TABLÓN DE ANUNCIOS

TABLÓN DE ANUNCIOS

1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

***

2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

***

3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


30/11/2009

Nadar

Holden flotando en la piscina de Swanson

“Siempre quise tener una piscina propia” es la frase con la que William Holden –quizás el único actor de Holywood con permiso de Cary Grant y de David Niven capaz de estar elegante en bañador- inicia la película de Sunset Boulevard, ya muerto, y no con bañador sino completamente vestido y flotando boca abajo en una piscina…ajena, la de Gloria Swanson, vieja y despótica estrella en declive. Sunset Boulevard fue absurdamente titulada aquí El crepúsculo de los dioses, como si en lugar de Billy Wilder fuera otra “W”, la de Wagner, la responsable de la amarga historia: chico joven, guapo y con talento (es escritor y quiere vender sus guiones, como tantos blogueros hoy en la Red) viene a la ciudad de las oportunidades (Los Ángeles) para comerse el mundo, pero “el mundo” se lo come a él, con belleza (o a causa de su belleza), talento y todo. Sunset Boulevard es la larga y famosa avenida flanqueada de altas palmeras ("wasintonias excelsas") que se extiende desde Figueroa Street, en pleno centro de Los Ángeles, atravesando Beverly Hills, hacia la ruta 1, camino del Pacífico.

Yo no. No tengo ni aspiro a piscina propia; la precisaría demasiado grande (25 metros de largo al menos). Voy a una piscina municipal cubierta varios días a la semana sobre las 7 de la mañana y nado dos kilómetros en algo más de 45 minutos aproximadamente. Cualquiera que esté al corriente de las marcas o que siga campeonatos u olimpiadas por televisión sabrá que no es un récord, sino más o menos la velocidad a la que un hombre camina por el borde de la piscina siguiendo al nadador, la mitad de la que yo desarrollo cuando en mis paseos con Jara aprieto el paso. Ochenta largos, básicamente en mi elegante y fácil crawl (modestia al margen: son muchos kilómetros o, por mejor decir, millas marinas recorridas desde mi ya lejana juventud) que alterno con espalda y braza (la más recomendable para mantenimiento, pero también la que más me aburre).

Por la calle de la izquierda me suele flanquear un joven fornido, bajito y ancho de hombros, bancario de una caja de ahorros más o menos de la edad, quizás un poco mayor, que mi hijo Juan (al que no veo hace años). Debería mejorar su patada un poco: hace una tijera extraña cuando gira la cabeza para respirar. Por la derecha, más pausado pero tenaz avanza un joven abogado que después de ducharse se cuelga su corbata (el bancario también; el único con indumentaria informal a esas horas soy yo y un bombero que acude en chándal), recoge a sus hijos para llevarlos al colegio y acude a su despacho. Algo más allá nada una muchacha que es una centella, pero al revés que yo y el bancario se detiene a menudo en uno de los extremos, se sujeta en el borde asomando sus codos como alitas de vencejo y descansa un rato apoyada en el mentón y mirando a su alrededor: rápida y sin resistencia, esa podría ser una metáfora, la definición de cierta juventud desencantada, pero no saquemos las cosas de quicio; o no salgamos de la piscina. En el borde opuesto, ocupando dos calles reservadas por corchos flotantes, grande y lento se mueve un viejo artrósico, panza arriba, al ritmo de sus dos brazos a la par; al llegar a un extremo no cambia de sentido, mucho menos hace un giro sumergido, sería inimaginable, sino que va girando lentamente describiendo una curva exactamente como una vieja gabarra de carbón. Su médico le ha mandado esa suerte de flotación (me resisto a hablar de nadar) paliativa.

Esos somos los fijos a esa temprana hora (no quiero dar pistas, pero creo que es la única piscina municipal con tan generoso horario): la muchacha, que no comparte vestuario lógicamente y por desgracia (tienen una bonita figura) con los demás y de la que por eso mismo sabemos poco, los dos jóvenes trabajadores, el viejo artrítico y el no tan viejo servidor; a veces el bombero, a veces otros cuyos estilos de bracear más que sus caras me suenan más o menos.

Mientras nado voy pensando en mis cosas, pero procurando antes de girar de vuelta llevar la cuenta de los largos de piscina; si me equivoco o dudo contabilizo a la baja, con lo que a menudo nado más de lo que me he propuesto. Nadar podría ser una metáfora de la vida, como nadar rápido y sin constancia podría serlo de la juventud: al principio entras (en la vida, en la piscina), y al final sales. Bueno, en medio está la piscina, el mundo, nadar, esto es lo que hay, uno solo en su calle, acompañado a distancia por otros iguales, pero no idénticos, a ti.

David Hockney

De joven me encantaban las piscinas. Hasta fui socorrista de una de ellas un año de aquellos (cómo me encantaba tontear con las chicas y los amigos debajo del trampolín, corriendo las sillas de tijera para seguir bajo su sombra esos largos días de verano). Nadaba rápido, y me encantaba lanzarme al agua, más que permanecer en ella. A medida que cumplía años me gustaron menos las piscinas. Confieso que me daban, aún me dan, un poquito de asco, aunque el cloro que le ponen podría matar a todos los gérmenes de un pequeño país infeccioso. Me gusta sobre todo nadar en el mar, largas distancias (cruzar, por ejemplo, de Asturias a Galicia –suena a proeza; no lo es, aunque hay que tener cuidado con las corrientes del canal principal), poco a poco fui perdiendo velocidad y convirtiéndome en un fiable nadador.

También me gustan las pozas de las gargantas de la vecina sierra de Gredos, de aguas heladas y limpias, pero ahí más que nadar –las cruzo en cuatro brazadas- se trata de chapuzarse, Jara las adora, como los tramos de ríos remansados.

El mar le da más respeto y no quiere acompañarme. No le gustan los horizontes lejanos.

Quizás hayáis leído el relato de Cheever, El nadador, o la película basada en él, con un Burt Lancaster que va recorriendo las piscinas de sus amigos y vecinos, regresando a casa desde una fiesta resacosa, apenas quince maravillosas páginas. Es una película tristísima; al comienzo luce el sol, al final llueve, al principio es una mañana de verano y sus vecinos le reciben encantados; al final una desapacible tarde otoñal y con propietarios ariscos. La vida.

No, definitivamente no necesito una piscina propia. De hecho, lo prefiero así, con esos jóvenes delfines flanqueándome a ambos lados, la bonita muchacha un poco más lejos, el lento viejo flotando más allá…La vida.


26/11/2009

Balada de la estación de Stockwell: le mató el miedo


Le mataron.

¿Por qué?

Balada de la estación de Stockwell. Me imagino que la podría componer 'el hombre de negro', con unos sencillos compases tres por cuatro de puro blues, si no fuera porque también él está muerto.

(Aún así, suena la voz carrasposa, inimitable del gran Johnny Cash):

"Aún tenía los carrillos algo regordetes de la no muy lejana infancia, no las mejillas afiladas como cuchillos que le sentenciaron (o no). ..

...Mofletes que una madre acarició...


