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26/02/2009

Informe sobre el ser humano para una academia marciana: el naufragio como metáfora


"El hombre es, en efecto, el más cruel de los animales. Hasta ahora,
como más feliz se ha sentido en la tierra ha sido asistiendo a tragedias,
corridas de toros y crucifixiones; y cuando inventó el infierno, he aquí que
éste fue su cielo en la tierra."
Nieztsche. Zaratustra, El convaleciente.



Señores marcianos, Muy Srs míos:


El Homo sapiens (125.000 años), primero fue Homo habilis (dos o tres millones de años); pues bien, necesitamos ser más “sapiens” y más “habilis”

Los dos agentes más importantes en la creación y transformación del paisaje de este planeta son la geología y el hombre. Este último ha venido aumentando su capacidad transformadora hasta equipararse en algunos casos a las fuerzas telúricas. La piedra y la mente. El hombre, un ser vivo en continuidad con el resto de la biosfera, como enseña tanto el hecho evolutivo como el genoma, se adaptaba inicialmente al medio, pero muy tempranamente utilizó su principal singularidad evolutiva: su neocortex hipertrofiado, que le permitía prever el futuro hasta cierto punto –ya veremos en qué grado- , es decir, las consecuencias de sus acciones y recordar y almacenar en forma de memoria éxitos y fracasos de esas mismas acciones. Eso le permitió prescindir de la rigidez de las conductas pautadas y pre programadas que se conocen como instinto a favor del aprendizaje transmisible no por la genética sino por la cultura. Cultura conectada pues a ese cerebro peculiar y a su combinación con una manos que podían no sólo asir objetos, sino manipularlos cuidadosamente gracias al pulgar oponible al resto de los dedos; manos destinadas en exclusiva a esa tarea de precisión por la postura bípeda que les liberaba de la locomoción. Un tercer “invento”, el lenguaje, que complementaba la memoria, la transmisión de pensamientos complejos y el aprendizaje, completó un tridente que explica en gran parte el éxito de nuestra especie y su dominio sobre el planeta.

Hoy el ser humano es capaz de crear lagos y ríos artificiales, colinas (a menudo de desechos), perforar montañas y habitar viviendas con ambientes regulados e independientes relativamente de las inclemencias del entorno. No es capaz de crear cordilleras ni controlar y ni siquiera prever con antelación satisfactoria terremotos, erupciones y variaciones del clima, aunque los modifica inadvertidamente. Ha conseguido, sin embargo, desarrollar y en parte controlar fuerzas increíbles, como las explosiones nucleares, capaces de destruir el planeta por completo. Finalmente Prometeo se ha desencadenado. No obstante, no controla más que de forma rudimentaria las dos fuerzas más relevantes que operan en la Tierra, la radiación electromagnética proveniente del sol y la gravedad.

Las propias fuerzas telúricas de un planeta geológicamente activo, responsables de los movimientos tectónicos, orogénicos, volcánicos y sísmicos, escapan a su control, manipulación o simple previsión. Pero el humano como agente transformador tienen una singularidad muy especial: su velocidad. Los hombres en el planeta no son parásitos o predadores del resto de la biosfera como señalan toscas metáforas auto inculpadoras, pero tocan en una orquesta sinfónica a ritmo de rock. A eso se le denomina "histéresis"; es decir, la geología actúa a lo largo de millones de años, como la propia evolución biológica, la geomorfología a lo largo de milenios, que señalan también los cambios en el clima, los suelos y la vegetación. El hombre actúa a veces en “tiempo real”, días o incluso horas. Esa falta de acomodo en el ritmo transformador se agrava por sus limitaciones en su “inteligencia” predictiva sobre sus propias acciones. Parece que el Principio de Cautela no se incluye en nuestro bagaje mental.

Con el desarrollo tecnológico, el único en el fondo en que es apreciable la noción absoluta de progreso (y no sin contrapartidas, las que impone la propia naturaleza con sus procesos de suma cero: lo que se gana por un lado se pierde por otro), se ha perdido la que podríamos denominar “cultura de los límites”: no todo lo que se puede hacer se debe hacer. Y tenemos en conjunción con lo anterior un problema de escala para aguantar los cambios bruscos. Me explico. La sociedad humana está ahora más preparada que nunca en la historia para amortiguar los cambios de cierto grado, como sequías "locales" que antes inevitablemente conducían a inaniciones y hambrunas, pero, en cambio, cada vez es más vulnerable a los cambios de una escala mayor. Por ejemplo, los terremotos afectan mucho más a las modernas sociedades urbanas llenas de infraestructuras que a las antiguas sociedades agrarias de hábitat disperso. Es bueno pensar en la metáfora del barco pequeño y el gran buque. Ante una marejada o una simple tormenta en el mar el buque estará más preparado que el pequeño barco para sufrir los embates del oleaje, pero si este llega a sobrepasar ciertos límites el buque grande perecerá mientras que el pequeño barquito podrá flotar como un corcho entre esas montañas de agua, y sobrevivir.

Se abusa mucho al hablar de los problemas medioambientales globales de metáforas náuticas truculentas, desde el “buenismo” de la verdad a medias de “todos estamos en el mismo barco” (Un bangladesí opinará que ni siquiera está en el mismo océano que los estadounidenses ricos, pero sí, de acuerdo, aunque unos viajan en camarotes de lujo y otros hacinados en las sentinas, y eso no deja de ser cierto aunque el barco se hunda y aunque la orquesta no deje de tocar) o la del bote salvavidas.

Y como animal político, los problemas ambientales no son en esencia “ecológicos” sino también políticos, y no son problemas entre una especie, el hombre, y el resto natural, la biosfera, sino conflictos entre grupos humanos o entre grupos humanos y otros organismos por los recursos limitados del planeta. No afectan pues tanto a la supervivencia del planeta en cuanto a tal (aunque sí a su “foto fija” actual, con osos y tigres, para entendernos), como a la supervivencia de nuestras sociedades tal como son ahora: transformadoras, despilfarradoras y envenenadoras del entorno.

El humano tiene una inteligencia de enorme capacidad reduccionista. Es capaz de aislar un problema y detectar una solución, pero ante los problemas complejos, “holísticos” esa disgregación analítica no funciona sino que proporciona soluciones en falso, como la de considerar que los problemas que genera el uso de tecnología (contaminación, por ejemplo) se solucionan con más tecnología (filtros anticontaminantes); es decir, propician una huida hacia delante. Y delante está el precipicio. Puede que esa mente humana, ese cerebro hipertrófico, sea como los desmesurados cuernos del ciervo Megaceras que le impedían movimientos en el bosque o esos colmillos de sable de algunos felinos prehistóricos: un estorbo fatal. Estamos muy mal dotados para relacionar problemas aparentemente distantes y a evaluar consecuencias de nuestras acciones más allá de las más inmediatas. Eso explica tanto los desastres medioambientales como el escaso progreso ético frente al científico técnico.

Tenemos que enseñar en la escuela menos auto flagelaciones sobre cómo se extinguen por nuestra culpa los osos panda y las secuoyas y explicar mejor que los tréboles de los prados ingleses están relacionados con los naufragios. Los tréboles, una pequeña leguminosa que salpica la “hierba”, están polinizados por los abejorros del género Bombix, cuyos nidos son destruidos por los ratones de campo (Microtus) que son cazados por gatos; el número de gatos, está demostrado, se relaciona con el de mujeres solas de avanzada de edad que en parte los mantienen y en parte los dejan vagar a sus anchas por el disperso hábitat rural inglés, que a su vez son viudas y en un imperio náutico como la Inglaterra victoriana, las viudas lo son…de marinos que naufragaron. Ergo: las viudas están relacionadas con la abundancia de tréboles.


¿Traído por los pelos? Pues hala: a aprender a traer las cosas por los pelos, los rábanos por las hojas y los gatos, de tres o más pies, con las viudas vecinas de los delicados prados ingleses. Un rábano agarrado por las hojas se agarra más delicadamente que desenterrándolo con una excavadora, que es lo que hemos venido haciendo hasta ahora. Y estamos dejando agujeros muy gordos.

La historia se entiende como historia humana. Si echamos cuentas, en sólo el siglo XX los muertos por mano humana pasaron de cien millones. Es la historia humana pues una historia de acuchillamientos y violaciones; lo confirma cualquier manual de historia universal; como señala Terry Eagleton -del que hablaré en otro post- “un enano cabo corso conquista una buena porción del globo, mientras que un loco campesino georgiano elimina a millones de sus paisanos”. En este mundo tan peculiar la riqueza de los tres hombres más ricos del mundo juntos es igual a la suma de la riqueza de los 600 millones más pobres y, por increíble que parezca, al menos 200 niños mueren cada hora en los países más pobres. Desde muchos puntos de vista no hay una sino dos humanidades; un 80 por ciento aproximadamente de la población mundial vive con el 20 por ciento de los recursos, sean estos energía, alimentos, madera, agua, cemento o derivados férricos como el acero; en tanto que el 20 por ciento restante, los países ricos o desarrollados, consumen el 80 por ciento; estos últimos, a su vez se dividen entre los que creen que el futuro va a ser muy parecido al presente, sólo que con más de todo ("integrados" en la nomenclatura de Umberto Eco) y los muy concienciados ("apocalípticos"), que proclaman la necesidad de salvar el planeta (que no está especialmente amenazado, pero en una metonimia habitual y ya cansina confunden la parte, su modelo de sociedad, con el todo, este mundo) si no queremos tener un futuro lleno de precarias calamidades; el otro grupo mayoritario vive ese futuro ya, en tiempo presente. Pero no hay que abrumar con cifras, creo con Borges que lo que le pasa a un hombre nos pasa a todos los hombres. Marx era un optimista tan irredento que escribió que la historia era un mal sueño, pero creía que esa pesadilla contenía también la posibilidad de despertar. Aunque también es optimismo fatal la creencia de que el capitalismo conseguirá finalmente alimentar a la humanidad, ya que no está diseñado para eso y las desigualdades no son un efecto indeseable, sino parte del sistema.

