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31/03/2009

Leonardo, Rachmaninov y el Pato Donald: sexo, sexualidad y reproducción



(Ilustración de Claire Stringer: ‘Rachmaninov Rehearsal’)


"Tú sola quedas con el deseo,
Con este que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,
Sino el deseo de todos,
malvados, inocentes,
Enamorados, canallas.

Tierra, tierra y deseo.
Una forma perdida."


Luis Cernuda



A veces me siento melancólico y anacrónico y me dejo llevar por el ensueño de hacer de cicerone en este tiempo con un Leonardo o un Galileo mágicamente redivivos. Disfruto con su asombro al contemplar los aviones y helicópteros que surcan los cielos de mi ciudad, los automóviles o la televisión y los ordenadores, los milagros clonadores y genómicos. Sin embargo, una vez pasada la sorpresa por esta feria de muestras tecnológica, pienso que se quedarían aún más asombrados por el estancamiento y la proximidad moral de mi época con la suya. Seguimos siendo chimpancés con láser.

Con la reciente polémica del aborto vuelvo a notar la ausencia de cultura del diálogo en la sociedad española: nadie escucha al otro. Creo que no sólo se debe al tema en sí, siempre espinoso y al que ya dediqué una glosa en relación al desdichado cartel de propaganda episcopal del niño y el lince, sino a que está demasiado arraigada la mala costumbre de que el lanzamiento de consignas a favor y en contra sustituyan al verdadero debate, faltando siempre lo esencial: escuchar al otro y –trascendiendo la simple cortesía, que ya sería algo- estar dispuesto honestamente si llega el caso a modificar las opiniones propias. El problema viene de largo ya que el propio inventor del diálogo como género literario, Platón, lo trucó desde el principio convirtiendo a los adversarios de Sócrates en meros ‘sparrings’ de su dialéctica eternamente victoriosa; desde entonces el diálogo como fórmula de entendimiento sigue en precario, salvo en ciencia y en algunas formas integras y arriesgadas del arte.

Además de las formas que son tan importantes y volviendo al tema, la confusión estriba en mezclar tres conceptos que se toman por sinónimos y son muy distintos. Provisionalmente los voy a llamar ‘sexo’, ‘sexualidad’ y ‘reproducción’ que es como se los discrimina en biología.

El objeto del primer concierto para piano y orquesta de Rachmaninov no es que el pianista haga determinados ejercicios con los dedos –aunque hay profesores de música que lo utilizan a tal efecto-, ni siquiera que la orquesta se las apañe para conjuntarse con ese piano solista –aunque ese fuese uno de los retos técnicos al que se tuvo que enfrentar el compositor- ni aún que cumpliera las leyes de armonía y contrapunto, establecidas desde antiguo –esa era una ‘restricción’ o marco inherente al trabajo del compositor– sino crear un ente de belleza que produzca satisfacción al oyente por medio del sentido del oído.

Igualmente, el sexo no tiene por objeto la reproducción, es decir, la consecución de otro individuo joven de la misma especie que la parental; eso se consigue más fácilmente con la reproducción asexuada, por ejemplo, la bipartición de la única célula de una ameba; ni tampoco la satisfacción de ese individuo reproductor, sino ‘barajar’ o mezclar dos dotaciones genéticas para obtener una nueva, un ‘mestizo’ de dos progenitores, lo que proporciona mayor variabilidad, que a su vez es una ventaja evolutiva y, la mayoría de las veces, adaptativa.

Eso el sexo. La reproducción tiene por objeto compensar la mortandad natural con nuevos nacimientos y, finalmente, la sexualidad, tiene como ‘fin’ el placer. El que el 'parque de diversión y atracciones' de los individuos sexuados se haya colocado junto a la salida de evacuación de la 'planta de residuos' sólo es una demostración más, por si hacía falta, de lo genialmente ‘chapucera’ que es la selección natural que no trabaja, por tanto, como un supuesto diseñador inteligente, sino como un ciego mecanismo oportunista que va tirando de los elementos que tiene a mano de ’diseños’ anteriores, sean estos branquias que ya no sirven para respirar en tierra firme, aletas que por lo mismo no sirven apara nadar o pelvis que ni sirven para galopar en forma cuadrúpeda ni para parir con comodidad en las hembras humanas.

El que el sexo, fuente de variabilidad genética junto a las mutaciones; la reproducción, que mantiene o incrementa el tamaño de las poblaciones; y la sexualidad, como pulsión placentera similar a la del alimento o el refugio, estén intrincadamente mezclados es parte de la complejidad vital. O del alevoso programa del azar y la necesidad para proveer a la selección natural de abundantes individuos nada reacios a reproducirse. Pero afirmar que la función del sexo –entendido ahora en sentido corriente o vulgar- es la reproducción, como afirma la Iglesia Católica, o que los hijos son un producto indeseado de follar –como afirmaría un hedonista-, o que follar y procrear sólo es una manera de ayudar al proceso evolutivo, como afirmaría un científico reduccionista, es lo mismo que seguir afirmando que el primer concierto de Rachmaninov, el mismo que estoy oyendo y disfrutando en este momento, es un simple ejercicio de gimnasia digital o una manera de ayudarme a mí a escribir este post.




Divina coda

La Jerarquía episcopal defiende a la nación, siempre que se cuente entre las defensoras de la fe, como casi todas las dictaduras; defiende a la familia en su esquemática concepción del papá, que es el que manda, la mamá(la gran resignada) y los niños, que son el futuro, idéntico al presente per secula seculorum: esa que reza unida, pero la misma de 'la maté porque era mía', e indisoluble; al individuo, hasta su muerte entre dolores que no hay que paliar ni acelerar, al embrión que, como los partidarios del homúnculo, antes de la aparición de la embriología, es todo un hombrecito (o mujercita si tiene peor suerte, ya se sabe de la misoginia de la Iglesia), hasta llegar en su descenso de escala al espermatozoide y el óvulo, así mismos defendidos. Nación (o patria)- (Se saltan al Sindicato)-Familia-Individuo-embrión-esperma…lógico sería que defendieran, siguiendo la escala lógico descendente, al polvete que todo lo inicia. Pues no amiguitos, precisamente eso es el pecado de la carne, el más importante aunque vaya el sexto por despiste divino, y de esa forma se rompe el círculo ‘vivioso’. Divinamente. En su doble moral, estos jerarcas con faldones me recuerdan a otro igual de intransigente e histérico, que tampoco llevaba pantalones y tampoco tenía hijos, pero sí tres sospechosos sobrinitos: el pato Donald.

30/03/2009

el arco iris y el poema: la ciencia rebelde




“Desde el hacha de sílex hasta el misil teledirigido, hay que ver cuanto ha avanzado la ciencia y lo poco que han variado las intenciones.”
Arthur C. Clarke

Los profanos tienen una idea mitificada, casi sacra de la ciencia; o satánica en caso contrario. En parte el equívoco se debe a que la carrera científica tiene mucho de sacerdocio, esto es, de dedicación exclusiva y renuncia a casi todo lo demás, o sea, al mundo, aunque los más brillantes se las apañan para no renunciar a ese resto que es ni mas ni menos que la misma vida. No obstante, he terminado por creer que la única característica común a todos los científicos persistentes es ser obsesivos; y a un obsesivo no le importa construir toda su vida el mismo violín y no hacer ninguna otra cosa. Los demás solemos terminar tarde o temprano rompiendo los votos porque es una vida muy dura sino eres un genio y te interesan muchas cosas diferentes. Ahí se acaba toda similitud, la ciencia es siempre provisional y revisable, el dogma aspira a ser eterno. Pero el científico, más que un sacerdote que repite un ritual, o un inventor, al que se le ‘ocurren’ ideas, es entre otras cosas un rebelde, con causa. Digamos que los filósofos son unos descarriados (pretenden ocuparse del todo) como los científicos unos rebeldes. El problema es que la filosofía ya no es nada, después de los grandes pensadores de sistemas (Hegel, Kant, Schopenhauer, Nietzsche) y de los heterodoxos (Wittgenstein); como en otros casos, en esto también se adelantó Borges cuando advirtió que la metafísica era una rama de la literatura.

El arte tampoco, desde que, endiosados en su recién ganada libertad los artistas se olvidaron de la belleza, o, si se prefiere, desde que la ‘idea’ (a menudo una simple ocurrencia) le ganó al oficio. Pero el científico precisa de todo el utillaje del artista; de un pintor, por ejemplo: la mano (o el oficio), el corazón (la sensibilidad, los sentimientos, la belleza ¿habéis oído hablar de la hermosura de una buena ecuación?) y claro está, la cabeza, el cerebro. Igual que Velázquez. En su práctica cotidiana la ciencia está mucho más cerca del arte que de la filosofía. Así que el tardío reproche del poeta Keats en su poema Lamia –esperó 150 años- a la ‘filosofía natural’, que era como se llamaba entonces a la ciencia, por haber despojado de misterio al arco iris no sólo es una apreciación injusta desde la ciencia, sino desde la misma poesía. De hecho, los artistas habituales trabajan más por encargo que los científicos, que suelen establecer sus propios programas en la medida que se lo permiten.


La confusión estriba en que el público profano ha pasado de ver al científico como un santo seglar –Galileo, Darwin- al extremo opuesto: un demiurgo, o mejor, un demonio irresponsable que juega con las vidas humanas, al menos desde Hiroshima y Nagasaky. Por eso el matemático G.H. Hardy, autor de un libro encantador, ‘Apología del matemático’, se preciaba de haber dedicado su vida a la creación de unas obras de arte abstracto sin posible aplicación práctica (aunque eso nunca se sabe en la ciencia básica). Por si no quedaba claro escribió: “Se dice que una ciencia es útil si su desarrollo tiende a acentuar las desigualdades humanas en la distribución de la riqueza o si promueve de una forma más directa la destrucción de la vida humana”; pero esto nos llevaría a la relación entre ciencia y ética o a la posibilidad de una ciencia ética, que es otro asunto. Hasta el momento la ciencia y especialmente las aplicaciones tecnológicas se han comportado como la famosa Caja de Pandora: siempre se han liberado sus monstruos y siempre que algo se podía hacer, se terminó haciendo, independientemente de sus consecuencias. Pero son los propios científicos los primeros en clamar por limitar esas aplicaciones.

El científico se inserta en una tradición -¿se imaginan un genetista que no ‘crea’ en el ADN?- para perfeccionarla en el detalle, o todo lo más sugerir o abrir nuevos caminos, pero su mayor logro, paradójicamente, surge cuando consigue (rara vez) dinamitar esa tradición, cosa que consiguen muy pocos: Copérnico, Galileo, Newton, Eistein, Darwin, Leeuwenhoek…cuando es rebelde. El Origen de las especies de Darwin no es la Biblia; al contrario, no sólo no se considera infalible, sino que miles de veces todos los días, en multitud de experimentos y observaciones se pone a prueba, se considera falsable (Popper) y en ello reside su grandeza. El científico excelso es lo contrario de un glosador, se parece más bien al profesor que no se atiene al programa de estudios de la película del Club de los poetas muertos, que es un rebelde. Un rebelde riguroso y conocedor de la tradición. La ciencia no es un sistema de creencias, como la religión, sino una forma de entender el mundo, como la magia. Su principal virtud es que funciona, no en el sentido prosaico –que también- de producir máquinas o motores, sino de proveer de buenas explicaciones, coherentes con lo ya sabido, a las preguntas apropiadas, cosa que no siempre hace la magia. De hecho, al contrario de los que tienen una visión ‘religiosa’ y externa de la ciencia, como una suerte de dogma ‘ateo’, la ciencia no es tanto la técnica de dar respuestas a todo como el arte de hacerse buenas preguntas en la situación y momento adecuados. Por ejemplo, los agujeros negros fueron predichos a partir de las ecuaciones de gravitación de Einstein antes de ser observados como entes reales muchos años más tarde.