...habría tenido hijos después de conocer a una guapa muchacha, habría leído libros, visto películas, escuchado canciones, hecho el amor en la playa, alimentado a su gato, visto cuadros de batallas, contemplado cientos de puestas de sol, lustrado sus zapatos, reparado una vieja cafetera, comprado un paraguas, elegido un ramo de flores, acariciado unas nalgas, enseñado a nadar a su hija pequeña, probado las ostras crudas sólo con un poco de limón y el chablís bien frío, pero...

...había mucho miedo y estaba donde no debía. Tenía un destino fatal. Era joven. Era mulato. Se parecía a alguien que no debía. Era pobre"

¿Os suena la letra?

Hace algo más de cuatro años un electricista se subió a un tren para acudir a su trabajo pero jamás llegó a su destino; unos hombres armados le intimidaron primero y le asesinaron a sangre fría en el suelo del vagón donde le habían obligado a tenderse. No le robaron nada, salvo la vida, claro. Le dieron siete balazos. Se podría hablar de enseñamiento, porque ya desde el primero estaba muerto.



Podría haberse tratado de una república centroamericana, de miembros de un escuadrón de la muerte, de un famoso líder sindical, pero los asesinos eran agentes de la famosa y bien reputada Scotland Yard; el muerto, Jean Charles de Menezes, un joven brasileño de 27 años; el lugar, la estación de metro de Stockwell, en Londres; la fecha, el 22 de julio de 2005. Menezes no era un peligro para nadie, no iba armado, no llevaba nada ilegal en su mochila, mucho menos explosivos, no mantuvo una conducta sospechosa ni huyó de los agentes al ser requerido, pero…

…pero era mulato, oscuro de piel, y era joven.

O sea, sospechoso.

El día anterior, el 21 de Julio, quizás lo recordéis, se frustraron una serie de atentados en la capital británica, y dos semanas antes cuatro bombas mataron a 56 personas en el transporte público londinense. No es una disculpa para nadie, pero explica que hubiera un miedo terrible en el ambiente, entre la gente y, lo que es peor e infinitamente más peligroso, entre las fuerzas de seguridad, las mal llamadas de “seguridad” (¿Para quién?)

Podemos pensar que a Menezes le mató la fatalidad. Igual podríamos decir que le mató su juventud, su bonita piel canela o su digna pobreza (viajaba en metro). Además no estamos en la antigua Roma para invocar el ‘Fatum’, el destino, ni en la Grecia de las ‘Moiras’ o el ‘Ananke’, sino en una urbe moderna de un muy democrático país. Los dos agentes que vaciaron sus armas, semiautomáticas Glock 17, sobre el joven Menezes, también jóvenes, le confundieron, parece ser, con un terrorista buscado, Hussein Osman.

¿Le mató el parecido?

En realidad no se parecía tanto al buscado Osman, pero ambos eran morenos, y todos estos morenitos son iguales, ¿no? Jean Charles era algo más joven que Hussein, probablemente, en una encuesta al azar, también más guapo. No le salvo ser más guapo, ni ser electricista, ni ser brasileño y no yemení, ni viajar en metro.

O sea, a Jean Charles no le mató la fatalidad, ni el racismo, aunque los prejuicios intervinieran.

A Menezes le mató el miedo.

Más concretamente le mató, de un lado, una sociedad tremendamente acojonada que hace de la inviable aspiración a una seguridad absoluta, que nunca ha existido y nunca existirá, una meta imposible y peligrosa, que cambia por libertad y por auténtica aunque más modesta seguridad (la inestimable seguridad de poder subirte al metro de Londres siendo joven y morenito, entre otras cosas). De otro, como en los carteles de reclamo de los gángsters del cine negro, le mataron “gente armada y peligrosa”. Gente legalmente armada, gente legalmente peligrosa, pero, ahí está la clave, no para todos, sólo para los jóvenes morenitos.

A los que temen.

Y les matan.

Por seguridad.

Por el bien de los demás.

Alguien tiene que hacerlo.

Y se pasa mucho miedo, con tanto sospechoso suelto por las calles.

Y en el metro.

Los testigos de este juicio no ya sin condena, sino sin sentencia, declararon que los dos policías no dieron el alto a Menezes de forma clara y audible, que este no se llegó a levantarse de su asiento, mucho menos en actitud amenazante y que el comportamiento de la víctima no resultó en ningún momento sospechoso.

El presidente de la investigación, el muy honorable juez Michael Wright, prohibió expresamente a los miembros del jurado que acusaran a los agentes de “homicidio injustificado” (porque el miedo, supongo, todo lo justifica), por lo que no les quedó otro remedio que negarse a emitir sentencia. Eso les honra. En cuanto al juez, no se llega a la alta magistratura ni se adquiere el derecho a vestir toga púrpura, cuello de armiño y peluca rizada de tirabuzones sin prestar oídos a “intereses superiores”. (El que yo le desee un cáncer de páncreas fatal pero no inmediatamante fulminante no tiene la menor importancia y dice más de mí que de él, el alto magistrado de fino oído hacia las alturas).

La familia, pobre en recursos y con una situación legalmente endeble en la metrópoli, intentó reabrir un caso apresuradamente cerrado con la absolución de los agentes y sus superiores. No lo consiguió, aunque el jurado se negó, y eso les honra, a refrendar como legítima la actuación de la policía. La familia ha recibido una indemnización que, dada la urgencia de sus necesidades y su falta de recursos, se ha negociado a la baja. “debemos seguir adelante con nuestras vidas” han declarado

Hay dos “in” que no se deberían relacionar toscamente y de continuo, incluso por la mal llamada izquierda: la inseguridad y la inmigración.

¿Soy demagógico? No creo. Tampoco soy inmigrante, ni electricista, ni joven, ni pobre, ni vivo en Londres, pero sí en una ciudad homologable a la inglesa que también ha recibido cruentos atentados indiscriminados, y sí: soy moreno, y sí: soy un hombre, con el miedo justo para no ser un peligro para los demás.

Le mató el miedo. No el suyo, sino el de los demás. Eso hasta lo entiendo, pero lo que me repugna es que sea la (Sin-)Razón de Estado la que le niegue una mínima reparación. Ha sido pues una muerte sin sentencia, y no hablo de la que condenó a la víctima a la pena capital y sin apelación, sino la que, sobre esa muerte, después, ni siquiera emitió un tribunal del muy democrático Reino Unido de Gran Bretaña.

El pasado lunes 23 se cerró el caso Menezes. Caso cerrado.



Postdata:

La policía británica está realizando detenciones “rutinarias” con la finalidad de incluir el ADN de los arrestados en su Base Nacional de Datos. Hasta aquí un paso más hacia la sociedad del Gran Hermano, junto a la proliferación de cámaras de vigilancia en sus calles, delaciones de vecinos (premiadas, tengan o no fundamento), etcétera. Pero se da el caso de que las tres cuartas partes (76%) de los jóvenes negros entre 18 y 35 años figuran en este registro. Un hecho que hasta la Comisión Independiente que asesora al Gobierno británico sobre el registro genético considera “desproporcionado”. El registro de ADN británico es el mayor del mundo –alrededor de un millón de ciudadanos inocentes y sin antecedentes, según el presidente de la citada comisión Jonathan Montgomery- y la norma es “arrestar a los infractores por cualquier motivo si se tienen capacidad para hacerlo”.

