occidental de la Cañada Real Leonesa que, atravesando el puerto de El Pico, como paso obligado entre las dos vertientes de Gredos y compartiendo en ese tramo ascenso-descenso la espléndida calzada romana, viene de los agostaderos de los Picos de Europa y las Sierras de La Cabrera leonesa para llegar hasta las dehesas extremeñas de Coria.

El sistema de cañadas mesteñas es más parecido a una red orgánica, venosa, que a una infraestructura viaria, pues contiene variantes, alternativas para años secos o húmedos que finalmente van a parar a los mismos sitios, pero la idea es compensar bioclimáticamente ambos extremos geográficos y climatológicos de la Península, entre los "agostaderos" de las tierras altas y norteñas y los invernaderos de las dehesas del llano y el sur, haciendo dos viajes al año en las estaciones de transición, en uno u otro sentido. Muchos de estos tramos se hacen ahora en camiones o ferrocarril, con los mismos ganados de entonces, la oveja merina de lana y la dura y rústica vaca avileña. Os aseguro que ver en marcha un rebaño, una "punta" de varios miles de ovejas, con sus pastores, zagales, ramadanes, caballos y mulas con la impedimenta, perros de carea y de defensa (mastines) es todo un espectáculo y no hay que viajar al otro extremo del globo para contemplarlo, basta con estar advertido del momento de su paso. Las vías pecuarias, de menor a mayor importancia, conforme a su anchura, se clasifican en cañadas (reales), cordeles, coladas, veredas, sendas y callejas. Las cañadas tienen un ancho de 90 varas de marco castellano, algo más de 70 metros, como esta que muestro; los cordeles, la mitad, 35 metros, etc. Como los ganados deben alimentarse conforme avanzan, las cañadas son en realidad verdaderos pastos alargados, con abrevaderos, viejas construcciones (esquiladeros, cantinas, chozos, etc.) Una joya que tuvo su auge en la Edad Media de los Trastamara, pero alcanzó en vigencia el siglo XIX y que aportó a este país una economía más real que los expolios de la plata y el oro de América. Ahora nuestras merinas pastan por cientos de miles, mejoradas genéticamente en Australia o las Malvinas y Patagonia. Son caminos medievales, con portazgos, pasos y puentes, pero son con certeza de origen prerromano, así que cuando las legiones atravesaron el país también trazaron sus calzadas por los mismos lugares que las viejas cañadas. Os va a sorprender, pero aún perduran unos 125.000 kilómetros, con una extensión similar (recordad su impresionante anchura) a una provincia como Murcia, que van de norte a sur del país en tres grandes sistemas, el leonés es el más occidental; el resto está oculto bajo el asfalto de muchas carreteras o cubierto por nuevas "selvas" del abandono, porque sí, se hace camino al andar y, sobre todo, se mantiene sólo si se usa.

El tramo que muestro discurre por un bosque adehesado, sabaniforme o de tipo "parque", de encina, alcornoque, roble rebollo y quejigo, con perales silvestres y majuelos, sobre un pasto que es un jugoso majadal de trébol subterráneo y poa bulbosa, un festín para los herbívoros, y vacas y ovejas comparten la mesa con el ciervo y el jabalí. A la izquierda de la imagen, el tributario embalsado del Tietar acoge patos, grullas, cormoranes, gansos silvestres, fochas, milanos, avefrías, limícolos, garzas, cigüeñas (incluida la rara negra) y así hasta un centenar de especies distintas. Los grandes árboles de la foto son alcornoques, uno de ellos, al fondo, ha caído en una tormenta reciente y Jara me mostró impaciente la hura de una gineta que había quedado al descubierto

Más sobre la plaga del turismo





Siguiendo con lo del turismo. En 1904, con diecinueve años, el poeta norteamericano Ezra Pound, el de los cantos, el antisemita y futuro admirador de Mussolini, por lo que fue represaliado y encerrado en manicomios, concedía su admiración a algo más admirable: la poesía provenzal. Consideraba que tras la eclosión clásica de los griegos, estos representaban la continuación del hilo de la moderna civilización occidental (al contrario que los judíos, que eran para él una anomalía; extraño que un poeta de su talento no apreciara ese maravilloso libro de libros que es la Biblia). El caso es que le atraía mucho la Francia del XII y la Italia del XIII. Si Atenas definía la civilización, la Provenza del Quatroccento la redescubría. Vida, arte e impulso religioso constituían un poderoso motor al que solo detendría, según Pound, las persecuciones papales que marcarían el comienzo de los tiempos oscuros.

