30/04/2009

El narrador que no encuentra a sus personajes





Madame Bovary, c’est moi

Gustave Flaubert


Un buen personaje es alguien que tu supones que has creado, pero que tiene una idea de quién es y de qué le va a pasar mucho más clara que tú. Es tan déspota que si le contradices, le pierdes y tendrás que tirar “tu” relato a la papelera a la vez que te despides de él. Algunos a esa exigencia le llaman verosimilitud, pero es bastante más que eso.

Así el buen narrador se deja habitar por sus personajes, mientras que el malo los intenta utilizar como poco convincentes y en la mayoría de los casos apáticas marionetas. Tengo entendido que hay actores que necesitan, por ejemplo, sentirse psicópatas para interpretar a un psicópata –“el método” lo llaman- y otros que no. En ambos casos encontraremos actores buenos y malos, convincentes o increíbles, pero sólo los escritores que respetan y hasta obedecen a sus personajes son buenos narradores. Si en el principio fue el relato oral, hasta para contar bien Caperucita Roja hay que estar dispuesto a ser alternativamente el lobo y la abuelita. El buen narrador, como el buen relato oral, compendia ambos talentos, el del que relata y el del que actúa.

Tengo un viejo amigo reciente que escribe muy bien; es decir, que no tiene el mínimo problema para expresar por escrito exactamente lo que quiere decir, con gracia y precisión, pero él dice que no escribe bien, sino que tan sólo redacta aseadamente. Probablemente se refiere a que carece de ese inasible talento fabulador que hace vivir a los personajes, y además es tan buen lector que no puede por menos que reconocerlo. A mí me pasa algo parecido, supongo, aunque no sé muy bien si es que soy tan torpe que no le presto atención a mis personajes o si bien es que esos personajes se complacen en tomarme a broma. En mis momentos más lúcidos y a la par egocéntricos pienso más simplemente que no me tomo el trabajo necesario, que soy demasiado vago para merecérmelos y por eso las musas nunca me encuentran trabajando, que es cuando ayudan. Lo que está claro es que diga lo que diga Pirandello, los personajes no salen a buscarte. La verdad de las mentiras (Vargas Llosa) no está al alcance de cualquiera.

No sé bien por qué me viene a la cabeza las últimas palabras de aquel gramático moribundo: “me apresto a, o estoy a punto de, morir. Ambas formas son correctas”. Como Borges me precio más de mis lecturas que de mis pobres escritos. Nos ha jodido. Pero soy un buen camarero. Un buen barman es como un buen púgil: una vez que te ha servido vuelve a su rincón. Tomaros este aperitivo que yo regreso a mi rincón.

29/04/2009

¿Se me olvidó el cine?




Se me olvidó (¿o no?) recomendaros cine, pero es que ahí podría ser el no acabar. En principio, aparte del cine norteamericano de género de su época dorada –western de los 40 a los 50, cine negro de los 30 a los 50-, del cine francés mal llamado costumbrista (Renoir, Carné, Truffaut, Chabrol…), del italiano desde el neorrealismo a los ochenta (Rossellini, Visconti –elimino al plasta de Pasolini-, de Sicca, Scola, los Taviani…), del sueco Bergman, de ningún alemán salvo los del cine mudo, que también me encanta: Murneau, Chaplin… y de muy pocos españoles (Buñuel, el primer Saura, Berlanga, Bardem, Ferreri y todo el cine del guionista Azcona. No me suele gustar el cine histórico, salvo excepciones como Kubrick (Espartaco, Senderos de gloria).

Tampoco las adaptaciones de las grandes novelas históricas, salvo el Napoleón de Abel Gance, que suelen ser grandes fracasos (grandes por ser grandes películas de alto presupuesto), incluso las que son buenas películas, como Guerra y Paz, pero que distan mucho de la obra literaria en que se inspiran. Todas ellas dejan entrever la tópica pero muy cierta y larga distancia que hay entre un medio y otro. Las excepciones son aquellas más libres, como La Diligencia en la que John Ford toma el cuento del normando Maupassant ‘Bola de Sebo’, mantiene a los personajes del pasaje y simplemente cambia las fuerzas prusianas invasoras por bandas de apaches y los llanos del noroeste francés por el Monument Valley americano.

O, en otro ejemplo, la para mí mejor quizás película de Ciencia Ficción (La afamada parafernalia adolescente de la saga de la Guerra de las galaxias, cualquier buen aficionado os dirá que pertenece a un género asociado y menor: la ‘Space Opera’) junto a 2001, Planeta prohibido, basada en La tempestad de Shakespeare en la que un increíble Walter Pingeon, el Doctor Morbius (mezcla de Morbo y Moebius) es Calibán y el servicial e inolvidable robot Robby –décadas anterior al R2P2 de Spielberg- es Ariel, no os digo quien es Prospero; por supuesto la isla es un planeta perdido y los náufragos los tripulantes de una nave averiada
En cambio de obras mediocres, como el padrino de Mario Puzzo se han creado maravillas como la trilogía de Coppola y, eso sí, pasándose por el arco del triunfo la peripecia, de la gran novela de Conrad, El corazón de las tinieblas, la gran película nuevamente de Coppola, Apocalipsis Now, por supuesto, la versión de montaje del propio director, con un metraje de más de tres horas y media.
¿Y el mejor cine actual? Sin duda es también americano. El medio, sin embargo, es otro; hemos pasado de las aguas oceánicas de las grandes salas a las charcas mareales del domicilio, porque, con algunas excepciones, como ese espléndido Eastwood maduro, casi todo el mejor cine se hace para televisión y lo hace la productora/cadena de pago HBO, sobre todo, Los Soprano, The Wire y A dos metros bajo tierra. Ya podéis disentir, aunque no creo que todo sea cuestión de gustos, sino que el gusto (bueno) implica criterio y el criterio conocer y discernir, admito disensiones.

Advertencia: soy enemigo acérrimo de la televisión (no del televisor) y no por las razones habituales y ciertas de la basura dominante de sus contenidos (en las cadenas de pago también), sino porque es una administradora tiránica del tiempo de nuestras vidas. Es mucho mejor ver las series completas en video (DVD) que permite contemplarlas además en versión original subitulada y cuando y como queramos. La televisión sólo la uso para confirmar morbosamente mi horror del mundo actual y para los espectáculos deportivos en directo: el fútbol, el rugby y el boxeo (sólo en cadena de pago). Por el contrario, el cine me gusta en salas grandes y en penumbra, siempre que no haya un imbécil cerca que confunda la sala con un comedor de comida basura.

28/04/2009

Lecturas (y algo de música) recomendadas para el post anterior

Jean Leandre
1) Michel de Montaigne: Ensayos; Acantilado, 2007

2) Stefan Zweig: Montaige, Acantilado, 2008

3) Stefan Zweig: El mundo de ayer (memorias de un europeo), varias ediciones

4) Libro de Ester (Antiguo Testamento)

5) Herman Melville: Moby Dick; varias ediciones (Alianza, Debate, Bruguera)

6) Kurt Vonnegut: Matadero 5, Plaza y Janés

7) Phillip K. Dick: Ubik

8) J. G. Ballard: Guía del usuario para el nuevo milenio, Minotauro

9) J. G. Ballard: La exhibición de atrocidades

10) Apocalipsis de San Juan (La Biblia)
11) Robert Graves: La diosa blanca; Alianza, Losada
12) Edward Anderson: Ladrones como nosotros; Poliedro, 2003
13) Fernando Parra: El naturalista a su suerte, Penthaloon, 1984
14) Patrick Leigh Fermor: El tiempo de los regalos, Península
15) Claude Lévy-Strauss: Regarder, écouter, lire, Gallimard, 1992


a) Gimnopedies de Erik Satie

b) Melodía del reloj de Frederic Mompou

c) Canciones de taberna de Purcell

d) Canciones de John Donne

e) The Charlie Parker Story

Viajar (pero no en esa forma recalentada en microondas que es el turismo)

Un mundo "feliz" para leer en lunes

Miguel Brieva



“Salvaba a los rojos de los blancos y a los blancos de los rojos, más bien, al
rojo de los blancos y al blanco de los rojos, es decir, al hombre de la jauría,
al uno contra todos, al vencido de los vencedores”

Marina Tsvietáieva hablando del poeta Maximilián Voloshin


No creo que el problema sea si los escolares tienen o no adecuada comprensión en la lectura, que parece que no; es mucho peor. Vivimos unos tiempos de locura gregaria que ponen en peligro lo que de más valioso tiene nuestro yo más íntimo: la dignidad, la independencia de criterio y la verdadera libertad. Los atributos de esa locura extensa son la vulgaridad, la falta de respeto, la escasa valoración de la intimidad y de lo excelso, del esfuerzo y de la calidad moral. De todo lo cual se deduce la baja estima general por eso que entendemos como cultura. Eso y no la gramática, el léxico o la habilidad con los quebrados es lo que está fallando. En medio de esta catástrofe de masas, mantenerse fiel a uno mismo es la única heroicidad cotidiana posible. De hecho, advierto que la mayoría de defectos y vicios que achacamos a la juventud de hoy lo son en realidad del momento y, por tanto, intergeneracionales: hay muchos más viejos idiotas que sabios senequistas. Miro alrededor en momentos que no presumo más lúcidos, pero sí más pesimistas y veo un país en muerte cerebral de manera que yo mismo y otros, ¿pocos?, somos como células cancerosas, morbosamente vivas en un organismo en vida latente y en suspenso.

Todos esos preocupantes síntomas, si miramos con atención la historia del siglo pasado en Europa, son los propios de una época pre fascista. Como ya predijo Ballard, el gran escritor de Ciencia Ficción (curiosamente, a él le gustaba estar encasillado ahí) inglés recientemente desaparecido, este nuevo fascismo o totalitarismo adopta apariencias más benévolas que las de los discursos a gritos del primer tercio del siglo XX: consumismo, paternalismo, gregarismo, idiotismo, incultura y evasión tecnológica o turística (viajar lejos para huir de uno mismo, llevándote de polizón a ti mismo). No hay templanza sino resignación servil, ni rico escepticismo sino desconfianza rufianesca. Los Ensayos de Montaigne en el mismo estante que el Mein Kampf. Cuando ‘todo vale’, nada vale.

Ahora los padres –hablo en general- no juegan a la pelota con sus hijos, sino que los entrenan tempranamente para futbolistas; no les cuentan cuentos, sino que se los administran por vía tecnológica; no les dan una educación, sino un aprendizaje pre laboral en un ‘buen’ colegio; no les quitan los miedos, sino que les administran los suyos. Les enseñan a detestar lo excelso y a odiar al débil (a sí mismos). Los hogares sin libros, pero con varias consolas de videojuegos. El problema no es que los padres no sepan qué hacer, sino que lo saben muy bien: son manager de sus hijos. El problema no es que ahora haya más analfabetos funcionales, sino que por primera vez se vanaglorien de serlo. El problema no es que haya políticos corruptos, sino que aumente su respaldo electoral después de ser procesados.

