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25/06/2009

¿Por qué me gusta esta foto?







¿Por qué me gusta esta foto? Por la luz, claro; el novato piensa ante todo en el tema, el profesional en la luz y el buen reportero en ambos. El tema, en cambio, es aparentemente banal: un maizal, que está, aunque no se vea, en una acantilado junto al mar, como denuncia de algún modo el cielo -el cielo siempre se reta y se faja, de azul a azul con el mar-, y es maíz forrajero de tallo corto, para ensilar y dar de comer a las 'vaques'



La de encima, en cambio, me gusta por el contraste entre la franja del mar de telón de fondo y el primer plano del brezo rosa (Erica cinerea)



Y la primera porque es mar, sólo mar, en la boca de la ría, cuando se deja el amparo amable y se entra en el verdadero mar abierto. Y la luz, claro.

y aún más fotos...

Un puerto pequeño, un 'pazo' grande con un jardín umbroso... Un mar bravo...y Jara inmune al vértigo

Azul oscuro casi gris...Cantábrico



Jara siempre

Digo siempre


Mucha gente no sabe que las playas de arena las hacen los estuarios de los ríos








Las rocas y el mar



Sientes. La mano derecha, sin apretar, siente en la palma la caña del timón como un apéndice sensible; la izquierda, en cambio, sostiene firme el cabo de la escota; el viento te recibe en tu cara: es aire y es agua y sal. Ves: la vista fija sobre la roda en el horizonte, que también se mueve, oscila, sube y baja, se balancea. Oyes: el golpe cercano del agua en la quilla, el lejano en los rompientes, el siseo de la espuma y el alarido de las gaviotas, el corte de la proa y el tirón de la jarcia, el bombeo del trapo de la vela. Hueles; es un olor fuerte, de vida y muerte, de algas y sal. Y en los labios saboreas el gusto inigualable de la mar. Navegas.



23/06/2009

Delicias de la rutina veraniega (y despedida)


“¿Estos fueron los juegos que heredasteis
o más bien los que fueron naciendo mientras el estirón y los terrores
del placer solitario?
Romperse la cabeza contra los días turbios,
los años en vacío
y las mínimas cosas que no son pero invaden
porque las grandes alguien más que algo os las robó borrándolas.”


Rafael Alberti: Así como suena


La pintura china, saltando por estilos y periodos, es impresionista, en contraste con la japonesa que tiende a expresionista. En la primera el vacío –que no mencioné en mis post sobre la nada y el vacío- es un elemento más, un símbolo, no una carencia, lo que permite relacionar otros elementos como la montaña y el agua; ahí está la nube, que está hecha de agua pero es como una montaña. Muchas pinturas chinas, el arte por excelencia en esa milenaria cultura, seguido por la poesía y la música, tienen dos tercios ocupados por el vacío, y se nota. Yo en las vacaciones aspiro también a ese vacío taoista, no al nirvana, que es bien distinto y no me seduce.

Por eso, para mí las vacaciones no son para viajar. Ni los viajes para veranear. Viajar no siempre es un trabajo –como en los arrieros o los bien llamados ‘viajantes’-, pero sí es una tarea; vagar, no. Mis vacaciones ideales –las que vuelvo a tener por fin este año, por ejemplo- deben durar al menos un mes entero y transcurrir en el mismo sitio, para que pueda “llenarlas” de vacíos. Ese sitio debe tener mar y montaña cerca y lo suficientemente poco conocido como para tener pocos o ningún turista. Debe ser fresco por las noches y suficientemente cálido como para nadar en el mar de día, aunque aguanto bien las aguas frías. Suficientes caminos para caminar y claro, vagar, playas sin urbanizar, de esas que llaman “salvajes” (los salvajes son los que las urbanizan). Prefiero un sitio que conozca ya, una casa con jardín para Jara y una cocina medianamente equipada. Todas esas condiciones las cumple un pueblecito de la costa cantábrica española al que suelo ir, con ausencias algunos años, desde hace veinte.

Cargo en la furgoneta un montón de libros pendientes, las palas de madera, el equipo de buceo a pulmón, las botas de montaña, los prismáticos, cuadernos, sandalias y a mis dos chicas, Paola y Jara (si alguien se escandaliza de la zoológica equiparación interespecífica es que no conocen a Paola y no conocen a Jara: se aman y a mi, por suerte, me incluyen en ese amor). Las playas urbanizadas, por otra parte, no admiten ya perros, aunque los que precisarían de urbanizarse (segunda acepción) serían los dueños de algunos canes. Pero no hay problema: nos vamos por la mañana temprano a una salvaje a la que hay que llegar finalmente andando y descender un acantilado. Leemos, nadamos, paseamos, herborizamos, recolectamos bichos de los charcos de las rocas, escalamos por ellas, jugamos a la pala, tiramos al agua a Jara…Es una playa preciosa, nuestra playa de diario, digamos, sin “textiles”, esto es, lo que algunos llaman nudista y otros libre, poco frecuentada y, cuando lo es, por gente discreta, amante de llevar libros y no radios y de pasear o nadar sin estridencias, pero durante el primer cuarto de hora hay que convencer a Jara de que la playa no es de uso exclusivo nuestro y pueden usarla otras gentes (solemos llegar los primeros, y también irnos los primeros). Antes de la hora del mediodía estamos regresando a casa, buscando un sitio donde tomar el aperitivo o donde comer, o haciendo la comida en casa. Largas y placenteras sobremesas, luego siesta, lectura, a media tarde paseo andando o en barca, cena, quizá más lectura, otra breve caminata, a esa hora que dice Marsé que es difícil precisar si ciertas cosas se ven o se oyen, una copa en el puertito de pescadores y a la cama. Las finas sábanas prolongan el trabajo del día del sol, el mar y la arena, las noches nos dan masajes. El día que programamos una excursión a algún sitio queda en suspenso la anterior rutina; son como una vacación dentro de las vacaciones.

