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29/05/2009

La Nada (Dos)


A por el vacío

“¿Qué le dijo el místico al vendedor de perritos calientes?
Hazme uno con todo.”

Chiste norteamericano

En este tema considero obligado soslayar las abundantes paradojas facilonas, pero no me resisto a señalar que, para un ateo irredento, eso de que la Nada que nos aguarda tenga contenido no deja de tener su gracia.

Por supuesto que los literatos le han sacado partido al asunto, desde ‘El Ser y la Nada’ de Jean Paul Sartre al más enjundioso, ‘El pensamiento cautivo’ de Czeslaw Milosz. De hecho, a los existencialistas les “ponía” mucho ese balancín tortuoso entre el ser y el no ser. De mi escaso aprecio por el Sartre filósofo (no así del memorialista) puede dar cuenta este fragmento:


“La Nada persigue al ser. Esto significa que el ser no tiene necesidad de la
nada para ser concebido y que podemos examinar exhaustivamente la idea sin
encontrar ahí la menor traza de nada. Pero por otra parte, la nada, que no es,
sólo puede tener existencia prestada, y obtiene su ser del ser. Su nada de ser
se encuentra sólo dentro de los límites del ser, y la desaparición total del ser
no sería la llegada del reino del no-ser, sino por el contrario, la desaparición
concomitante de la nada. Etc.”

Caramba con el bizco y sus concomitancias. En realidad Sartre está refutando a Hegel y su idea de que el ser y la Nada son meramente iguales (Hegel decía que eran abstracciones vacías y eso no lo podía tolerar Jean Paul, porque era cargarse de un plumazo a todo el existencialismo, Juliette Greco incluída).

La verdad es que os he puesto ese fragmento, no especialmente abstruso no tanto para confirmaros que hicisteis bien en copiar en el examen de filosofía del bachillerato como para justificar por qué me salto airosamente a todos estos tipos, uno detrás de otro, como en carrera de obstáculos para ir a lo que yo considero meollos del asunto y sus predecesores. Así que”Ale Hop”: ¡Seguidme!

Galileo no gustaba de las paradojas basadas en juegos de palabras y sí en el conocimiento directo de las cosas, que reconocía como insatisfactoriamente imperfecto. Y creía en la verdad absoluta de las matemáticas que siglos después el genial Gödel socavaría. Pero la distinción de Galileo entre el tramposo y pantanoso mundo de la paradoja y el límpido y seguro camino de la ciencia, conjeturas y refutaciones fue importante. Acudir al propio mundo como fuente de conocimiento nos parece obvio hoy, pero no lo era hace cinco siglos. La nada como tal no fue tratada por Galileo, pero sí su advocación física, el vacío en un momento en el que no se discutía la autoridad heredada de Platón y Aristóteles que, como ya he dicho, negaban su existencia.

Sobre el vacío ya habían especulado los filósofos, estableciendo distinciones entre el vacío de una vasija a la que se ha extraído su contenido o vaciado; es decir, entre vasijas que estaban meramente vacías de cualquier cosa de la que pudieran ser vaciadas y vasijas completamente vacías, pero que aún seguían sometidas a las Leyes de la Naturaleza y formaban parte del Universo. Así que cuando el problema se convirtió en científico fue un alivio. De un recipiente “vacío” aún queda por sacar el aire que llena ese “vacío” y eso sólo puede hacerse succionando, para lo cual hay que crear una diferencia de presión entre el interior y el exterior con una bomba. Esos aparatos ya existían para achicar no aire sino agua de los barcos y en ciertas granjas inundables.

A medida que estos aparatos mejoraban, los científicos se estimulaban para plantear experimentos, o el por qué funcionaban siquiera. El antiguo precepto de Aristóteles (con permiso de Gómez Pin) de que “la Naturaleza aborrece el vacío” (y algunos decoradores de interiores escasamente minimalistas) parecía resultar confirmado, porque a medida que se creaba, o intentaba crear un espacio vacío parecía que la materia se movía para rellenarlo; de ahí que cuando un barco tiene una vía de agua y empieza a hundirse lo mejor es salir por patas; ya se sabe cómo es la Naturaleza. Pero Aristóteles sostenía que esto sucedía debido a un aspecto teleológico del funcionamiento del mundo. O sea, la materia era arrastrada para llenar el vacío porque…tenía esa finalidad a la vista. ¡Toma ya! ¿Por qué cito esto? Para afirmar que por fortuna Galileo buscaba por fin un tipo completamente diferente de explicación y por eso se atrevía a dar la espalda nada menos que a la indiscutida autoridad de la época: Aristóteles. Lo que Galileo buscaba era una causa o ley de la Naturaleza definida capaz de predecir comportamientos futuros a partir del estado físico de cosas presentes. ¿A qué suena muy bien? Para Galileo era algo insatisfactorio utilizar la tosquedad de bombeo de los aparatos para elevar el agua por encima de cierta altura definida como evidencia del vacío por parte de la Naturaleza. Y se preguntaba irónico: “¡por qué el nivel de aborrecimiento de la naturaleza llegaba a cierta altura (‘dieciocho codos’) y no más?”. Galileo no sentía un interés filosófico por el vacío. Era de buen conformar, le bastaba para sus propósitos conseguir un espacio que estuviera ‘casi’ vacío. Ya veremos por qué, porque por mi parte, mi adicción a teleseries y culebrones me ha enseñado que hay que interrumpir los capítulos en los momentos más rompedores. Parece ser que Balzac y Dumas y Dickens también lo sabían.

28/05/2009

La nada (Uno)


Mejor dicho: La nada, el vacío, el cero


“A nadie veo en el camino”, dijo Alicia.
“Ya me gustaría a mi tener esa vista”, comentó el Rey en tono mohíno, “¡para ser capaz de ver a Nadie
! ¡Y además a esa distancia! ¡Porque, con esta luz, me cuesta incluso ver gente real!”

Lewis Carroll: Alicia en el país de las Maravillas



¿Debería haber dejado este post en blanco, sin nada escrito, con una ilustración de uno de los famosos cuadros blancos de Marc Rothko o un enorme cero? Hacer un chiste fácil de algo muy complejo, ¿o me pongo serio, pero sin confundirlo con la severidad pomposa? Lo cierto es que lo primero podría haber sido una celebrada ‘boutade’, la típica ‘ocurrencia’ de estos posmodernos tiempos, pero no se ajustaría a lo que sabemos hoy sobre estos apasionantes temas. La nada –la, en principio, ausencia de contenido- es un concepto filosófico, como el cero lo es matemático y el vacío físico, rico y complejo si lo enfocamos desde la ciencia moderna.

Del cero ya hablaremos, pero todo el mundo sabe que esa falsa humildad del no número es engañosa, porque el cero es pieza central de la matemática. En cuanto al vacío, tan difícil de perseguir experimentalmente (el vacío perfecto, como el cero absoluto en temperatura es sólo una ambición inalcanzable), tanto en la física cuántica como en la cosmológica y relativista, en lo más grande y lo más pequeño, tiene… ¡estructura!, y eso plantea fascinantes dilemas filosóficos. Como reza un tópico, ¿la Naturaleza aborrece el vacío?

Hay mucho más en la Nada de lo que parece. Por eso la escribo con mayúsculas. Y cada cual reacciona de forma distinta ante ella. Los filósofos se empeñaron en entenderla, los místicos pugnaron por imaginarla o alcanzarla incluso; los científicos, tan poco modestos, intentaron crearla o localizarla al menos; los lógicos pretendieron abolirla; los matemáticos la utilizaron con fervor. En ese empeño por localizarla o crearla los físicos y tecnólogos orientaron las direcciones de muchas de las ramas e investigaciones actuales de la física; los filósofos, creo, no consiguieron nada y los místicos, poco o nada fuera de sus mundos inconcebibles para la gente corriente.

A Newton la fuerza gravitatoria por él descubierta le molestaba, ¿cómo un cuerpo sin contacto con otro pude ejercer una fuerza? Y esa fuerza, ¿se ejerce en el vacío? Parecía inaceptable: no había espacio vacío, sino un ‘éter’, todo se movía a través de él, un océano en el que estaban inmersas las cosas, que aseguraba que ningún resquicio del Universo estuviera vacío. Pero ese éter fantasmal parece que no existe. En su lugar hay otras cosas aún más increíbles: materia y energía oscura, antimateria. ¿Sabéis quien eliminó a ese éter fantasmal? Einstein. De todas formas, -¡hay que joderse con la ciencia!- al eliminarlo, la cuántica y el relativismo abrieron más interrogantes que los que cerraban. Pero el vacío se está haciendo más “presente” cada vez en lo más pequeño y lo más grande de las fuerzas que actúan en esas dimensiones extremas. Vacío cuántico y vacío cosmológico ¿Arenas movedizas, como sugiere el matemático John D. Barrow? Veremos.

El vacío perfecto de mi adorado Stanislav Lem (hay referencias a él en el último post de los amigos del blog Desplazamientosinorbita, ver enlaces) era un conjunto de reseñas de libros inexistentes, pero los juegos literarios de Borges, Calvino (Ítalo, no el fanático teólogo de Ginebra), Lem y compañía se quedan cortos frente a la ‘realidad’ y los hallazgos que van encontrando los físicos allá donde era de esperar no encontrar ni esperar nada. Paradoja.

Empecemos, como tantas veces, con los griegos, esos mismos a los que se les escapó el cero. Los griegos fueron los primeros, como tantas veces nuevamente, en tropezarse con las paradojas de la Nada, casi las mismas que afligen al infinito. Parménides y Zenón terminaron, vía paradoja, por burlarse de ambas: la Nada y el Infinito. En cuanto a las teologías, los griegos propusieron un dios arquitecto que modela el mundo a partir de un material eterno persistente y desordenado, el Caos. Sin embargo, caos, palabra griega, significaba originalmente Nada. Pero retrocedían ante este concepto, todo lo más jugaban con él como el ingenioso Ulises dándose el nombre de ’nadie’ante la pregunta de un amenazante Polifemo. En definitiva, los griegos negaron la Nada. Hubo estoicos, que proponían un vacío más allá del mundo, y atomistas, que lo hacían en el interior de él; ambos se desviaron de la norma, pero el clasicismo que heredó Europa fue el de Aristóteles y él rechazaba la Nada y el vacío e ignoraba el cero. En el renacimiento se mantiene un Universo finito aunque inmenso que contenía todo lo que existe, lleno de materia, eterno.

El cristianismo, como su antecesora la tradición judía, en cambio, más ambicioso, propone un dios creador del mundo a partir de la Nada. Lo sentimos por Parménides al que la Nada le ponía de los nervios y proponía un universo esférico y llenando todo el espacio disponible. Los griegos y su geometría se mantenían lejos de los extremos del cero y el infinito, colgaron carteles de “cuidado” en ambos lados. La causa y efecto de Aristóteles también los ignoró. Durante los siguientes siglos se juega con las paradojas y no se avanza más. Hasta que empezaron a surgir los gigantes de la ciencia moderna, con Galileo a la cabeza.

Seguiré con el tema, me meteré en harina. Ya sé que me lo agradecéis; DE NADA.

