TABLÓN DE ANUNCIOS

TABLÓN DE ANUNCIOS

1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

***

2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

***

3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


31/08/2009

El prestigio del género negro, 2






La novela negra tiene una historia paralela a la del jazz y muchas similitudes con esa música. Como aquel, es una aportación típicamente norteamericana; como aquel, fue escasamente valorado en sus inicios y luego rehabilitado por cierta intelectualidad; como aquel, fue practicado mayoritariamente por negros –la literatura negra escrita por negros, aunque Hammet y Chanler no lo fueran-, y como aquel, se refugió primero en guetos y luego en Europa, concretamente en Francia.


Para conocer la historia del género negro sin remontarse a Allan Poe y otros precursores hay que reparar en los libros de mala muerte, previos a los de bolsillo, que se conocieron como “paperback”, literalmente “tapa blanda”, hoy se suele traducir por libros en rústica, pero no eran originalmente sólo eso. Se trataba de libros, poco más que revistas engrosadas, que se podían llevar enrolladas en el bolsillo, ediciones baratas que se leían y se tiraban luego a la papelera como las latas de refresco, con portadas entre kitsch y directamente espantosas, expresivas y no exentas de cierta gracia, con rubias despampanantes, pistolas y tipos con las solapas de la gabardina alzadas apostados en esquinas mugrientas.

Sus autores solían atenerse a las convecciones del marco genérico, como las noveluchas del oeste o las románticas, pero entre tanta superproducción más o menos banal surgieron diamantes refulgentes, los de los autores que, como Goodis, como Jim Thompson, como Chester Hymes se podrían calificar de 'Dostoyeveskis de todo a cien'. La frase, lamentablemente no es mía, sino de Geoffrey O’ Brien y recogida por otro practicante excelente del género, James Sallis, autor de una serie de novelas con nombres de insectos: Mariposa de noche, El avispón negro, El tejedor, traducidas e inadvertidas entre nosotros, y profesor de literatura, que se la dedicó concretamente a Jim Thompson.

Porque estas noveluchas podían ser muy, pero que muy convencionales, pero mantenían un fuerte antagonismo con la novela de detectives británica, la clásica novela de enigmas; en estas últimas, el sistema, el poder no se ponían en duda, en las negras, sí. La definición de André Gide sigue siendo estupenda, pero sólo válida para las novelas de enigma europeas: “cada personaje intenta burlar a los demás y la verdad aparece poco a poco a través de la niebla del engaño”; o sea, como la vida misma, confundidos pos los sentidos y la memoria, perplejos ante las supuestas relaciones de causa y efecto. Las novelas negras, por el contrario, poco tienen que ver con la resolución de un crimen concreto; puede que ni se resuelvan, no es lo esencial. Para empezar no hay un orden moral, o cada personaje tiene el suyo, la sociedad, como marco de ese tinglado, sólo finge que lo tiene y la misión del novelista es bucear en esa superficie de corrección para llegar al fondo de corrupción. Las novelas de enigma no refutan el pensamiento dominante, ni en la por lo general mediocre Agatha Christie ni en la excelente Dorothy Sayers; nos congratulan y nos confirman nuestros prejuicios, los que nos imponen desde las cúpulas del poder.

Pero la literatura negra es una muy otra cosa. Es una literatura proscrita, una literatura de frontera (que al final llega hasta el límite: el Pacífico californiano de Raymond Chandler). No hay rompecabezas ni soluciones, sino que se ocupa del profundo malestar de la sociedad urbana. “Un gran océano de millones y millones de palabras, por encima de cuyos estereotipados argumentos y trilladas escenas se alzaba de vez en cuando la auténtica naturaleza de la sociedad como la cabeza de una serpiente”. Ese malestar tiene que ver con el poder, pero también con la maldad. O sea, Dashiel Hammet, el prestigioso innovador del género (aunque a mí me guste más Chandler, éste vino después, poco después) agarra las maldiciones y miedos de los castillos tenebrosos europeos y se los lleva de paseo a los comedores populares, a los callejones sucios, a las habitaciones de hoteles de mala muerte y de moteles de carreteras secundarias.

La novela barata en la que surgió el género no pedía innovaciones, no demandaba literatura, pero, paradójicamente, esa misma fluidez demandando novela tras novelucha cada mes (En 1948 el empleado público Harry Whittington abandonó la seguridad de un sueldo y se convirtió en escritor; el llamado ‘rey de los pioneros del paperback’ publicó decenas de novelas de todo tipos, del oeste, de acción y suspense, negras. Escribía una novela el lunes, la enviaba por correo el martes, recibía un cheque de 250 dólares el viernes. No era Scott Fitgerald, pero era feliz y trabajaba duro: produjo 150 novelas en veinte años) permitió a algunos autores con más talento una libertad inédita, se les dejaba en paz, dijesen lo que dijesen a condición de que la entrega no se retrasara. Había convenciones, pero no se exigían. Y así surgieron autores increíbles, como Goodis, Himes y Thompson. Ícaros que alzaron el vuelo para caer en un mar de ediciones baratas, de escandalosas noveluchas. Por ejemplo, las novelas del escritor negro Chester Himes se localizan en Harlem y las protagonizan dos enormes gorilones negros detectives de homicidios que reciben el sobrenombre de “Sepulturero” y “Ataúd”, son brutales y tienen el gatillo fácil, pero lo interesante es que Himes imita la tradición de disimulo en la que generaciones enteras de negros americanos mantienen en paralelo la ficción de la cultura dominante blanca, los mismos prejuicios blancos, su mismo salvajismo, la misma comedia del absurdo (Por cierto, Chester Himes se vino a vivir con nosotros, a Moraira, un pueblo en la costa de Alicante. Recuerdo una entrevista buenísima que le hizo el periodista Ramón Chao, padre del famoso Manu)

(Continuará)

28/08/2009

Banksy, un vandalismo interesante













Me interesan mucho aquellos artistas, más raramente científicos, intelectuales o ensayistas, que no sólo no confirman mis prejuicios, que es lo que habitualmente nos complace a todos de modo más elemental, sino que los remueven hasta demolerlos. Me rejuvenecen, me incitan a volver a afrontar las siempre excesivas certidumbres que uno tiene (Es mejor caminar con una duda que con un falso axioma). No es que valore la confusión por la confusión, sino los resultados cuando estos son inteligentes.

Un caso ejemplar para mi de lo anterior es el artista urbano –vamos a llamarle así, pero también, por qué no, grafittero- conocido como Banksy. En principio mi certidumbre de partida es que las pintadas, los grafittis, son vandalismo, sin más panemas; como los arquitectos estrellas, como los alcaldes megalómanos, como los especuladores inmobiliarios, estos chavales supuestamente antisistema toman el escenario cívico y compartido y lo usan a su gusto, que no es el de todos. Muros antaño limpios quedan inscritos con sus ocurrencias, mensajes o simples firmas, sus letras, esa suerte de rotulaciones pop o sus dibujos. En cualquier caso, como esos arquitectos y esos alcaldes, nos los imponen.

Pero también es cierto que, concentrándome en los mensajes escritos en los muros, hay algunos que me gustan mucho, como aquellos que se popularizaron en el mayo del 68 francés. Mi favorito es un clásico que además es cierto: “Levantad los adoquines, debajo hay playas” (en francés aún suena mejor: “Sous les pavés…”), otros me despiertan la ternura, como la archiconocida ingenuidad mil veces repetida de “La imaginación al poder” (no, por Dios), o ese otro de “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, que sigo creyendo de urgente y necesaria aplicación. Hasta más personales y chistosos: “Había un solo unicornio azul y el zopenco de Silvio Rodrigues lo perdió” O “estoy seguro de que a mí me gusta follar tanto como a ti fumar al menos, ¿follo yo en tu oficina, entonces por qué fumas tu en la mía? También uno que fotografié en un muro de la Facultad de Teología de Comillas: “Dios ha muerto. Nieztsche ha muerto, y yo tampoco me encuentro del todo bien”


A veces se producían diálogos, pintada sobre pintada, como aquel que leía al inicio de la democracia en la ruta del autobús que tomaba todas las mañanas; un día apareció el clásico “Con Franco vivíamos mejor” Al cabo de los días, alguien escribió debajo del primero un lacónico demoledor “Algunos”, que fue seguido por un furibundo “Todos”, que fue seguido por “…los cabrones”

Sin embargo, si los más prosaicos y lamentables son esas rúbricas que se extienden como meadas hasta la saciedad (Recuerdo la de un tal muelle, que murió joven y que había llenado Madrid con la suya, una flecha en rayo, en los lugares más inverosímiles e inalcanzables), los más artísticos a veces son prodigiosos. A esta categoría pertenece la del artista, pues eso es lo que es, que utiliza el pseudónimo de Banksy. Poco se sabe de él, además de su obra. Que es un inglés de Bristol y que es en su ciudad natal y en Londres donde más abundan sus pintadas, aunque ha llegado a crear algunas de sus mejores obras en ese muro de la vergüenza que separa la Cisjordania palestina del resto anexionado por Israel.