Así durante treinta días de forma que las rutinas agradables vayan afianzándose y provocando ese curioso efecto temporal ‘retroinverso’: es decir, de un lado, los días pasan calmos, duran más, dan más de sí; de otro, el tiempo circula velozmente, sobre patines, pero siempre dando la sensación de que estás aprovechándolo, esto es, “perdiéndolo” de la mejor de las maneras. Cuando era niño, los veranos en aquel pueblo serrano duraban toda una vida. Ahora no, pero esta es la forma que mejor conozco para hacerlo durar todo lo posible. Sólo así tengo la sensación de todos los niños y hombres que he sido y, sin melancolía que valga, del viejo que quiero llegar a ser. Lo malo no es que la vida sea corta –eso es relativo-, sino que es finita, como, por otra parte, debe ser, y que se “acorta” y acelera a medida que envejecemos y aprendemos –si hay suerte- a disfrutar de ella. La única manera de disfrutarla más lentamente, de paladearla, es crear una imagen de interminable sucesión de momentos demorados. Yo lo llamo la delicia de la rutina; eso es lo que busco en mis vacaciones.

Actividades complementarias son las ya mencionadas recolecciones de bichos, los paseos por acantilados ( en los prados que acaban fulminados junto al abismo pelean los machos de liebre como canguros diminutos y las vacas los ignoran) y bosques, herborizando, clasificando plantas y observando aves con los prismáticos, las vistas a pueblines de la zona o a las sierras próximas, las largas siestas, las sesiones maratonianas de lectura (“¿No te vienes?” Espera, estoy enganchada con este libro”).

Dibujo, escribo, voy en bici, recorro tramos de un ramal del Camino de Santiago que discurre por acantilados, guiso sustanciosas calderetas, ayudo a calafatear y a renovar jarcia y drizas de la barca de mi casero –al fin y al cabo me la presta-, charlo con los jubilados del astillero y con un viejo marino mercante reciclado en hortelano sobre los puertos de África y Sudamérica que ambos conocimos, sueño con mi propia jubilación, asisto a las subastas de pescado de la lonja y a veces acompaño a un pequeño pesquero que sale al curricán o con nasas, visito el viejo cementerio de marinos ingleses, recojo hinojo y collejas para las ensaladas, como tanto pescado y marisco que la piel, ya oscura, me huele a mar del norte. O sea, la ilusión de una vida metódica, sencilla, concentrada, vuelta sobre sí misma, “ex tempore”, provocándote la ilusión de que te pertenece o, al menos, que es un respiro en esa otra que te condena a vivir “de la mano a la boca”, de casa al trabajo, cambiando tu tiempo por dinero, en lugar de al revés, como siempre repito, y que es el verdadero lujo.

¿La peor forma de tomar vacaciones? Para mí, perder el tiempo en aeropuertos o en atascos de autovía. Las emociones fuertes que promocionan las vacaciones de aventura están muy sobre valoradas, por la juventud inexperta sobre todo, pero ni hay que buscarlas ni rehuirlas si se presentan, porque son las especias, no el alimento principal de la vida. Y es que no soy nada partidario de las exóticas vacaciones de falsa aventura (porque si son ciertas es que ha fallado el “todo incluido” y entonces el personal está jodido), sino de los veraneos lentos y parsimoniosos de toda la vida.

Los prismáticos y la cámara de fotos; una lupa para plantas; el equipo de buceo; una silla plegable (me gusta sentarme en lo alto de los acantilados a observar aves, pero mi trasero no está adaptado a las espinas de los tojos); una bolsa con libros pendientes: novelas policíacas y de las otras, un tratado de la edad Media simbólica de un erudito francés, otro de historia del clima, otro de física, otro sobre los pintores de las cavernas y uno de evolución. Botiquín; calzado: botas de andar, sandalias, chanclas, unas camisetas y camisas, pantalones cortos y largos, jerséis, un chubasquero y un paraguas, sombrero; palas para jugar a la pelota; cuadernos, lápices, rotuladores; bici; bolso de paja. Empotro la comida de Jara donde puedo y arrancamos llevándome al niño que hay en mí que no cesa de preguntarme –monólogo interior-, “¿Cuando llegamos?, ¿cuando llegamos?, ¿falta mucho?”. Y para entretenerme les canto a mis “chicas” una canción de patio de colegio que resume la sabiduría histórica sobre los Trastamara de toda mi generación:

Juana la Lo-ca
Tenía una co-ca
Llena de ca-ca
Para tu bo-ca.