Por otro lado no hay una única visión científica como no hay una sola visión poética. Pensemos en el conflicto entre la física cuántica y la relativista, aún sin resolver. La ciencia no es un monolito de granito, sino la materia de la que está hecho ese monolito: un mosaico de puntos de vista parciales, contradictorios y extraños (por el momento, siempre por el momento en ciencia).

Otra idea falsa es que la ciencia es un punto de vista o una contribución netamente occidental. Esto no es cierto ni hoy, con miles de científicos japoneses, hindúes, rusos o árabes, ni históricamente, cuando los chinos o los persas, los babilonios o los árabes nos daban cien mil vueltas científicas a los bárbaros y supersticiosos occidentales. Para el poeta Omar Jayyam (o Kayham), que era también matemático y astrónomo, la ciencia era una rebelión contra las constricciones intelectuales más estrictas del Islam:

“Y ese cuenco invertido que llamamos cielo,
bajo el cual vivimos y morimos encerrados y arrastrándonos,
no alces tus manos hacia él pidiendo ayuda,
porque el rueda tan impotente como tú o yo.”


En el Japón del XIX la ciencia era una rebelión contra su sistema feudal y la cultura tradicional aneja. Para los físicos hindúes de comienzos del XX la ciencia fue una rebelión contra la dominación inglesa y a la vez contra la ética fatalista del hinduismo literal. ¿Y Galileo en Occidente frente a la iglesia dogmática?

Cuando estaba en el séptimo grado en el Luitpold Gymnasium de Munich, fui convocado por mi tutor, que me expresó el deseo de que yo abandonara el centro. Al decirle yo que no había hecho nada malo, se limitó a contestar: ‘su mera presencia hace que la clase me pierda el respeto’”

Einstein, por tanto, abandonó el instituto a los quince años de edad, pero el tipo de respeto que exigía ese mal profesor es justo el que la ciencia incita a perder ante el dogma. Precisamente lo más revolucionario de la ciencia como forma de conocimiento no es un supuesto, riguroso y un poco misterioso método, ni siquiera la experimentación y la observación o el contraste de hipótesis: es perderle el respeto a la vieja ‘autoritas’ para darle la excelencia a la demostración rigurosa. Para los antiguos precientíficos no sólo el relato del Génesis en la Biblia había que tomarlo al pie de la letra, sino lo que hubieran dicho los sabios de la antigüedad como Aristóteles; hasta el punto que si las observaciones contradecían a aquel había que renunciar a estas. Eso sí, el científico no es un iconoclasta, Einstein no trató de derribar a Newton sino, en cierto modo, de ampliarlo (como en su teoría de la gravitación); de hecho la física de Eistein contiene a la de Newton. Como alguien dijo, el científico camina aupado a hombros de gigantes. O dicho de otro forma, la ciencia construye sobre fundamentos tanto como sobre ruinas. Fundamentos sólidos y ruinas de sistemas anteriores no son incompatibles; ambos son parte del mismo y único legado, esos hombros de gigantes.

La ciencia ni siquiera es la explicación más sencilla de las cosas, como sugería la navaja de Occam. Precisamente la mecánica cuántica es inexpugnable por el momento solo por su inmejorable capacidad de predicción, no por su antiintuitiva capacidad de explicación. Y cada vez que los físicos usan un nuevo instrumento, siquiera sea matemático, este les lleva a nuevas e inesperadas visones que alteran todo el edificio anterior y, al menos en física, nos alejan de lo obvio. Seguramente –materia para creyentes sutiles- porque la imaginación del universo o de la naturaleza es mucho más rica que la nuestra.

Así que sólo nos queda la rebeldía y el trabajo duro. La rebeldía de los Copérnico, Bruno, Galileo, Servet, Darwin o más recientemente, Einstein, Gödel, Sajarov, Chandler Davis, Andre Weil, Lev Landau; los cuatro últimos mencionados directamente amenazados o encarcelados por los poderes políticos (Sajarov por la URSS estalinista, Davis por los Estados Unidos maccarthistas). Como ya he dicho, la ciencia es antiautoritaria por naturaleza, en primer lugar frente a sí misma; mucho más que el arte, aunque sean los artistas modernos los que se hayan apropiado de esa imagen rebelde, pese a ser mucho más sumisos y cortejar mucho más al poder político y financiero en conjunto; todo artista lleva un vasallo o un cortesano en su interior, todo científico un niño travieso y muy curioso. Pensamos en científicos recluidos para fabricar la bomba atómica (Varios físicos abandonaron el proyecto Manhattan de fabricación de la primera bomba atómica –y con ello jugosas prebendas- cuando vieron claro que la Alemania nazi no la iba a conseguir; a Eistein, conocido por sus ideas izquierdistas, ni siquiera se le invitó a participar).

Otro día hablaré de la diferencia entre la ciencia reduccionista, que no tiene por qué ser un epíteto peyorativo, de hecho la mayoría de la ciencia exitosa lo es, y la ciencia holística o de la complejidad (no de lo complicado, sino de lo complejo), por ejemplo enfrentando a dos genios paradigmáticos como Hilbert y Gödel.

27/03/2009

Paz en la Tierra a los hombres...etc.


Un diálogo real en la cola de la caja del ‘super’: la cajera me está cobrando de más, como luego se comprueba.

Un tipo barrigón encorbatado al final de la fila: “-Vamos, que los demás tenemos prisa” -mirándome a mí, no a la cajera.

Lansky: -“no estoy hablando con usted” -mirándole a los ojos.

Barrigón (chulo): -“pero yo con usted sí”.

Lansky (tranquilo): -“vale, pues tiene usted una corbata feísima” -pausa, el tipo enrojece, aprovecho la pausa y añado- “hace juego con su cara”.

Juro que es verdad, juro que me ha pasado hace escasos minutos. Yo no llevaba corbata, pero sí chaqueta encima de una preciosa camiseta con una rata ahorcada y el lema: "Antes muerta que tu esclava".

Mi heroina personal: Nuria Molina




Prólogo (al estilo de mi blog Todossomosdios)

Nairobi, junto a Río de Janeiro y Lisboa, es una de las ciudades que más me han impresionado en mi vida. Comenzando por la pasada que dio mi avión procedente de Francfort para despejar la pista de aterrizaje de rebaños de jirafas, cebras y ñues, siguiendo porque el taxista kikuyu que me llevó a mi hotel tenía a su mujer sirviendo en Madrid, que ya es casualidad; continuando por el concierto de percusión que me hicieron con sus cajas de madera los limpiabotas de la amplia avenida que conduce a la sede del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA, UEP en inglés), prosiguiendo porque en la terraza de maderas preciosas del así mismo precioso hotel colonial Norkfold me he tomado los mejores gin tonic de mi vida, o las vistas desde la finca de café de de Karen Blixen (Isaac Dinesen; sí la de Memorias de África) y la tumba de Finch-Hatton donde se tumban los leones a otear los rebaños de impalas y concluyendo con la ameba parásita (Giardia lamblia) que terminé pillando en Mombasa. Pero nunca me atreví a entrar en el barrio de Kibera.

****

Los jóvenes actuales recelan cada vez más del juego político habitual y de formaciones tradicionales como los partidos y los sindicatos, pero eso no quiere decir ni que sean en su conjunto unos hedonistas irresponsables ni que sean apolíticos; simplemente encauzan sus esfuerzos por medio de otras organizaciones menos sospechosas y los dedican a causas más transversales, como las pacifistas, ecologistas o las desigualdades sociales y geopolíticas. Las organizaciones no gubernamentales, las famosas ONG, son su entorno habitual de compromiso. De hecho, contemplar a esos otros jóvenes residuales que militan en las organizaciones juveniles de los partidos de siempre deja una sensación de sospechosa anacronía; están desconectados de su generación que prefiere pagar sus cuotas a Oxfam o Greenpeace que al partido de turno y son sospechosos de haber iniciado precozmente una carrera de medro del poder, aunque en algunos casos, supongo, no sea eso del todo justo o exacto.

Sin embargo, de un lado, no se puede abandonar el juego político tradicional, aunque no se confíe con toda razón mucho en él. Remedando a Clemenceau y los militares y las guerras, habría que decir que si, como decía Aristóteles, el ser humano es un ‘animal político’, la política es demasiado importante para dejarla en manos de sus sospechosos habituales, los políticos. Y de otro, porque hay ONG y ONG y algunas abundan en los mismos defectos que los partidos y encima sin los controles democráticos de aquellos.

Por eso resulta muy reconfortante, entre tanto buenismo y voluntarismo, que no voluntariado, ingenuo y altruista, descubrir personas tan perspicaces y sensatas como Nuria Molina. El titular sería: “la cooperante que llegó al congreso de EEUU”. O sea, alguien a quien Barney Frank, presidente de los servicios financieros de la Cámara de Representantes, convocó para oír su opinión sobre los fondos del Banco Mundial de ayuda al desarrollo. Es algo así como si el Forum Atómico, el poderoso lobby de promoción de la industria nuclear, llamará a Greenpeace para que expusiera sus objeciones a esa energía. Insólito.

Nuria es investigadora de EURODAD, entidad que agrupa a destacadas ONG, las de más prestigio en ese campo, como Oxfam y Ayuda en Acción (Action Aid). Es una experta en flujos financieros entre los países ricos y pobres. Como yo tengo mi opinión, y la tengo probablemente desde antes que la jovencísima experta naciera, la voy a exponer primero.

Creo en la solidaridad entre países pobres y ricos, pero no creo en las limosnas tipo 0,7%. Creo en la justicia geopolítica: cualquier análisis desapasionado del flujo de energía, materias primas o alimentos, incluso dinero, entre el mundo rico y el pobre (antes llamado Tercer Mundo) arroja el nada sorprendente, al menos para mí, resultado de que esos flujos son netamente favorables a los ricos; esto es, que circula desde los pobres a los ricos, exactamente igual que el capital entre las clases sociales de un mismo país. Por supuesto, existen flujos menores en sentido contrario en forma de muy publicitadas ayudas al desarrollo o contra el hambre. Pero el 17% de la población del mundo (los ricos) consume más del 80% de los recursos naturales de todo tipo (madera, papel, metales férricos, petróleo, etc.) y emite más del 80% de los residuos al entorno global. Sin embargo, la mayoría de esos recursos (madera, papel, petróleo, etc.) se generan en los países pobres. Hay, por tanto, un neto intercambio desigual. Corregir esa desigualdad injusta es la condición previa –y eso es algo que a menudo no detectan los ecologistas- para establecer una solidaridad intergeneracional, es decir, para legar un mundo más justo y equilibrado a las generaciones futuras. La solidaridad espacial o la justicia geopolítica es condición necesaria aunque no suficiente para la solidaridad temporal o ecológica. Un ultraderechista político bávaro prevenía en los ochenta sobre los verdes alemanes, porque decía que eran como las sandías: verdes por fuera pero rojos por dentro. Ojalá. En realidad, tomando el rojo como emblema no del comunismo al uso sino de la más amplia búsqueda de esa justicia sociopolítica, los ecologistas deberían ser como los tomates, inicialmente verdes, pero rojos al madurar y comprender los egoístas motores del mundo en que vivimos. Mis disculpas por el largo Excurso. Vuelvo a Nuria.

Nuria sabe lo anterior. Está la mitad de su valioso tiempo en sitios como Nueva York y Bruselas, pero la otra mitad anda en campos de refugiados de Kenia, Tailandia, Ghana, Botswana, India, México, Ecuador y Sudáfrica. Anda sobre moquetas con la misma soltura que sobre polvo de rastrojos. Y sostiene con datos que las duras condiciones impuestas por el Banco Mundial a esos países han provocado más daño que beneficio a la situación que pretendían paliar. Al imponer como condición la completa liberalización del comercio, se arruinaba la producción agrícola local que nutría a la población autóctona y permitía a las multinacionales repatriar todos sus beneficios sin pagar impuestos. Esto lo suelta con una vocecilla proporcional a su exigua estatura y tamaño corporal y, lo que es más importante, con apabullantes datos y estadísticas reelaboradas por ella y su equipo. Nuria ha desmenuzado préstamo por préstamo todas las ayudas del Banco Mundial, verdaderos regalos envenenados en realidad, de manera que sus tesis no son ideológicas o prejuicios, sino conclusiones tan sangrantes como reales y bien documentadas.

