TABLÓN DE ANUNCIOS

TABLÓN DE ANUNCIOS

1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

***

2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

***

3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


30/09/2009

Frases hechas





Quedan dos días para que no haya olimpiadas madrileñas. ¿Lo mejor enemigo de lo bueno?

Tengo hostilidad hacia las frases hechas (¿Hay frase no hechas?), más aún porque incurro en ellas como todo hijo de vecino sin darme a veces cuenta y aunque procure no hacerlo. Es muy difícil zafarse de eso que los franceses llaman literalmente “ideas recibidas” (¿Cuáles no lo son?). Pero escribir y hablar a base de coletillas es indudablemente una forma de empobrecer el idioma, de transitar por él con corsés y escayolas rígidas, o sea, uno corre el riesgo de terminar hablando como la mayoría de los políticos y de los comentaristas deportivos, es decir, muy mal. Y eso que hay frases hechas que, levemente retocadas, me gustan si no se abusa, como “Nadar en la ambulancia” o “Estar en el candelabro” (la primera iría de coña, pero la segunda me consta que no).

Una de ellas, que he empleado yo mismo muy conscientemente hace poco, además me despierta un suplemento de animosidad; es la siguiente: “Lo mejor es enemigo de lo bueno”. Me fastidia porque me suena a la típica frase pedrada que te lanzan cuando reclamas algo justo y te ofrecen algo mediocre y lejanamente aproximativo. Por eso, supongo, le debe encantar la puñetera frasecita a tanto individuo con cierto poder cuando no hace lo que debe, ni siquiera lo que puede, que sería suficiente, sino lo que le da la real gana o lo que le viene bien.

Y, sin embargo, la frasecita puede ser algo más esclarecedora si la tratamos como una ecuación, con honestidad algebraica, x = y + z, y sustituimos las variables por valores concretos para despejar la incógnita. ¿Qué cosa concreta “mejor” es enemiga de lo “bueno”? Pues, por poner un ejemplo -que se que la va a liar, pero la fatalidad me lo dicta-, el aborto regulado en forma de una ley de plazos. Eso es, en mi opinión (veis que lo he subrayado), ‘bueno’ en relación a una situación completamente desregulada o amparada en supuestos amañados y amañables. Lo ‘mejor’, por supuesto, sería que la educación sexual de jóvenes y no tantos fuera tan excelsa y que las coberturas protectoras de la sociedad fueran tan estupendas, y que este mundo fuera tan cojonudo que los abortos no tuvieran sentido.

Igualmente se puede utilizar con el tema en que “x” es la prostitución y lo bueno es regularla y lo mejor que no hubiera necesidad de que existiera.

No obstante, la dichosa frasecita me sigue dando un tufillo espantoso que no es ni bueno ni mejor.

Lo mejor es enemigo de lo bueno, abreviadamente LMELB, se supone que es una sensata advertencia contra los perfeccionismos imposibles. Ya. Y una coartada para la mediocridad imperante ¿No? Y también para justificar barbaridades: se invade un país, se matan unos cientos de miles de personas, pero es para llevarles la democracia, como quien les lleva pozos de agua potable, hospitales y carreteras. A eso también se le llama a veces "mal menor".


(Una leyenda que corre por la Red es que si traduces LMELB al inglés, luego al chino y repites y reiteras el proceso usando ‘Babelfish’ la frase final queda tal que: “El primer problema es el enemigo del buen comportamiento”???!!!)

Pero donde mejor y más nítidamente encuentro aplicación a la frasecilla es con las olimpiadas en Madrid. Lo mejor: que NO nos las concedan (¡lo que le faltaba a Madrid!) y que Gallardón en vista de eso dimita y se aleje para siempre de la vida política, es enemigo de lo bueno: que no nos la concedan, pero Gallardón continúe inventando pretextos para seguir poniendo esta pobre ciudad patas arriba una y otra vez. (¡Cielos! ¿acaso es bueno eso?)

Todo esto sólo me demuestra que es muy posible que jamás nos pongamos de acuerdo en qué es lo ‘mejor’ y qué es lo ‘bueno’, y se nos escape todavía más eso de “mal menor” (que a menudo es un mal gordísimo para algunos). Definitivamente, las frases hechas, mejor dicho: prefabricadas son una porquería, al igual que las ideas no (amablemente) recibidas, sino (brutalmente)inyectadas (adoctrinadas).

28/09/2009

Un epigrama, una anécdota, una canción y una o dos oraciones (o dos canciones)





UNO

Mita ha publicado un post sobre el dilema del aborto, con honestidad y no apuntándose a uno de los dos bandos simplistas:

http://corrientesdeaguayazahar.blogspot.com/2009/09/aborto.html

No estoy completamente de acuerdo con ella, en completo desacuerdo mucho menos, pero se me ocurre una suerte de aforismo, epigrama, conseja o lema de gobierno que vendría al pelo:


“Hay que construir sociedades mejor educadas en el vicio que castigadas por la virtud”


No sé si me entiende, pero también es aplicable a los borrachos y el ‘botellón’.


DOS

Final de los años treinta. Perseguido por los nazis y superviviente nato (debería dedicarle una ‘peli’ Tarantino), Bertold Brecht se apaña para llegar hasta Santa Mónica, California, donde ya a salvo confirma todos sus prejuicios sobre las sociedades capitalistas extremas. Por su parte, corriendo delante de los mismos y en esas mismas fechas, el pobre Walter Benjamin se suicida en la frontera española ante el temor de ser entregado a sus perseguidores.

Unos meses antes en Berlín, con las cosas poniéndose cada vez más feas, W.B. le preguntó a B.B. si estaba pensando en huir a Moscú. La legendaria respuesta de Brecht fue:


“Soy comunista, no idiota”.




TRES

Me suele pasar con muchos cantantes: me gustan al principio, cuando los descubro, pero luego, muy a menudo, me terminan hastiando. Es decir, no tengo madera de “fan”, aunque los que pasan la prueba del tiempo: Leonard Cohen, Tom Waits, Van Morrison, se quedan conmigo para siempre. Fito Fitipaldi cada vez me gusta menos, pero me siguen encantando los títulos de sus canciones, verdaderos hallazgos semióticos, como:


“Lo más lejos, a tu lado”


CUATRO

Y como oración para rezar un ateo irredento como yo, nada mejor que las primeras estrofas de la famosísima canción de Leon Greco:


“Sólo le pido a Dios
que el dolor no me sea indiferente,
que la reseca muerte no me encuentre
vacío y solo sin haber hecho lo
suficiente”

Amen

Y como blasfemia –porque hay blasfemias y blasfemias y yo no creo que siempre sean una oración inversa- me quedó con la de Samuel Beckett (otros se la atribuyen a San Agustín):


“¿Qué leches hacía Dios antes de la creación?”

21/09/2009

La pereza como talento antropofuguista



(Queremos tanto a Julio)


Hoy me apetece poneros tristes, que huela fuerte a lunes, como intuye Juan José Millás, que tengan razón los días laborables, como afirmaba Gil de Biedma. Pero no quiero ser sentencioso y ponerme en plan: “la vida es un camino de dirección única (hacia abajo)” ni usar trucos como los que a pesar de todo recomendaba el gran Julio Cortazar en sus instrucciones para llorar, como pensar en un pato cubierto de hormigas o, mucho peor, en vosotros mismos.

Todo el mundo sabe que algunos vicios empeoran con la edad. Es decir, los vicios mejoran y tú empeoras. Sin embargo, un número igual de inmenso de personas que sumergidas en la opinión general desplazan un volumen igual de gordo de tópicos hacia arriba, parecen ignorar que hay un cierto tipo de talentos, virtudes y capacidades que son tan frágiles que no sólo disminuyen, sino que suelen desaparecer con la edad. Más concretamente: con el paso de la infancia a las edades adultas. Yo mencionaba en el post anterior la pereza, que me impedía escribir el best seller que me permitiría, paradójicamente, entregarme a la pereza sin mayores problemas.

Claro, la gente –“la gente” son, para aclararlo, lo que Sartre llamaba”los otros”, cuando decía aquello tan fúnebre y cierto de “el infierno son los otros”. Si queréis una frase tipo de ‘gente’ aquí va, bien sencilla: “¡Qué gente!"-, la gente, digo, confunde la pereza del niño con la ataraxia adolescente, la vaguería del joven, el estatus de funcionario vitalicio del adulto o la permanencia en el banco al sol del anciano. Nada más lejos, todas las actitudes antes mencionadas son distintas entre sí y con la maravillosa pereza infantil. Esta no es una actitud, sino una aptitud. El adulto que se levanta temprano para ir al trabajo siente el mundo como una masa pegajosa en la que hay que abrirse paso, su desgana es simple atasco, como la de un triciclo en el barro; el niño remolón, sin embargo, puede estar descubriendo continentes enteros que son ‘terra incógnita’ y lo que no tiene es tiempo para perderlo en la escuela.

La auténtica pereza es un estado precoz del alma que luego se pierde, insisto. La que te hace rebullir en la cama calentita a la hora de levantarte para ir al colegio, la que te impide abrir los ojos cuando tendido a pleno sol ves literalmente el mundo de color de rosa a través de la sanguínea cortina de los párpados, la que hace que puedas permanecer horas soñadoramente ante un plato de espinacas. La pereza supone estar con todos tus sentidos y nervios dispuesto a no hacer nada. Por eso desperezarse no es quitarse la pereza, sino disfrutarla con una serie de estiramientos a veces convulsos, otros, lánguidos.

Sí, señores míos, hay un cierto tipo de talentos infantiles que son muy frágiles, los destruye la ‘somatotropina’, también conocida como hormona del crecimiento. Empiezas a medir más de un metro veinte y aquella capacidad de acechar furtivamente a otras criaturas –una rana, un pájaro- que envidiaría cualquier comanche, desaparece. O esa intensa, no sólo escondida, y a la vez descuidada forma de observar; también la perspicacia que te hacia notar que tu vieja tía soltera olía como el fondo del armario de tu abuela, su madre, lo cual encontrabas lógico, como el niño lactante huele a teta y la susodicha teta a niño. Y se pierde cierto modo de andar, saltar y correr que es la misma quintaesencia del ser errabundo: del vagar. Y una concentrada forma de ensoñación al hacer ciertas cosas: un niño ensimismado jugando con unas piedras al borde de un río (construye universos).

Sí, ciertas formas de niñez son un talento fugaz, más evanescentes que la belleza. Qué digo: son belleza, como la santidad sin ignorancia y la degradación sin humillación de algunos afortunados ancianos.

El talento es barato, se gana y se pierde inadvertidamente con gran facilidad. Lo caro es mantenerlo, y el trabajo duro. Y a pesar de eso, de entre todas las virtudes, yo prefiero la pereza. Como todo lo prohibido el placer perezoso es mayor si uno siente un poquito sentimiento de culpa. Y te impulsa a terminar las cosas, tras muchas intentonas, para poder luego dedicarte a no hacer nada, por lo que los perezosos somos trabajadores muy fiables, sin paradoja que valga.