Nada humano me es ajeno y como Heisenberg creo que el observador modifica inevitablemente lo observado. Quiero decir que no me interesa lo más mínimo la naturaleza sino es en relación con el hombre, esto es, conmigo. Pero puede también suceder que, en nuestra suprema soberbia, no sepamos que la Historia del Mundo no tienen porque ser la historia de los hombres, que sería sólo una perspectiva significativa pero limitada; puede, por tanto, que la historia del mundo sea la de los mirlos conquistando las ciudades de esos mismos hombres o, aún más probablemente, las de las bacterias que primero fueron y seguirán siendo tras nuestro efímero paso. En cualquier caso esta es una generalización y ya se sabe: lo general tiene tantas presunciones de certeza como excepciones, porque la verdad, sea lo que sea, reside en los detalles y matices y esto que habéis leído está trazado con el lápiz grueso de un boceto y no con la pulcra plumilla fina del miniaturista.
Atentamente, suyo servidor
Lansky

25/02/2009

La hermosa excepción del yiddish





“Mucho antes de comenzar a escribir –en realidad, en mi primera infancia- me
formulé la siguiente pregunta: ‘¿Qué distingue a un ser humano de otro?’”
( I.B. Singer: Amor y exilio)

Dos amigos judíos se encuentran en la calle. Uno de ellos va llevando del brazo
a su anciana madre: - ¡¡Hola Itzik !!, ¡¡Cuánto tiempo que no te veio...!!. ¿Qué
es de tu vida?. - Pues aquí estoy con mi madre, que la pobre se quedó sorda y
ciega... - ¡Cuánto lo lamento, Itzik...!. Y dime, ¿la estás llevando al médico?
- ¡¡No, no!!. La acompaño para que le corten la luz y el teléfono.
(Chiste popular yidish de Buenos Aires)



Ver una lengua como sólo un sistema de comunicación es un reduccionismo ingenuo. La lengua es la patria auténtica, si tal cosa existe, el ecosistema en el que habita el ser humano. Hablo de la lengua materna; las aprendidas, aunque el bilingüismo semeje perfecto, es simple muestra de adaptación a otro medio ambiente. Y ahí reside otra clave: la lengua identifica, discrimina, incluso dentro de un mismo idioma; clases sociales, regionales, laborales, de grupos de edad o la misma hampa se identifican entre sí y excluyen al otro. Así funcionan las jergas, los argot y las germanías. Pero también, aunque incurramos en el tópico, las lenguas tienen especializaciones (quizás explicaciones a posteriori de lo que son hechos consumados): el alemán y la filosofía, el provenzal y la comunicación cortés, el inglés y los negocios o la ciencia…

Sin embargo, por circunstancias más propias de los avatares de sus hablantes que de las propias lenguas, las hay en las que domina esa voluntad de cauce de comunicación y las hay en las que domina la identificación, que implica inevitablemente exclusión del otro. Lenguas que son grandes ríos y otras que son macizos montañosos. Es obvio que las lenguas mayoritarias y exitosas, como el inglés o el castellano, pertenecen al primer grupo, y de ahí que se segreguen en su amplio interior dialectos sociales para asegurarse esa identificación o seña de identidad. Y las hay, casi siempre minoritarias –aunque no todas las pequeñas lenguas funcionen así- que han hipertrofiado esas banderías, como el vascuence (eusquera) o el aymará, frente al castellano y el quechua, respectivamente.

No obstante, el anterior esquema simplista se quiebra con casos como el yidis o yiddish. Los judíos son un caso aparte entre los pueblos; integrados dentro de muchas naciones durante siglos, permanecieron sin embargo como grupo culturalmente identificable con lengua y religión propia.
Los judíos europeos estaban integrados por dos grupos bien diferenciados, los meridionales, expulsados de España por el decreto de Granada de los Reyes Católicos y afincados en el norte de África y Oriente Próximo y Europa Oriental (Turquía, Bosnia, Grecia, Macedonia y Bulgaria), los conocidos como sefardíes, que hablaban una variante del castellano de la época con adiciones de otras lenguas habladas en la Península, como el provenzal, el gallego portugués, el catalán, y el aragonés, el llamado ladino o judeo español (denominación esta más técnica que asumida por sus hablantes que la denominaban simplemente “espanyol” o “judezmo”) y el grupo de judíos centroeuropeos, nunca expulsados, aunque frecuentemente marginados en guetos y sujetos principales del exterminio nazi, los asquenazí. Son estos últimos los hablantes de yiddish (en su grafía inglesa) o yidis.

La singularidad del yidis reside en su historia más reciente: frente al hebreo, por el que ha apostado con firmeza el estado de Israel y en su detrimento, es un lenguaje laico, proletario y vanguardista, mejor dicho es el lenguaje que utilizaron muchas de las vanguardias artísticas europeas y revolucionarias, interesadas además en el arte popular. A principios del pasado siglo lo hablaban once millones de personas, desde el occidente de Rusia hasta Bélgica y desde Copenhague a Venecia. El yidis es una lengua de raíz germánica, un alemán “creolizado” con contaminaciones hebreas y eslavas y, como el mencionado quechua a lo largo de los Andes o el suahili en África oriental, un vehículo de comunicación si fronteras, y sin controles estatales ni académicos; es decir, como señalaba Andrés Pérez refiriéndose a una exposición vigente en el Museo del Judaísmo de París, un ‘reguero de pólvora ideal en tiempos de vanguardias revolucionarias’. Este idioma del lumpen judío, laico y vanguardista era el de artistas como Chagal o Ryback y de premios noveles como el norteamericano Isaac Bashevis Singer, que a la inversa que otros celebrados judeo americanos como Roth o Bellow, que optaron por el inglés, siempre escribió en esta lengua minoritaria y extensiva a la par.

Fue primero la Alemania nazi y luego, paradójicamente, el sionismo las que asestaron golpes mortíferos al movimiento yidis, pues judíos son los principales perseguidores actuales de esta lengua. De aquellos once millones hoy sólo se mantienen unas 200.000 personas en escasos feudos desperdigados por el propio Israel, Europa, Estados Unidos y Buenos Aires y con un centro en París, donde mantiene su nobleza vanguardista. En Israel en concreto está mal visto, si no perseguido, considerándolo un rival serio del hebreo, la lengua oficial del estado. Curiosamente estos laicos encontraron en el judaísmo ultraortodoxo unos inesperados aliados, ya que estos consideran al hebreo como un idioma sagrado, bíblico que no debe ser usado en los asuntos mundanos y en la vida corriente. En las ferias del libro y eventos culturales que se celebran en Israel se veta sistemáticamente la literatura yidis. Su origen laico, incluso pagano, campesino y a la vez proletario, vanguardista y popular, plagado de jugoso humor negro no está bien visto por el poder. Pero aún lo hablan judíos polacos, rusos y bielorrusos y hasta parisinos. Un auténtico tesoro de la mejor cultura europea y un vehículo eficaz contra todo autoritarismo

24/02/2009

Rodin en Madrid

(Foto Rodin en Madrid: Milagros Gª Navarro)
"El arte no reproduce lo visible. Lo hace visible"
Paul Klee


Los típicos y al parecer inevitables por reiterados delirios municipales a veces tienen efectos benéficos, eso sí: insospechados. A Rodin, que había estado moldeando para la fábrica de Sèvres, le encargaron la Puerta del Infierno para un supuesto Museo de Artes Decorativas que nunca se hizo. Rodin esculpió un gigantesco Dante en pelotas y actitud meditativa. El Dante de Rodin está muy cachas, cada músculo y tendón a la vista, tenso y a la vez relajado; ¿cómo es posible?, no lo sé, hay quien dijo que el poeta está meditando sobre su propia obra. Nunca se encaramaría al tímpano de la citada puerta del inexistente museo. Refleja lo que de activo tiene el pensamiento; un cuerpo convertido en cerebro, se ha escrito.

En realidad a Rodin le impulsó un escándalo. Recién llegado de Italia, pasmado por la obra de su predecesor Miguel Ángel, se dio a conocer con “La edad del bronce”, cuya exposición en Bruselas y luego en París provocó la acusación de que el escultor había moldeado sobre modelos vivos.

Si en estos días de anticipo primaveral caminas por el Paseo del Prado madrileño hacia Atocha, verás en el retranqueo de este Paseo con la calle de la Alameda y la del Cenicero al grandioso Pensador posado en su pedestal. Préstamo de los franceses y cortesía de una Caja de Ahorros. Para empezar hay más verdad en el ángulo de esa muñeca doblada para sostener el poderoso mentón que en todos los diarios de sesiones de las vecinas Cortes. Por aquellos “entonces” el arte no glorificaba tanto la libertad del artista –que cuando es tonto, como sucede a menudo, tan sólo es su capricho: la libertad para mostrarse idiota o banal- , sino más bien la búsqueda de la emoción a través de la verdad y la belleza. El pensador emociona, sobrecoge, y salvo las gentes armadas de cámaras de fotos que ignoran que hay a la venta soberbias postales, la gente calla o baja la voz, se emociona y sobrecoge. Juro que Jara alzó la vista, se sentó sobre sus cuatros traseros y levantó las orejas en señal muda de respeto.