27/05/2009

San Agustin y Ray Charles, ida y vuelta






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Estoy honestamente convencido de que el balance general del Cristianismo, como el del resto de religiones hegemónicas con la posible excepción del budismo, es negativo, colocando en un platillo de la hipotética balance todos los beneficios y consuelos que haya podido reportar desde su invención no por Jesús, sino por Pablo, y en el otro sus aspectos negativos en forma de dolor, persecuciones y lastres. Pero mi juicio no puede ser totalmente negativo por dos razones en forma de nombres propios al margen de ciertos espacios bellísimos como los claustros y los baptisterios románicos.

Esos dos nombres son San Agustín y Ray Charles. Uno inició su camino en lo profano y lo concluyó en lo místico, el otro, justo a la inversa. Ambos iniciaron y finalizaron dos mágicos viajes con inicio o final en el cristianismo y obtuvieron logros que para mi tengo son cumbres del arte y la cultura humanas. Resumiré. Ray Charles tomó el gospel, las canciones e himnos de iglesias evangélicas negras de Estados Unidos y las transformó en música rítmica del diablo (según algunos de sus más religiosos contemporáneos), esto es, las ‘profanó’ consiguiendo una de las síntesis musicales más impresionantes de toda la historia de la música popular. Por su parte, San Agustín, al escribir sus ‘Confesiones’ no produjo la más hermosa autobiografía intelectual de todos los tiempos y literaturas, sino algo más. Curioso, insisto, que un libro que narra el trayecto de un joven golfo y hedonista –el dichoso tópico- hacia las más altas cotas místicas, esto es, un viaje para mí más extraño que a Marte, me guste tanto: debe ser que tengo un 'diente' literario muy fino, como alardeo.

Agustín Aurelio (354-430) es sin duda uno de los espíritus más elevados que ha producido la humanidad; muy por encima del de su referente mesiánico Jesucristo. Comprendo que pueda resultar extraño que un ateo confeso como yo admire tanto a un Padre de la Iglesia como Agustín de Hipona, pero cualquier lector con sensibilidad lo puede entender perfectamente. Como digo, sus Confesiones no admiten equiparación, no digo ya comparación, con las autobiografías escritas antes o después que él. Esta es la confesión, como reza el título, de un alma dolorida, poética e inteligente, como señala Martín de Riquer, exenta de todo orgullo (¡Qué difícil!) y rebosante de caridad (empezando por él mismo), e inventando de paso el soliloquio bastantes siglos antes que Proust o Joyce. Además es fascinante porque se percibe muy bien que ha caducado ya, no sólo concluido, el antiguo mundo clásico y que está apareciendo algo nuevo, más caótico, insospechado y desconocido. A salvo de épicas y mitológicas, eso permite la más absoluta sinceridad sobre uno mismo, a través de la espontaneidad nada simplona, con una prosa moderna y sin ornatos retóricos, coloquial e inmediata, más cercana a la mejor poesía que a cualquier otra prosa. Los hagiógrafos la suelen destacar como el libro cristiano más bello después de los ‘revelados’. Para mí lo es más, y no sólo cristiano. Es por eso uno de los libros que no han sufrido olvidos ni eclipses en toda las historia posterior, salvo tal vez ahora, pero se sigue encontrado en librerías, por algo será. Tendrá una influencia grande sobre Petrarca y el humanismo europeo, porque de cierta genial manera enlaza mejor con ese espíritu nuevo humanista que los acartonados clásicos paganos que supuestamente reivindican los nuevos tiempos, y es porque su corazón, su alma o como se quiera decir no es cristiano, sino humano: “Quid est cor deum nisi cor humanum?”

Ray Charles, el pianista y vocalista ciego fue alguien más, también, que un supremo interprete de música negra norteamericana jazz mediante, que es a su vez la aportación cultural más importante de los Estados Unidos. Su virtuosismo jugó contra él, porque le tornó un ecléctico que era capaz de tocar y cantar al estilo de Nat King Cole o quién se le pusiera por delante, dotado como estaba de lo que en música se llama “oído absoluto”. Por eso sus recopilatorios son muy desiguales. Su mejor época, aún joven y sin los alardes de bandas sinfónicas ni coros femeninos excesivos (también podía él hacer las voces femeninas si se lo proponía, y lo hizo con el invento de las grabaciones de ocho pistas) fue su época para el sello Atlantic, cuando decidió tomar la música gospel de los himnos evangélicos de los oficios religiosos populares y negros del sur de Estados Unidos para unirlo a los ‘depravados’ ritmos de la música del Rithm and Blues y el jazz. El resultado, este viaje de la iglesia a los burdeles fue y sigue siendo estremecedor y simétricamente opuesto al del hedonista, maniqueo jovencito que luego conocería el mundo como San Agustín. Para mí, dos santos gloriosos. Se ha abusado tanto del término genialidad aplicado a los músicos brillantes que habría que buscar entonces otro para Ray. La mezcla explosiva de gospel y blues, las dos aportaciones –religiosa y profana- de la música afroamericana hizo nacer el soul, todas las enciclopedias lo recuerdan, pero yo no hablo ahora de un estilo, sino de una música concreta, aunque no aislada, de un músico concreto. Aún así, todo el jazz vocal, desde Aretha Franklyn a Van Morrison y el Rock and Roll subsiguiente parten del venero de este prodigio y, sobre todo, de los discos que grabó ya sin músicos de estudio, con su propio grupo y, sobre todo, el saxofonista tejano David Newman, para el sello Atlantic Records en los años cincuenta. Murió en 2004 después de haber dominado la música popular durante seis décadas; sin él no habrían existido ni Elvis Presley ni los Rolling ni la mitad de la música popular del siglo XX ¡Aleluya!

Hacedme caso y daros este prodigioso festín: leed Las Confesiones y escuchad –no simultáneamente, cada cosa requiere su atención- al gran Ray. Y hacedlo con el debido recogimiento, como si estuvierais en misa, que también es un invento de los hombres, Amen.

26/05/2009

Relatos de viajes por mar



Supongo que no hay explicaciones unívocas para asuntos tan complicados como ciertos entusiasmos y que muchos que de niño leyeron como yo a Stevenson, London, el capitán Marryat y a Osborne o el Capitán Byron (no confundir con el poeta) de mayores se habrán resignado hasta de buena gana a ser prosaicos oficinistas. No es mi caso: a mí me subió a la cabeza la botella de ron y aún me dura la tontería. Y ‘queche’, ‘goleta’, ‘bergantín’, o ‘gavia’, ‘bauprés’, ‘jarcia’, siguen siendo palabras mágicas, abracadabras de mi inquieto ánimo. Aún hoy, aunque vaya apurado de trabajo, cuando llego a una ciudad costera lo primero que visito es el puerto y el mercado central, y sueño para mi vejez la imagen de un viejo recio sentado en un noray y aguardando la arribada de otros barcos.

Como dejó dicho Rudyard Kipling en El mar y las colinas, siempre he preferido la excelente soledad del mar a los atrios de los reyes y a pesar de haber nacido tierra adentro (aunque me llevaron muy tempranamente al mar: ¡qué cantidad de mar!) y haber elegido una profesión y unos estudios que siempre me gustaron, la biología de campo (nunca el laboratorio), creo que debería haber sido marino mercante, pero ni siquiera supe en su momento que existía esa posibilidad; nadie en mi familia había establecido esa tradición. Lástima. Luego me resarcí de varias formas: aprendiendo a navegar a vela, arruinándome con mis dos socios como armador de un atunero (cumplíamos todas las normas de talla y artes en el palangre, y así nos fue) y emprendiendo travesías siempre que podía. Cuando era joven existía una maravillosa posibilidad, ya casi inexistente, consistente en embarcarse en mercantes, tanto de cabotaje como transoceánicos, en calidad de pasajero, pues casi todos los buques llevan alguna litera o incluso camarote previsto para ese fin, pagando un modesto pasaje o, mejor aún, contratándote como marinero si tenías la escueta capacitación para que te integraran en el libro de rol. En ese caso hasta te pagaban al desembarcar.

Hoy, en este mundo interconectado y turístico, la histeria del control de pasajeros, bien patente en los aviones, ha proscrito esta actividad. En pequeños barcos de cabotaje griego que hacían la misma función que nuestros arrieros en tierra adentro entre el norte y el sur de la Península o entre las sierras y los llanos, he acompañado partidas de azúcar, carbón, grano, chatarra de hierro…dando saltos de isla en isla por el mar Egeo y el Jónico, desde Sicilia hasta la costa turca. Conrad pensaba que los intereses comerciales estropearían la mejor vida que hay bajo el sol, pero a mí eso me facilitó mis viajes, mientras que el maldito turismo con sus ñoños cruceros y la paranoia del terrorismo internacional sí acabaron con esa forma de viajar que me entusiasmaba: navegar y llegar a puerto de vez en cuando, lo que me permitía disponer de un poco de tierra para estirar las piernas, comprar unos libros y cambiar de cocina de vez en cuando, tal y como recomendaba el autor de El corazón de las tinieblas. Por otra parte, la vieja época lujosa de los viajes en transatlántico con baúles, hoteles y pegatinas en las maletas ha desaparecido sustituida por la democracia gritona y pestilente de los ‘tour operator’.

Uno de mis libros de viajes marítimos favoritos (otro es sorprendentemente español, del periodista Jordi Esteva: 'Los árabes del mar') es el del historiador y periodista inglés –los maestros del género- Gavin Young: 'Una lenta travesía. De Grecia a China por mar', donde el autor, a comienzos de los ochenta hizo exactamente lo que me hubiera gustado hacer a mí: emplear siete meses y veintitrés embarcaciones distintas de los más variados tipos para llegar desde el Pireo hasta Cantón. Y luego lo contó en una excelente narración. En estos tiempos de desempleo, sindicatos suspicaces, fronteras blindadas y paranoia institucional el viaje por mar, sino es en velero propio o en los detestables cruceros organizados, está prácticamente moribundo y el viaje solitario también, ahora todo se hace en grupo.

Lo estaba en mis tiempos que son también los del más ambicioso viaje de Gavin Young. Rehuyendo las largas travesías y que redujeran las escalas, pues su sensato objetivo era conocer el mayor número de puertos posibles, jugando a una suerte de ‘ruleta rusa’ del viajero, tomando cualquier barco en la dirección correcta aproximada y confiando en no quedar varado en tierra demasiado tiempo se lanzó al viaje. La sola mención de sus etapas suena a mis oídos como estaciones del mismo paraíso: El Pireo, Esmirna, Alejandría, Port Said, Suez, Yidda, Dubai, Karachi, Bombay, Islas Andaman, Cochín, Colombo, Calcuta, Madras, Singapur, Brunei, Bangkok, Manila, Hong Kong, Macao, Cantón. Reunió lápices, cuadernos y libros: Conrad, Madox Fox, Joseph Séller y Wodehouse, que me parece una elección muy acertada, y cámaras de fotos y se lanzó al viaje.

Young no es un cronista imparcial. Los griegos le parecen encantadores y los turcos detestables, por ejemplo, pero es sobre todo crítico con sus compatriotas turísticos que ya empezaban a contaminar los trayectos. Y hasta da algún consejo útil para no quedarse embarrancado, por ejemplo en ciertos puertos árabes o en el Canal de Suez. Su literatura carece de la inalcanzable pureza de Leigh Fermor o el análisis agudo de Norman Lewis, incluso de la ‘fantasía’ de un Bruce Chadwin, pero da testimonio de una forma de viajar, lenta, que es la que a mi más me gusta.