Si un artista debe tener mano (pericia técnica), corazón (emoción, sensibilidad) y cerebro (ideas), Banksy tiene las tres. Es eficaz como dibujante, original en sus mensajes como un buen publicista y le anima un talante claramente rompedor, iconoclasta y progresista. Trabaja con plantillas que luego imprime en los muros con sus aerosoles, y plasma ideas de gran fuerza. Recuerdo la del embozado antisistema que lanza un ramo de flores en lugar del esperable cóctel molotov, los ‘bobbys’ británicos besándose, el soldado comando cacheado por una niña, la niña que abraza una bomba de racimo y tantos otros a veces absolutamente geniales. Ya me diréis. Muchas de estas imágenes son objeto de una suerte de turismo ‘banksiano” que es posible porque fueron indultadas por los ayuntamientos de Bristol o Londres; las del muro cisjordano de la vergüenza están en el lado palestino.

Puede que sea vandalismo ¿Un vandalismo que mejora un muro vergonzoso y gris es verdaderamente vandalismo? Pero a mí me recuerda más a una historia de Giono, ese espléndido narrador francés, que iba plantando árboles en las mesetas del centro de Francia, en los lugares escasos que la avidez de tierra del agricultor le había dejado. La verdad es que no creo que sean estos muchachitos del spray y el atuendo rapero los causantes del deterioro urbano, sino otros encorbatados y trajeados. Y también los hay, como Banksy, con el suficiente talento como para que planten en la ciudad retazos de belleza, pintadas como árboles e igual de indefensas que estos.

Conclusión

Como en la típica y detestable revista de decoración, en mi casa tengo una mesa baja en la sala que da al diminuto prado de atrás con algún libro de lujo colocado horizontalmente. Son lo que los italianos llaman expresivamente libros para “il tavolo di caffè”. Los cambio regularmente aunque no a menudo y lo hago para que las visitas se entretengan hojeándolos, para fardar y para que hagan bonito. Ahora mismo tengo uno con los frescos de Giotto, otro con las expresionistas láminas de la serie del monte Edo de Hokusay y un tercero, que es el más hojeado, con fotos de las actuaciones de Banksy (Bansky, Wall and Piece). Y una neta duda, ¿donde mejor deben estar estas imaginativas denuncias, en el libro, o en la calle? Claro que si no hubieran estado en la calle, como los frescos de Giotto en los muros de Santa Croce de Florencia… Y quizás, como la arquitectura más pretenciosa, el libro es una secuela y la calle su verdadero hábitat.

“¡Hombre! ¡No compare!”

¿Con qué?

Con quien: con Giotto

¿No? Bueno, pues con Giono.

27/08/2009

Una aldea y un río

















(A mi amigo Félix de Azua, al que le gustan los ríos ‘ríos’, por su amistad y por sus vanos intentos para que me editen un libro sobre los escasos tramos incólumes de los ríos españoles)

Muchos conocéis mi devoción por los tramos indemnes de los ríos, cada vez más escasos al margen de los torrentes de alta montaña. Al ser estructuras lineales, como las costas, son muy frágiles a las acciones humanas, pero no reivindico unos edenes poblados de ondinas y otras míticas criaturas naturales o mitológicas, simplemente basta con que no sean cloacas a cielo abierto o simples canales de cemento y distribución hídrica. De hecho, la presencia humana los hace más atractivos. No me cansaré de repetirlo, pero la mal llamada “Naturaleza", al menos en la vieja y habitada Europa, es la resultante de la secular interacción entre hombre y su entorno, desde los paisajes de montaña, modelados por los ganados extensivos, hasta las marginales marismas aprovechadas desde antiguo. El falso antagonismo hombre versus naturaleza se evidencia aquí, donde el ingenio de la vieja ingenie-ría se relaciona con extrema sutileza con el entorno para sacarle lo provecho y hermanar utilidad y belleza.

Por eso me ha encantado visitar este verano una vieja aldea conservada que floreció, o al menos pervivió y subsistió, a orillas de un hermoso arroyo y gracias a él. Es una aldea perdida que existe desde hace al menos seis siglos –aunque algunas construcciones datan de mil años- y en la que vivían diez familias junto a esa caudalosa pero modesta corriente fluvial donde habían instalado un conjunto de ingenios hidráulicos pasmosos, desde molinos a un batán, herrerías y una forja. Se llama Teixois, por los tejos de sus laderas, y se llega a ella después de recorrer tan sólo unos 30 kilómetros de una sinuosa y estrecha carretera desde la cabeza de la comarca. Unos pocos han logrado conservar y restaurar el conjunto sin convertirlo en una Disneylandia o una mera taxidermia antropológica y se puede visitar como un raro ejemplo de ese turismo rural y cultural del que tanto se habla y tan poco se prodiga, y es toda una experiencia.

Los antiguos adaptaban el entorno a sus necesidades y estas a él. La técnica se relacionaba con justa delicadeza al entorno sin prostituirlo. El resultado es utilidad y belleza, caso de que ambas cosas sean distintas. De hecho, a mayor capacidad tecnológica para transformar el entorno menor sutileza para relacionarse con él. Antes los puentes se hacían por los vados naturales, ahora los ríos se desvían por los puentes.

La aldea cultivaba un lino de montaña que hilaban allí mismo merced a la fuerza del río y con la que se vestían los cien miembros escasos de la comunidad, cultivaban las inevitables patatas y maíz y, lo que es más insólito, cereal adaptado a sus laderas. Suministraba clavos de su herrería a toda la comarca y a comienzos de los años veinte del pasado siglo fue la primera en tener luz eléctrica, en forma de cinco débiles bombillas equitativamente repartidas por el caserío, merced a un rústico motor alternador, básicamente una dínamo, conectada a las palas del molino. Hoy en día es un edén rural que demuestra la afirmación de Kundera de que la belleza es eso que el “progreso” ha dejado olvidado en su arrollador camino.

http://www.vivirasturias.com/asturias/taramundi/conjunto-etnografico-de-os-teixois/es

26/08/2009

Los incendios de todos los veranos





“…En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisfacieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un mapa del Imperio que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictos al Estudio de la cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del sol y de los inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.”[1]


Todo problema complejo, y los incendios forestales lo son, tiene una solución sencilla, la extinción, que es falsa. Es una vieja regla de la complejidad y el holismo. Además tiene también una aún más rudimentaria explicación: los pirómanos. Pero el fuego siempre ha sido un agente modelador del paisaje mediterráneo y un factor ambiental tan persistente como el mismo clima, de veranos secos y cálidos, que lo define. España está incursa en sus cuatro quintas partes, incluida la Galicia interior, dentro de dicho ámbito. Lo que es actualmente fatalmente inédito son las dimensiones catastróficas, la falta de autorregulación de dichos incendios; y lo que explica, en gran parte, esa triste novedad son dos hechos así mismo complejos y relacionados entre sí: los cambios territoriales y/o paisajísticos de las últimas décadas y las transformaciones demográficas del campo español.

Los vegetales tienen diversos sistemas para defenderse de ese factor recurrente que es el fuego, pero esencialmente existen dos síndromes adaptativos que se denominan pirofitismo (amistad con el fuego etimológicamente) pasivo y activo. El alcornoque, por ejemplo, una especie típica de nuestros ecosistemas mediterráneos, posee una corteza suberosa, el corcho, que es un buen aislante térmico e ignífugo. Incluso si arde esa cualidad se acentúa. Las jaras, por el contrario, se autoinmolan y arden, y con ellas todas las especies rivales, para luego brotar de semillas resistentes con más pujanza y espacio disponible, son pirófitos activos. Estos últimos, no los primeros, incrementan por tanto el riesgo de incendio, es su estrategia evolutiva y de competencia, y como los incendios les ayudan a proliferar, se produce una retroalimentación positiva, inversa al “feed back” de regulación, un verdadero círculo vicioso, un efecto de bola de nieve difícil de controlar o invertir.

Las especies forestales de crecimiento rápido que se han usado, sobre todo en el pasado, masivamente para repoblar nuestros montes, como los eucaliptos y algunos pinos, pertenecen a esta categoría. Por tanto, cubrir miles y miles de hectáreas con monótonas extensiones de estos monocultivos madereros, eufemísticamente conocidos como repoblaciones forestales, es como sembrar con bidones de gasolina (en realidad de la más igníscible trementina y otras substancias volátiles) nuestros campos: la crónica de una muerte anunciada. Sin embargo, una vez iniciado el fuego en estos puntos negros, y alcanzadas ciertas dimensiones arden igual las especies autóctonas adaptadas, como las encinas y robles, que las exóticas importadas. Al igual que en un incendio doméstico, este se puede iniciar con más facilidad en la cocina, pero una vez comenzado no respetará ni el húmedo cuarto de baño. Las masas forestales “iniciadoras” proliferaron en las últimas décadas del siglo pasado aupadas en un megalomaniaco Plan Forestal Nacional impulsado manu militari por el anterior dictador. Aprovechando y a la vez siendo instrumento para la expulsión del campesinado aún numeroso en los años cincuenta.

La ciencia que tantos éxitos ha alcanzado en el pasado siglo, desde los priones al láser, es esencialmente reduccionista –desprovéase al término de cualquier connotación peyorativa-: se aísla un problema o un elemento de un sistema y se lo estudia exhaustivamente, pero la ulterior reconstrucción de la realidad es tarea más difícil porque intervienen sistemas complejos que sólo podemos comprender a través del uso de modelos a su vez necesariamente simplificados para poder abordarlos, es el caso, por ejemplo, del cambio climático y sus modelos de estudio. El problema se agudiza cuando algunos investigadores “celosos” terminan confundiendo ese modelo con la misma realidad, el mapa con el territorio que representa.