Shakespeare deploraba sus propios tiempos porque los locos guiaban a los ciegos. Puede que eso fuese cierto hasta la Segunda Guerra Mundial, pero hoy por hoy los ciegos hacen concursos de agudeza visual y los locos programan los contenidos de la televisión. El derecho a la propia vida, a los pensamientos propios y a su propia expresión se confunden con los ‘Reality Show’ y los concursos de televisión. La libertad es un anuncio de un todo terreno junto a un precipicio, la bondad un anuncio de turrones en Navidad, la cultura, ese rollo de programa de madrugada en la segunda cadena.La democracia es un asunto de mercadotecnia y estadística. Finalmente, como señalaba la pintada del mayo del 68, cien mil millones de moscas no pueden equivocarse: ¡come mierda! Y evita pensar que, en efecto, debajo de los adoquines (“sous le pavés”) hubo una vez playas.

No incrementéis mi tendencia a la misantropía –el único vicio en el que merece la pena aún caer- preguntándome si tengo alguna solución. A este respecto, hace tiempo que me convertí en un conformista y me basta, casi, con que me dejen en paz, aunque me lo ponen difícil. Como Stefan Zweig, creo en una “Liga secreta de los melancólicos”; sus miembros son fáciles de reconocer: basta mirarles a los ojos; son ridículamente pobres y absurdamente cultos. El personaje más entrañable de Tabucchi, el viejo periodista de Sostiene Pereira (el gran Marcello Mastrianni le dio vida en una digna película, pero su verdadera imagen está en la novela del italiano), sobrevivía malamente traduciendo un cuento cada lunes para su periódico de los ‘Cuentos del Lunes’ de Alphonse Daudet. No es mala receta para evitar colgarse de una viga en un mundo donde se confunde la elegancia con parecerse a un maniquí de escaparate y poner cuidado en abrocharse el botón del centro de la chaqueta antes de levantarse, los prados con campos de golf y la vida del espíritu con el yoga después de la oficina. La gente vive como en la época de las cavernas, pero con móvil y sin saber ya cazar para comer, y sin memoria: Homero, Montaigne y Shakespeare es como si nunca hubieran existido. Confundir la libertad con un todo terreno al borde de un precipicio no es mala metáfora, pero la autonomía no es la automanía ni el futuro, como dijo Ballard nuevamente, " cualquier cosa que lleve un alerón".

“Alejaos de los Diez Mandamientos”: son una trampa explosiva”, recomendaba el gran Kurt Vonnegut. No, alejaos de la corrección política, es una técnica de embalsamamiento en estos terribles tiempos de mansedumbre ciudadana. Una posibilidad ‘bruta’ es irse a mirar y a vivir a países pobres de veras, donde todavía habitan seres humanos. Y otra más sutil es saber que los verdaderos humanos son como los números primos: no abundan, pero no están solos, lo que ocurre es que tampoco es fácil saber donde está el más próximo. Vosotros me ayudais; como dijo el poeta:


“Ahora estoy muerto, soy las páginas de un libro,
y tú si quieres, puedes
hojearme”

27/04/2009

¿Quién teme a Mayer Lansky?




Mayer Lansky fue un gangster en la época dorada del crimen organizado del que tomé mi nick para mis primeros relatos policiales sobre un asesino a sueldo. Primero, dado mi tendencia más que mi afán de disentir, lo intenté con uno japonés: Metemo Keno, pero me temo que no…cuajó; algo así como ese nuevo modelo de auto de gama media que se va a fabricar en Valladolid y que han llamado “q-3”, o sea, que van a fabricar los coches “cu-tres” en Valladolid. ¿Nadie se dio cuenta a tiempo? ¿No se ganan su pastón los altos ejecutivos de Audi?, porque los obreros me consta que sí

No consta, en cambio, que Lansky asesinara a nadie ni lo mandara hacer. Era un contable, figura típica que inspiró al gangster judío de Nueva Jersey amante de los caballos de Los Soprano o, más claramente, al Hyman Roth que intenta engañar a Al Pacino en el Padrino 2 de Coppola. Su habilidad con los números y el estar suscrito durante casi toda su vida a un club del libro del mes –una ración al año que para mi bastaría sólo para tres semanas- le ganaron una reputación de intelectual; eso que los bobos del FBI llaman un ‘cerebro’ (ellos son sólo ‘cuerpos’). Nunca le probaron nada.

Existe una buena biografía del tipo que no creo que esté traducida: "Little Man: Mayer Lansky and the Gangster Life", de Robert Lacey. En ella Lacey plantea que Lansky es, lógicamente, el reverso, la imagen inversa, del Sueño Americano. Eso debe explicar el gran cariño que los estadounidenses tienen por sus gángsteres, pero Lansky no deja de ser uno de los menos típicos y más enigmáticos. Aquí no estamos tratando con esos populares asaltantes de bancos de las pequeñas ciudades de la América Profunda de los años treinta, los Dillinger, Niño Bonito Floyd, Cara de Bebé Nelson, o Ma Barrer, esa precursora feminista que murió junto a su amado hijo Fred disparando una Thompson (la metralleta de cargador circular apta para disparar desde la cadera) contra una abrumadora fuerza del FBI (malditos). Ni hablamos tampoco de un vulgar contrabandista de licor (o camello de bourbon) durante la ley seca.

Para empezar Al Capone, detenido por delito fiscal después de decenas de asesinatos, ya había muerto de sífilis en la cárcel, mientras Luciano, mentor de Lansky y para mí el verdadero prototipo del gangster, rompía con las actividades sicilianas e imitaba a los poderosos hombres de empresa de la boyante nación. Al fin y al cabo, un empresario como Howard Hughes, el magnate de la prensa, el cine y la aviación, hacía que los chicos malos de Chicago parecieran boy scouts.

A Lansky la prensa de la época le llamaba pues ‘cerebro’ (y a los policías ‘cuerpo’, cuerpo de idem), Presidente del Directorio y otras lindezas basadas en suponerle detrás y no delante de la mafia. Se sabe que había financiado al brutal ‘holandés’, Butsy Siegel, para la creación de Las Vegas en mitad de la nada (o del desierto, que es casi lo mismo) y que había formado equipo con Batista, el proxeneta presidente cubano, para dirigir los grandes casinos de La Habana. Es leyenda o realidad, nadie lo sabe, que fue el último en salir por patas cuando entraron los barbudos que bajaban de Sierra Leona y que comentó: “¡estos tíos saben disparar!”. Su comentario más citado en aquellos tiempos de apuestas y putas gordas era: “Somos más grandes que el acero norteamericano”.

Luego la ineptitud del Departamento de Justicia de Estados Unidos y la naciente televisión lo convirtieron en un mito. Falso. De hecho, cuando murió vivía muy modestamente en un apartamento de dos habitaciones apenas amuebladas y dejó tan poco dinero que su hijo tullido debió ser atendido por la beneficencia. La derrota de Batista y el triunfo de Fidel, la pérdida del casino-hotel Riviera de la Habana, que él construyó, y el no meterse nunca en drogas, prostitución ni estafas laborales, como sus compañeros de Nueva York, explican la ausencia de riqueza de sus años finales.

Había nacido en Polonia oriental (luego Unión Soviética) en 1902 y llegó con sus padres a EEUU. con cuatro años. Al revés que muchos contables corruptos y presidentes autonómicos, llevó una vida frugal y yo, personalmente, sólo le puedo reprochar una única maldad: fundó el turismo moderno de hotel –el menos dañino, no obstante- o al menos contribuyó mucho a desarrollarlo.

Cuando estaba muriendo a los ochenta años y las enfermeras se empeñaban en reanimarlo, cansado además de la puñetera reputación de cerebro del crimen organizado, dio muestras del por qué de esa fama al exclamar sus últimas palabras: “¡Déjenme ir, joder!” Este fue el superhéroe criminal; hace falta imaginación…

24/04/2009

¿Economía política? No: poética



“¿Qué tienen en común Elvis Presley y los gobernadores de bancos nacionales?
Que mucha gente cree que están vivos”

Lansky


Si la poesía hace habitable al mundo, la economía (al uso) la vuelve insoportable. Sin embargo, parecería que la economía es inapelable, aunque los economistas sólo son fiables 'post mortem'. Una playa urbanizada genera menos servicios ambientales, sociales y hasta económicos (turismo rural, empleo) que una playa natural; sin embargo, la economía (al uso) dicta y alienta la destrucción de esta última por dos razones; primero, porque los beneficios (recalificar el suelo a urbanizable con el señuelo de las vistas al mar que el propio proceso de urbanización destruye) suelen ser privados y los inconvenientes (la playa desapareció como tal) comunes; segundo y en relación con lo anterior, porque, como en toda contabilidad trucada, se suma lo que se desea resaltar, pero no se resta lo que mengua, simplemente se les llama “externalidades”. Hay que tener en cuenta que, como toda pseudociencia, la finalidad del ‘argot’ economicista es que los profanos no entendamos nada.[1]

La economía mantiene una doble contabilidad frente a la realidad, su agenda oculta es revender con beneficio (siempre para unos pocos) lo que siempre fue gratuito. En boca de un economista (al uso) el mundo siempre se corrompe y la única transacción posible es la prostitución, del paisaje, del tiempo de vida y hasta de ocio de hombre y mujeres. Por eso y no sólo por su supuesta función educativa es tan transgresora la acción de leer: porque ahí no está actuando el mercado, ni en el perro que se rasca, ni en el juego absorto del niño, ni en la pareja follando. Pero cuidado; se ha hecho negocio del libro, de las mascotas, de los juegos infantiles y del coito, y por eso existen los best sellers y los suplementos culturales, las tiendas de animales y sus ropitas para ellos, los parques de atracciones y los juguetes absurdos, y los burdeles. Los sueños que los demás sueñan los corrompe la economía, como los sueños juveniles (Martín Garzo dixit) se corrompen en boca de los adultos.

Ambrose Bierce, el Gringo Viejo, decía en su Diccionario del Diablo que economía era vender la vaca que no se tiene para comprar el barril de whisky que no se necesita. Es una definición demasiado compasiva, porque la vaca antes era de todos y el whisky, antes de la publicidad, no lo necesitaba nadie o se lo destilaba cada cual.

Desde luego es más poética (y consoladora: venganza poética) la imagen de 1929 de financieros especuladores saltando por las ventanas de los rascacielos de Wall Street que la de hoy, recomendando rebajar las pensiones y despedir fácilmente a los trabajadores para salir de la crisis que no crearon estos sino ellos. Ni siquiera nos tratan como putas, porque nos hacen pagar la cama. Otra imagen, esta vez del cine. Joe Gillis (William Holden), ambicioso joven que llegó a Hollywood para merendárselo, yace boca abajo en una de esas piscinas que ambicionó poseer. Bendito Billy Wilder. La realidad es otra; los ambiciosos flotan en las piscinas que sí poseen, pero boca arriba y con un cóctel en la mano, como caimanes satisfechos, y somos el resto de todos nosotros los que tragamos agua y nos ahogamos.

En otra película, el western que aquí se llamó “Coraje, sudor y pólvora”, el joven aspirante a cowboy le alaba la montura a un duro veterano:

-¿Cómo se llama tu caballo?- Un largo silencio antes de que este le replique:

-“Nunca le pongas nombre a nada que puedas tener que comerte”

Hacedme caso y ponedle nombre a todas las cosas del mundo, aunque tengamos que comérnoslas. Es lo único que nos queda. Y es mucho.

Lo mejor de este post es que es gratis, aunque no gratuito. Ha costado ponerle nombre a muchas cosas.