Hay tres formas de situar un barco tras una travesía: atracarlo en el muelle, que es la más común; fondear a cierta distancia de la orilla, con ayuda de las anclas, como la Hispaniola en la Isla del Tesoro; o vararlo en tierra, para reparar el casco o para una larga estancia, que es lo que hace el caballero cansado de Muerte en Venecia frente a la playa del Lido. Dicho esto, digamos que este es un libro de viajes marítimos que atraca en puertos. Otro día os hablo de los que fondean y de los que varan.

25/05/2009

Investigaciones de Antropología de Proximidad

Para Euclides Perdomo, a ver si se anima a reiniciar su maravilloso blog
I.- Antropología de las barrigas y el pitillo.

Deben entender que el Diablo siempre tiene algo que hacer, así que jamás mata moscas con el rabo; de hecho, uno de sus muchos títulos es el que utilizó William Golding en una novela genial: 'El Señor de las moscas', pero yo no soy como el diablo y sí mato moscas. De ahí este enjundioso estudio que aquí avanzo en primicia.

Cuando se tiene un barrigón como el de los guardias civiles de mediana edad sólo caben –nunca mejor dicho- dos opciones: cinturón y pantalón por encima o por debajo. En la Benemérita prima la segunda opción, mientras que entre los notarios y Franco sin ir más lejos se estilaba por encima. Lógicamente, a igualdad de barriga, varía la talla de pantalón, de lo que se puede inferir que los que se la colocaban por debajo, cada vez más por debajo, son inmovilistas que no cambian de talla de pantalón frente a los ‘barrigonalcistas’.

Igualmente están los que sujetan el cigarrillo entre el corazón y el índice y los que lo pinzan entre el índice y el pulgar; incluso hay eclécticos que adoptan una posición al inicio y otra al final, cuando el pito se acaba. Ambos aspectos: sujeción del cigarrillo y de la barriga se pueden combinar, y según las leyes de la combinatoria eso nos da cuatro posibilidades, pero lo suyo, de hecho, es que los que se colocan el cinto por encima de la barriga y justo por debajo de las así mismo colgantes tetillas, adictos al tiro alto y las tallas amplias de pantalonazo, sujeten el cigarrillo de la primera y más ortodoxa forma, mientras que el típico escayolista de talle bajo, talla universal desde que cumplió los diecisiete y barriga en balconada sea partidario de la sujeción desdeñosa en pinza e incluso del lanzamiento de la colilla con toque de remate de dedo. ¿Estamos?

Lógicamente esos atuendos y lenguaje corporal se corresponden con expresiones verbales igualmente diferenciadoras. Por ejemplo, las amenazantes; los de cinto en alto y pitillo ortodoxo dicen aquello de “Usted no sabe con quién está hablando” (con un notario por lo menos), en tanto que los segundos son más propensos al clásico tuteo y al “A que te meto”.

Por cierto, el gordo estadounidense o alemán, el gordo gordo, que lo es desde el cogote con doble pliegue a la pantorrilla, de tamaño de muslo de corista, no tiene que ver con el tipo hispano barrigón que comento, más propio de elementos aislados prósperos en sociedades hasta hace poco precarias (como la ibérica o las sudamericanas). O sea, que aquí no se habla de obesidades, sino de atributos del Homo hispanicus –hoy ‘autonomicus-, un rasgo idiosincrásico como la cabra de la legión o el tricornio de la Guardia Civil, equivalente a la manita derecha en la tetilla izquierda de los estadounidenses cuando suena su himno

Mis conclusiones a estas importantes contribuciones antropológicas son: 1) que la mejor manera de que no te clasifiquen es no tener barriga –o usar sotana- y no fumar. 2) que el mejor sujetador de cigarrillos fue Bogarth.

¿Qué cómo sujeto yo el pitillo? Como los marineros y los estudiantes furtivos, con todos los dedos formando una piña y la brasa hacia el interior de la palma, para protegerla del viento o de las miradas del padre rector de disciplina. Y no os digo si tengo barriga; a ver si te meto una…

NOTA: La Antropología de Proximidad

La antropología cultural y general fue fundada por un excelente grupo de prosistas, cuya lectura recomiendo, como Marcel Mauss (Etonografía), Claude Levy Strauss (Tristes trópicos, El pensamiento salvaje) o Marvin Harris (Nuestra especie, Vacas, cerdos y brujas, Caníbales y reyes) que, al igual que ese otro gran literato llamado Sigmund Freud, se creían científicos. Su obsesión era viajar a lugares remotos a estudiar a gentes de las que se desconocía hasta el lenguaje. Marc Augé, que se me adelantó como fundador de la corriente de proximidad, se pregunta en cambio, y yo con él, para qué viajar tan lejos cuando aquí al lado -pongo ejemplos- tenemos tipos que trocean pescados en forma de gusanitos a los que pintan ojos y llaman gulas y sostienen que saben mejor o que practican ritos como la primera comunión. Pues eso.

22/05/2009

A un poeta muerto y a otro podrido



Se murió despacio, callado de lo que no eran sus versos, sin deudas ni reclamos.
Se murió callado, como un obrero, como un oficinista, como un cobrador de autobús, pero otros espíritus celestiales, soles vivos sólo comparables a Petrarca –eso creen- que morirán aullando, como viven, reclamando no se sabe qué deudas ni qué títulos ni qué exclusiones, gritaron por él y contra él. Parece que es posible ser poeta y detestable, pero sólo se puede ser bueno si eres buen poeta. Hay quienes creen que gritar contra un cadáver aún caliente es un servicio al Arte (¿veis las mayúsculas?), como hay quien cree que robar el cepillo de la iglesia es una lucha contra el oscurantismo y por la verdad científica

No obstante, se puede guardar una corona de oro en una caja de zapatos y una blasfemia en un retal de seda. Juntar vidrios rotos y nalgas en la noche. Tener cara de rana y ser poeta leonés o de ratoncito y de la Banda Oriental. Poetas de la experiencia o poetas del conocimiento, ponen las etiquetas, contar tu tiempo o buscar la metafísica de la vida. Pero todos los poetas llevan una horquilla de fresno en las manos que detecta vetas de aguas que tampoco se ven y de las que bebemos los demás. Hablar sólo en prosa es como estar ciego a ratos.

Hay quienes escriben versos en papel para no ensuciar las paredes, y quienes saben que el papel es más perdurable que el graffiti. Quien más levanta la voz es justo el que menos lleva la razón.

Para unos, un poema es un recado al cielo, para otros, al oído: un mensaje horizontal a sus semejantes. Un aviso a los navegantes, un prohibido el paso a los intolerantes. Los hay que aconsejan, aunque sin levantar el dedo: poetas tíos. Los que denuncian, sin atestado: poetas de guardia. Los que se maravillan, poetas asombrados. Los que se preguntan, poetas exploradores. Los que responden, poetas informadores. Los que insultan a los cielos, poetas re-clamadores de todos los desiertos, y los que alaban, piadosos.

Los hay que venderían su alma por un sitio en la antología, y los que meten sus versos en botellas que lanzan al mar. Los que quieren un hueco en la historia de la literatura, y los que quieren sólo un sitio entre los hombres, un asiento en la taberna, un lugar en la fila.

Todos estos son poetas, pero nadie se puede llamar a sí mismo poeta, como nadie se puede llamar a sí mismo “bueno”; bueno, sí, un poeta, sí lo hizo en el buen sentido de la palabra y una sola vez. Porque poeta es un título que sólo te pueden conceder los demás. Los que bebemos sus aguas pero no las sabemos encontrar…

Hay poetas cursis, que llaman ‘oleandros’ a las adelfas o baladres, y ‘asfodelos’ a los gamones, humildes cebollas albarranas. La envidia es verde, Gamoneda[1], y tú haces fotosíntesis desprendiendo mierda. Baja la voz y pide la palabra.

Se me ocurre tu epitafio, bajo un grabado de una nariz sujeta por la pinza de los dedos pulgar e índice: “Aquí yace un pobre poeta. Aún echa pestes”


Posdata 1:


En el angosto callejón del Gato se encontraron de frente con sus respectivas cortes de aduladores y adoradores Benavente y Valle Inclán. No podían pasar a la vez. El primero, jaleado por los suyos, arrancó de nuevo exclamando “¡Yo no cedo el paso a un cabrón!" Dicen que Valle, echándose rápida, irónica y cortésmente a un lado le contestó simplemente. “Yo sí”. Sospecho la estrecha idea de la poesía que tiene Gamoneda como para proclamar que él y Benedetti no quepan a la vez en ella incluso para cruzarse en sentidos opuestos. También creo saber quién cedería irónicamente el paso al pomposo vocinglero.

Posdata 2:

“La red” está literalmente inundada de miles de homenajes a Benedetti. En los enlaces de este blog podéis ver los de Mita y Cigarra. En este último además encontraréis una breve polémica entre Vanbrugh y yo. Él llevaba razón y no yo, y esto es ese reconocimiento.

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[1] Supongo que “gamoneda” es un campo con “gamones” (Asphodelus sp); “gamonal”, en cambio, en muchas zonas de América, es el cacique o el rico del pueblo.

21/05/2009

Perros y gatos (y humanos mirando)



“Y cuando me sigue pegada a los talones por silenciosos senderos a través de los prados, por carreteras polvorientas o por las calles de la ciudad, con todos los sentidos atentos para no perderme, ella es todos los perros que han caminado pegados a los talones de sus amos, desde el día que el primer chacal dorado[1] comenzó a hacerlo: ¡una suma incalculable de amor y fidelidad!”

Konrad Lorenz: Cuando el hombre encontró al perro


Los gatos


Las gotas de rocío de los tallos verdes pasaban a su sedoso pelo dándole a la luz de la mañana un aura húmeda. Se abrió pasó entre la hierba alta con la firme cabeza, el vientre casi pegado al suelo, los pasos sigilosos, pensados uno a uno. Y entonces saltó, una parábola perfecta con las garras por delante. Perdida ya toda cautela volvió a surgir a un claro con el pollo volantón de mirlo aún vivo entre sus fauces. Los gatos, estos sí que se sienten cómodos en su pellejo. Autosuficientes, jamás desvalidos aunque puedan ser maltratados –entre ellos sobre todo- en sus casas de acogida, sus hogares humanos, se pueden mostrar magnánimos, y dejarse acariciar, o distantes y no estar para los amos. Ellos imparten su humor que sólo depende de ellos y no de los humanos. Esta magnífica independencia es propia de toda la estirpe felina, tigres o linces, hasta los más sociales, los leones siempre en grupo, son muy suyos. Los perros, tan dependientes de sus amos, tan desvalidos si los abandonas, tan sumisos, son igualmente resultado de su filogenia cánida, siempre sociales, como lobos que son. Un perro es un amigo, por tanto, un compromiso; un gato es un objeto de lujo, y como todos los verdaderos lujos, el tiempo y el espacio disponibles, imprescindible. Un perro te devuelve la mirada, los ojos de los gatos, en cambio, son insondables. Tienen muy bien puesto los nombres específicos latinos: Canis familiares, Felix domesticus; el primero está apegado a unas personas, y las seguirá allá donde vayan, aunque sea debajo de un puente o el vestíbulo de un cajero automático, los segundos lo están a una casa, que comparten contigo, tolerándote con distante afecto.

Para observar estas cosas no hace falta estar abonado al Discovery Channel, basta con estar al rececho, uno también, junto a la verja desvencijada de un viejo jardín.