Nuria sostiene que las ayudas no son la solución; lo dice una chiquilla (dicho sea con todo mi respeto) que se cayó del caballo en el durísimo barrio de chabolas de Kibera –uno de los infiernos en esta tierra- en las afueras de Nairobi, en el que, no me avergüenza decir, yo no me atreví a entrar, aunque tuve la oportunidad, y en donde ella, en cambio, vivió durante meses. Y sin embargo, es pragmática y considera una pérdida de tiempo culpar a los políticos (como a menudo se limitan a hacer los ‘alternativos’ movimientos antisistema y antiglobalización), porque considera que todos estamos implicados, porque los ciudadanos ricos tenemos alimentos y materias primas a bajo precio y preferimos pagar 30 euros de cuota a una ONG a que nos toquen nuestro rapaz modo de vida. Vivir como un ufano y ecologista holandés, por ejemplo, que barre su puerta para que el planeta le imite y esté limpio, le cuesta la vida a 400 malienses.


Epílogo

Una leyenda talmúdica afirma que este mundo, tan injusto y cruel, seguirá manteniéndose en pie mientras existan al menos 20 hombres justos. Yo he descubierto una mujer, una superheroina sin mallas ajustadas, creo, ni capa que mantiene una actitud permanente de bondad inteligente –caso de que eso no sea un redundancia-, y en cualquier caso, leyendas al margen, sé positivamente que si hubiera muchas más como ella este mundo sería mejor.

Nota: ando preocupado con ciertos síntomas neurológicos que parecen adscribibles al conocido Síndrome de Tourette, suelto sonidos vocales (fónicos) involuntarios y repetidos, pero extrañamente eufónicos: “¡Trillo al trullo!!!” No puedo parar, se me escapa continuamente en los momentos más inoportunos y en los oportunos.

26/03/2009

Las memorias del siglo XX de un estupendo hijo de puta, 1




Churchill era un típico representante de la clase alta inglesa posvictoriana –nació en 1874- y consecuentemente un señor muy de derechas, conservador, enemigo a ultranza del comunismo, perspicaz, protagonista de primera fila en la política mundial durante décadas y además un excelente escritor que recibió el Premio Nobel de literatura en 1953. Pocos dudan que este premio le fuera otorgado sobre todo por las miles de páginas de sus memorias en las que los conflictos bélicos y en especial la Segunda Guerra Mundial en la que fue Primer Ministro de Gran Bretaña, ocupan un papel central. Estas memorias están editadas en castellano en ediciones tan buscadas como inencontrables, pero hay una edición abreviada –unas 1.500 páginas- de ese periodo tituladas aquí La Segunda Guerra Mundial en dos voluminosos tomos de bolsillo aún disponibles en las librerías (1ª ed. De 2004). Se basan en la edición original inglesa de 1959 ‘The Second Word War’, que, como digo, forman parte de sus memorias, de la compilación realizada por Denis Kelly con la aprobación del propio autor; concretamente de los tomos titulados sucesivamente: La tormenta se avecina (1919-1940); Su hora mejor (1940); La gran alianza (1941); El eje del destino (1942-1943); El anillo se cierra (1943-1944) y Triunfo y tragedia (1944-1945). La edición que comento omite por cuestiones de espacio numerosos pasajes de estos volúmenes, y para respetar la secuencia y la proporción han redistribuido el resto del texto; además, para darle cohesión, en algunos pocos casos, se han añadido algunos párrafos que no escribió el estadista. La otra insuficiencia es más bien una suficiencia, un prescindible, oportunista e inane prólogo del periodista amarillo Pedro J. Ramírez que os recomiendo que saltéis. No así el Epílogo, escrito por el propio Churchill a comienzos de 1957 y que faltaba en las ediciones anteriores. Es un libro (o libros) imprescindible para entender la historia del mundo en el vertiginoso siglo XX y el mundo actual que heredamos de entonces, pero hay que tener en cuenta que fue escrito, insisto, por un político profundamente conservador y furibundo anticomunista en plena Guerra Fría.

“Estupendo hijo de puta”, creo recordar era la abreviada descripción, que no invectiva, que Cortazar hacía de Dalí. Y añadía, "pero no le quiten ni añadan nada: ‘hijo de puta’, pero ‘estupendo’". Churchill es magnífico cuando analiza los malos acuerdos de la Paz de Versalles –de aquellos polvos los lodos subsiguientes- o el ascenso del nazismo. Y es enervantemente injusto cuando reduce la contienda civil española a una lucha entre comunistas y patriotas y defiende el supuesto acierto del no intervencionismo aliado (la historia le contradijo, creo). Y es un excelente prosista, nada prolijo, nítido y exacto, sin engolamientos.

Creo sinceramente que este tipo de prolijas lecturas no deben emprenderse sólo con un espíritu pragmático del tipo de “me va a servir para entender el presente”, obvia función, entre otras, no ya de la Historia, sino de la memoria. Pero es bien cierto que a menudo sorprende no sólo ver lo intrincadamente entrelazado que está, por ejemplo, la disolución del Imperio Austrohúngaro con el nuevo mapa de Europa, sino hasta que punto sobreviven ideas que nos permiten afirmar que la política de agresión del Estado de Israel actual estaba ya prescrita por el nazismo más ortodoxo del Mein Kampf: “El hombre es un animal combativo, por tanto la nación, al ser una comunidad de luchadores, es una unidad de combate”. Eso explica que el actual estado de Israel no se comporte como una nación al uso, con su diplomacia, su administración y sí, su ejército también, sino como una milicia. Parece que el exterminio y la persecución no fue el único daño que los verdugos propinaron a sus víctimas, sino también la emulación de su terror.

Aunque Churchill viajó mucho –estuvo a punto de ser presentado a Hitler en Austria a comienzos de los años treinta- su evidente imperialismo le colocó siempre unas gafas deformantes con las que contemplar el resto del mundo. En cierto modo, pese a su educación elitista –o merced a ella- era un palurdo inglés del mismo tipo que considera que una tormenta en el Canal de la Mancha ‘aisla’ a Europa de Gran Bretaña. Viajar por el mundo era para él, -dejando constancia en varios libros, como el que relata sus experiencias sudafricanas en la guerra de los boers-, pasear por los aledaños ‘rosas’ de su casa (tradicionalmente en los mapamundis británicos se usaba ese color en las colonias). Gentes que se sorprenden no de la brutalidad de las corridas de toros, sino de que se inicien a la misma sagrada hora que el consabido te, para los que no hay otra bebida que la ginebra inglesa u otra gastronomía que esas gachas de avena intragables que se llama ‘porridge’ o el pastel de riñones. Adversarios terribles, en parte por esa miopía empecinada y orgullosa al servicio de Su Majestad Británica. Por eso, el mejor tipo de británico es la estirpe de mutantes viajeros que abandonan definitivamente toda esa peste chauvinista y se instalan en climas más amables y sociedades menos rígidas, los Durrell, Brenan, Byron y Graves, para entendernos, un pueblo nómada y desarraigado tan brillante como ese otro formado por los judíos cosmopolitas, de los que hablaré en otra ocasión.

(Continuará)

25/03/2009

De 'Vita Beata'


"La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño"
Friedrich Nietzsche


Somos una partícula de tiempo en un vasto espacio; lo pequeño y lo inmenso, pero más aún lo breve y lo eterno. Por eso todas las religiones repiten lo pequeños que somos ante Dios y lo breve que es la vida frente a las promesas de trascendencia. Pero somos pequeños y fugaces porque así debe ser, como la hormiga que contornea una naranja; si no nos caeríamos de este planeta.

La mirada de la joven de la perla de Vermeer muestra todo el recato de una fámula doméstica, pero también toda la incertidumbre que la época podía deparar a una muchacha humilde: ‘¿llegaré a vieja?’. En cambio, el autorretrato de Rembrandt con el perro de aguas muestra un tipo ufano y bajito, casi un enano, un gordito disfrazado de oropeles ingenuos. El perro no posa, el pintor sí. O la solitaria mujer de Hopper que lee casi desnuda sentada en la cama de esa habitación anodina a la luz de la ventana. Está casi desnuda, pero está peinada, misteriosamente no parece recién levantada y la cama no está deshecha. Intimidad recatada; exhibicionismo modesto; soledad y anonimato de hotel barato, pero con todo, lo más patético es la curva pesada de esa espalda de nadadora, inerme, como esperando un cuchillo entre los omoplatos. Todos son carteles, como otro de Tapies de vigor paleolítico, otro suave y azul de Jasper Johns, un laberinto pétreo y entintado de Chillida, y un original otra vez de Tapies más modoso, como una tarea escolar: un grafito con una llave y una cruz roja sangrante; un Mompou como petroglifos infantiles con coches de bomberos y autobuses; un dibujo a lápiz de Rafael mostrando un joven con gorro; un grabado de Goya; un cartel de un concierto de Jazz en París.

Bill Evans al piano. Podría ser música ambiental, pero es demasiado buena, aunque a veces los fondos sonoros del gusto de la época son algo irritantes, distraen del piano, como la banda sonora de una película cursi. El contrapunto mejor son los pasos de Jara en las tablas de pino y el tic tac del reloj. Libros; luces de miel. Madera y piedra, fragilidad y solidez. Roces en el tejado, la danza de la muerte -o sea, de la vida- entre los gatos y los pájaros.

Borges, que menudo caía en la tentación de la paradoja fácil, decía que la vida es corta, pero los minutos largos; pero cuando la vida es buena es como una hora única y bien aprovechada. Para aprovecharla hay que saber bien pocas pero esenciales cosas: cómo disfrutar del sol sin tomarlo para broncearse, es decir, sin confundir una caricia deliciosa con un dudoso tratamiento cosmético; como beber sin emborracharse, pero mojando pan en el vino como los viejos campesinos. Saber como musitar una oración de agradecimiento sincero cuando se le ‘entrega’ una mujer hermosa, saber 'cómo saber' hablarle a un niño y acariciar a un gato (y al revés); cuando cortar el pan con un cuchillo y cuando partirlo con las manos y, sobre todo, cuando hablar y cuando callar. Hay que saber hacer cosas reales, insólitas, prosaicas aunque extraordinarias: afeitar a un mendigo, prepararle la cena a una anciana, arropar a un niño en la cama y podar un frutal. Eso es vivir; 'vivir peligrosamente' no es un lema de moteros o roqueros, sino un precepto de Nietzsche.

Y saber lo que hay que evitar. No ser nunca brutal ni cruel, aunque haya que ser violento. No buscar tanto raíces, como los pandilleros –pandilleros de pandillas, de nacionalismos o de clubes de fútbol, tanto da- entre tus supuestos iguales, sino alas entre tus equivalentes desiguales. Para evitar precisamente que en vez de la vida como horas únicas y aprovechadas se convierta en monótonas secuencias de días cerrados como un libro. Repito: unta pan en el vino como un campesino, come tocino con uvas, viste con un manto blanco de lana y cubierto de mugre como un orgulloso montañés; vive en lo posible libre como el camino y desatado como el viento. Pero aprende a apreciar el sosiego.

La partícula en el vasto espacio, el tiempo en la eternidad. La mecánica cuántica establece que dos partículas con el mismo origen, aunque se separen inmensamente reaccionan simultáneamente. Eso contradice la relatividad general, puesto que la simultaneidad excede la velocidad de la luz. Pero el universo cuántico no es explicativo, sino paradójico y predictivo.