Hace bastantes años paré mi Norton junto a la Grande Place de Bruselas y me acerqué a preguntar a un viandante. Salió corriendo sin esperarme mientras yo le gritaba cabreado por su miedo. Hoy, tal vez, me hubieran disparado.

24/11/2009

Personajes o personajes. Armaduras y androides


“A la gente no le gusta que/ uno tenga su propia fe”.

(Como decía Brassens y traducía Paco Ibáñez, donde esté una mala reputación…)


Por primera vez en la Historia hay 'famosos' que lo son por serlo, por salir en la tele o en las revistas de papel "couché", y que obviamente no me interesan, aunque me intriguen como fenómeno global, pero también ha habido siempre personajes 'históricos' que no me han interesado más allá de lo que precisamente les hizo ser decisivos. Como los nuevos famosos, tampoco muchos de los de toda la vida, los que llenan las páginas de los libros de Historia, me intrigan en sí mismos, como personas. Los veo planos, sin hondura, vacíos. Es el caso, por poner un ejemplo bien paradigmático, de Hitler, del que jamás leeré una biografía suya pues no creo que ahí estén las claves de lo que sucedió. Es decir, fue un tipo que, en mi opinión, no encierra ningún enigma y, por tanto, ningún interés: mediocre, inculto, frustrado, pero…que en un determinado momento acumuló un enorme poder. Para mí eso explica que alguien carente de interés, y tal vez ‘porque’ no tenía ningún interés, casi reventase la historia de la primera mitad del siglo XX y arrasase varios continentes. En cambio, el espía y traidor, y reputado historiador de arte británico, Anthony Blunt, (La excelente novela El Intocable de John Banville recrea su vida) del que ya he hablado en anteriores ocasiones, me parece absolutamente fascinante, como su principio ético de ser leal antes a los amigos o a ciertos principios que a entelequias para guiar rebaños como la patria o la bandera.

También conozco, ‘personalmente’ por fortuna, algunas personas "anónimas", ya mayores -porque el proceso para “hacerse” requiere toda una vida-, que son interesantísimas; esto es, tienen biografías de enorme calado y son fascinantes. Y son, uno artesano, otra una abuela y otro un pescador de bajura, también un cabrero, un fabricante de barcas. Todos han dejado huella a su alrededor, todos son singulares, irreductibles al tópico de su oficio, de su origen o de su condición social. Son personas riquísimas de las que a veces alguien puede llegar a decir que son “todo un personaje”, pero son justo lo contrario.

Me da la impresión de que hoy hay entre la gente joven –no toda, deseo suponer- una obsesión por la fama, por ser un personaje antes que una persona cabal. En un extremo, algunos cuelgan un vídeo anunciando que van a matar a todos sus compañeros de escuela y luego se van a suicidar (deberían proceder justo al revés) y quizás en el medio, otros, los más estadísticamente, simplemente sueñan con salir en algún Reality Show tipo Gran Hermano (qué nombre terrible ¿sabrán lo que significa?)

Pienso en mis amigos: el carpintero de ribera, el cabrero, el artesano (encuadernador), mi abuela Emilia, y pienso en individuos afamados por mala –Hitler- o buena –el tal Bisbal- reputación, y la mayoría de los políticos españoles actuales de uno u otro signo, a los que no encuentro ningún interés. Lo que les distingue no es el agradable anonimato de los primeros frente a la fastidiosa fama de los segundos ni su inexistente talento, pues hay gente ‘famosa’ que sí me interesa, y mucho, como los citados espías del grupo de Cambridge (Blunt, Philby, etc.), Leonardo, Mandela, y un larguísimo etcétera.

No. Lo que distingue a los Aznar, Zapatero, Hitler, Bush, (vaya, me está saliendo casi sólo políticos) de los Mandela, Paco, Ramón, Da Vinci, Cortazar, Morandi, Emilia, etc., es que los primeros son gentes que van con sus creencias por delante, guiándoles. Los segundos también tienen creencias, faltaría más, las guardan para sí, pero se guían por ideas, que son mucho más complejas, de forma que su vida no es un biopic, ni un reality ni un slogan, sino una vida. Incluso hay países que son más de creencias, como España o Argentina, y países afortunados/evolucionados que son más de ideas, como los escandinavos.

En los primeros lo más destacable, si llega el lamentable caso, será su monstruosidad, pero lo más obvio siempre, en cualquier situación, es su mediocridad.

Pero no nos pongamos estupendos. Puede ser, como señala otro Ibáñez de talento, Andrés, que se trate del deseo de ser una máscara. Es decir, del deseo de salir de la naturaleza. De los inicios del Pensamiento Androide. ¿El deseo de ser de metal? Titanio tal vez. El "pensamiento" androide y el propio androide (le pongo comillas, porque no es pensamiento, no hay pensamiento vacío por definición, digan lo que digan los practicantes de la meditación, siempre breve, efímera; es creencia) es duro por fuera, como corresponde, como los crustáceos, y no por dentro, como los mamíferos y los verdaderos humanos; o lo que viene a ser lo mismo: están vacíos. Son cristalinos, con uniformes planchados, fotogenia fija, perfilados, de obvia dureza externa; vacíos por dentro. Todo concuerda. Fijaros bien.

Lo más seguro es que el ya viejo mito de la guerra entre máquinas con aspecto externo humano (robots, androides) y auténticos y blandos humanos lleve ya tiempo sin darnos cuenta. Visto así hay muchas cosas que concuerdan: ese alcalde fascinado por la maquinaria y las grandes obras públicas y, sin que me apuren, el 97% del parlamento español, y el 96’9% de los autonómicos. Lo peor no es que nos dominen, sino que nos contagian, al menos a los más jóvenes y desprotegidos. Y la cosa viene de antiguo, repito; en un relato, ‘El caballero inexistente’, Ítalo Calvino nos presentaba una armadura que se movía, actuaba como era esperable, pero estaba vacía, no tenía ninguna persona dentro.

Hace ya muchos años una punki preciosa que acababa de conocer en un concierto me dijo que yo era “como una buena polla”. Cuando le afee la expresión y le expliqué que por el momento además era infundada, me replico que era una metáfora: “suave por fuera, pero duro por dentro”. Vaya, me sentí halagado, pero la replique que más bien era al revés, que yo era como una almeja,”duro por fuera, pero bien blandito por dentro”. Pero no vacío. Eso no.

21/11/2009

Rock visual

Brooklyn Museum
200 Eastern Parkway
Brooklyn, N.Y.


Sostengo –y varios millones de años de evolución me avalan- que el ser humano es un animal fundamentalmente visual u óptico. Como los monos, que somos, como los loros, que a menudo parecemos, en nosotros es la vista el sentido primordial o dominante (y consecuentemente los ciegos son los minusválidos por antonomasia, aún más que los paralíticos totales). Con el oído no sólo oímos mucho menos que casi cualquier otro mamífero, aunque compongamos música, la más humanamente angelical y evanescente de las artes: no olvidemos que para eso no se necesita oír muy agudamente, sino un cerebro muy especial; el Beethoven sordo me avala igualmente. Del mismo modo que para apreciar la pintura, pongo por caso, no se necesita la vista de precisión de un águila planeadora, sino ciertas sofisticadas capacidades mentales que configuran entre otras, la estética. Del olfato y del gusto, o del bendito tacto, mejor ni hablamos: un solo pelo del bigote de un gato (vibrisa) tiene más terminaciones nerviosas que toda la palma de nuestras manos y todas las yemas de nuestros dedos, y eso que no olvido que nuestra piel es el órgano más extenso y más propiciador de placer de todo nuetro cuerpo.