Los perros


Uno de los equívocos más frecuentes es pensar que el perro, aunque dominante, es una mascota más entre otras muchas posibilidades que van desde el casi tan frecuente gato a los loros, las tortugas o los caimanes. O un animal doméstico, bien que el más antiguo, junto a cabras, caballos o vacas. Lo cierto, sin embargo, es que la alianza entre los humanos y sus canes es otra cosa.

Durante mucho tiempo se debatió en el pasado siglo el origen del perro, que se hacia derivar de algunos cánidos silvestres, como el lobo o el chacal o de algún antepasado desaparecido. El etólogo austriaco Konrad Lorenz en un famoso libro, ‘Cuando el hombre encontró al perro’, propuso una teoría muy popular conforme a la cual el perro, dependiendo de su raza, tendría un doble origen; la mayoría derivarían del chacal dorado (Canis aureus), pero unas pocas razas fuertes boreales lo habrían hecho del lobo (Canis lupus). Lo cierto es que los perros (Canis familiaris) no derivan de los lobos: son lobos. Su ADN es el mismo, pero la domesticidad y la selección artificial crearon las diferencias observables. Perros y lobos se cruzan perfectamente entre sí y los descendientes, a la inversa que las mulas cruces de asno y caballo, siguen siendo fértiles. No obstante, la domesticidad, en cualquier mamífero, incluido el hombre, implica una serie de modificaciones morfológicas: cráneos más redondeados, pelajes con manchas o blancos, alteración de la longitud de orejas y patas.

En biología se llama simbiosis, o mutualismo, a las relaciones estrechas entre dos especies muy distintas o alejadas evolutivamente para beneficio mutuo, pero la vieja alianza de perros –o lobos- y humanos es de naturaleza distinta porque implica junto a procesos biológicos otros que son netamente culturales. El perro es el animal domesticado desde más antiguo, 50.000 años, 12.000 en enterramientos palestinos junto a humanos, pero sus dos funciones originales: la caza y la vigilancia pueden explicar como se estableció esa estrecha relación. Hay quien piensa que los lobos/perros empezaron a seguir a los humanos cazadores, ayudándoles a capturar sus presas a cambio de parte, la peor siempre de la pitanza, y hay antropólogos y paleontólogos humanos más imaginativos, pero no menos faltos de razón que piensan más probable la inversa: humanos carroñeros que seguían a los lobos, que eran los que tenían el control y el mando, los que toleraban la presencia humana y sólo después, como esos invitados caraduras, se invirtieron los términos.

Por otra parte, es fácil imaginar a los seres humanos reunidos en torno a sus hogueras, esas televisiones del paleolítico, que calentaban, ahuyentaban a las alimañas y servían para cocinar los alimentos, y a los lobos en un círculo más externo, que avisaban con sus ladridos/aullidos de la presencia de extraños. Fácil es igualmente imaginar un niño que recibe de regalo para sus juegos un pequeño cachorro, creciendo ambos juntos y colaborando de adultos.

Sea como fuere, la empatía entre un humano, sobre todo si este tiene cierta propensión silvestre o salvaje, y su perro es algo que jamás se da entre un humano y su gato, aunque Dios creará a este último para que pudiera permitirse la tentación y el lujo de acariciar a un tigre. Es cierto que no hay gatos policías; no son cómplices de nuestras propias perversiones, pero tampoco colaboradores de nuestras necesidades; si cazan ratones es porque les place, no para proteger nuestro grano, por lo que tampoco hay gatos pastores ni, si me apuran, de compañía. Y no es extraño que el momento más entrañable de la Odisea de Homero sea cuando Ulises se reencuentra con su perro Argo, el único en reconocerle y morir después. El poema épico hindú, el Mahabarata, concluye con una historia de redención protagonizada por un perro fiel que más tarde se revela como el dios de la virtud. Uno de los mejores estudios biológicos modernos, mezcla de ecología y etología, data de 1973, su autor es Alan Beck y su tema los perros urbanos y sus interacciones con los humanos: ‘The Ecology of Stray Dogs: A Study of Free-Ranging Urban Animals’. Yo, por mi parte, tengo un indicador seguro –para mí- de cuando una cultura está degradada; es cuando menosprecia al perro, lo utiliza como insulto para humanos o, peor aún, se lo come. O cuando no sabe contemplar con la debida admiración a un gato.

La dicotomía más boba es la que se da entre los humanos que prefieren a los gatos o a los perros. Es como la polémica entre poetas de la experiencia o del conocimiento, cuando la verdadera distancia es entre poetas y versificadores. La humanidad, igualmente, se divide entre los que saben mirar el mundo que les rodea y los que sólo miran el Discovery Channel.
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[1] Lorenz creía equivocadamente que la mayoría de razas de perros derivan de este cánido, como se explica en el texto principal

20/05/2009

¡A la mierda el cine!







Con negro de carbón de las hogueras y ocre y rojo de los óxidos de hierro se conservan las imágenes pintadas hace decenas de miles de años en las paredes de las cuevas del suroeste europeo. También se conserva la escritura en las tablillas cocidas por los mesopotamios hace miles de años, y los papiros, los pergaminos del mejor cordero, el papel de seda chino, pero el cine de hace escasamente cien años está despareciendo, esfumándose literalmente ante nuestros ojos.

Quienes oyeron hace más de dos mil quinientos años al mismo Homero, uno de tantos, relatando el regreso de Ulises a Ítaca, no sé si sabían que estaban asistiendo a un hecho irrepetible, pálidamente perdurable en los siglos posteriores por la palabra impresa, imposible sustituto de la emoción de la voz del aedo ciego. Lo mismo, lo mismo quien haya visto danzar a Nijinsky-, tocar el piano a Glenn Gould, dar una conferencia a Richard Feynman, esculpir a Miguel Ángel en su taller, los ojos protegidos con gafas de madera con rendijas para protegerse de las esquirlas violentas del mármol.

Tampoco persisten todas las partituras de Bach y a punto estuvieron de no sobrevivir ninguna. Ni la mayoría de los edificios de la Antigüedad clásica, ni los rollos de la biblioteca de Alejandría ni la cultura oral de muchos pueblos. El tiempo, más que un gran escultor, como reza el título de una obra de Yourcenair, es un terrible destructor que, si asola planetas, sumerge continentes, cambia firmamentos, que no hará con las lábiles obras de los hombres.

Martin Scorcesse, uno de los pocos genios vivos del cine, se está dedicando en los últimos años a localizar, restaurar y conservar el patrimonio cinematográfico mundial en peligro. En su propio país, Estados Unidos, la mismísima meca del cine, como reza el tópico, el país más rico y avanzado tecnológicamente, se estima que se ha perdido el 95% de todo su cine mudo, la Edad de Plata del séptimo arte según muchos, el del cine por excelencia, el que no debe nada a la palabra y todo a la gramática de las imágenes. ¡Qué no estará desapareciendo para siempre en muchos otros países con menos medios e interés! Las malas condiciones de almacenaje, el soporte extremadamente frágil del celuloide impregnado de sales de plata, su vulnerabilidad, inflamabilidad, fácil deterioro irreversible están acabando con el patrimonio probablemente más representativo del arte del siglo XX, el cine. ¿Seguro que vivimos en la época de la imagen? ¿O en la de la banalidad de la imagen? Para esta situación es adecuada la metáfora de Borges de aquel mapa que aumentó tanto –o su escala- que era puntualmente idéntico al imperio y al final fue abandonado y habitado por alimañas y mendigos. Quizás vivimos entre las ruinas, no siempre gloriosas, del cine, entre sus réplicas más triviales.

Resulta curioso que la cultura concebida como mero espectáculo se olvide del espectáculo por antonomasia, el cine. El circo moderno se basa en una tradición de treinta siglos, pero el cine se basa en una tecnología de cien años y en un hecho fisiológico, la capacidad de la retina de retener imágenes durante unos instantes después de desaparecer, para crear movimiento a partir de una sucesión rápida de elementos fijos, los fotogramas. Persistencia de las impresiones retinianas, formulada por el belga Joseph Plateau (nombre premonitorio) en 1829

El cine nació en el número 14 del Bulevar de los Capuchinos en París, en el Salón Indio del Gran café, el 28 de diciembre de 1895; una placa de mármol colocada por el ayuntamiento de la villa lo confirma. En la primera proyección se recaudaron 35 francos, a un franco (viejo) la entrada eso nos da 35 espectadores de las diez pequeñas cintas de 16 metros cada una, comenzando por la famosa “La salida de los obreros de la fábrica (la propia ‘Usine Lumiere’), “Riña de niños”, “Derribo de un muro” y así hasta la terrorífica –los espectadores se apartaban asustados- “Llegada de un tren”.

Sin embargo, quien saca al cine de las atracciones de ferias y café es el primer ‘homo cinematographicus’ completo, otro francés, Georges Méliès (Viaje a la luna, de 1902). La primera vedette, por su parte, fue Max Linder, un relamido elegante (Max patinador, 1905), siguieron películas en Italia, Alemania y Rusia, Inglaterra y finalmente España y Portugal. En España fue Fructuoso Gelabert que proyecta en Barcelona pequeños films a partir nada menos de 1900; las primeras producciones propias son de Segundo Chomon, con el inevitable tema de las corridas de toros (Corrida real, Cogida y muerte de El Gallito), y se adapta como primer film no documental la Carmen de Merimee por Giovanni Doria y Sangre y Arena de Blasco Ibáñez.

Holywood nace en 1908 cuando el coronel Selig, harto del clima de Chicago se traslada a California para rodar El Conde de Montecristi de Alejandro Dumas. Seguirían rápidamente las películas del Far West, nace pues el western a la vez que el propio cine estadounidense: The Law of the Range es el primer film enteramente holywoodiano. Por cierto, un tal Adolph Zukor se asocia con un tal L. Lasky (¿qué hicisteis con mi “n”?) para fundar la pre Paramount, la Famous Players Lasky Corporation, en 1912, un ‘biopic’ de la reina Isabel de Inglaterra fue su primer producto.

Todo esto podéis encontrarlo en la red y en miles de libros. Vendrían las Sarah Bernhardt y los Zukor, los Abel Gance y las Mary Pickford…y Griffith, tan fascista como genial, que inventa el cine tal como hoy se concibe (cuando es buen cine, sino retrocede a la llegada del tren y las pelis de efectos especiales) con El Nacimiento de una nación.

El dinero público que se usa para construir redundantes museos huecos de contenido en todas y cada una de las ciudades provincianas no se usa para rescatar este naufragio trágico. El dinero público que subvenciona cientos de bodrios que no atraen al público porque apenas son espectáculo ni son cultura, porque son inanes y mediocres, no rescata cientos de miles de metros, segundos, horas y días de emociones en silente blanco y negro, la memoria de un siglo, que se desvanece en cientos de olvidados sótanos. Un milagro que se hizo con nitrocelulosa y alcanfor: celuloide –flexible, transparente, resistente a la humedad pero extraordinariamente inflamable- y el material del que están hechos los sueños: imágenes en movimiento.