Se trata de alcanzar una santidad sin ignorancia y una degradación sin humillación. Como siempre hay un libro a medias, la pregunta es obvia: ¿qué libro dejaré inconcluso? ¿Qué canción a medias? ¿Qué pasos no terminaré de oír? Hay que bajar a hacer la cena.

24/03/2009

El exquisito en la pastelería: dos libros esenciales




Si a un niño goloso le abrieran las puertas de una confitería para que comiera lo que quisiera pasarían dos cosas en neta secuencia, la última y definitiva: una indigestión severa. Pero antes se produciría un curioso proceso de selección progresiva: puede que el desdichado crío cogiera lo primero que se le viniera a mano, porque todo en el fondo le gusta, pero poco a poco iría eligiendo, aunque tuviera que ponerse de puntillas para alcanzar la delicia del último estante y, cerca ya de la saciedad, sólo probaría de aquí y de allá entre lo más grato.

Con los libros y la lectura pasa exactamente eso; se publica sólo en España más de 50.000 títulos al año, pongamos que la mitad son de consulta, de texto o de autoayuda, quedan casi 30.000; de ellos es muy probable que no más de unas centenas sean lo que yo llamo esenciales (para cada cual, naturalmente). Por el mismo lado, ese proceso se repite hacia atrás en el tiempo con todos los libros editados cada año hasta llegar a los clásicos esenciales del pasado y a la temida pregunta de cuándo leer por fin entero El Quijote o Guerra y paz o el Ulises de Joyce o las tragedias griegas, los ensayos de Montaigne, las miles de páginas de El tiempo perdido de Proust…Cualquier lector habitual ha echado estas o parecidas cuentas y ha colocado en el divisor los años de lectura y o vida que le quedan. Conclusión evidente: no se pueden leer todos los libros que uno quisiera, ni siquiera los esenciales, al igual que no se puede acabar en una tarde con las existencias de la pastelería. Yo sugiero una cosa. Al niño, que negocie con el propietario y cambie el atracón por una modesta pero continua renta vitalicia para poder elegir cada día un pastel o una golosina de su gusto. Habrá tardes que repetirá, porque los pestiños son adictivos, y días que experimentará con sabores adultos, como esa misteriosa tarta de chocolate amargo y limón, y habrá días que el gusto vulgar se imponga, por eso es vulgar, y elija la consabida milhoja o una chocolatina. Igual con los libros, goloso lector. No pases cuidado por elegir una novela policíaca –pero no te atiborres- o por aplazar una vez más el Ulises, -aunque no renuncies- pero aprovecha para descubrir el chocolate amargo y el ‘mouse’ de café. Los pedantes renuncian a la narrativa para no ‘perder’ el tiempo; pobres, simplemente no son verdaderos lectores, sino lectores instrumentales, regalémosles una suscripción a la 'Mecánica Popular' y dejémosles tranquilos.

Ya sabemos que la primera acepción del diccionario de muchas palabras no sirve de mucho, pero tiene que estar ahí, tapando a las siguientes: relativo a la esencia, vale ¿y? Substancial, principal y notable. ¡Eso es! En principio, la novedad está reñida con lo esencial, pero con excepciones, así que de entre las novedades habrá que detectar lo esencial, lo notable y principal; el pasado es más fácil, porque eso es una definición de clásico: lo que no envejece. El problema son los libros de esas edades intermedias, medievales edades oscuras de la crítica de hace unas pocas décadas, en las que el tiempo no ha bastando aún para concederles la perdurable categoría de clásicos (salvo en la acepción abusiva y frívola de la pseudo critica publicista de best sellers), pero ya se han olvidado como novedad. Voy a recomendaros dos libros esenciales.

A medidos de los setenta se publicaron en su lengua original dos de los libros en inglés más hermosos de…todos los tiempos (eso, creo, incluye a Shakespeare, a Chaucer y a Burguess, por supuesto a Auster, Amis y otros prescindibles); la novela, por llamarla de algún modo, ‘Años luz’ de James Salter y el libro de viajes ‘El tiempo de los regalos’ de Patrick Leigh Fermor. El primero se tradujo al castellano en los noventa por ese verdadero editor que se llama Mario Muchnik, el segundo en esta década por Península/Altair. Yo los he vuelto a comprar en ediciones originales y los he vuelto a leer, con la traducción a mano, y he confirmado sobradamente esa primera y excepcional impresión. Curiosamente –es una pura coincidencia, supongo- los dos están escritos por antiguos militares profesionales que recibieron condecoraciones por acciones heroicas y que abandonaron sus carreras de oficiales para dedicarse por entero a la literatura. El estadounidense Salter fue piloto de cazas de combate, en tanto que el anglo irlandés Leigh Fermor fue jefe de unidades de comandos. Ninguna de esas dos obras tiene que ver directamente con temas bélicos.

Años luz, como En busca del tiempo perdido, trata del paso del tiempo, de la erosión de los años en un matrimonio en los Estados Unidos de comienzos de los sesenta hasta finales de los setenta. Pero al contrario que la referencia que he usado esta es una novela breve, basta y sobra. El estilo de Salter es conciso, de frase breve, despojado, alejado de toda intención lírico ripiosa, precisamente el adecuado para resaltar que el paso de los años tapa los desengaños pero destapa los antiguos miedos. El traductor le ha hecho justicia. Es una novela bellísima y tremendamente triste. Ignoro si Salter atacaba a los cazas enemigos desde arriba, como el Barón Rojo, pero a mí me hizo trizas el timón de cola.

El más hermoso libro sobre el Danubio no es el excesivamente afamado de Claudio Magris, sino el viaje desde Londres a Constantinopla, siguiendo primero el Rin y luego el Danubio de un Leigh Fermor de dieciocho años en los comienzos de los años treinta, o sea, en el periodo inminente al ascenso del nazismo. Fermor está considerado (se lo leí a mi recién descubierto crítico Terry Eagleton) el mejor estilista vivo en inglés. Debe serlo. Y también es muy probable que el muchacho expulsado de colegios y academias premilitares que un día tomó un bastón de fresno bien equilibrado y una mochila comprada en una tienda de excedentes militares y se puso en marcha llevara un cuaderno de notas –ya aspiraba a ser escritor y había publicado horrendos versos, según él, en alguna revista escolar- que fueron utilizadas –aunque no se nos dice expresamente- por el escritor ya hecho, exquisito y hábil, cuarenta años después para escribir este hermoso periplo por una Europa que ya no existe. Preciso y sensible como un paisajista holandés que pone la caída de Ícaro, en este caso el propio joven, en un discreto segundo plano para resaltar la fuerza de ese viejo y cansado, pero tan hermoso continente.

Ahora que los libros caducan más que los yogures no busquéis estos en el mostrador de novedades. Hay dos o tres formas de hacerse con ellos. Las bibliotecas públicas, claro; curiosos establecimientos que a veces tienen libros de más de una década. La emocionante búsqueda, sin ninguna garantía, en mis adorables librerías de viejo. Y solicitarlas a los editores; yo aprovecho el comienzo de las ferias del libro para acudir a sus casetas y pedirles que rebusquen en sus fondos y me las traigan, pasando a recogerlas al cabo de unos días. Sorprendentemente, en más de una ocasión me ha dado resultado.



James Salter:Años luz (Ligh Years, Cape Cop, N.Y.), El Aleph, 1975, Mario Muchnik, 1991

Patrick Leigh Fermor: El tiempo de los regalos, A pie hacia Constantinopla. Península /Altair viajes, 2001. A time of gifts. On foot to Constantinople: from the Hook of Holland to the Middle Danubio, John Murray Ed, London, 1977

23/03/2009

Libros modestos




Sí: modestos. Me gusta la modestia y el recato hasta en los libros, también en las mozas siempre que eso no las impida desnudarse, aunque no lo hagan a la buena de Dios y sin venir a cuento. Libros modestos en sus pretensiones, aunque exigentes en sus propios términos y alcance; cariñosos con su tema. Muchos suelen ser sobre temas locales, y todos sabemos desde El Quijote que la mejor manera de llegar a lo universal es por el camino de lo local, como los mapamundis de Bilbao. Las editoriales suelen ser en estos casos casi artesanales o bien, digamos, poco profesionales, como la de las administraciones locales, ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, o sociedades de amigos del país o asociaciones variopintas. Las ediciones de las administraciones suelen tener el defecto de estar muy mal distribuidas; parece como si pensasen que una vez impreso el libro ahí se acaba la tarea de un editor cuando en el mundo profesional la distribución es tan importante que se suele llevar la parte de león, como sabe todo librero que se precie. Yo aprovecho las Ferias del Libro de mayo y junio para localizar en sus casetas institucionales esas joyas semi ocultas.

De todas formas, el recato de los libros de esas instituciones suele estar inmediatamente anulado por prescindibles prólogos y prefacios de los jerarcas de turno que nada aportan al texto del autor, pero que rememoran aquella costumbre del siglo de oro que incluía obligatorias dedicatorias al protector de tuno, el conde de tal o el marques de cual y el permiso de impresión entre otras cosas. En cualquier caso, son fuentes de información insustituibles, desde los caminos aledaños al canal navegable de Castilla en tierras palentinas hasta la descripción minuciosa de dólmenes menires y otros megalitos en la extremeña comarca de Alcantara o la flora de las sierras valencianas o las artes de pesca en el Ampurdam. Los libreros de viejo y los regalos del propio y erudito autor son mis principales fuentes de aprovisionamiento de tan raros especimenes.

El último que he conseguido lo ha sido por el primer método, puesto que no tengo la suerte de conocer al autor. El libro se llama ‘Setas de Villanueva del Fresno’ de Jesús Manuel Crespo Martín (este tipo de libros suelen ir firmados con nombres completos y dos apellidos, como si de una instancia se tratase, siguiendo el proceso inverso de los narradores anglosajones, siempre firmando sus novelas con iniciales precediendo al único apellido).La editorial es el propio ayuntamiento, con el inevitable prólogo. El tema no son sólo las setas o los ‘gurumelos’ Amanita ponderosa, sino toda la naturaleza rural del término municipal que la recolección de setas le sirve de pretexto. Por cierto, ahí me entero que ‘gurumelo’ –eufónica palabra- proviene del latín, ‘cogumelo’, lo que no es novedad, pero ese es nombre genérico que se da a todas las setas en portugués y gallego y sólo a la deliciosa Amanita comestible en esa zona.

Por supuesto, lo contrario de la modestia en libros son esos best sellers publicitados hasta en la sopa, adornados de fajas y comentarios ilustres sobre la gran obra maestra que pretender fingir ser; o bien, esos libros de lujo, -no tengo nada contra los que además son bellos: para “il tabolo de café’ los llaman los italianos- de gran formato, papel ‘couche’ de alto gramaje, escaso texto y muchas fotos, pero mal maquetados y diseñados, superfluos y ostentosos como gordas enjoyadas.

Alguno de mis libros, tres en concreto, son de gran formato, pero no pretenciosos; dos en una colección de varios tomos sobre la naturaleza española en la que yo escribí los tomos dedicados a la dehesa y el olivar y al bosque mediterráneo (encinares, sobre todo) y otro aún más voluminoso y con espléndidas fotos de mi amigo José Luis sobre la sierra de Gredos, que si no son imprescindibles –pocos lo son- no son enteramente superfluos. Otro, modesto, es un Diccionario de Ecología y ya se sabe que los diccionarios es un género, que aprecio mucho como lector, en el que brillaron gentes como Samuel Johnson o los enciclopedistas franceses, pero este mío es un pretexto para verter mis ideas de entonces en forma de fragmentos; es tan modesto que se publicó directamente en una vasta y popular colección de bolsillo de la época. Otro, el que más quiero probablemente, es una suerte de mapamundi de Madrid, una guía del naturalista en esta ciudad; de mis intenciones da cuenta el poético subtítulo: 'En la M-30 florecen los cantuesos'. Del resto puedo decir que al menos mantienen la equidistancia entre el azar y la necesidad, el capricho y la motivación más seria.