En realidad, tampoco somos los mejores con la vista, pero sí los más completos: vemos en colores, a la inversa que la mayoría de los mamíferos, aunque no ‘vemos’ el ultravioleta, como las abejas, o el infrarrojo, como algunos reptiles. Vemos estereoscópicamente, es decir, en tres dimensiones, al tener desplazados frontalmente los ojos de forma que solapan las imágenes, aunque compartamos ese rasgo con el resto de primates y con búhos y lechuzas, y vemos igual de bien o de mal de lejos (los perros, por ejemplo, son miopes) que de cerca.

Pero sobre todo es que organizamos la percepción del mundo a través de la vista, nuestro universo es visual -hasta nuestros sueños lo son: películas orníricas que puede que sean a menudo mudas, pero no sin imágenes-, incluso para leer necesitamos la vista (que te lean es otra cosa, oír un libro es otro asunto). Por eso, entre otras cosas, yo opino, contra toda otra evidencia, que el e-book no desplazara al libro como objeto, porque un libro no es sólo sus páginas una tras otra, sino el objeto que vemos y abrimos, manipulamos, en conjunto.

Pero, ¿la música necesita de la vista? Yo creo que sí. De hecho, ejem, para mí al menos, algunas llamadas músicas creo que no precisan del oído, más bien al contrario. Algunos músicos eran o son ciegos, puede que eso les distraiga menos de su perspicaz oído interno y del agudísimo externo, pero, sin ir más lejos, la música por excelencia de nuestro tiempo, el rock y el pop, debe gran parte de su fama, de la configuración de su mito, de su…nunca mejor dicho, “imagen” no a los conciertos o a los discos, sino a las imágenes, fotográficas principalmente, que las reflejaban.

En el museo de Brooklyn en Nueva York se muestra estos días una exposición que se llama ¿Quién disparó al rock & roll? (Who shot rock & roll?). Allí se puede ver a un Elvis Presley jovencito y, por tanto, aún no deforme por las drogas, alcohol incluido, morreándose con una rubia con la que se había ido timando a lo largo del concierto. Una foto de 1957 de Alfred Weithemer que hoy le habría valido una demanda.


O ese Bob Dylan en el París de 1966 acosado ya por paparazzi y cazados, ambos, por uno que no lo era, el gran fotógrafo Barry Feinstein.

Sí, el rock también se pillaba por la vista. Por cierto, por aquí se oye mucho español, pero visualmente esto no es España.

19/11/2009

postal


Es evidente. Esto no es un post, sino una postal

Gran parte del encanto de cualquier idioma es su ambigüedad. Aquí ya no quedan indios, salvo los que se ocupan de los casinos bastante más al suroeste. Y tampoco es verano, pero estamos en pleno 'Indian Summer', el equivalente desmesurado del veranillo de San Martín por mis pagos habituales según Miroslav; en fin, esos días cálidos de otoño, antes de la llegada de los fríos severos, en que las hojas de los árboles enloquecen literalmente, se desbocan, tiran de paleta y tiran la paleta. Pongamos que hablo de un lugar llamado Ithaca, pero que no es la patria de Ulises, y además el Mediterráneo y cualquier mar color de vino le queda lejos y es un océano azul plomizo el que está mucho más cerca. No, esta “Ítaca” ni lleva acento en la i ni está en el Egeo, sino en el Estado de Nueva York. Y tiene una Universidad muy pija que se llama Cornell. Los tipos como yo normalmente hacemos 'bolos' por provincias, pero a veces nos invitan al 'Imperio'.

La borrachera de colores tiene una explicación más prosaica (prosa-ica), pero a mí me emociona al menos tanto como la poética. En América las grandes cordilleras, Rocosas, Apalaches, Andes, Sierra Nevada son longitudinales, de Norte a Sur, mientras que en el Viejo Mundo son transversales, de Este a Oeste: Pirineos, Alpes, Cáucaso, Urales, Cárpatos. Durante las pulsaciones climáticas de glaciación e interglaciar (cálido, como el que vivimos ahora), los árboles, que no tienen patas como la mayoría de las gentes que les permitan migrar, sino raíces, como los nacionalistas, que les permiten arraigar, sí que pueden moverse, sin embargo, con sus propágulos y semillas, con alas y otros ingenios propios o ajenos: viajando en el buche de animales móviles; que viene frío, bajan hacia el Sur (como los ánades y los gansos, pero en lugar de anualmente a lo largo de centurias); que viene calor, hacia el norte, pero…¿qué pasa si la cordillera en lugar de ser un “pasillo” de Norte a Sur es un muro, una barrera alzada entre el Norte y el Sur? Pues que las montañas dejan de ser comunicaciones para ser obstáculos, con un antes y un después, y las extinciones por causas climáticas aumentan, aunque algunas especies encuentren precario refugio arriba o abajo de las montañas que así se convierten en islas. Finalmente, y debido a tan azaroso asunto como es la orientación principal de las cordilleras, en América hay diez veces más especies de árboles caducifolios (y también coníferas de hoja perenne) que en Europa, y consecuentemente, la paleta de colores del amarillo al morado, pasando por todos los tonos de ocres y rojos, es inmensamente mas amplia.

Hay que salir a los bosques a recoger setas y bayas, a emborracharse de colores y a comprobar si han llegado unas aves, si se han marchado otras, si las marmotas están ya invernando.


Ante tanta belleza uno debe poner cuidado en no disparatar con pensamientos pretendidamente profundos y, en el fondo, simplemente felices, someros, puramente emocionales, del tipo de:

“¡que bonito es el mundo!” (Sí, como estar dentro de un documental de David Attenborough; o sea: para ti en este momento, so mamón),

o “¡Qué bello es vivir” (creo que el título lo tiene registrado Frank Capra).

Así que me limitaré a decir algo absolutamente irrebatible, creo, en mi modestia:

“Pensad qué paraíso sería este mundo si los hombres fuéramos buenos y sabios.”



Y, hala, otra postal para acabar y os emparedo entre postales, o sea, os empostalo



18/11/2009

El Tío Abuelo de la Novela Negra

Frank Norris


¿Por dónde empezar? Por el principio, claro: la novela negra tiene una rama de sus ancestros en los relatos de misterio de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, dos anglosajones desparejos: un estadounidense y un escocés, un maldito y un escritor de éxito en vida. Estos dos, además, con la contribución de otros como el Wilkie Collins de La piedra lunar, condujeron directamente al relato detectivesco de misterio o novela policiaca deductiva que nos lleva a una familia de escritores hermana pero distinta de la que nos ocupa, la que va de Agatha Christie hasta P.D. James o Benjamin Black, y con sus mejores practicantes, sobre todo féminas, entre los británicos.