Una vez alguien me dijo: “tienes ojos de niño malo”. No, tengo ojos de niño perezoso.

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P.D.- Mi corrector de pruebas no me acepta ‘antropofuguismo’ (las hormigas son las verdaderas reinas de la creación, si no comprobadlo viajando a los trópicos o dejando el frasco de mermelada abierto), y eso que yo le podría invocar autoridades como la del "Máximo Cronopio" a cuya bendita memoria dedico este lamentable post. Pero mi Corrector, que tantas veces me cabrea aunque suelo desconectarle, no lo hace por pereza, ya que el pobre no tiene, sino por falta de imaginación, que tampoco.

17/09/2009

La oveja (¿Una novela histórica?)



Ya os he dicho más de una vez que para mí el verdadero lujo “imprescindible” lo dicta la física cosmológica: el espacio-tiempo. El espacio mínimo exigible, dado que no necesito un cortijo de miles de hectáreas ni un lujoso apartamento en Manhatan, ya lo tengo por fortuna. Dispongo de tiempo para mí, para “perderlo”, esto es, para ganarlo, pero ahí sí soy muy ávido y quiero más: la definitiva jubilación. Por eso he decidido escribir un best seller y forrarme. Pienso elegir el género más oportunista del momento, la novela histórica, en concreto la situaré en la Europa renacentista y rural. Pero no quiero desprenderme de todo atisbo de honestidad, así que, aunque vaya en contra de mis intereses haré una apuesta arriesgada: será buena. Bien escrita y coherente con los principios mínimos del tema.

Veréis, hay dos tipos de novelas históricas, buenas y malas, es decir, los mismos tipos que de novela en general. Las malas novelas históricas utilizan personajes históricos, Napoleón o Moztezuma, eso da igual y les inventan peripecias tan tópicas como falsas, afán desmesurado de conquista o credulidad cobarde ante los invasores, respectivamente. Luego basta con utilizar lo más tópico, Napoleón era bajito y dispéctico, Moctezuma era un indio con plumas que usaba vasos de oro para beber chocolate amargo aderezado con especias (aunque esto último puede ser demasiado erudito, no sé).

Las novelas históricas buenas, en cambio, respetan el marco histórico y lo que se inventan son los personajes, un joven aventurero que viaja a las Indias Occidentales o un panadero del Madrid de Galdos, pero no alteran las figuras relevantes que en realidad forman parte del decorado escrupulosamente establecido, sean las épocas de Napoleón o Moctezuma y ellos mismos. En eso las buenas novelas históricas se parecen en los mínimos exigibles a las buenas películas históricas, buen diseño de producción, ni un legionario romano con reloj de pulsera ni un arcabuz de varios tiros.

Y ahora la trama. Es lo mejor. He pensado en la Triste historia de Michel Morín, quizá la titule también tal que así: “La triste historia de Michel Morín”, aunque si fuera un film de un director de cine como Herzog la titularía más lacónicamente “La oveja”. Michel Morin es un bondadoso y perspicaz comerciante de vinos de Maugé, en Anjou, Francia. Estamos en el año 1553, el descubrimiento de América ya empieza a estar presente en Europa y hasta comienza a cambiar nuestros hábitos de alimentación. Michel tiene 65 años, buena presencia, respeto social –provee de vino para la Eucaristía a muchos obispados franceses- y una buena fortuna. Siempre ha trabajado duro y no ha tenido tiempo para casarse, sus padres murieron siendo él aún joven y no tiene hermanos ni parientes cercanos.

Entonces conoce a una bella muchacha mucho más joven, la corteja con éxito y se casan después de un breve noviazgo; sus suegros son más jóvenes que él. Inteligente pero no artero, no se le ocurre investigar someramente a su futura mujer; de hecho, su matrimonio es un lujo en un tiempo en el que este tipo de contratos no suelen incluir el enamoramiento como factor esencial, la muchacha tiene padres, hermanos y, si hubiera investigado, un par de hijos dados en adopción. No tiene en cambio patrimonio ni prácticamente dote. Y, como es lógico, la bella ha tenido pretendientes y, ya decimos, está lejos de ser virginal. Eso, su pasado amoroso, no le interesa al enamorado prometido que es además un hombre muy avanzado en ideas, que procura por precaución guardarse para sí en una época plena de policías del pensamiento. O el cree que ha sido cauteloso, aunque los vecinos y clientes “huelen” y detectan en él ciertas ideas peligrosas. En sus largos viajes comerciales ha leído mucho y cuenta entre sus autores favoritos a un noble compatriota y tocayo suyo, Michel Eyquem, Señor de Montaigne, cuyos ensayos, encuadernados lujosamente para viaje en una excelente piel de becerro en cuarto menor, le acompañan siempre. También suele llevar las obras morales del griego Plutarco. Podemos imaginar una escena casi cinematográfica en el interior de una cómoda y amplia casa que muestra el hermoso perfil de la primera ancianidad de Michel leyendo mientras arde un fuego en la chimenea y un hermoso lebrel está tendido a sus pies. (A Michel le encantan los animales y le encanta su esposa). De pronto entra esta, una muchacha guapa aunque algo vulgar, con una taza humeante de esa nueva bebida que llaman chocolate, su nombre azteca, o cacao, una bebida que, a escondidas cuando lo prepara y escupe en la jarra, ella considera un brebaje de paganos.

La muchacha viene de los establos, donde ha estado hablando furtivamente con el boticario, este quería algo más que hablar, pero ella le ha rechazado en ese momento interesada en perfilar el plan que urden ambos. Se ha excluido de antemano el veneno, porque el prefecto de la comarca ha llevado al cadalso a varios de los últimos envenenadores y envenenadoras. Ahora le tiende la taza y le hace arrumacos mientras el marido la contempla encantado, contento de no prestar oídos a ciertas maliciosas habladurías y, lo que es más doloroso, a ciertas bienintencionadas advertencias de algunos amigos; él ahora está muy ocupado pensando en que esta noche se siente fuerte para cumplir placenteramente con el débito conyugal. Fin de la secuencia. Vayamos al grano.

En 1553 Michel es acusado por su esposa Catherine, mujer temperamental, inconsciente y mucho más joven, de haber comprado una oveja para “gozar de ella carnalmente” y de haber pasado al acto bestial en tres oportunidades: el 13 de noviembre, el 25 de noviembre (¡día de Santa Catalina!) y el 1 de diciembre. Un vecino complaciente, también amante de la joven y boticario de profesión, afirma que Morin le confesó “preferir la oveja a su mujer”. El criado de la pareja, un tal Jeannot, sin duda también beneficiario de los favores de la adúltera, quizás desde antes de su matrimonio, confirma todas las acusaciones. El juez y preboste de Baugé hace arrestar a Michel Morin el 13 de diciembre. Este niega asombrado los hechos que se le reprochan y afirma, desengañado y perspicaz, que su mujer, su criado y el boticario montaron un complot para apoderarse de su fortuna. El juez, en un procedimiento de indagación típico de la época, manda que le torturen. Morín confiesa “haber comprado la oveja con la intención mencionada, pero sin embargo no haber concretado la copulación más que una vez”.

El 15 de enero de 1554 se le condena a ser ahorcado y quemado en un saco junto con la oveja. Sus bienes son confiscados en beneficio de su esposa. Dos años después de la ejecución de su anciano marido, esta se casa con el boticario.[1]

He pensado para el final del libro (o de la película, dirigida por Fernando Trueba que se estrenaría en el género histórico, con Ariadna Gil en el papel de Catherine y Ed Harris -no sé si estará disponible- en el del desventurado Michel) unas imágenes de la adúltera y perjura en plena posesión de la hermosa casa. Una columna de humo se levanta en el horizonte, tras un campo en el que pastan las ovejas con sus borregos, la de la ejecución; otra más modesta en el patio de la mansión, en el que Catherine está quemando los preciosos Ensayos de Montaigne. Otra mujer más madura (¿Ángela Molina?), antigua prometida que tuvo que dejarle marchar para que el emprendiera sus negocios en su juventud, llora mansamente mientras acaricia al lebrel de Michel, que ha escapado de su antiguo hogar y se aprieta a sus piernas.

Por supuesto el núcleo de la historia es absolutamente real, en especial los detalles de la acusación, proceso y ejecución. Otros no. También he deslizado algunos anacronismos para que sean detectados por críticos aviesos que los denuncien y ayuden a aumentar las ventas; no hay cosa más contraria al éxito de ventas que mi novela adquiera fama de erudita. Montaige, contemporáneo del pobre Morin, no empezó a publicar sus Ensayos hasta veintiséis años después de la muerte de su presunto lector. En cuanto a la taza de chocolate, este fue probablemente probado por Cristóbal Colón y más tarde por Hernán Cortés en fechas muy tempranas, pero como bebida dulce, tal y como lo conocemos, fue introducido en Europa más de medio siglo después de la ejecución de Morín, en 1606 por Francesco Carletti de regreso a Italia desde las Indias.

Ahora sólo me falta escribirlo, o escribir al menos el guión de la película, luego peregrinar por las editoriales (o las productoras), tras firmar un buen contrato, confiar en que se venda…demasiado tiempo para comprar tiempo. Soy perezoso, un tipo de talento muy frágil, como todos los que provienen de la infancia (acechar animales furtivamente, subir a los árboles, tirar piedras), y que no quiero perder a estas alturas. O dicho de otra forma: ya es suficientemente duro para un hombre cansado como yo subir una escalera como para tener, encima, que contarlo. Y quizás todo un bosque o una plantación de árboles se salvarán con mi hermoso gesto de renuncia.
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[1] Datos exactos del proceso y ejecución extraídos de : Dubois-Desaulle, Étude sur la bestialité du point de vue historique, médical et juridique. París, 1905, pp 154-157. Citado por Michel Pastoureau (ver post anterior) Una historia simbólica de la Edad Media occidental, BBAA, Katz Editores, 2006. El resto de referencias a Morin son invención mía, éxito en los negocios, etc.

16/09/2009

El animal más malo del mundo no es el toro de Tordesillas ni tampoco los tordesillanos


Y el animal más malo del mundo es…

Es una certeza absoluta que el animal más pernicioso del planeta es el hombre, no tanto para los demás animales, como afirman los ecologistas, que también, sino sobre todo para el propio hombre. Lamentablemente Hobbes –ni Plauto que fue el primero- no sabía zoología, porque si el hombre fuera un lobo para el hombre nos dejaríamos en paz unos a otros, pero lo malo es que no, el hombre es un hombre para el hombre, para los osos pandas y hasta para los virus. A cambio, junto al cerdo y al perro, el hombre es también el animal más benéfico para el hombre, cosas paradójicas de nuestro comportamiento.