Y ellas le sacan la lengua a ese niño mientras el coche devora kilómetros y combustible fósil.



(En el post anterior tenéis las fotos)

y las fotos...

Jara atendiendo a la fotógrafa
Azul, verde, amarillo, magenta...no es la bandera republicana, pero tiene su 'aquel'
"Nuestra" playa de diario



La mar



La bajada a la playa; no es para tanto y el camino entretiene



Prados fulminados en el borde por los acantilados





Las viejas barcas y los aperos de pescan no se queman, eso da mala suerte, se abandonan...






El puerto, la 'metrópoli' al fondo, como una isla en el danubio de la ría






Una curiosidad: los restos de un molino de marea









Acabamos de hacer el camino de subida y volvemos a casa a hacer la comida










22/06/2009

Posteridad bloguera




Veamos. ¿Os acordáis de Joaquín Alcalde, Alberto Alcocer, Melchor Almagro, Julio Álvarez del Bayo, José Amador de los Ríos, Ángel Guerra, Ceferino Avecilla, Ricardo Baeza, Leopoldo Bejarano, Luis Bello, Agustín Bonnat, Carmen de Burgos? ¿No? ¿Emilio Carrere, Mariano de Cavia, Francos Rodríguez, Manuel Ciges Aparicio, Felipe Trigo, Alejandro Sawa? ¿Algo más? Tal vez entonces recordéis a Miguel de Unamuno, José Martínez Ruiz (Azorín), Pío Baroja, Vicente Blasco Ibáñez, Ramón María del Valle Inclán y Juan Ramón Jiménez. A estos sí, pero no a Diéz Canedo, José Donday, Francisco Villaespesa, Tirso Escudero, Pompeyo Gener, Gabino Paezo o Enrique Reoyo.

Todos ellos, la escasa minoría de los que aún recordáis, los que no y los que os suenan a nombres de calles madrileñas fueron literatos de la primera mitad del sigo pasado; podríamos decir que ‘recientes’, muchos tuvieron éxito y cierta fama en vida y sólo una ínfima parte siguen más o menos presentes. No penséis que he escogido unos cuantos "raros"; Felipe Trigo, por ejemplo, fue el autor que más vendió en los primeros años del pasado siglo.
Lo mismo sucederá con los que nutren los catálogos editoriales actuales. De aquellos, todos son mencionados, junto a centenares más en esa suerte de monumentales diarios/memorias de Rafael Cansinos-Asséns, ‘La novela de un literato’, donde reúne, maledicientes anécdotas del mundillo bohemio y literario del Madrid de comienzos del siglo XX

Rafael Cansinos-Asséns me sonaba, de las citadas memorias, que no había leído hasta ahora que las he comenzado, como traductor de la mejor versión, no expurgada ni mutilada, de Las Mil y una noches, por ser mencionado por Borges nada menos que como su maestro y por compartir apellido y parentesco con Margarita Cansinos, más conocida como Rita Hayworth. Novelista, crítico, poeta, pero sobre todo prodigioso políglota y traductor. En su época no era la novela sino la poesía y el teatro los géneros mayores; él se reivindicaba poeta adscrito al modernismo, el movimiento que lideraba Rubén Dario y que fue superado por el magisterio de Juan Ramón Jiménez y los ultraístas. Pero en los años veinte decidió reconocer que su talento no daría para demasiada posteridad y se limitó a sus tareas de crítica y traducción y a él debemos, además de la mentada Las mil y una noches y de El Corán, buenas traducciones de Dostoievski, directamente del ruso, y de Goethe del alemán. Y estas crónicas del siglo literario y la bohemia absolutamente increíbles.

Los blogs son muchas cosas, pero una de las más comunes es que sean bitácoras de literatos más o menos consagrados (los menos), más o menos en ciernes, completamente noveles y absolutamente inéditos. La mayoría no han publicado digamos en papel, y la mayoría aspira a hacerlo y, en la mayoría de los casos, eso lastra su auténtica producción en el ciberespacio. “Sic Transit Gloria Mundi”. La mayoría no lo conseguirá, pero tienen a su disposición algo que sus menos afortunados predecesores no tuvieron: esto, los blogs, que les proporciona –me proporcionan- pese a todo lectores. Y deberíamos apreciarlo, así como relativizar todo éxito y fracaso y todo ingenuo afán de posteridad.