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[1] Los economistas más avispados probablemente habrán descubierto hace tiempo que la gente no los necesita para saber lo esencial (de ahí que se recalque continuamente la necesidad de entender y explicar, siempre a cargo de “expertos”) ; de hecho, la gente sabe perfectamente lo que ha pasado en la crisis, pero el sistema, o el poder si se prefiere, intercepta y hasta prohibe ese discurso: los banqueros son usureros protegidos por los gobiernos, los expertos financieros son locos e ignorantes niñatos codiciosos, la mayoría de los economistas, los nuevos brujos de esta sociedad, son unos farsantes que fingen saber, y, finalmente, los costes de los errores de esas cúpulas político financieras las pagaremos las bases sociales que no nos beneficiamos de esa enloquecida situación; por el contrario: la financiamos antes y lo haremos ahora

Los consejos de Lansky

El saber sí ocupa lugar, por eso te deja tan satisfecho. Wyatt Earp, que interpreta Henry Fonda en My Darling Clementine (La pasión de los fuertes) de John Ford (1948) aupado a su caballo en el Monument Valley no está, repito, no está evaluando las posibilidades urbanísticas de la zona. De hecho, el paraje sigue indemne, salvo una escueta carretera de un carril por sentido; la misma de la famosa escena de Thelma y Louise del policia encerrado en el maletero y el ciclista porrero y rastafari.

Ver las dos películas, están en los video clubs.

23/04/2009

Piratas somalíes, gatazos orondos y chuchos astrosos




Cuando el primer Roosevelt (Teodoro, el malo y belicista para entendernos, no Franklin Delano, el socialista del New Deal y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial) le declaró la guerra a España –sí, hemos estado en guerra con Estados Unidos, en el 98 famoso, y la perdimos- con un falso pretexto, un ataque inexistente a uno de sus acorazados, y una razón real, quedarse con Cuba para convertirla en el casino y prostíbulo de yanquilandia, afirmó en privado: “vamos a tener una guerrita que podamos ganar”.

Las “guerritas que se pueden ganar” a veces salen bien, como la de Cuba, y a veces no, como Corea o Vietnam, pero siempre se declaran con el cálculo de que va a ser sencilla la victoria. La "guerrita que vamos ganar" de hoy en día no es ninguno de esos enconados conflictos que llevan años enquistados, sino contra los “malvados” piratas somalíes. El periodista Isaac Rosa comentaba el otro día que no eran piratas sino superhérores mutantes y que sus superpoderes se los habían concedido los residuos radiactivos a los que llevan expuestos desde hace años. Mejor lo explico.

Somalia es una región maravillosa del cuerno africano –el cuerno en sí- junto a Etiopía, pero no es una nación, puesto que no tiene estado, aunque si un país y un paisanaje. El paisanaje es de los grupos humanos más bellos del planeta, allí el más feo es más guapo que Obama, y ellas no digamos, parecen modelos vestidas de trapillo étnico. Aprovechando que la ausencia de poder centralizado e instituciones permite cualquier tropelía, algunos somalíes armados, como pasa siempre, abusan de sus paisanos, pero la mayoría de los abusos los cometen las naciones occidentales del Primer Mundo, esas que ahora están siendo pirateadas.

No justifico la violencia ni cualquier medio para obtener fines, pero lo cierto es que los primeros piratas fueron los barcos ahora pirateados o pirateables de las naciones ricas. Somalia, la costa suahili, está en la vía de comunicación: Mar Rojo- Aden-Suez, entre el Atlántico, el Mediterráneo y el Índico, y entre Europa, Asía y África, una de las rutas del mayor tráfico de buques mercantes del mundo. También es la ruta del preciado atún rojo en sus migraciones. Los atunes recorren los océanos en grupos nutridos que son el equivalente acuático de los grandes rebaños de antílopes de las vecinas sabanas. En los caladeros tradicionales de los países con tradición pesquera, como el Mediterráneo español e italiano, las costas atlánticas norteamericanas o Japón, han sido esquilmados, pero aún abundan frente a las costas del este africano. Y nada más fácil que abandonar de paso que estás allí en la playa unos cuantos residuos peligrosos que las modernas y “ecológicas” naciones avanzadas no admitirían en sus suelos.

Los primeros piratas somalíes fueron guardacostas espontáneos, hartos de tanta arbitrariedad. Más tarde descubrieron –no digo que no- el negocio de los secuestros. Al fin y al cabo se trataba de recuperar parte del expolio neto al que se les sometía. Apenas han producido víctimas, normalmente liberan los barcos tras recibir el rescate sin daños para las tripulaciones que, en la mayoría de los casos, han reconocido que el trato no incluía maltrato. Pero hace poco cometieron el error de raptar al capitán norteamericano como rehén del resto de la tripulación que liberaron; tres de ellos fueron abatidos con nocturnidad y alevosía con armas sofisticadas por tiradores de elite con infrarrojos; para que aprendan.

En la vieja y tonta polémica sobre la superioridad del perro o el gato como animal doméstico, el humorista catalán Perich reivindicaba el gato bajo el argumento de que no hay gatos policías. Eso no es exacto; yo tengo un amigo que tiene un gato tan cabrón que no es un gato policía, sino un gato portero de discoteca; la discoteca en la que no te deja entrar es el piso de arriba de la casa que defiende. Y en cambio mi perra es tan pacífica que el cervatillo Bambi sería a su lado un asesino en serie y estaría dispuesta a dejarse morder por el conejo Tambor; sólo responde con alguna impaciente pero eficaz dentellada ante los ansiosos requerimientos de otros machos, pues ella es muy suya y sólo le ponen los chuchos verdaderamente astrosos.

Los chuchos astrosos somalíes, por mal nombre piratas, están sintiendo los dientes de los gatazos bien armados y orondos de Occidente. Y aplaudimos el espectáculo como una lección de justicia; pero, como las cuestiones semánticas son siempre importantes y no me parece mal llamar piratas a estos desposeídos –al fin y al cabo es el honroso nombre corriente con que se denominaba a los libertarios miembros de la Hermandad de la Costa en las Antillas del XVIII-, entonces debemos buscar un término diferente para los buitres financieros, para los que desvalijan las pensiones de las viudas, para los que desmantelan los servicios de la sanidad y la educación públicas, para los que viven en política de crear problemas y no de resolverlos, para los que les toca sospechosamente la lotería todos los meses, para los que ganan millones con una simple firma que consagra un campo de patatas en solar edificable, que compra como campo y revende como solar, y para los que meten en un saco común a los cadáveres de los milicos que previamente embarcaron en aviones descosidos de quinta mano. Si os parece.

Los consejos de Lansky para una vida mejor

Hoy, Día de San Jordi, colocar un libro en un jarrón e intentar leer una rosa (las rosas, y cualquier otra flor, se leen, empezando por las brácteas, si hay, siguiendo por el cáliz y acabando en la corola, abejitas mías)


Rectificación

Por razones que rozan la coerción me veo forzado a insertar una disculpa sobre el gato que menciono más arriba Según su dueño (hipotético; el humano que lo alimenta, y en exceso, si a eso vamos) su gatazo es encantador y simplemente intenta expulsar a los humanos que él no ha invitado del mismo modo que su hipotético amo expulsa a los gatos que aquel trae a casa y no ha invitado el susodicho humano. Así pues, el felino en cuestión, bien alimentado, a resguardo y sobrado de recursos, se comporta con la misma bondad, altruismo y afán de compartir que los orondos gatazos de la armada de Estados Unidos con los desnutridos chuchos somalíes, y al igual que la Navy, saca las uñas de izquierda a derecha. Queda dicho

22/04/2009

Marsé Cervantes, de nombre Juan



“El esmero en el trabajo es la única condición moral del escritor”
Ezra Pound



Tiene cara de empresario golfo y bondadoso de teatro de variedades, de boxeador borrachuzo y con pelambrera, de obrero listo con arrugas de cabreo sindical, aunque de joven, véase foto, la tenía de novio chuleta, guapo y tornero al que le jode esperar en la acera y, para mí tengo, que es el mejor novelista de su generación, con o sin permiso de Marías, Vázquez Montalbán (que se refugio en la horma de la narrativa de género) de Lope, Mendoza (muy irregular) y el excesivamente aplaudido y más joven Muñoz Molina o Almudena Grandes. La izquierda guapa (‘gauche divine’) barcelonesa, con su editor Carlos Barral a la cabeza, quisieron convertirle en su mascota, una suerte de escritor proletario, pero Marsé estuvo siempre demasiado asilvestrado para ser un buen animal de compañía. Él dice que su Barcelona, la de sus intrincadas novelas callejeras ha desaparecido, pero precisamente eso ya no es posible y, como La Mancha del Cervantes de su postergado premio, vivirá para siempre, mucho más que el escaparate de parque temático de esa Barcelona disecada y exangüe de las molonas autoridades municipales. Además es un chungón, así cuando dice que le hubiera gustado más ser poeta que novelista porque…se trabaja menos.

Esa es su primera virtud, la de creador de un mundo, su Barcelona, al nivel del condado de Yoknapatawpha de Faulkner, el Londres de Dickens, la Gran Rusia de Tolstói, la Crimea de Chéjov o los mares de Conrad, Stevenson o Melville. Las calles en torno a la Ronda de Guinardó, más vivas y reales que los pastiches de Gaudí, y más universales.

En segundo lugar, el talento del narrador como creador de personajes inolvidables, comenzando por ‘Pijoaparte’, trasunto analfabeto del propio autor, o sus complejos, astrosos y culposos policías, prostitutas de corazón tierno o anarquistas irreductibles. Pero no se confundan, él mismo lo advierte: no hace sociología sino literatura de ficción basada en lo que sus agudas antenas captan alrededor. Su propia vida es una auténtica novela, quizá excesiva –y en parte, sólo en parte, pareja a la mía-: huérfano de madre al nacer, su padre biológico que ejercía de taxista les comenta a un matrimonio al que transporta en su coche sus dificultades para sacar adelante al bebé. Inmediatamente el matrimonio Marsé, que no puede tener hijos, le propone adoptarlo. Empleado de una joyería, lee voraz y anárquicamente, que es como hay que leer, con libertad absoluta y haciendo tu propio camino de lector, le compra a plazos un Quijote a un vendedor gallego de libros a domicilio y comienza a escribir. Siendo un crío queda finalista en el premio Biblioteca Breve que promovía su futuro protector Barral por ‘Encerrados con un solo juguete’ (1960), qué título más bonito, y lo consigue aún muy joven seis años después por la justamente alabada ‘La oscura historia de la prima Montse’.

Él se define como un escritor anómalo, porque escribe en castellano en tierra cataloparlante, porque es un charnego que adora Cataluña, la ama y la crítica, y porque no practica ninguna suerte de victimismo lingüístico ni los admite, por autodidacta, por marginal en el sentido de hombre que presta atención a los márgenes de la sociedad, donde se refugian los vestigios del pasado y donde se anticipa sin embargo las tendencias del futuro, porque huye de las alharacas de la vida literaria, para refugiarse en su trabajo exigente de escritor (revisa y pule sus textos obsesivamente, no hay nueva edición de sus novelas que no lleve nuevas correcciones suyas), porque no da, por tanto, por terminada satisfactoriamente ninguna de sus novelas, porque sus ‘aventis’ se nutren de lo que otros supuestamente mejores que él (¿Borges?) carecen, de sangre, sudor y semen, porque es crudo, sin ser tremendista (aprende Cela), porque es tierno sin ser sensiblero, porque nunca jugo al ‘padle’, pero boxeó.