Probablemente por ese bien merecido complejo de culpa, de ser sin duda los más malos, siempre hemos estado buscando otro animal que lo sea más que nosotros. En Europa, el pobre lobo se ha llevado ese estigma, en ocasiones el oso, y para los más viajados, el tiburón, pero el tiburón, por un lado, tiene un cerebro pequeñito y eso sólo le da para repartir mordiscos, pero no idear maldades sofisticadas. A los financieros y empresarios que se dedican a forrarse a costa de todos nosotros, a despedir empleados y a idear malignas fusiones que desestabilizan países o provocan hambrunas se les llama muy equivocadamente “tiburones” (de los negocios), pero no es el caso, porque el escualo alguna vez llega a hartarse de comer y nuestro predador bípedo jamás se hartará de hacerse rico a costa de la miseria ajena. No hay color.

Pero pongamos que hay animales dañinos, que es un término tampoco muy objetivo (¿dañino para quien?, para algunos de nosotros, claro), pero algo más que ‘malo’. Animales puñeteros a título individual o colectivo, en cuyo último caso se les llama plagas. ¿Qué ha hecho el ser humano con ellos antes de inventar el DDT y la extinción en masa? Pues veréis, imaginación no ha faltado, los ha conjurado, exorcizado y excomulgado, todo ello con sus respectivos y apropiados rituales. Previamente los ha conminado o ha emprendido actividades profilácticas varias, como penitencias, procesiones rogativas, aspersión de agua bendita y ostentación de reliquias. Finalmente, cuando se ha capturado a los culpables, sobre todo a título individual, se les ha encarcelado, torturado, desmembrado, ahorcado, quemado…Los objetos de estos asuntos han sido desde ratas, ratones de campo, saltamontes, moscas o babosas, hasta cerdos o mulas.

Pastoureau, un maravilloso historiador y medievalista francés, que es de quien obtengo estos datos[1], me advierte y yo lo hago con vosotros, que ahorcar o quemar cerdos y excomulgar ratas o insectos no es exactamente lo mismo. Leyendas como la del flautista de Hamelín, al parecer basada en hechos reales, dan cuenta de estos sucesos. En 1120 en Francia el obispo Barthélemy, como si tratara con herejes, declara “malditos y excomulgados” a los ratones de campo y las orugas que invadieron los campos. Estos asuntos prosiguen por siglos, así en Valencia en 1543 contra las babosas, y en Grenoble en 1585 contra las orugas, a las que se invita amablemente a retirarse a territorios no cultivados antes de excomulgarlas.

No obstante, aunque menos numerosos y documentados, son los casos contra grandes animales domésticos los más sorprendentes. En 1386, en Falaise, Normandía, se aprisiona, juzga, condena, tortura y ajusticia a una cerda de tres años. A la ejecución pública asistieron los vecinos con sus respectivas piaras de cerdos para que vieran el ejemplo. El verdugo la cortó en vida el morro y un muslo, luego la colgó de los corvejones traseros de una horca hasta que sobrevino la muerte; tras la muerte se simuló su estrangulamiento, se la acarreó con una yegua dando varias vueltas a la plaza, se la colocó en una hoguera y se la quemó. No consta que se hicieron con sus cenizas. El vizconde o ‘baília’ de Falaise presidió toda la ceremonia. Quedan documentos que atestiguan todo el proceso, sobre todo menciones contables de los gastos devengados por mantener al animal en prisión más los honorarios del verdugo, pero se ha perdido un maravilloso testimonio gráfico, un mural que daba cuenta del suceso en la iglesia de la localidad, destruida en el siglo XIX. El pobre animal, la cerda supliciada, fue vestido con ropas humanas, “vestida con chaqueta, calzones, calzas en las patas traseras, guantes blancos en las patas delanteras”. El delito del animal fue comerse la cara y un muslo de un niño de corta de edad mientras su padre, un labrador, dormía la siesta.

Es fácil mirar con displicente ironía estas acciones de los antiguos’, pero no deberíamos apresurarnos. Ayer, en pleno siglo XXI, en una ciudad vallisoletana de histórica alcurnia se torturó a un toro por ser un toro y no porque hubiera cometido alguna maldad concreta. Se le alanceó torpemente hasta la muerte y se hizo befa del cadáver. Se trata de la fiesta (?) del toro de Tordesillas, considerada de interés tradicional. Ni siquiera fue una ejecución realizada por un profesional eficiente, sino un más burdo y menos piadoso linchamiento multitudinario. Desde luego, como en todo hay grados, y los antitaurinos estarán de acuerdo conmigo que es infinitamente preferible que del asunto de matar toros se encarguen profesionales más eficaces y que intentan dar cierta belleza y oportunidad al animal, como es el caso de las corridas; en cambio estos festejos populares no tienen ninguna de las dos coartadas.

Yo no soy responsable de las tonterías de obispos o vizcondes del pasado, pero tampoco admito acusaciones generales sobre el comportamiento humano que sirvan para escurrir el bulto y repartir difusamente las responsabilidades. Los vecinos de Tordesillas que asisten al brutal festejo o participan directamente son los bestiales responsables –me imagino a los chavales conociendo encantados el aval que les concede la tradición: por fin la “cultura” es divertida y emocionante-, de la misma forma que hay cuatro grandes jinetes del Apocalipsis responsables de hacer más inviable la vida en el planeta, y no todos los humanos que la padecemos o, como máximo, asistimos sin cambiarlo tenemos más que esa responsabilidad de la inacción en ello. Declaraciones genéricas del tipo “el hombre en su locura” a la que tan afectos son algunos ecologismos sólo cumplen esa misión de difusión de responsabilidades.

Esos cuatro jinetes son las grandes entidades especulativas financieras, y las multinacionales del armamento, alimentarias y farmacéuticas. Las cuatro tienen un pequeño escudero: la ignorante brutalidad de la masa que no es pueblo ni ciudadanía.

Esos son los animales más malos, financieros y hombres de poder que trafican con la pobreza, la muerte, la salud y el hambre de millones de humanos, que pueden deponer gobiernos o borrar del mapa países, iniciar guerras o hambrunas. Son los más malos, pero los más brutos e ignorantes, que es otro asunto, puede que sean algunos festivos participantes de tradicionales fiestas populares. Cada cosa en su sitio. Y no debemos olvidar que el explosivo más poderoso que se ha descubierto, el único realmente capaz de borrar del mapa comunidades humanas y al resto de seres vivos que comparten con nosotros el planeta y quizás al propio planeta, se compone de codicia y de...ignorancia.
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[1] Michel Pastoureau: Una historia simbólica de la Edad Media Occidental. Katz editores, Buenos Aires, 2006 (Original en francés de Editions du Seuil, Paris, 2004)

15/09/2009

Las ansiadas recomendaciones de Lansky para sobrellevar la gripe A





¿Creíais que os había abandonado a vuestra suerte o, lo que es peor, al albur del Ministerio de Sanidad o de las Consejerías correspondientes? Pues aquí estoy, puntual como la propia gripe y los catarros. No os constipéis hasta leer esto.

Los virus son unos seres muy peculiares. Están a medio camino –caso de conocer el camino, cosa que aún no esta clara- entre los seres vivos y los inertes. Porque tienen material genético (y poco más: una cubierta proteínica que lo contiene y que se parece a una cápsula espacial), pero es Ácido Ribonucléico (no se puede esnifar), ARN, y no el consabido ADN, con una sola cadena de nucleótidos y no dos trenzadas en hélice como es obligatorio en los demás organismos. Y no mueren; en circunstancias adversas pueden cristalizar, como la sal marina o los diamantes, y volver a revivir eones después. Son parásitos obligados, no opcionales, que sólo pueden reproducirse en el interior de una célula viva y utilizando para ello los sistemas orgánicos de dicha célula. Y no les afectan ninguno de los venenos, incluidos los antibióticos que acaban con las demás infecciones microbianas, como las bacterias.

Los virus más contagiosos en humanos y el resto de los primates son los que se difunden por el aire y afectan inicialmente a las vías respiratorias, los causantes de las gripes y catarros. Afortunadamente suelen ser poco mortíferos, porque sus huéspedes, nosotros, solemos desarrollar anticuerpos que los rechazan, pero tienen una gran facilidad para mutar, cambiar su material genético en muy poco tiempo. Comparados con el virus del Sida, que precisa intercambio de fluidos entre organismos portadores y receptores, son mucho más contagiosos; afortunadamente suelen ser menos mortíferos. Cuando las dos habilidades: contagio y morbilidad se unen, como el famoso caso de la “gripe española” de final de la Primera Guerra Mundial entonces la pandemia puede ser terrible, causando la muerte de decenas de millones de humanos (más que la de muertos en los mismos combates de la citada guerra). Además, esa misma capacidad de mutación se une con la de recombinar (mezclar) material genético entre sí, por ejemplo de un virus que afecta a aves con otro que nos afecta a nosotros o con otro que afecta a los cerdos. En fin, que los virus no tienen las barreras entre especies distintas de los organismos superiores que hacen imposible el cruce (quimera) entre vaca y cerdo, por ejemplo; de hecho, el propio concepto de especie biológica no es aplicable a ellos.

El actual H1N1 de la gripe A es un virus que ha recombinado uno que afecta a los pollos de consumo domésticos con otro que afecta a cerdos (chinos y estadounidenses) y con otro de la gripe estacional humana. Es igual de contagioso que los de la gripe estacional de todos los inviernos y menos mortífero por el momento que este último, aunque las estadísticas son dudosas y difíciles de conseguir (hay que conocer el denominador de ese índice: es decir, el número de casos totales de afectados y no sólo el de muertos: numerador)

A estos virus les gusta estar calentitos, de ahí que suba la fiebre y les dé igual (A las bacterias no, de ahí que la fiebre sea un mecanismo natural de defensa, salvo en algunos casos, como los meningococos de la meningitis).

Mis recomendaciones son: que os aprovisionéis de aspirinas, caldo de pollo, zumos y libros y novelas policíacas. Meteros en la cama mientras dure la fiebre, hidrataros bebiendo mucho y comiendo poco alimento sólido, no os enfriéis (podríais coger un neumococo y la consiguiente pulmonía, que es bastante mortal sino se trata con antibióticos de espectro específico), no hagáis ejercicio físico. No toméis tamiflu, salvo que deseéis incrementar la fortuna de Rumsfeld que tiene el monopolio de la cosecha del anís estrellado chino con el que se elabora y que ha cedido a los laboratorios Roche por una fortuna, ni os vacunéis salvo que seáis enfermos crónicos de pulmones o corazón. No vacunéis a vuestros niños ni a vuestros ancianos si están razonablemente sanos ni acudáis a los centros de salud ni urgencias, salvo que no remita el malestar a la semana de haber comenzado o se agrave.

Y luego lo que dice el ministerio: no os beséis, lavaros las manos (esto también cuando no tengáis la gripe y durante toda vuestra vida), no estornudéis en la cara de la gente, evitar el metro y los sitios cerrados y hacinados y el trato afectuoso con cerdos, pollos y directores generales.

http://seniales.blogspot.com/2009/04/el-tamiflu-donald-rumsfeld-y-el-negocio.html

14/09/2009

Nacionalistas y 'trolls'


Aquellos que se preguntan lastimeramente por qué los nacionalistas son tan “cerrados” me recuerdan un cuento que podríamos calificar de cheli-zen:

-Maestro, ¿por qué cada vez que bebo mi té veo también las estrellas?
-Porque no sacas la cucharilla de la taza, gilipollas.