19/06/2009

Un río, no, mi río

km. 0, el puente "romano" Km 2, juvenil y entre riscos

Km 5, llega al llano, arenas de 'loess' y dehesas, explosión de algas rojas

km. 8, Dehesas de encina, al fondo el paredón de Gredos




Km. 9, Primer baño, los fresnos se miran en su espejo




Km. 11





Km. 12






Km 13, coge más fuerza al ser capturado por su río mayor







Km. 14, 'rapidos' modestos, el río rejuvenece








Km. 15, luz, algas, ranúnculos









Km 16, estamos llegando


Un río, sobre todo si es pequeño y poco alterado es una metáfora. ¿De qué? De la vida, claro, y también de sí mismo, de como eran antes los ríos. Pero mejor entonces leer Las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique y El Arroyo de Elíseo Reclus, que representan ambas visiones, la simbólica y la topológica, como la hay poética, pictórica, física, ecológica, geográfica, etnológica, y ninguna es excluyente. Pero este es el río que un día de mayo caminamos por su margen derecha, remontándolo, a través de tres términos municipales, desde poco después de su nacimiento hasta su captura como modesto afluente por uno mayor que será –pero Jara y yo no fuimos hasta allí- capturado por otro que, ese sí, desembocará en el Atlántico portugués. Por el camino transitamos entre fresnos, sauces y otras especies riparias, junto a encinares y alcornocales, sobre loess arenosos y lechos de cantos. Espantamos ciervos, nutrias, turones y galápagos y avistamos martines pescadores, aviones zapadores, charrancitos, garcillas bueyeras, garcetas blancas, garzas reales, ánades reales, zampullines y cigüeñas negras. Jara se bañó varias veces, yo, una. Caminamos algo más de tres horas a buen paso, pero con paradas curiosas.
Espero que os hayáis refrescado








18/06/2009

El qué y el cómo de escribir y otros lujos



Para Emma, que le gustan mis listas


“Mi vocación literaria puede decirse innata, pues empezó a revelarse como amor a las Letras desde que las conocí en aquellos antiguos y bellos libros con estampas en que me las enseñaba mi madre, sirviéndome como atril de sus rodillas, de suerte que podría decir que recibí el saber de sus pechos, lo mismo que la vida.”

Rafael Cansinos-Asséns: La novela de un literato


Esta lista es corta, sólo contiene tres elementos. Siempre he dicho que los auténticos lujos imprescindibles, si se me admite el oximoron, de la vida son los que dictamina la esencialidad de la física, el espacio y el tiempo. Espacio para uno mismo y, por qué no decirlo, para mantener alejado al ‘enemigo’, los otros. La habitación propia al menos, que decía Virginia Wolf, y que es esencial aún entre las parejas mejor avenidas. Y lo mejor que se puede comprar con dinero es tiempo, para uno y para compartir con los que te interesan. Por eso, la codicia, cambiar tiempo por dinero, fuera de las necesidades y los vicios imprescindibles, es una actitud idiota: hay que operar justo a la inversa, la vida es corta y el tiempo no es ni se cambia por oro, sino el oro por tiempo. Pero a esos dos elementos le añado otro: el silencio. Lo que ocurre es que ese deseable y escaso silencio se consigue precisamente con espacio propio y tiempo para uno. Lujos. Yo lleno mucho de mi tiempo, rodeado de mi espacio y mi silencio con la literatura, desde niño. Leyendo y escribiendo.

Escribir es un placer; supongo que también una tortura. Hablo de escribir, no de publicar, lógica obsesión de tanto literato en ciernes y novel. En mi caso, la temprana publicación de algunos libros, incluso en editoriales de prestigio, me curó, por un lado, de ese afán y, por otro, me convenció de que no era esa la forma en la que pudiera ganarme la vida –comprar espacio y tiempo-, aunque no sea ni mucho menos de las peores, y eso aunque en alguna época lejana así sucedió, pero más como negro asalariado que como “autor”.

La inmensa mayoría de la gente no tiene una relación especialmente intensa con la lectura y la literatura. Cuando lee lo hace para entretenerse exclusivamente, de tarde en tarde, en vacaciones y, en efecto, casi se extraña de que le entretenga dicha actividad. Puede que hasta se entusiasme durante un tiempo. A esas gentes, repito, inmensa mayoría, si les da por escribir casi nunca se plantean “qué” escribir (piensan que lo que tienen que decir es muy interesante por dos razones: porque les interesa a ellos y porque sus pocas lecturas no les permiten saber lo repetitivo de sus supuestamente exclusivos asuntos en la literatura mundial), sino “cómo” hacerlo. Sorprendente que sea la forma y no el fondo lo que les plantee los principales interrogantes, porque al escritor profesional le pasa exactamente lo mismo, mientras que es el escritor en ciernes, el letraherido, equidistante de uno y otro, el que tiene la principal dificultad en qué contar y supone que el cómo vendrá solo. En realidad, salvo el escritor de talento, el virtuoso, unos y otros no escribimos lo que queremos, sino lo que podemos; la diferencia es que unos lo saben y otros, la mayoría, no y además no les preocupa. Finalmente, uno limita sus posibilidades a lo posible: no pretender ser poeta, sino un simple ‘escribidor’ de blogs.

17/06/2009

La mala educación y el círculo vicioso




“No tenemos nada nuestro, salvo el tiempo, del que gozan hasta quienes no tienen morada.”