Pero bueno; comencé hablando de libros modestos y concluyo con mi inmodesto ‘autobombo’. Y es que la valentía y la modestia son dos virtudes que no se pueden improvisar ni fingir.

Nota
: la foto es de Freddy, cuando no está asesinando universitarias descerebradas. Es la del famoso Pasaje de San Ginés, junto a Arenal y a dos pasos de la Puerta del Sol

Muerte en viernes, 3


Tres: el viejo asunto

“No vendas nunca tu alma al diablo, alquílasela.”
Lansky



-Tiene el hioides fracturado.

-¿Le han partido la nuez de una hostia?

-No exactamente. Parece más bien presión con unos pulgares enguantados. Así, ¿ves?- El forense hizo un gesto hacia el policía con las dos manos extendidas y unidas por los pulgares y las yemas de los índices, dibujando una especie de corazón hueco y en planeo.- En realidad está en la base de la lengua y encima de la laringe, la nuez es la prominencia del cartílago tiroides que hay delante.

-¿Le han estrangulado?

-No, ha sido, me parece, lo que te he comentado, una presión simultánea y extremadamente precisa de los dos pulgares, rodeando la nuez y buscando detrás. Un maestro.

-¿Qué tenemos: un puto karateca saolín?

-O un buen anatomista. Verás, le ha oprimido los laterales del cuello con los pulgares. Es una presión que sólo se puede hacer desde delante: situándose frente a la víctima. Supongo que si te acercas tanto para agarrarle con las dos manos la garganta, pero que no pueda darte una patada en los huevos, lo tienes.

-La hostia.

-¿Esta ciudad qué tiene, una, dos muertes violentas al año? Y en lo poco que llevamos de este ya van tres: este notario, el concejal de urbanismo, muerto decapitado por un cable en un camino vecinal cuando iba con su moto de trial y el subjefe de la policía municipal que se suicidó con pastillas. Se nos ha ido a tomar por culo la estadística.

-La de casos resueltos, también.

18/03/2009

Linces y embriones: una tontería disfrazada de argumento


Para Anna y Olga, siempre con mi afecto que me temo no es recíproco


Cierro
los ojos, pero los ojos
del alma siguen abiertos
hasta el dolor


Jaime Gil de Biedma


“Es a la inmensa mayoría, fronda
de turbias frentes y sufriente pechos,
a los que luchan contra Dios, deshechos
de un solo golpe en su tiniebla honda
.”

Blas de Otero


Stendhal decía que la única disculpa para Dios es que no existe; remedándole yo afirmo que la única disculpa para la Conferencia Episcopal es que, por fortuna, cada vez hay menos gente que le presta atención –como si no existiera-, incluso entre los creyentes y salvo los periodistas siempre en busca de carnaza. Nuestros obispos manifiestan ahora una sorprendente formación interdisciplinaria uniendo zoología con teología, ética con biología de la conservación. Era de imaginar que fueran tendenciosos, pero ¿por qué son tan ignorantes?, al fin y al cabo la teología es una disciplina exigente y compleja. Para empezar, como la inefable Ana Botella que restaba manzanas y peras, se comparan cosas de rango distinto: una especie, el lince con un individuo o proto individuo de otra especie, la nuestra (y la de los obispos, no nos pongamos muy ufanos). Desde un punto de vista pragmático –que no es al que me apunto, advierto- el asunto no ofrece dudas: comparar una especie que cuenta sus efectivos por unos escasos centenares que hacen casi inviable el mantenimiento de su población y su futuro, con otra que cuenta con más de 9.000 millones, aumentando, y que además tiene una presión per capita sobre los recursos limitados del planeta que permite afirmar que cada niño que nace ya no lo hace con un pan, sino con una motosierra metafórica bajo el brazo Probablemente los conejos no estén de acuerdo, pero la presión de los linces sobre su entorno es insignificante y hasta beneficiosa. Pero ya digo, no quiero responder a la demagogia con más demagogia, aunque la comparación la decidieron los eclesiásticos. Hablemos del aborto.

El aborto no debería ser jamás un sistema de anticoncepción, aunque la Iglesia que lo rechaza, rechaza así mismo la mayoría de los que evitan este recurso extremo. Considerar el aborto un método anticonceptivo más, o el infanticidio un sistema de control demográfico –y ambos se utilizan abundantemente en el mundo- es como si la pena de muerte se estimara un proceso de rehabilitación penal: todos son irreversibles. El aborto es un terrible drama; un enorme mal ‘menor’; pero si se decide interrumpir un embarazo no deseado por las razones que sean ¿quién debe decidir? Veo cuatro posibilidades: una, la madre, dos, el embrión, tres, el Estado, y cuatro, una religión no oficial, pero teóricamente mayoritaria y de decidido arraigo en este país. Podemos eliminar la dos. Al igual que si decidimos acabar con los recursos del planeta no se les puede consultar a los más afectados: las generaciones no nacidas, -y esa es una de las innumerables cosas que no puede solucionar el mercado, puesto que los no nacidos no concurren a él, aunque sí se puede suponer lo que opinarían-, tampoco podemos preguntar si quieren venir a este mundo (y casi mejor: igual la encuesta nos salía rana y nos tornábamos estériles). Y podemos rechazar la cuatro, salvo que también se consulten a representantes de las demás religiones con presencia en el país y a los ateos y agnósticos. Algo complicado. También son rechazables las tonterías disfrazadas de argumentos del tipo de que podemos estar asesinando al futuro Mozart (o al futuro Stalin o Hitler, con más probabilidad, de hecho).

Quedan dos aspectos: si es legítimo (no legal, que es el asunto del debate, pero éticamente me preocupa menos) suprimir una probable vida futura a la que no se puede consultar y caso de que sí, ¿quién decide, el Estado o la interesada? Responderé primero a la segunda cuestión. Para mí está claro que el estado puede ofrecer un marco legal para evitar abusos (contra la madre, en primer lugar), pero la decisión corresponde a esta. Ahora bien, ¿es la madre la única implicada? No. Queda la sociedad, está igualmente el padre, en muchos casos (subsidiariamente y subordinadamente a la madre, pero debería ser consultado, incluso obligatoriamente en los casos que sea posible) y está el nasciturus, embrión o feto, que no puede ser consultado pero del que podemos suponer su opinión: querría vivir, al menos hasta que sepa de qué va a ir su vida, que al no ser deseada por los más cercanos puede que fuera a ser un tanto chunga.

Un aborto no es una transfusión de sangre, rechazable por los Testigos de Jehová en base a la interpretación dudosa de una cita bíblica, ni una operación de cirugía estética ni tampoco un sistema de control de natalidad, aunque para eso se use a menudo; es un acto terrible que se supone que evitará males mayores aún. Un aborto es una acción trágicamente radical, irreversible, tremendamente trascendente, para dos seres al menos cuya decisión inevitablemente corresponde a la mujer embarazada, pero implica a más gente, por lo que, a la inversa que cortarse el pelo, debe ser regulada en un marco que contemple esa complejidad y esa trascendencia. Es sospechoso lo fácilmente alineables en bandos enfrentados de este tema: los pro-vida, religiosos practicantes en su mayor parte, y los progres, con sus automatismos sobre lo que se debe opinar. Pero el aborto no es una causa progresista o no progresista sin más, como la defensa de las focas; se parece más al derecho al habeas corpus; es una decisión dolorosa y los creyentes pueden hacer dos cosas: seguir el dictamen de los jerarcas de su iglesia, -independientemente de lo que dicte el Estado un católico no debería abortar si es consecuente- o actuar según sus convicciones más profundas y sus “intereses” reales y, si es creyente, ser decidida y hasta gozosamente inconsecuente. Los obispos no se pueden quedar embarazados, no lo olvidemos, ni siquiera pueden ser padres, aunque les encante que les llamen así.

Creo que las mujeres que quieran abortar deben poderlo hacer con todas las garantías; creo que se las debe proponer otras alternativas, como la adopción por otras madres, al fin y al cabo no deja de ser un contrasentido tantas parejas deseosas de tener o adoptar hijos y tantas otras que no quieren tenerlo. Pero una vez esa mujer, ateniéndose a la ley y a su seguridad sanitaria, decide hacerlo, debe poder hacerlo en los plazos y condiciones que marque la ley. Y que un barbilampiño ayudante de obispo y vocecilla aflautada diga lo que quiera, está en su derecho, pero, por favor, que no insulte mi inteligencia y utilizando además el dinero de mis impuestos para eso. Ah, y si mi madre hubiera abortado, que buenos motivos tuvo para hacerlo, a mí me hubiera importado muchísimo “ahora”, pero nada “entonces”, así que metafísicamente el asunto es irresoluble y me parece muy bien que mi madre decidiera necesariamente por mí y, naturalmente, lo que felizmente para mí decidió. He dicho.

Notas:

1.-Y por cierto, ya que se habla de zoología que sea con conocimiento de causa. En el mundo animal numerosas hembras de mamíferos se provocan, insisto, se provocan abortos bajo determinadas condiciones, como la precariedad de alimentos o la superpoblación.

2.- Considero un mal mayor un niño nacido, maltratado y desatendido que un niño no nacido, pero no creo que lo uno tenga que llevar a lo otro, porque, insisto, hay mucha gente deseosa de tener o adoptar niños.

3.- Pero va, me voy a mojar: definitivamente prefiero que aborte un obispo que un lince, y que las madres de ambos dos decidan por ellas mismas.

4.- El gran Ernst Junger decía en sus espléndidos diarios de la Segunda Guerra Mundial, ‘Radiaciones’ que las dos ciencias más excelsas eran la teología y la entomología. No estoy de acuerdo, la primera no es una ciencia, aunque sí creo que es una forma de conocimiento fascinante, y la segunda a menudo es banal coleccionismo, pero en cualquier caso estoy seguro que Junger no se fiaría mucho de la descripción de nuevas especies de crisomélidos por parte de la jerarquía católica en su conjunto, aunque haya algún obispo entomólogo, como hay algún emperador (de Japón) experto en crustáceos marinos decápodos.

5. No considero un presupuesto admisible para abortar el que el futuro embrión no complete su desarrollo y se convierta en portavoz de la Conferencia Episcopal. Eso no puede saberse de antemano y de hecho influyen más condiciones ambientales posteriores, como las insuficiencias en los niveles hormonales.

6.-La valla es muy mala, el lince debería estar a la izquierda para seguir la secuencia lógica de lectura.

17/03/2009

Barcelona vs. Madrid



Barcelona versus Madrid, ('versus', que en mal latín de párroco significa 'contra', pero en buen latín pagano también significa 'hacia', mantengamos la ambivalencia semántica)

Para el traidor de Julián Bluf


Me irritan las miríadas de ignorantes turistas españoles que cada año ahorran o pagan a plazos viajes a exóticos destinos como Borneo o las pequeñas Antillas. Me irritan a mí que, modestamente, he visto las manadas de herbívoros cruzar las sabanas de Kenia, entre el Tsavo y el Tgorongoro con el Kilimajaro de telón de fondo en los setenta, que he cruzado el Sahara entre el Mediterráneo y la frontera de Malí por Argelia antes de que terminasen la transahariana en los ochenta y he remontado el Quiquibei, afluente del Beni, afluente del Amazonas, para encontrar en plena selva a un superviviente aragonés que había fundado una república libertaria con los indios chimanes o he subido por la ruta del Inca hasta Machu Pichu. Aún así no conozco más que una fracción mínima, que no despreciable, del planeta. Pero puedo decir que conozco muy bien los rincones de mi propio país: los dos; concéntricos: Madrid y España.