Si sacas la cucharilla que metida en el ojo te impide ver el resto de inmenso mundo ancho y afortunadamente ajeno dejas naturalmente de ser nacionalista y punto.

Yo siempre había pensado que los famosos ‘trolls’ de las leyendas y el folclore del Norte de Europa tenían su origen en los neandertales que habrían persistido en la memoria de las gentes, avivada tras fugaces y remotas apariciones, mucho después de su extinción, dada la persistencia de las tradiciones orales; y lo mismo con el yeti. Me basaba también en su condrodistrófico y simiesco aspecto, pero también en mi idea de que el empuje de los modernos sapiens, los exitosos cromañones, les había hecho refugiarse en las hostiles soledades de la tundra. Pero dos hechos me han conducido a revisar mi teoría; de un lado, la propia paleoantropología, aunque confirma la hipótesis del refugio lo localiza más bien al otro extremo de Europa, de modo que los pobres primos se habrían ido al Sur de Portugal y hasta Gibraltar, donde se hallan los restos más recientes. El otro es de raíz literaria, como los propios trolls.

Borges apoyaba una mordaz sugerencia de Ibsen, el dramaturgo noruego de Casa de muñecas, según la cual los ‘trolls’, esos horrendos ogros que habitan los míticos páramos septentrionales, son, por encima de todo, nacionalistas. “Piensan, o tratan de pensar que el brebaje atroz que fabrican es delicioso y que sus apestosas cuevas son alcázares”. Uhm, curioso. A mí me gusta el chacolí, que ha mejorado bastante desde su papel inicial de sucedáneo del vino, y los caldos del Penedés y de Alella (estupendos blancos), la costa del País Vasco me parece primorosa con esos puertecitos de bravos pescadores, y el Ampurdán, junto con la Toscana y la Provenza, me parece el paisaje “culto” más bello del mundo mediterráneo. Dicho esto, me parece muy acertada la metáfora ibseniana-borgiana de los nacionalistas como trolls con una aguda falta de percepción en la riqueza del resto del mundo y en la sobrevaloración de sus supuestas arcadias.

Pío Baroja, que afirmaba que el nacionalismo se 'curaba' viajando, se complicaba menos la vida. En sus tiempos los abertzales se llamaban carlistas y eran igual de retrógrados que ahora y usaban boina roja; así que el bueno de don Pío los definió zoológicamente como una suerte de trolls también, pero añadió que tenían cresta roja, vivían en las montañas y “cuando bajan al llano atacan al hombre.”

Y sin embargo el bilingüismo es una bendición que permite habitar mundos paralelos y nunca antagónicos.

11/09/2009

Una diatriba contra las editoriales españolas




Todas las editoriales españolas que tienen éxito son una mierda

Todas las editoriales españolas nuevas y prometedoras:
a) si se mantienen se convertirán en una mierda
b) y si no desaparecerán.

Tomemos, a guisa de ejemplo, dos grandes editoriales de éxito (una engullida por un gran grupo editorial y la otra aparentemente independiente y asociada a un editor de renombre), empezando por la “a”: Alfaguara y Anagrama, y hagamos con ellas un sencillo experimento: comparar sus títulos y autores descatalogados con los lanzamientos y novedades anunciadas. El resultado es neto y diáfano: los libros que ya no son (porque eso de tener un “fondo” es de otros tiempos) son inmensamente mejores, más interesantes y de mayor calidad que los que anuncian. Ergo, como queríamos demostrar, esas prestigiosas editoriales que en su día se hicieron un nombre por sus arriesgadas apuestas de difusión cultural viven de su antiguo y merecido prestigio, pero se han transformado en almacenes de bazofias exitosas y rentables.

Hay un corolario a lo anterior: si un editor, antes convenientemente anónimo, se hace relativamente famoso y aparece junto a sus autores editados en la prensa, en eventos y le hacen hasta entrevistas, como a Jorge Herralde, es que se ha convertido en un mercenario, o por mejor decir en un mercero, un vendedor de cintas de colores, un comerciante. La excepción es algunos editores que o bien:

a) Se han muerto, como el inefable Mario Lacruz (también estimable escritor) de Plaza y Janés, o bien
b) Los andan matando de continuo y arruinándolos, como a Mario Muchnick

El papel de un buen editor con olfato, capaz de descubrirnos nuevos manjares es inestimable. Muchos conocéis el caso del poeta y editor Carlos Barral que rechazó el manuscrito de Cien años de soledad de García Márquez, pero muchos también ignoran que si Borges no siguió siendo un breve escritor secreto del otro lado del Atlántico fue, entre otras cosas, porque en 1961 este mismo editor hizo para que le concedieran el prestigioso premio Formentor (compartido con Beckett, por cierto). Sólo un año después ya estaban traduciendo al inglés ‘Ficciones’.

Prefiero mil veces esos editores comerciantes a pecho descubierto que comenzaron vendiendo enciclopedias a plazos de puerta en puerta, que fuman puros, parecen presidentes de un club de fútbol o constructores y a veces lo son, que dan premios amañados millonarios, como el fallecido Lara de Planeta, que estos antiguos exquisitos que se traicionan y nos traicionan y que son como si Mozart se hubiera vendido para hacer melodías (‘jingles’) de anuncios de televisión.

Si queréis iros haciendo con la típica biblioteca idiota no tenéis más que ir comprando cada novedad que vaya saliendo y sea anunciada hasta la nausea y promocionada por pseudo críticos en pseudo suplementos culturales de pseudo periódicos pagados por pseudo editoriales de culto. Tendréis una pseudo biblioteca sin ningún criterio, o por mejor decir, hecha con criterios que no tienen que ver con la literatura, esto es, con la belleza, la verdad y el arte.

Ejercicios prácticos:

1) Intentad localizar el libro de Satta (Anagrama) que reseñaba en mi anterior post
2) Intentad localizar algo de la obra del tío más interesante (y más opuesto) junto a Cormac Mc Carthy de la literatura norteamericana actual, muy por encima de los Foster Wallace de turno y los ‘Bolaños’ mal traducidos: Guy Davenport. Encontraréis: a) un libro descatalogado en Turner, otro en una editorial mexicana y otro en la editorial extinta del perspicaz y aludido Mario Muchnick (Pero todo es por vuestro bien: quieren que aprendáis a manejaros con más soltura en las lenguas originales, como buenos agentes culturales que son –contigo no va, Mario) Guy Davenport es tan solo un fiel mandatario de Ezra Pound: escribir prosa tan bien como el verso. Su ritmo sutil es maestro, una frase o un párrafo corto de él nos remite al aforismo de los poetas griegos tempranos o los pensadores presocráticos, su erudición apabullante no es impositiva, recuerda a Borges, a Calvino y Queneau, es verdaderamente y no rebuscadamente original, y escribe sobre las cosas más variopintas, mezclando su erudición con ese gusto por la naturaleza virgen tan norteamericano a lo Thoreau o Whitman. George Steiner, maravillado, lo llamó ‘rara avis’. Y aquí no estamos para breves raros, nos vale con inacabables trilogías de Estocolmo en clave punki. Y nos perdemos una de las descripciones del despertar sexual más hilarantes, tiernamente atrevidas y sublimes de toda la literatura universal, entre muchas cosas (Uno de sus libros se llama “objetos sobre una mesa”, traducido, inencontrable: es el Satie, el Morandi de la literatura anglosajona), inventa verbos y palabras que no existían, lo hace siempre digna y nada superfluamente. Es un delicioso tormento para todo traductor que se respete)

Y esto para nota: intentar averiguar quien era Anna Kavan y ved de encontrar algo suyo publicado (Grijalbo-Mondadori: descatalogado, Seix Barral, descatalogado)

Finalmente, el libro es un objeto preciso y para mí y para muchos precioso, el lujo no está reñido, pero no es necesario, de hecho, cada vez me gustan más las ediciones en rústica bien hechas o las ediciones de bolsillo; pueden tener portadas muy bonitas o sobrias, bien o precariamente diseñadas, pero los libros que no cumplen su función porque a) son ilegibles (tipografía y cuerpo de letra, sangrías y demás), b) se desencuadernan (como los de Anagrama o los antañones de Bruguera) me parecen un timo ignominioso. Y claro, los que están mal traducidos porque pagan salarios de hambre a esos benefactores políglotas.

Un editor debería ser un inversor…en los placeres extravagantes y esotéricos del saber y de la imaginación, y no un despiadado gilipollas.

10/09/2009

Estar en el mundo sólo porque hay sitio


Palabras de súplica o de ira susurran con el viento por las matas de tomillo.”

Una de las cosas más maravillosas de la literatura es que te permite ‘reconocer’ lugares en los que nunca has estado antes ni quizás estés después, como una isla perdida en el océano en la que naufragaste hace décadas. O un pueblito encaramado en una cordillera cuyas quebradas parecen los huesos semienterrados de animales antediluvianos y donde habitan vidas oscuras, insignificantes, predestinadas y cautivas, donde un marido suelta con fría cólera una sentencia brutal a su martirizada mujer: “Tu stai al mondo soltanto perchè c’ é posto”: “tú estás en el mundo solamente porque hay sitio”. Un hueco sin escapatoria.

Ya se sabe que el humor y la comicidad no son la misma cosa y que a veces ni están emparentadas. El humor guarda la misma distancia al chiste que la inteligencia al simple ingenio o la belleza a la mera apostura. Un ejemplo:

Un viejo cura de un pueblo perdido de las montañas de Cerdeña está agonizante, toda su modesta vida la pasó ayudando a sus feligreses y combatiendo sordamente al ambicioso arcipreste, su superior. Ahora, en el supremo trance reza así:

“Señor, ya ves lo viejo y lo enfermo que estoy. Llévame contigo. Ya no puedo decirte misa, puesto que no me tengo en pie. Señor, llévame contigo. Y, por el bien de la Iglesia, llévate también al arcipreste. Entonces todo será paz.”.

No parece un ejemplo muy edificante de piedad cristiana solicitar la muerte de un semejante y colega, y menos un sacerdote, pero la forma en que lo hace el moribundo es esencial. En el original italiano es aún mejor:

“Prendetevi anche l’arciprete. Costì tutto sarà pace.”

Los párrafos están extraídos de un rosario de historias pequeñas, un desfile como el del purgatorio de Dante, de los habitantes de un pueblito encaramado a las montañas del interior de Cerdeña. Lugares de bandoleros despiadados y enemistades perpetuas de sangre. Su autor, Salvatore Satta, del que nada sabía hasta que leí con fruición esta obra, 'El día del juicio' (Il giorno del giudizio), fue un reputado profesor de derecho e historia del derecho en Roma y al parecer autor de unos comentarios monumentales al código civil italiano que siguen siendo obra de referencia. Nació en Nuoro, Cerdeña, donde transcurre esta, llamémosla novela. Il giorno se publico a título póstumo en 1979, pero al parecer la estuvo escribiendo durante decenas de años, siempre puliéndola. Como su antecesor Tácito, con el que puede comparase su estilo conciso y preciso, da muy buena cuenta de la estupidez de los políticos y de la inteligencia, a veces, de los paisanos semianalfabetos.