España, como el resto de países desarrollados –lo que causa una falsa impresión de inevitabilidad- ha realizado una radical transición demográfica que ha despoblado los entornos rurales, el campesinado, y ha hacinado los urbanos. En países como la vecina Francia esa transición llevó siglos; en la más atrasada España se realizó en sólo unas pocas décadas. El campesino era el verdadero guardián de la naturaleza con su continua presencia y labores de ajuste. Los paisajes “naturales” europeos son todos resultado de la lenta y secular interacción de esas poblaciones humanas, sus ganados y controles, y el entorno; esto es así, desde las remotas marismas a los ámbitos montañosos. La repentina supresión de ese factor de regulación generó desequilibrios terribles. Si a eso se añade el uso indiscriminado de esos espacios “vacantes” para plantar especies pirófitas y la sustitución de la presencia continua de poblaciones expertas, los campesinos, por la frecuentación esporádica de masas humanas aculturizadas en las peculiaridades del agro, los veraneantes, en las épocas de más riesgo, el verano, tenemos el drama servido. En realidad, da igual que el elemento iniciador sea una paella o el rayo de una tormenta seca. Estos territorios desequilibrados arderán tarde o temprano. En cualquier caso, como señala un viejo consejo forestal, los incendios forestales se "apagan" en invierno, cuando se realizan las tareas de limpieza del monte, aunque en realidad, por un lado, los incendios no se apagaran nunca -en el sentido de que siempre existiran-, simplemente serán menos terribles, y por otro, se "apagan" tras décadas de buena gestión territorial, que no incluye precisamente al ladrillo y al cemento hegemónicos de los últimos tiempos. Algunos pasos se han dado en la buena dirección, como el de impedir la recalificación urbanística en terrenos que hayan ardido o la utilización en las repoblaciones de especies menos igniscibles; el uso y regreso del ganado extensivo, controlador de la biomasa sobrante, sería otra buena medida.

Lo más terrible es que la extinción, necesaria para evitar males mayores, tampoco es la solución definitiva. De hecho se producen fenómenos de masa crítica de manera que algunas zonas que milagrosamente se van salvando de pequeños incendios terminan ardiendo en uno más catastrófico y pavoroso. Y eso seguirá sucediendo en tanto sigamos confundiendo el mapa con el territorio y pensando que sólo los bomberos y los policías que persiguen pirómanos tienen la solución. Es necesario reivindicar una cultura del territorio, similar a la cultura del agua que reivindica el profesor Pedro Arrojo, que vaya proponiendo soluciones complejas y acomodadas para el ámbito rural español, que palien la desaparición de esa cultura rural que, de momento, no hemos sustituido por nada que no sea la urbanización y el mero consumo de espacios.


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[1] Jorge Luis Borges: Del rigor de la ciencia en El hacedor. Cita completa, con las mayúsculas peculiares del autor.

25/08/2009

El prestigio del género negro.-1



Voy a poner otro granito de arena en mi vana cruzada en defensa de la literatura de género, concretamente la novela negra y la Ciencia Ficción, que sólo convencerá a los previamente convencidos.

Soy consciente que leer a Conrad porque te gustan las aventuras marinas, como leer a Flaubert porque te gustan las de amor, es tal vez leerlos por los motivos equivocados, pero nadie se atrevería a rechazarlos porque estuviesen etiquetados como escritores de piratas, el primero junto a Salgari, y de amoríos, el segundo con Corín Tellado. De hecho, en la novelística ‘seria’ hay mucho Corín Tellado al que sólo le diferencia las editoriales que les publican. Es decir, el prejuicio opera en ambas direcciones, te hace rechazar excelentes autores por estar encasillados en un género o aceptar por buenos tantos mediocres que repiten la vieja novela de aprendizaje sentimental porque no lo están.

Hoy en día es ya un lugar común sostener que la novela negra, -o la policial o deductiva, que no es exactamente lo mismo- es capaz de analizar la sociedad, denunciar sus corrupciones, retirar la apariencia de la superficie y bucear en la maldad del fondo, denunciar, pero esta es una valoración bastante reciente, porque hace unas décadas de la novela negra sólo se esperaba entretenimiento –el que proporcionaba Agatha Christie, para entendernos- y las elevadas misiones de denuncia se reservaban para la gran literatura de prestigio, no para este género.
Esa nueva visión reivindicativa del género surgió varias décadas después de su propia consolidación; concretamente en los años sesenta y más concretamente a partir del esclarecedor ensayo ‘Bloody Murder’ de Julian Symonds. Inicialmente la novela policíaca era bastante conciliadora con el ‘statu quo’; había buenos y malos, el mundo era blanco y negro, sin grises, los policías eran abnegados, valientes e inteligentes.

24/08/2009

Una sanguinaria epopeya moderna de México





Supongo que sabéis que actualmente en México se produce diez asesinatos diarios relacionados con el narcotráfico, casi 4.000 al año. La mayoría se producen en el Norte del país, en la región fronteriza con el principal consumidor, Estados Unidos, y de ellos casi un sesenta por ciento en la tristemente famosa Ciudad Juárez y otra gran parte en la zona de la Baja California.

Probablemente el día más grande en México es el Día de los Muertos. La tradición es azteca, aunque el oportunismo católico corriera la vieja efeméride del verano al otoño para hacerla coincidir con la víspera de Todos los Santos, y rinde honor a la diosa Mictecacihuatl, La Señora de los Muertos. México tiene una cultura de la muerte violenta que se expresa en las letras de corridos y rancheras, en las máscaras y disfraces de esqueletos de los carnavales, en la actitud del “macho” mexicano, en los adornados revólveres ‘Colt’ y hasta en la pastelería, que ofrece unos dulces que son calaveras, pero eso no basta para explicar tanta violencia, como tampoco los meros análisis sociológicos.

Es el propio Estado, las administraciones y los mismos ciudadanos los que están amenazados por una sanguinaria y brutal guerra en la que las víctimas son los propios narcos, policías, miembros de la judicatura y del ejército, ediles y gobernantes y gentes de a pie. Hay todo un género de ensayismo que intenta dar cuenta de estos hechos, pero también la ficción –recordemos la estimable La Reina del Sur de Pérez Reverte-, que en general palidece ante la simple realidad. Creo, sin embargo, que esta anti epopeya ha encontrado su gran obra, se llama El poder del perro[1] y su autor es un estadounidense poco conocido entre nosotros, Don Winslow, al que ya se ha comparado por anteriores obras suyas con grandes del género negro como James Ellroy o Elmore Leonard, pero esta es otra cosa.

Los narcos mexicanos, además de extremadamente violentos, no son ni campesinos –no cultivan coca, ni opio desde que los federales incendiaron los valles de cultivo de Sinaloa, ni prácticamente marihuana- ni químicos, pues tampoco hay laboratorios de transformación por más que en las calles de San Diego y de la costa del Pacífico de Estados Unidos a la pasta base de coca se la conozca como “Barro Mexicano”. No, los narcos mexicanos son transportistas, de Colombia a Estados Unidos pasando por repúblicas bananeras como Honduras; garantizando la entrega nuevamente a los colombianos de Estados Unidos, de puerta a puerta, del productor al consumidor y cobrando un canon por kilo. Los mexicanos lo que hacen es administrar su mayor ‘tesoro’: esa enorme frontera con el país consumidor por excelencia desde el Pacífico al Atlántico. La DEA estadounidense no tiene en México campos que quemar ni laboratorios que dinamitar, porque los mexicanos sólo tienen pistas de aterrizaje perdidas en enormes ranchos del desierto, rutas invisibles a los radares, caminos fronterizos para sus camiones. Y conexiones con la policía de los Estados, con sus propios federales, la policía de fronteras y la CIA (que financió en los ochenta sus operaciones de contrainsurgencia, cambiando coca por armas)

La novela no es Madame de Bovary, así que los personajes son presentados sucinta pero suficientemente, lo que no quiere decir que sean esquemáticos –por sus acciones los conoceréis-, desde el ángel vengador de la DEA, mitad mexicano mitad estadounidense, a su brutal aliado mexicano, uno de los escasos policías no corruptos; la bellísima e inteligente prostituta de lujo o su amigo, un obispo de Guadalajara que interrogado por el nuncio del Vaticano sobre sus excesivas simpatías por los pobres y la teología de la liberación le contesta que el tampoco es partidario de ella, sino sólo de la liberación.

Me gustan las novelas en las que uno se instala a vivir mientras las lee. Me sucede desde niño cuando me convertía en un pirata malayo mientras leía a Salgari, y me siguió pasando, raras veces, de adulto, como aquel verano en que me transformé insospechadamente en un homosexual dandi francés de comienzos del siglo pasado obsesionado con ser aceptado por la ‘gente guapa’ de la alta sociedad ociosa de su tiempo. Igualmente fui durante algunas semanas un príncipe pacifista en medio de la sociedad belicista de la Rusia de la época napoleónica y me ha vuelto a pasar ahora, este verano, en el que he sido un fascinado híbrido de mexicano y estadounidense inmerso en la sanguinaria odisea del comercio de los paraísos artificiales. Me he codeado con narcotraficantes sofisticadamente brutales, con policías corruptos, con agentes de la DEA cínicos, con prostitutas de lujo inteligentísimas, con amigos más peligrosos que los escorpiones y lo único que os puedo decir es que emprendáis la hipnótica tarea de sumergiros, es frase hecha pero la que mejor describe lo que os va a suceder, en las setecientas páginas de este espléndido libro.