Así que el poeta hizo un viaje en 1912 a pie y en tren por esos territorios admirables y nutricios de la cultura: seguía el paso de los trovadores: Poitiers, Angulema, Périgueux y Limoges; luego Uzerche, Souillac, Sarlat, Cahors, Rodez, Albi, Toulouse, Foix, Lavenalet, Quillan y Carcasonne, finalmente Béziers. Ningún circuito turístico actual ofrece por fortuna ese recorrido que podrían anunciar como trovadoresco. El poeta se proponía utilizar el viaje para recopilar material para un libro de viajes y de historia cultural que llamaría “Gironde” y que nunca, desgraciadamente, llegaría escribir, aunque se conservan sus diarios y notas en la universidad americana de Yale.

Lo que Pound suponía es que no podría apreciar cabalmente su admirada poesía provenzal sin haber recorrido los mismos caminos y visto los mismos paisajes que esos poetas. Pero hay un problema; en esa espléndida poesía, cuya lectura recomiendo como una de las cumbres del siglo XII y XIII, no figuran detalles de esos paisajes ni de esos territorios recorridos por andarines con el laúd a la espalda. Antes al contrario, los poemas de estas inquietas gentes están llenos de bellas mujeres, de pájaros y flores, pero son aves genéricas, flores simbólicas, emblemas de la mujer en abstracto, no hay detalle ni concreción. Son como esas pinturas de la misma época que pintaban paisajes inventados con montañas cónicas y ríos serpenteantes que es inútil intentar buscar en la realidad geográfica. Como dice Coetzee, sabemos lo que los trovadores debieron ver, pero no sabemos lo que vieron.

Hace una década escasa, ese mismo Coetzee, al que adoro, hizo ese mismo viaje, esta vez no tanto tras las huellas de los trovadores como tras los pasos de Pound. Punto por punto y en bicicleta el Nobel sudafricano siguió el itinerario del norteamericano y con pareja intención: ver lo que vio Pound, pero, tampoco se sabe lo que vio este, no figuran esos detalles en su poesía igualmente espléndida. Las de Pound son vistas arbitrarias: un pozo, un portillo, una tapia de una huerta, la indicación de un camino a ninguna parte (léanse sus Cantos).

¿Hace falta que diga cómo ha cambiado la naturaleza del turismo desde 1912? No sólo es que entonces se viajara en transatlánticos con baúles de viaje, en trenes que eran mansiones rodantes y en hoteles que eran microcosmos del cosmopolitismo. La idea de Pound de seguir los pasos de los trovadores, como la de Coetzee de seguir los de Pound, o la mía de seguir los de Coetzee ha perdido importancia a medida que el mundo no sólo ha cambiado drásticamente, sino de que se ha confundido la historia y sus escenarios por la recreación de la historia y sus simulacros. El extremo de eso son los horrendos parques temáticos que burdamente caricaturizan, como en un plató de Hollywood, la vida de los vikingos, los piratas o los señores feudales. Las disneylandias para adultos infantilizados e ignaros. La única ventaja de emprender un itinerario así es el propio itinerario y el hecho de que quizá sea sólo uno en kilómetros a la redonda el que está rindiendo justo homenaje a los grandes muertos, a la inversa que los hacinados autobuses de turistas que fotografían las murallas de Carcassone, ignorando que son una recreación de Viollet-le-Duc. Y sin embargo, sentí a Coetzee, sentí a Pound y ahí, muy al fondo, sentí el laúd del trovador. O quizá fuera un mirlo.