Cuatro años después de su aparición en Italia un innovador editor la mandó traducir al castellano; el editor fue teniendo éxito con autores, sobre todo, anglosajones, a los que denomina su “cuadra” (Amis, Barnes, Ishiguro, Banville) y arriesgando cada vez menos; hoy probablemente no editaría este maravilloso libro, que de hecho está descatalogado. Benditas sean las librerías de viejo, casi tan marginales como los viejos pueblos de la montaña sarda. Y benditos los lugares que reconoces.


Coda crítica de la crítica literaria

En un mini debate entre Vanbrugh y yo en otro blog (Lector malherido) yo afirmaba que los buenos críticos dan ganas de leer y los malos de escribir…más cosas malas. También afirmaba que hay que leer sin ingenuidad a los demás, pero con la indispensable generosidad y que es más difícil transmitir el entusiasmo, aunque más gratificante, que el olímpico desdén, que para mí siempre tiene un fondo de idiotez. El problema es que si el blog aludido usa la pseudocrítica como pretexto para escribir de uno mismo –como agudamente me señalaba Vanbrugh-, lo cual no deja de ser un recurso literario ingenioso y parte del ‘personaje’ del escritor en primera persona de ese blog, la mayoría de los críticos de este país que oficialmente hacen crítica (‘reseñismo’ de libros sería más adecuado) hacen exactamente lo mismo: lucirse a costa de los demás y sobre todo a costa del desprevenido lector y del manipulado autor que supuestamente comentan. Resultado: hay muy pocos críticos y muy poca crítica en este país.

Lógicamente, apenas leo los suplementos literarios de los diarios, donde se refugia la peor crítica que a veces no es sino propaganda descarada del grupo editorial del periódico en cuestión. Hay excepciones, claro, pocas: Andrés Ibáñez en el ABC, Güelbenzu en El País (curiosamente, ambos son así mismo novelistas), aunque abundan más fuera de la crítica de narrativa y especialmente en el ensayo especializado, como las estupendas de García Gual sobre los clásicos filológicamente entendidos o Javier Sanpedro en divulgación científica (y compartiendo las mismas páginas y género, qué malo es el famoso Sánchez Ron).

A cambio de no leer suplementos me abalanzo sobre obras de crítica de críticos de verdad, como Said, Eagleton, Bloom, Wilson, Cyril Connelly, Reich-Ranicki y mi favorito y muy odiado por muchos, George Steiner.

Habría que intentar congeniar lo anterior con la recomendación de Oscar Wilde de que es más útil para el lector señalarle los libros que no hay que leer que los que sí, pero eso nos haría estar hablando del 90 por ciento de los libros que se publican, y son demasiados.

09/09/2009

Suahili en el Metro


Lucien Fevre, uno de los padres junto a Fernand Braudel y Marc Bloch de la escuela francesa de la Historia de las Mentalidades, se preguntaba si la nueva disposición de lentes y la mejora de la iluminación artificial, la higiene y la asepsia habían erosionado la gran civilización de los olores, la atareada pericia de la nariz, tal como había prevalecido en las hediondas ciudades de la Edad Media. Paralelamente, yo me pregunto si la actual sociedad de la información, de los puntuales noticiarios y de Internet que nos permiten saber casi en tiempo real de sucesos en cualquier lugar remoto no sólo ha comprimido el planeta a una aldea global, aún más de cómo lo hiciera la era de la imprenta de Gutenberg y la predicha por Mc Luhan, sino que ha generado un extraño desinterés por los vecinos y cercanos, con la coartada mil veces violada de la privacidad.

Los ricos son globales y los pobres son locales –y pintorescos, para esos alienígenas del planeta Disney que se conocen como turistas-, pero eso era más bien antes. Los pobres también se están globalizando más allá de lo que soñó el Manifiesto Comunista. Se han puesto literalmente en marcha, atravesando fronteras en frágiles esquifes, en los bajos de los camiones, a pie por desiertos o con visado de turista –justo lo que no son- en los aeropuertos. Migran. Esta emigración en masa de millones de desheredados desde sus países pobres de origen a los ricos, que ya no podemos llamar de acogida, es el fenómeno demográfico más significativo de este siglo y las décadas finales del pasado.

Y es aquí, cuando llegan junto a nosotros cuando nos desinteresamos de ellos mientras planeamos nuestras próximas vacaciones a sus exóticos lugares de origen

Viajar ahora en el Metro de Madrid es mucho más entretenido e instructivo que hace pocos lustros. Entonces, con pocos automóviles que eran por tanto un privilegio, los ricos se desplazaban por “arriba” y los pobres, permanentes (proletarios) o temporales (estudiantes) por debajo. Ahora el microcosmos de un solo vagón puede incluir una docena de etnias y otras tantas lenguas con multitud de rostros distintos, atuendos y hasta gestos. No han venido a eso, pero nos hacen más ricos. En todos los sentidos.

Y además uno puede lucir tan modestas como viejas habilidades y chapurrear en suahili con un asombrado kikuyo tanzano que estudia odontología en Madrid en plena estación de Ópera. ¿No sería genial que terminara siendo mi dentista?
Ah, y viajar en Metro le permitiría al venerable profesor Fevre recuperar su añorada hediondez de la Edad Media.
Uana bia baridi capissa, bwana. (y ver también este viejo post:

08/09/2009

La paella como metáfora y la sangría como relajante muscular

Mi amigo Paul, geógrafo estadounidense enamorado de 'Spain' recuperándose de una de mis paellas sobre una calzada romana (Agencia Press Rares)




Me gusta mucho comer. Por fortuna hago ejercicio, porque también me gusta y así me lo demanda mi entrenadora personal, Jara, si no estaría como un tonel. Y me gusta cocinar; creo que pocas cosas hay más irresistibles para una mujer que cocines para ella, o que te ayude –ojo, sólo que ayude, picando la verdura que vas a pochar, por ejemplo- mientras tomáis un vino en la cocina y te rozas descuidadamente contra ella en los lugares estrechos que toda cocina bien diseñada debe tener. O sea, que me gusta comer, cocinar…y lo que debe venir después; no hay mejor sobremesa que la sobrecama. Pero admito que hay gentes, pobres gentes, que carecen de sensualidad hacia ese acto como otros no lo tienen hacia el sexo. En vez de comer se alimentan; es decir, convierten una satisfacción en una mera necesidad o en la satisfacción... de una necesidad. También comprendo, hasta cierto punto y sin obsesiones, el afán por estar en forma o incluso delgado, pero al igual que hay personas sin sensualidad las hay con una percha con caderas grandes, que jamás serán sílfides y sí muy feas si adelgazan en exceso. Cuando dejamos de hablar de comida, de alimentos, para hablar de nutrientes sin ser fisiólogos la cosa se desencamina horrendamente.

Los estadounidenses han pasado de las carretas de las caravanas a Oregón a las cápsulas espaciales, así que no es extraño que anden ahora descubriendo cosas que nosotros sabemos desde hace mucho; como el placer de comer verdadera comida sentados alrededor de una mesa con mantel y cubiertos. Pero como ser imbécil no es atributo de ninguna nación (no hay países idiotas, sólo personas), aquí simultáneamente imitamos sus peores ‘logros’: la comida rápida o basura, comer de pie, como los caballos, y la obsesión por la dieta y la esbeltez.

En realidad casi todos los libros sobre dietas y nutrición y salud podrían sustituirse por un solo precepto: coma comida, no demasiada y sobre todo vegetales en su mayor parte, pero coma de todo lo comestible. El periodista Michael Pollan, autor de un best seller iniciador de la rebelión nutricional en Norteamérica, 'In Defense of Food', alambica un poco más lo anterior y recomienda:

-No comer nada que tu abuela no hubiera reconocido como comida.

-Evitar productos que contengan ingredientes a) desconocidos, b) impronunciables, c) más de cinco.

-Evitar los alimentos que exhiban afirmaciones de propiedades saludables (Las leches y los yogures parecen ahora medicamentos, añado yo)

-Evitar los supermercados

-Comer vegetales que tengan sobre todo hojas

-No adquiera combustible para usted en el mismo lugar que se lo pone a su coche.


Otras recomendaciones serían que no comas nada que no pueda pudrirse (pero no la comas cuando lo haya hecho), pues es síntoma de ausencia de conservantes y aditivos. O sea, compre harina para hacer las croquetas (no hace falta que muelas y hagas la harina), pero si el paquete dice que es harina enriquecida, con multicereales, niacina, hierro, mononitrato de tiamina, riboflavina, ácido fólico, entonces, déjalo en su estante o llévalo al departamento de droguería, que es su sitio. Y he hecho trampa, porque esa es la quinta parte de los componentes que se anuncian en un pan de molde.

Así que dejémonos de leches (y de harinas) y estrechemos la mano que nos da de comer ¿Queréis una comida rica y completa? Haced una paella, o por mejor decir un arroz en paella, es decir, en una sartén plana de dos asas. Se trata de un arroz seco, mejor pues para el verano y al medio día (los caldosos o melosos son mejores en invierno y las paellas para cenar son propias de ‘guiris’). Una paella puede llevar lo que te dé la gana y tu sentido común (no le pongas trozos de piña, so esnob), pero la puedes hacer de bacalao y espinacas (una de mis favoritas), de conejo de monte y caracoles, o cigalas, de pollo y gambas, pero dos consejos: pocos ingredientes, la mezcolanza aturde: por ejemplo costillas de cerdo, chorizo y aceitunas negras, o pollo y langosta; y el arroz siempre del redondo, bomba, ¡del que se pasa! en efecto, si un arroz no se pasa porque a) está previamente vaporizado, b) es de una variedad larga, no vale para paella (ni para un ‘risotto’ si a eso vamos). Además, la paella levará un sofrito y un caldo; de la calidad de ambos componentes y del fuego derivará un buen resultado. El sofrito puede ser con (Valencia) o sin (Alicante) cebolla, con ajo, pimientos (de colores queda muy bonito), tomate y azafrán (nada de colorantes, rascaros el bolsillo) en el aceite de oliva; en ese sofrito doráis el pollo o el pescado o los tropezones que sean, luego rehogáis el arroz y añadís el caldo (Alicante) o al revés (Valencia). Fuego vivo los cinco primero minutos y luego suave pero repartido (o sea, que vuestra flamante vitrocerámica no vale). Y ya está: proteínas, grasas e hidratos de carbono. Una comida completa.

Si queréis os doy también mi receta de sangría: una botella de rioja cosechero o de Aragón tinto, media botella de Perrier o Vichy Catalán (agua con gas) un limón y un melocotón troceados, hielo, nada de gaseosas ni refrescos tipo ‘faanta’, nada de azúcar, nada de nada más. Tomar bien fría.

Sin embargo, la paella y la sangría contienen también una paradoja. Si un turista desprevenido quiere asegurarse una comida mediocre no tienen más que hacer ese típico pedido, si no se lo sugiere incluso el ladino camarero, en cualquier restaurante playero y con terraza. Le servirán una bazofia grasienta y una pócima azucarada que tendrá suerte si está caliente la primera y fría la segunda y no al revés.

