
(Ilustración de Claire Stringer: ‘Rachmaninov Rehearsal’)
"Tú sola quedas con el deseo,
Con este que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,
Sino el deseo de todos,
malvados, inocentes,
Enamorados, canallas.
Tierra, tierra y deseo.
Una forma perdida."
Luis Cernuda
A veces me siento melancólico y anacrónico y me dejo llevar por el ensueño de hacer de cicerone en este tiempo con un Leonardo o un Galileo mágicamente redivivos. Disfruto con su asombro al contemplar los aviones y helicópteros que surcan los cielos de mi ciudad, los automóviles o la televisión y los ordenadores, los milagros clonadores y genómicos. Sin embargo, una vez pasada la sorpresa por esta feria de muestras tecnológica, pienso que se quedarían aún más asombrados por el estancamiento y la proximidad moral de mi época con la suya. Seguimos siendo chimpancés con láser.
Con la reciente polémica del aborto vuelvo a notar la ausencia de cultura del diálogo en la sociedad española: nadie escucha al otro. Creo que no sólo se debe al tema en sí, siempre espinoso y al que ya dediqué una glosa en relación al desdichado cartel de propaganda episcopal del niño y el lince, sino a que está demasiado arraigada la mala costumbre de que el lanzamiento de consignas a favor y en contra sustituyan al verdadero debate, faltando siempre lo esencial: escuchar al otro y –trascendiendo la simple cortesía, que ya sería algo- estar dispuesto honestamente si llega el caso a modificar las opiniones propias. El problema viene de largo ya que el propio inventor del diálogo como género literario, Platón, lo trucó desde el principio convirtiendo a los adversarios de Sócrates en meros ‘sparrings’ de su dialéctica eternamente victoriosa; desde entonces el diálogo como fórmula de entendimiento sigue en precario, salvo en ciencia y en algunas formas integras y arriesgadas del arte.
Además de las formas que son tan importantes y volviendo al tema, la confusión estriba en mezclar tres conceptos que se toman por sinónimos y son muy distintos. Provisionalmente los voy a llamar ‘sexo’, ‘sexualidad’ y ‘reproducción’ que es como se los discrimina en biología.
El objeto del primer concierto para piano y orquesta de Rachmaninov no es que el pianista haga determinados ejercicios con los dedos –aunque hay profesores de música que lo utilizan a tal efecto-, ni siquiera que la orquesta se las apañe para conjuntarse con ese piano solista –aunque ese fuese uno de los retos técnicos al que se tuvo que enfrentar el compositor- ni aún que cumpliera las leyes de armonía y contrapunto, establecidas desde antiguo –esa era una ‘restricción’ o marco inherente al trabajo del compositor– sino crear un ente de belleza que produzca satisfacción al oyente por medio del sentido del oído.
Igualmente, el sexo no tiene por objeto la reproducción, es decir, la consecución de otro individuo joven de la misma especie que la parental; eso se consigue más fácilmente con la reproducción asexuada, por ejemplo, la bipartición de la única célula de una ameba; ni tampoco la satisfacción de ese individuo reproductor, sino ‘barajar’ o mezclar dos dotaciones genéticas para obtener una nueva, un ‘mestizo’ de dos progenitores, lo que proporciona mayor variabilidad, que a su vez es una ventaja evolutiva y, la mayoría de las veces, adaptativa.
Eso el sexo. La reproducción tiene por objeto compensar la mortandad natural con nuevos nacimientos y, finalmente, la sexualidad, tiene como ‘fin’ el placer. El que el 'parque de diversión y atracciones' de los individuos sexuados se haya colocado junto a la salida de evacuación de la 'planta de residuos' sólo es una demostración más, por si hacía falta, de lo genialmente ‘chapucera’ que es la selección natural que no trabaja, por tanto, como un supuesto diseñador inteligente, sino como un ciego mecanismo oportunista que va tirando de los elementos que tiene a mano de ’diseños’ anteriores, sean estos branquias que ya no sirven para respirar en tierra firme, aletas que por lo mismo no sirven apara nadar o pelvis que ni sirven para galopar en forma cuadrúpeda ni para parir con comodidad en las hembras humanas.
El que el sexo, fuente de variabilidad genética junto a las mutaciones; la reproducción, que mantiene o incrementa el tamaño de las poblaciones; y la sexualidad, como pulsión placentera similar a la del alimento o el refugio, estén intrincadamente mezclados es parte de la complejidad vital. O del alevoso programa del azar y la necesidad para proveer a la selección natural de abundantes individuos nada reacios a reproducirse. Pero afirmar que la función del sexo –entendido ahora en sentido corriente o vulgar- es la reproducción, como afirma la Iglesia Católica, o que los hijos son un producto indeseado de follar –como afirmaría un hedonista-, o que follar y procrear sólo es una manera de ayudar al proceso evolutivo, como afirmaría un científico reduccionista, es lo mismo que seguir afirmando que el primer concierto de Rachmaninov, el mismo que estoy oyendo y disfrutando en este momento, es un simple ejercicio de gimnasia digital o una manera de ayudarme a mí a escribir este post.
Divina coda
La Jerarquía episcopal defiende a la nación, siempre que se cuente entre las defensoras de la fe, como casi todas las dictaduras; defiende a la familia en su esquemática concepción del papá, que es el que manda, la mamá(la gran resignada) y los niños, que son el futuro, idéntico al presente per secula seculorum: esa que reza unida, pero la misma de 'la maté porque era mía', e indisoluble; al individuo, hasta su muerte entre dolores que no hay que paliar ni acelerar, al embrión que, como los partidarios del homúnculo, antes de la aparición de la embriología, es todo un hombrecito (o mujercita si tiene peor suerte, ya se sabe de la misoginia de la Iglesia), hasta llegar en su descenso de escala al espermatozoide y el óvulo, así mismos defendidos. Nación (o patria)- (Se saltan al Sindicato)-Familia-Individuo-embrión-esperma…lógico sería que defendieran, siguiendo la escala lógico descendente, al polvete que todo lo inicia. Pues no amiguitos, precisamente eso es el pecado de la carne, el más importante aunque vaya el sexto por despiste divino, y de esa forma se rompe el círculo ‘vivioso’. Divinamente. En su doble moral, estos jerarcas con faldones me recuerdan a otro igual de intransigente e histérico, que tampoco llevaba pantalones y tampoco tenía hijos, pero sí tres sospechosos sobrinitos: el pato Donald.