Casi nunca (ya veremos la excepción) he sido un turista, sino un viajero, distinción esencial, porque a los países no hay que ir a ‘verlos’, eso se hace mejor desde el sofá de casa con cualquier documental, sino que hay que ir a ‘estar’. Esos turistas tópicos y penosamente pudientes son una de las plagas de nuestro tiempo, más contaminantes que las cagadas de perro en las aceras de cualquier ciudad, y en general no conocen su propia vecindad fuera también de algunos destinos tópicos. Esa, por ejemplo, es una de las paradojas de los Parques Nacionales, se declaran para así protegerlos de transformaciones violentas –normalmente que los urbanicen-, pero eso inmediatamente provoca una avalancha de visitas que se convierte en la principal agresión al antaño olvidado paraje.

La misma España hasta hace poco era una suerte de ‘Oriente asequible’ para muchos europeos y estadounidenses, una suerte reserva etnológica que la dictadura y el atraso había preservado para su exótico disfrute, y sin los problemas de inseguridad ciudadana de Marruecos o Yemen. Aquí las viudas vestían de pintoresco negro riguroso, los vehículos de carga eran borricos y la temida policía rural se tocaba con un anacrónico sombrero de charol de tres picos, como dos siglos atrás.

Mis correrías exóticas, que seguramente se pueden contratar en exclusivas agencias de viajes, no me convierten en un explorador o en un valioso viajero (‘traveller’) frente al detestable ‘tourist’, sino mi actitud; viajando sin billete de vuelta asegurado, para entendernos. Ser explorador es un talante y no depende del destino sino de la actitud. Se puede viajar a las selvas de Borneo o a los Montes Virunga de África Central y seguir siendo tan turista como los que acuden en masa a Benidorm en busca de alcohol barato y sol cansino; y se puede viajar al Alto Tajo o a los aledaños sorianos y ser un viajero de tomo (libro) y lomo (mochila) Pero debo confesar una cosa: hay un sitio al que he ido casi siempre de turista; es casi inevitable: Barcelona, porque a esta bonita ciudad la han convertido en una parque temático. No sé si su tema es la propia Barcelona o Gaudí (Gaudí para japoneses, todo hay que decirlo, como inglés para españoles: se trata de aprender lo más básico del chapurreo de un idioma, en este caso un idioma estético complejo como el del arquitecto catalán). Al fin y al cabo, no se puede visitar Disneylandia en Orlando sin pretender ser un turista. Y no quiero que me malinterpretéis; al revés que en el ejemplo anterior, me gusta tanto Barcelona que es uno de los pocos lugares donde estoy dispuesto a ser un turista, pero no viviría allí. No en un sitio que te recuerda continuamente tu condición de extranjero, salvo en las periferias charnegas que no me gustan. Los barceloneses son corteses, de hecho, bastante más educados y cívicos que el madrileño medio, tienen una hermosa lengua y una literatura espléndida, pero su victimismo militante les convierte en una suerte de suizos de España muy molestos.

Así que me diseño mis itinerarios, como si fuera mi propia agencia de viajes; la Barcelona de Manuel Vázquez Montalbán, con el mercado de La Boquería y Casa Leopoldo incluidas, o la libertaria, con vistas a fábricas supervivientes y a los muros de los fusilados del castillo de Monjüic, o no salgo de esa ciudad aún verdadera que son Las Ramblas y aledaños. Barcelona me gusta, repito, mucho, mucho más que Disneylandia. Es bonita y aseada, pero yo prefiero vivir en ciudades de verdad como Nueva York o Madrid donde puedes ser uno más y es como esa gente que te pregunta ‘qué eres’ (el título académico) en lugar de ‘a qué te dedicas’ (tu actividad; prensar boñigas de vaca para hacer ‘compost’, por ejemplo), aunque también, si te equivocas de salida en una autovía de la periferia puedes acabar muerto y donde los taxistas llevan puñales debajo del asiento (fabricados en Albacete, los madrileños). También me dan envidia el mar, el día del libro y la rosa e Iniesta, pero las rosas son de Lérida e Iniesta manchego.

Madrid, mi ciudad, la de mis amores y mis odios, no es bonita, se la puede acusar de muchas cosas, pero no de eso, es a Barcelona lo que una muchacha culona y con encanto y madre de tus hijos es a una modelo tan fría como despampanante. No hay color, a favor y en contra. Madrid es ruidoso y sucio, en conjunto, no tiene mar, sus ediles son más vesánicos y brutos, continuamente tomando venganza contra ella (como Franco, que nunca olvidó su tenaz resistencia, el ‘no pasarán’ durante la Guerra Civil). Pero Madrid guarda sorpresa sin rótulos avisadores increíbles. Tiene un espacio natural de más de 15.000 hectáreas de sabana de encinas, ciervos y águilas imperiales a un paso: el Monte de El Pardo, y una sierra con nieves antes perpetuas a media hora de coche. Tiene además los tres parques ajardinados más bonitos de España con permiso de Granada: El Retiro, El Parque del Oeste, con los atardeceres que proclama la pintura de Velázquez y los chillidos de las cotorras de Kramer asilvestradas, y el recoleto de la Fuente del Berro, donde hacía la aguada en barricas el palacio real para consumo de los monarcas, pavos reales en celo permanente y los olmos supervivientes de la grafiosis centenarios más espléndidos de toda al península. Sólo conozco dos casos, Río de Janeiro y Nairobi, que tengan a sus puertas tanta naturaleza salvaje en medio de la maraña periurbana. También tiene las tascas y bares más maravillosos del mundo (salvo algunas bodegas de los puertos del Egeo más a trasmano y con menos turistas), que hacen que los famosos ‘pubs’ irlandeses parezcan dispensarios de la Seguridad Social. Pero sobre todo es una ciudad indestructible, superviviente a tres años de cerco y bombardeos, a la sucesión de Trastamaras, Austrias y Borbones y aún la más destructiva de alcaldes que la confunden sistemáticamente con un solar en obras. Luego la sede de esta dañina Comunidad Autónoma uniprovincial. Y ahí sigue.

Y ojo; en Madrid hay halcones peregrinos, árboles de la noche triste (Taxodium mucronatum) de cuatro siglos, zorros, garzas reales, ánades salvajes y cormoranes (a la altura de la Ermita de San Antonio, con los frescos de Goya también a mano). También tenemos, eso sí, forofos del real Madrid que mutilan a la diosa Cibeles cada vez que Iker para un penalti.

Hay una ruta que es más alucinante que el descenso del Río Negro, tributario del Alto Amazonas o que las rutas de los caribúes de la tundra canadiense. Todos los años, si estoy en Madrid, me acuesto temprano el 31 de Diciembre; cierro herméticamente puertas y ventanas para no oír el jolgorio a plazo fijo decretado y duermo. Me levanto la mañana de Año nuevo temprano y recorro el eje de la Castellana, que incluye el paseo del Prado y el de Recoletos desde la Plaza de Castilla hasta Atocha (que significa esparto en vascuence). A medio camino,paso junto a un palacio con fantasmas, el de Linares (los fantasmas son los de la hija de una estanquera y su marido el marqués, que se casaron sin saber que eran hermanos de padre, al enterarse ya tarde, se "divorciaron" con un pacto de suicidio), una avenida, en fin, que ha sido bautizada así, El Prado, en muchas ciudades sudamericanas, aunque se llamen avenidas del 1 de mayo o de Cecilia Roth, todos las conocen simplemente como El Prado (en Cochabamba, en La Paz, en la Asunción) Unos kilómetros en que me puedo permitir el lujo de andar por la calzada, cruzar en diagonal las plazas, contemplando los supervivientes palacetes o los ‘modernos’ rascacielos enanos de la arquitectura de Chicago junto a la Gran Vía o los nuevos de la contemporánea, bajo árboles majestuosos, tilos (a la altura del café Gijón), ojaranzos o almeces de pata de elefante y sobre todo los maravillosos cedros de las tres especies: del Líbano (Cedrus libani), del Atlas (C. atlantica) y del Himalaya (C. deodara) fáciles de distinguir entre sí, aún sin piñas. Paseo tranquilo por uno de los bulevares más hermosos de Europa con permiso de la perspectiva Nevsky de San Petersburgo, de la Avenida da Liberdade lisboeeta y de los Campos Elíseos de París. Transito por donde lo hacían en la Edad media los inmensos rebaños de la mesta de ovejas merinas.

La ciudad de Madrid, la primera víctima del centralismo, ya que a los centralistas nos los mandan de la periferia, finalmente, es tan chula que es capaz de dedicarle calles a los militares que la bombardearon tres años (Barrio de Orense), a los alcaldes, aún más destructivos, pero también a los rinocerontes en su nombre portugués antiguo proveniente del indonesio (Abada). O tener estatuas de todos los libertadores de América –de Bolívar hay más que en ciudad Chávez en Venezuela- y Filipinas, como Rizal.

Otro día os cuento otra ruta, por las riberas del Manzanares, en pos del ignoto puente de San Fernando, aislado y empotrado entre las infraestructuras de la autovía del noroeste (La Coruña) y la m-30. Ya veréis, ya. Pero de momento, si eres un alpinista con vértigo, un actor con miedo escénico, un novelista ágrafo, un erudito desmemoriado, un boxeador con muñecas finas y mandíbula de cristal o un navegante que se marea, o simplemente si te gustan los bocatas de calamares, entonces, tu ciudad de post nacimiento es Madrid; la de nacimiento puede, en cambio, ser cualquiera, porque en eso somos los madrileños como los de Bilbao (otra ciudad autentica, pese al hermoso tocho del Guggenheim), que nacemos donde nos da la gana.

16/03/2009

Muerte en viernes, 2


Dos: la víctima.

“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”
Jorge Luis Borges

El notario Ramírez hizo todo lo posible para protegerse del mundo. Hasta que yo lo encontré. No vivía en una torre de la catedral, en un nido horrible y desolado con sólo una angosta escalera de caracol de acceso, sino en un chalé confortable en las afueras de la pequeña ciudad, pero la casa no tenía buzón en la calle sin nombre y sin asfaltar y el alto muro que la circundaba sólo dejaba ver el tejado y las pequeñas claraboyas, la copa de un hermoso tilo y las nubes raudas del fondo. Yo, con mi aspecto de lobo, sé que me es difícil pasar desapercibido, pero aproveché un domingo por la mañana temprano, en que supuse que habría menos gente y sobre todo menos personas habituales en la calle, y una tarde al final de la jornada laboral, cuando los cierres de las tiendas al bajarse atronaban en competencia con los chillidos de los vencejos para visitar la notaría, que estaba en el mismo centro urbano, en una de las calles peatonales y llenas de comercios, en el piso principal de un inmueble con aspecto bancario. Una placa de cobre en la fachada, siempre limpia y brillante: “Principal izquierda. Notaría F. Ramírez”, un vestíbulo opulento con olores a cera de madera y abrillantador de metales, el arranque de una escalera de mármol con pasamanos de caoba y un ascensor enrejado y con asiento de terciopelo rojo y pinta de haber sido diseñado por el mismísimo Gustav Eiffel. La garita impoluta del portero con un conserje con la apostura y el uniforme de un contralmirante. Un antedespacho con una recepcionista con la edad justa para mostrar que había sido guapa. Butacas de cuero, cuadros auténticos de alguna calidad sin ser primeras firmas y alguna obra gráfica de valor: Miró, Tapies, Barceló. Mobiliario como la recepcionista: confortablemente gastado sin ser viejo. Una mesa baja de centro con tapa de cristal y casi todos los periódicos del día en curso en lugar de revistas ajadas. Un cestillo con caramelos, ningún cenicero. Traspasada la recepción, un pasillo en “L” y en el hueco una oficina abierta y dividida por mamparas a media altura; al fondo el despacho del señor notario con la puerta siempre cerrada salvo para permitir el paso ocasional de los elegidos. Llegar a Ramírez en su bufete implicaba dejar el coche lejos, caminar entre el gentío de compras, de paso o en busca de un café desde las oficinas vecinas. Atravesar la garita del conserje, con sólo un médico y una vivienda de ancianos por vecinos, la recepción con la bella ajada y la oficina repleta de pasantes. Demasiados ojos, el asunto quedó excluido; restaba la vivienda, el chalé de las afueras.