Pero en vuestra casa, no olvidéis decidle a vuestra invitada que todos esos esfuerzos los habéis hecho para llevárosla a la cama (Si la susodicha es vuestra compañera desde hace años aún quedaréis mejor con la anterior afirmación) Yo suelo poner un jazz suave (Chet Baker) y dejar como al desgaire un libro abierto sobre jardines ingleses para que vean que soy un tío sensible. No fuméis al cocinar ni al comer ni al…siempre, siempre, siempre, después. El cigarrito después, la expresión ya lo dice.

Me gusta mucho comer, a la mayoría de la gente también, pero unos cientos de millones no pueden “darse ese gusto” todos los días.

P.D.- Sí, ya sé que todos os estáis preguntando que papilonacea sostiene en su regazo Paul. Es una escoba o retama blanca, Cytissus multiflorus. La calzada es la del Puerto del Pico, en Ávila, la paella, en mi casa.

07/09/2009

Política con una pinza en la nariz: entre el pesimismo y la "afición"



“La diferencia entre nosotros, Wells, es fundamental. A usted no le preocupa la humanidad, pero cree que debe ser mejorada. Yo amo a la humanidad aunque sé que no mejorará”

(Dialogo entre Joseph Conrad y H.G. Wells)

A mis años me he tenido que dar cuenta por fin de que en política esencialmente soy un pesimista; de modo que, aunque en tiempos si no me subyugaron, me reclamaron alguna tibia adhesión muchos planteamientos revolucionarios, eso es justo lo que no soy, porque el auténtico revolucionario es un optimista (o por mejor decir con necesaria redundancia: un imprudente optimista). Si se quiere soy un pesimista disconforme, insatisfecho, frustrado. E ilustrado, que sabe que hay cosas mucho peores que las actuales superficiales democracias parlamentarias occidentales, como las juntas militares, las dictaduras descaradas, las utopías precipitadas, los mesianismos populistas, los paraísos del proletariado (del partido único, más bien), las repúblicas populares y la planificación centralizada. Me gusta vivir en países donde no se ajusticia públicamente (de hecho, donde no se ajusticia ni pública ni privadamente), donde no es delito emborracharse o beber una cerveza ni obligatorio, qué se yo, colgar el retrato de Adolfo Suárez en las escuelas o en las barberías. Donde para viajar sólo se necesitan las piernas o un coche y no un salvoconducto, y puedes comerte un churrasco en viernes y vestir con el ombligo al aire. No obstante, tampoco me entusiasman esos paraísos de la tercera edad acomodada donde está muy mal visto tirar una colilla al suelo, pero nadie presta atención a un mendigo aterido.

Me gustan sobre todo aquellos países donde mencionar mucho a la patria está un poco feo. El novelista inglés E.M. Forster, el de ‘Pasaje a la India’ lo dijo en los años treinta y ha sido frase muy repetida: “Si tuviera que elegir entre traicionar a mi país y traicionar a un amigo, espero que tuviera las agallas de traicionar a mi país.” Francamente, no encuentro nada más absurdo, salvo la ablación del clítoris y las demás mutilaciones rituales, que ese propensión humana a matarse en nombre de una patria, real o hipotética (que es lo que yo creo que son todas, independientemente si tienen o no Estado), o, como dice Steiner, “bajo el pueril hechizo de una bandera”.

Me gusta lógicamente más eso de la ciudadanía, entendida como se debe, como un acuerdo entre dos (yo y el Estado) que debería, eso sí, estar sometido siempre a revisión y, de ser necesario, a derogación (por ambas partes). O sea, que la muerte de Sócrates sigue siendo más importante que la supervivencia de la ciudad de Atenas. Y todo ello sin necesidad de recurrir a la justísima y reiteradamente confirmada definición del patriotismo que hacía el Doctor Johnson como ‘el último refugio de los canallas’. Y no es que me ponga en el estupendo plan de alma bella, sino que estoy firmemente convencido de que los seres humanos, el animal humano en términos evolutivos, sólo sobrevivirá si aprende a prescindir de fronteras y pasaportes, si le concede, al menos, el mismo derecho para circular libremente a sus semejantes que a sus divisas, si llega a entender que todos somos huéspedes unos de otros y de este planeta envenenado, que la única patria es esa vital parcela de libertad privada, aunque sea un banco en parque, que nos conceden los poderes burocráticos y vigilantes modernos; o la habitación de un hotel; que sólo el lechero, y no es deseable, llame a nuestra puerta a altas horas de la madrugada., que las personas por suerte tenemos piernas y no raíces como los árboles, aunque sea el de Gernika.

Sin embargo, me preocupa mucho que sean los mediocres y los codiciosos, y no los sabios y bondadosos, los que se dediquen mayoritariamente a la política, generando un panorama desolador que no se da en ninguna otra actividad profesional humana. Lo cierto es que si tu hijo nace y se cría hecho un cabronazo, si es reactivo a cualquier aprendizaje teórico o práctico que no sea inmediatamente provechoso, si desprecia el resto de conocimientos como superfluos, señora, hágame caso, apunte al niño a las juventudes (o las ‘infancias’) de cualquier partido, porque hará carrera. De ahí que mi voto –que ejerzo a condición de no levantarme ‘estupendo’ en la jornada electoral- sea desde hace años contra algo o alguien, nunca a favor. Esa práctica de lo inmediato sin memoria que algunos llaman el ‘arte de lo posible’, esa mediocre administración de lo que entienden por ‘realidad’, esa sumisión a los gurús económicos, como si los índices macroeconómicos fueran la ley de la gravitación universal y no el tinglado del embudo, no sólo no me emociona, sino que me asquea cada día más. Lo dijo en una bellísima metáfora uno de los hombres más inteligentes que han existido, cierto isabelino inglés: ‘es desdicha de estos tiempos que los locos guíen a los ciegos’. La belleza, la bondad y hasta el fracaso honroso no tienen que ver con estos miopes sin ojos en la nuca.

No obstante, el ser humano es un animal político –de la ‘polis’- y por ello, remedando a Clemenceau, la política es demasiado importante para dejársela sólo a los políticos. Tampoco la famosa ‘boutade’ de Franco hay que seguirla: “haga como yo: no se meta en política”. Así que además de pesimista, en política me defino como ‘aficionado’. Aficionado no es sólo lo opuesto a ‘experto’, esos individuos que no tienen dudas porque traen pensadas de antemano todas las respuestas, sino persona interesada en muchas cosas y que habla en su propio nombre y no en el de una escuela, teoría, partido o camarilla. Y en eso estoy, intentando mirar a través de “la ponzoñosa cortina de humo” que, hablando de Karl Kraus, menciona George Steiner, la que continuamente, insultando nuestra inteligencia, nos tienden los políticos cada vez que se dirigen a nosotros. Un lenguaje cuya finalidad es el engaño, que embauca y no informa, no se merece ese nombre.

Gran parte de ese descrédito se debe a los ataques que se dirigen unos contra otros como rutinario sistema de debate, convirtiéndose así en el único gremio que se desacredita mutuamente, lo que no hacen desde luego, pongamos por ejemplo, salvo muy raramente y en flagrantes casos, los médicos o los arquitectos. La sensación general es que los políticos más que solucionar problemas, que es para lo que deberían estar, los crean. Y eso es muy peligroso. No simplificar nunca lo complicado ni complicar lo sencillo sería un buen lema para que se lo pusieran en su escritorio (caso de que tengan escritorios; quizás les basta con los micrófonos) Sin embargo, el descrédito de la política no es asunto reciente, como no lo es la mediocridad legendaria de la mayoría de los políticos. Por eso, en mis momentos de más honda desilusión, procuro recordar una frase de Adolf Hitler: “no soy un dictador, tan sólo he simplificado la democracia”. Los dictadores, y el resto político por contagio, casos intermedios como los populismos desde luego, siempre confunden deliberadamente el hecho de enunciar las soluciones (en voz alta, gritando, al viejo estilo hitleriano, o reiterando, repitiendo en la moda moderna) con aplicarlas y con que produzcan los resultados esperados. Pero no simplifiquemos como Hitler.

Como el poeta, quede claro que no hablo en nombre de nadie. Vale.

04/09/2009

El futuro y el tilo



Que la civilización hubiera avanzado tanto como para sustituir aquellos apestosos y anticuados buques de hierro que quemaban petróleo por veloces y eficientes veleros de estilizados cascos de madera, no quitaba para que uno de esos artefactos varado ante su puerta nos diera la bienvenida. En el Museo de la Historia Tecnológica podían contemplarse vitrinas con curiosos y horrendos artefactos del pasado: bolsas de plástico, teléfonos móviles, libros electrónicos, mecheros de gasolina, y otros igual de nefastos: armamento, porras de goma, chalecos antibala, pasaportes, billetes de banco, tarjetas de crédito, automóviles y otros vehículos…¡a motor!, alimentos transgénicos, condones, consolas de absurdos videojuegos, televisores, cajetillas de tabaco, desfibrilizadores…, hay salas en que el público pasa de puntillas, como la que exhibe una silla eléctrica y el cadalso con soga de ahorcamiento o la que tiene varios misiles tierra-aire. En otra muy amplia se exhibe el núcleo íntimo de una central nuclear con una piscina de agua pesada en la que están sumergidas barras de uranio. Banderas, libros de autoayuda, comida rápida (hamburguesas previamente conservadas), un maniquí de un mártir islamista con cinturones de explosivos, una vitrina que enfrenta dos imágenes gemelas: una mahometana con velos y una monja católica disfrazada de dama también velada y tocada como en la Edad Media, un monoplaza de un fórmula uno, aparatos de gimnasia para muscular, frascos de ansiolíticos, papelinas de heroína, revistas pornográficas. Las salas dedicadas a las formas primitivas del ocio mostraban imágenes de las horrendas urbanizaciones de cemento y ladrillo de las costas antes de ser demolidas o a esos horribles alienígenas del planeta Disney que se llamaban turistas. En la propia historia de los museos se podían ver ejemplos de ese vandalismo que suponía la propiedad privada de grandes obras de arte ocultas.

Mi hijo, a medias fascinado y abrumado, me comentó que los antiguos sabían hacer muchas cosas raras y distintas, algunas, muchas, idiotas, pero otras muy curiosas. Yo le dije que la mayoría de los antiguos eran gentes muy primitivas, que usaban esas cosas, pero ni sabían como se hacían ni como funcionaban –salvo unos pocos sabios- ni qué precio real había que pagar para que funcionasen a costa de muchas otras cosas, como el aire limpio o la libertad de la gente.