El gran formato, estos gigantes, con el que trabajaban artistas como Miguel Ángel o Rodin es engañoso. Tiene desde luego la ventaja de no mostrar muñecos más o menos exactos o “bibelots” ridículos como esa violetera que colocaron un tiempo en el arranque de la Gran Vía y que es a la verdadera escultura lo que la zarzuela que pretendía homenajear a Bach. Pero el gigantismo no asegura grandeza; no hay más que fijarse en los horrendos hieratismos de Juan de Ávalos del Valle de los Caídos (hora es ya, entre estos paréntesis, de recordar que en realidad se llamó Valle de Cuelgamuros hasta que el franquismo lo cambió en la posguerra) más propios de un juego de rol para quinceañeros. Pero El Pensador, como El David o El Moisés no sólo son grandes sino que tienen grandeza. Por cierto, es interesante constatar cómo funcionan las influencias en los verdaderos artistas, porque Miguel Ángel influyó mucho a Rodin, pero en tanto que aquel trabajaba devastando, eliminando, como un picapedrero o un cantero, Rodin, aunque fuera en bronce, trabajaba por acrecencias, como un amasador de arcilla, como un alfarero

El arte en la calle, que es donde debe estar en el caso de estatuas pensadas para la intemperie, se ha convertido en una imposición molesta. Se retiran estatuas de plazas y calles y se trasladan a otras a conveniencia o capricho del edil de turno que trata a la ciudad, en lo pecuniario como si fuera su monopoly privado y de sus amigos, y en lo artístico como un ama de casa hortera que cambia de sitio los jarrones.

El Pensador se impone, incluso a su propio motivo, ya no es El Dante. Y funciona en la ciudad como un menhir megalítico en un páramo: creando un recinto sagrado, siendo un hito, una advertencia.

“Si he llegado a ver más lejos que otros, es porque me subí a hombros de gigantes” escribió Newton. No intentéis hacer lo mismo con El hombrón de Rodin que, por cierto, me recuerda mucho al dibujo acuarela de Newton que realizó William Blake por algo más que lo obvio: ambos musculosos desnudos y pensantes Bajen la voz y alcen la vista, dense un paseo si viven en Madrid o vengan aposta porque la retiran el primer día de la vera primavera, el 22 de marzo.

23/02/2009

Mi horario




Como hay lectores del blog que se quejan de no tener tiempo de leer los libros que recomiendo (siempre desde mi ingenuo entusiasmo, que por fortuna no he perdido) voy a dar aquí mi horario mágico para sacar tiempo para leer mucho y, de paso, una recomendación: dejar de leer blogs, se pierde mucho tiempo.

Duermo seis horas al día, las duermo muy bien, pero no más, al cumplir ese tiempo me despierto automáticamente.

Leo otras seis horas, lo que me da una media de cinco libros a la semana, también leo revistas en diversos idiomas que domino con gran mediocridad.

Hago ejercicio unas tres horas al día (nadar y caminar), aunque los fines de semana más (grandes caminatas) y levantamiento de peso (cambiar libros de sitio, retejar, arreglar la tapia de mampostería en seco)

Escribo unas tres o cuatro horas. Publicar en el blog me lleva una media hora.

Eso me deja hasta las veinticuatro cinco horas que no tengo ni idea en qué empleo, pero supongo que son para:

-Ensimismarme (las musarañas, Crocidura russula, son nocturnas y apenas las puedo mirar)

-Mirar cosas (por la ventana, el jardín, la gente, bichos)

-Hacer el amor a mi mujer y a mi perra. A mi perra, manoseándola, agarrándola las orejas, palmeándola, estrujándola, haciéndola cosquillas en la barriga; a mi mujer, manoseándola, haciéndola cosquillas en la barriga, estrujándola, etc.

-Cocinar, hacer la compra, “robar” de los huertos de conocidos, tareas domésticas.

-No cojo el teléfono, no tengo móvil, no veo la tele (salvo DVDs), tardo diez minutos en mis duchas, y cinco en defecar satisfactoriamente, cinco en limpiarme los dientes y cortarme las uñas y recortarme el bigote.

Ah, se me olvidaba, también tengo que ir a “trabajar”, pero ese tiempo se solapa con el de leer y escribir. En el trayecto de casa al curre empleo diez minutos caminando, y es que me entretengo charlando con el quiosquero de la prensa y el tabaco y además el semáforo no me pilla justo enfrente. Sábados y domingos no “voy” a trabajar, porque trabajar, lo que se suele entender por trabajar, no trabajo casi nunca, o sólo en mis placenteras cosas. No olvidéis que “trabajo” deriva etimológicamente del romano “tripalium” un instrumento de tortura en forma de silla triangular donde amarraban al prisionero; así que si te gusta tu trabajo, o eres masoca o no es trabajo.

Coda: ya sabéis que aquella frase hecha de “cuesta un riñón” hace tiempo que es literal; es decir, que los pobres venden (y otros se los compran) riñones y otros órganos para transplantes. Como bien dice Enric González, antes se pagaba a los pobres por su trabajo o su cuerpo, prostitución, y ahora también, pero por partes para transplantes, pero además ahora se les paga por su dignidad y por su intimidad, como a esa lamentable muchacha inglesa, con dos hijos, una enfermedad terminal y carne de Gran Hermano, que ha vendido la exclusiva de su boda y posterior muerte en directo; creo que la subasta va ya por los dos millones de euros. Cuando algún ministro cazador subaste el dedo índice con el que aprieta el gatillo de su rifle exterminador de ciervos igual lo compro, para que con ese dinero mejoren la administración de justicia (ahora entiendo que se les dé tan bien eso del "levantamiento de cadáver").

20/02/2009

Ministros y jueces cazadores





No tengo nada contra la caza en España. Ni a favor. Hace mucho tiempo que la desproporción que implica cazar animales en un territorio fragmentado como el nuestro y con un armamento sofisticado que en el caso de la caza mayor roza la inapelable perfección (miras telescópicas, infrarrojos, sensores de movimiento, amortiguadores de vibraciones) convierte esta actividad en algo muy alejado de lo que en tiempos se entendía por cazar y que en la mayoría de los casos consistía más en localizar y perseguir a la presa que en abatirla. Esos primeros y al parecer enojosos trámites que hacían emocionante el lance y obligaban hasta cierto punto a una comunión con la naturaleza de rango parejo al animal cazable se han eliminado. Es, por poner una comparación, como llamar “guerra” a la agresión implacable de una poderosa potencia militar de una pequeña franja hacinada y prácticamente desarmada o armada con trastos artesanales. Sí, la podemos llamar así, pero a condición de no confundirla con la guerra europea del 14 o la Segunda Guerra Mundial en donde ejércitos poderosos de poderosas naciones se enfrentaron.

El asunto consiste en que unos individuos de raigambre urbana, en cualquier caso rural ya no; de poder adquisitivo relativamente alto (el equipamiento y los gastos fijos son altos), reservándose el uso y disfrute exclusivo de grandes extensiones de terreno y disfrazados de comandos chechenios o de marqueses terratenientes con “loden”, encuentran esto: matar un hermoso animal sin posibilidad alguna de evasión, un ejercicio placentero y hasta un deporte. Deporte, salvando las abismales distancias, podría ser lapidar adúlteras, pues hay que lanzar la pesada piedra (pesada pero no mucho, para que dure más la tortura) lejos y con precisión; pero nadie lo considera así. En cuanto a actividad placentera, francamente, creo que si así les parece a los que la practican, pues no lo harían si no es así, es porque algo no funciona muy bien en ellos, la empatía con el animal que matan para empezar. O sea, que es un tema de la psicopatología del ocio de esas gentes, como el botellón o el vandalismo de fin de semana, pero aparentemente más prestigioso.

En España, repito, los beneficios de la caza son dudosos. De un lado, hay que reconocer que si se conservan todavía extensos territorios poco transformados o “naturales” es en parte porque son fincas dedicadas a la caza. Pero cuidado, si se tuviera la costumbre de ahogar niños recién nacidos en las playas, como control de la natalidad (seguro que los obispos protestarían menos, porque parece que su prioridad son los no natos cuanto más embrionarios, mejor), y se precisara intimidad y por tanto que no estuvieran los arenales urbanizados, sería difícil argumentar que el infanticidio es beneficioso, porque salvaguarda de la codicia del ladrillo nuestro litoral.

El otro argumento usual, más empleado incluso, es científicamente falso: que se precisa la acción humana de cazar para eliminar la sobre abundancia que se daría de esos animales. La autorregulación funciona siempre, repito siempre, y sí puntual y temporalmente no lo hace y no se nos permite el lujo de esperar que las cosas vuelvan a su cauce, entonces deben ser personal técnico preparado para seleccionar y eliminar los individuos “sobrantes”, y no unos urbanitas diletantes; siempre teniendo en cuenta que el animal más perjudicial y peligroso en el campo es el propio hombre. El último argumento, que la caza genera empleos y rentas difíciles de obtener en ciertos terrenos es cierta, y poco apreciable en el conjunto del Estado.

Pero confieso que mi principal repulsa es de orden estético (o lo que viene a ser lo mismo: ético; sí, lo mismo). Me resulta hortera, desagradable, lamentable, esa imagen de hermosos animales tendidos a los pies de unos señoritos con carrera que siguen confundiendo la cultura con la privilegiada y pesada tenacidad de sacar unas tediosas oposiciones. Esa imagen de altos cargos nominalmente de "izquierdas", hermanados con caciques y terratenientes de los de "toda la vida", los aleja ética y estéticamente de sus supuestos ancestros republicanos , habituales de tertulias y poetas. Cuando veo el espectáculo de una montería (o, como es el caso que viene, de un ojeo de perdices) siempre me viene a las mientes Alfredo Landa haciendo de perro en Los santos inocentes. Y siempre me pongo de parte de los ciervos. Por lo menos llevan los cuernos a la vista.

Pensamientos al hilo de una foto


Me gusta esta foto, empiezo a acostumbrarme a encuadrar con la pantalla posterior y sin el visor típico de las réflex. El alcornoque, rojizo por el descorche reciente, y la sierra nevada al fondo, Gredos tras las últimas copiosas precipitaciones, están conectados. Sin embargo, la afirmación “todo está conectado con todo” con ser cierta no significa casi nada; es un aserto del mismo rango casi de “todo el mundo es bueno” o “Dios lo ve todo”; eso, desde luego, no es ciencia, aunque pueda ser conciencia (o no), ni es holismo, el enfoque de la complejidad en su totalidad (Holos: todo, lo completo) después de dos siglos de rotundos éxitos de reduccionismo no peyorativo, es decir, de reducir las cosas o los fenómenos y procesos a sus partes abarcables y analizables (lisis: romper, dividir).