19/05/2009

no hay título


La imaginación

Hay años enteros que son un perpetuo malentendido. Se casa muy joven y tiene dos hijos, porque siempre hacía las cosas al revés, empezando por el final. También porque ella era obrera y huraña y no muy guapa aunque sí apetecible, le pareció no sólo lo adecuado o lo que hacían todos y lo que no hacia nadie, sino porque no tenía imaginación para planear otro final. Vive, por tanto, una ficción inmobiliaria en años sin boom inmobiliario. Y fue casi el final, pero le echó imaginación y se divorció. Lo más sencillo fue liquidar el bien inmueble. Dejó de ver a aquella mujer, huraña y no muy guapa, lo que resulto un alivio, supone, para ambos. Crió a sus hijos y luego dejo de verlos también a ellos, no fue una decisión meditada, pero tampoco trágica. Vivió, ya solo, en barrios que a ella no le gustaban y a él sí. Pero lo importante es que había vivido adentro y ahora vivía afuera.

La timidez no se supera, se pasa, como la edad del pavo. El joven tempranamente encarrilado galopa ahora desbocadamente, campo a través. “Te ha llamado una”-le dice su abuela- “no es la misma que la de las últimas veces”. Casi todo lo de carácter copioso es poco fidedigno: entre ellas no hay Himalayas ni rameras, no creen en la inspiración ni comen luciérnagas, cumplen setenta años cada segundo: son geómetras y en las orejas llevan aros de platino: viven del ocio sagrado y él no sabe lo que busca.

Acodado en la barra de un bar de moda miró a la chica. La chica le devolvía la mirada. La siguió con la vista cuando ella se dirigió a los servicios; se desprendió de la barra y de la lacrimógena verborrea de su amigo y se dirigió también allí. Entró tras ella, la chica se volvió sorprendida reconociéndole. No la dejó hablar primero, sino que la dijo: “yo estoy borracho, pero tú ¿qué disculpa tienes para estar aquí?” La chica le llevó a su casa.

Acodado en la barra de un bar de moda miró por fin a la chica que le había estado mirando a él. La siguió al baño, pero no entró detrás, sino que la esperó en el angosto pasillo; cuando volvió a salir la tomó suavemente en sus brazos y la besó en la boca: “¿Quién eres?” dijo la chica soñadora. “Tu regalo de navidad”, contestó imperturbable antes de irse juntos. Era víspera de nochebuena y en la barra había un conocido actor de cine y teatro con fama de rojo que asistió divertido al espectáculo. Se despidió de él con la mano mientras la chica buscaba nerviosa las llaves del coche.

No era feliz, claro, pero era un depredador compasivo, aunque sorprendentemente eficaz, y llevaba una vida sexual sana y variada, como su alimentación.

Etcétera.

Emma ha leído por ahí que el carácter se forja en las tardes de domingo. Se supone que en la infancia; es muy posible, el tedio más que el tiempo es el gran escultor, pero la imagen demasiado precisa se puede borrar y rehacer en las resacas de las mañanas de los lunes, porque, como decía Gil de Biedma, los días laborables va a resultar que llevaban razón.

Luego un país de Sudamérica sin costa, con Andes y Amazonia; una universidad prestigiosa y pobre, nuestro hombre está dando clase de alguna cosa para estudiantes egresados, como dicen allá, es decir, ya titulados. Es un curso de postgrado. En la primera fila se sienta la chica más increíble que ha visto en su vida, y además es listísima; junto a sus tres amigos, forman el cuarteto inseparable de los listos de clase. Los da la máxima nota, habla con ellos, sale por la noche de copas conchabambinas. Habla con la chica, la mira, cruza el Atlántico, recibe una carta, regresa, tienen un romance, se vuelve a marchar, regresa, se marcha, viene ella y se queda. Se compran un perro, bueno, en realidad pagan un rescate a dos turbios individuos por un cachorrito, una hembra, con diarrea y esquelético. Viven juntos los tres, hasta ahora, que siguen. La imaginación, en este caso, no le bastó. Hubo que contar con la suerte. Hace veinte tantos años cayó cruz, ahora, cara.

Besar la punta de las pestañas y no sólo los pezones, besar el aire felino de tu fragancia, mezcla de nórdica boreal e indígena chimane, diáspora del Génesis: mi egipcia, mi romana, mi mármol, mi loca, mi fenicia, te oyera aullar, te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas, te nadara en la inmensidad insaciable –pero ya no tanto- de mi lascivia, riera con tus dientes, me drogara con el opio de tu piel, te olfateara como león, te lamiera como perra, ¡te amara! (como recomienda Gonzalo Rojas) Y luego te acompañara, fuese tu cómplice y tu tierno amigo.

Fin.

18/05/2009

John Le Carré, el honorable narrador




A menudo se confunde el gusto con el capricho, y a veces coinciden, pero cuando el gusto esta ‘desarrollado’, como se suele decir, este obedece a un criterio y el criterio responde a normas que deben hacerse explícitas. Digo esto porque voy a dar una opinión tan tajante como inesperada: de los tres mejores –a mi juicio, que no es caprichoso, repito, pero no lo haré más- prosistas británicos, sólo uno, el novelista irlandés John Banville puede encuadrarse dentro de la novelística de temática general; y ni aún él totalmente, puesto que también escribe literatura de género negro o policial bajo el seudónimo/nick/ alias de Benjamin Black, y hace bien, porque esa producción es inferior al resto de su excelsa obra. En cambio, los otros dos son un escritor de género, la novela de espías, y uno de viajes. Me refiero a John Le Carré (John Moore Cornwell) y a Patrick Leigh Fermor. En ambos autores cualquiera de sus libros es excelente, aunque lógicamente ahí ya pueda tener yo mis gustos y, si me apuráis, hasta mis caprichos. Por el contrario, autores británicos aclamados actuales como Martín Amis, Ian Mc Ewan , Julian Barnes o Graham Swift, que suelen ser los citados como de primera fila, tienen una obra desigual y junto a títulos espléndidos: Campos de Londres, Expiación, El loro de Flaubert o el País del agua, respectivamente, tienen otras muy inferiores.

Le Carré está sujeto a todos los equívocos que recaen en un escritor de género exitoso. Vende muchísimos libros, pero no es un autor de best sellers al uso, porque, simplemente, es demasiado bueno. En segundo lugar, puede que sea un escritor de género; lo es, pero el género que practica no es tanto la novela de espías –subgénero del policial con representantes tan dignos como el Ambler de La máscara de Dimitros o el Greene de El americano impasible-, sino el suyo propio. No estoy diciendo que utilice el mundo de los servicios secretos como pretexto –sus novelas son muy ortodoxas en una ambientación que, a juicio de los expertos que conocen ese mundillo al que el autor también perteneció, son irreprochables- , pero sí como metáfora de ideas como el poder, la información, el bien y el mal; eso le aproxima al mejor Graham Greene de Nuestro hombre en La Habana. El dilema entre el bien y el mal, o el mal ‘necesario’ nunca es maniqueo: un bando frente a otro, sino que el mal se mezcla con el bien, las buenas intenciones con los resultados desastrosos, el cinismo con la defensa de supuestos valores, en ambos bandos, como en la misma vida. A menudo ese mal, que se identifica moralmente con la falta de inteligencia profunda y la tosquedad intelectual se encuentra en las propias filas de los servicios de inteligencia occidentales que luchan por esa evanescencia que se llama ‘libertad’, pero nunca entre los sufridos agentes de campo, sino en las altas esferas directivas y próximas al poder político, pues eso son sobre todo sus novelas: conflictos políticos y morales, son relatos casi aristotélicos. De hecho, contienen perspicaces análisis sobre política internacional, en tiempos los de la Guerra Fría entre ambos bloques y hoy sobre el llamado terrorismo internacional y el islamismo yihadista.

Lo más relevante, sin embargo, es la evidencia de que el tenebroso mundo de la información secreta, la contrainformación y el espionaje es un juego de suma cero en el que finalmente nadie gana y que se justifica a sí mismo y en sí mismo encuentra su razón de ser. En ese juego los honestos nunca ganan, sino los oportunistas y mediocres, y desde luego no gana ni la supuesta libertad que unos u otros defienden ni la seguridad, también reivindicada, del público ajeno a tanta artimaña.

Me gustan mucho los relatos que tienen marcados escenarios fijos: los tifones malayos de Conrad o los mares tempestuosos del Caribe de los corsarios. En el caso de Le Carré, mis favoritas son aquellas novelas que transcurrían en plena Guerra Fría donde los servicios secretos ingleses, los famosos MI5 y MI6, con la ayuda reticente de sus ‘primos’ estadounidenses se enfrentaban al KGB soviético, a menudo presentado como más eficaz. Tras la caída de la Unión Soviética y sus países satélites Le Carré supo adaptarse a los nuevos tiempos sin oportunismo alguno, como demuestra en su última y excelente novela El hombre más buscado, que transcurre en un Hamburgo donde los diversos servicios alemanes de información compiten entre sí y con los ingleses y norteamericanos tanto, al menos, como contra el terrorismo islámico. Mis favoritos, por razones un tanto sentimentales, son los que integran la saga de Smiley, el regordete y cornudo agente inglés, contrafigura de todos los James Bond del mundo; cuatro novelas magistrales la integran: El amante ingenuo y sentimental, El topo (la mejor dentro de las mejores, para mi gusto), El honorable colegial y La gente de Smiley. El espía perfecto (1986) es también estremecedora y muy personal, porque en ella no hay más peripecia que el abandono de un espía occidental asqueado y la persecución que sufre, hasta su captura final, por sus propios colegas. El espía perfecto además es bastante autobiográfica y narra la historia de su propio padre, un seductor timador profesional. Pero en cualquier caso, desde Llamada para el muerto de 1961, pasando por la tercera que fue su primer éxito, El espía que surgió del frío, de 1963, hasta la última por el momento, El hombre más buscado de 2009, Le Carré nos ha entregado un fresco de la segunda mitad del pasado siglo y del actual difícilmente igualable. Si la literatura, como creo, es una forma de entender el mundo, Le Carré ayuda a entenderlo más que la lectura del periódico y de muchos manuales de historia contemporánea.

12/05/2009

Idilio con perro


Para mi amigo Tino, inasequible al desaliento que yo en su lugar sentiría, y para mi ni amigo ni enemigo A.O., más conocido como Lector malherido, al que no le gusta nada que no escriba él mismo. Y para d.m., que lee Mortal y rosa en los semáforos como otros venden pañuelos y es preciosa.



Originariamente un idilio no era una relación amorosa apasionada entre dos; eso vendría luego, sino un subgénero literario: “composición poética tierna y delicada, que tiene por asunto los afectos amorosos”; y también y más acertadamente: “un corto poema pastoral, narrativo o descriptivo, en un estilo superior y altamente acabado…” Me quedo con esta. ¿Puede un humano tener un idilio con su perro? Puede. Puedo yo, que lo tengo con Jara (y soy felizmente correspondido) y pudo Thomas Mann –motivo de este post aunque no lo parezca- con su perro ‘Bauschan’, como lo tuvo Byron con el suyo, aunque luego, frívolo aristócrata, se la pegara con un oso y hasta con su hermana. Además, lo de Byron tampoco era un idilio, sino un despecho, porque escribió que cuanto más conocía a los hombres más le gustaba su perro. Yo, en cambio, opino que cuanto más quiero a Jara más tolerables me resultan los humanos; o sea, que el amor me hace mejor.

Primer punto firmemente establecido: el ser humano puede tener un idilio con su perro, quedando excluidas viejecitas y perritos falderos, porque no hay que confundir el idilio con la novela rosa, ni siquiera la romántica. Quedan también excluidos la mayoría aunque no todos los cazadores y pastores que “usan” sus perros como cosas útiles y los mantienen en un rango ligeramente inferior o superior o parejo a otros de sus instrumentos, como escopetas o cayados.