Sí Sumergirse, porque México es el gran agujero negro de la sociedad opulenta del cercano Norte, donde quedan atrapados y sin salida todos los que entran, y el Río Grande nuestra moderna laguna Estigia, los barqueros, los sicarios, y los ‘carontes’, la gente más mala de este triste mundo. El mal absoluto existe y Wislow nos lo cuenta. La mayoría de la gente tienen una idea muy naif y poco imaginativa de la maldad; piensan en maltratadores, evocan asesinos más o menos broncos y espontáneos, incontrolados, pero el mal tiene muchos grados: seducir a tu mujer, follársela, asesinarla, mandarte su cabeza en una sombrerera acompañada con un video donde se ve como defenestran por un puente sobre el río Magdalena a tus dos hijos pequeños, eso es maldad, y eso ha pasado: fue la venganza de un rival sobre otro en el negocio del transporte desde Cali, en Colombia, a San Diego/USA.

La ley Seca de los años treinta que proscribió el alcohol en Estados Unidos propició la época dorada del gangsterismo –unos bondadosos cooperantes comparados con los narcos actuales-, y yo me pregunto –Winslow ni lo hace ni tiene por qué- qué sucedería si las drogas y los estupefacientes se vendieran con receta y los debidos controles en las farmacias. Presumo que todo el tinglado se vendría abajo y me imagino a los sicarios reconvertidos en guías turísticos en Sinaloa y el bonito barrio de Coyoacán. Pero nadie, ni en uno ni en otro bando parece interesado en soluciones definitivas, sino en prolongar el estado de guerra.

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[1] Don Winslow: El poder del Perro, Mondadori, 2009, colección Roja y Negra. Presentación de Rodrigo Fresán.

21/08/2009

Más sobre arquitectura













Se me quedó en teclado en el post penúltimo una par de ideas; una deriva de una formulación de Miroslav que, para los que no conozcáis su blog (¡hacedlo!) es arquitecto y urbanista, aunque no va de eso. La otra deriva de un chiste fácil; comenzaré por este último.

Tápense los ojos los exquisitamente correctos; la idea, por llamarla algo, es que los arquitectos son menos ‘mariquitas’ (no se trata de orientación sexual, pero si de ‘pluma’, de amaneramiento, de ser más o menos relamido y propenso al ornato, con casos extremos como de ‘drag queen’ de lo construido) que los decoradores de interiores, pero más que los ingenieros, que serían los más machotes. A mí me gusta la arquitectura machota, con poco ornamento y eficiente, que a menudo es la que realizaron ingenieros en esa deliciosa arquitectura industrial (hoy, arqueología industrial) o fabril de comienzos del siglo XX –aquellas altas chimeneas de ladrillo, cenefas y alardes albañiles, y toberas, hornos, tejados a una vertiente en diente de sierra, naves amplias, la construcción de hierro colado y cristal o la de las Estaciones de Ferrocarril de esa misma época. Y ese gusto, ya digo, es porque es un arquitectura machota, de ingenieros que buscan la eficacia y no en medirse con sus más estetas colegas de la arquitectura[1].

La idea de Miroslav (ver comentario en el post citado) es que la buena arquitectura ‘emana’ o debe surgir casi de forma espontánea del sitio donde está ubicada, del ‘gens’ del lugar. Es, en versión arquitectura, la idea de Miguel Ángel de que el bloque de piedra ya contiene la escultura y el artista se limita a extraerla; pues lo mismo, salvo que en lugar de estatua se trata de edificio y en lugar de bloque de piedra hablamos del emplazamiento. Ya dije que la idea la comparto (en arquitectura, en escultura me parece una gran chulería), aunque me conformo con menos para combatir el horror de cierta arquitectura actual, sea la banal de tantas urbanizaciones sea la de autor con ínfulas de artista total, pero yo no la formularía en esos términos, porque me parecen demasiado idealistas, sino de una forma más prosaica, casi como una suerte de “regla de tres”. Habrán notado que los viejos puentes romanos o medievales están situados bien. Eso no se debe tanto a que los milenios o los siglos les hayan concedido respetabilidad o grandeza, que también, sino a que, en efecto, están bien situados: en los vados de los ríos, donde es lógico cruzarlos y no, pongamos por caso, al final rectilíneo de la autopista en su encuentro con la masa de agua. Y aquí va mi regla de tres: a mayor capacidad tecnológica de transformar el entorno (excavadoras, explosivos, lo que sea) menor ‘sutileza’ para relacionarse armoniosamente con él. Es decir, hacer de la necesidad virtud; lo mismo que hacía la arquitectura popular. Y si no haced la prueba de intentar construir con ramas, puntales de madera y piedra seca una choza, por ejemplo, un chozo de pastor: os saldrá una planta circular, unos muros no muy altos y una cubierta enramada cónica, esto es, una palloza, un chozo de pastor. Y son muy hermosos, porque, además, no contienen nada superfluo.




[1] Que la gente común le concede mucha importancia a la estética –a menudo más que a la comodidad- lo demuestra, paradójicamente, la misma banal fealdad "decorada" de tantos de sus hogares o esa nueva arquitectura sin arquitectos actual. Un chozo de pastor, por muy humilde y rústico que sea, nunca es feo por que nada en él es superfluo. Igual pasa con los paisajes “funcionales” por muy austeros que sean, Por ello, el paisaje es también una construcción estética, -además de por el origen pictoricista de dicho concepto-, por defecto. Es decir, la fealdad es un hecho casi voluntario, como en las horrendas urbanizaciones costeras o rurales, y la belleza, ahora casi siempre, consecuentemente, es cada vez más resultado de los “olvidos” milagrosos de esos factores transformantes recientes.

20/08/2009

Ilustraciones al post anterior

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Sin ánimo de nada más que poner unas fotos de edificios o conjuntos que me gustan y seguir animando la discusión que antecede a este post.
1.-La famosa capilla de Romchamp de Le Corbusier
2.-Un edificio de Alvar Aalto
3.-Oasis y pentapolis de Gardaia en el Sahara argelino (con el morbo de que una de las cinco ciudades es una ciudad prohibida en la que a la caída del sol cierran las puertas y si te quedas dentro...)
4.-El polémico (por la localización, encima de un yacimiento y por su función, como museo) Museo romano de Mérida de Moneo
5.-Un edificio de uno de mis arquitectos actuales favoritos (también me gusta su pintura): Navarro Baldeweg; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Aguirre, le encargo unas cosas y luego le intentó masacrar, es de las pocas veces que el movimiento corporativo y gremialista de los arquitectos me pareció que actuaba en defensa de una buena causa.

Arquitectura de masas


Si Palladio llevantara la cabeza...


Las buenas gentes que se indignan con la pintura abstracta -¡Esos garabatos que podría hacer un niño!- si tuviera el nene el talento de un Miró- suelen pasar indiferentes ante edificios horrendos mientras escuchan regattón en su i-pod. Sin embargo, la arquitectura, como un día señaló Vanbrugh, es el único arte que no nos está permitido dejar de ‘disfrutar’. Si no te gusta Stockausen (a mí, por ejemplo) escuchas a Bach, y si no te agradan los expresionistas abstractos americanos puedes delitarte con las Meninas (las de Velázquez, claro, no las de Picasso o Equipo Crónica: a mí me gustan las tres), pero el último alarde del arquitecto autor o del anónimo ejecutor no puedes obviarlo a menos que te compres un perro labrador, un bastón blanco y te vendes los ojos. Es lo que tiene la arquitectura, que es como si te colgasen el cuadro que detestas en el salón de tu casa. Y los edificios no se pueden apagar como la tele.

A mí lo que más me suele molestar (molestar es poco: los detesto) es que estén mal colocados, digamos que un rascacielos en un acantilado marino por muy obra de Norman Foster (un arquitecto que, en general, no me gusta especialmente) que sea, o la típica casa de la cultura modernilla y banal en una antigua plaza bien equilibrada. Ambos casos (clínicos) comparten la tropelía de “apropiarse” de un espacio que ellos no han diseñado (acantilado, plazuela recoleta) y allí plantan su ‘genialidad’ a la espera de que se le pegue por adherencia parte de la belleza del lugar profanado.

Pero me distancio igualmente de los puristas extremos, los que rechazan el excelente edificio de Moneo en la orilla sevillana del Guadalquivir, que guarda discretamente las proporciones y alturas de un lugar con almacenes del XIX. Y no comparto ese gusto conservador a tope de un príncipe Carlos de Inglaterra que sólo admira la arquitectura victoriana y eduardiana. De hecho, como concibo las ciudades más interesantes y bellas no como escenarios o decorados taxidérmicos o telones de fondo para fotos, sino como palimpsestos vivos de distintas épocas me suele gustar la mezcla de épocas y estilos siempre que se respete eso tan evanescente, intangible pero esencial que yo llamo el ‘espíritu del lugar’, los volúmenes, las distancias, los tonos de color y reflejos. Es difícil de explicar, por ejemplo, a mi el titánico (de titanio) Museo Guggenheim a orilla de la Ría de Bilbao me parece muy bonito, tanto casi como la ermita pre románica del Naranco en la colina de Oviedo.