El alcornoque (Quercus suber) está unos dos mil metros más bajos que la máxima altura de los neveros del fondo y a unos 40 kilómetros en línea recta. El alcornoque se encuentra en una dehesa arbolada y llana, junto a la ribera de un afluente del Tietar que nace en esa lejana/ cercana sierra –primera y obvia conexión, la misma del encuadre de la foto- en la que dominan las encinas (Quercus ilex), parientes de los alcornoques algo menos numerosos y con los que en ocasiones hibridan, por aquí los llaman “mestos” o “meztos”, esto es, “mixtos”. Además del agua que nutre el subálveo freático en el que hunde sus raíces un árbol que necesita más humedad constante que la encina (y no olvidemos que para los dos especies llueve aquí lo mismo, es decir, nunca a gusto de todos: poco para el alcornoque, casi de más para las encinas), además de eso, digo, el suelo arenoso –franco arenoso en argot de edafólogo- en el que se enraiza proviene de la descomposición de la roca granítica de la vecina y más elevada sierra. Entre las cumbres acuchilladas por la macrogelifracción del hielo (la acción de este para introducirse en la grietas y diaclasas del granito en forma líquida y aumentando de tamaño al congelarse romper la piedra) y la depresión sedimentaria de la submeseta norte –la cuenca del Tajo- se tiende una suave parábola, más pendiente cuanto más elevada, que va dejando rodar los materiales que se desprenden del macizo cristalino hasta el llano. Lógicamente, los elementos más grandes, como los grandes bolos, se depositan más cerca de las cumbres, en tanto que los medianos, pequeñas rocas, cantos rodados, lo hacen más lejos, y las arenas, limos y partículas finas son las que llegan más lejos, ya en el llano. El mismo río también transporta y da forma a los elementos que acarrea y que yo mismo recojo, cantos rodados, porque son bonitos.

La bellota del alcornoque no puede germinar y hacerse un árbol si no cae en el terreno apropiado; por ejemplo, si cae al pie de su “madre”, donde la propia sombra y competencia del árbol adulto le impedirá medrar y además donde tendrá más probabilidad de ser comida por roedores como los lirones u otros mamíferos como los jabalíes o incluso domésticos como los propios cerdos o las cabras. Pero, si se la traga entera una paloma torcaz o un pequeño córvido como el arrendajo, al ser aves, animales sin dientes, pasarán enteras a la molleja, un depósito anterior al estómago, donde unas pequeñas piedrecillas que el animal ingiere ex profeso harán de abrasivo para la dura corteza leñosa. Si ha ingerido muchas, y la mayoría de los animales comen de más cuando tienen oportunidad: se “atracan”, es muy posible que defeque la bellota, casi integra, pero con su protección leñosa desgastada por rozamiento y los abrasivos suaves de los ácidos digestivos, lo que hará más fácil su germinación, y dependiendo de donde caiga, con el fertilizante añadido de la propia hez, hará brotar un nuevo alcornoque. Las palomas torcaces (Columba pallumbus) mucho mayores que las comunes, ingieren miles de bellotas y son invernantes que habitan las dehesas al igual que grullas o ciervos; los arrendajos (Clamator glandarius) viven en cambio en los pinares a media ladera de la citada parábola, el “pediment” de la sierra, pero acuden a menudo a alimentarse al llano adehesado.
Si no con estas palabras, estas son las reflexiones que acuden a mi hacinado “tarro” mientras compongo la foto finalmente, y a veces me pregunto, en absoluto preocupado, por qué a la vez que siento la caricia de la brisa y el sol y el contento de estar simplemente vivo en un mundo igualmente vivo, me da por andar con tanta cábala. ¿Será lo mío normal? la verdad es que siempre he creído que la educación, sobre todo la autodidacta, no concluye nunca. A Dios gracias.

19/02/2009

Tres excelsos falsos best sellers







La literatura popular, a veces confundida con el "best seller", un género al que podríamos llamar de entretenimiento si no fuera porque yo creo que toda literatura lo es, tiene a menudo autores y obras de gran dignidad y calidad. Todo el mundo recuerda a los Le Carre o los Chandler o Hadley Chasse, pero yo hablo de autores más recientes y sorprendentemente valiosos. Citaré dos, el futurista utópico (¿Ciencia Ficción?) Dan Simmons, con su saga Hyperion, y el policial Michael Connolly, con personajes como el abogado defensor Michael Haller o el detective Harry Bosh. Si os acercáis a ellos sin prejuicios os llevareis una grata sorpresa. Y los suelen reeditar en bolsillo.

El Hyperion de Simmons no es desde luego el de John Keats, sino un planeta donde hay árboles que producen electricidad (aquí también, pero se tienen que convertir antes en carbón y luego quemarlos) , aunque lo verdaderamente interesante de ese planeta son sus Tumbas del Tiempo custodiadas por el Alcaudón, deidad de una sangrienta religión, la Iglesia de la Expiación Final. Las Tumbas del Tiempo pueden viajar hacia el pasado. Por su parte, las máquinas, vieja distopia, se han hecho autónomas e inteligentes y mantienen una guerra a muerte con los humanos (como ahora), mejor dicho, con los descendientes de los humanos que en lugar de adaptar otros planetas de ambientes extremos, para hacerlos similares a su hogar original: La Tierra, se adaptan ellos mismos mediante ingeniería genética. La idea básica, y con eso no os destripo nada, es que siete elegidos viajen a las Tumbas del Tiempo, donde habita el terrible Alcaudón, para naturalmente salvar la civilización. Simmons no es ningún patán ingenuamente imaginativo y sus obras están plagadas de inteligentes y nada gratuitas referencias a Chaucer, Bocaccio o el mentado Keats que me temo pasarán desapercibidas para sus fanáticos seguidores más jóvenes. O igual no, por algo se empieza y cualquier libro es un eslabón de una cadena inagotable.

HyeronimusHarryBosch, indisimulado homenaje al pintor flamenco, es un detective del Departamento de Policía de Los Ángeles, pero sobre todo es uno de esos personajes absolutamente inolvidables (en su primera incursión en el género, Connelly consiguió el prestigioso premio Edgar, concedido por la asociación de Escritores de Misterio de América, de 1992 por El Eco Negro). Cuando le conocemos, Bosch, que tiene problemas con la cadena de mando, está temporalmente retirado y ejerce de detective privado, pero terminará regresando, en novelas posteriores, a la Unidad de Crímenes Abiertos y a la Unidad Especial de Homicidios.

Por último una exquisitez francesa, Fred Vargas, nombre de batalla de una medievalista que escribe unas delicias policíacas con diversos protagonistas que a veces se entremezclan, el evanescente comisario Adamsberg, que hace de la fluidez y la intuición despistada toda una técnica, y sus entre asombrados y entregados colaboradores de la comisaría del distrito VI de París y los "Evangelistas", tres jóvenes historiadores en paro, y un tío policía jubilado, que ocupan los diversos pisos de una desvencijada mansión en función de sus especialidades, el prehistoriador en el sótano, el medievalista en el primer piso, el experto en la Primera Guerra Mundial en la segunda y el policía en la última planta. Una de las especialidades de la principal profesión de Vargas son las pulgas de ratas transmisoras de la peste negra en la Baja Edad Media. Eso os dará una idea de su minuciosidad, que también aplica a su oficio novelesco. Sin embargo, lo que a mí más me gusta de ella es un aparente defecto: sus argumentos y sus soluciones son altamente improbables; imaginativos sería decir poco, y aún así los hace convincentes.

Volviendo a la literatura popular, conviene no confundirla con los best sellers prefabricados. Estos últimos siempre me recuerdan a esos falsos dibujos de niños que son contornos previos para colorear y en los que la creatividad se reduce a la lección de colores y su perfilado. Frente a ellos, la genialidad de un dibujo auténtico, esa es la buena literatura, popular o no. En los primeros siempre se notan en exceso las costuras de la carpintería narrativa, los recursos empleados y "salpimentados" como en las recetas de cocina. En cuanto a su aceptación masiva, no hay más que recordar a Dickens cuyas entregas en sus folletines eran esperadas por multitudes en los muelles de Nueva York a la llegada de los barcos de Londres. Y sin embargo, hemos olvidado el nombre de tanto folletinista mediocre.

La novela negra es una de las “plantillas” (género) más eficaces para hablar de las modernas sociedades urbanas. Y más si el escenario es el sur de California, el Condado de Los Ángeles, desde que Phillips Marlowe lo hiciera su biotopo natural. Es bien cierto que talentos como De Lillo, Doctorow o Updike no lo precisan para hablarnos de eso mismo (aunque los dos primeros lo han hecho). Las novelas de Connelly son, como requiere el tema, en primera persona, con unos diálogos espléndidos entre detectives de homicidios groseros, fiscales presuntuosos, delincuentes lastimeros o chulos y abogados defensores o detectives privados desengañados.
La serie de Hypperon de Simmons es una suerte de Space Opera intermedia (mejor) entre la saga Fundación del legendario Asimov y las metafísicas de todo un Stanislaw Lem. Como sabréis la buena Ciencia Ficción no habla del futuro, sino que es un pretexto para revelar las distopías del presente y requiere una voz más coral.
Por último, las novelas de Vargas son las más irreales de las tres –incluida las de Simmons-, hay un narrador omnisciente que se mete en los vericuetos de las mentes de sus protagonistas y su París es más improbable que los planetas lejanos habitados por seres inteligentes. Pero no importa, porque es una delicia del mismo grado que cuando Mozart utiliza el pretexto de fiestas y canciones campesinas para sus sinfonías: es un punto de partida, mil veces embellecido y sobrepasado; ya se sabe que las verdaderas fiestas campesinas acaban con revolcones en los pajares y músicos desafinando. En Vargas no desafina nada, porque no es real.