Cuando salimos del Museo vagamente horrorizados de las brutalidades de los antiguos tiempos, nos acercamos a visitar al augur que hay junto a la plaza para que nos leyera el destino en el vuelo de los pájaros o en el susurro del viento en la vieja encina (en realidad, lo que leen es tu rostro, y lo hacen muy bien). Como el pronóstico fue bueno nos marchamos alegres a contemplar el árbol más viejo y hermoso de la ciudad, el viejo tilo junto al mercado. Había una gran multitud reunida para darle los últimos honores, para agradecerle su acogedora sombra y sus muchos años junto a nosotros. Mi hijo, que aún es pequeño y sigue aprendiendo como todos nosotros, frunció el ceño y me preguntó por qué había que talar un ejemplar tan hermoso. Le miré enternecido y le expliqué que ya había cumplido doscientos años y que se cortaba para plantar otro jovencito en el lugar de aquel, para que así otros como nosotros, dentro de cien años pudieran disfrutar de otro tilo anciano y noble, como nuestros abuelos previsores habían hecho con el padre que aquel que ahora veríamos morir. Si lo dejáramos tal cual es ahora seríamos muy egoístas, disfrutaríamos un poco más de aquel gigante, pero terminaría muriendo y no podrían ya ver algo semejante los que vinieran después de nosotros. Le explique que los antiguos lo destruían, todo, lo vendían y compraban todo, y luego culpables pretendían proteger algunas cosas, y que eso también lo hacían mal, porque lo hacían matándolas al disecarlas, guardarlas en urnas de cristal, conservarlas como taxidermistas, que era otra forma de acabar con ellas. Así que vimos como los vigorosos hacheros después de besar el rugoso tronco y de escupir en las palmas de sus fuertes manos, hincaban los destrales por turnos, empujaban y con un último crujido caía el árbol, luego, se despejaba del tocón el gran hoyo y se colocaba con cuidado y rodeado de la tierra más aromática y tamizada el joven retoño de aquel caído. Lo mismo que tú y yo, le dije a mi hijo mientras regresábamos con mi mano en su hombro.

No cabía en mí de orgullo. A sus nueve años había concluido su turno semanal de cocina en el colegio con honores y su alioli en especial le había conseguido elogios de profesores y condiscípulos; a su vez su monografía sobre los principios del intercambio electrónico en emulsiones oleosas como el ajo y el aceite de oliva le habían valido igualmente un alto consenso. Eso sin contar la mención de honor a su poema sobre La Función de Onda de la Mecánica Cuántica
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03/09/2009

Pecios: las mujeres y la Vía Láctea

(A petición de Emma: "Maja")



A mí me parece tan fascinante que exista un manantial de antimateria, un agujero negro, en el centro de la Vía Láctea como un tabernáculo aromático entre la oreja y el hombro en el que hundimos la nariz los hombres a los que nos gustan las mujeres. Sin embargo, me parece más poética la astrofísica que la ginecología, porque, como señala Olivier Rolin, es el único conocimiento contemporáneo que sigue generando mitos poéticos. Y la ginecología no, en todo caso, la anatomía comparada entre sexos o dentro del mismo sexo.

El paso a la vida adulta implica aprender que la vida no son sólo dulces gozos –como el ‘bouquet’ de una mujer. O sea, que los hedonistas que nos dedicamos a buscarlos quizás no seamos maravillosos enamorados de la vida, sino potenciales clientes de burdeles o lectores de novelas rosa. No sé, a mí no me gusta, y no lo hago, frecuentar unos y otras, digo.

En la Balada de la cárcel de Reading se afirma que “For each man kills the ting he loves”. “todos los hombres matan lo que aman”. Me niego a admitir que los asesinos de mujeres, las que ellos creen que son “sus” mujeres, las maten porque las aman (“la maté porque era mía”), pero también me parece muy simplista negar, con esa lamentablemente miope corrección política, que las amasen; las amaban, sí, pero las amaban mal. También estoy seguro de que si ese agujero negro pudiera dar dinero y los seres humanos dispusieran de la tecnología para explotarlo y destruirlo lo harían.

No obstante, creo que la astrofísica sigue siendo bella y que los asesinos y maltratadores no tienen la sensibilidad olfativa necesaria –ni otras sensibilidades- para apreciar a una mujer como sabe hacer todo hombre de verdad. El único agujero negro es el de su alma o ese en el que han erigido su falso título de propiedad.

Los puteros (ver blog anterior) y los maltratadores se relacionan con esa fascinante antimateria que son las mujeres para los varones verdaderamente viriles, como si fueran hoyos en un solar abandonado que se pudieran señalizar con carteles y acotar con vallas, y no ininteligibles y fascinantes agujeros negros en los que somos absorbidos y jamás propietarios. No son sub humanos, porque lo mediocre y lo perverso es muy humano, tanto como lo excelso y lo exquisito, pero sí son, claramente, poco viriles.




También me gusta mucho la literatura, pero...Carece de mucho sentido la frase hecha de que 'una imagen vale más que mil palabras' (reto al que quiera a que sustituya esta frase hecha por la imagen equivalente y le perdono las novecientas y pico palabras que aún faltan). No obstante, yo cambio línea por línea todo Platero y yo de Juan Ramón Jiménez por esta imagen de 1955 de Audrey Hepburn y un burrito.

02/09/2009

Más sobre 'el poema': Coda futurista



Hace muchos años, cuando era un jovenzuelo, escribí un poema, “Vidrios rotos y nalgas en la noche” que trataba del sexo cutre y mercenario de la noche urbana. Al ver las fotos publicadas en El País de puteros (me niego a llamarles ‘clientes’ y a ellas ‘putas’ y no suministradoras de servicios sexuales) con prostitutas en los soportales de La Boquería de Barcelona me ha venido naturalmente a la cabeza. Es curioso, el ensayo de futurología, el que pretende aventurar las tendencias del porvenir más o menos inmediato, sea este el económico, el político o incluso el tecnológico y científico, suele errar y quedarse paradójicamente anticuado en cuanto se alcanzan las fechas límites de sus supuestas previsiones. En cambio, la poesía tiene además y a menudo la capacidad profética que le falta a esos análisis sesudos. La foto del diario ilustra más de tres décadas después aquel poema mío.

Por cierto, el rostro del putero no está pixelado, como podría parecer, sino que, como espejo de su alma que es, simplemente muestra la fragmentación entre ética, emociones y sexualidad de su careto.

Yo escribí poemas en mi ya lejana juventud. Sin embargo, no puedo decir ‘fui poeta’, mucho menos ‘soy poeta’. Eso es como decir ‘soy bueno’ o ‘soy maravilloso’, un título que no te puedes adjudicar, sino que te tienen que conceder los demás. No obstante y por fortuna sí puedo decir: ‘no soy un putero ni nunca lo fui’. Y tampoco hay que alardear de profeta cuando la previsión se basa en que en el futuro persista el lamentable pasado.

01/09/2009

El poema

“La literatura no puede vivir salvo si se le asignan objetivos desmesurados o incluso imposibles de alcanzar. Si queremos que la literatura siga desempeñando su función, es necesario que los poetas y escritores se lancen a empresas que nadie podía imaginar”.

Italo Calvino








El otro día, nada más despertarme, se me apareció un poema.

No le hice ni caso.

Si ya no leo poesía, mucho menos voy a escribirla, aunque eso sea lo normal en otros.

Como esos imbéciles que duermen con una libretita y un lápiz en la mesilla de noche para apuntar los sueños nada más despertarse, antes de que se les olviden. Luego comprueban con sorpresa –sorpresa repetida hasta la saciedad, o sea, sorpresa idiota- que se les han olvidado al volver del cuarto de baño, pero que si leen la libretita los vuelven a recordar. También comprueban otra obviedad: que tienen una letra fatal, ininteligible, recién despertados.

Yo de mi poema sí me acuerdo.

Nada más despertar, digo, me vino a la cabeza a la vez que fui consciente de que el pterodáctilo del techo –“toc-toc-toc” empollaba el sudoroso huevo de mi cabeza sin aliviar el pegajoso calor.

Trataba de flores como sexos de mujer (metáfora tan manida como la de los moluscos) y de tardes calurosas y visillos inmóviles y gatos adormecidos.

Probablemente era malo, creo.

Me gustó, eso sí, la imagen de unos lagartos de papadas palpitantes cazando moscas entre los libros polvorientos de mi abandonada biblioteca (¿metáfora de mi prometedor y nunca cumplido talento juvenil?), pero esa imagen creo que era prestada de alguna lectura del pasado.

También aparecía prestado un campo de alfalfa azul iluminado por varios soles iridiscentes. Un plagio subconsciente de los trigales de Van Gogth.

Luego abandono la Francia meridional nocturna y estoy en Patusán, el sultanato de Borneo en el que todos los Lord Jim del mundo expiamos nuestros crímenes. O quizás es ese extraño Sudán medieval, pasada la sexta catarata en el espacio y antes de llegar a las cruzadas en el tiempo, en el que sobrevivía anacrónicamente el Imperio de Bizanzio en los descendientes de los faraones negros de Meroe. En cualquier caso hace calor y mis lagartos se están poniendo las botas. Mi formación de zoólogo me advierte que ya no son lagartos ocelados europeos, sino una imposible mezcla de agamas tornasolados, varanos e iguanas arbóreas. En cualquier caso todos se comportan como vulgares salamanquesas.

Yo en mi mesilla de noche nada de libretitas, sólo guardo los condones y los paquetes de pañuelos de papel. Busco uno, meto la mano a tientas en el cajón, sin encender la lamparilla, y me muerde un escorpión en el dedo; le aplasto y le mato: estamos en paz. Eso me pone de muy mal humor, hasta que me doy cuenta de que sigo dormido, dentro del sueño, o del poema. (Si tuviera una libretita haría una lista onírico zoológica. Veamos: moscas, lagartos o iguanas o varanos, salamanquesas, agamas, escorpiones, coños como flores, flores como flores, moluscos como chochos…todos especimenes humedecidos por este calor inaguantable)


(Por las mañanas estoy intratable, dice la parienta. No soy nadie antes de tomar el primer café y fumarme el primer cigarrito y ni se me ocurre alzar la vista para mirarme en al espejo. Me basta con un vistazo hacia abajo, para afinar la puntería en la taza del water).

Los poemas no los guardo. Los sueños tampoco. Me he vuelto un tipo práctico: mi café, mi cigarrito y el polvete los viernes por la noche.

Así que abandoné la idea apenas iniciada de escribir el poema y me fui a cagar. Cagar puede ser sublime o prosaico, quizás, si se piensa detenidamente, ambas cosas; las dos, soñar, cagar, son fisiología (miren lo ufano que se siente el niño pequeño cuando defeca, pero también ese conductor del semáforo que amasa su moco). Ambos temas los trató Quevedo. Un niño es un simplón, por eso es capaz de soportar el éxito, ese mismo éxito que destruye a los elegidos por los dioses y que los bobos y los niños (“¡mamá, mira!”) confunden con la fama. Y es que la mayoría de los tíos en sus momentos más optimistas y menos autocríticos se creen destinados a hacer algo grande –sin conformarse con una gran, satisfactoria y estupenda mierda o un moco de buena textura-, es decir, se creen ‘hombres’, pero sólo están de paso entre la infancia y la vejez, pidiendo a sus mamás que miren sus caquitas. O sus poemas, que vienen a ser lo mismo.