El debate entre lo tradicional y lo moderno es casi tan tonto y tan viejo como el debate entre lo natural y lo artificial. Al respecto, recuerdo una viñeta preciosa de Asterix y Obelix en que se ve a esos dos contemplando desde el otro lado de un barranco la construcción de un altivo viaducto romano; Obelix, creo, le comenta a Asterix algo así como la forma como estos romanos les están estropeando el paisaje de la Galia. Los edificios a menudo son como las prostitutas, si llegan a viejos/as siempre adquieren respetabilidad, y el viaducto de Segovia seguro que fue un palo para los ciudadanos que vivían debajo, y a algunos seguro que les gusto; hoy es obligatorio: te gusta.

No, el verdadero debate es desgraciadamente más complejo, la esencia de una buena obra de arte es difícil de definir, y además, en el caso de la arquitectura, puede ser muy buena, pero estar muy mal situada. Por otro lado, la arquitectura no es sólo ni principalmente ornamental, tiene misiones prácticas de funcionalidad y habitabilidad que, cuando es buena, siempre cumple y cuando es mala, no. El Guernica de Picasso no es malo (tampoco es, creo excepcional), pero en los tiempos de la progresía y a lamentable escala reducida se encontraba colgado (e inapropiadamente enmarcado) en todos los hogares jóvenes y era un horror. Yo admiro mucho El jardín de las Delicias del Bosco (esa sí: excepcional), pero jamás lo colgaría en mi dormitorio; ya tengo suficientes pesadillas por mi cuenta.

Tampoco me interesa –así de elitista soy- la distancia creciente entre la arquitectura y la gente, a la inversa de lo que opina mi admirado columnista Enric González, porque la gente también está enormemente distanciada de las sonatas de Bach y al parecer muy próxima a los engendros musicales de Operación Triunfo. Como decía el graffiti del mayo francés, diez mil millones de moscas nos pueden equivocarse: ¡come mierda!” Pues no, no quiero comer mierda, al menos obligatoriamente.

Y yo, ¿qué hago, si no me gustan ni Norman Foster ni el Príncipe Carlos?

19/08/2009

'Pars pro toto' en la montaña

El Indu-Kush


Hay un viejísimo principio que en latín de leguleyo se enuncia como 'pars pro toto', que viene a afirmar que es preferible aceptar una pérdida menor si así se salva el todo. En los términos de la dinámica de grupo que tanto se lleva ahora se trataría de la afirmación del sumo sacerdote Caifás en el Evangelio de Juan (el más ambiguo, por cierto): “es preferible que un solo hombre muera por todo el pueblo, antes de que todo el pueblo perezca”. Aritmética de la Razón de Estado que el propio evangelista enreda cuando agrega: “mas esto no lo dijo de sí mismo, sino que…lo profetizó”. En esta contabilidad, en este extraño balance, la salvación de todos por la muerte de uno, pasó a ser una de las premisas de la religión cristiana, para mí una de las más extrañas que perviven hoy. Pero debo reconocer que tiene sentido…al menos aritmético. Y ese balance contable, que justifica tanta heroicidad individual, es la que hace lamentable pero lógico el abandono a su muerte segura, quizá ya acaecida, del montañero aragonés herido y atrapado en la cornisa del pico asiático.

Sin embargo, hay un supuesto corolario que no estoy dispuesto a suscribir; sin latines que valgan se podría enunciar con un ramplón: “él se lo ha buscado”, en términos náuticos, “Que cada palo aguante su vela”; asume las consecuencias, chaval. Puede que Jesús se lo estuviera buscando, como tantos que hacen lo correcto, pero no lo fácil, pero desde luego la culpa de crucificarle no la tuvo él, aunque, diga lo que diga el cristianismo, yo tampoco.

Algunos practicantes de la corriente norteamericana de la ecología profunda (Deep Ecology), en realidad, una suerte de misantropía extrema, sostienen que si un excursionista se accidenta en uno de los santuarios naturales protegidos de Estados Unidos y su rescate sólo pudiera hacerse por medios mecánicos, un helicóptero, pongamos por caso, se debería abandonar a su suerte, es decir, a su muerte, al herido, pero no mancillar el territorio virginal con la máquina.

Otro asunto es el de los excursionistas imprudentes que se adentran en la montaña y otros ambientes extremos sin los pertrechos adecuados, incluida su escasa pericia y experiencia. La mayoría de los rescates en la montaña, lo sé por experiencia, se producen en esos casos y no en los más difundidos de alpinistas expertos como el desafortunado aragonés. En esos casos creo que hay que movilizar todos los medios disponibles para salvarles la vida, aunque sea arriesgando algo las de los equipos de rescate. Pero hablando de aritmética caritativa, creo que luego sería pertinente hacer las cuentas de los medios movilizados y pasarles las facturas a los imprudentes.

18/08/2009

Un diálogo de autobús




De la dilatada época de la dictadura nos han quedado en España muchas secuelas perversas que llevará tiempo subsanar. Por supuesto, el remedio reside en la educación, entendida esta no como formación más o menos profesional ni tampoco buenos modales –sustitutos precarios de los buenos sentimientos-, y aunque ambas cosas ayudan, pero hasta ahora no creo que haya habido un solo gobierno democrático en España que haya apostado por ese difícil pero eficaz remedio. Todo lo más hacen “sus” reformas educativas, esto es, de planes de estudio hasta convertir la escolarización y el bachillerato en un batiburrillo liadísimo en el que los nenes extremeños, pongamos por caso, estudian la Sierra de Guadalupe, pero no saben donde están los Andes. De momento, y aunque la crisis palie algo el tema, nos hemos convertido en un país de nuevos ricos, con muchísima gente con niveles de consumo altos y de cultura ínfimos que explican en parte, sólo en parte, el destrozo horrendo que se ha producido en nuestro territorio, pueblos y ciudades. No hay cosa más temible que una horda de ediles horteras y con dinero (que encima no es suyo). En cuanto a los ciudadanos, la mezcla de codicia e ignorancia es un explosivo más potente que la Goma Dos.

Una de esas secuelas es una serie de frases amenazantes que se sueltan en cuanto la situación parece permitirlo. Las detesto:

“Usted no sabe con quien está hablando”

“A mí no me da lecciones nadie”

Y un agobiante y prepotente etcétera.


En un autobús urbano en la ciudad de Madrid, un individuo gordo y sudoroso (eso no era culpa suya, el vehículo llevaba el aire acondicionado averiado, o ‘no operativo’ como se dice ahora) manifestaba a gritos su opinión sobre los inmigrantes mientras lanzaba sañudas miradas a dos chicos morenos y probablemente sudamericanos que iban sentados atrás. Lo que el energúmeno proclamaba no era precisamente el Discurso del Método. Básicamente venía a decir que en medio del paro, esos individuos subhumanos venían a quitarnos el poco trabajo que había disponible para los nacionales (En Gran Bretaña ya hay un sindicato que promueve una iniciativa de Job for Britains, trabajo para los británicos en idéntico xenófobo sentido, pero más organizados)

Por supuesto, podría haberle replicado que, uno, los trabajos que realizan los inmigrantes son en su mayoría los que los autóctonos rechazamos y no queremos realizar, dos, que en cualquier caso, si un dólar o un euro pueden viajar libremente por el mundo sin fronteras que les detengan, un ser humano debería tener como mínimo el mismo derecho que las divisas, y tres, que está demostrado con sumarias contabilidades que gran parte del despegue económico de los últimos años se debe al trabajo de esas personas, que llegan ya formadas a nuestro país sin haber nosotros invertido ni un euro en esa formación, que consumen muchos menos recursos que los turistas tan bien recibidos y nos dejan mucho más a cambio (otra cosa es que lo que dejan los turistas se lo queden cuatro empresarios y no el conjunto de la población, como en el caso de los inmigrantes). Pero como no considero mi obligación sustituir la función del Estado en la Educación de los imbéciles no le dije al tipo nada de esto. En su lugar preferí dirigirme a él –inicialmente le emocionó mucho ver que había calado en alguien su prodigiosamente matizado mensaje- y señalarle que en efecto, venían a quitarnos el trabajo. Luego añadí mientras él asentía vigorosamente, que además del trabajo nos quitaban más cosas: las mejores mansiones, los mejores coches deportivos y artículos de lujo, las mejores plazas en los restaurantes de autor y, añadí que, al ser en general más guapos y estar en mejor forma que nosotros y –ejem- todos los sabíamos, estar mejor ‘dotados’, el colmo de los colmos, nos quitaban también las novias.

Fue un enorme placer ver como el tinte rojo del rostro del tipo iba cambiando al púrpura de una puesta de sol en una montaña de escoria de carbón, mientras los dos chicos hacían esfuerzos denodados por contener la risa.

Entonces el tipo se revolvió y con su espléndida dialéctica me espetó la fatídica frase:

“-Usted no sabe con quien está hablando.”