18/02/2009

festina lente















Detrás de esas ventanas anida una biblioteca y tres personas, una canina. La anima una divisa: "festina lente", apresúrate despacio, que sirve lo mismo para enfrentar un perro agresivo que vivir la vida placenteramente. No te detengas ni corras. El "vísteme despacio, que tengo prisa"; se trata de no escribir jamás en la obscena prosa abreviada de los mensajes de móvil, respetar la gramática como suprema cortesía, el puchero en la lumbre marcando el compás del fuego, que tus fracasos tengan tan buena prosa como tus éxitos. Es la columna a la que se encarama un eremita que huye cómodamente de la banalidad de las gentes.







La OTAN no los reconoce en sus imágenes satélites, pero se trata de un refugio antitontos; resiste sus ondas expansivas.

Telegrama antiguo





Las rocas nos hablan. Son siempre el principio y el final de un paisaje. Y a veces se mantienen protagonistas, cuando el trabajo posterior de los seres vivos y en especial de las plantas no las ocultan. Areniscas y esquistos costeros (Asturias), buzadas (colocados en vertical los estratos antes lógicamente horizontales), permitiendo un manadero de agua dulce, una colonia de cianoficeas y una veta viva de briofitas , musgos y líquenes. Un Universo en dos metros cuadrados.

Alto Ebro









Normalmente los ríos son caprichosos, por eso muchos, como el Sena o el Támesis, deciden pasar por grandes ciudades; otros, como el de la primera foto prefieren hacerlo, despeñándose en cascada, por pueblines como Orbaneja del Castillo. Las tres siguientes son también de el Alto Ebro, el propio Ebro en el norte de Burgos; el mentado ha excavado en las calizas jurásicas y ahí le tenéis, encajonado, ventilado por los buitres, salpicado de sabinas y enebros (Juniperus spp) y trazando esas extrañas curvas que son los meandros. Lo recomiendo en pleno invierno, donde se aprecia toda la dureza del alma castellana. En la paramera mesozoica de arriba, la última vez, vi dos lobos.

17/02/2009

Album de fotos relativo al "post" anterior













Tramo de río indemne, por el momento, hasta unos kilómetros aguas abajo, donde se sitúa la primera presa. Discurre en este lugar por aluviones cuaternarios del propio río, sobre un encinar (Quercus ilex) mixto, con robles rebollos (Quercus pyrenaica), quejigos (Quercus faginea)y alcornoques (Quercus suber), adehesado o aclarado en forma de pastizales y majadales para diente de ovejas y vacas, formando un hábitat sabaniforme o de "parque" con encinas belloteras salpicadas aprovechadas sobre todo por porcino ibérico. El soto o bosque de galería propiamente dicho está integrado por una gran diversidad de árboles: tres especies de álamos o chopos (Populus spp), cuatro de sauces o mimbreras (Salix spp), alisos (Alnus glutinosa) y fresnos del país (Fraxinus angustipholia), además de majuelos (Crataegus), zarzas (Rubus) y otras quince especies arbustivas. La fauna es muy rica, sobre todo la de insectos, aves y anfibios, que ha descendido mucho, y peces de siete especies autóctonas y tres introducidas; también reptiles, como la bonita culebra de agua (Natrix). En verano genera un microclima fresco y acogedor por efecto de los "freatofitos", esto es, los vegetales de gran porte que hunden sus raíces en la capa freática de las riberas, muy próxima a la superficie y permanentemente húmeda: como se sabe cada gramo de agua evapotranspirada por las hojas y extraída por las raíces consume una caloría de su entorno (calor latente), de ahí el frescor y no sólo por el efecto sombra. Parajes como los que muestro son cada vez más escasos en este país, una de las verdaderas patrias de mi infancia.


orillas de un río


Cuando mi madre no me conseguía encontrar de niño me mandaba buscar en el río; el Alberche abulense. En la palabra "Nilo" discurre el Nilo, decía el muy literal Borges. No estoy seguro. Creo en la magia del lenguaje, pero más aún -así de tosco soy- en las cosas, fenómenos y procesos. Por eso creo que la palabra "río" a menudo no designa ya un río.

Hay dos tipos de territorios, paisajes o ecosistemas, como prefiera el tono general de la pedantería, que no sólo son extremadamente frágiles y vulnerables, debido a dos razones que explicaré, sino que además, pese a eso, han sido especialmente maltratados. Me refiero a las costas y a las riberas de los ríos. Su fragilidad deriva de la misma razón que su atractivo: aunque hablemos de hectáreas o de metros cuadrados, lo cierto es que ambos son elementos lineales, fáciles de destruir irreversiblemente, por lo mismo que atractivos: son balcones naturales al mar o al río, al siempre atractivo espectáculo de una masa de agua. Quiero hablar del más olvidado de los dos, de nuestros ríos.

Más raro que contemplar un águila imperial o un lince es para el amante de la naturaleza localizar un tramo de río indemne de las transformaciones humanas. Hablo de España. Porque lo primero que tendrían que aprender los ingenieros que ponen sus recetas técnicas –que no su ingenio- al servicio de la alteración de estas corrientes de agua, veras venas abiertas en un territorio tan seco como el nuestro es eso: que no son sólo corrientes de agua; el cauce sólo es una parte del río. Pongamos que sustituyen la hormigonera que muchos técnicos tienen por cerebro por un sistema de evaluación mental más sofisticado. El principal error es reduccionista y consiste en confundir el río con su cauce, con el agua que corre conspicuamente por este y, en función de las prioridades de cada cual, con una canal de riego, un desagüe para vertidos, un estanque de pesca, una zona industrial con costes de oportunidad bajos (de ahí lo de instalar junto a ellos fábricas) o una piscina de remo.

Un río es más su subálveo que su cauce. El subálveo de un río es el área más extensa que el cauce y subyacente empapada de agua, por así decir, su capa freática. Muchos río tienen cauces secos y subálveos con agua, como casi todos los de zonas áridas: desérticas o subdesérticas, también en España, en especial en el Sureste.

Los inuits, los esquimales de Occidente, tienen más de doscientas palabras para designar los distintos tipos de nieve, los tuaregs más de cien para las arenas, pero en España río es un genérico sin mayores precisiones. Un corolario del holismo, esto es, del enfoque de la complejidad como un todo y no analizándolo con el exitoso reduccionismo en sus partes, dice que ante todo problema complejo siempre hay una solución sencilla, que es falsa. La falsa solución sencilla del desequilibrio hídrico de la Península Ibérica es que se pueden compensar los déficits de las cuencas del Mediterráneo con los “excedentes” de la Atlántica y Cantábrica, donde el agua “sobra” o se “pierde” en el mar. El agua no se pierde en el mar, de hecho este es salado por los aportes de los ríos, y lo fertiliza. Y el agua no sobra en ningún sitio de España, salvo en momentos estacionales puntuales que pasan pronto.

Lo que es bien cierto es que en esta Península, de clima extremado en gran parte y con severas sequías estacionales propias del clima mediterráneo, los ríos que atraviesan las áridas parameras, con su escolta de sotos, alamedas y "bosques de galería" son verdaderos oasis alargados. vivificantes, aunque los tratemos como burdas acequias malolientes o interrumpamos continuamente su curso con presas y obras no siempre justificadas por las necesidades de la regulación y el control de avenidas.



(Continuará)

16/02/2009

Calibanes y una Miranda




-¿Y por qué se ve la Luna si es de día?- La niña me miraba alzándose el flequillo, expectante.

-Bueno, porque la Tierra, este planeta en el que estamos, no le tapa el sol. Ves: allá está la Luna y allá el sol; normalmente la luna debería estar allí debajo- señalé el oeste.

Niña, no seas preguntona, estás mareando al señor!

-No me molesta, no se preocupe.- Miranda entre Calibanes…

Mucho antes de llegar al recodo del río Jara ya les había percibido. Luego sus voces y la radio que tapaban el susurro de la corriente y las hojas y las escaramuzas de los mitos y otros páridos. Finalmente, la portilla abierta, que volví a cerrar, y el grupo bullicioso en torno a la espléndida máquina, Un reluciente BMW todoterreno de magnífico diseño aposentado sobre la terraza inferior del Guadyerbas. Profanación. Fastidiado, pensé inmediatamente cruzar por el vado y seguir aguas arriba hacia Los Toriles, pero la niña se interpuso:

-Hola ¿Qué comes?

-Bellotas, ¿quieres?

-¿Se comen?

-Claro ¿No me ves?

-Sí, qué tonta: dame.-Tendiendo la manita.

-No sabía que se comían, pero ya las había cogido antes porque son bonitas.

-Sí, son lisas y brillantes, de madera

-¡Que ricas!

-No todas, algunas son amargas.

-¿Por qué?

-Bueno, verás, suelen amargar, pero los ganaderos cortan las que amargan, para dejar más sitio a la hierba para las vacas y ovejas, pero dejan las dulces y, poco a poco, todo este bosque se convierte en un huerto de frutales, de encinas belloteras.

-¿Qué son ganaderos?

-Los señores que cuidan las vacas y las ovejas.

¿Tú eres ganadero?

-No, yo soy como tú, estoy de paseo.

Todo el rato había contemplado asombrado como Jara se dejaba acariciar por la niña y, por otra parte, lo poco que esta tenía en común con sus padres y hermano mayor. Este, tosco y con sobrepeso como aquellos, tiraba piedras al agua; a sus buenos doce o trece años no sabía tirar piedras, no las impulsaba desde el hombro y se quedaban muy cerca; patético.

Recordé las tesis de John Fowles en su novela de El Coleccionista, y también en El Mago. Incultos, ignorantes, ordinarios, grises, feos, los que Fowles llama “Los Nuevos”, es decir, la gente de la nueva clase social, con sus coches, su dinero, sus estúpidas vulgaridades. Los Nuevos, los arribistas, los enriquecidos, trepas, Nuevos Ricos. Siguen siendo pobres. Aunque su tipo de pobreza es distinto. Los pobres de toda la vida no tenían dinero y estos no tienen alma.