Punto dos. Hay un tipo de críticos que funcionan como cantos rodados: por la línea de máxima pendiente, fácil y cuesta abajo. Este tipo de críticos, desgraciadamente tan abundantes como perfectamente superfluos, cogen a Thomas Mann y dicen: La Montaña mágica, y Muerte en Venecia. Si tu les replicas, pero qué pasa con esa obrita, ese idilio (ver definición) que se llama Señor y perro? , dictaminan: nada, obra menor, Thomas Mann es La montaña mágica y Muerte en Venecia, así que Señor y perro lo pudo haber escrito su señora o su jardinero. Olvidémonos de estos cantamañanas.

Antes de que como buenos perritos os pongáis a salivar cuando ponga esta deliciosa obra por las mismas nubes os lo advierto: está agotada. Yo me la encontré, con excelente traducción del señor Crespo y todo, por casualidad en una de mis rebuscas recientes en una librería de viejo. Y merecería la pena reeditarla por una editorial de estas chulas de hoy que “rescatan” obras maestras, para que pudierais conseguirla vosotros y para que me hicieran caso a mí, como debe ser. De todas formas creo que hay una edición en bolsillo de Edhasa (no sé si es la misma traducción que el mío de Plaza y Janés de los setenta).

Por tanto, “…escrito en un estilo superior y altamente acabado…”, es decir, como los mismos ángeles si estos supieran escribir y no sólo tocar trompetas o arpas –según sean ángeles de combate: arcángeles, o ángeles familiares: angelotes-, se habla en este librito –sí, sí, delicioso, hay que joderse con los tópicos y frases hechas, pero es que lo es- de un tema íntimo y menor, de esos que pertenecen sólo a uno mismo y, por tanto, más propios en principio de la poesía que de la narrativa. Esta joya literaria es chiquitita, pero tiene los mismos quilates, como mínimo, que el tocho ese de La montaña mágica de marras.

Lo que más me ha gustado es que con esa “finísima sensibilidad” el autor, el pedazo de autor, el pope de las letras alemanas después de Goethe, se escapa del tiempo borrascoso que le tocó padecer a su mundo cotidiano más recoleto, a los paseos tranquilos en compañía de su can, a la armonía de ese idilio, a su Yo, y al Tú del perro, idílicos, repito, mediante un ejercicio de minuciosa observación. Pero ojo, aquí no hay sensiblerías rosas ni nada parecido; de hecho, lo mejor que puedo decir de este librito es que gustará a los que no les gustan los perros o, al menos, a los que nunca meterían un chucho en su casa por múltiples y sensatas razones. Sin argumento. O con el argumento de presentarnos a su perro, que de simplote empieza a parecernos sumamente complejo a medida que la perspicaz mirada del autor se va fijando en él, acostumbrándose mutuamente uno a otro, siendo serenamente felices en compañía, cariño, ternura, amistad, tan ínterespecíficas como las gripes que pretenden asolarnos. Un clima, un paisaje, la casa del escritor, las apacibles orillas del río Isar, las cosas nimias en las que sólo se fijan los niños y los artistas verdaderos.

Cuando al comienzo del libro describe el autor la frenética carrera que emprende el perro al oír llegar a su amo para reunirse con él he sentido la empatía profunda que todo aquel que haya experimentado un amor similar, pero también lo puede, en otra forma, percibir el lector con buen diente para las cosas exquisitas. Señor y perro (Herr und Hund, suena bien en alemán, ¿verdad?) fue escrito en plena bronca con su hermano Heinrich sobre la naturaleza del arte y de la literatura; broca que formaba parte, de un lado, de la antipatía y maneras tan distintas de estar en el mundo de ambos hermanos, pero también de la vieja polémica de Cultura frente a Civilización o, si preferís, del arte por el arte frente al arte como compromiso político. Thomas se alineaba con lo primero y Heinrich con lo segundo. Por eso escribió Meditaciones de un apolítico, pero donde mejor demuestra lo que pretende es precisamente en esta otra obra escrita tras la derrota alemana de 1918.

No sé si serán la “generación Nocilla”, todos estos jóvenes españoles que edita mi amigo Tino Bértolo –supongo que si entre tanta basurilla previsible encuentra un genio su tarea estará cumplida-, lo que sí sé es que todos, absolutamente todos con los que he tropezado (en realidad he dado un rodeo enseguida) hacen una literatura ‘Ikea’, con sus tablones a medida, sus agujeros ya hechos, los tornillos aparte, listos para montar. Incluso cuando lo que montan es una mesa con cinco patas o un armario con las puertas que se abren hacia adentro. Supongo que será porque todos también han pasado por esos talleres de escritura que proliferan para proveer de sobresueldos a la generación anterior. Para descansar los ojos y sobre todo el cerebro recomiendo este libro. Le doy siete arrobas (@@@@@@@) conforme al sistema de puntuación de Lector malherido (véase).

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Próximos descubrimientos (Cuando era niño, descubrí por mi cuenta literalmente la pólvora. Le sobraba un ingrediente: polvo de ladrillo, pero aún así era eficaz; si lo hubiera sustituido por polvo de aluminio habría fabricado una bomba. El resto de ingredientes, listillos, era azufre -lo cogía de las esquinas donde lo echaban para que no se measen los perros-, carbón en polvo y clorato potásico de pastillas machacadas):

-Janet Frame

-John Le Carré

11/05/2009

Virus y derechas, digo: derechos

"Spanish Influenza Virus" (H1N1)



Los gobiernos occidentales y sus mensajes de prevención de la reciente epidemia de gripe porcina me recuerdan un viejo chiste, el del bebedor que se acerca a la barra y pide un whisky doble, se lo toma de un trago y pide otro sencillo, que también se toma rápidamente para pedir medio; entonces exclama: “Es curioso, pero cada vez bebo menos y me emborracho más”. A medida que se lanzan los mensajes tranquilizadores sobre esta epidemia de gripe, tan benigna como cualquier otra habitual, el público, es curioso, se alarma más. ¿Están resultando inútiles los mensajes de tranquilidad o es lo que se buscaba?; por ejemplo, distraer de otras cuestiones de mayor gravedad, siendo malpensados. Como decía Sartre, una cosa es lo que nos hace la vida y otra bien distinta es lo que nosotros (o cada cual) hacemos con lo que nos hace la vida. ¿Una cosa son los mensajes del gobierno y otra la reacción que tienen en nosotros? En principio, cualquier lector adulto de la prensa sabe la diferencia que hay entre lo que los políticos dicen y lo que hay que entender que dicen.

¿Qué nos dicen? Los hechos dicen dos cosas. Primera, que un virus específico de una especie distinta a la nuestra (bueno, un poco distinta), la del cerdo, ha pasado a la nuestra. Incluso más tarde hemos sabido que inicialmente la nuestra contagio a los cerdos y nuevamente estos a nosotros. Segunda, que la malignidad de este virus es bastante baja entre humanos, más o menos como la de una gripe normal. Por tanto, el principal motivo de alarma proviene de la primera cuestión. ¿Es algo nuevo? No. Los virus del tipo HN, este en concreto es el H1N1, tienen su material genético (Ácido Ribonucléico, ARN, de una sola cadena, en lugar del ADN del resto de organismos superiores, incluidas las bacterias) fragmentado en nueve corpúsculos, una suerte de cromosomas, aunque eso no es del todo exacto. Ese hecho facilita que la infección, transmisión y reproducción de este tipo de virus implique fáciles cambios en su material genético que afectan tanto a la posibilidad de infectar animales distintos de su huésped original y “salten” de una especie a otra, como que aumente ( o disminuya) su virulencia.

Tras la Primera Guerra Mundial, la mal llamada gripe española mató entre 30 y 50 millones de personas (los pobres están siempre peor contados que los ricos), superando la cifra de víctimas del propio conflicto bélico. Y hoy sabemos que el virus causante –que ha sido recuperado en cadáveres de soldados infectados que permanecieron congelados enterrados en las cercanías del Ártico- fue del mismo tipo, un HN, del actual y que se produjo una mutación que le hizo saltar de una especie distinta a la nuestra –probablemente un ave- a los humanos. A favor del incremento de la mortalidad pandémica del caso de entonces operaban unos niveles de higiene, medicina paliativa y sanidad muy inferiores a los actuales. Entre otras cosas faltaban décadas para que se desarrollaran los antibióticos, como la penicilina, que son inútiles contra los virus, pero no contra las complicaciones mortíferas que se producen en los infectados de gripe, como la neumonía, y que son las responsable más frecuentes de la muerte de pacientes. A favor, en cambio, de su menor gravedad estaba el hecho de un mundo mucho menos intercomunicado que el actual. Entonces nadie, salvo tropas aerotransportadas, viajaba en avión o grandes barcos, salvo unos pocos cosmopolitas viajeros o, ya digo, el desplazamiento de ejércitos. Hoy en día, cualquier pasajero infectado puede llegar de un extremo a otro del planeta en horas.

Concluyendo, por tanto. La “posibilidad” de una pandemia aún más mortífera que la del inicio del siglo pasado es real, porque estamos más globalizados y se extendería más rápidamente y porque sabemos que estos virus gripales –que se transmiten además con la máxima eficacia a través del aire y no precisan de precisos contactos como los de fluidos del SIDA- pueden mutar y ‘saltar’ de otros organismos a nosotros. Y de hecho, microbiólogos, epidemiólogos y virólogos llevan décadas preparándose para esa eventualidad que tarde o temprano se presentará. Hay quien dice que, dada la desmedida o explosiva demografía de la especie humana, la “naturaleza” o ‘el planeta’ se las apañará para reducir esa bomba poblacional a niveles más sensatos, si no lo hacemos antes voluntariamente nosotros. En 1917 sólo había en el planeta diez ciudades que excedieran los dos millones de habitantes; hoy son cientos y numerosas las mayores de diez o incluso veinte millones contando las hacinadas periferias. El mundo es cada vez menos disperso y rural.

¿A quien afectará más esa epidemia o, por mejor decir, pandemia? Como los huracanes, terremotos y otras catástrofes naturales, a los pobres. La virulencia de una catástrofe –por ejemplo un terremoto de nivel 6 en la famosa escala Richter- ha de multiplicarse por el nivel general de riqueza/pobreza de la población que afecta. Ese mismo terremoto en Japón, donde existen edificios antisísmicos, protocolos de emergencias muy bien establecidos, sistemas hospitalarios y sanitarios eficientes, etc., provocaría la centésima parte de muertes que ese mismo terremoto, pongamos por caso, en Ceilán. La próxima gripe, que terminará por llegar, pero no es esta de ahora, matará mucha más gente en los países pobres, los del antes llamado Tercer Mundo, y en las clases sociales más desfavorecidas de los países ricos: vagabundos, parados, rentas bajas.