Y ahí reconozco que no quise esforzarme más y, mirándole de hito en hito, le dije:

“-Yo creo que sí, con un imbécil”

17/08/2009

Miroslav me da una lección





(Para Kotinussa, tardíamente y con mis disculpas)


Y no de urbanismo, precisamente.
Y yo espero haberla aprendido, claro. Como siempre me perdió el tono, la forma y no el fondo. Lo de menos es el pretexto, unos comentarios a mi juicio simples sobre la naturaleza y la ciudad por parte de una historiadora. Yo mismo me desautoricé en cuanto incurrí en la descalificación personal. Y así me lo ha hecho ver –aunque ya lo sabía conforme incurría yo en ello; ¿conocéis el chiste del escorpión que le pide a la ranita que le cruce el río sobre el lomo? La rana al principio no quiere, claro, pero el escorpión argumenta que no la picará porque va en contra de sus propios intereses, cruzar al otro lado, pero luego, en medio del río la pica y ambos se ahogan; cuando la rana se lo reclama, el escorpión por fin se sincera: “es que me pierde el carácter”. Pues eso es lo que me pasa a mí a menudo.

http://desconciertos3.blogspot.com/2009/08/lansky-versus-kotinussa.html


La polémica campo ciudad es tan vieja como la Historia de la que se dice practicante mi interlocutora. Alabanza de aldea y menosprecio de corte y demás.

http://desconciertos3.blogspot.com/2009/08/cuando-todo-da-lo-mismo-por-que-no.html

Warhol, aficionado a las ‘boutades’ decía que prefería la ciudad al campo porque en la ciudad hay trozos de campo –seguro que se refería al Central Park- mientras que en el campo no hay trozos de ciudad. Se equivocaba, sí los hay, lo que ocurre es que suelen ser malos trozos de ciudad, las dichosas urbanizaciones. En realidad, en una gran parte del mundo esta dicotomía de hecho ya no existe, se ha producido lo que en física se denomina un ‘cambio de fase’; esto es, antes había ciudades inmersas en una matriz rural o natural, el campo, pero ahora más bien, las excepciones son los escasos retazos naturales y/o rurales insertos en una matriz metropolitana o periurbana. Antes las murallas circundaban a las ciudades, ahora son los escasos vestigios de aspecto más o menos natural los que se fortifican en la forma de Espacios Protegidos. Unos y otros olvidaban y ahora olvidan que lo más importante de las murallas son las puertas, su permeabilidad, lo que las hace funcionales.

En cuanto a la ‘naturalidad’ o artificialidad de las ciudades, además de cuestión de definiciones, es evidente que entre las dos opciones básicas de un organismo: adaptarse al entorno o adaptar el entorno a él, nosotros somos firmes partidarios de lo segundo, lo cual no es un rasgo antinatural ni exclusivamente humano, sino una estrategia evolutiva de muchos organismos.




Podría haber contado algo de esto, una vez más (algo de pereza me da), y sobre todo podría haber tirado de ironía y haber hecho mía la divisa de una de las mujeres más inteligentes que en el mundo (machista) han sido, que decía: Cuando soy buena, soy muy buena, pero cuando soy mala...soy mucho mejor". Y ser mucho mejor hubiera sido, en este mi caso, más educado e irónico.




Por cierto, el post de Miroslav, pretexto de todo ese follón iba sobre...submarinismo. ¡Cielo Santo!

Turistas y jaramagos


Turistas y jaramagos[1]

“¿Quién pavimentó el paraíso y construyó un aparcamiento?”

Salman Rushdie

No voy a volver a daros la vara con la distinción entre turista (‘tourist’) y viajero (‘traveller’)

Como supongo que sospecharéis, la jardinería es la excusa más propicia para ser un filósofo. Ya lo decía Bradbury: Sócrates cultivando su propia cicuta (Un hombre que lleva un saco de abono por el campo es como Atlas con el mundo al hombro).

Por el contrario, lo tengo muy dicho, un turista nunca sabe comprender la verdad de los lugares que mancilla, no ya por estar de paso, sino precisamente por ser turista, lo contrario de un buen jardinero o de un paisano agricultor. Los ves haciendo sus fotos en medio de esa enorme mediocridad que es la Plaza de España madrileña, o la de Cataluña en Barcelona. Sin prestar atención a los humildes jaramagos que brotan en el inevitable terraplén. No tienen ojos, sino objetivos de obturación veloz.

Por supuesto, todo el mundo tiene la ideología que ‘necesita’ para justificar su propia vida, por absurda que sea. La ideología del turista es que es bueno ‘ver mundo’; lo que es cierto, sólo que él no lo hace.

De paso entre la infancia y la vejez, se creen hombres y estorban que no veas. Convierten todos los lugares en fortalezas asediadas, como dicen los franceses del matrimonio: los que están dentro quieren salir, y los de fuera, entrar. Como en un museo. Y convierten cualquier sitio que fue hermoso en un parque temático: ciudades, costas, montañas, todo menos un solar con jaramagos amarillos, porque no saben que, en el fondo, no hay paisajes feos, sino tristes o poco fotogénicos, como los turistas mismos.

Borges, tan literario el pobre, decía que la palabra ‘Nilo’ contiene el Nilo. Yo, más prosaico, podría decir que la palabra ‘mear’ contiene el “mar”, como la de “gastrónomo” contiene “astrónomo”. Pero la palabra turista sólo contiene horda invasora e inculta. Peste. Me importa un güevo que alaben la tortilla de patata o el salmón ahumado en Suecia: son una peste.

Gregarios y previsibles, son por ello evitables no obstante: se puede viajar a encantadoras comarcas de nuestro interior: al Bierzo leonés, o a al valle del Sil orensano.
Un corolario: como los violadores o los maltratadores tal vez haya algo peor que sufrir a los turistas: convertirse en uno de ellos, aunque entonces no los padecen, claro.

Foto Ramón Portillo (Sevilla)
[1] Se conocen como ‘jaramagos’ un grupo heterogéneo de hierbajos oportunistas, normalmente de pequeñas flores amarillas, que salen en sitios abandonados y muy nitrificados, como los estercoleros; suelen tratarse de crucíferas del género Diplotaxis, Brassica (el mismo de las coles comestibles), Amaranthus, Capsella, Sisymbrium, etc.

14/08/2009

fin




Cierro los ojos.

Los amaneceres de junio, los mediodías de julio, las noches de agosto habían terminado, concluido, desapareciendo para siempre, pero quedándose allí, en el interior de mi cabeza. Ahora, todo un otoño, un invierno gris y blanco, una primavera fresca y verde para sacar las sumas y totales del verano pasado. Y si olvido, allí está el vino almacenado en el sótano, numerado de día en día. Iré allí a menudo, miraré el sol de frente hasta que no pueda mirar más, y luego cerraré los ojos y estudiaré las manchas, las cicatrices que me bailarán en los párpados tibios. Y arreglaré una y otra vez todos los juegos y reflejos hasta que el dibujo se aclare…

Así, pensando, me dormí.
Y, durmiendo, dio fin al verano de 2009

13/08/2009

Bajo el signo de la libélula


¿Conocéis el terrible síndrome de la libélula?

Me gustan más las rapaces libélulas, con sus cabezas enjoyadas, que las ostentosas mariposas; me gustan más las mujeres guapas que las perfectas; me gustan más los libros inquietos (Cortazar, Conrad) que los exactos (Borges, Goethe); me gustan más las chaquetas usadas que las recién estrenadas; me gustan más los campos que los jardines; los viejos edificios más que los iconos de la arquitectura de autor; me gustan las tiendas que huelen a bacalao y a aceitunas, a salazones, que los estantes con envases al vacío; me gustan los centros de gravedad bajos, como los de los futbolistas habilidosos, de algunas campesinas que los andares de grulla de las modelos de pasarela con las caderas hacia fuera; me gustan las navajas usadas, los lápices a punto de acabarse, los libros que se abren fácilmente, las librerías de viejo, las malvas y los cardos de los bordes de los caminos, los letreros de las antiguas tiendas, los barrios caóticos, los gorriones, los bolsillos desfondados, los relojes de cuerda, los perros chuchos, los cigarrillos liados, el olor de las higueras en agosto, el de las chimeneas y braseros en diciembre, los cables del teléfono plagados de golondrinas, las nubes viajeras, las puestas de sol inesperadas, el color de los trozos de botellas rotas, el corcho, el polvo en un haz de luz del desván, las arrugas de un viejo marinero, las barcas de madera, los calendarios de ferreterías, las ferreterías, los mangos de madera de los picos y azadones, la mecánica quántica que la geometría euclidiana, la Biblia que los sermones, las ermitas románicas que las catedrales, las viejas motos, los serones, las calles adoquinadas, los tranvías, los ferris, las pizarras y las tizas, las eras en agosto y las mulas y los trillos me gustan más que los hipódromos y los clubs de campo. Me gustan más las cercas de mampostería en seco que las balaustradas de mármol, las buenas novelas negras de bolsillo que los premios Nobel encuadernados en piel, los bastones que los cetros, las gorras que las coronas, lo caminos y no las autovías, los veleros que no las motos de agua, las pequeñas flores silvestres (crucíferas) y no las rosas de floristería.

Conclusión: un caso extremo de conservadurismo, un reaccionario estricto ya que hasta me gustan más las primitivas libélulas (las había gigantes en el carbonífero) que las mariposas. Sin embargo, me falta algo esencial: no creo que vivamos en el mejor de los mundos posibles, y los llamados conservadores hacen además todo lo posible para que empeore. En realidad, como conservadores sólo quieren conservar sus privilegios mientras que yo soy un elitista con un ojo en la nuca.