La niña sí, y es preciosa, vivaracha, lista. ¿Hasta cuando? Pobre.

Recuerdo la polémica de Fowles con Bernard Shaw. Este, en La Comandante Bárbara propugna un intermedio entre los aristócratas del espíritu y los menestrales con habilidades manuales. La sociedad no puede ser salvada, escribe, hasta que los catedráticos de griego aprendan a hacer pólvora (el padre de la protagonista, Bárbara, del Ejercido de Salvación, tienen una fábrica de armas, por lo que su hija le desprecia, pero luego se entera que es un patrón modélico con sus obreros) o los fabricantes de pólvora aprendan griego. Pero Fowles opina que el Estado del Bienestar termina olvidando a la pobre Bárbara. Este rebaño de fabricantes de pólvora sólo compra Van Gogh después de haberle matado de asco en vida. Lo vulgarizan todo, lo prostituyen, lo expolian, no saben del valor de las cosas, sólo de su precio. La situación política y económica, pese a la crisis reciente, les ha permitido medrar económicamente sin mejorar su educación. No es casualidad que los diversos gobiernos de distintos colores no sólo no hayan apostado por la Educación, sino que los constructores y contratistas esté mejor considerados que los profesores.

-Adiós Miranda.

-Me llamo Yénifer.

-Miranda es más bonito, como tú. Dile a tu papá, cuando os vayáis, que cierre esa portilla del camino para que las vacas no se escapen y los terneros no se ahoguen en el río.

-Vale. Adiós señor, adiós perrito.
No sé si ese "vale" es a su cambio de nombre (no me imagino a sus padres consultando La Tempestad en su casa, no me imagino libros en su casa) o a cerrar la portilla. Me marcho menos cabreado y algo enamorado.

13/02/2009

El ecologista que regresó del Este






Hoy he sobrepasado las 50.000 visitas desde que instalé el contador. Algo increible, pero hay otra conmemoración que importa mucho más.: dos años se cumplirán este próximo verano desde que murió Artemio Precioso.


Con ese título de reminiscencias "Lecarrenianas" (El espía que volvió del frío), en la mortecina y crispada España de los setenta, con el dictador aún vivo firmando sentencias de muerte, he querido recordar la aparición sorpresiva casi de un personaje tan novelesco como Artemio, que fue todo un revulsivo que no todos vieron con buenos ojos. Me explicaré. En aquel entonces el ecologismo en España se debatía entre los “políticos”, para simplificar, que unían las reivindicaciones ambientales a los procesos de restauración democrática e incluso, para ser claros, a opciones de la izquierda más autoritaria, y los “naturalistas”,a menudo definidos como “apolíticos” (una forma de ser políticos), obsesionados por recuperar un país saqueado en su fauna, flora y paisajes por políticas franquistas derivadas de la idea de que España era "su" finca privada y, por tanto, podían con toda impunidad de propietarios perseguir especies hoy protegidas, organizar cacerías o sembrar de pinos y eucaliptos todo el territorio. Estaban en "su" casa y el resto de prestado.

Por formación e inclinación -soy básicamente un naturalista de esos que hoy se llaman ecólogos-, me encontraba próximo a los segundos, pero por trayectoria personal y vital, me encontraba más cercano a los primeros. Estos hicieron de la lucha antinuclear y los trasvases su principal divisa; aquellos de la defensa de las zonas sin arrasar, como Doñana, Daimiel o Monfragüe o de especies emblemáticas, como el águila imperial o el lobo y el lince. Y en esto llegó Artemio, vacunado de estalinismos, habitante largos años del bloque socialista, catedrático de planificación macroeconómica, empresario de éxito (importador de cristal de Bohemia, con el que hizo su pequeña fortuna), antiguo combatiente del bando republicano, coronel del ejército soviético y valedor de Greenpeace en sus inicios españoles.

Confieso que un personaje, pues es lo que era antes de conocer a la bella y vivida persona que había detrás, con esta trayectoria podía ser visto con sospecha. Yo sólo puedo hablar por mí: así que confieso igualmente que si tenía alguna duda sobre sus propósitos, si había llegado a enunciar algún juicio de intenciones, estas quedaron disipadas en mis primeras y gratas conversaciones con él. Era un hombre de consenso, extremadamente sabio en los conflictos ideológicos y políticos que tenía la gran virtud de buscar siempre el punto de acuerdo, en lugar de la disensión fratricida. En una ocasión me confesó que no era el simple hecho de perder la Guerra Civil (tenía sólo 22 años cuando acabó) la causa de sus mayores pesares, sino haber vivido en directo durante ella y también en el largo exilio la manía de la lucha intestina con el vecino de izquierda. Ese dolor le había curado de todo intento de sectarismo. Sabía que a las izquierdas la dividen las ideologías como a la derecha la unen los intereses. Como sabía o percibía que el ecologismo español estaba demasiado dividido igualmente y era demasiado débil organizativamente para oponerse a esos intereses que juntaban codicia e ignorancia en una mezcla más explosiva que la dinamita. De ahí la necesidad, por un lado, de favorecer la implantación de organizaciones tan poderosas como Greenpeace, vista con recelos por asociaciones pequeñas y de más antigua implantación en España, y por otro, de fortalecer a esas mismas pequeñas organizaciones. El mismo, junto con Pedro Costa, a la par que se integraba en la dirección de Greenpeace España, fundó una pequeña organización, el CESU, desde la que dio toda la lata que pudo.

Su altruismo derivaba de una vida cumplida. Había perdido una guerra y ganado una posguerra, había triunfado en su vida privada, en lo económico y en lo sentimental (se casó con una de las mujeres más bellas del cine centroeuropeo, y mantuvo siempre una “debilidad” bien clara por las mujeres guapas y una ternura por todas y todos los demás), en su vida académica y él consideraba llegado el momento de devolver al mundo, aunque suene pomposo, algo de lo mucho que había obtenido. Eso es lo que no comprendían los que recelaban de él, eso y que pertenecía, y no sólo cronológicamente, a esa maravillosa generación de plata de los poetas del 27 y los resistentes del 36.

Una de las últimas veces que estuvimos juntos fue con ocasión de su homenaje en el Ateneo madrileño en el que hablé unos minutos al numeroso público que había acudido a su reclamo. En el turno de respuestas, cuando alzó su viril corpachón intacto pese a la edad, para dar las gracias, tuvo palabras amables para todos los que le habíamos precedido. En esa ocasión hizo pública una broma privada que teníamos los dos. Yo le llamaba el Vernadsky de Albacete, por el famoso ecólogo ruso que artículó la noción de Biosfera después del austriaco Suess; el me llamaba a mí el “Lord Byron” de la ecología, y eso que no soy cojo, por razones que pudorosamente prefiero omitir.

Antes de su muerte, nos volvimos a ver varias veces en su domicilio en Madrid y en el pueblo de Arroyomolinos, hoy arrasado por la especulación del populismo autoritario de la derecha madrileña; eso que se ha ahorrado. Le encontré muy desmejorado en lo físico y una caída del caballo (montaba muy bien, su arma era la caballería) lo agravó, pero mentalmente seguía tan lúcido como siempre, al día de toda la política y la temática ambiental del momento. Y en lo personal tan entrañable y cariñoso como no podía evitar ser. Un tío excepcional.

12/02/2009

La sociedad de la ignorancia

(Escuela en Bolivia)



Deslumbrado como estoy por las lecturas gozosamente obligatorias (compromisos) de Darwin, o de Locke o de Hume, siempre me da por pensar qué sentirían si pudieran renacer en este siglo de deslumbrantes descubrimientos en física y biología, por ejemplo. Se quedarían tan gozosamente asombrados, para pillar esos asuntos luego y a la primera, de listos que eran.

Pero hay otra cuestión en cierto modo simétrica: ¿cómo es posible, en esta época de conocimientos e información tan formidables, que subsistan no ya ignorantes, sino tontos del culo? Hay una posible respuesta menos obvia que la de bobos ha habido siempre. A saber. Esta es también la sociedad del desconocimiento; los campesinos sabían arreglar sus herramientas y, llegado el caso, acudir al herrero o al carpintero; tras la revolución industrial mucha gente sabía aún reparar su propia motocicleta, pero hoy en día, con tanto artefacto informático/electrónico/evanescente, ¿quién es capaz de meterle mano a algo usual en sus vidas, a su mísero teléfono móvil? No digo reparar un televisor, sino aquel que lo repara, ¿acaso conoce el principio físico teórico de la televisión como fenómeno?Es pues, también, La sociedad del desconocimiento. Vivimos rodeados de cosas que, a todos los efectos, hacen magia. Exactamente como en las épocas oscuras de la denostada Edad Media. La sociedad del desconocimiento es cada vez más consciente, quizá, del no saber, da igual que hablemos del comportamiento de los mercados (económicos) o del cambio climático.

Sin embargo, estas nuevas formas de ignorancia (que se suman a las antiguas, las de los zopencos de toda la vida, para entendernos) tienen más que ver con lo que NO puede conocerse (totalmente) que con lo que todavía no es conocido y está por conocer, esto es, con el progreso de la ciencia.

El saber ya no es ingenuamente acumulativo, aumentando la certidumbre o, por así decir, la “calculabilidad” del mundo, sino que a medida que aumenta la información no lo hace en el mismo grado el conocimiento y menos aún la sabiduría. No me atrevo a deducir las consecuencias que esta sociedad de la ignorancia ira trayendo en nuestras vidas, pero algo voy percibiendo por ahí; una de las más preocupantes, a mi juicio, es el que la ignorancia empieza a tener un marchamo prestigioso entre los jóvenes, en tanto que la erudición –salvo la muy anecdótica de los "fans" y "frikis"- es motivo frecuente de burla. Si esta sociedad convierte a Sócrates en un payaso es simétricamente lógico que los payasos sean presidentes de bancos y países. Creo.

