En mi muy privada y particular terminología, la decencia y la curiosidad son los dos elementos más dignos del ser humano, porque contribuyen a hacer el mundo más grato y habitable -y, por el contrario, la codicia y la ignorancia (me repito más que el ajo) la mezcla explosiva para demoler ese mundo o, al menos, para hacerlo más inhóspito-, y porque contienen el resto de lo que realmente importa, como la compasión, la justicia o la libertad, la sabiduría, la belleza o la bondad.
Miro la imagen que muestra una mujer muy joven y hermosa, pero ya prematuramente envejecida. Carga a la vez un bebé y una brazada de leña. Es una desplazada, eufemismo con el que se conoce a quien ha huido de su hogar para no morir y no tiene un sitio mejor a donde ir, tampoco puede elegir y aunque nació viendo muertes esta vez una bomba ha matado a cuatro vecinos en su casa y ha tenido que marcharse. La bomba puede ser un sofisticado proyectil de los muy democráticos ejércitos de las muy democráticas democracias occidentales –toda redundancia es poca- o un artefacto más o menos casero pero igualmente eficaz de los luchadores por la libertad, la opresión, la ocupación extranjera, etcétera de turno de los compatriotas suyos, tanto da. En ambos casos ese fin -la democracia, la independencia...- que no justifican sus brutales medios me aparta de cualquiera de esos bandos, no así de ella, víctima por partida doble, o triple, o múltiple. Siento curiosidad por esa mujer, por saber cómo ha llegado a esa situación, por conocer su historia, la microhistoria, pero también el contexto pomposo de
El problema es que la curiosidad es fácil de evaluar y de definir, pero la decencia no.
Hay quien llama decencia a la hipocresía, al arte de guardar las formas, al práctico modo de mantener separados el apartamento de la amante con jacuzzi y el domicilio conyugal con las literas de los niños. La bifásica capacidad de enriquecerse con el carguete y de escandalizarse con el ladrón del supermercado. De no reconocer el aforismo brechtiano que dictamina que es mil veces peor fundar un banco que atracarlo. Y así no vamos a entendernos. Yo llamo decencia no sólo a no hacer jamás a nadie lo que no quieras que te hagan a ti, salvo que estés pensando en suicidarte; en ese caso es de aplicación no hacer a nadie lo que quieres hacerte a ti mismo, sino en no pretender saber de antemano lo que los demás desean.
Un poeta albanés, probablemente uno de los rapsodas herederos de Homero, hablando de la rivalidad de su pueblo y el serbio comienza su poema así: “Del rencor mutuo hemos nacido…” “Mënni”, rencor, cólera en albanés, como al comienzo de
De la curiosidad y la decencia, en el sentido limpio –decente- y restringido que yo utilizo, ha nacido lo mejor del espíritu humano. Lo peor lo ha parido la indolencia, la cruel falta de curiosidad por lo que te rodea, por el otro y hasta por uno mismo. Y la indecencia del autoengaño: de mirar para otro lado, de no preocuparse por lo que uno “no puede solucionar”, de no querer llevar la parte del peso de injusticia del mundo que a cada cual nos corresponde.
La curiosidad es condición previa al amor al otro (si no es narcisismo), la decencia, garantía de que ese amor será adecuado y no posesivo.
Eso sí; sin curiosidad y sin decencia se puede ser…Bush, pongamos por mal caso, y dormir por las noches. Idiotas prodigiosos, necios triunfadores, berlusconis, tonisblaires y otros muñecos de ventrílocuo con el pelo pintado a la cabeza de madera. Sin curiosidad y sin decencia se puede ser edil de urbanismo y asfaltar un viejo camino de uña medieval, tal vez una vía pecuaria, una cañada real. Sin curiosidad y sin decencia puedes cementar y poner a la venta la parte del mundo que consigas sustraer al uso común, puedes transformar la belleza olvidada de algún sitio en cuentas corrientes numeradas a tu nombre pero, majete, con ellas no puedes comprar su disfrute que no tiene precio y que era gratis de antemano.
Vuelvo a contemplar la foto de la muchacha con su bebé y su brazado de leña. La imagen es inmóvil, pero mi imaginación no. La veo caminar con los hombros altos, el esbelto cuello erguido, mucho más airosa que los andares de grulla de las modelos de pasarela. Elegancia, distinción, belleza, dignidad, sabiduría. El bebé es probable que no llegue a cumplir el año; si es así, las estadísticas dicen que morirá de una disfunción nada mortal en Occidente, de diarrea. Por aquí hay crisis, la gente tiene dificultad para pagar sus hipotecas o cambiar de automóvil cuando convenga. También se puede vivir de alquiler y caminar, pero eso no está entre los sueños de este lado del mundo.
Decencia nunca como recato, sino como honestidad suprema, el valor que nos señala la importancia de vivir.
La foto es de un barranco en Cazorla


es lo más indicado. Lo veis: americanos, españoles, concursantes televisivos, comentaristas deportivos, académicos, ensayistas y poetas, todos estamos separados por el mismo idioma común. ¿Común? Bien. Cojamos o tomemos, pero con la misma atenta delicadeza que un Homo erectus especialmente listo prendió la primera termita antes de llevársela a la boca, el diminuto diminutivo. En Bolivia, tierra a la que por razones personales estoy muy ligado, y en general en gran parte de América, se habla con muchos diminutivos y por esa y otras razones el castellano de España les suena allí áspero, fiero y, más que macho, algo maleducado. No es este el momento de preguntarse, como hace Reyes Mate, si, dado que “la gramática siempre acompaña al Imperio” (Nebrija) se puede dar voz a los colonizados con la lengua de los colonizadores. Aunque, claro que se puede; las cosas no son tan simplonas ni siquiera en lo ideológico, es decir, en el simplista espacio en que las ideologías suplantan a las ideas. Se puede a condición de que estemos dispuestos a entendernos tanto como a confundirnos (macedonia y ensalada, ricos y variados platos). Al fin y al cabo hablamos una lengua común sin compartir las mismas experiencias a menudo. No es lo mismo recoger chatarra y revolver basura a los seis años en el altiplano andino que recibir lecciones de judo después de clase en un colegio de élite de la vieja Europa a la misma edad. Conviene insistir en las obviedades; la lengua lo permite y diversos motivos lo exigen.












