
“¿Qué le dijo el místico al vendedor de perritos calientes?
Hazme uno con todo.”
Chiste norteamericano
En este tema considero obligado soslayar las abundantes paradojas facilonas, pero no me resisto a señalar que, para un ateo irredento, eso de que la Nada que nos aguarda tenga contenido no deja de tener su gracia.
Por supuesto que los literatos le han sacado partido al asunto, desde ‘El Ser y la Nada’ de Jean Paul Sartre al más enjundioso, ‘El pensamiento cautivo’ de Czeslaw Milosz. De hecho, a los existencialistas les “ponía” mucho ese balancín tortuoso entre el ser y el no ser. De mi escaso aprecio por el Sartre filósofo (no así del memorialista) puede dar cuenta este fragmento:
“La Nada persigue al ser. Esto significa que el ser no tiene necesidad de la
nada para ser concebido y que podemos examinar exhaustivamente la idea sin
encontrar ahí la menor traza de nada. Pero por otra parte, la nada, que no es,
sólo puede tener existencia prestada, y obtiene su ser del ser. Su nada de ser
se encuentra sólo dentro de los límites del ser, y la desaparición total del ser
no sería la llegada del reino del no-ser, sino por el contrario, la desaparición
concomitante de la nada. Etc.”
Caramba con el bizco y sus concomitancias. En realidad Sartre está refutando a Hegel y su idea de que el ser y la Nada son meramente iguales (Hegel decía que eran abstracciones vacías y eso no lo podía tolerar Jean Paul, porque era cargarse de un plumazo a todo el existencialismo, Juliette Greco incluída).
La verdad es que os he puesto ese fragmento, no especialmente abstruso no tanto para confirmaros que hicisteis bien en copiar en el examen de filosofía del bachillerato como para justificar por qué me salto airosamente a todos estos tipos, uno detrás de otro, como en carrera de obstáculos para ir a lo que yo considero meollos del asunto y sus predecesores. Así que”Ale Hop”: ¡Seguidme!
Galileo no gustaba de las paradojas basadas en juegos de palabras y sí en el conocimiento directo de las cosas, que reconocía como insatisfactoriamente imperfecto. Y creía en la verdad absoluta de las matemáticas que siglos después el genial Gödel socavaría. Pero la distinción de Galileo entre el tramposo y pantanoso mundo de la paradoja y el límpido y seguro camino de la ciencia, conjeturas y refutaciones fue importante. Acudir al propio mundo como fuente de conocimiento nos parece obvio hoy, pero no lo era hace cinco siglos. La nada como tal no fue tratada por Galileo, pero sí su advocación física, el vacío en un momento en el que no se discutía la autoridad heredada de Platón y Aristóteles que, como ya he dicho, negaban su existencia.
Sobre el vacío ya habían especulado los filósofos, estableciendo distinciones entre el vacío de una vasija a la que se ha extraído su contenido o vaciado; es decir, entre vasijas que estaban meramente vacías de cualquier cosa de la que pudieran ser vaciadas y vasijas completamente vacías, pero que aún seguían sometidas a las Leyes de la Naturaleza y formaban parte del Universo. Así que cuando el problema se convirtió en científico fue un alivio. De un recipiente “vacío” aún queda por sacar el aire que llena ese “vacío” y eso sólo puede hacerse succionando, para lo cual hay que crear una diferencia de presión entre el interior y el exterior con una bomba. Esos aparatos ya existían para achicar no aire sino agua de los barcos y en ciertas granjas inundables.
A medida que estos aparatos mejoraban, los científicos se estimulaban para plantear experimentos, o el por qué funcionaban siquiera. El antiguo precepto de Aristóteles (con permiso de Gómez Pin) de que “la Naturaleza aborrece el vacío” (y algunos decoradores de interiores escasamente minimalistas) parecía resultar confirmado, porque a medida que se creaba, o intentaba crear un espacio vacío parecía que la materia se movía para rellenarlo; de ahí que cuando un barco tiene una vía de agua y empieza a hundirse lo mejor es salir por patas; ya se sabe cómo es la Naturaleza. Pero Aristóteles sostenía que esto sucedía debido a un aspecto teleológico del funcionamiento del mundo. O sea, la materia era arrastrada para llenar el vacío porque…tenía esa finalidad a la vista. ¡Toma ya! ¿Por qué cito esto? Para afirmar que por fortuna Galileo buscaba por fin un tipo completamente diferente de explicación y por eso se atrevía a dar la espalda nada menos que a la indiscutida autoridad de la época: Aristóteles. Lo que Galileo buscaba era una causa o ley de la Naturaleza definida capaz de predecir comportamientos futuros a partir del estado físico de cosas presentes. ¿A qué suena muy bien? Para Galileo era algo insatisfactorio utilizar la tosquedad de bombeo de los aparatos para elevar el agua por encima de cierta altura definida como evidencia del vacío por parte de la Naturaleza. Y se preguntaba irónico: “¡por qué el nivel de aborrecimiento de la naturaleza llegaba a cierta altura (‘dieciocho codos’) y no más?”. Galileo no sentía un interés filosófico por el vacío. Era de buen conformar, le bastaba para sus propósitos conseguir un espacio que estuviera ‘casi’ vacío. Ya veremos por qué, porque por mi parte, mi adicción a teleseries y culebrones me ha enseñado que hay que interrumpir los capítulos en los momentos más rompedores. Parece ser que Balzac y Dumas y Dickens también lo sabían.