Baltasar Gracián: El Cortesano


“Somos los pequeños, los insignificantes, no somos orgullosos, no buscamos pelea, no la necesitamos para devorarte vivo, mi pequeño halcón. Nos hemos ventilado a no pocos más forzudos que tú. ¿Uno a uno? Nuestra fuerza no está en eso, avanzamos poco a poco, a pasitos pequeños. Somos la multitud, somos legiones de legiones, somos el mundo entero y tú, ¿tú quién eres? Estás solo; somos el mundo entero y tú estás solo, ¿entiendes? Gesticula, gesticula cuanto quieras…; nosotros esperamos, no tenemos prisa, somos personitas. Grita, pues, mi pequeño halcón, grita y gesticula…; nosotros esperamos, no somos orgullosos, no somos como tú, tú, que te figurabas que el mundo había sido creado para que tú cumplieras en él tus sueños. ¡Mira que listillo! Nuestra fuerza, amigo mío, no está ahí, avanzamos despacio, tranquilos…; primero te mandamos uno, después otro y un tercero y un décimo, y de pronto ves que hay una multitud. Pues así nos vamos a posar encima, todos juntos, en masa, para aplastarte.

Emmanuel Carrère: Una novela rusa




La Sociedad del Espectáculo es una expresión acuñada por el fundador del situacionismo, el francés Guy Debord. Por su parte, la Sociedad del Consumo no he conseguido averiguar quién la acuñó, -aunque quizás fuera el sociólogo Georg Simmel, pues la utilizó tan tempranamente como a finales del XIX- pero al igual que la anterior define situaciones de alienación ligadas al capitalismo o economía de mercado, como dicen los partidarios de los eufemismos, y a la llamada sociedad de masas que las engloba. Ambas son expresivas de la mala educación, porque educados estamos todos, mal o bien, y esa es la clave. La que yo llamo mala educación no es en concreto la de los colegios de curas de Almodóvar –de ahí el título de su película- donde creo que hay buena y mala educación, sino a aquella que no te hace libre, no te “educa” en el sentido positivo, no te convierte en ciudadano, todo lo más en votante. La sociedad del espectáculo es posterior y complementaria de la de consumo, ya que define como “espectáculo” la naturaleza alienante pero seductora del capitalismo consumista que induce a la inacción y la ausencia de crítica.

Por supuesto también se puede enseñar a mirar y a consumir; empezando por lo más importante: mirarte a ti (conócete a ti mismo) y a tu vida, y saber mirar a los demás y luego a lo que te rodea; la bendita curiosidad, aprender a mirar para ver. Y consumir, pero no hablo de la ñoñería del consumo responsable de algunos ecologistas (luego volveré a eso), sino de aprender a consumir lo más importante igualmente: tu tiempo y tu vida. Ahora hemos tenido elecciones europeas, y muchos sólo hemos mirado (un triste espectáculo) y no hemos consumido: la oferta era nauseabunda. Mirar y no votar, en ciertos casos, puede ser una opción educadamente sensata.

La mala educación a veces se enmascara con lo políticamente correcto, lo bien visto cursi, la ñoñería para adultos. La que es populista –como es tristemente lógico- es la gente, que prefiere a payasos siniestros como Berlusconi o Tony Blair a gente preparada pero adusta, como Gordon Brown, por poner un ejemplo ajustado pero poco ‘glamouroso’. Si esta no fuera la sociedad del espectáculo a nadie le interesaría una entrevista a un futbolista cuya inteligencia no reside en sus rutinarias y previsibles respuestas, sino en el pase al hueco y su visión del juego. Ni a nadie le preocuparía que un líder político fuera mediático o telegénico. A eso se suma el mal gusto, la ausencia de criterio, es decir, la mala educación (todo el mundo está educado, mal o bien), que ve atrayente a un muñeco de ventrílocuo con el pelo pintado en la cabeza de madera o a un ‘sonreidor’ profesional a lo ‘jocker’ de Batman.

Es como el encantador de serpientes y su flauta. Lo que encandila a la cobra del público de esta sociedad del espectáculo no es la complejidad y virtuosismo de la melodía (los ofidios son sordos), sino el hipnótico vaivén oscilante del instrumento ante sus ojos. Nadie escucha la melodía, el “mensaje”, sino la puesta en escena, el vaivén ante la cesta abierta, la tele encendida permanentemente. Se equivocaba Pertini, el viejo presidente italiano, cuando denunciaba que “manca finezza”. No, lo que falta es sustancia. Aunque quizá sea lo mismo, porque el tópico, el lugar común, la falta de sustancia es también el colmo de la ausencia de finura, de matices, donde reside siempre la verdad alcanzable. El “pan y circo” actual es esta letal suma de sociedad de consumo (superfluo las más de las veces, e insostenible en un planeta finito) y sociedad del espectáculo (desde suicidios en directo a disputas conyugales retransmitidas sin pudor ni privacidad).

Ya sabemos a lo que conducen los despotismos por muy ilustrados que se pretendan (para mí es una contradicción en sus términos); así pues: democracia, pero ilustrada. El diagnóstico es mucho más sencillo que las soluciones, como suele pasar: educar, para hacer verdaderamente libre a la gente –el viejo sueño libertario- y reformar drásticamente unas instituciones decimonónicas que apenas han cambiado, pero que aún necesitamos: los partidos políticos. Estos últimos se han convertido en sistemas que operan como una suerte de antidarwinismo o meritocracia inversa, seleccionando casi a los peores, a los menos aptos, a los interesados en la política por las más oscuras razones o, al menos, a los mediocres disciplinados y obedientes (‘pelotas’). Las listas abiertas y una verdadera democracia interna, así como zafarse de la propia trampa del espectáculo formarían parte de las obvias soluciones. En el caso español la mil veces publicitada Transición es, paradójicamente, otro escollo para la regeneración; es como si un chaval en primer curso recibiera una medalla de buena conducta y pretendiera sobresalir el resto de los largos años del bachillerato exhibiéndola continuamente.