Otra rama completamente distinta, en realidad un tronco desde la cepa, si seguimos la metáfora arbórea, hunde sus raíces en ese realismo más descarnado o exacerbado que se llamó naturalismo, con Zola como patriarca, pero con la novela norteamericana del primer tramo del siglo XX y, precisamente, en su aspecto más popular, lo que se dio en llamar “hard boiled mistery” que incluye tanto a la prestigiosa Generación Perdida como al inmerecidamente poco conocido O’Henry, al Ambrose Bierce de 'Gringo viejo', al Stephen Crane de La roja insignia del valor, ramales cultos como Theodor Dreiser y finalmente, ya en pleno género negro, de Hammett y Chandler a Ellroy, Connelly o Lehame. 'Hard boiled' se podría traducir, si consiguiera dar con una expresión adecuada en castellano -que no- por “lo que no se cuece con un solo hervor”; es decir, novela “dura”.

Hasta aquí una historia bien conocida y aceptada, con todos los matices que se quiera, pero ya aburrida de puro repetida. Sin embargo, casi todas estas historias suelen omitir un nombre: Frank Norris, que además escribió una novela espléndida y decisiva para el género en fecha tan temprana como 1899, McTeague. Cabe preguntarse por qué, porque hasta un cineasta tan decisivo y respetado en la historia del cine, más en concreto, del muy prodigioso cine negro americano, Von Stroheim, se enamoró de su trama (Greed, 1924, aún en pleno y maravilloso cine mudo). Con una trama que anticipaba las de ese genio posterior del otro lado del “Charco”, el belga francés Simenon; es decir, un lugar común, pero que no lo era cuando Norris lo trató: un hombre corriente, un tipo gris, anodino, irrelevante, tan desapercibido, tan de segunda categoría, tan incapaz de matar una mosca según sus escasos conocidos (¿incapaz?) que, en lo más recóndito de sí, de su alma, es un tremendo asesino, una bomba de tiempo a la que sólo le bastaría un pequeño empujón, un mínimo estímulo para matar y para hacerlo además no en un impulso, aunque parezca una contradicción con lo que vengo diciendo, sino como una muestra de lo peor de sí mismo, de su verdadera esencia tanto tiempo oculta.

Insisto. Norris fundó un tema que es hoy un tópico, pero al ser el primero, el causante, por tanto, no es culpable de su abuso posterior. Desde esa aparente vaciedad, o esa nada aparente en la que se mueve habitualmente este siniestro personaje, como señala Vázquez-Rial, lo peor está por verse. No debemos olvidar que los buenos escritores de novela negra son moralistas, como lo fueron Voltaire o Stendhal, para entendernos, y además pesimistas, lo que no está reñido con lo anterior. Por tanto, Norris y los que le siguieron señalan que el bien y la sabiduría tienen siempre límites, pero el mal y la ignorancia, no.

¿Por qué Norris no es más conocido? Norris es un triste ejemplo no sólo de ese poco fiable juez anónimo que llamamos "la posteridad", sino de ese pacato y cruel dictamen que afirma que más vale llegar a tiempo que rondar un año, es decir, que a veces es malo anticiparse demasiado. Porque resulta que además de esta novela negra fundacional McTeague, escribió una trilogía incompleta The Epic of Wheat (La epopeya del trigo), de la que terminó dos novelas: The Octopus (El pulpo, 1901) y The Pit (El Pozo, 1903, y título que coincide con otra estupenda de Onetti) y además otras fuera de ese grupo como Vandorer y el bruto (1914), Moran (1898), La mujer de un hombre (1900) y Blix (1900), que no he podido encontrar y, lógicamente, leer, pero que indican que el hombre era prolífico. Al parecer todas eran del género crudamente naturalista del estilo del Steinbeck de Las uvas de la ira que vino después. Gentes en un cambio de época, "buenos salvajes" aún rurales e ingenuos enfrentados al avance del ferrocarril, al maquinismo y a la modernidad.

La razón de este escaso reconocimiento es doble, la primera universal: murió demasiado pronto, a los 42 años, de una peritonitis en San Francisco. La segunda particular mía, aunque tenía localizada McTeague en inglés (sin leer), no me dí cuenta que la habían traducido –y muy bien, salvo una salvedad no imputable a la traductora- al castellano porque, siguiendo la mala costumbre de los distribuidores de cine con algunos absurdos títulos de películas norteamericanas cuyos ridículos ejemplos no voy a mencionar aquí, le habían cambiado ese nombre por el más convencional de “Avaricia” y a mí se me pasó (La Otra orilla/Norma, Barcelona, 2007). Y era la primera vez que se vertía a nuestro idioma. (En realidad la micro historia de cómo me hice con mi ejemplar es aún más chusca: enterado de su existencia, que data, repito, de escasamente dos años, se la pido a uno de mis libreros y al cabo de un tiempo me da la no por repetida menos temida noticia de que la distribuidora ya no la sirve a las librerías porque está ya retirada; ¡en sólo dos años! una caducidad la de los libros que empieza a competir con la de los yogures. Me resigno como en tantas otras ocasiones, pero semanas después me encuentro literalmente una pila de ejemplares saldados a la quinta parte de su precio de solapa en otra libreria especializada en este tipo de ofertas).



Este olvidado y tempranamente malogrado genio, mi tío abuelo de la novela negra, Frank Norris, nació en Chicago en 1870 y, siguiendo una migración muy típica de los estadounidenses de su generación, murió en San Francisco, California, en 1912. Ni siquiera había comenzado la Primera Guerra Mundial, la inocentemente denominada Gran Guerra (hasta que vino décadas después otra aún mayor, la Segunda).Una vida tan intensa y corta como la de su coetáneo más conocido Stephen Crane (1871-1910) o la de Jack London, nacido algo después, en 1876, pero que se suicidó en 1916. Tampoco O’Henry llegó a los cincuenta, sólo mi admirado Gringo Viejo, el autor del fastuoso Diccionario del Diablo, conocíó la vejez, pero no esperó a que acabara con él, sino que se adentró una mañana de 1914 en el México en plena revolución y nunca se supo más de él, como cuenta la novela de Carlos Fuentes, Gringo Viejo. Estos sí que fueron una generación "perdida", y no los Hemingway, Dos Pasos, Faulkner y Fitzgerald que vinieron después.

Norris, estudió, viajó, fue corresponsal en la Guerra de los boers de Sudáfrica (como Churchill, probablemente se conocieron y tomaron unos whiskeys juntos, no he podido investigarlo) y de la de Cuba, es decir, de la hispano estadounidense de 1898 en la que el primer y peor Roosevelt (Theodore) tuvo “una buena guerrita de las que podemos ganar” (textual). Una vida de paroxismo aventurero que anticipaba el estilo posterior y ya más teatral y cara a la galería de un Hemingway.

Ahora que caigo, 'greed' es tanto codicia como avaricia, de ahí el título que le han dado a la edición en castellano. Von Stroheim se obsesionó tanto con la novela de Norris, insisto, McTeague, que se cuenta que comenzó a rodarla sin guión, página por página, llegando a filmar 96 horas; montó nueve y el temido y famoso productor Irving Thalberg, responsable de algunas de las más siniestras mutilaciones de obras maestras del cine, se caló el habano en la boca y la dejó sin problemas en dos; quizás por eso y no a pesar de eso, le dieron el Oscar.

