

La novela negra tiene una historia paralela a la del jazz y muchas similitudes con esa música. Como aquel, es una aportación típicamente norteamericana; como aquel, fue escasamente valorado en sus inicios y luego rehabilitado por cierta intelectualidad; como aquel, fue practicado mayoritariamente por negros –la literatura negra escrita por negros, aunque Hammet y Chanler no lo fueran-, y como aquel, se refugió primero en guetos y luego en Europa, concretamente en Francia.
Para conocer la historia del género negro sin remontarse a Allan Poe y otros precursores hay que reparar en los libros de mala muerte, previos a los de bolsillo, que se conocieron como “paperback”, literalmente “tapa blanda”, hoy se suele traducir por libros en rústica, pero no eran originalmente sólo eso. Se trataba de libros, poco más que revistas engrosadas, que se podían llevar enrolladas en el bolsillo, ediciones baratas que se leían y se tiraban luego a la papelera como las latas de refresco, con portadas entre kitsch y directamente espantosas, expresivas y no exentas de cierta gracia, con rubias despampanantes, pistolas y tipos con las solapas de la gabardina alzadas apostados en esquinas mugrientas.
Sus autores solían atenerse a las convecciones del marco genérico, como las noveluchas del oeste o las románticas, pero entre tanta superproducción más o menos banal surgieron diamantes refulgentes, los de los autores que, como Goodis, como Jim Thompson, como Chester Hymes se podrían calificar de 'Dostoyeveskis de todo a cien'. La frase, lamentablemente no es mía, sino de Geoffrey O’ Brien y recogida por otro practicante excelente del género, James Sallis, autor de una serie de novelas con nombres de insectos: Mariposa de noche, El avispón negro, El tejedor, traducidas e inadvertidas entre nosotros, y profesor de literatura, que se la dedicó concretamente a Jim Thompson.
Porque estas noveluchas podían ser muy, pero que muy convencionales, pero mantenían un fuerte antagonismo con la novela de detectives británica, la clásica novela de enigmas; en estas últimas, el sistema, el poder no se ponían en duda, en las negras, sí. La definición de André Gide sigue siendo estupenda, pero sólo válida para las novelas de enigma europeas: “cada personaje intenta burlar a los demás y la verdad aparece poco a poco a través de la niebla del engaño”; o sea, como la vida misma, confundidos pos los sentidos y la memoria, perplejos ante las supuestas relaciones de causa y efecto. Las novelas negras, por el contrario, poco tienen que ver con la resolución de un crimen concreto; puede que ni se resuelvan, no es lo esencial. Para empezar no hay un orden moral, o cada personaje tiene el suyo, la sociedad, como marco de ese tinglado, sólo finge que lo tiene y la misión del novelista es bucear en esa superficie de corrección para llegar al fondo de corrupción. Las novelas de enigma no refutan el pensamiento dominante, ni en la por lo general mediocre Agatha Christie ni en la excelente Dorothy Sayers; nos congratulan y nos confirman nuestros prejuicios, los que nos imponen desde las cúpulas del poder.
Pero la literatura negra es una muy otra cosa. Es una literatura proscrita, una literatura de frontera (que al final llega hasta el límite: el Pacífico californiano de Raymond Chandler). No hay rompecabezas ni soluciones, sino que se ocupa del profundo malestar de la sociedad urbana. “Un gran océano de millones y millones de palabras, por encima de cuyos estereotipados argumentos y trilladas escenas se alzaba de vez en cuando la auténtica naturaleza de la sociedad como la cabeza de una serpiente”. Ese malestar tiene que ver con el poder, pero también con la maldad. O sea, Dashiel Hammet, el prestigioso innovador del género (aunque a mí me guste más Chandler, éste vino después, poco después) agarra las maldiciones y miedos de los castillos tenebrosos europeos y se los lleva de paseo a los comedores populares, a los callejones sucios, a las habitaciones de hoteles de mala muerte y de moteles de carreteras secundarias.
La novela barata en la que surgió el género no pedía innovaciones, no demandaba literatura, pero, paradójicamente, esa misma fluidez demandando novela tras novelucha cada mes (En 1948 el empleado público Harry Whittington abandonó la seguridad de un sueldo y se convirtió en escritor; el llamado ‘rey de los pioneros del paperback’ publicó decenas de novelas de todo tipos, del oeste, de acción y suspense, negras. Escribía una novela el lunes, la enviaba por correo el martes, recibía un cheque de 250 dólares el viernes. No era Scott Fitgerald, pero era feliz y trabajaba duro: produjo 150 novelas en veinte años) permitió a algunos autores con más talento una libertad inédita, se les dejaba en paz, dijesen lo que dijesen a condición de que la entrega no se retrasara. Había convenciones, pero no se exigían. Y así surgieron autores increíbles, como Goodis, Himes y Thompson. Ícaros que alzaron el vuelo para caer en un mar de ediciones baratas, de escandalosas noveluchas. Por ejemplo, las novelas del escritor negro Chester Himes se localizan en Harlem y las protagonizan dos enormes gorilones negros detectives de homicidios que reciben el sobrenombre de “Sepulturero” y “Ataúd”, son brutales y tienen el gatillo fácil, pero lo interesante es que Himes imita la tradición de disimulo en la que generaciones enteras de negros americanos mantienen en paralelo la ficción de la cultura dominante blanca, los mismos prejuicios blancos, su mismo salvajismo, la misma comedia del absurdo (Por cierto, Chester Himes se vino a vivir con nosotros, a Moraira, un pueblo en la costa de Alicante. Recuerdo una entrevista buenísima que le hizo el periodista Ramón Chao, padre del famoso Manu)
(Continuará)