12/08/2009

La mitomanía como forma moderna de estupidez




Oigo el tren viniendo
está doblando en la curva
y no he visto el brillo del sol desde no se cuando,
pero estoy pegado en la prisión de Folson, y el tiempo sigue prolongándose
pero ese tren sigue rodando abajo a San Anton ..
Cuando yo era sólo un bebé mi mamá me dijo. Hijo,
siempre sé un buen chico, nunca juegues con armas.
Pero le disparé a un hombre en Reno solo para mirarlo morir
ahora cada vez que escucho ese silbido cuelgo mi cabeza y grito ..

Apuesto a que hay gente rica comiendo en un vagón restaurante de lujo
ellos están probablemente bebiendo café y fumando grandes cigarros
Bueno yo se que tenia que venir, se que no puedo ser libre
pero esa gente sigue moviéndose
y eso es lo que me tortura ...

Bueno si ellos me liberaran de esta prisión
si ese tren de ferrocarril fuera mío
Apuesto a que movería solo un poco más abajo la línea
lejos de la prisión de Folson, ahí es donde quiero estar
y dejaría a aquel silbido solitario llevarse mi blues

Johnny Cash



Me apena que se haya muerto súbitamente (¿cómo si no?) ese joven futbolista de El Español, y hasta lo de Michael Jackson, que se lo andaba buscando en su enloquecido camino de agraciado joven negro a señora blanca de mediana edad, pero francamente no comprendo a esos miles de imbéciles que les lloran desconsoladamente sin que sean parientes ni amigos suyos. La mitomanía es una de las formas de idiotez que más se consolida en estos tiempos.

Con lo del futbolista uno se pregunta cuantos albañiles y operarios de obras públicas que andan picando a pleno sol este verano habrán caído fulminados sin ninguna cobertura informativa. Un sorprendente efecto benéfico del incremento del paro es el descenso precisamente de muertes laborales, igual si prohibimos el fútbol se evitan muertes de deportistas y tantos sensibleros forofos se ahorran disgustos. Hay que tener cuidado con ese duro método de razonamiento que se conoce como reducción al absurdo (porque lo absurdo jamás se reduce).

Como señala ese enorme columnista que es Enric González, puestos a deglutir basura prefiero la tele basura de una exoftálmica (le aprieta el culo y por eso se le saltan los ojos) histérica como la Belén Esteban que la impúdica basura realidad de las declaraciones del presidente de la patronal española.

Un grado más, ya no basura, sino podredumbre mierdera, es la ETA, que lleva a sus últimos extremos aquel nefasto ‘la letra con sangre entra’ para afirmar “Debemos seguir empleando la lucha armada como método de enseñanza”; la pedagogía de la Goma 2. Estos, claro, son los más imbéciles de todos.

No el perfecto imbécil, sino el imbécil perfecto, el ‘cero absoluto’ de la inteligencia emocional, creo, sería aquel que llora en el funeral del futbolista, asiste a los festejos taurinos de vaquillas de su pueblo y tortura con saña al animalito y en el tiempo del aperitivo comenta que él entiende que los etarras luchan por la libertad del pueblo vasco.

11/08/2009

El "bluff" Larsson




Las he leído, las casi dos mil quinientas páginas de la exitosa trilogía que comenzó con Los hombres que no amaban a las mujeres. La primera novela no estaba mal, de hecho, me indujo a leer las dos siguientes, bastante más flojas. Contenía algunos hallazgos, fundamentalmente en el trazo de sus personajes principales, el protagonista reportero de izquierdas, alter ego del autor, y sobre todo la friky cyberpunky Lisbeth Salander, pero el resultado final es tan lábil, literariamente hablando, que hay que buscar las razones de su éxito, como en tantos best sellers, en razones extraliterias de la sociología de masas, valga la redundancia. Es una suerte de efecto bola de nieve: todo el mundo la lee, por consiguiente, la sigue leyendo más gente. Es algo así como el corolario a la vieja máxima libertaria del mayo del 68: Cien mil millones de moscas no pueden equivocarse: come mierda. Soy consciente de que lo que hago es algo tan absurdo en el fondo como lamentarme de que la gente escuche y haga triunfar a los críos de Operación Triunfo en vez de a los grandes del jazz o a Joham Sebastian Bach. Y encima las portadas, de ese ilustrador rockero, son horrendas (por eso he colgado la de la edición francesa)

No tengo nada contra el éxito de Larsson, que además no pudo gozar con su prematura muerte y que parecía un tipo majo y comprometido. Me parece mejor leer cosas malas que no leer nada, pero francamente, me fastidia bastante que haya una “ocupación” por parte de esa extensa mediocridad de un nicho que podrían ocupar otras novelas negras de considerable mayor calidad. Por no ir más lejos, las de sus compatriotas, el matrimonio sueco formado por Maj Sjöwall y Per Wahlöö y su saga del comisario Beck, magníficas, realistas y que además nos informan sobre una Suecia de los inicios de la sociedad del bienestar muy interesante.

Curiosamente, la única crítica –por tanto valiente- que he leído es la de la escritora norteamericana afincada en Italia de novela negra, Donna Leon, autora de la saga del comisario veneciano Brunetti. Por eso es paradójico que, no obstante, no comparta sus argumentos: es repugnante dice la autora (no, es facilón y desmedido). Por otra parte, las novelas de la propia Donna Leon no me parecen nada especiales, pero ha tenido la valentía de romper el hermetismo corporativista para criticar a Larsson. Ya es algo.

Mi consejo es que no leáis a ninguno de los dos, Larsson o Leon, pero que no os perdáis al matrimonio sueco de los sesenta.

10/08/2009

Más alardes fotográficos de mis pasadas -ay- vacaciones

Jara me escancia una sidra para empezar con buen pie Llegamos a una aldea de la que hablaré en otro post
Tiene un molino de agua precioso, y más cosas


Entramos por donde podemos en una cala recoleta


Mariscamos para el almuerzo mientras la gaviota nos observa





Nado hacia las rocas con mi espléndido crawl




El mar me acoge





Descansamos








Comentamos la jornada



Y así...







Tres minutos de trombón

Músicos callejeros en N.O.: batería, TROMBÓN, corneta, saxo, clarinete, violín de tres cuerdas y contrabajo; la chica baila y canta.
The parlor of lulu White's Hall

Kid Ory




(Para mi amigo Javier “SS”, que sabe más de jazz que yo, aunque es menos golfo)

“La trompeta expresa su idea, el trombón le replica, el piano accede a intervenir en la discusión, y el clarinete explica que lo mejor es cantar y bailar y no discutir en vano.”

Julio Coll: Variaciones sobre el jazz


Debido a las modas hoy en día apenas se ve un trombón en una orquesta de jazz. En los tiempos augúrales de Nueva Orleáns y el estilo Dixie era imposible contemplar un desfile de músicos de viento sin ver varios de estos instrumentos. Eran los tiempos –cosas de la moda, en que jazz se escribía ‘jass’, con dos eses y no con dos zetas. El trombonista más legendario era un músico hoy recordado sólo por los aficionados eruditos: Kid Ory. Los discos eran de pizarra, no de baquelita, menos aún plásticos y giraban a toda hostia; a 78 revoluciones por minuto, mientras una aguja del más duro acero los taladraba. Duraban tres minutos como máximo por cada cara (De ahí a un Mp 3, hay la misma distancia tecnológica que entre un carro de lanza y un módulo lunar). Así que los músicos, los del jazz, se entiende, sabían que no podían extenderse más de tres minutos con un tema. Esas variaciones de veinte minutos o más que se estilaron posteriormente, y que no siempre son más bellas y logradas que los temas ‘tresminutinos’, son fruto del avance tecnológico. ¿Hace falta decir que hay aficionados por ahí que dicen que aquella belleza breve no volvió a ser igualada posteriormente? Desde luego la monotonía estaba desterrada, había que aprovechar bien cada cara del disco veloz. Pero los discos posteriores permitieron muchas cosas, algunas buenas, otras tan malas como el aburrimiento pretencioso que casi acaba con el jazz. Y con los trombones, benditos sean.

Para el joven poseedor de un i-poc, un MP 3 o lo que sea le parecerá como a un astronauta una almadía de troncos el que pasáramos largas jornadas pegados a una radio –luego un ‘transistor’- intentando sintonizar emisoras holandesas o francesas, no digamos estadounidenses, que dieran jazz; porque aquí, en la sombría España de Franco -que sólo tenía oído para los toques de corneta de cuartel- , el jazz era semiclandestino y no estaba prohibido simplemente porque nuestros aliados, los chicos esos altos y algunos negros, de la cercana base de Torrejón próxima a Madrid, y casi los únicos que no practicaban el aislamiento internacional a la dictadura y por lo tanto mimados por el régimen, lo practicaban. Se rastreaban por las ondas emisiones extranjeras que transmitieran una audición de jazz con el mismo celo que un destructor empleaba el sonar buscando submarinos enemigos. Y cuando se encontraba, se comunicaba el hallazgo a los colegas por teléfono. Increíble, ¿eh? El crítico de Arte y poeta Cirlot era uno de aquellos pioneros mientras yo todavía berreaba entre pañales aún de algodón y no celulosa desechable, eso sí, con un swing muy peculiar.