El gran Von Stroheim
(¿dándole
instrucciones a un muñeco de
ventrílocuo?)

Los lectores de hoy de Norris, y espero que los tenga, conocen seguramente a London, Crane y Bierce, algo menos a ese Dreiser que convendría rescatar. De lo que estoy seguro es de que conocen a Dashiell Hammett, a Raymond Chandler, a Horace Mc Coy y a James M. Cain. Pues bien, todos ellos son sus descendientes, más concretamente, sus sobrinos, de modo que todos los escritores de esta corriente de novela negra resucitada y de éxito, incluyendo los pobres, malogrados y póstumos 'bestsellerianos' suecos modelo Larsson, son sus sobrinos nietos. Para que os hagáis una idea, del famoso El halcón maltés de Hammett su biógrafo Richard Layman dijo: “es una novela que adoptó valores modernos: el realismo social descrito con dolorosa precisión, una actitud pragmática hacia la vida y una pintura de la moralidad sin referencia a instituciones sociales, implicando una separación de la ‘pulp fiction’ de ‘Black Mask. Tenía una relación muy próxima con las obras de Frank Norris, Theodore Dreiser, Jack London y Hemingway.”

Horacio Vázquez-Rial va más allá y sostiene –y no veo como contradecirle con mejores argumentos- que el Santuario de Faulkner está prefigurado en esta Avaricia/McTeague de Norris. Sin embargo, hay gente, que se reclama culta por supuesto, a la que le sigue convenciendo hacer distinciones rígidas entre cultura y cultura popular, cuando lo que siempre habrá es mala o buena literatura, mala o buena pintura, mal o buen arte, etcétera. Son esos pobres y presuntuosos pedantes que fruncen la naricilla y dicen que ellos no leen novelas policiacas (o peor aún: que no leen novelas)

Una advertencia

A algunos cultos irredentos y, me temo, anacrónicos quizás os suene el elogio al hombre corriente del fascismo como parte de la estrategia de halagar a las masas manejables como buenos rebaños Ese uomo qualunque de Mussolini. Pues bien, algo antes de esa propaganda, el genio de Norris había denunciado que esos convenientemente sumisos grises hombres corrientes que quizás se agazapan en el interior de cada uno de nosotros esconden también lo peor del ser humano. Llamadme inmodesto, pero nunca me gustó la posibilidad de que me confundieran con uno de ellos.



La novela es buena, como el mejor Zola, es decir, el menos explícitamente ideológico; o como un Horace Mc Coy o un Chandler en el amanecer de las ciudades occidentales de Estados Unidos, aunque algo lastrada por un darwinismo rudimentario y una idea de las leyes de la herencia genética francamente ingenuas; algo que comparte por otra parte con el Dr Jekill y Mr Hyde de Stevenson o la saga deTarzán de Edgar Rice Burroughs; y que expresa lo que se sentía en el aire en aquellos momentos, esto es: el espíritu de la época, el famoso Zeitgeist de Hegel. Una delicia.



P.S.



"El hecho de que la gran novela de Frank Norris, McTeague (Avaricia), no haya sido traducida hasta ahora al castellano es uno de los grandes misterios de la cultura hispánica. Y no es un misterio porque haya sido ignorada como pieza clave de la literatura naturalista en Estados Unidos, qué vacíos de esa clase hay muchos, sino porque es determinante en el devenir de un género enormemente difundido en todas las lenguas: la novela negra, que, por otra parte, ha sido volcada al español, con mayor o menor fortuna, en abundancia."

Horacio Vázquez-Rial



15/11/2009

Foto versus dibujo







No sé qué opinará ese artista que lo es y por aquí pasa, aunque sobrevive, me parece, dando clases a los niños, José Montalvá (le podéis enlazar a la derecha, en mis blogs enlazados: “rumores y sombras”, o aquí mismo: http://veintisietecuadros.blogspot.com/, si queréis ver parte de su obra), pero para mi, a priori y en general, no hay una evidente superioridad entre una –no específicamente esta- fotografía y un dibujo. Es decir, me explico, no os sulfuréis, porque encima, la foto es mía y el dibujo nada menos que del padre del romanticismo pictórico alemán, que es como decir del Romanticismo con mayúsculas, Caspar David Friedrich, cuya exposición, que os recomiendo, está ahora instalada en la Fundación Marx de Madrid. Quiero decir que prefiero –y supongo que casi todos- una ‘buena’ fotografía a un dibujo ‘malo’ (lo que no creo que sea lo mismo que un mal dibujo, que es lo que yo consigo cuando lo intento, sino de un dibujo incluso técnicamente aceptable, pero…no sé explicarlo: malo).

Sin embargo, no se me olvida que soy un naturalista, antes que biólogo, un coleccionista de experiencias (y observaciones) como decía hace poco el reciente Premio Príncipe de Asturias, Richard Attemborough. En ese caso, siempre es superior un dibujo a una foto para reconocer ('re-"conocer"': no tanto identificar lo ya sabido, como volver a conocer con ojos siempre nuevos) cualquier cosa, la rabadilla ('obispillo') de un ánade, un diminuto insecto o las brácteas florales de cualquier modesta plantita. Y la razón es para mí sencilla: contiene más información el dibujo, o mejor organizada para el observador; porque, la palabra lo dice: una ‘instantánea’ fotográfica es fruto de un arranque, un impulso, una síntesis, una mirada todo lo entrenada que se quiera si el fotógrafo es bueno o hábil, pero un dibujo requiere para su realización, por muy rápida o eficaz que esta sea, ir fijándose al ir elaborándolo, ir pensándolo a la vez con la mano y la mente, y eso da una riqueza informativa añadida que ninguna foto puede aspirar a lograr, insisto, a la hora de describir un organismo, aunque también, creo, un edificio o un lugar. Dicho de otra forma: yo dibujo mal (aunque almas bondadosas dicen que tengo cierta "gracia"), pero siempre he usado el dibujo de objetos naturales como forma de pensarlos, de observarlos con detenimiento y las necesarias dosis de reflexión. Es lo que siempre me transmiten los maravillosos dibujos de Leonardo (izquierda) o de Durero (derecha), pero no siempre los de Friedrich por muy voluntariamente 'románticos' que sean.








Arriba, en el frontispicio de esta entrada ('post') os presento un dibujo de Caspar David Friedrich y una foto de Lansky, mismo tema, si 'clickeáis' encima se ve en detalle. Y sin embargo, inmodestamente –la facilidad no es un atributo del ‘mérito’ como creen las clases populares: “esa pintura tiene mucho trabajo” o "le han echado muchas horas", suelen decir ingenuamente, como lo tiene una alfombra o un tapiz, aunque sea el típico horrendo cuadro de un ciervo acosado por perros bajo la luna- mi foto tiene luz (y a mi adorada Jara), y esa luz, a mí, me cuenta muchas cosas de esa mañana de paseo de este noviembre, fría, con los gañidos de las grullas y los estruendos de los gansos silvestres y el viento persistente de poniente. ("Qué inmodesto eres Lansky, a ti no te hace una exposición una ilustre Fundación...Bueno, ilustre en la medida que se basa en respetabilidad 'adquirida' con pasta gansa acumulada por un contrabandista y pirata mediterráneo...")