Un paseo


Este año está haciendo un invierno como los de mi infancia: grandes nevadas, frío, lluvia, desbordamientos. Confieso que me encanta, pero comprendo que cause trastornos a muchos. Estoy en la ladera meridional del macizo central de Gredos, en el camino que asciende a la Garganta de Chilla; la semana pasada.

Gredos, al revés que su vecina Guadarrama del este, tiene una fuerte disimetría entre la vertiente norte, suavemente tendida entre los 2.500 metros de las cumbres y los 1.100 de las parameras de la submeseta norte, y la vertiente meridional, que cae a pico desde esas mismas cumbres hasta la hondonada del valle del Tietar a sólo 400. Es decir, hay un desnivel real (no sobre el mar que es como se cuantifican las alturas) de más de dos mil metros. De eso se desprenden varias consecuencias: por ejemplo, casi nadie asciende desde este “mi” lado, pudiendo hacerlo más fácilmente desde el Norte y estas laderas son siempre más solitarias; hasta los montañeros y escaladores prefieren presentarse pronto “arriba”, así que van por el otro lado; y mucho menos te encuentras con excursiones más domésticas. Otra consecuencia es que esta solana es mucho más cálida, no sólo por su exposición meridional sino porque se produce el efecto “föehn” (pronúnciese “fen”), termino de los Alpes que designa un viento caliente por la fricción que produce la caída de aire frío que va ascendiendo lentamente por la ladera norte y se derrumba en la sur. De ahí que en los valles que tengo a mi izquierda -derecha de la foto- haya naranjos, palmeras y olivos.

Con la nieve (esas cumbres que veis están ahí al lado, a no más de mil metros) las cabras monteses (Capra pyrenaica victoriae) descienden mucho en busca de hierba. Poco después de hacernos esta foto, Jara persiguió a un pequeño rebaño de hembras y machos jóvenes y comprobó lo difícil que es seguir el ritmo de estos fantásticos saltadores.

Sobre mi hombro, en la ladera deforestada de un antiguo rebollar de roble melojo ahora cubierto de helechos águila, hay una majada de pastor que sirve de refugio; esas construcciones son casi botes salvavidas para refugiarse si se inicia por aquí una tormenta repentina. No encontramos a nadie hasta que volvimos a bajar a la vecina ermita de Chilla. Por cierto, que comprobé apenado que el gran fresno "excelsior" que rivalizaba en tamaño con la propia construcción ha caído desde la última vez que estuve por estos pagos. (“Pago” es la voz antigua en castellano de “país”, y al igual que de esta última deriva “paisaje” y “paisanaje”, de la primera deriva “pagano”, pues al parecer las gentes rurales fueran más reacias a admitir el nuevo cristianismo que las siempre ansiosas de novedades gentes urbanas).

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Como bien sabe Vanbrugh, si hacéis clic en la foto podéis percibir detalles (tiene muy buena resolución y todos los 'pixels' que hagan falta) como la vegetación de las laderas (escoba negra), el tejado caído de la majada o mi cara de falso cabreo.

11/02/2009

Escatos




Ese “gran intelectual” que es el papa Benedicto XVI (en buen castellano, “Benito”), anterior gran inquisidor o equivalente (excelso currículo) ha dicho que “la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura”. Ya me imaginaba yo que los ateos, además de malvados, éramos unos putos ignorantes, aunque traduzcamos a Shakespeare al suahili o juguemos con aceleradores de partículas. Menos ver cine raro y más asistir a misa. O sea, que vayamos a buscarle, a Él, aunque sea mirándonos el ombligo, puesto que si es dudoso para incultos como yo que Dios nos haya hecho a su imagen, no está en absoluto descartado que el hombre haya hecho a Dios a su semejanza o, a la imagen del detestable vecino del quinto. El ombligo en cualquier caso es un buen sitio para comenzar a mirar, siguiendo el sabio consejo de Georges Brassens con los respectivos de las mujeres de los policías

Y luego, hablar con Él, claro que sí. Eso nunca ha sido un problema, hablarle a Él. Otra cosa es que nos escuche (los gnósticos creen que no) y aún más dudoso que nos conteste, porque los buenos modales no es una virtud teologal. Y sí improbablemente lo hace, ¿cómo? ¿Nos levantará la voz dejándonos sordos de por vida? ¿Hará arder una zarza? ¿Habrá que abrir sus telegramas abriendo a su vez el vientre de víctimas propiciatorias y leyendo en sus vísceras? ¿Y qué nos dirá? “No te preocupes chaval, Yo existo, pero tu disfruta de la vida” ¿O nos mandará sacrificar a nuestro primogénito? En cuyo caso recomiendo hacerse el sordo antes incluso del atronador vozarrón, porque hay cosas, nunca mejor dicho, que no son de recibo, vengan de donde vengan. ¿Y si es demasiado exótico para nuestro gusto y nos manda mutilar genitalmente a nuestras hijas o recluirlas de por vida en monasterios? Sagradas palabras necias, pues oídos sordos.

No olvidemos que ya nos pidió algo imposible en la práctica: amar al prójimo, aunque está muy bien pensado y si fuera factible mejoraría infinitamente este mundo, pero es como extraer energía del calor degradado: contradice la termodinámica. Mejor huir de la cultura teologal, que no está a mi alcance, y aunque Ernst Junger afirmara sorprendentemente que la teología es la ciencia suprema en el pasado siglo, y huir también de la pedantería parroquial, aunque sea casi lo opuesto. Busquemos a Dios entre pucheros y entre condones si hace falta y, si nos cansamos, dejemos que Dios, el Supremo GPS, nos busque a nosotros; a mí, desde luego, “me encuentra” y disponible para oír sus explicaciones. Sin sobornos celestiales –lo tengo escrito por ahí- y sin chantajes infernales. Estoy disponible para escucharle, para que me explique, pero, ya digo, sin palo infernal ni zanahoria celestial.

Aunque los que me dan pena son esos pobres fanáticos primeros cristianos, buena gente obnubilada a la que no les bastaba el rico panteón romano y tuvieron que traerse a Uno, el Único (aunque a veces es tres y tiene un montón de santas e improbables Madres) de los desiertos del Este; aunque lo que les gustaba lo incorporaban al suyo y punto. Buenas gentes, y arrojadas (a los leones: tengo que aprender a no ponerme de parte de los felinos cuando les echan mártires de desayuno), pero ¡pobres! ¡Qué pena! Esperaban la llegada del Mesías y en esto no llego Fidel, sino la Iglesia

¿Bioética?


Un primer ministro italiano con botox e implantes de pelo que le asemejan, en su helada sonrisa y en sus bromas de patán, a un muñeco de ventrílocuo con los cabellos pintados, y un Sumo Pontífice con faldas y a loco han intentado un golpe de Estado para evadir las escasas leyes de un Estado laico que debería asegurar el derecho de los ciudadanos a dar por concluida su vida cuando esta ya no es tal.

Dicen que estas son cuestiones modernas de la nueva “Bioética”: eutanasia, aborto... Me pregunto por qué la susodicha “bio” (¿como los yogures?) sólo se ocupa de la moral de los individuos al principio, cuando se nace o te hacen, o al final, cuando te mueres o te mueren, pero no parece que les importe mucho lo que pase en el más o menos dilatado tiempo entre ambos extremos, que es para mí el verdadero asunto de la ética.

Parece ser que la imagen actual de Eluana, una bonita muchacha de pelo negro y ojos rientes, tras diecisiete años de torturas mal llamadas terapeuticas no se correspondía con el del cadáver de facto de cuarenta kilos de peso que terminó de sufrir hace unas horas.

Me impresiona el civismo de ese padre, Beppino Englaro, su firmeza nada altisonante, su discreción. Si al menos uno no tiene garantías de que el Estado respete el viejo pacto de Leviatán contigo, ni menos aún que una riquísima secta con la que no tienes nada que ver se entrometa en tu muerte, por lo menos que uno tenga la suerte de contar con un padre…como Dios manda.

10/02/2009

ciencia y literatura


“Cuando los no científicos oyen hablar de científicos que no han leído nunca una obra importante de la literatura, sueltan una risita entre burlona y compasiva. Los desestiman como especialistas ignorantes. Una o dos veces me he visto provocado y he preguntado (a los no científicos) cuántos de ellos eran capaces de enunciar El Segundo Principio de la Termodinámica. La respuesta fue glacial; fue también negativa. Y sin embargo lo que les preguntaba es más o menos el equivalente científico de ´’¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare’”

C.P. Snow, Las dos culturas (Cambridge, 1959)


La física avanzada de partículas, la mecánica cuántica, que es uno de los paradigmas de la verdad científica escueta, pura y dura, una vez que abandona las ecuaciones sólo puede expresarse por medio de metáforas, no sólo para divulgar a los profanos, sino para entenderse entre los propios especialistas. Eso nos tendría que dar que pensar. Deberíamos aprender de eso, ponerlo en paralelo con otro hecho de naturaleza diferente, porque la narrativa fue la primera depositaria del conocimiento humano; Homero precedió a Sócrates –y quizás de ahí también proviene la hostilidad de Platón a los poetas- . El relato fue tan importante para la supervivencia como la lanza o la azada, porque el narrador practica la manera antigua de acceso al conocimiento, el discurso total anterior a todos los vocabularios y jergas de expertos, a toda la inteligencia moderna. Por eso, una manera certera de detectar al pedante es comprobar su exclusiva afición declarada a los textos especializados; los penosos semicultos, los que desdeñan con un fruncimiento de cejas las novelas como pérdidas de tiempo, son peores que los analfabetos, que al menos disponen de transmisiones orales que todo lo embellecen.

