Frank Norris
¿Por dónde empezar? Por el principio, claro: la novela negra tiene una rama de sus ancestros en los relatos de misterio de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, dos anglosajones desparejos: un estadounidense y un escocés, un maldito y un escritor de éxito en vida. Estos dos, además, con la contribución de otros como el Wilkie Collins de La piedra lunar, condujeron directamente al relato detectivesco de misterio o novela policiaca deductiva que nos lleva a una familia de escritores hermana pero distinta de la que nos ocupa, la que va de Agatha Christie hasta P.D. James o Benjamin Black, y con sus mejores practicantes, sobre todo féminas, entre los británicos.
Otra rama completamente distinta, en realidad un tronco desde la cepa, si seguimos la metáfora arbórea, hunde sus raíces en ese realismo más descarnado o exacerbado que se llamó naturalismo, con Zola como patriarca, pero con la novela norteamericana del primer tramo del siglo XX y, precisamente, en su aspecto más popular, lo que se dio en llamar “hard boiled mistery” que incluye tanto a la prestigiosa Generación Perdida como al inmerecidamente poco conocido O’Henry, al Ambrose Bierce de 'Gringo viejo', al Stephen Crane de La roja insignia del valor, ramales cultos como Theodor Dreiser y finalmente, ya en pleno género negro, de Hammett y Chandler a Ellroy, Connelly o Lehame. 'Hard boiled' se podría traducir, si consiguiera dar con una expresión adecuada en castellano -que no- por “lo que no se cuece con un solo hervor”; es decir, novela “dura”.
Hasta aquí una historia bien conocida y aceptada, con todos los matices que se quiera, pero ya aburrida de puro repetida. Sin embargo, casi todas estas historias suelen omitir un nombre: Frank Norris, que además escribió una novela espléndida y decisiva para el género en fecha tan temprana como 1899, McTeague. Cabe preguntarse por qué, porque hasta un cineasta tan decisivo y respetado en la historia del cine, más en concreto, del muy prodigioso cine negro americano, Von Stroheim, se enamoró de su trama (Greed, 1924, aún en pleno y maravilloso cine mudo). Con una trama que anticipaba las de ese genio posterior del otro lado del “Charco”, el belga francés Simenon; es decir, un lugar común, pero que no lo era cuando Norris lo trató: un hombre corriente, un tipo gris, anodino, irrelevante, tan desapercibido, tan de segunda categoría, tan incapaz de matar una mosca según sus escasos conocidos (¿incapaz?) que, en lo más recóndito de sí, de su alma, es un tremendo asesino, una bomba de tiempo a la que sólo le bastaría un pequeño empujón, un mínimo estímulo para matar y para hacerlo además no en un impulso, aunque parezca una contradicción con lo que vengo diciendo, sino como una muestra de lo peor de sí mismo, de su verdadera esencia tanto tiempo oculta.

Insisto. Norris fundó un tema que es hoy un tópico, pero al ser el primero, el causante, por tanto, no es culpable de su abuso posterior. Desde esa aparente vaciedad, o esa nada aparente en la que se mueve habitualmente este siniestro personaje, como señala Vázquez-Rial, lo peor está por verse. No debemos olvidar que los buenos escritores de novela negra son moralistas, como lo fueron Voltaire o Stendhal, para entendernos, y además pesimistas, lo que no está reñido con lo anterior. Por tanto, Norris y los que le siguieron señalan que el bien y la sabiduría tienen siempre límites, pero el mal y la ignorancia, no.
¿Por qué Norris no es más conocido? Norris es un triste ejemplo no sólo de ese poco fiable juez anónimo que llamamos "la posteridad", sino de ese pacato y cruel dictamen que afirma que más vale llegar a tiempo que rondar un año, es decir, que a veces es malo anticiparse demasiado. Porque resulta que además de esta novela negra fundacional McTeague, escribió una trilogía incompleta The Epic of Wheat (La epopeya del trigo), de la que terminó dos novelas: The Octopus (El pulpo, 1901) y The Pit (El Pozo, 1903, y título que coincide con otra estupenda de Onetti) y además otras fuera de ese grupo como Vandorer y el bruto (1914), Moran (1898), La mujer de un hombre (1900) y Blix (1900), que no he podido encontrar y, lógicamente, leer, pero que indican que el hombre era prolífico. Al parecer todas eran del género crudamente naturalista del estilo del Steinbeck de Las uvas de la ira que vino después. Gentes en un cambio de época, "buenos salvajes" aún rurales e ingenuos enfrentados al avance del ferrocarril, al maquinismo y a la modernidad.
La razón de este escaso reconocimiento es doble, la primera universal: murió demasiado pronto, a los 42 años, de una peritonitis en San Francisco. La segunda particular mía, aunque tenía localizada McTeague en inglés (sin leer), no me dí cuenta que la habían traducido –y muy bien, salvo una salvedad no imputable a la traductora- al castellano porque, siguiendo la mala costumbre de los distribuidores de cine con algunos absurdos títulos de películas norteamericanas cuyos ridículos ejemplos no voy a mencionar aquí, le habían cambiado ese nombre por el más convencional de “Avaricia” y a mí se me pasó (La Otra orilla/Norma, Barcelona, 2007). Y era la primera vez que se vertía a nuestro idioma. (En realidad la micro historia de cómo me hice con mi ejemplar es aún más chusca: enterado de su existencia, que data, repito, de escasamente dos años, se la pido a uno de mis libreros y al cabo de un tiempo me da la no por repetida menos temida noticia de que la distribuidora ya no la sirve a las librerías porque está ya retirada; ¡en sólo dos años! una caducidad la de los libros que empieza a competir con la de los yogures. Me resigno como en tantas otras ocasiones, pero semanas después me encuentro literalmente una pila de ejemplares saldados a la quinta parte de su precio de solapa en otra libreria especializada en este tipo de ofertas).