Pero vamos, la exposición de don Caspar y sus dibujitos es preciosa; son apuntes del natural y, en mi recuerdo, me han gustado más que sus cuadros de gran formato, que elaboraba en estudio a partir de aquellos apuntes, incluido aquel famoso del tío con levita que contempla un caos de bloques de hielo y icebergs, que vi en una exposición de El Prado hace años.

Próximamente: El tío abuelo de la novela negra

12/11/2009

Casting de ministras


Soy tan poco machista de por sí, digamos que de nacimiento, -aunque puede que influyera la bendita circunstancia de que me criaran exclusivamente mujeres de varias generaciones al mando de mi abuela- que puede que a veces lo parezca, porque lo que no soy, -Roxi Varela y su perrita Lulú Martínez Camino, esas maravillosas drag-queen, me libren-, es políticamente correcto. No sé disimular, aunque me criasen mujeres.

O sea, que me parece bien que haya mujeres en este gobierno. Hablo de España y del equipillo de su actual presi, Rodríguez Zapatero, más conocido como El cejas y alias ‘Zapatero’…a tus zapatos, según el pepé. Conviene aclararlo porque como dijo el otro día un crítico que se llama James Wood, esto de la Red o de Internet es como una fiesta a la que llegas siempre cuando todos están borrachos, es decir, tarde.

Me parece bien que las haya habido antes y que las haya después, me parece aún mejor, aunque no tengo demasiadas ‘esperanzas’ (Uy, lo que he dicho), que las haya en Somalia o en Irán; que quiten a ese atildado presumido petimetre que tienen puesto en Afganistán y pongan en su lugar a una chica guapa y lista, sin burka a ser posible. Y si es gorda y fea, también. Más mérito.

Me parece bien que haya mujeres en todos los gobiernos del mundo o mejor aún que gobiernen directamente ellas. Aún recuerdo con afecto al marido de la Thatcher cuando se quedaba en su casita de Downing Street haciendo ganchillo y macramé mientras ella se montaba mundiales tripartitos maquiavélicos con aquel penoso actor y no mucho mejor presidente llamado Ronald Reagan (del tercero no me acuerdo). Porque –presten atención las señoras, señoritas y pubilas que pasan por aquí- soy tan poco machista que no espero de ellas nada mejor que de los hombres.

No obstante, algún resabio “progre” me ha debido quedar por ahí colgado, no me lo he sabido quitar, porque no puedo evitar pensar que si todas esas Golda Meir, Indira Gandhi, Margaret Thatcher y demás tigresas de la Historia con mayúsculas eran tan cabronas como un tío no lo eran por meritos propios sino porque, digamos, se tuvieron que virilizar en el mal sentido, imitar y usar las males artes de sus compinches y competidores varones para conseguir llegar a donde llegaron. Y eso, lamento reconocerlo, es no valorarlas por sus propios y exclusivos méritos. Aunque sean los meritos malvados que se precisan para llegar al poder.

No obstante, aún me gusta menos lo que hacen Berlusconi, Sarkozy, Zapatero y otros de la misma laya polimilicorrecta. Cada uno en su estilo: más grosero, zafio y patán el vetusto play boy italiano disfrazado de muñeco de ventrílocuo (¿tiene el pelo pintado en su cocorota de madera?), más vampiro y glamoroso el ‘lover’ francés, en plan fiable boy scout ayudando a cruzar la calle a las viejecitas el español, todos ellos no colocan mujeres en sus gobiernos. Bueno, sí las colocan. Exactamente eso es lo que hacen: las colocan. No las eligen por ser más o menos o al menos igual de competentes que los varones. En realidad, cada cual con su criterio, hacen ‘castings’ con ellas; para sus fotos.

Y me encanta la Merkel, es una debilidad que tengo y además se parece a mi tía Marta.

10/11/2009

El "Otro" Shakespeare (y Dos)


Si habéis tomado aliento y buena nota de justas correcciones, como la de 'Números' en el post anterior, prosigamos.

Walter Raleigh (mi falso introductor del tabaco en Europa)

El pobrecito blasfemador (sí, ya sé que se dice blasfemo, pero…)

Creo un poquito más en la Posteridad que en el Cielo y el Infierno, sólo un poco, porque en estos últimos no creo en absoluto. Pero no estoy seguro de que esa posteridad sancione siempre al genio, que haga justicia y ponga las cosas en su lugar siquiera sea póstumamente. Y no lo creo porque los casos que conocemos que sí, todos los casos que conocemos, Shakespeare incluido, lo son por definición, porque los conocemos finalmente, porque tuvieron esa suerte y los que no la tuvieron no los conocemos. ¿Cuántos Kafka logaron que su mejor amigo hiciera caso a sus últimas voluntades y quemara todos sus manuscritos? No lo sabemos, insisto, por definición. Pues eso.

Marlowe no tenía el talento de Shakespeare; es comprobable, porque no han desaparecido sus obras, como no lo han hecho las de Ben Jonson. Por otra parte, decir que no tenía el talento de Shakespeare es como no decir nada. Nadie tuvo nunca su talento, nadie lo tendría en el futuro. Es el ser humano más perspicaz y por ende uno de los más ‘superdotadamente’ inteligentes que han existido, al menos para observar a sus semejantes. Si leéis al dramaturgo y luego, pongo por caso, a Freud, que era una gran literato aunque algunos le confunden con un hombre de otro tipo de saberes, os dais cuenta hasta que punto el inglés supo penetrar en el interior de la naturaleza humana, de sus pasiones o de sus miedos, lo que no está al alcance en la misma medida de nadie más. En mi opinión, por supuesto, y en la de unos cuantos mucho más cualificados que yo, no hace falta decirlo.

Así que Marlowe no era Shakespeare, salvo que, como sostienen algunos buscadores de tres pies gatunos, fuera él el autor de Hamlet y otras cien obras más atribuidas al otro, pero era más divertido que aquel. Por ejemplo, era mucho más atrevido y arrogante y en una ocasión adoptó la posición de Lucifer para meterse nada menos que con Moisés, como sabéis, el verdadero patriarca de las religiones de ‘El Libro’. Todas las biografías mencionan que Marlowe murió en una pelea con un soldado en Deptford, pero nadie suele mencionar que estaba huyendo de una orden de busca y captura por blasfemia en la que el testigo era un tal Richard Bame, que la posteridad suele olvidar con total justicia.

Si le hubieran capturado, y los ‘polis’ entonces no se andaban con miramientos ni excesivos ni pocos, es muy probable que hubiera acabado en la hoguera, lo que no es mala propaganda para que representen tarde o temprano tus obras.

Entre las alegaciones inculpatorias contra Marlowe en boca de Bame estaban las siguientes:

Thomas Harriot

>>Que Moisés no era más que un ilusionista y que un tal Harriot[1] sabe hacer más que él.

>>Que Moisés hizo vagar en el desierto a los judíos durante cuarenta años (un viaje que hubiera podido hacerse en menos de un año) antes de llegar a la tierra prometida, con la intención de que quienes fueran conocedores de sus tretas murieran, y de ese modo quedara arraigada en el corazón de las gentes una perdurable superstición.