Por una vez los señores académicos o lo que sean y yo estamos de acuerdo, aunque deberían habérselo concedido mucho antes. Lo que sucede es que Marsé es incómodo para los poderes, es peligroso dejarle un micro abierto y al igual que su talante cimarrón le impedía la cómoda domesticidad de sus protectores burguesitos, el mundo literario teme sus ‘salidas de tono’ (la última en el premio planeta, cuando puso en su sitio a la frívola y olvidable señorita que obtuvo el puesto de inmerecida finalista), o cuando calificó de prosa sonajero al más insigne columnista de este país, Francisco Umbral.

Me gusta mucho su definición de escritor: “un escritor es una persona que está en desacuerdo con la realidad y busca alternativas gracias a la imaginación.” Para mí esa formulación resuelve la tonta polémica sobre el compromiso social o artístico de la literatura. Estoy de acuerdo con no estar de acuerdo. Al fin y al cabo don Quijote, en neto desacuerdo, se inventa otro mundo y actúa en consecuencia. Estas son las confidencias de un chorizo: si te dicen que caí encerrado con un solo juguete las últimas tardes con Teresa , la muchacha de las bragas de oro, en La Ronda de Guinardó piensa en la oscura historia de la prima Montse porque, como un rabo de lagartija, un día volveré.

La cita del facha Pound que he colocado de frontispicio, es la que Marsé asume con estas sus propias palabras: “No dar gato por liebre, ser riguroso y consecuente con tu trabajo”. Y tener un talento inmenso. Directo y combativo como eres, Marsé, como buen púgil acometedor, jódete, cabrón; ahora tendrás que vestirte de pingüino, pedirle a algún chorbo que te haga el nudo de la corbata, que tú no sabes, y aguantar cócteles como el que pasa revista en la puta mili. En este mundillo en un extremo del eje están las Ana Rosas y los Pios Moas de este mundo y en el opuesto tú, Marsé. Enhorabuena y gracias por lo que me has hecho disfrutar honestamente. Eres un tío.

21/04/2009

La ciencia de la Ciencia Ficción





Mantengo de adulto muchos de los gustos que adquirí en la ya lejana infancia, aunque modificados para bien, espero. Por ejemplo, de mi agraz y cinegética vesania infantil me queda el gusto por la búsqueda, persecución o rececho y finalmente avistamiento de criaturas silvestres. Las tetas, igualmente, me siguen gustando al menos tanto como en mi lactancia sólo que ahora por los motivos realmente auténticos. He mejorado mucho en mis gustos gastronómicos y en mis hábitos de bebidas, ya no pruebo la ‘fanta’, que ahora me da un poco de asco, pero no rechazo una limonada casera. Etcétera, etcétera. En mi así mismo ya lejana juventud me aficioné a la Ciencia Ficción, y ahí también he evolucionado: de Verne, pongamos por excelso caso, y el Edgar Rice Burroughs, el mismo de Tarzán, de Una princesa de Marte, a Bradbury o Ballard, que se nos acaba de morir, hay que joderse, casi a la vez que Corín Tellado, a la que no leía pero que me caía muy bien, una señora independiente y muy suya que hizo por la educación de las masas desfavorecidas más que cualquier Ministerio de Instrucción Pública. La Ciencia Ficción me gusta por lo que tiene de ficción, esto es, de literatura, en primer lugar, pero no desdeño, aunque no sea para mí lo más relevante, lo que tiene de ciencia, es decir, de argumentario científico más o menos bien llevado. Se aprende mucho leyendo “noveluchas”, sea como hay que recelar de los tíos que te llevan flores sin venir a cuento (A cuento de Corín Tellado) o de las colonizaciones de planetas en otras galaxias, pongamos por fascinante caso.

De forma general, sólo hay dos estrategias para colonizar otros mundos, aunque estos se llamen América en el siglo XVI. Ambos sistemas se describen en muchas novelas de SF: podemos alterar nuestros cuerpos para adaptarnos al planeta en cuestión, que es al fin y al cabo lo que hicimos en este por medio de la evolución biológica; o podemos adaptar el planeta a nuestras necesidades, que es lo que hemos venido haciendo también en este nuestro desde que nuestra capacidad tecnológica de Homo nos lo permitió. Nada nuevo bajo el Sol, aunque se Sol sea un sistema binario con dos estrellas gemelas. A lo primero se le llama en plan chulo erudito “pantropía” y a lo segundo, con menos griego, “terraformación”. Hablemos de esta última que es la que venimos entrenándonos en los últimos cientos de miles de años.

La terraformación no es nada nueva en la SF. Tenemos, por ejemplo, al insigne Olaf Stapledon, hoy ignominiosamente olvidado salvo por los fanáticos del género, y su novela ‘La primera y la última humanidad’ (‘Last and First Men’, me gusta más su título original, de 1930). Stapledon no se fue muy lejos: a Venus, y detectó tres problemas: demasiado calor (correcto), sin oxígeno libre atmosférico (correcto) y cubierto casi por completo pos las aguas (falso, al menos en parte). Pero era esencial la falsedad (dos de tres aciertos) porque el autor proponía descomponer alguno de los océanos del planeta vecino en hidrógeno y oxígenos mediante un gigantesco proceso de electrolisis (nuevamente correcto), luego el oxígeno sería mezclado en la atmósfera venusina.

Es una pena que el método Stapledon sea realmente inaplicable no sólo por el pequeño detalle de la ausencia de mares en Venus. Pero, ojito: la idea de alterar la atmósfera es buena; es lo que venimos haciendo en nuestro propio planeta, así que práctica tenemos, y además nuestra atmósfera, antes y después de la aparición del hombre, siempre ha estado cambiando; a veces radicalmente. En cambio la elección de Venus, o Marte, está muy bien, porque son planetas cercanos con gravedades no muy distintas de la nuestra. Otras posibilidades ya las vieron los predecesores, como la Luna o las lunas de Júpiter, algo más a trasmano, pero aún dentro de nuestro exclusiva barriada del Universo, el Sistema Solar. Así que la terraformación de Ganímedes es el tema tanto de ‘The Snows of Ganymede’ de Poul Anderson (otro escritor fascinante), como la más mediocre Júpiter Project de Gregory Benford y la más popular colonia fronteriza de toda la Ciencia Ficción que es ‘Farmer in the Sky’ del gran Robert Heinlein. Sí, Ganímedes gusta mucho, yo creo que hasta a la NASA.

De hecho, la Tierra no siempre ha sido habitable para nosotros, sino más bien un planeta francamente asqueroso. Si alguien sensato pasó por aquí con sus naves antes de que las bacterías y algas fotosintéticas hicieran su trabajo, es decir, soltar ingentemente a la atmósfera un producto de su excreción altamente tóxico por ser un peligroso y enérgico oxidante, llamado oxígeno, seguro que pasaron de largo. La existencia de la atmósfera actual no sólo permite la vida a animales de metabolismo activo que consume oxígeno, sino que provoca el conocido efecto invernadero; en principio absolutamente benéfico pues eleva la temperatura media de la superficie del planeta unos 15 o 17º C. que permite que el agua esté en los tres estados, sólida, líquida y gaseosa, y que esa temperatura no sea excesivamente fría.

El genial astrónomo Carl Sagan, uno de los mejores divulgadores de la ciencia del siglo pasado, sugirió ‘terraformar’ Venus sembrando su atmósfera –la única que contiene agua en el planeta en forma de vapor de ídem- con cohetes cargados de algas clorofíceas, que liberarían oxígeno en forma de dióxido de carbono, pues además las algas son extraordinariamente más resistentes que otros organismos más complejos (las hay que viven en manantiales termales con temperaturas próximas a la ebullición). Venus se iría enfriando en la proporción que disminuyera el efecto invernadero y a la vez iría lloviendo formando lagos en los llanos venusianos.

Marte es una posibilidad más difícil de terraformar. En principio no sería posible la sugerencia de Sagan de alterar la atmósfera por la sencilla razón de que es muy escasa y se debe a una gravedad superficial de menos de la mitad de la terrícola. Así que en Marte habría que comenzar calentándolo desde su temperatura media anual de -40ºC. Esto se puede conseguir en parte sembrándolo con polvo oscuro procedente de sus propios satélites, por ejemplo, evitando el excesivo ‘albedo’ o reflexión de su superficie. Tremendos espejos en órbita marciana podrían reflejar más luz solar sobre sus casquetes polares de dióxido de carbono helado o sobre la posible agua bajo su superficie también helada (permafrost, como en la tundra). Y llevar agua, claro en forma de enormes icebergs desde la Tierra.

Si hemos incrementado muchísimo la cantidad de dióxido de carbono en nuestro propio planeta en algunas décadas y con medios rudimentarios que no se podrá hacer si ese es nuestro propósito con los medios actuales.

Y no me extiendo más, simplemente señalar que si pilláis a vuestros hijos leyendo una novela de Ciencia Ficción en lugar de estudiando o haciendo los deberes tampoco es para alarmarse. Probablemente esté aprendiendo más que con ese profe de Ciencias Naturales que las explica tan mal.

No obstante, me anticipo a alguna crítica. Lo que tienen de buena la SF es lo que tiene de ficción, no de ciencia. Por cierto, acaba de morir Ballard, extraordinario escritor inglés encasillado en el género que nunca necesitó viajar a otros planetas para describir mundos extraños; le bastaba con suburbios, zonas comerciales, nudos de autopistas o piscinas vacías.

20/04/2009

Curiosidad y desinterés en Doñana

Foto Antonio Sabater





He estado toda la semana anterior, como un buen cómico itinerante de los de antes, de “bolos” en Sevilla. El asunto principal era inaugurar la temporada estival de La Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Sevilla participando en las tres conferencias de inicio: ‘Tres visiones de la evolución’. Como yo iba emparedado entre el que es prácticamente el padre de la paleontología humana española, por un lado, y el mejor ecólogo terrestre en activo, por el otro, cuando el coordinador Ángel Martín nos presentó como un cóctel delicioso, di por hecho que si mis colegas eran la ginebra bien seca y el vermú yo debía ser la aceituna. Pero aprovechando mi estancia allí, previamente me pasé por la universidad, la otra, la de invierno, digamos, para dar una clase en el curso de Extensión Cultural de la Facultad de Biología, con alumnos variopintos e interesados.

No obstante, lo más apetecible era una excursión a Doñana, con los alumnos de tercero de Biológicas, acompañando a su profesor, mi mentado amigo Ángel. Nos acompañó el tiempo, ni demasiado caluroso ni excesivamente lluvioso, nos acompañaron la floración, ya algo pasada, de los dos montes mediterráneos, el blanco y el negro, allí presentes, las previsibles huellas en las dunas de multitud de animales, la visita a una playa aún intocada y a un bosque de galería o ripario muy bien establecido y aunque la fauna fue más discreta, como era de esperar, vimos a la multitud de bellísimos abejarucos pululando en busca de asentar sus nidos excavados, flamencos, gamos, garzas, incluida la más rara imperial, somormujos, zampullines, diversos patos (cuchara, ánade real), milanos negros (sí, Angelito, ya llegaron), ratoneros, un águila culebrera y halcones abejeros, entre muchas otras especies. Desde mi primera visita, ¡hace ya cuarenta y tres años!, siempre me alegra encontrarme con la esquiva belleza de Doñana, con el privilegio además de patear su corazón, la Reserva Biológica, vedada a la inmensa mayoría de las visitas y en compañía, suponía yo, de jóvenes interesados. Eso sí falló.