Habrá quien creyéndose un darvinista sensato piense que esto a fin de cuentas es lo que hay y que esa entelequia llamada ‘naturaleza’ está purgando el planeta de individuos sobrantes, que la epidemia en realidad somos nosotros, los humanos. Al margen del riesgo moral de sustituir los argumentos éticos por los pretendidamente científicos, como es este razonamiento, es que además es un mal razonamiento darvinista. Porque de lo que se trata no es del mero número –excesivo a todas luces- de humanos, sino de la presión de esos humanos sobre el planeta en forma de consumo de recursos y producción de desechos y poluciones. Por tanto, la clave es el consumo de recursos per cápita y, volviendo al ejemplo anterior, un neoyorquino o un berlinés consume 400 veces más recursos (energía en forma de petróleo o consumo de acero, alimentos, papel, madera, o lo que se quiera) que el pobre ceilandés, perdón, srilanqués, antes mencionado. Por tanto, si queremos disminuir nuestra parasitaria presión sobre la Tierra, habría que disminuir el número de ciudadanos ricos y despilfarradores y no el de pobres que son los que más crecen demográficamente. Pero no hace falta, porque los ricos ya tienen de hecho menos descendencia, porque el mejor sistema de control de natalidad es precisamente ese: el nivel de vida.

Para concluir. ¿Sirven entonces de algo esas campañas, informativas o alarmistas, según se mire para evitar esa mortandad del futuro? Realmente, no. Morirán los mismos cientos de miles que hoy mueren de malaria u otras terribles enfermedades realmente existentes y que los medios omiten porque no son noticia. Y los pobres tirados en las aceras de nuestras opulentas ciudades. La definición que más me gusta de la derecha política es que es aquella que se limita a administrar la realidad, que viene a ser lo mismo que mantener el ‘status quo’, mientras que las izquierdas, autoritarias o democráticas, aunque varien en sus métodos, quieren modificarla. Para entender el mundo de la política conviene no caer en espejismos y saber que todos, repito, todos los gobiernos de los países ricos son de derechas, estén en manos de un negro demócrata o de un partido que se autodenomine ‘socialista' ; por tanto, se limitan a administrar la realidad. Sólo cabe confiar en que, por lo menos, la administren bien, pero para los que su prioridad es que las cosas sigan más o menos igual, los ciudadanos asustados, alarmados y sumisos son una ventaja; para ellos, no para los ciudadanos. Y acabo aquí que me toca tomarme el 'tamiflú'.

08/05/2009

Mis amigos pintores y el niño que no dibujaba

Me autoriza a 'colgarlo' mi amigo bajo el rótulo: "anónimo segoviano"






Tengo varios amigos tocados con el don divino de pintar y dibujar bien. Tengo obra suya enmarcada en mi casa. Por ejemplo, mi mejor retrato, un dibujo de perfil con rotulador de punta fina, de mi amigo Víctor, así como una fachada de un edificio de principios del siglo XX y un huerto con una cabra y un turismo abandonado entre la hierba, ambos con rotuladores de colores y un trazo suelto envidiable. O mi amigo Gabi y sus increíbles fantasmagorías nazaríes; un óleo de una antigua novia austriaca, Ilona, que representa Madrid en términos de abstracción y que me recuerda mucho a su admirado Mompó; un paisaje, un jardín, del hermano de mi madre, mi tío Luis, catedrático de Bellas Artes y cuya obra, académica en exceso, no me interesa mucho, pero sí esta de sus inicios donde todavía el corazón podía sobre la mente y la mano, más tarde hipertrofiados sobre el primero. Además, para presumir, tengo un grabado auténtico de Tapies y otro nada menos que de Giorgio Morandi.

Víctor tiene aún el perfil de una medalla romana (algo así como un cruce de Richard Burton y Marlon Brando) y un cuerpo trabajado discreta y sabiamente en el gimnasio. Mis amigas me han ido pidiendo su teléfono a lo largo de los años. Es homosexual, aunque sólo saca la pluma cuando él quiere. Ilona, incorregible caprichosa y con los ojos verdes más increíbles que he visto nunca, se casó con el embajador austriaco en Japón. Confío en que siga pintando.

Yo también dibujo, mal, pero lo hago. Sobre todo cuando estoy de viaje. Hace muchos años, en plena ‘furibundia’ fotográfica –tenía hasta montado mi laboratorio de revelado- , en un viaje por el Sahara argelino decidí colgar mis costosas cámaras de fotos del gancho del perchero de casa en lugar de mi cuello, cuando comprobé que en este último sitio funcionaban distanciándome demasiado de la gente de los lugares donde estaba. Las sustituí por cuadernos y lápices y nunca me he arrepentido. No seré yo el que le niegue rango artístico a la buena fotografía, lo tiene, y, modestamente, a veces creo haberlo alcanzado yo, pero el dibujo exige un proceso minucioso y una parsimonia que se parece mucho al acto más reflexivo de meditar, en este caso de meditar sobre lo que estás viendo y dibujando. De ahí que hable de las tres virtudes, como un trípode que debe estar equilibrado con la longitud idéntica de sus patas para sostenerte: corazón (emoción), cerebro (inteligencia para captar lo esencial) y mano (habilidad). Por eso cualquier botánico os dirá que para identificar una planta es infinitamente mejor un buen dibujo que la mejor de las fotografías posibles. Pero me admira mucho el talento para el dibujo y el difícil equilibrio entre la precisión y la emoción, soslayando el amaneramiento. En mi admiración, los buenos pintores o dibujantes sólo son superados por los practicantes del arte más inasible posible, la música, para la que también estoy negado, aunque no para disfrutarla.

Lo mas difícil son los rostros, la expresión de los ojos y la boca, y paradójicamente las nubes –salvo que se las caricaturice- ; lo más fácil las fachadas de los edificios y los árboles. Mis amigos pintores y expertos dibujantes suelen ser caritativos y, con sospechosa unanimidad, opinan que mis monigotes no están tan mal, que tienen gracia. La gracia precisamente tan difícil de captar en los motivos y de retener en el trazo. En los mismos cuadernos que dibujo escribo y anoto, en las mismas páginas también.

Mis tiendas favoritas son las papelerías y las ferreterías, sólo superadas por las tiendas cantinas de todo que sobreviven en apartados pueblos de montaña y que son donde adquiero siempre que puedo los collares de cuero para Jara y los bastones de fresno para mí. En las papelerías compro los cuadernos y los lápices; los cuadernos, de medio folio, blancos o cuadriculados, jamás rayados, no pueden llevar esas horrendas espirales metálicas que siempre se enganchan en los forros de los bolsillos. Mis favoritos son los cosidos con tapas de hule flexibles. En casa tengo varios cajones llenos de esos cuadernos repletos. Los lápices suelen ser Faber-Castell de gama alta (dos caballeros en una justa medieval) HB con goma y rotuladores negros de punta fina tipo “Pilot” (ojo, que a veces revientan en los aviones). Y a veces llevo lápices acuarela y algún pincel fino. Lápices y cuadernos, más que monedas, suelen ser mi regalo habitual a los niños con los que me tropiezo en los países pobres. Les suelen gustar más que el dinero que te reclaman, porque casi nunca se permitirían el despilfarro personal de comprárselos ellos. Una vez, en el tren peruano de Cuzco a Puno provoqué un tumulto entre los chiquillos que se subían al renqueante trasto para pedir con mis regalos de papelería. Como Velázquez: corazón, cerebro y mano, dale una hoja de papel y un lápiz a un niño y le darás emoción, entretenimiento/entrenamiento y deleite. Así que en mi mochila, además de la navaja y el cordino de metro y medio, nunca faltan cuadernos y lápices.


(TODOSSOMOSDIOS)

Sólo una vez, en un largo vuelo trasatlántico, un niño rechazó el cuaderno y el lápiz y a cambio me fue pidiendo que dibujara para él: “Dibújame un gato”; “Ahora un canguro”; “una ballena”; “un niño subido a una nube”; “Dibuja este avión contigo y conmigo dentro”. También le dibujé a él, aunque no me lo pidió; es el único de los dibujos de aquella larga noche que conservo, los demás se los quedó él. Enfermo, iba a enfrentarse a una difícil operación en Madrid. Cuando se durmió, repleto de calmantes y analgésicos, saqué un cuaderno nuevo y le dibujé y le escribí una historia para que la leyera en el hospital. Recuerdo que iba de un pirata que viajaba en busca de un ebanista para que le hiciera una pata de palo igualita a la pierna de una bailarina que había sido su novia en su juventud, cuando aún no era corsario. Saqué las acuarelas del equipaje de mano, me hice con un pocillo con agua y se las coloree. Luego le dibujé a él dormido a mi lado. Creo que ha sido mi mejor libro. Ejemplar único, sin derechos de autor, pero con dedicatoria.

Ese niño, Juan, estaba rodeado de amor que le enviaban en oleadas radiantes su madre y su hermana desde el otro lado del pasillo, y de cuidados, pero de alguna forma sabía lo que le estaba pasando, porque me preguntó: “¿Tu crees que Dios quiere que me muera?” Le miré a los ojos y le dije: “No, no lo creo”. Me gusta pensar que ese niño aún conserva aquel cuaderno, pero sobre todo, que el cuaderno aún está con el niño.

07/05/2009

Dios y la Ciencia Ficción





"Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno,pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco,etcétera. Ese número entero es inconcebible, ergo, Dios existe»

El hacedor, Borges.



Uno de mis relatos de ciencia ficción favoritos, ‘Los nueve mil millones de nombres de Dios’, de Arthur C. Clarke, el autor de la famosa ‘2001: Odisea del espacio’, plantea una cuestión interesante. En un lejano monasterio tibetano, los estudiosos monjes llevan siglos recopilando los nombres de Dios: Jehová, Yahvé, Zeus, Júpiter…, pero la tarea se alarga demasiado hasta para su parsimonia, así que reclaman la ayuda de una corporación de Nueva York para que les instale el más poderoso ordenador del momento para proseguir con la tarea. Dos ingenieros de la firma llegan con el aparato para instalarlo, establecer sus sistemas en alfabeto tibetano y velar por su inicio. Una vez acabada su tarea deciden marcharse no sin comentar entre ellos lo absurdo de emplear un utensilio tecnológico tan sofisticado para una tarea tan obviamente esotérica. No pueden por menos, sin embargo, antes de partir, que preguntarle al gran lama por la razón de la tarea. El superior se lo explica pacientemente: que este mundo es una ilusión y que cuando den con la combinación de nueve letras (nueve mil millones de nombres) que representa el verdadero nombre de Dios se alcanzará el nirvana y esa ilusión desaparecerá. Más prosaicos los científicos le preguntan aún si quiere decir que el mundo tal cual desaparecerá y el lama les responde que sí. Ansiosos por no asistir a la decepción de los amables monjes los ingenieros se embarcan en su avión de regreso. Calculan que con la velocidad del programa instalado el ordenador estará acabando su tarea a mitad de su travesía, es decir, ahora. Se asoman a la ventanilla de la nave y comprueban en ese momento que las estrellas del cielo nocturno…se van apagando de una en una.

Lo tengo dicho por activa y por pasiva. La excesiva credulidad es una forma de estupidez pareja al escepticismo exacerbado. Todo el tiempo estamos creyendo en cosas que la mayoría no vemos, desde el ADN a la velocidad de translación de la Tierra en el espacio y no podemos admitir que otros crean en deidades benéficas o malévolas, encantamientos o males de ojo. En realidad se precisa del mismo grado de credulidad para confiar en la veracidad de la mecánica cuántica –tan antiintuitiva y extraña- como para creer en los milagros de los santos del catolicismo. El mismo grado, pero no el mismo tipo de credulidad. En el último asunto no hay un solo caso reciente documentado y constatado y el departamento del Vaticano ocupado de verificarlos se cuida muy mucho de certificar milagro alguno hace décadas; es ese sentido se comporta con el mismo escepticismo que los ateos y agnósticos. La mecánica cuántica en cambio, que parece dictada por un físico loco adicto a Alicia en el país de las maravillas, es puesta a prueba en sus predicciones día a día y no por una autoridad suprema más o menos sospechosa sino por toda la comunidad de físicos teóricos cada uno con sus intereses y hasta alguno francamente hostil a tanta probabilidad y tan poca certeza. Es una gran diferencia, la que hay entre la ciencia y la religión.