Así que, de un lado, los partidos nos ofrecen lo peor de cada familia, y de otro, los votantes le cogen gusto a la bazofia. No digamos cuando corruptos confesos son ratificados por unanimidad. Extraña moral que premia lo que muchos harían si pudieran, pero a la vez se entromete en la vida sexual y reproductiva privada.

Por su parte, la educación, la verdadera buena educación sería la más sólida salida. El problema reside en que tanto esta, como las anteriores medidas de reforma de los partidos van en contra de los intereses más a corto plazo y egoístas de quienes tendrían que proponerlas y aplicarlas, los políticos y sus partidos. Y en esto estamos, en un círculo que se merece mucho el nombre de “vicioso”.

16/06/2009

Carradine




El asunto parece sacado de una truculenta novela de Elmore Leonard: un famoso actor especializado en papeles de karateka es encontrado en el armario de la habitación de su hotel en Bangkok estrangulado por un cordón de seda y con otro en torno a los genitales. La policía de Tailandia baraja varias hipótesis mientras los agentes del FBI destacados al país, que seguramente vieron su serie de televisión de chavales, deben limitarse a observar, pero sin intervenir. Se une este a otros casos de actores de películas de acción muertos en extrañas circunstancias; el más sonado el del famoso Bruce Lee, quizás asesinado –la hipótesis de una extraña muerte natural por una enfermedad fulminante y no detectada no convenció a nadie en su momento-, por revelar extraños secretos de combate de la secta Saoling. O el del hijo de Lennon muerto como su padre por disparo de una pistola cargada por error en el ‘set’ de otra película de acción.

Las hipótesis contemplan desde el suicidio –un tanto estrambótico y poco práctico, francamente-, al asesinato ritual o la muerte por error fatal del actor que buscaba autosatisfacción sexual (es sabido que la asfixia y el estrangulamiento controlados, al limitar el oxígeno de la sangre que llega al cerebro, puede aumentar la satisfacción sexual). El caso es que el morbo se ha desatado: ¿el cordón era de seda o del más prosaico nylon, que en su día se llamó ‘seda artificial’? ¿Estaba practicando una secuencia de la película? ¿Tenía enemigos? Etc.

Ahora la cinematográfica familia, pues casi todos están ligados al cine, comenzando por el padre John Carradine, ya desaparecido, actor fetiche de John Ford y fundador de la dinastía y bastante mejor actor que sus hijos, tendrán que lidiar no sólo con el dolor de la perdida, sino con la salvaguarda de la dignidad del difunto, empezando por evitar que el periódico tailandés de turno no divulgue las tortuosas fotos que tomó de la víctima.

De chaval me gustaba mucho la serie de televisión que protagonizaba el difunto, un mestizo de asiático y norteamericano, budista y experto en técnicas de sofisticado karate –kung-fu-, que predicaba la no violencia hasta que le provocaban en exceso y entonces se dedicaba a repartir mamporros a diestro y siniestro. El lema implícito, por tanto, de “El pequeño saltamontes” era “si me buscas me encuentras”, y también el de Mae West: “cuando soy bueno, soy muy bueno, pero cuando soy malo soy mucho mejor”. Su carrera, un tanto estancada y encasillada, fue revitalizada por ese ‘revividor’ de viejas glorias, de estrellas estrelladas (Travolta et al) que se llama Tarantino en su delirante saga Kill Bill con esa bellísima Ulma Thurman en chándal dando patadas voladoras a los violadores.

Confieso que me gustan las películas de combates cuerpo a cuerpo, desde la redicha ‘El Club de la Lucha’, con un estomagante Bratt Pitt y un solvente Edward Norton, hasta la magnífica ‘Más dura será la caída’. Me gustan las muy negras y espléndidas de boxeo –‘Toro salvaje’ de Sorcesse- pero también, aunque de otro modo, las fantasiosas e infantiloides de karatecas. En esas películas, en los que los golpes brutales y la violencia estaban estilizados hasta desactivarse, y en los que siempre perdía el más violento y agresivo, no se hacía mofa de las víctimas, como mucho se las mataba y punto.

Desde mi tatami, junto las palmas de mis manos, los pulgares hacia arriba, luego las giro y alzo el resto de los dedos e inclino mi cabeza: el saludo de un luchador a otro. Buen viaje David: no me enseñaste nada malo nunca (bueno, que las patadas para quebrar la rótula son más eficaces en un barrido lateral) y me entretuviste mucho, ojalá no paseen tus despojos por ahí. Gracias.

15/06/2009

Cosas que no detesto (Aunque pudiera parecer que sí)



Que se me lleve la contraria, se me contradiga, siempre que sea con argumentos sólidamente expuestos y de forma cortés.

Más en concreto, em encanta que me lleven la contraria en los post y en los asuntos que más “creo” conocer

(En el pasado, no la liemos): Que las chicas me digan que no, tajante y educadamente, sin vuelta atrás ni eternas dilaciones de calientapo…

El botellón, siempre que lo hagan en su casa, la de sus padres o familiares y jardines privados

La música alta, si no la oigo yo ni nadie que pase cerca.