Siempre he practicado el “trivium” de la educación clásica de bachiller medieval en mis trabajos: la ‘lógica’ de la planificación, la ‘gramática’ del acceso a la víctima y la ‘retórica’ de la huida sin dejar huellas. Los asesinos impulsivos omiten la retórica y son capturados; los descuidados también y además, la lógica, y unos y otros no tienen ni idea del núcleo central gramatical de un asesinato limpio, cómo aproximarse sin ser detectado. En ese último capítulo cuenta mucho también el arte del disfraz. Disfrazarse es bastante más que colocarse barbas y bigotes postizos. Si uno es ya alto y se coloca una larga sotana y unos zapatos con alza, en una rueda de reconocimiento y de paisano no parecerá lo suficientemente estilizado como para ser aquel cura que sacó una sorprendente escopeta de sus faldones. Si vas encorvado y sucio, parecerás luego no sólo más limpio, sino más alto. En realidad hay que aprender de las criaturas silvestres, de las rayas del tigre y las cebras; esto es, ir “siempre” disfrazado, salvo en el instante decisivo del salto o la huida. Fácil de explicar y difícil de practicar.

En cuanto a la primera disciplina, la ‘lógica’, ayuda bastante que la víctima no sepa de sí mismo lo suficiente como para pensar que puede o debe ser asesinado. La biografía del notario Ramírez proyectaba una larga sombra hasta el final de la Guerra Civil española: alférez provisional, amigo de jerarcas, licenciado en derecho en una Universidad pública en la que convenía saludar con el brazo en alto, cargos de confianza, incluido un ya lejano Gobierno Civil en la costa, oposición amañada, negocios suculentos, amigos influyentes, favores en doble dirección. Y ahora, algo desvanecido por el paso del tiempo, ochenta años muy bien llevados, semi retiro, célibe, sin escándalos ni hijos, sin más familia que aquella alocada hermana que se fue a la Argentina y de la que nada sabe. Placeres sencillos pero contundentes: buena cocina y bodega, en casa y en locales siempre habituales, un largo viaje al año, solo; sexo de pago y de confianza y un hogar confortable, sin personal interno y con su amada biblioteca y sus discos de ópera.
(Continuará)

13/03/2009

Vivir la vida con un buen guión




La mayoría de la gente vivimos la vida sin un buen guión y así nos va. Soy funcionario, lo que no tiene tanto que ver con haber aprobado en su día una oposición, sino, como es sabido, con ser un vago y un gorrón que se merece una buena hostia y una temporadita en el ejército en Afganistán. No como los políticos, que entregan su vida al servicio de los demás.Y pese a tantas facilidades, a lo largo de mi vida no he conseguido acumular un jugoso patrimonio ni viajar con los gastos pagados (casi nunca) ni tener coche oficial, todo lo más ahorrar…para llegar a fin de mes. Ni siquiera he cubierto objetivos más modestos, como que mis hijos ya adultos me respeten, me tome en serio mi madre, no se ría Paola cuando la pido esperanzado que se desnude lentamente para mí y no a eficaces trompicones o vivir sin deudas. Es evidente que a mi vida le falta un buen guionista, pero todos estan comprometidos.

Porque se nota que son los grandes guionistas profesionales internacionales los que andan detrás de la vida pública española. Los mediocres siguen en cambio con las insulsas y escasamente verosímiles series de la tele nacional. Para mí está claro que Tarantino escribe los guiones de los conflictos entre las bandas de políticos españoles y un Walt Disney descongelado en secreto los actos protocolarios. En el caso de los financieros, banqueros y patronal es muy posible que se trate de Coppola o Scorcesse.

Incluso los grandes documentalistas están en el ajo. Por ejemplo, las comisiones de urbanismo y las corrupciones de la especulación inmobiliaria están inspiradas en los banquetes de fieras y carroñeros en torno a una cebra muerta en la sabana africana. La cebra, naturalmente, es el territorio.

Igual puesta al día se percibe en los discursos y parlamentos de los políticos. Hace tiempo que la retórica no se estudia como parte del ‘trivium’ junto a la gramática y la lógica, pero se ha ido más lejos y ahora son al discurso articulado y prosódico de una persona normal lo que los mensajes de texto de los móviles a la alta lírica provenzal: es inútil que busquen las vocales desaparecidas, como es inútil que intenten encontrar alguna idea inteligente detrás de sus declaraciones. Igual que no hay putas célibes, el arte de hablar en política, queridos ingenuos, es el arte de no decir nada, de ahí la supresión no ya de la lógica o la retórica, sino de la mera gramática. Muerte al ‘trivium’ y, si a eso vamos, al ‘quadrivium’. Son tipos pragmáticos acostumbrados a anticiparse, de modo que consideran desde hace tiempo que el buen castellano es una lengua muerta. Desde luego ellos la están matando.

En cuanto a las llamadas ciencias normativas, como la Ética y la Estética, también andan desaparecidas. Hay quien confunde la elegancia con el planchado perfecto y el bronceado UVA, quien cree que lo bonito es cazar grandes herbívoros y dar medallas de las Bellas Artes a esos anacrónicos matarifes taurinos. Y de la Ética, pues nada, todos en el mundo este tienen la suya, como todo el mundo tiene un culo.

Pero vamos, Lansky, ¿es posible que esa gente triunfadora que vive mejor que nadie sea tan tonta? Yo no he dicho que sean tontos, ya me estáis leyendo mal. Creo que son un sofisticado producto de la Evolución, demuestran día a día hasta que punto se pueden prescindir de la mayoría de las neuronas (por ejemplo, las que permiten discriminar entre la profunda y sosegada emoción que suscita una fuga de Bach o la paleta de Rembrandt de la tediosa euforia carnicera de una corrida de toros) sin que se resientan las funciones fisiológicas básicas ni la capacidad predadora. ¿Acaso las ardillas no saben trepar a los árboles? ¿También tienen que saber trigonometría esférica? Pues eso. Igual que los tatuajes no abrigan, los políticos no hablan para comunicarnos nada, como los tertulianos no hablan para decir nada sino para impedir que hable el otro. No hay más mensaje que el de “la parte contratante de la parte contratada, etc”. Cicerón fue superado hace décadas por Groucho Marx y esta gente otra cosa no, pero estar al día está.

Y los partidos políticos. En principio los que tienen ‘vocación de servicio’ (es decir, quieren tener criados filipinos) se afilian en su tierna juventud a un partido, aunque nunca es tarde, y aprenden las sencillas e inexorables reglas de la TGS: Teoría de la Gravedad Social: dar patadas hacia abajo, codazos a los lados y lamer culos hacia arriba. Sencillo y eficaz. Y no es la única norma para estos modernos vampiros de traje bien planchado: no morder antes que el jefe o la jefa, no llevar calcetines verdes con corbata azul, etc.

Lógicamente, conviene olvidarse de Maquiavelo, que al lado de estos era un San Francisco y escribía muy bien. Basta saber lo anterior (TGS) y que el auténtico enemigo está en casa, al lado, y que si se cierra la casa, por tanto, no es para que no entre nadie, sino para que no se escape el lobo.

Y luego está la natural división del trabajo. Si se cuenta con un sádico psicópata en sus filas, pues a la consejería de Salud, que los moribundos están muy enviciados con la droga. El que tenga vocación de proxeneta de su propia madre a Servicios Sociales, los patriotas naturalmente a venderla (la patria) por parcelas; el urbanismo y medio ambiente es lo que les va.

Y distraer al personal con series de televisión presuntamente costumbristas (en realidad de ficción inverosímil); y con noticias de pintorescos y obtusos delincuentes que roban bancos (en lugar de fundarlos) mientras los buenos guionistas les guían a ellos por las procelosas aguas del éxito. Pero claro, ni el narcotráfico ni el tráfico de armas generan tanto dinero y tan súbitamente como el simple acto de una firma que recalifica un campo de patatas o un pinar en un suelo urbanizable. Es lógico, pues que los verdaderos profesionales estén en ese campo y dejen para los amateur reventar cajas fuertes, los alijos de heroína o la venta de metralletas. Ya digo, un buen guión.

Tomemos el caso del urbanismo, lo más parecido, como se verá, al milagro de los panes y los peces o a la transmutación alquímica del plomo en oro. Sólo el necio confunde valor y precio; exactamente, sólo que para ellos los necios son los que no ponen precio a los valores. Ingenuos. Para esos últimos el urbanismo tiene que ver con complicaciones tales como volúmenes edificables, segregaciones, equipamientos, infraestructuras, previsiones, áreas verdes, transportes…sin contar con la protección del territorio, la preservación del paisaje valioso, las cautelas ante las avenidas o la erosión…en fin, toda una vara. Pero el asunto es mucho más sencillo y esta gente y sus guionistas maravillosos lo saben; el urbanismo consiste en comprar el suelo por hectáreas a ‘x’ la hectárea y venderlo luego por metros cuadrados…a ese mismo ‘x’ el metro cuadrado. En lugar de tanto follón lo único que hay que saber es que una hectárea tiene diez mil metros cuadrados. Así que ser funcionario y encima en temas de urbanismo y medio ambiente es como que te den una varita de mimbre para que intentes poner orden y que le guarden un cierto respeto a la cebra de antes ante la horda de predadores y carroñeros. De un revés con la zarpa armada con la tarjeta platino te pueden degollar, pero ahí estás tú, juncal y afanado.

Se cuenta que cuando se publicaron de forma medio clandestina las memorias de La Rochefoucauld, el famoso autor de máximas y epigramas, centradas en los sucesos y cotilleos de los reinados de Luis XIII y Luis XIV, se armó un gran revuelo por las francas alusiones a los personajes del momento. El caso más sonado fue el originado por el Conde de San Simón, padre del también célebre autor de otras memorias, que localizó al librero e impresor que las vendía de tapadillo. Le exigió que le presentase todos los ejemplares, pidió pluma y tinta y escribió de su puño y letra en cada ejemplar y a la altura del pasaje que le aludía: “el autor miente”. No puedo evitar pensar en esta anécdota cuando leo las cartas al Director que los lectores envían a los periódicos o a los espectadores que participan en programas de debates. Almas cándidas pidiendo tinta y pluma, cuando deberían pedir un buen guión.

12/03/2009

"Ese horrible Terry Eagleton"




Confieso que me encanta leer crítica literaria. No hablo de esas apresuradas reseñas predecibles y prescindibles de libros de los suplementos culturales de los diarios, esas que cada semana nos descubren un genio narrativo de veinte años o que practican la más descarada propaganda de los productos –convencional y complaciente- de su propio grupo editorial, sino a la labor de los escasos críticos –Güelbenzu, Andrés Ibáñez, Conte- nacionales o extranjeros –Harold Bloom, George Steiner, Raymond Williams, Terry Eagleton- que son capaces de contextualizar una obra o un autor, relacionándolos con otros y permitiendo ver la hermosa cadena de referencias cruzadas y de influencias que todo creador, hasta el más original, tiene con el corpus de la literatura universal. Nos permite, por tanto, situar literalmente una obra artística y nos capacita para apreciarla mejor.

Y confieso igualmente que hasta hace poco no conocía ni había leído nada de este interesantísimo especialista de estudios culturales inglés oculto por las famosas luminarias de los George Steiner, Harold Bloom o Cyril Connolly de turno. Estos me gustan mucho precisamente por lo a menudo que suscitan mi desacuerdo, que es una manera como cualquier otra de entusiasmo. Sin embargo, mi último descubrimiento se realizó más bien por motivos aún más chocantes, y es que leí una descripción francamente apetecible sobre él de ese entrañable conservador que es el eterno príncipe Carlos que habló de “ese horrible Terry Eagleton”. Se refería básicamente a sus ideas izquierdistas, inaceptables para el actual laborismo y a una mordacidad ya legendaria que lo mismo se abate sobre la familia real que sobre la última pedantería cultureta. Ante tan poderoso estímulo, inmediatamente me puse a la tarea de localizar sus trabajos y me llevé la sorpresa de evitarme peregrinar con mi precario inglés pues resulta que tiene al menos dos libros traducidos al castellano: unas memorias y una recopilación de breves ensayos . Perfectos ambos y muy distintos.