Los grandes sabios son excelentes narradores. Charles Darwin, por ejemplo, con el que ahora ando muy metido por compromisos gratos (inauguraciones de cursos, reseñas, cosas así); en primer lugar El Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo; uno de los libros de viaje más bellos del mundo. El origen de las especies, que no elucida lo que promete en el título pero es uno de los libros más ejemplares de cómo demostrar, por sistema de capas de cebolla, un aserto difícil como es el “hecho” de la evolución y el mecanismo principal del proceso, La Selección Natural. O El origen del hombre, que es una muestra ejemplar a su vez de cómo lanzar una “bomba” con toda discreción y sin buscar el escándalo, justo a la inversa de lo que se suele estilar hoy en día. Finalmente, su Autobiografía, expurgada al parecer por su esposa y prima Emma de los pasajes más escabrosos y duros, como cuando expresa su profesión agnóstica o cuando declara su paso al ateismo con furia por la incomprensible muerte de su hijita. (Acaba de aparecer en la editorial Laetoli, una edición integra, sin las censuras anteriores, por vez primera en castellano)

Volviendo a nuestro tiempo, las páginas de físicos como Murray Gellman (El Quark y el jaguar), descubridor de los quarks, de Freeman Dyson o (El infinito en todas direcciones), de Richard Feynman, el fundador de la electrodinámica cuántica, (El carácter de ley física, uno de los libros más logrados de divulgación de todos los tiempos), Brian Greene (El universo elegante; tú sí que eres elegante) proporcionan un doble placer, el de las fascinantes complejidades de la ciencia bien explicadas y, asociado inextricablemente a lo anterior, el de la buena prosa.

Si yo fuera profesor de literatura recomendaría leer a Darwin, a Brian Greene, a Feynman, pero si fuera profesor de física habría que hablar de Lewis Carroll, de Jonathan Swift y de Joseph Conrad, y de Proust claro, y su einsteniano “tiempo” nunca recobrado, como dicta la "flecha" temporal.

Bajo el volcán


El volcán era Malcolm.

Considero “Bajo el volcán”, de Malcolm Lowry una de las mejores novelas de todo el siglo pasado; pongamos que una de las diez mejores, lo que incluiría las dichosas –en sus varios sentidos- Ulysses, de Joyce y La Recherche…de Proust. Sin embargo, esta espléndida obra arrastra maldiciones parejas a las de su atormentado autor, como la de experimental, oscura, intraducible, epítetos todos que remiten a difícil de leer. No es cierto. Sí lo es, en cambio, el que conviene, como los casos del irlandés y el francés, cotejar y escoger entre las diversas traducciones si no se dispone de suficiente pericia como para leerlo en inglés. Actualmente ha aparecido una nueva estupenda de un traductor, creo que mexicano como el escenario de la novela, Ortiz y Ortiz, en Galaxia Gutenberg que recupera la vieja de Bruguera inencontrable.

El escultor vasco Jorge Oteiza declaró en una ocasión que “no voy a ensuciar mi currículo de fracasos con una victoria de mierda”. El caso de Lowry es bastante parejo: desde joven se propuso como meta el desastre. Pero le salió una novela maravillosa.

En la vida, al revés que en los exámenes de maestros bondadosos, siempre entra la letra pequeña: esa mujer guapísima pero tonta, ese tío tan inteligente como cabrón, esa casa luminosa pero ruidosa, ese viaje espectacular en mala compañía. Al final queda la maldad, la estupidez, el ruido. No es tanto que la excepción confirme la regla –una forma de desechar aquella- como que la excepción siempre es más explicable que la propia supuesta norma. De hecho, frente a nuestras ansías de un mundo previsible y ordenado, forma parte de la explicación y la regla sólo se revela cuando tropieza con una de esas resistencias; es entonces cuando la excepción hace visible la regla. ¿Por qué digo esto? Porque Bajo el volcán es excepcional en todos esos sentidos literales y figurados: es una maravilla infrecuente en la narrativa, como lo es Bach en música, pero sobre todo es un canto bellísimo a la indeterminación y a la banalidad de nuestro futuro.

Leerla, releerla y no prestéis oídos a su supuesta dificultad, que es la de la verdadera vida.

Un último asunto. La película de John Houston con un espléndido Albert Finley haciendo de cónsul. Lowry utilizaba constantemente recursos cinematográficos en su escritura, hasta fundidos en negro y títulos de crédito o flash back, no obstante, la novela es imposible de trasladar al cine y, por tanto, la película de Houston, fallida.

09/02/2009

Saracago y el elefante esclavizado


Johnny cogió su fusil y Saramago la fotocopiadora y ya nunca más fue “mago” sino “Saracago”, digo yo. “Todo lo que no es tradición, es plagio” decía provocativo y ocurrente Eugenio D´Ors, y lo comparto, así como el desprecio escéptico por la vana búsqueda de lo original en la actualidad, por ejemplo, en el arte, como ya he comentado en ocasiones anteriores. Pero lo del Saramago último será inspiración, será tradición, pero a mí me suena a plagio. http://www.lansky-al-habla.com/2008/10/plagio.html

En una ocasión coincidí en un tren nocturno Madrid Lisboa con Saramago; él viajaba con una bonita joven española, su traductora que luego sería su esposa. Conforme a mi pudorosa costumbre, no les hablé, aunque me apetecía porque no hacía mucho que me había entusiasmado con su Memorial del convento y El año de la muerte de Ricardo Reis. No las he releído, pero en mi memoria el novelista no ha vuelto a igualar a aquellas y en las últimas percibo un claro declive. Pero una cosa es la lógica inclinación en un anciano tanto en su postura erguida como en su duro trabajo de escritor y otra es el plagio: o casi, pero a mí estos “casi”…Su última novela va de un elefante que un rey portugués regala a un papa. De algún sitio hay que sacar las historias y en la solapa se advierte que el asunto se basa en un hecho histórico.

Se sacan las historias, pero no los párrafos ¿Estamos? El libro plagiado se llama El elefante del papa, de Silvio Bedini, un historiador de las ideas italiano, y en él se cuenta eso, -pero en 1998-, como el elefante blanco Hanno le es regalado al papa Leon X en 1516 por el rey Emmanuel I de Portugal, que pretendía obtener el monopolio en el tráfico comercial de las Islas Indonesias de las especias. No está de más echarle un vistazo, no simplemente somero, a otro libro de una tal Belozerskaya –La jirafa de los Medici- que reúne estas y otras historias -este es de 2006- que relacionan los animales exóticos y el poder político, desde la famosa jirafa retratada de los Medici (que Gonzalo Suárez recuperó, creo recordar, en Remando al viento, en una secuencia en que el animalote camina por salones encerados de un palacio) a los osos Panda que Mao regalaba a todos los gobiernos de Occidente mientras que permitía que se extinguieran en las boscosas provincias nororientales. El libro de Saramago, que no voy a mencionar por su título, no quiero poner el blog hecho un asco, es de 2008. Absoluta novedad ¿Novedad?

En fin, los osos panda no sé, pero ¿qué opinaría el famoso y sabio abuelo analfabeto de estas libertades finales del laureado nieto?

Plagiare en latín era, entre los romanos, comprar un hombre libre como esclavo sabiéndolo y reteniéndolo en servidumbre; y también significaba, como ahora, copiar obras ajenas haciéndolas pasar por propias. Finalmente en algunas zonas de América es sinónimo de secuestro de una persona para obtener rescate. En todos los casos se trata siempre de apropiarse del trabajo de otros, algo que yo creía que los comunistas veían como el máximo pecado capital.

Perros y perros (y gatos)




Italo Calvino intentó la aventura de seguir a un gato en su deambular urbano. Se puso a su nivel y adoptó sus hábitos como cualquier mefistofélico minino. Desde los treinta centímetros de un felino de buena alzada cambian las proporciones y se trastornan los hábitos. En cambio, para caminar con un perro no hace falta agacharse, van juntos con naturalidad, hombre y cánido desde la noche del Paleolítico; y así siguen.

Cuando los amantes de los gatos hablan de los perros (en realidad hablan de los dueños de perros, frente a "ellos", los excelsos dueños de gatos, ¿dueños?) siempre despectivamente por supuesto, confunden su lealtad con servilismo. Simétricamente, los canófilos aluden con despecho al egoísmo gatuno, que es más bien independencia autosuficiente. Los partidarios tienen siempre la visión desenfocada de los miopes, la parcialidad del entusiasta exclusivo; unos y otros no detectan algo más sencillo y profundo: el perro pone su lealtad en el amo de la misma forma que el gato es fiel al domicilio de este. Por eso uno es “familiaris” y el otro “domesticus”.

Y por la misma razón que no hay “gatos policías”, tampoco los hay “pastores” El gato es un animal exquisito; como dicen los chinos, “Dios hizo al gato para que el hombre pudiera acariciar a un tigre”; es un whisky de malta; pero, sinceramente, yo para el paso de los días prefiero el prosaico "vino" del perro.

Aún así, el entusiasmo siempre es interesante si se aplica adecuadamente al objeto. Hemingway, hablando de la guerra civil española con Joseph North le dijo: “Me gustan los comunistas como soldados pero no como sacerdotes” . Y a mí me gusta ver caminar a un gato entre porcelanas, quitándolas el polvo con el rabo y sin moverlas, pero me gusta encontrame con la mirada del perro: confiado, aguardando tus mínimos gestos. Para contemplar, un gato; para compañía, un perro.

El motivo de este post no es sin embargo, ahondar en la oposición entre “canidoamantes” y “felinolatras”. Sino colgar esta foto entrañable de un pastor y su perro. La noticia que ilustraba esta imagen es que el susodicho había sufrido la pérdida de su rebaño de ovejas a manos, digo a colmillos y garras, de un grupo de perros asilvestrados, que son más peligrosos que los lobos puesto que tienen menos reparos y les intimida menos el hombre. Esos perros cimarrones bestiales, con ninguna de las virtudes de lo silvestre y ninguna de lo domestico, son una anómala maldición. Pero el hombre sigue aferrado a su perro y, lo que es más ejemplar aún, el perro a su hombre, contra sus hermanos de genes que rompieron el viejo pacto.

(Y ahora vuelvan a mirar la foto y compárenla con la pequeña que hay a su derecha, del autor del blog)