En una de mis búsquedas por librerías de viejo conseguí un folleto de un famoso burdel de Storyville en Nueva Orleáns, el barrio del vicio de la ciudad fluvial. Lo hizo imprimir una de las prostitutas más ricas y famosas (está en Google) de la época y constructora y propietaria del famoso edificio. Traduzco:

El establecimiento, cuya fotografía puede verse reproducida sobre la portada de este folleto, ha sido construido especialmente para Miss Lulú White. Costó cuarenta mil dólares. El edificio consta de cuatro pisos y es de mármol. Posee cinco salones amueblados con exquisito gusto, y quince dormitorios. Cada habitación posee baño propio, con agua caliente e inodoros individuales. El ascensor para dos personas es la última moda. Toda la casa tiene calefacción central. Y es, sin dudarlo, el establecimiento más elegante de su género. La famosa mestiza que lo dirige, nació hace treinta y dos años en las Indias Occidentales. Llegada al país a una edad temprana, está felizmente dotada de una excelente educación, y sabe cómo hacer felices a los hombres.”

En ese local se escuchaba música lógicamente, jazz naturalmente. Y hoy es apropiadamente el Museo del Jazz, aunque burdel y barrio se clausuraron y el jazz hubo de emigrar a otra ciudad más negra aún, Chicago. Luego Nueva York, Los Ángeles, París, Barcelona…

O sea, que existen las misas negras; son las ‘jam session’. También existen las ‘buenas’ leyendas negras, como la que cuenta que Chet Baker tocó unas noches en el Jamboree de la Plaza Real de Barcelona mientras la VI flota deambulaba por las vecinas Ramblas. Pero no tocaba el trombón, como bien sabréis, sino la trompeta.

07/08/2009

No les echamos de menos (Cela, Umbral, Almodovar...)










"Lo mismo, lo mismo que te echo de menos, te echo de más"












No, no les echaremos de menos.



El talento y la bondad no tienen por que ir juntos por más que cierta visión ‘disneyana’ de la vida se empeñe en lo contrario. Cela y Umbral tenían en común ser autores dominadores absolutos del panorama cultural español por décadas y olvidados –probablemente de forma merecida- inmediatamente tras su óbito. Prolíficos y, sin paradoja que valga, autores, no obstante, de una sola obra inolvidable; Mortal y rosa, en el caso de Umbral, una estremecedora muestra de prosa lírica que bastaba para compensar los cientos de títulos superfluos de ese compulsivo practicante de la “prosa sonajero”. Cela, por su parte, tiene uno de los mejores y más canallas libros de viajes que se hayan escrito sobre España: Viaje a la Alcarria, en el que el desalmado autor navega por los páramos de Guadalajara con la misma mirada suprema y desdeñosa que los exploradores victorianos por el África tropical; un libro inolvidable muy por encima de los excesivamente celebrados La Colmena y Pascual Duarte y los cientos de títulos en los que se plagiaba a sí mismo en aras de su agotador y previsible tremendismo. Ambos eran detestables como personas.

Otro autor abundante con una sola obra meritoria, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, es el inefable Almodóvar, que comparte además con los dos anteriores su empecinado afán de copiarse e imitarse una y otra vez, de repetir agotadoramente modelo, y su inamovible habilidad para ser un tremendo propagandista de sí mismo, siempre recordándonos al resto de los mortales lo sumamente agradecidos que deberíamos estar por haberlos conocido.

De alguna forma tanta propaganda hacia sí mismos, esa suerte de síndrome Dalí, les aleja de lo que debería ser un artista y les transforma en atracciones turísticas. Ellos se lo buscan. Entre la fama y la gloria optan por la primera, más inmediatamente gratificante, y en este mundo masificado e infantilizado reclaman su parte, pero ese público masivo y masificado es lógico que reclame los palotes, la música repetitiva y elemental y las competencias físicas de patio de recreo, de forma que Bach y Tostoi no es que queden lejanos en el tiempo, sino muy por encima de lo demandado, y estos buscadores de aplauso se avienen finalmente y a pesar de su indudable talento a rebajarse.

No siempre, no obstante, esa vanidad insoportable es una característica de las “malas personas” con talento. El legendariamente antipático Rafael Sánchez Ferlosio, el mejor prosista en castellano desde los cronistas de Indias, se complace en denostar siempre que puede su mejor novela, y una de las mejores de la posguerra española, El Jarama, y en este caso su displicencia no deja de ser un desaire a la admiración de tantos buenos lectores, simétrica a la exigencia de tributo obligado, de admiración rendida de los Celas, Umbrales y Amodovares.

Por fortuna también se dan los casos inversos, como la hombría de bien del huraño Marsé, nuestro mejor novelista, o la timidez huidiza y buena igualmente del versátil y añorado Vázquez Montalbán. ¿Conclusión? La bíblica, “por sus obras los conoceréis” desde luego viene al caso.

Sus obras, tremendo misterio, no tienen porque estar en concordancia con sus vidas. Decía Voltaire que los monjes entraban en el convento sin conocerse, vivían sin amarse y se morían sin echarse de menos. Aparte de que lo anterior me parece una inmejorable definición de la mayoría de los matrimonios, creo que a esos artistas antipáticos les pasa lo mismo consigo mismos: no se conocen, no se aman y, por consiguiente, no les echamos de menos.

La Primera Meditación de Descartes




Entre los semicultos –y todos lo somos en cierta forma, salvo la creciente y abrumadora mayoría directamente inculta- es moda y norma elevar a ciertos pensadores, como Epicuro, por ejemplo, y denostar a otros, sin ir más lejos al gran Descartes. ‘Cartesiano’ es una invectiva que utiliza por ejemplo un conocido mío de forma peyorativa para significar un pensamiento estrechamente cuadriculado; algo tan absurdo como emplear ‘marxista’ o ‘darwinista’ con idénticos sentidos negativos. Lo cierto es que Descartes es uno de los principales forjadores del moderno pensamiento racionalista, algo que difícilmente podemos considerar negativo. Yo estoy leyendo ahora –por consejo de mi amigo Félix de Azua- las Meditaciones de Descartes, traducidas siempre entre nosotros, y es manía difícil de quitar, por Meditaciones metafísicas o filosóficas cuando el original francés no suele llevar apelativo alguno. Es un libro para leer en voz alta en presencia de amigos con los que discutir, tantas son las sugerencias diversas que suscita.

Como su título indica, es un libro que incita a pensar. En realidad, la preocupación inicial de Descartes, como explica en el prólogo dirigido a “Los señores Decanos y Doctores de la Sagrada Facultad de Teología de París” es que el escepticismo surgido del conflicto religioso entre Reforma y Contrarreforma se extendiera hacia el naciente pensamiento científico. Ese intento convirtió a Descartes en el padre de la filosofía moderna. Sin embargo, justo es reconocerlo, ahí también está el germen de ciertos prejuicios perdurables, como “la distinción real y verdadera entre el alma humana y el cuerpo”, haciendo de este último una máquina y de la primera su agente manipulador, una suerte de genio controlador del robot. Ese dualismo está hoy superado en la ciencia moderna, pero no en las gentes.

De las seis meditaciones que constituyen el tratado la primera es la esencial: expone las razones por las cuales podemos dudar generalmente de todas las cosas y en particular de las materiales. El escepticismo inicial como motor del progreso intelectual. La duda sistemática. “Meditación primera: De las cosas que pueden ponerse en duda”. Descartes la inicia admitiendo la gran cantidad de falsas opiniones que ha aceptado a lo largo de su vida como verdaderas, por lo que se propone rechazarlas y deshacerse de todas las recibidas en su educación para recomenzar con fundamentos más firmes. Si todos los fanáticos se hicieran este propósito el mundo sería más habitable. Para tan formidable tarea el filósofo dice haberse liberado de todas sus emociones (lo cual realmente no es creíble) y haber hallado el sosiego material preciso (“un reposo seguro en una apacible soledad”). En cualquier caso de dedica a destruir sistemáticamente todas sus antiguas opiniones. Ahí es nada.

La secuencia argumental de Descartes es magistral. La inicia exponiendo que uno no puede confiar en la realidad de los sueños o en las fantasías de los enajenados o locos, por increíbles o verosímiles que sean, pero aún así están formados por elementos reales; que podemos desconfiar de los sentidos (exactamente como nos muestra la física moderna), por ejemplo al contemplar un cuadro con criaturas mitológicas inexistentes, pero que los colores que los forman son reales, para concluir que podemos recelar de la física, la medicina o la astronomía, pero no de la aritmética que nos dice que dos personajes de nuestros sueños más otros tres forman siempre cinco en total.

Yo leo los periódicos exactamente con el mismo espíritu de la Primera Meditación cartesiana: dudo de sus conclusiones, de lo que se da por demostrado, pero sé al menos que dos y dos son cuatro (y si se trata de políticos al uso “me llevo una”)

Por cierto, en una época en que la cosmética viril aún no excedía a la femenina y la alopecia masculina no había implantado la dictadura de las pelucas empolvadas me encanta la imagen áspera de Descartes, menos parecida a la de un intelectual que a la de un maleante o un pirata. A cada lado del canal de La Mancha, Descartes y los de la Royal Society estaban forjando la ciencia moderna, sin pelucas, aunque todavía eran los últimos brujos y los primeros investigadores. Ya lo contaré.