Comprendo que haya curas poco caritativos, bomberos tan precavidos que parecen cobardes, albañiles chapuceros, ingenieros toscos y arquitectos horteras, pero no entiendo que nadie que emprenda una carrera científica, independientemente del área de su interés –física, química, biología, lo que sea- no sea curioso y más en un lugar tan irrepetible como Doñana. No hacían preguntas, no prestaban más atención que la mínima exigible para cubrir la expectativa de un futuro aunque inmediato breve examen, se quejaban de las moderadas distancias a cubrir a pie, y evidentemente no eran concientes ni por tanto apreciaban el privilegio del que estaban gozando, acompañados del añadido de dos tipos, su profesor y, modestamente, este que os relata, que conocen como pocos esa zona. Supongo que si por un milagro o máquina del tiempo a unos alumnos de Bellas Artes se les diera la oportunidad de visitar la Capilla Sextina en el momento que Miguel Ángel la estaba pintando, mientras este les comentaba de las dificultades de mezclar colores y la técnica del fresco, estos alumnos saltarían de emoción, literalmente levitarían hasta la sagrada cúpula. Estos alumnos de biología parecía que visitaban Doñana todos los días alternos de todas las semanas, aunque era la primera visita para casi todos y la primera en la Reserva para todos. No lo entiendo. Quizás Bolonia. Clavándoles un master en Doñana a millón, y no asegurando la misma pertinencia de sus tutores, es lo que se merezcan después de todo.

El verdadero motor evolutivo de nuestra especie no es el bipedismo ni la capacidad manipuladora relacionada con la anterior, sino algo previo: la curiosidad. La mayoría de las crías de mamíferos la manifiestan el tiempo suficiente para aprender e investigar el entorno bajo la tutela de sus padres, pero ese periodo es temporalmente muy corto y el adulto acaba con tanta indagación actuando sobre seguro con lo aprendido en los juegos infantiles. Este grupo de viejos prematuros encerrados en jóvenes y hermosos (sobre todo ellas) cuerpos desperdició una oportunidad única. Con el tiempo y las previsibles decepciones quizá aprendan, pese a su falta de curiosidad que es el motor de todo aprendizaje verdadero, que la vida no da segundas oportunidades casi nunca, como bien señalan los boleros. Hace bastantes años acompañé a un grupo de maduros arquitectos por esta misma zona. Les faltó poco para llorar de emoción. El escaparate ecológico de la nación, el enclave donde se juntan el mundo europeo, a través de los peculiares sistemas ecológicos mediterráneos, y el africano; el cruce migratorio más importante de Eurasia, una zona milagrosa donde la historia agrícola, ganadera, forestal y venatoria se revela, esta vez sufrió la presencia inútil y vegetativa de un grupo del que poco podrá esperarse en el futuro.

13/04/2009

¿Multiculturalismo?, depende.


Multiculturalismos los de este grupo campesino que conforma la población total de Rieg en la Gottschee


De entrada recelo de los discursos sobre las minorías, los multiculturalismos y las diferencias. Es decir, me agrada más la respuesta de Sonny Liston, el campeón del mundo de los pesados (box), que a la pregunta de si sentía reivindicada a su raza (era negro como el tizón), respondió al periodista: ¿se refiere usted a la raza humana? Y encima es más correcto biológicamente, ya que somos una especie monotípica, lo que es redundante casi, y polimórfica, es decir, las diferencias genéticas entre negros africanos distintos son mayores que entre un negro bantú y un escandinavo; de ahí que no tenga sentido hablar de ‘razas’ humanas, y esto no tiene nada que ver, por fortuna, con la ñoña corrección política. Por otra parte, el subsahariano que se juega la vida cruzando en patera el peor estrecho del mundo, con permiso del del Mar de Sonda, no viene aquí precisamente para que le reconozcamos su diferencia, sino para que le tratemos como un igual y no como un exótico distinto ¿No creéis?.

Sin embargo, me fascina la diversidad y detesto lo uniforme (y los uniformes, salvo sí Nastasia Kinsky se me pone uno de doncella pervertida). El Barrio de Lavapiés madrileño tiene el indudable encanto de las decenas de lenguas y tonos de piel y rasgos que se pueden ver por la calle (aunque los negocios de los mayoristas chinos están casi revocando el asunto y consiguiendo una neomonotonía casi peor a la de los campamentos de la extinta OJE franquista)

Y tampoco nada impide reconocer que Europa, la que yo amo, esa de las catedrales, las sinfonías, los novelones, los poetas románticos y demás, justo esa Europa que le costó y cuesta mucho entrar en…Europa, es la Europa no sólo del Centro o del Este sino de las minorías. Me encanta su babel lingüística, sus diversas diversidades, y están desapareciendo, como los osos pandas y las ballenas azules. Algunos hasta parece que nunca existieron, como los cachorritos de linces y los abortos de dieciseis meses. Hablo de los sefardíes de Sarajevo, de los arbëreshe de Calabria, los sorabos alemanes, los aromanos de Macedonia, de los eslovenos de habla alemana habitantes de los bosques de la Gottsche.

Muchos tienen lenguas propias, una literatura incluso, costumbres curiosas, artesanías propias, y están muriendo como lo hacen las tribus de los Valles de Nueva Guinea ante la presión del “hombre blanco”. Y es que lo malo del “hombre blanco” no es que sea blanco ni mucho menos que viaje lejos; eso es bueno o malo, según se mire, sino que es un burócrata, y desde Kafka ya sabemos lo que podemos esperar de ellos. ¿Catalanes nacionalistas, Vascos ídem? Para empezar no están en peligro, precisamente; para seguir, jamás en los últimos cien años han estado mejor, más autónomos y mimados. Pero sobre todo y además es que en el fondo lo que pretenden es sustituir una burocracia por otra, la suya. Yo, para que emitan sellos de correos y diseñen su propio uniforme de aduanas no les dedico ni un instante. Que les den.

(Hasta la semana que viene: sed buenos)

"Ciencia" de la crisis


En estos tiempos de opresiva y omnipresente Crisis, así con mayestáticas mayúsculas, dos elementos son muy de tener en cuenta, ambos intrincadamente relacionados. Me refiero a los debates y tertulias y a los invitados obligados en las mismas, los economistas.

Los nuevos brujos no son los sacerdotes de las iglesias -esos son los viejos- sino los economistas, que no practican, como dijo alguien, una ‘ciencia lúgubre’ sino una disciplina social profética, esto es, una matematizada pseudociencia. Aunque ambos nos previenen sobre el futuro, la distancia entre un oráculo y un profeta no estriba en la abismal que media entre la luminosa Grecia clásica y el sangriento Israel bíblico, sino entre dar respuesta a una pregunta formulada, aunque sea enrevesadamente, o responder a lo que nadie te pregunta, ¿se acaba el mundo? La economía además –ya te lo advertí- es muy buena en acertar a posteriori, sabe explicar muy bien como afrontar las crisis ya pasadas, pero siempre le pilla desprevenida las del presente. Lúgubres adivinos… del pasado.

A la prodigiosa ‘ciencia’ premonitoria y profética marcha atrás de los economistas se alía la ausencia de debate honesto en la enrarecida esfera de lo político. Cruce de consignas. Ocurrencias en vez de ideas. En cuanto al debate en sí, es como si un bebé lactante discutiera conmigo sobre los méritos de los pechos femeninos. Una postura cerrada por mi parte me haría concluir que esos individuos chiquitines comparten conmigo el gusto por las tetas, pero por los motivos equivocados.

08/04/2009

Navegar. De ratones y hombres


“Pero en cuanto pude sacármelo de encima me dirigí de inmediato a la orilla del mar. Allí lo encontré a Jim, inclinado sobre el parapeto del muelle.”

Joseph Conrad. Lord Jim

En las proas de las naves negras sin cubierta de los marinos griegos de la Antigüedad clásica se ha encontrado la famosa inscripción: “vivir no es necesario, navegar sí” que luego se atribuyó a Horacio. Parece la típica exageración metafísica, pero en realidad sólo es una contradicción aparente. Navegar ‘es’ vivir, tomar rumbo, orientarse en una inmensidad informe, oceánica.

“Dejad al más distraído de los hombres sumergirse en los ensueños más profundos, ponedlo en pie y que comience a caminar, e inevitablemente os conducirá hasta el agua si es que hubiera agua en esa región. Si alguna vez estáis sedientos en el gran desierto americano y en vuestra caravana por casualidad hubiera un profesor de metafísica, intentad este experimento. Sí, como todo el mundo sabe, la meditación y el agua están ligados para siempre”.

La anterior cita del inicio de Moby Dick delimita mejor el asunto. Constata un hecho, la atracción que los humanos sentimos hacia las superficies del agua y además que vivir cabalmente, meditar, pensar para, ‘ergo’, existir, requiere de la contemplación de ese elemento básico, vital.

Siempre que llego a una ciudad o un pueblo junto al mar me acerco al puerto, en parte porque todos los caminos fáciles, hacia abajo conducen allí, pero también porque obedezco a un impulso irresistible.

“Apostados como centinelas silenciosos por todos los alrededores de la ciudad, se alzan miles y miles de mortales, absortos en sueños oceánicos. (…) Nada les satisfará sino es el límite más extremo de la tierra; tampoco les bastará merodear al abrigo sombrío de aquellos lejanos almacenes. No. Se acercarán al agua tanto como les sea posible sin caerse (…) Decidme, ¿es alguna virtud magnética de las brújulas de aquellos barcos que los atrae hacia allí?”

En la vida uno puede dedicarse a la pesca del arenque o a la cría del gusano de seda, a reproducir a escala el Santo Sepulcro, a masacrar congoleños (o servios, o irlandeses) o a pintar La lección de anatomía; todas son opciones viables. "Creí que era una aventura y en realidad era la vida” escribe Conrad.Y sin embargo, el mar nunca es demasiado amable con el hombre, aunque es cómplice de su crueldad.

Voy derecho al grano. En este planeta, con sus cuatro quintas partes de su superficie cubiertas de masas de agua salada, quien no haya pasado varios días en el mar abierto, sin avistar tierra firme, no es un habitante cabal de este pequeño lugar del universo por mal nombre Tierra. Sé que son mayoría, pero, todos ellos son como una persona en una habitación subidos a una silla sobre una sola pierna; podrían pasear por toda la estancia, pero están encaramados allí, huyendo de no sé que ratón, ratones ellos.

