Ya os he dicho más de una vez que para mí el verdadero lujo “imprescindible” lo dicta la física cosmológica: el espacio-tiempo. El espacio mínimo exigible, dado que no necesito un cortijo de miles de hectáreas ni un lujoso apartamento en Manhatan, ya lo tengo por fortuna. Dispongo de tiempo para mí, para “perderlo”, esto es, para ganarlo, pero ahí sí soy muy ávido y quiero más: la definitiva jubilación. Por eso he decidido escribir un best seller y forrarme. Pienso elegir el género más oportunista del momento, la novela histórica, en concreto la situaré en la Europa renacentista y rural. Pero no quiero desprenderme de todo atisbo de honestidad, así que, aunque vaya en contra de mis intereses haré una apuesta arriesgada: será buena. Bien escrita y coherente con los principios mínimos del tema.
Veréis, hay dos tipos de novelas históricas, buenas y malas, es decir, los mismos tipos que de novela en general. Las malas novelas históricas utilizan personajes históricos, Napoleón o Moztezuma, eso da igual y les inventan peripecias tan tópicas como falsas, afán desmesurado de conquista o credulidad cobarde ante los invasores, respectivamente. Luego basta con utilizar lo más tópico, Napoleón era bajito y dispéctico, Moctezuma era un indio con plumas que usaba vasos de oro para beber chocolate amargo aderezado con especias (aunque esto último puede ser demasiado erudito, no sé).
Las novelas históricas buenas, en cambio, respetan el marco histórico y lo que se inventan son los personajes, un joven aventurero que viaja a las Indias Occidentales o un panadero del Madrid de Galdos, pero no alteran las figuras relevantes que en realidad forman parte del decorado escrupulosamente establecido, sean las épocas de Napoleón o Moctezuma y ellos mismos. En eso las buenas novelas históricas se parecen en los mínimos exigibles a las buenas películas históricas, buen diseño de producción, ni un legionario romano con reloj de pulsera ni un arcabuz de varios tiros.
Y ahora la trama. Es lo mejor. He pensado en la Triste historia de Michel Morín, quizá la titule también tal que así: “La triste historia de Michel Morín”, aunque si fuera un film de un director de cine como Herzog la titularía más lacónicamente “La oveja”. Michel Morin es un bondadoso y perspicaz comerciante de vinos de Maugé, en Anjou, Francia. Estamos en el año 1553, el descubrimiento de América ya empieza a estar presente en Europa y hasta comienza a cambiar nuestros hábitos de alimentación. Michel tiene 65 años, buena presencia, respeto social –provee de vino para la Eucaristía a muchos obispados franceses- y una buena fortuna. Siempre ha trabajado duro y no ha tenido tiempo para casarse, sus padres murieron siendo él aún joven y no tiene hermanos ni parientes cercanos.
Entonces conoce a una bella muchacha mucho más joven, la corteja con éxito y se casan después de un breve noviazgo; sus suegros son más jóvenes que él. Inteligente pero no artero, no se le ocurre investigar someramente a su futura mujer; de hecho, su matrimonio es un lujo en un tiempo en el que este tipo de contratos no suelen incluir el enamoramiento como factor esencial, la muchacha tiene padres, hermanos y, si hubiera investigado, un par de hijos dados en adopción. No tiene en cambio patrimonio ni prácticamente dote. Y, como es lógico, la bella ha tenido pretendientes y, ya decimos, está lejos de ser virginal. Eso, su pasado amoroso, no le interesa al enamorado prometido que es además un hombre muy avanzado en ideas, que procura por precaución guardarse para sí en una época plena de policías del pensamiento. O el cree que ha sido cauteloso, aunque los vecinos y clientes “huelen” y detectan en él ciertas ideas peligrosas. En sus largos viajes comerciales ha leído mucho y cuenta entre sus autores favoritos a un noble compatriota y tocayo suyo, Michel Eyquem, Señor de Montaigne, cuyos ensayos, encuadernados lujosamente para viaje en una excelente piel de becerro en cuarto menor, le acompañan siempre. También suele llevar las obras morales del griego Plutarco. Podemos imaginar una escena casi cinematográfica en el interior de una cómoda y amplia casa que muestra el hermoso perfil de la primera ancianidad de Michel leyendo mientras arde un fuego en la chimenea y un hermoso lebrel está tendido a sus pies. (A Michel le encantan los animales y le encanta su esposa). De pronto entra esta, una muchacha guapa aunque algo vulgar, con una taza humeante de esa nueva bebida que llaman chocolate, su nombre azteca, o cacao, una bebida que, a escondidas cuando lo prepara y escupe en la jarra, ella considera un brebaje de paganos.