Como los confusos lagartos, en el poema-sueño yo me confundía y confundía también a Lord Jim (Un Peter O’Toole bello y jovencísimo) con Rimbaud y, tal vez, con James Dean.






Ya completamente despierto, el precario erudito presta oídos a Platón y expulsa al poeta.

Piensa que algunos sueños, al despertar, son como esas cartulinas plegadas y con mucho apresto (no, apresto se refiere a las telas: gramaje es el término preciso que utilizan los impresores y libreros), con mucho gramaje que al arder guardan durante varios segundos la forma hasta que las tocas o una súbita corriente de aire las desmorona en un informe montón de cenizas. ¿Eso es lo que intentó en vano el Brujo de Viena, Freud? Reconstruir el montón de cenizas que la vigilia destruye, la forma del sueño o del poema. ¿Papiroflexia del subconsciente?

Pero un poema es algo distinto. Implica emociones, claro, pero dirigidas suavemente, sin forzar, como las riendas –la inteligencia- de un caballista experto. Un poema, cuando es bueno, esto es, cuando es, es como el tiro curvo de una flecha que da en el blanco con más precisión que el disparo recto y tenso. O como un atajo fulgurante, una revelación, que llega a la verdad mucho más eficazmente que cualquier secuencia de silogismos escrupulosamente lógicos. Los sueños, que parecían tan reveladores mientras eran soñados, carecen de sentido al despertar, como un montón de cenizas; el poema, en cambio, guarda en su plegada forma todo su sentido para siempre. Llamar soñador a un poeta es no conocer su oficio.

Pero tanto en el poema como en el sueño los pensamientos te piensan, te atraviesan, piensan a través de ti. Los poemas malos son como iguanas cazando moscas detrás de libros polvorientos, la cultura del poeta. Los buenos son las moscas.

El prestigio del género negro, 3: Jim Thompson



Las novelas de Jim Thompson, como dice Sallis, están pobladas de psicópatas risueños. Y de sheriffs que dan más miedo que los asesinos, cuando no de vendedores a domicilio, fugitivos, rubias teñidas con las manos ajadas de coladas en barreños de zinc y de un enorme y vertiginoso vacío. No obstante, Thompson se moría de asco en su vejez en Norteamérica, con sus novelas inencontrables porque no se reeditaban, mientras en Francia lo hacían en colecciones negras respetables y Truffault y Tavernier dirigían películas inspiradas en ellas. Es decir, mientras en su patria estadounidense muchos autores malvivían si dejaban de entregar su novela mensual y eran inmediatamente olvidados, en Francia sobrevivían las reputaciones y se reeditaban sus libros.


Así que tenemos el detective de la ‘Black Mask’ de Hammet, que fumaba, se duchaba, tomaba café y se timaba con las mujeres de una forma que luego imitaría Humphrey Bogarth. Si existía el sueño americano hacía falta también la pesadilla americana. Toda una mitología, urbana, subterránea, culpable, insolente, descarada, afilada, violenta, atormentada.

En 1945 la mitad de los paperbacks publicados eran novelas de misterio. En 1950 ya sólo el 26 por ciento, y el 13 por ciento en 1955. Su sitio lo estaba ocupando ese otro género autóctono, la novela negra que inundaba los quioscos de las estaciones de tren y autobuses y los drugstores.

El estilo seco de Jim Thompson: “maté a Amy Stanton la noche del sábado, 5 de abril, unos minutos antes de las nueve”. El fragmento es de una de sus dos mejores novelas, El asesino dentro de mí. La otra perdurable es la afamada 1280 almas. La primera fue llevada al cine por Burt Kennedy, con Stacy Keach como el Lou Ford protagonista; la segunda, transplantada previamente al África Occidental Francesa (Senegal) es “Coup de Torchon” de Bertrand Tavernier. Podéis creerme si os digo que ambas películas son pálidos reflejos de las novelas que las inspiran. Sobre las que Sallis dice con acierto: “Reconozcamos que es bastante desconcertante abrir las páginas de un ‘paperback’ barato y encontrarnos mirando el sereno rostro de Satanás o el preocupado rostro de Cristo.”.

Thompson subvierte todas las convenciones del género. Es colorista en la descripción de los escenarios de la América profunda, perspicaz en el dibujo de los personajes, intrigante en el planteamiento de la peripecia, en las bien moduladas anécdotas, y justo cuando estamos cómodamente instalados en lo sabido nos arrea un puñetazo en el estómago y echa por tierra localizaciones, coloridos, narración y demás. Es como el coyote que corre hasta el borde del acantilado… ¿hasta el borde? No, porque justo se para y mira para abajo cuando ya ha recorrido bastantes metros en el aire, y entonces cae. Pues eso es Thompson. Eso es estar al límite, socavar la estabilidad, llegar al corazón de la pesadilla, sin hitos de bondad como referencias. Compárese tan terrible planteamiento –permítaseme la aparente vanidad- con mis relatos del asesino a sueldo Lansky: una ‘pyme’, un empleado por cuenta propia aseado y cumplidor. Thompson está más allá de la redención, la sexualidad es sinónimo de violencia, los matrimonios son grotescos, propiciadores del alcoholismo o la huida. Sus novelas son como documentales de historia natural en el Serenguetti: sus personajes dan vueltas, acechándose unos a otros, nadie sabe bien por qué. Y si piensan que la truculencia usurpa el sitio de lo cotidiano y cutre escuchen:

“Descubrí que me salía un pelo de la nariz, lo arranqué de un tirón, lo miré y no me pareció especialmente interesante. Lo dejé caer al suelo, preguntándome si un pelo de la nariz de un tío llamaría tanto la atención como un pichón caído del nido. Levanté una nalga y solté uno de esos pedos largos, de ametralladora que uno nunca puede soltar delante de la gente.”

Incorregible. Porque esa voz que se arranca pelos y se tira pedos va desportillando el relato, su brillante vidriado, para sacar de debajo… ¿qué? La realidad.

Llamar a Thompson 'Dostoievski de todo a cien' tiene sentido porque vierte en sus novelas sus demonios personales, como el ruso; las esposas arpías, los maridos sumisos pero tenebrosos, los sheriffs asesinos, los viajantes tétricos, pero las atrocidades que relata son las de las noticias de los diarios, sus decorados son realistas, de modo que sus historias no son, o no son sólo, fantasías obsesivas y subjetivas, sino muy realistas, tan americanas como el jazz o…el asesinato en masa.

Los monstruos de Thompson son los narradores y él consigue la increible hazaña de que terminemos identificándonos con ellos, con su “desamparada y maltrecha inocencia”, cosa que no consigue –al menos conmigo- una gran escritor ‘serio’ como el Celine de Viaje al fin de la noche, al que, por cierto, detesto. La voz del monólogo interior de los personajes de Thompson a veces miente, se justifica, se muestra insegura, se auto engaña, nos horroriza, es demente, embotada, vacía, pero es la de la psique individual donde arraigan los horrores públicos del Estado, la familia y la Iglesia: la terrible voz de la justificación. Nos cuenta más de lo que queremos oir.

Los protagonistas asesinos instalados en un discurso falso pero no carente de convicción y en un ambiente detallado con precisión; esas son siempre las novelas de JT. Parece ser que sus psicópatas ayundantes de sheriff tienen que ver con una experiencia personal que cuenta en su enloquecidad biografía Bad Boy de 1953, cuando uno de eso ayundantes se presentó en una aislada plataforma donde el autor trabajaba por entonces para cobrar una multa. Es la magistral descripción de cómo un hombre finje ser duro hasta que el otro, verdaderamente duro, le hace retroceder. Observen este choque desigual de cuernos entre ciervos (de distinto peso, que diría un boxeador):

Le miré de arriba abajo. Por fin, encontré mi voz

-¿Un buen viaje?

-Soportable. Salí anoche de la ciudad.

-Bueno, aquí me tiene –le dije-. Venga y atrápeme.

-No tengo prisa. Antes voy a descansar un rato.

-¿Por qué no me pega un tiro? –le dije-. Soy un criminal desesperado.

-No tengo revólver. –Me sonrió perezosamente.- Nunca he creído que se consiga nada pegando tiros. Lo digo en serio.

Se echó cuan largo era sobre la plataforma de la torre de sondeo y se puso las manos debajo de la cabeza. Cerró los ojos.

Yo me senté un rato sobre un travesaño, fumando. Después, subí hasta lo más alto de la instalación y saqué un hacha del cinturón. Empecé a golpear con ella el bloque superior, dejando caer una lluvia de virutas y astillas empapadas de grasa.

Él se las quitó perezosamente de encima y se cubrió la cara con el sombrero.
Corté un fragmento del tarugo y lo agarré con la mano antes de que cayera. Apunté con cuidado y lo solté.

Dio muy cerca de su cabeza, rebotó y fue a parar a sus manos entrelazadas. Se sentó.
Levantó la vista y me miró; después echó una ojeada al trozo de madera. Sacó su navaja- y se puso a tallarlo.

(…)

-No ha sido muy inteligente –dijo-. Y es…

-Es como es –le corté-. Está bien, vámonos.

Siguió sonriendo. De hecho, su sonrisa se ensanchó un poco más. Sin embargo, su mirada permanecía fija, carecía de humor, y sus ojos daban la impresión de estar cubiertos por un velo.

-¿Qué te hace estar tan seguro –dijo, con calma- de que vas a ir a alguna parte?

-Bueno, yo…-tragué saliva-, yo…,yo…

-Uno debe sentirse muy solo aquí, ¿no? No hay un alma en kilómetros a la redonda, salvo tú y yo.

-M…mira –dije-. No…no quería hacer…

-He vivido aquí toda mi vida –continuó con la misma parsimonia-. Todo el mundo me conoce. A ti no te conoce nadie. Y estamos solos. ¿Qué piensa de eso un tío tan listo como tú? Has vivido mucho. Has bebido mucho y te sientes muy valiente. ¿Qué crees que un estúpido paleto como yo haría en un caso así?

(…)

-No hace falta –dijo-. No hay nada que puedas hacer con un arma de fuego que no se pueda hacer mejor de otra manera. Por aquí no veo nada que me haga echar en falta un arma.

Cambió ligeramente la posición de su pierna. Los músculos de sus hombros se contrajeron. Sacó un par de guantes de piel del bolsillo y se los fue calzando con enorme lentitud. Golpeó con un puño la palma de la otra mano.

-Te voy a decir una cosa –dijo-. Te voy a decir un par de cosas. No hay modo de saber cómo es un hombre con sólo mirarle. No hay modo de saber qué diablos hará si le das la ocasión. ¿Crees que lo recordarás?

No podía hablar, pero me las arreglé para asentir con la cabeza- Su sonrisa y sus ojos volvieron a la normalidad.”

Jim Thompson pensaba que era fácil partirse en dos. Lo difícil era volver a juntar las partes.

(Continuaré tocando el tema, pero no en un futuro inmediato: me he dado cuenta de que si sigo así voy camino de escribir un ensayo de 200 páginas, y esto es un blog, creo)