Lecturas


Ezra Pound, Cantos

J.M. Coetzee, Diario de un mal año

R. Ménendez Pidal: Poesía juglaresca

20/01/2009

De turistas y maltratadores


Es sabida mi animosidad contra el actual turismo de masas, Por un lado, es lo opuesto a viajar (los anglosajones distinguen muy bien entre “tourist” y “traveller”; el segundo sólo lleva billete de ida), por otro, forma parte de la banalización actual del mundo y contribuye poderosamente a la fealdad de ese mundo y de los propios deambulantes turistas (Me cuentan que el responsable de una catedral muy visitada colocó un cartel a la puerta explicando que “esta instalación” no tiene piscina, así que se rogaba abstenerse de visitarla en bañador) por cierto, Ernst Junger veía las catedrales como fósiles encerrados en nuestras ciudades como sedimentos tardíos. En cambio, las iglesias de pueblo son especimenes vivos, aunque sobresalientes, como bisontes o uros entre las casas-ovejas. Por eso se les hace sitio en la plaza despejada.

Volviendo a las formas del viaje. No se trata tanto del destino como del talante, y menos ahora que te ofrecen “paquetes” para visitar a los gorilas de montaña o al orangután en Borneo, o hacer descensos por aguas bravas en el Colorado. En cambio, una característica del verdadero aventurero, no sé si lo habéis notado, más que el arrojo, es el don de saber entablar conversación con extraños, como los reporteros y a la inversa que los turistas, que se reservan, precisamente, para ellos mismos el papel de extraños –como “chancho en un columpio”, dicen en Sudamérica; como “pulpo en una garaje”, en estos pagos-. Como seres sociales y domésticos en casi todos los grupos humanos sólo ingresamos si alguien nos introduce en ellos, pero el aventurero, como el ligón por otra parte, es un ser no social, individual hasta el extremo, que se arregla sólo con su propio talento, como cualquier robinsón. Ponerse en contacto dos extraños, para conversar o para follar, es por ello el recurso novelesco y aventurero por excelencia.

En los pueblos pequeños, como el mío, los jóvenes y los niños llaman “tío” a cualquier hombre mayor. No es sólo por el intrincado entramado de parientes, sino porque en estos sitios la gente aún sabe que todos los hombres son hermanos (o tíos), aunque, como los hermanos, no siempre se lleven bien entre ellos.

En la tienda Paola se ha encontrado con el pastor alto con el que siempre me cruzo en el camino Real. “Veo mucho a tu padre” –le ha dicho. “Es mi marido”, le ha replicado calmosamente Paola, y se ha reído por dentro mientras cruzaba miradas pícaras con la tendera, que está al cabo de la calle. El pobre hombre ha recogido deprisa sus paquetes de tabaco y se ha ido azorado. De joven me gustaban las mujeres mayores que yo, como a tantos, supongo. Luego, al revés, como a tantos otra vez, pero en Paola no pienso en términos de edad o su diferencia; es demasiado singular (¿única?, dejemos eso a los líricos) y daría igual si fuera una anciana, aunque no diré que no agradezca yo las tetas duras y las nalgas prietas, pero sé que no va a cambiar lo más importante: sus ojos retadores y su acogedora, hospitalaria sonrisa. La primera vez que me sonrío así me sentí exactamente igual que la rana del cuento que se transforma en príncipe (de hecho me llama “principeso”, y a Jara princesa). Y no acaban ahí sus virtudes. Tiene talante de campesina, como se nota cuando acaricia a los caballos o cuando recoge los higos en un cuévano. Con ella podría contar, si fueran otros tiempos, para fundar una dinastía o repoblar un territorio vacío, construir una cabaña y cultivar la tierra. O sea, para mi es “la mujer”, el antídoto a mi congenita poligamia (todos los varones la padecen, de alguna forma, pero los hipócritas no lo admiten y los golfos alardean de ella: dos formas opuestas, pero idénticas de idiotez). Un grado más allá de la fidelidad, que no deja de estar contaminada de sumisiones y derechos de propiedad, es la lealtad, tan noble que permite el orgullo. Habría que explicar este orgullo, esta sensación de don inmerecido a los maltratadores; sobre todo, a los bobos que practican la variante de baja intensidad, a los que hacen de menos a sus compañeras, “qué sabrás tú, anda calla”, pero creo que son tan idiotas que no aprenderían. A los otros, a los violentos, habría que encerrarlos con homosexuales agresivos, que para mi tengo que son los hiper machos, puesto que consideran al resto de los hombres como potenciales hembras sumisas. Así podrían revisar sus ideas de machitos de medio pelo.