La muchacha viene de los establos, donde ha estado hablando furtivamente con el boticario, este quería algo más que hablar, pero ella le ha rechazado en ese momento interesada en perfilar el plan que urden ambos. Se ha excluido de antemano el veneno, porque el prefecto de la comarca ha llevado al cadalso a varios de los últimos envenenadores y envenenadoras. Ahora le tiende la taza y le hace arrumacos mientras el marido la contempla encantado, contento de no prestar oídos a ciertas maliciosas habladurías y, lo que es más doloroso, a ciertas bienintencionadas advertencias de algunos amigos; él ahora está muy ocupado pensando en que esta noche se siente fuerte para cumplir placenteramente con el débito conyugal. Fin de la secuencia. Vayamos al grano.
En 1553 Michel es acusado por su esposa Catherine, mujer temperamental, inconsciente y mucho más joven, de haber comprado una oveja para “gozar de ella carnalmente” y de haber pasado al acto bestial en tres oportunidades: el 13 de noviembre, el 25 de noviembre (¡día de Santa Catalina!) y el 1 de diciembre. Un vecino complaciente, también amante de la joven y boticario de profesión, afirma que Morin le confesó “preferir la oveja a su mujer”. El criado de la pareja, un tal Jeannot, sin duda también beneficiario de los favores de la adúltera, quizás desde antes de su matrimonio, confirma todas las acusaciones. El juez y preboste de Baugé hace arrestar a Michel Morin el 13 de diciembre. Este niega asombrado los hechos que se le reprochan y afirma, desengañado y perspicaz, que su mujer, su criado y el boticario montaron un complot para apoderarse de su fortuna. El juez, en un procedimiento de indagación típico de la época, manda que le torturen. Morín confiesa “haber comprado la oveja con la intención mencionada, pero sin embargo no haber concretado la copulación más que una vez”.
El 15 de enero de 1554 se le condena a ser ahorcado y quemado en un saco junto con la oveja. Sus bienes son confiscados en beneficio de su esposa. Dos años después de la ejecución de su anciano marido, esta se casa con el boticario.
[1]He pensado para el final del libro (o de la película, dirigida por Fernando Trueba que se estrenaría en el género histórico, con Ariadna Gil en el papel de Catherine y Ed Harris -no sé si estará disponible- en el del desventurado Michel) unas imágenes de la adúltera y perjura en plena posesión de la hermosa casa. Una columna de humo se levanta en el horizonte, tras un campo en el que pastan las ovejas con sus borregos, la de la ejecución; otra más modesta en el patio de la mansión, en el que Catherine está quemando los preciosos Ensayos de Montaigne. Otra mujer más madura (¿Ángela Molina?), antigua prometida que tuvo que dejarle marchar para que el emprendiera sus negocios en su juventud, llora mansamente mientras acaricia al lebrel de Michel, que ha escapado de su antiguo hogar y se aprieta a sus piernas.
Por supuesto el núcleo de la historia es absolutamente real, en especial los detalles de la acusación, proceso y ejecución. Otros no. También he deslizado algunos anacronismos para que sean detectados por críticos aviesos que los denuncien y ayuden a aumentar las ventas; no hay cosa más contraria al éxito de ventas que mi novela adquiera fama de erudita. Montaige, contemporáneo del pobre Morin, no empezó a publicar sus Ensayos hasta veintiséis años después de la muerte de su presunto lector. En cuanto a la taza de chocolate, este fue probablemente probado por Cristóbal Colón y más tarde por Hernán Cortés en fechas muy tempranas, pero como bebida dulce, tal y como lo conocemos, fue introducido en Europa más de medio siglo después de la ejecución de Morín, en 1606 por Francesco Carletti de regreso a Italia desde las Indias.
Ahora sólo me falta escribirlo, o escribir al menos el guión de la película, luego peregrinar por las editoriales (o las productoras), tras firmar un buen contrato, confiar en que se venda…demasiado tiempo para comprar tiempo. Soy perezoso, un tipo de talento muy frágil, como todos los que provienen de la infancia (acechar animales furtivamente, subir a los árboles, tirar piedras), y que no quiero perder a estas alturas. O dicho de otra forma: ya es suficientemente duro para un hombre cansado como yo subir una escalera como para tener, encima, que contarlo. Y quizás todo un bosque o una plantación de árboles se salvarán con mi hermoso gesto de renuncia.