Por eso me parece tan lastimoso que mentes tan preclaras como el biólogo evolutivo Richard Dawkins escriban voluminosos libros para “probar” la inexistencia de Dios. Es tarea tan estúpida como la contraria, escribir tratados modernos sobre su existencia (existencia, que no su necesidad). Entre un individuo que cree a pies juntillas el relato de la Creación del Génesis bíblico, esto es, la creación en varios días de todas y cada una las especies biológicas actuales con sus mares y océanos, y otro que considera más verosímil la existencia operativa de mecanismos como la selección natural, la Evolución y la Deriva Continental, pero que así mismo considera que eso no prueba nada en contra de un Dios lo suficientemente sofisticado como para dejar solos esos procesos (como creían los gnósticos) sin intervenir hay, repito, la misma diferencia que entre este último reflexivo creyente y un “creyente” en la ciencia que piensa que esta “demuestra” la inexistencia de Dios. Estos últimos siempre me recuerdan a los ingenieros informáticos del relato de Clarke.

En otra de mis novelas favoritas de Ciencia Ficción, ‘Solaris’, de Stanislaw Lem, también llevada al cine, se propone lo más parecido a esa “otra vida” de la que hablan la mayoría de las religiones. En ese planeta totalmente cubierto por los mares que funciona como un gigantesco cerebro que es capaz de leer las pequeñas mentes humanas y hacer realidad sus sueños, el héroe y astronauta regresa por fin a casa, se sienta en el porche de su casita del bosque hace tiempo perdida, contempla correr y jugar alegres a sus hijos y a su bella esposa muerta que está nuevamente a su lado bien viva. Cuando la cámara retrocede, en un ‘travelling’ que reproduce eficazmente la elipsis narrativa del escritor, vemos que la casita se encuentra perdida en una isla diminuta en medio del inmenso océano de Solaris: ¿una ilusión, o quizá una verdad más profunda que la mera realidad aparente? La casita disminuye hasta perderse como una mota, desvaneciéndose, quedando sólo la imagen del poderoso océano, seductor de la memoria, del sueño, en el que nada muere y aquella que te quiere te espera en el porche, junto a los gritos infantiles que creíste perdidos.

En el fondo Borges –véase su cita del frontispicio de este post- era un metafísico para adolescentes, pero estos científicos que hacen de su ateísmo infantil proclama son mucho peores, porque transforman sus muy respetables convicciones íntimas en superfluos manuales ni metafísicos ni físicos, sino adoctrinantes, justo lo que critican. Crédulos escépticos, incoherentes como niños asustados

Mi argumento para ser no ya agnóstico, sino ateo es mucho más duro y próximo de hecho al del creyente: mi convicción profunda, de un lado, y mi íntima sensación de no necesitar para nada a ningún Dios, sea este un botarate mágico que crea como un alfarero a los pingüinos y a las jirafas, o un sofisticadísimo ente que no interviene. Me sobran los dos, y por eso no necesito escribir volúmenes de 500 páginas[1], pero reconozco que no carece de consuelo pensar en recobrar tu isla, tus hijos y tu mujer en un océano de entropía.

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[1] Richard Dawkins: El espejismo de Dios, Espasa Calpe, Madrid, 2007. Dawkins es uno de los promotores en Gran Bretaña del dichoso autobús ateo.

06/05/2009

Historia vs Biología


(Para mi amigo Miguel Morey que espero esté disfrutando de su historia tanto como de su biología)


“Feliz el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento”
Montesquieu



“Vivimos nuestra vida hacia delante y tratamos de comprenderla hacia
atrás”
James Sallis



La ciencia estudia fenómenos -el relámpago- que se extienden en el espacio, y procesos -la tormenta- que se desarrollan en el tiempo.

Hechizados por el instante – ¡y hay tantos!-, el biólogo es el primero que a menudo se olvida de que la biología es una ciencia histórica. Si los procesos se desarrollan en el tiempo, los organismos no son la foto fija del adulto estándar que creemos, sino todas las etapas previas a su nacimiento hasta su muerte; eso en los organismos que completan un desarrollo simple, no digamos los que sufren metamorfosis complejas, como las mariposas. Así pues somos ciclos de vida y no especimenes rígidos, procesos temporales, historias. Un niño angelical se convierte en el mejor poeta joven europeo que se convierte en un desengañado adulto tratante de esclavos y en un moribundo feroz (Sí, Rimbaud). La vida es corta, pero se viven varias.

A más largo plazo, la biología es también un asunto histórico. Se trata ahora de la filogenia en lugar de la ontogenia, la historia de las estirpes, de su aparición, diversificación y desaparición, el proceso evolutivo. Historia. El hecho de que determinada planta en flor esté ahí no sólo es resultado ramplón de que se cumplan unas determinadas condiciones ambientales o ecológicas acordes con sus necesidades fisiológicas, sino al hecho de que haya llegado allí (biogeografía) a través de ese proceso histórico que es en definitiva la historia de la vida en el planeta.

Y además me interesa la Historia de los hombres y sus sociedades, lo que se suele entender por historia a secas. Me ayuda a entender, por ejemplo, junto a la geología y la biología, los paisajes. En las pampas americanas los grandes herbívoros eran los camélidos americanos, como el guanaco, y avestruces americanas como el ñandú, pero los caballos y bovinos introducidos por los españoles los hicieron retroceder y probablemente alteraron la propia vegetación del herbazal autóctono, de la misma forma que el castellano hizo retroceder, junto al resto de lenguas indoeuropeas hegemónicas, a las lenguas algonquinas, muscogeeas o kreek y otras indígenas

De hecho, la historia ayuda a entender muchas cosas si se usa sensatamente; es decir, viéndola como un proceso y no como una proclama reivindicativa. Me explicaré. Hace doscientos millones de años, con los dinosaurios como fauna dominante en la Tierra había un solo continente reuniendo todas las tierras emergidas, Pangea. Hace 180 millones de años Pangea comenzó a dividirse; primero en dos supercontinentes y más tarde en varios más hasta llegar a la distribución de hoy en día. Esta deriva continental aisló faunas antaño unidas y las diferenció a lo largo del tiempo, explicando las diferencias que hay entre las faunas americanas, africanas y euroasiáticas u oceánicas. Como señala irónicamente el estudioso Alfred Crosby, eso explica, después de todo, por qué Nerón arrojaba a los cristianos a los leones y no a los pumas.

La “descentralización” de los procesos evolutivos en cada continente fue crucial para diferenciar regiones biogeográficas con floras y faunas distintas, pero tuvo también procesos de signo contrario, como el enlace temporal a través de Bering –para algunos un continente puente: Beringia, a través del cual penetraron los primeros humanos en América desde Asia- de Norteamérica y Europa, pero sin anular el proceso separador principal. Es decir, desde hace 180 millones de años, con leves retrocesos, han dominado las fuerzas centrífugas, hasta hace unos escasos mil años en el que volvieron a dominar las centrípetas esta vez por acción de humana a través de la introducción de especies y las invasoras. Es decir, el ser humano, la especie más adaptable y cosmopolita del planeta junto a la rata gris, está volviendo a reconstruir Pangea por medio de sus barcos y aviones. La tecnología compitiendo con la macro geología.

Volviendo a la Historia a secas, esto es, a la estrictamente humana, hay tres autores y sus respectivos libros que me han ayudado mucho a entender el mundo natural mediterráneo y el de España en concreto. Esos autores son el francés Fernand Braudel, padre de la escuela de los anales francesa y partidario de una historia total que englobe la meramente cronológica de reyes y batallas, la económica y la sociológica y, finalmente, la ambiental, y autor de una obra hechizante que recomiendo vivamente y que va mucho más allá de su ya ambicioso título: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II. Otro es el arqueólogo e historiador de historia antigua García Bellido; sus obras España y los españoles hace dos mil años, basada en los comentarios a la historia de Plinio sobre Iberia son muy esclarecedoras, sobre todo si las leen naturalistas y no sólo historiadores. Y el tercero, Pastoureau, nuevamente es un francés contemporáneo, pero dedicado a la historia medieval simbólica, esto es, al análisis de asuntos que parecen más evanescentes que los hechos pero que pueden condicionarlos muchísimo, la simbología, y en especial su Historia simbólica de la Edad Media Occidental; un libro que he disfrutado muchísimo y que os recomiendo vivamente.

Claro, el hombre no viaja solo, viaja con sus perros, sus ganados y sus plantas de cultivo. Y con sus enfermedades. Bacterias y virus, como el de la gripe, nos dan ciento y una vueltas (al globo) en eso de viajar rápido; y se suben a los mismos barcos y aviones que nosotros.

No hace mucho se solía utilizar la biología para reclamar pertenencias elementales y proclamar exclusiones: la sangre, primero, los genes después, pero tras el descrédito del concepto de raza en los humanos se vuelve a acudir a la diacronía de la historia nuevamente. No hay más que elegir el momento adecuado, el corte histórico conveniente para reivindicarse: el Edén neolítico pastoril del nacionalista vasco que nombra los árboles y los montes con la misma lengua con la que habla con sus ovejas y le sirve para rechazar la latinización del resto; el califato para ese andaluz semi culto que ha decidido buscar sus raices convirtiéndose al Islam y no, por ejemplo, al senequismo romano anterior; o el dichoso imperio donde nunca se ponía el sol (como en el Polo Norte en verano) del siglo XVI para ese franquista añorante. La Historia se puede manipular tanto al menos como las estadísticas. La Historia como argumento y no como indagación siempre es falaz, pero dado que la memoria es más poeta que notario, en ese sentido, prefiero francamente la historia ficción de esos ‘frikis’ que se hacen llamar Pepe Skywalker, del planeta Tatooine. Igual de inexactos, son más inofensivos que otros rigoristas y puestos a ser avatares absurdos de paisajes soñados: imperios, califatos o Euskalerrías, mejor escoger planetas desérticos.

Hay muchas candidaturas para el pronostico más bobo, pero yo creo que el premio gordo se lo lleva ese superficial y reaccionario analista político, Francis Fukuyama, que predijo “El fin de la historia”, y título de su prescindible libro-panfleto, olvidando que la vida es un proceso histórico y, probablemente, confundiendo sus deseos con la realidad; al fin y al cabo ya explicó Chesterton que un conservador es alguien que juzga los hechos de hoy con la mentalidad de ayer. Y a eso hay que añadir la inveterada manía de rescribir ese ayer a gusto del presente de cada cual




Fernand Braudel: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Fondo de Cultura económica, México, 1953 (eds posteriores numerosas)

Antonio García Bellido: España y los españoles hace dos mil años según la geografía de Estrabón; Espasa Calpe, 1945 (sucesivaseds.)

Michel Pastoureau: Una historia simbólica de la Edad Media Occidental; Katz editores, 2006