Igualmente, quien no haya navegado a vela, quien sólo haya tenido tratos apestosos con motores, es como si en tierra nunca caminase o cabalgase, siempre subido al tren o al automóvil. Y aunque comprendo que somos animales terrestres, con pulmones, sin aletas ni branquias, es sospechosa la tendencia a acercarnos al agua y sobre todo al mar y de vivir hacinados en ciudades costeras. Esto es aplicable a naciones enteras; Churchill le replicó a Stalin que “Rusia es un animal terrestre; en cambio, los británicos son animales acuáticos”. Y prefiero por experiencia los pescadores a los campesinos; son menos avaros y temerosos, quizás porque la mar no se puede labrar ni parcelar, no admite tapias ni cercas. Me parece significativo que en la Guerra Civil española el sindicato mayoritario de los pescaderos era el socialista; el de los pescadores, el anarquista.

Sé que no convenceré a muchos de vosotros, pero os recomiendo que no os vayáis de este mundo sin haberos embarcado para alguna singladura de muchos días alguna vez en la vida. No es bueno morir virgen. Probaros que sois hombres y no ratones; elevaos sobre el muerto nivel de la masa: vivid, es decir, navegad.

Arte rupestre y pedestre






Como es sabido, Miguel Ángel, una noche de luna nueva y con la connivencia del jefe de la guardia suiza, que era su amante por entonces, se coló en la Capilla Sextina, montó secretamente un andamio, se previno de interrupciones colocando en el acceso un cartel prohibiendo el paso por reformas y a marchas forzadas pintó la inmaculada cúpula como mejor le pareció. Cuentan que cuando el papa la vio, en lugar de enfurecerse, se quedó tan maravillado que perdonó al vándalo e indultó los frescos para gloria del Arte Universal. En realidad, Miguel Ángel se había limitado a seguir la estela de otros vándalos previos y así mismo indultados, como Boticelli, Perugino y Ghilardaio. Entonces, debido al atraso de la época, en lugar de los cómodos y expresivos botes de spray de pintura sólo indeleble ante someros fregados se usaba la casi indestructible pintura al fresco; si se raspa, vuelve a aparecer; sólo tapándola con mampuestos es posible eliminarla. ¡Vándalos! Repito. La vesania consiste en convertir literalmente la pintura en piedra. El vándalo primero da una capa de enlucido de cal en la pared, que es un hidróxido de calcio más arena, y luego aplica los pigmentos, pero no diluidos en aceite, como en la pintura al óleo o en frágil clara de huevo, sino simplemente en agua y mientras el mentado enlucido está aún fresco (de ahí el nombre de esta técnica delictiva y 'cuasi' perenne). Ni la piqueta raspante, ni la humedad transpirante, ni la luz o la lejía acaban con ella ya que se petrifica y se transforma en carbonato cálcico: piedra caliza. Y todo ello sin necesidades de colas, aglutinantes o barnices.

Igualmente, las autoridades municipales, sensibles y maravilladas por esos graffiti conceptuales en forma de airosas firmas y espontáneas rúbricas que adornan antaño lampiñas e impolutas paredes y sosos edificios públicos han decidido, para gloria del arte y disfrute de las generaciones futuras indultar esas pintadas maravillosamente ejecutadas y hasta montarlas exposiciones. Al igual que la musiquilla de la movida madrileña de los ochenta es en todo de importancia pareja al barroco musical – ¡Alaska o Bach, qué más da!-, sostengo que de los mecenas del Cinquecento romano a los ediles madrileños de ahora no hay más distancia que cinco siglos y el mismo talento en ejecutores y en promotores. Disfrutemos pues de nuestro propio Renacimiento. También es bien cierto que hay paredes, muros, incluso edificios enteros que no se merecen unas pintadas, sino dinamita.

Pero la banalidad grafitera no es asunto de nuestra época; pensemos en Pompeya y ese increíble alarde de imaginación: “Hapocras folló aquí estupendamente”. Bueno, en el inicio de la feble democracia española a alguno le salió del alma y puso “Con Franco vivíamos mejor”. Pasó luego otro que disentía con razón y se limitó a añadir: “Algunos”. Ahora bien, la inventiva no expide licencias para ensuciar paredes ni, sobre todo, para imponer sus mensajes, aunque no otra cosa hace la publicidad.

Para esos intratables escépticos que dudan del imparable camino ascendente del Progreso, así, con merecidas mayúsculas, no tengo más que incitarles a que miren las dos ilustraciones; entonces se comprobará que el progreso existe, es un hecho, pero como señalaba Walter Benjamin para el Ángel de la Historia, está con las alas abiertas, sufriendo una tremenda ventolera de cara y de ahí que avance…retrocediendo. O como en el Angelus Novus de Klee. El ángel de Klee y el de Benjamin se alejan de algo en lo que clavan su mirada, literalmente van de culo y yo, a menudo pienso que lo que miran, de lo que se alejan es de la belleza.

07/04/2009

Llamadme Lansky y leed Moby Dick

Rockwell Kent
Para Angelito que me presentó un 'capitán Ahab' sevillano con el que casi naufrago a la altura de las costas de Mauritania mientras él se quedaba en tierra, leyendo a Melville, supongo.

Estoy iniciando mi tercera lectura de Moby Dick de Herman Melville. En principio, cada vez que me tropiezo con una nueva traducción en castellano –de momento, mi favorita sigue siendo la del poeta y ‘anglólogo’ José María Valverde para la extinta Bruguera- vuelvo a leerla, cotejándola con mi ajado ejemplar de la versión inglesa original de Pengüin. Esta de ahora es de Maylee Yábar-Dávila y me está gustando mucho. Casi está suplantando a la citada del malogrado profesor Valverde y a la exquisita de la editorial Debate, con digna traducción de Enrique Pezotti, de hace unos años, aunque esta última sobre todo, porque lleva las ilustraciones originales de la canónica yanqui del también neoyorquino Rockwell Kent (1882-1971). Este último fue, además de espléndido pintor, grabador y dibujante, arquitecto, escritor y cronista de viajes. Muchos de los espléndidos dibujos de la edición de Moby Dick se formaron a partir de su estancia en la isla Dawson, en la Patagonia chilena, con su barco ‘Sara’ en 1911. Es el pintor moderno que más me recuerda a mi adorado William Blake,. Sufrió el mcarthismo y militó en la extrema izquierda norteamericana. Sus murales sobre las clases trabajadoras americanas son, a mi juicio, lo peor de su obra y aún así me gustan más que los del grandilocuente y realista sovietista, el mexicano Ribera.

En cualquier caso, tras la Etimología supuestamente proporcionada por un difunto auxiliar tísico de una escuela primaria, “raído de traje, corazón, cuerpo y cerebro” (pero que yo creo atribuible a un tal Melville, que murió en la ruina), que nos informa que ballena, 'the whale' en inglés y también en islandés, se llama ‘piki-Núi-Núi’ en fidjiano, que suena como el canto de un pájaro comedor de cocos, y de las famosas citas proporcionadas por un “sub-subbibliotecario” (que empecinadamente vuelvo a atribuir a un tal Mr Melville) y al que recomienda (se recomienda) tragarse las lágrimas y subir al mastelero del sobrejuanete (esto es, le manda al cielo sin matarlo; es decir, a tomar por culo) y de las cuales mi favorita es de Lord Bacon: “…el gran leviatán, que hace hervir los mares como un puchero”, se entra, tras encantadoras demoras, en la historia propiamente dicha: “Llamadme Ismael” Uno de los comienzos más famosos y prodigiosos de todas las novelas de todos los tiempos. Entonces, para mí, el tiempo en tierra firme se aleja, aparto una gavia remendada y me aposento cómodamente en el combés, me enfrento a las vastedades onduladas del océano, junto a compañeros tan rudos como sublimes, en pos del famoso monstruo del que clama venganza el terrible Ahab. “Llamadme Ismael…"

Para mí tengo que Moby Dick es el libro más grande y maravilloso que ha producido la literatura estadounidense de todos los tiempos. Y para mí también, este neoyorquino es en todo comparable a nuestro sublime Cervantes, incluyendo su escaso éxito en vida. A cierta distancia le seguiría el conjunto de narraciones cortas de Allan Poe, otro maldito, ya que ambos murieron en la miseria por el gran pecado de haberse adelantado demasiado a su tiempo y no tener la clarividencia de Stendhal de esperar a sus lectores en el futuro, lo que finalmente haríamos. Eso significa ser un clásico.

Lógicamente, Moby Dick ha propiciado como suele decirse ‘ríos de tinta’ de otros autores; prólogos oportunistas y rendidos homenajes, exposiciones de las dificultades de los traductores o alabanzas a la aventura oceánica o a la lucha entre el bien y el mal, interpretaciones psicológicas, morales, bíblicas y hasta oceanográficas, pero, para mí, quien mejor ha glosado este obra ha sido curiosamente un francés, Jean Giono (1895-1970), el autor de "El húsar en el tejado" y "El plantador de árboles" y uno de los autores más exquisitos de comienzos y mediados del siglo pasado. Giono fue el traductor de la novela de Melville al francés; le llevó tres años que él confiesa de duro pero placentero trabajo. Su editor, el legendario Gaston Gallimard, le pidió un prólogo de presentación del neoyorquino, poco conocido por ese entonces. El resultado final –con el ‘placet’ del editor: ‘escribe lo que quieras’- fue muy extenso y está disponible en forma de libro autónomo ("Homenaje a Melville"). Giono toma prestadas las palabras de Melville niño de una carta a su padre a los diez años: “Esta tarde de invierno, me han llevado hasta el final del espigón que más se adentra en el mar. Había olas gigantescas, más altas que montañas. Por todas partes, los mástiles de las naves golpeaban el agua como látigos.” Y añade Giono: “El corazón de un niño lírico contienen más mástiles batientes y más barcos de vela que todos los puertos del mundo juntos.” Giono, el mejor de los escritores rurales de Francia glosando al mejor de los escritores marineros yanquis.

Podemos completar el 'lote' del disfrute del novelón de la ballena con el libro de Giono, delicioso en sí mismo, con un bonito libro de ilustraciones de ese delicado pintor que fue su principal ilustrador, Rockwell Kent (no conozco ninguno en español, pero los libros de arte profusamente ilustrados se bastan a sí mismos en cualquier idioma) y con el DVD de la excelente película de Houston, con un torturado Gregory Peck, el prototipo de la 'hombría de bien', en uno de los pocos papeles de malo de su carrera, el capitán Ahab. No sé si sabéis que el guionista de la película, rodada en Irlanda, además del propio director fue Ray Bradbury, que adoraba la novela. Dejó sus desternillantes recuerdos del rodaje en otro librito maravilloso: “Verdes prados, ballena blanca”. Parece ser que igual que el rodaje de "La Reina de África” fue un pretexto para cazar un elefante (y lo cuenta Clint Eastwood en otra película excelente), el de Moby Dick tenía por objeto buscar una casa en su ancestral Irlanda, obsesionado como estaba Houston por los caballos y la caza del zorro.

Melville se embarcó joven, en mercantes y, en 1841, en el Acushnet, un ‘whaler’, esto es, un ballenero, de 359 toneladas de desplazamiento (no era pues exactamente una cáscara de nuez) rumbo al Pacífico Sur durante 15 meses, una duración habitual en ese tipo de viajes. Nada parece predecir que está alimentando su memoria para el libro que escribirá años más tarde. En cambio escribe prosaico: “no veo gran cosa, solamente agua en una considerable extensión”. Al comienzo de Moby Dick, cuando Ismael se presenta el Pequod para enrolarse, uno de los dos capitanes armadores, el capitán Peleg, al oír sus motivos –ver mundo- le hace caminar a proa a mirar a barlovento y le pregunta que ve:

“La perspectiva era ilimitada, pero excesivamente monótona e intimidatorio: no podía ver la menor variación”.