Eagleton posee además el atractivo de esas personas que tienen al nacer todas las papeletas para terminar siendo braceros alcoholizados y acaban de intelectuales de prestigio: un católico inglés de una pequeña ciudad cercana a Manchester, de origen obrero que termina estudiando en el Trinity College de Cambridge y se convierte en discípulo favorito de Raymond Williams. Eagleton tuvo una infancia tremendamente cutre, estuvo a punto de ingresar en un seminario católico y es un marxista heterodoxo que no contenta a ninguna “iglesia” oficial. Y, como se ha visto, jamás le nombrarán Caballero de la Orden del Imperio Británico. Cristiano comprometido y convencido, primero, activista en su posterior juventud con decenas de detenciones, hoy ha llegado a la misma conclusión que Aristóteles: que el sacrificio personal no es manera de vivir y que la virtud consiste precisamente en pasárselo bien. Y eso se nota en lo que escribe.

Físicamente se parece a uno de los miembros de Monty Phitón, lo que ha provocado jugosas confusiones en sus conferencias, pero es mucho más gracioso cuando escribe no de teoría crítica, sino de asuntos personales. Un exponente magnífico de ese humor inglés a lo Wodehouse o Crompton extraído de sus impagables memorias, ‘El portero’, en la que habla de la extraordinaria nariz de un compañero de Cambridge:

“Aquella nariz no sólo era una especie de bulto descomunal, sino que además presentaba un intrincado sistema de nódulos, hendiduras y simas, de repentinos cambios de rasante y puntos de vista que recordaban un cuadro cubista, rebelde al ojo en su realidad multiforme. Con sus subsistemas complejos de abultamientos y capas sucesivas de fosas nasales desafiaba la lógica elemental de las tres dimensiones, cual si fuera una forma meramente imaginaria sólo conocida por mitólogos o matemáticos. Tal vez un equipo de cartógrafos trabajando día y noche pudiera hacer un mapa de sus pliegues llenos de arrugas inflamadas. Había laderas carnosas cuya tendencia natural habría sido caer hacia los orificios nasales, pero habían cambiado de opinión repentinamente y se dirigían inesperadamente hacia arriba, antes de confundirse en una meseta de cráteres rubicundos. Los pelos surgían tanto de los orificios como de cualquier otro poro de aquel artefacto nasal con un espesor merecedor de peinado diario. Al igual que no existe un límite natural para el conocimiento, no había en principio límites para la exploración de la nariz de Fergus, que vista bajo distintas luces y ángulos revelaría llamativos rasgos apenas visibles con anterioridad.”
Y más adelante:

“Siempre lamentaré el día que casi acabo con él. El colegio de Fergus había decidido hacer algo con su nariz, pues los residentes consideraban que afeaba en exceso las cenas semanales. Algunos tradicionalistas de Cambridge adoptaron la postura contraria, arguyendo que la nariz era una inapreciable seña de identidad del paisaje local y debería ser incluida entre los bienes del Patrimonio Nacional. Pero los reformistas se llevaron el gato al agua y el colegio le sufragó una operación. Fui a visitarlo con una botella de whisky bajo el brazo y, cuando le estaba dando el regalo, me enteré para mi sorpresa de que todavía faltaban unas cuantas horas para la operación. Teniendo en cuenta que tenía prohibido beber alcohol, pero impepinable que le iba a pegar un lingotazo a la botella en cuanto yo mediera la vuelta, parecía probable que yo le estuviera proporcionando la solución definitiva al problema de su nariz mandándole al otro mundo. Como quien no quiere la cosa, metió la botella por debajo de las sábanas. Fue grande el alivio que sentí al oír el apagado tintineo que se produjo: era evidente que allí había un bar entero.”

Estas breves memorias están organizadas por unidades temáticas, y no cronológicas. Las más interesantes son las dedicadas al colegio, su labor como portero en un convento de monjas, y sobre todo sus relaciones con la nobleza y con los profesores de Oxford y Cambridge o de Universidades donde ha sido invitado, porque entre ambos colectivos no deja como se suele decir ‘títere con cabeza’ Por ejemplo cuando hablando de su director de tesis afirma: “Para él, la verdad simplemente reduce a una conclusión descolorida la confrontación chispeante de intelectos, el juego de las diferencias de opinión”. Y añade: “El publicar se consideraba en general como una cosa más bien vulgar y presuntuosa, a leguas de distancia de otras actividades más serias como lograr que la dirección del comité enológico del colegio fuera más estable”. El conjunto del profesorado de esas prestigiosas instituciones, al menos a comienzos de los setenta es, según Eagleton, una legión de esnobs reaccionarios que “hablaban de las leyes de autogobierno irlandés de Galdstone como si se pudieran despachar con un golpe de ingenio, mientras trazaban planes para la reconquista de la India”. Del presidente del famoso colegio Magdalen de Oxford cuenta la anécdota en que este invitó aun estudiante de primero a tomar el consabido jerez y el chico le comentó que su nombre se traducía por “Hijo de Dios”. La respuesta del decano fue: “¡Qué bien!, aquí en el colegio hay muchos hijos de famosos”.

De la rancia aristocracia inglesa las anécdotas que cuenta son más bien invectivas, quizá las que le han hecho ganar ese título concedido por el príncipe Carlos y eterno aspirante al trono: “Ese atroz Terry Eagleton”

Precisamente por eso puedo advertiros con conocimiento de causa: si os tropezáis con un catedrático sesentón con acento obrero de Shalford, la actitud juguetona del mudito de los hermanos Marx (Harpo), pero mucho más locuaz, y peinado romano, andaros con cuidado y, sobre todo, no le pidáis que os retrate. Y sin embargo, este risueño tipo pasó una infancia difícil en una modesta familia obrera y un terrible colegio católico, fue portero infantil de un convento de monjas de clausura y obrero el mismo en una fábrica de jabones. Con una discreción, esa sí, típicamente inglesa ha escrito sobre su vida en familia en su infancia: “El disfrute de la vida sin más era algo tan misterioso para nosotros como el sadomasoquismo o la hermenéutica.” Ahora anda desquitándose.

11/03/2009

Ayeres y nostalgias






"La meta es el olvido.
Yo he llegado antes."

Jorge Luis Borges

No me gustan mucho los jóvenes (las jóvenes es distinto, pero como sé que me lo achacaran a mi heterosexualidad viejoverdiana, no insisto) y adolescentes. Pero no me gustan porque los amo, no porque los odie. Es decir, no me gustan igual que no me gustan los perritos con lacitos o los monitos disfrazados de botones de gran hotel: me gustan, los monos, los perros y casi cualquier animal, incluidos los jóvenes.

Los jóvenes de hoy se creen que el Big Bang comenzó cuando sus abuelos decidieron tener nietos (a ellos), que ellos mismos han descubierto el amor y el fumeteo y si les contradices e incluso incurres en la debilidad de explicarles que, de hecho, estos tiempos son mucho más normales y aburridos que los tuyos entonces te dicen que no cuentes batallitas, como si la batalla de Brunete o la de Inglaterra unos años más tarde hubiera sido lo mismo que sus fiestas de fin de curso. Pero entonces, amiguitos, hasta las misas y la iglesia eran más divertidas. Sobre todo en Gran Bretaña, porque aquí velaba por nosotros un sanguinario abuelito para que los sesenta parecieran los treinta.

O sea, que aquí seguía la posguerra un tanto aliviada por el desarrollismo y las primeras turistas con bikinis (que acababan en el cuartelillo de la Guardia Civil), seguía vigente el garrote vil, la ley de vagos y maleantes y los estudiantes con corbata (finita, como la de los Beatles, si eras moderno). En aquellos ya lejanos tiempos de la psicodelia, cuando los mandarinos escoltaban a los ríos y los cielos eran de mermelada, la jerarquía de la iglesia católica, con aquel aún más lejano concilio Vaticano II, relajó sus grilletes. La iglesia empezó a organizar rezadas como los progres sentadas y la poli redadas. Me acuerdo que uno de los teólogos más notables del momento, convencido de que la suya era una institución tan tolerante como San Quintín, dejo todo, colgó los hábitos y se escapó con una muchacha llamada Florencia. Días después la prensa vaticana publicó un titular: “Visita del papa a Florencia”, pero resultaba que se refería a la ciudad. Otro obispo de mente no ya abierta sino escindida juzgaba severamente a los que juzgaban las relaciones sexuales extramaritales, “en lugar de condenarlos habría que ponerse a su lado”, o sea, que recomendaba los tríos y aún más amontonamientos lúbricos. La gente follaba, se masturbaba, predicaba y se drogaba alegremente en público. Nadie hacia juicios morales dogmáticos. Un neuropsiquiatra se casó con una vaca limousine, pero el oficiante no pudo ser Ringo Starr como estaba previsto. Hasta ir a misa era distinto, según me contaban (yo era y soy ateo practicante).

En las misas se tocaba música rock o yoruba (nigeriana) y se comulgaba con pan de pueblo, como gesto solidario con los más desfavorecidos, o con cruasanes y pan integral en las parroquias de postín. Yo competía con Ángela Davies con mi melenaza afro, aunque ella tenía otras cosas de las que yo carecía. En Westmister, un cura anciano de la catedral dio su primera misa con vino hecho un manojo de nervios. Resultó excesiva la intendencia y lleno varios cálices grandes con el líquido, pero los fieles escasearon ese día (coincidía con algún otro evento, un desfile pacifista, creo) y sólo tomaron un sorbito los presentes. Como la sangre de Cristo no se puede tirar ni guardar para tomarse unos chatos más tarde, el anciano oficiante hubo de bebérselo todo y cogió una monumental cogorza, agarrado al altar vio volar hacia él los arcángeles duplicados como pólizas y hubo de ser transportado a la sacristía por monaguillos, como los liliputienses condujeron de cubito supino a Gulliver, allí pudo dormir por fin la mona de la eucaristía.

Lo nazis alemanes se habían rendido entonces hacía ya 23 años, pero eso no impidió al los judíos rearmarse y darles una paliza enorme en sólo seis días que asombraron al mundo. Los nazis, sibilinos como siempre, andaban esa vez disfrazados de moros con espingardas y turbantes.

Otra actividad cultural bonita en verano era tumbarse boca arriba en un prado con una chica por la noche para ver pasar el sputnik: el primero que se daba la vuelta y se ponía boca abajo, perdía; normalmente yo, pero no siempre. A veces nos parecía verlo.

Pese a todo, mi legendaria objetividad me exige reconocer que eran tiempos anómalos. Para empezar mi madre era una señora de buen ver bastante más joven que yo ahora. Íbamos vestidos con pantalones campana (pata de elefante) y ‘minipulls’ (jersecillos por encima del ombligo) o con túnicas de santones, collares étnicos y coronas de flores. Y a mi me detuvieron por hacer una tarjeta de navidad (un ‘christma’) a tamaño póster que colgué en el vestíbulo de la facultad de biológicas; en él se veía a los reyes magos remangándose los faldones y lanzando trozos de carbón a los grises (policía armada de la época) que se escudaban como podían. El texto, escueto, decía: ¡Tomad cabrones!(digo ‘carbones’) y no estaba tan mal dibujado. Pero la Complutense desde luego no era Berkeley. Por aquel entonces yo estaba convencido de que había vida inteligente en otros planetas y posiblemente en algunas zonas de España (Esto último es un plagio de Woody Allen, cambiando EEUU por España, pero los hallazgos son para compartirlos, como los canutos de 'maría').