La música bacalao, siempre que aplique el punto anterior y, a ser posible, no se la denomine “música”

La comida preparada, porque comprendo que no todo el mundo tiene las habilidades, disposición y tiempo para cocinar

Ídem de la comida rápida, ‘fast food’ siempre que no la tenga que comer yo obligatoriamente (a veces me apetece)

Los empresarios, siempre que no se presenten como altruistas al servicio de la sociedad y los trabajadores y reconozcan que les guía el afán de lucro personal dentro de los límites legales.

El fútbol (de hecho me gusta mucho): dos equipos de once jugando, siempre que no se refieran a toda la asquerosa parafernalia que lo rodea: presidentes, directivos, forofos, cotilleos y prensa deportiva

La gente, pero de una en una o en grupos pequeños y relacionables. Detesto en cambio las multitudes, que cuando se convierten en masa directamente me dan miedo, con lo que reniego de conciertos multitudinarios, espectáculos en prodigiosos estadios y demás

La buena vida (antes al contrario), siempre que no implique dársela mala a otros. Difícil de cumplir si evaluamos honestamente los costes menos directos de esa buena vida, lo que algunos llaman “huella ecológica” y otros “Intercambio desigual”, porque en gran medida la pobreza no es un resultado imprevisto, sino parte esencial del sistema, así que mil millones de hambrientos es condición necesaria, pero no suficiente para otros millones satisfechos. Pero no soy eremita ni santo y no veo como darme yo mala vida contribuiría a paliar la de otros. Soy consciente de esto.

La foto: es el airoso puente sin pretil en mitad de un frondoso encinar que los vecinos de mi pueblo llaman "el puente romano", pero que no lo es -ni falta que hace- pues es medieval como denotan las marcas de cantero. Debajo a veces se ve nutria

12/06/2009

Dos sucesos distintos y dos distinciones







Este blog desdeña la actualidad. Las noticias son lo contrario, en cierto modo, de los clásicos, lo que envejece conforme se conoce, pero hay dos hechos recientes que puede estimular ciertas reflexiones que podríamos llamar “clásicas” sobre el viejo arte de establecer "distinciones" relevantes



La esposa monja y el terrorista emparedado


Aparece una monja de Moratalaz toda vestida de negro, sólo asoman los ojos temerosos tras unas gafas de culo de vaso y su aspecto no mejora cuando a petición del periodista (excelente, John Sistiaga, probable carne de cualquier cañón defensa de Occidente como no se cuide) retira su velo. Esta patética mujer, que se expresa con púdica corrección pero es seguramente una analfabeta funcional, es la esposa de un dirigente terrorista, español por matrimonio, recluido en alguna cárcel secreta de las desparramadas por el siniestro y complaciente submundo de la era Bush. Se le considera el teórico del terrorismo yihadista, próximo a Bin Laden y a otros “benefactores” del Islam. Es probable que sea cierto y además muy plausible que tenga información relevante para evitar nuevos atentados sangrientos. Pero lo que pide su esposa vestida a la última moda de la más estricta Edad Media es algo muy sensato y justo. No pide que le perdonemos, ni siquiera que le comprendamos, tan sólo pide que le saquemos del infecto agujero donde le tienen recluido, le juzguemos y le demos la oportunidad de defenderse: justo lo que, muy probablemente, él no estaría dispuesto a hacer por nosotros. Y justo, por eso mismo, lo que nos diferencia de él.



El accidente del vuelo de Air France 447


Hay una distinción esencial que me explica –y explica- un experimentado piloto contraincendios; la que existe entre “piloto” y “aviador”. Un piloto, como los de los aviones comerciales (“el comandante fulanito les da la bienvenida, etc.”) es alguien que conoce el manejo de un avión. Un aviador es alguien que además sabe volar, en cualquier trasto: una avioneta, un reactor, un avión comercial, un trasto a pedales ideado por Leonardo o un bombardeo cuatrimotor de la Segunda Guerra Mundial.

En mi ignorancia por el antinatural –para el ser humano corriente- arte de volar imagino que la diferencia que establece mi informador es la misma que media entre un navegante a vela o un capitán de un barco motorizado y con GPS. Y ahora la explicación del accidente que no es exactamente un fallo humano, pero contiene la insalvable diferencia de pericia aludida. Sobre el océano, esa inmensa masa de agua de comportamiento calorífico tan diferente a la masa de aire de encima, se generan enormes e inimaginables intercambios de energía en ambos fluidos. Una masa de aire caliente, más leve y ligera, que no puede ascender porque está retenida por una masa de aire frío sobre ella, puede hacer perder sustentación a un gran avión, si pierde altura el piloto (aviador) debe iniciar una maniobra contra todo instinto dejándose caer en plano, con el morro sin inclinación alguna, para que la fricción genere un incremento de esa sustentación perdida, pero muchos aviones comerciales de última generación no permiten el paso a manual; en ese caso, el piloto automático incrementa la potencia de los motores para compensar hasta el punto de que puede alcanzar la velocidad del sonido, el famoso Mach Uno y desintegrarse.