“Bueno, cuál es vuestra opinión –dijo Peleg cuando regresé-. ¿Qué habéis visto?”

–No demasiado –contesté-, nada más que agua; aunque un horizonte considerable, y creo que se prepara un aguacero.”

Melville respira verosimilitud para cualquiera que se haya embarcado en un velero durante más de una semana. Al volver a tierra, dice Giono, rememorará esas extensiones ilimitadas de agua salada y “escribirá ese libro-refugio donde todo el mundo pueda albergar su desesperación”. De regreso a EEUU, “con la cabeza llena de bálsamo” le dice a su amigo Nathaniel Hawthorne, que a la inversa que él fue siempre un autor de éxito: “Voy a ponerme a trabajar. Estos últimos días me acordé de una historia sobre una ballena. Estaba bajo el viento de la isla de Mocha, en Chile. La atacamos más de cien veces y más de cien veces salió victoriosa. Por su edad, o tal vez por una rareza de la naturaleza, era blanca como la nieve”.

Seguro que habéis visto montones de novedades en los suplementos y las revistas culturales y que en lo que va de año se habrá anunciado que se han escrito dos o tres obras maestras. Hacedme caso: olvidad las novedades, coged Moby Dick y leedla. Y jamás os enroléis en un barco de cuyo capitán no tengáis referencias. Llamadme Lansky.

06/04/2009

¡Esos ingleses...!


Para Vanbrugh, anglófilo irredento


Leyendo las memorias de Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial no puedo sino ratificarme en mi admiración por esos estrafalarios seres que son los británicos, unos estupendos hijos de puta, como el mismo Churchill (Mi madre no es puta. Ya, pero es metáfora, etc.). Una anécdota que sitúa este tendencioso y magnífico libro en la línea de la Richmall Crompton de Guillermo o el Wodehouse de Bertie es la siguiente. Parece ser que los desactivadores de bombas retardadas eran según Churchill los más arriesgados y ‘funestos’ (sic) de todos los resistentes isleños; yo y mis escalofríos comparten esa impresión. Habla a continuación de los equipos de desactivación entre civiles que se formaron en la isla, oigamos:

“Recuerdo uno de ellos que bien puede tomarse como ejemplo de muchos otros. Estaba formado por tres personas: el conde de Suffolk, su joven secretaria privada y su anciano chofer y ayuda de cámara. Se llamaban a sí mismos ‘la santísima trinidad’. Todo el mundo conocía su habilidad, demostrada por el hecho de que siguieran vivos. Se enfrentaron a treinta y cuatro bombas con cortés y sonriente eficacia, pero la número treinta y cinco les costó la vida e hizo volar por los aires al conde de Suffolk con su santísima trinidad y su Rolls.”

Me imagino la escena, aún más: mi imaginación se desboca: “Pásame los alicates pequeños, Jeeves, están junto a los sándwiches de pepino”. “Aquí tiene, milord, me parece que el cable azul está un poco pelado, tenga cuidado el Señor”

¿Cómo no iban a perder la guerra, pese a su poderío, los nazis contra estos tipos que practicaban la lógica difusa y la buena educación? La flema británica contra simples explosivos retardados: no hay color.
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Nota:
La foto no es del Londres bombardeado en la Batalla de Inglaterra de 1940, sino de Madrid (la calle Preciados) de 1937, pero los que bombardeaban eran prácticamente los mismos; sin embargo, aquí no teníamos Lores o Condes desactivadores de bombas, sino que más bien las ponían o incitaban a ponerlas.

03/04/2009

Una modesta proposición (sobre la política y los políticos y financieros)




“Sin embargo, tragaos las lágrimas y subid al mastelero del sobrejuanete (…)”
(Consejo de Herman Melville a un supuesto sub-subbibliotecario)



Quizás no sean mayoría, no lo sé, pero me consta que hay campesinos irónicos y tenaces, funcionarios trabajadores y competentes, policías compasivos, jueces justos, sacerdotes piadosos y caritativos, jardineros exquisitos, ingenieros meticulosos, vendedores honestos, barrenderos pulcros, maestros entregados, médicos abnegados, militares reflexivos, secretarias bilingües, administrativos con iniciativa, mecánicos ingeniosos y ahorrativos, periodistas veraces, libreros informados, sastres minuciosos, criadores de ganado amables, ferreteros concienzudos, farmacéuticos orientadores, mineros animosos, artificieros valerosos, sindicalistas abiertos, pescadores cumplidores, pero…

…la inmensa mayoría de los políticos son absoluta y pasmosamente mediocres y ambiciosos, luego no puede ser casual, sino causal: una condición para ejercer su oficio. Tampoco hay financieros útiles y estimables.

Sin embargo, de la correcta actuación de estos últimos dos grupos depende el bienestar de todos, aunque es, por tanto, dudoso que se les pueda mejorar individualmente, por lo que las soluciones estribarían más bien en restringir sus hábitos perniciosos, fiscalizar sus actividades públicas y privadas y controlar el ejercicio de sus funciones de forma tanto más eficiente como implacable. El problema estriba en que las medidas de restricción, fiscalización y control dependen de la actividad de los mismos sobre las que hay que ejercerlas. Es decir, que tenemos el más insidioso círculo vicioso. Se pueden, no obstante, tomar medidas y emprender reformas eficaces aunque parciales. Más del 90 por ciento de los cargos políticos no son electos, sino designados (a dedo es una redundancia en este caso) por unos pocos políticos. La minoría que sí es elegida no puede ser revocada por sus electores pues las mociones de censura una vez más las ejercen sus pares y no sus electores. Además no hay forma de exigir el cumplimiento de sus programas electorales. Por tanto, sería conveniente, suprimir los cargos de designación directa y hacerlos electivos (recuerden los fiscales y sheriff en campaña de las películas estadounidenses, una sociedad, pese a sus defectos, mucho más democrática que la española). Igualmente, establecer listas abiertas, de forma que candidatos de probada trayectoria perniciosa puedan ser eliminados por sus plausibles y posibles votantes y no por los aparatos del partido, y que esos mismos candidatos respondan por circunscripciones pequeñas y concretas ante ese mismo electorado para evitar que su devoción se desvíe de los ciudadanos a los que dicen servir a los superiores políticos a los que en realidad sirven, y ser revocados por aquellos mismos.
Durante la Batalla de Inglaterra, en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, en la que los británicos consiguieron detener la invasión de su isla con el domino de su aviación, refiriéndose a los pilotos de la RAF Churchill pronuncio la famosa frase (se las preparaba al modo de epigramas cuidadosamente en su despacho): "Nunca tan pocos hicieron tanto por tantos". Con los políticos españoles podemos afirmar que nunca tantos (porque son demasiados) hicieron tan poco por los demás y tanto por sí mismos.

La carrera política es una promoción interna dentro de los partidos más que una meritocracia ante los ciudadanos. Prestigio, probada eficacia, o, por el contrario, corrupción o ineptitud no son elementos relevantes en esa trayectoria. La razón es que el ascenso político depende del comportamiento interno hacia el partido y no del externo hacia la sociedad, obedeciendo en general a una suerte de Ley de Gravitación Político social consistente en dar patadas hacía abajo, lamer culos hacia arriba y codazos a los lados. Por otra parte, la sociedad, los electores o ciudadanos también precisan educación, sobre todo sobre la naturaleza de lo público, sus deberes y no sólo sus derechos, la esencia de la democracia, que finalmente es etimológica, y a no comportarse como ‘hooligans’ acríticos de ningún partido o bandería .

Mediocridad y ambición; codicia e ignorancia son mezclas más explosivas que la dinamita y de la que van cargados políticos y financieros. Si la sociedad no se derrumba no es porque haya veinte hombres justos como en la leyenda hasídica, sino muchos más: campesinos tenaces e irónicos, funcionarios trabajadores y competentes…etcétera, etcétera, etcétera.

02/04/2009

Ciencia y belleza, 2: del 'Trivium' al 'Trivial' y de la Ciencia Ficción a la Ciencia Fashion



Un catedrático amigo mío, famoso por sus despiadadas ocurrencias, Fernando Roch, me escribía el otro día lamentándose de que estuviésemos pasando en la Universidad, con las famosas reformas, del ‘Trivium’ (la lógica, gramática y retórica de las universidades medievales) al ‘Trivial’ de preparar mano de obra sumisa y cautiva para la nueva fase del capitalismo boloñés. Es un error del mismo calado que exigir a la ciencia que sea ‘práctica’, como señalaba en el post anterior. Incluso en el devenir del progreso tecnológico humano los principales descubrimientos no es que fueran casuales, como se suele escribir apresuradamente, sino que no eran el objetivo principal. Dos ejemplos; uno, el fuego, que permitió a los primeros Homo erectus hacer digeribles muchos alimentos –“Cocinar hizo al hombre’ se titulaba un inolvidable libro gastronómico del biólogo Faustino Cordón- no fue ‘buscado’ para cocinar, ni siquiera para transformar el territorio o alejar a las fieras, simplemente estaba ahí, en los incendios espontáneos, y cómo un animal tan curioso como el humano iba a dejar pasar la oportunidad de ver qué se podía hacer con ese extraño ser humeante, ondulante y quemante que parecía vivo y a la vez no lo estaba. Dos, la rueda no se inventó para montarlas en los coches de fórmula uno, y al menos en un caso, no se utilizó para su uso más obvio, aunque fuera en una carretilla, sino como juguete, en la América de los Incas; claro que en un territorio montañoso y selvático para lo que sirve una rueda es para eso, para jugar.

La Ciencia Ficción, como género literario tan infravalorado como interesante en sus mejores exponentes, precisamente recalca esa impredecibilidad tecnológica de los futuros avances tecnológicos. Al contrario que la Ciencia Fashion, que es como yo llamo al seguimiento de las modas en el campo de la ciencia teórica.

He tenido alumnos de postgrado que no sabían ni leer ni escribir, pero me presentaban sus trabajos finales en ‘power point’; igual podrían haberlo hecho con punzón en tablillas de arcilla. Por eso creo que a los alumnos, de cualquier edad, hay que enseñarles a leer y escribir, esto es, el trivium, gramática, lógica y retórica (saberse expresar, no la acepción peyorativa), además de matemáticas (los fundamentos lógicos, sólo, no los instrumentos), ciencias físico naturales (mirar alrededor), otros idiomas y música. Con eso basta. Sin embargo, me temo que les van a ‘graduar’ con informática, juegos de rol, educación para la empresa y otras memeces. Bolonia.