Este olvidado y tempranamente malogrado genio, mi tío abuelo de la novela negra, Frank Norris, nació en Chicago en 1870 y, siguiendo una migración muy típica de los estadounidenses de su generación, murió en San Francisco, California, en 1912. Ni siquiera había comenzado la Primera Guerra Mundial, la inocentemente denominada Gran Guerra (hasta que vino décadas después otra aún mayor, la Segunda).Una vida tan intensa y corta como la de su coetáneo más conocido Stephen Crane (1871-1910) o la de Jack London, nacido algo después, en 1876, pero que se suicidó en 1916. Tampoco O’Henry llegó a los cincuenta, sólo mi admirado Gringo Viejo, el autor del fastuoso Diccionario del Diablo, conocíó la vejez, pero no esperó a que acabara con él, sino que se adentró una mañana de 1914 en el México en plena revolución y nunca se supo más de él, como cuenta la novela de Carlos Fuentes, Gringo Viejo. Estos sí que fueron una generación "perdida", y no los Hemingway, Dos Pasos, Faulkner y Fitzgerald que vinieron después.
Norris, estudió, viajó, fue corresponsal en la Guerra de los boers de Sudáfrica (como Churchill, probablemente se conocieron y tomaron unos whiskeys juntos, no he podido investigarlo) y de la de Cuba, es decir, de la hispano estadounidense de 1898 en la que el primer y peor Roosevelt (Theodore) tuvo “una buena guerrita de las que podemos ganar” (textual). Una vida de paroxismo aventurero que anticipaba el estilo posterior y ya más teatral y cara a la galería de un Hemingway.

Ahora que caigo, 'greed' es tanto codicia como avaricia, de ahí el título que le han dado a la edición en castellano. Von Stroheim se obsesionó tanto con la novela de Norris, insisto, McTeague, que se cuenta que comenzó a rodarla sin guión, página por página, llegando a filmar 96 horas; montó nueve y el temido y famoso productor Irving Thalberg, responsable de algunas de las más siniestras mutilaciones de obras maestras del cine, se caló el habano en la boca y la dejó sin problemas en dos; quizás por eso y no a pesar de eso, le dieron el Oscar.
El gran Von Stroheim (
¿dándole instrucciones a un muñeco de
ventrílocuo?)

Los lectores de hoy de Norris, y espero que los tenga, conocen seguramente a London, Crane y Bierce, algo menos a ese Dreiser que convendría rescatar. De lo que estoy seguro es de que conocen a Dashiell Hammett, a Raymond Chandler, a Horace Mc Coy y a James M. Cain. Pues bien, todos ellos son sus descendientes, más concretamente, sus sobrinos, de modo que todos los escritores de esta corriente de novela negra resucitada y de éxito, incluyendo los pobres, malogrados y póstumos 'bestsellerianos' suecos modelo Larsson, son sus sobrinos nietos. Para que os hagáis una idea, del famoso El halcón maltés de Hammett su biógrafo Richard Layman dijo: “es una novela que adoptó valores modernos: el realismo social descrito con dolorosa precisión, una actitud pragmática hacia la vida y una pintura de la moralidad sin referencia a instituciones sociales, implicando una separación de la ‘pulp fiction’ de ‘Black Mask. Tenía una relación muy próxima con las obras de Frank Norris, Theodore Dreiser, Jack London y Hemingway.”
Horacio Vázquez-Rial va más allá y sostiene –y no veo como contradecirle con mejores argumentos- que el Santuario de Faulkner está prefigurado en esta Avaricia/McTeague de Norris. Sin embargo, hay gente, que se reclama culta por supuesto, a la que le sigue convenciendo hacer distinciones rígidas entre cultura y cultura popular, cuando lo que siempre habrá es mala o buena literatura, mala o buena pintura, mal o buen arte, etcétera. Son esos pobres y presuntuosos pedantes que fruncen la naricilla y dicen que ellos no leen novelas policiacas (o peor aún: que no leen novelas)
Una advertencia
A algunos cultos irredentos y, me temo, anacrónicos quizás os suene el elogio al hombre corriente del fascismo como parte de la estrategia de halagar a las masas manejables como buenos rebaños Ese uomo qualunque de Mussolini. Pues bien, algo antes de esa propaganda, el genio de Norris había denunciado que esos convenientemente sumisos grises hombres corrientes que quizás se agazapan en el interior de cada uno de nosotros esconden también lo peor del ser humano. Llamadme inmodesto, pero nunca me gustó la posibilidad de que me confundieran con uno de ellos.
La novela es buena, como el mejor Zola, es decir, el menos explícitamente ideológico; o como un Horace Mc Coy o un Chandler en el amanecer de las ciudades occidentales de Estados Unidos, aunque algo lastrada por un darwinismo rudimentario y una idea de las leyes de la herencia genética francamente ingenuas; algo que comparte por otra parte con el Dr Jekill y Mr Hyde de Stevenson o la saga deTarzán de Edgar Rice Burroughs; y que expresa lo que se sentía en el aire en aquellos momentos, esto es: el espíritu de la época, el famoso Zeitgeist de Hegel. Una delicia.
P.S.
"El hecho de que la gran novela de Frank Norris, McTeague (Avaricia), no haya sido traducida hasta ahora al castellano es uno de los grandes misterios de la cultura hispánica. Y no es un misterio porque haya sido ignorada como pieza clave de la literatura naturalista en Estados Unidos, qué vacíos de esa clase hay muchos, sino porque es determinante en el devenir de un género enormemente difundido en todas las lenguas: la novela negra, que, por otra parte, ha sido volcada al español, con mayor o menor fortuna, en abundancia."
Horacio Vázquez-Rial