19/01/2009

Regreso


Regreso

El mito del eterno retorno no se refiere a que los funcionarios siempre terminan por volver de vacaciones, no al lugar del crimen, sino del lugar del crimen, pero, en fin.

Regreso de muy lejos. Mi cabeza y sus sentidos lo notan. Si como dice el buen Javier Rioyo –un intelectual antipedante, especie en extinción- la civilización no se mide con la cantidad de luces que incitan nuestra pulsión por las compras superfluas, entonces vengo de un lugar muy salvaje. Alejado de esa “civilización” o en otra que en cambio se mide por la capacidad de comprender al otro, de valorar el silencio y la oscuridad cuando anochece (anochecer, amanecer: si la Tierra es redonda y da vueltas, eso depende del punto de vista, ¿no os parece?); junto a los que consideran un privilegio poder elegir estar solo, a veces. Donde no hay anacrónicos obispos seguidores de Torquemada en las calles, sino curas de pueblo que se lían los cigarrillos a mano, ni rebajas, ni millones de watios colgando por encima y los regalos tienen el aroma a leña y al aire de las nieves. Civilizados tiempos sin rebajas ni Barajas. “Inteligencia, soledad en llamas” dice un verso de José Gorostiza.

Para un huraño como yo, mantenerse lejos de los tocapelotas es ya un verdadero descanso. Son los que yo llamo placeres por omisión, como quitarse un zapato que aprieta: no entrar en los grandes almacenes, no jugar con las máquinas tragaperras, no oír música estúpida, no encender la tele, no tratar con necios, no escuchar el discurso de navidad del Borbón. Todos placeres sencillos, aunque a veces tan arriesgados como los positivos: el wisky de malta y el tequila reposao, el jazz en los tugurios, los baños en las pozas de deshielo en Gredos, las marchas agotadoras con las solas substancias euforizantes de unas mandarinas aromáticas y el entusiasmo incansable de Jara, el despilfarro carbónico de la chimenea (donde más siento el efecto invernadero es en las rodillas, pues), las charlas con los cabreros, el avistamiento de aves sin otros ornitólogos cerca, caminar por un cordel medieval de merinas, dejar el cocido borboteando al fuego: la tapa bailando al ritmo de las escobillas de Art Blakey.

Como voy andando a casi todos los sitios, por caminos que no transitan coches, salvo las pequeñas y vetustas motos de algunos pastores, el espacio se dilata y, por tanto, el tiempo. Es por eso este universo de mi retiro a la vez recóndito y extenso, más grande y diverso que el que atraviesan las autopistas. Habito un paraíso no sólo al margen de la fealdad moderna y vulgar, sino un tiempo viejo, más sensato y reposado, como tequila añejo.

Soy profundamente elitista, lo que excluye la mayoría, aunque no todos de los placeres que simplemente se pueden comprar. Soy vanidosos profundo, no presumido, o sea, orgulloso, es decir, que me importa demasiado mi propio dictamen y demasiado poco el de la mayoría de los demás. Y encima, arisco, una joya: “dale una máscara a un hombre y dirá la verdad” sentenciaba Oscar Wilde.

Charlas a la puerta de la taberna con Toño y Güipi; no hay problema: me caen bien los chulos al igual que detesto a los idiotas engreídos. La diferencia es muy sutil y no conviene pertenecer a ninguna de las dos categorías, aunque yo me incluyo en la primera a mi pesar. Y ahora estoy de vuelta y como reza un verso “più nessuno mi porterà nel sud”; hablo del Sur como metáfora, claro, como el sur de Los Mares del Sur o la otra cara de la luna. Allá he dejado a gentes que siguen el ciclo de las estaciones no con el ropero sino con la siembra o la llegada de las aves. Ya saben, la dichosa felicidad: no se trata sólo de querer lo que se tiene en vez de tener lo que se quiera, sino de contemplar lo que se "tiene" como si no se tuviera. Llegas a casa y te encuentra una mujer preciosa, inalcanzable de puro deseable; algo tan precario y tan precioso…tientas la suerte, y la tienes, por un rato. Os cuento todo esto a vosotros no para daros envidia, sé que tenéis vuestros refugios y paraísos. Es simplemente que a la rana de una fuente no le puedes hablar del océano, y esto está lleno de ranas que croan que han esquiado mucho...