Vuelvo a la belleza de la ciencia. En el post anterior podía haber multiplicado los ejemplos de la grandeza de la ciencia teórica y la endeblez de las miradas pragmatistas antes de tiempo. Fleming descubrió la penicilina…por casualidad, él se estaba dedicando a las plantas tropicales, Alfred Russell Wallace ideó la teoría de la selección natural, codescubierta con Darwin, cuando andaba detrás de las aves del paraíso, y de paso descubrió o intuyo el papel de la estética en la selección biológica, él se preguntaba como evolucionaron esas exóticas aves, sinónimo de la belleza más despilfarradora en el interior de selvas y lejos de las miradas inteligentes y educadas que podían apreciarlas, “aún sigo asombrado por ese ‘desperdicio’ (sic) de belleza”. La confusión que le hizo llamar desperdicio a algo que evidentemente apreciaba se origina al estimar el auténtico propósito del conocimiento, que no es dominar la naturaleza (a la naturaleza se la domina respetándola, decía Paracelso y repetía Bacon), sino vivir en armonía con ella. La fealdad y el peligro provienen de las aplicaciones tecnológicas de una ciencia ramplona que destruye la biodiversidad y la diversidad cultural, esto es, la belleza. Como en ciencia al igual que en arte es precisa la pura creatividad.
Al revés de lo que pensaban Platón, Descartes y los practicantes más acomplejados de las mal llamadas ‘Ciencias’ Humanas, en la ciencia no se trata de matematizarlo todo -recordemos el comentario de Mita y sus problemas de física en el post anterior- , sino de un esfuerzo generalizado por comprender. Por tanto, ciencia es “una habilidad generalizada para comprender”. Al denunciar las corrientes antiestéticas en la ciencia occidental ese fascinante heterodoxo que se llamaba Gregory Bateson, en ‘Mind and Nature’, denunciaba igualmente que ‘calidad’ y ‘belleza’ no tenían dignidad científica en las concepciones rígidas mecanicistas en las que sólo importaban cantidad, medida y números.

Bateson remonta este divorcio antiestético nada menos que a Bacon, Locke, Cartesio y Newton, que me temo, por mi parte, que no son los responsables de la actual degradación de alguna publicitada ciencia, como la genómica, en tecnociencia. Locke escribió en su siglo que “lo cualitativo no es otra cosa que lo cuantitativo pobre” y los científicos del siglo XX se lo apropiaron encantados, en tanto que los humanistas –siempre acomplejados por sus malas notas en matemáticas desde el colegio- tomaban buena nota, pues Locke era uno de los suyos. Claro que los mecanicistas más furibundos a la vez que sacaban en procesión a “San” Descartes se olvidaban de su cita de que "el hombre “no” es una máquina". Es muy posible que el mecanicismo y el determinismo frente a los enfoques sistémicos y evolutivos estén en la base de las malas relaciones actuales entre tecnología y medio ambiente, aunque no sólo.

La ciencia ha obtenido sus mayores éxitos aislando las partes de los problemas, fenómenos o procesos, esto es 'a-na-lizandolos' (de ‘lisis’ romper), para intentar luego recomponer el mosaico anterior. Por su parte, “complejo” quiere decir “entrelazado”, y el primero de esos entrelazamientos es entre nuestra razón y los sentidos que intentamos dar al mundo observado: sentidos y razón implican que un conocimiento cabal requiere el uso combinado de aquella y de estos: la experiencia estética. ¿Os parece traído por los pelos? A mí, no. No creo en los científicos que no perciben la belleza en los ‘tinglados’ que investigan; podrán ser buenos técnicos de laboratorio, incluso buenos experimentadores, pero dudo mucho que merezcan el título de ‘hombres de ciencia’.

Detesto los esoterismos, la moda de los irracionalismos y las falsas ciencias y las pseudociencias, pero también creo –porque el escepticismo puede ser una forma de estupidez simétrica a la excesiva credulidad- que muchos científicos deberían despojarse de esa sospechosa arrogancia ante las nuevas (o viejas) formas de conocimiento; por un lado, a esos que piensan que el latín y el griego son inútiles, aunque ellos los estén usando continuamente para nombrar a los seres vivos; por otra, a aquellos que no conciben otra aproximación que la cuantitativa: “non numeratur, sed ponderatur”, decía un sabio de la antigüedad. Supongo que habréis oído hablar de los idiotas calculistas; se utilizaban mucho en los circos a comienzos del siglo XX y hay varios casos muy bien documentados. Eran pobres individuos, en los casos más extremos con sus facultades mermadas, pero que eran capaces, sin trucos, de cálculos aritméticos o numéricos increíbles, por ejemplo, dado un elevado número de seis cifras citar el número primo más próximo. Pues bien, yo he conocido otro tipo de idiotas numéricos, manejan la física de partículas pero no entienden por qué hay que perder el tiempo con los osos pandas. O buenas gentes muy leídas y que adoran a Mozart, pero piensan que el Principio de Incertidumbre de Heisenberg es de Heidegger y que además viene a decir…que todo es relativo. Ufanas inculturas, de unos y de otros.

En realidad esa olímpica distancia de algunos (o muchos) científicos puede ser una reacción hastiada a la banalización que muchos profanos hacen de sus áreas (Como el caso Sokal, en el que este físico puso en ridículo a la plana mayor de los intelectuales franceses que usaban superficialmente conceptos de la mecánica cuántica o de otras áreas. Lacan, por ejemplo, salió muy mal parado), pero también puede deberse a un complejo sencillo: negarse a reconocer que la ciencia, como el arte, también usa la metáfora, que las descripciones científicas son en definitiva narraciones, igual que los mitos, que el ser humano es uno solo, con su propensión a la verdad y a la belleza. El tema no puede darse por concluido con estas pinceladas. Volveré a él, no sé aún cuando.

01/04/2009

Ciencia y belleza: la inutilidad





Plutarco cuenta en sus ‘Vidas paralelas’ (en la vida de Marcelo, por si lo queréis buscar) que Arquímedes despreciaba las aplicaciones prácticas de sus descubrimientos, que no eran pocas; las más conocidas, la utilización de la energía solar con los famosos espejos ustorios para quemar las velas de los barcos romanos o el uso de la densidad de los elementos para descubrir las falsas aleaciones metálicas que se pretendían pasar por oro. Inestimable para generales y tesoreros reales, cuando le pedían que pusiera estas revelaciones por escrito fruncía el ceño, agitaba una mano con desdén y afirmaba que a él sólo le interesaban las cosas “bellas y sutiles”. Algo que quizás os recuerde, veintidós siglos después, el modo como se preciaba el matemático G-H. Hardy de trabajar en un arte abstracto sin aplicaciones prácticas (http://www.lansky-al-habla.com/2009/03/el-arco-iris-y-el-poema-la-ciencia.html)
Eso es muy revelador, porque el famoso Principio de Arquímedes que dictamina que los sólidos sumergidos en un líquido experimentan un empuje hacia arriba, etcétera, no es necesario para conseguir que los barcos floten -como las flores no necesitan conocer los entresijos de la polinización para efectuarla-, simplemente si uno se pregunta por qué flota un buque de acero ahí tenemos la explicación. Pero hay otra lección más interesante que ese olímpico desprecio compartido a lo largo de milenios a las actividades tipo Edison[1] para entendernos (o el Profesor Franz de Copenhague, en el género de coña). Me refiero a que la ciencia no puede existir –y esto no lo suelen comprender los gestores políticos- si existe de antemano un propósito rígido. La curiosidad no puede tener pautas ni expectativas pragmáticas. Eso es un hecho y por eso Edison no es relevante pese a todo; eso sí, Edison como todos los ‘inventores’ utilizaba con gran habilidad multitud de investigaciones, experimentos y divagaciones que científicos puros mejores que él habían ido revelando en su momento por el simple afán puro de conocer.

Permitidme que hable de mí. Yo he tenido una carrera científica tan breve como precaria. La razón, creo, es que tenía varios defectos graves para dedicarme a esa dura actividad investigadora. No me refiero a una vida amorosa intensa y caótica (Einstein la tuvo, era un auténtico ‘picha brava’, y Voltaire, feo e ingenioso, era un ligón legendario), ni mi así mismo legendaria vaguería (cuando me interesa algo puedo ser más stajanovista que el señor Ford, el de la producción en cadena de coches), sino a que, por un lado, no era un genio, pero por otro poseo el ‘talento’ de percibir la belleza en multitud de facetas, desde las caderas de una muchacha a la sonrisa de un niño o un paisaje o una ecuación matemática (y eso es un drama, porque trae aparejado el percibir la fealdad por doquier, como alguien con el olfato muy desarrollado detecta los malos olores a la vez que los perfumes delicados). Me interesaban demasiadas cosas. Por eso estoy en una buena situación para apenarme porque haya gentes que no comprendan la sutil armonía de las ecuaciones diofánticas o el cálculo infinitesimal, pero que haya otros que no detecten la de un poema de Cernuda. La belleza es para el sapo la piel verrucosa y los ojos saltones de la sapa, decía Voltaire, pero, al contrario que la tonta frase hecha sobre gustos hay mucho y muy interesante escrito, en realidad forma el 'corpus' de la Estética, y tan 'estética' puede ser una pintura abstracta como una bonita y elegante demostración geométrica del Teorema de Pitágoras (ya sabéis: adosando dos rectángulos a los catetos del triángulo)

El caso es que las especificaciones rígidas, el dictado del mercado entorpecen la verdadera investigación científica. El momento presente en el que los biólogos moleculares, y en especial los genetistas, dejaron de publicar sus hallazgos para patentarlos ha generado una quiebra grave, no sólo en las altruistas reglas de difusión contraste de la ciencia, sino en la propia esencia de los propósitos, que les ha aproximado más a los mercachifles, aunque sean geniales a su modo, como Edison y no a los genios como Einstein.

La ciencia crece a través de hacerse buenas preguntas, responderlas con conjeturas audaces, o severas e implacables refutaciones, pero, sobre todo sin saber nunca del todo bien a donde iremos a parar. Como un compositor ante la génesis de una sinfonía o un pintor ante un cuadro: saben vagamente lo que buscan, lo que quieren hacer más o menos –o lo que no quieren hacer-, cuentan con la pericia técnica para intentarlo, pero, insisto, no saben exactamente a donde van a llegar. Igual el verdadero científico. Démosle la vuelta al asunto: el que no podamos planear la investigación pura salvo hasta cierto plano o punto general ni intuir las aplicaciones que terminarán surgiendo no es una desgracia, sino la indispensable garantía de libertad que hace grande a la ciencia. La investigación de base es esencial y la historia ha demostrado reiteradamente que las utilidades prácticas que en principio ni se intuyen terminan abriendo ventanas tecnológicas, siempre, a las futuras aplicaciones, que sólo hay que mirar al comienzo, como mucho, con el rabillo del ojo. El liderazgo tecnológico, ingenieril, es por su propia naturaleza efímero, ‘porque por su naturaleza es fácilmente imitable –véase los japoneses con la electrónica o la automoción-, el conocimiento fundamental, no. La libertad del teórico, como la tan cacareada del artista libérrimo es lo fundamental. Veremos si en otra entrega soy capaz de hablar de la belleza en la ciencia, esto sólo es un torpe comienzo.

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[1] Thomas Alva Edison (1847-1931), empresario e inventor, patentaba un ingenio cada 15 días en su época de más prolífica producción; industrias como la cinematografía, la electricidad doméstica (la ‘bombilla’ o lámpara de filamento), el fonógrafo o el sistema telefónico viable se deben a él y perfilaron el mundo tecnológico en el que hoy vivimos. Para las gentes sencillas sería pues el prototipo de ‘el científico’, pero para los científicos precisamente no