Cosas que detesto




Las bienales y las instalaciones en arte (un tío pasando una fregona ensangrentada por el suelo)

Los turistas

Los libros escritos por políticos

Los poetas declamando sus propios versos (la mayoría no saben)

Las formas de gritar gol de los locutores deportivos

Las playas con bandera azul (es decir, con duchas, pasarelas de madera, prohibición de ir con perros, etc.)

Los automóviles en las ciudades

Los todoterreno en el campo, los “quars” y las motos de trial

El sonido de los televisores altos en verano

Los dueños de perros obesos y/o neuróticos

Los clubs de campo (pero me gustan los caballos)

Los clubs náuticos (pero adoro navegar)

Los teléfonos móviles

Los teléfonos fijos (pero menos)

Los que hablan a gritos (disculpo a los sordos y a las personas en situación de peligro)

Las casas “decoradas” y no habitadas.

Las novias, mujeres y demás celosas

La falda pantalón

Los maltratadores

Los niños maleducados (me encantan, en cambio, los traviesos)

Las joyas (pero no la bisutería)

Los arquitectos estrella (hay excepciones)

Las motos de agua

Las películas españolas malas (creo que son mayoría)

Las películas norteamericanas llenas de efectos especiales que parecen videojuegos

Las películas de Almodóvar salvo algunas películas de Almodóvar(‘¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Idem de los bestsellers

Las canciones del verano

La música dodecafónica

La copla española salvo Miguel de Molina y Concha Piquer

Los médicos prepotentes

Los programas de la televisión española, salvo los sumarios de los telediarios, algunos sermones del “padre” Gabilondo, las series americanas de la HBO, los documentales de National Geographic, Granada Televisión y la BBC, las películas sin anuncios y Buenafuente (A Pablo Motos y sus hormigas, lo odio y Wioming ya me aburre) y algunos anuncios excelentes.

Las campañas electorales

A los ciudadanos, por llamarlos algo, de poblaciones que votan en masa a políticos procesados y corruptos

La pena de muerte, en todas sus circunstancias.

La democracia impuesta a cañonazos

A los ex presidentes que no se jubilan y se callan

El inglés de Aznar y el francés de Felipe González

Los nacionalismos centrípetos y centrífugos, andorranos, múrcianos, vascos y españolistas.

Los políticos que confunden la elegancia con parecer un maniquí del Corte Inglés

La prisión preventiva

Algunos jueces, algunos policías y algunas ONG

Los bancos que no sirven para sentarse sino para practicar la usura

Los economistas proféticos

Los tertulianos
Los locutores deportivos

La Bolsa

La salud como obligación

La ley antitabaco, que debería abolirse o aplicarse, pero no esto de ahora

La reclamación constante de derechos sin asumir deberes

El mobiliario urbano superfluo

La nueva cocina

Dar por bueno todo lo que viene en Wikipedia

Dar por malo todo lo que viene en Internet

Los que creen que el verano “siempre” cae en Julio y Agosto y el Sur siempre lo señala la posición del Sol al mediodía (ambas cuestiones son al revés, precisamente, en el hemisferio Sur)

Ese montón de prejuicios que algunos llaman “valores” o “convicciones”

Las tradiciones “culturales” brutales, a menudo inventadas hace escasos lustros, aunque eso es lo de menos

El ganado estabulado, las gallinas encajonadas, etc., frente o en contraposición al ganado libre, pastando en los prados “a diente”

Las serpientes (inmotivado, y muy lamentable en un biólogo, pero no puedo evitarlo, aunque lo he moderado, porque es una fobia y, por tanto, irracional)

El resto de arriba pueden considerarse fobias, pero no irracionales


(Casi todo lo de más arriba tiene alguna excepción)

10/06/2009

Pues hala, más de Cazorla





















Según los cálculos habituales, esto son seis mil palabras, un artículo largo, con 'lapiaces", laricios, lagunas y jalones.

Mis -o sea, más- fotos de Cazorla

("Clicquear" encima de las fotos para verlas en grande y apreciar detalles)















































Sí, claro: podría comentar estas fotos de mi última excursión a la Sierra de Cazorla y pasmaros con mis reflexiones sobre lapiaces sobre calizas cretácicas, pinos salgareños literalmente milenarios, flores discretas, comunes o muy raras, cañones que aquí llaman "cerrados", hiruelas, rasas, navas, aguas subterráneas y su trabajo, coevolución de plantas e insectos, pero...
Lo tengo dicho. Para mí un blog es el género más próximo a la conversación por lo que las réplicas, el dialogo en forma de comentarios son esenciales a la par que gratificantes para el autor; algo así como el "está muy bueno" que hay que dedicarle al guiso de mamá como único emolumento.
Pero vosotros entráis -según el contador de visitas- miráis (Uhm, poco porno) y volvéis a salir. Si miráis y no usáis el lenguaje articulado para comunicaros, ni me dais grasilla o lubricante del tipo "está bueno, Lansky", pues nada, colgaré fotos, para mi propio deleite, aunque con el convencimiento de que eso de que valen más que mil palabras es una solemne chorrada.
O no colgaré nada.