>>Que la intención primordial de la religión era sólo la de mantener a la gente amedrentada y llena de respeto.

>>Que, habiendo sido educado en todas las artes de los egipcios, resultaba fácil para Moisés abusar de los judíos, siendo estos gente ignorante y ruda”

Pensándolo mejor, bendito sea el tal Mister Bame si gracias a él han perdurado por escrito tan jugosos comentarios y alabado sea Lucifer y sus arrogantes seguidores.

Tan divertido como los comentarios de Marlowe recogidos por el piadoso y escandalizado Bame son las alegaciones que le hace el poeta y erudito Robert Graves, más conocido por sus insospechados best sellers históricos de calidad, como sus novelas sobre el emperador Claudio. Dice Graves apreciar (en realidad “simpatizar”) con Marlowe, pero no le parece de recibo minimizar el hecho de que Moisés logrará “mantener a los judíos en el desierto hasta que se hubieran organizado como una nación guerrera”.

De hecho, añado yo, el estado de Israel ha conseguido sobrevivir comportándose más como una milicia con sus vecinos y no como un país contemporáneo y civilizado, probablemente con la coartada de que cuando no hizo eso, por ejemplo cuando se integró en las sociedades europeas del primer tercio del siglo XX, como un conjunto de ciudadanos más, le fue fatal. La debilidad de esos argumentos no es sólo ética: ser un cabrón como único recurso para que no hagan el cabrón contigo, sino porque la historia sigue en marcha y no está demostrado que esta estrategia les salga bien al final, de momento sus vecinos les detestan y andan tan apretados como muy crispados en esa angosta zona del planeta..

Volvamos a Marlowe, digo a Moisés, es decir a Graves. Graves era un lector de la Biblia de los de antes, atento y detallista; de los que nunca hubo en los países de tradición católica como España, y un erudito perspicaz y formidable. La historia del Éxodo bíblico será un mito heroico, nadie lo discute, supongo, pero en cualquier caso habría sido dictada por el propio Moisés, quienquiera que fuera este buen señor, siervo fidelísimo de Yahvé, su único Dios, mago tramposo, político calculador o lo que se quiera.

Pero en tiempos del puritanismo en Gran Bretaña, que son los del teatro isabelino de Shakespeare, Marlowe y Jonson, y los de los inicios de las colonias norteamericanas, el Antiguo y el Nuevo Testamento –tan distintos en fondo y forma- quedaron prácticamente fundidos en un sola cosa (que llamamos Biblia), de forma que Jesús quedó tan identificado con la ley mosaica (que Él había atacado en parte y acatado en otra, es decir, como un rabino heterodoxo, o como un Mesías, falso o real, depende de quien le contemple) que Marlowe se sintió obligado a vilipendiarlo igual que a Moisés,. Así lo hace en su Tamerlán. Graves señala con su aguda perspicacia que Marlowe era un Moisés en ambición y crueldad, pero que en el plano político (colgado de los favores de ‘Palacio’) todavía “se hallaba esclavizado en Egipto”, y no hay cosa que moleste más a un Moisés desilusionado que otro Moisés aparentemente afortunado (aunque no llegara nunca a la tierra prometida).

Yo, personalmente, simpatizo con Marlowe en su intento de escandalizar al piadoso meapilas Bame, como simpatizo con Lucifer en su valiente desafío al despótico Yahvé (El Supremo Fascista, en mi opinión, que quizá me condene), pero, como prosigue señalando Robert Graves, cualquier intento de minimizar el hecho de que Moisés lograra mantener a los judíos en el desierto hasta que se hubieran organizado como una nación guerrera es no reconocer lo que la propia Biblia cuenta.

Se podría subestimar a Moisés en el desarrollo del cristianismo y del Islam (como hace Freud con el monoteísmo en conjunto, dándole la primacía a ese faraón, Amenophis IV que acabó llamándose Akenatón), difícilmente a Jesús.

Me he ido por las ramas, pero ya advertí que esto no era una mini biografía de Marlowe, sino un tributo de admiración, aunque equidistante de esos ‘zumbados’ que le atribuyen a él el mérito de la obra de Shakespeare (lo que, en cierto modo, es negarle la propia).

Simpatizo con el blasfemo que murió en una pelea de taberna huyendo probablemente de la hoguera a la que le empujaba su afilada (más aún que su pronta daga) lengua. Simpatizo con su eterna posición de segundón, injusta con su talento y su vida, simpatizo con sus amigos, ese brillante grupo de juerguistas, esos librepensadores, matemáticos, masones, aventureros, viajeros y corsarios.

Probablemente, el mejor homenaje que se le pueda hacer es hablar de él, contar su vida, sin mencionar la de Shakespeare. Yo no he sido capaz de hacerlo.


Esta no es la tumba de Christopher, pero a que es bonita...



[1] Harriot, si recordáis el post anterior, era su amigo matemático y librepensador. Thomas Harriot (1560-1621), también astrónomo, traductor, etnólogo y unas cuantas cosas más. Entre otras aportaciones que perduran hasta hoy están sus notaciones de > "mayor que", y < "menor que". parece ser anticipó algunos meses a su contemporáneo Galileo en describir y dibujar los “mares” y cráteres de la luna. Tuvo mucha relación con Raleigh como matemático tutor para asesorar en temas de navegación (la dichosa longitud), viajó a las colonias de América (se dice a veces que introdujo la patata en Gran Bretaña e Irlanda) y también tuvo problemas con la justicia relacionadas con la famosa “Conspiración de la pólvora”. Se merece una entrada de cualquier otro interesado.

06/11/2009

Marlowe: el otro Shakespeare (Uno)





El otro Shakespeare, ahí es nada.


En los boleros “el otro” puede dar mucho juego. Pero para una persona de talento, si la posteridad le adjudica el papelón de ser “El Otro” resulta muy jodido. Uno de esos otros es el “otro” poeta, el “otro” dramaturgo isabelino, ese otro que, vaya por Dios, no era Shakespeare, sino justo eso: el otro.

Mi autodidactismo (1) que no cesa, al igual que mi curiosidad en la que está aupado siempre aquel, me hizo fijarme en Christopher Marlowe hace algún tiempo. Marlowe es a Shakespeare lo que Salieri a Mozart. No un simple segundón, sino alguien con mucho talento, más del suficiente pero menos del necesario, remedando la famosa condición matemática, que tuvo la mala fortuna de coincidir con…Shakespeare. Ufff... Es como si eres un buen diez en fútbol y chupas banquillo con Maradona, o un mediapunta y con Zidane. Aún recuerdo mi sorpresa cuando oí por primera vez a Salieri. Era como escuchar a Mozart, pero…faltaba algo. Ese algo, probablemente indefinible o que requiere voluminosos tomos para explicarlo, es el genio. Supongo. Pero, insisto, si no hubiera existido Mozart a la vez que…Salieri sería un músico muy estimable. De hecho, lo es.

Y si no hubiera existido Shakespeare…el problema es que la gente se ha empeñado a menudo en que en cierta forma no existió, que era Bacon, o Marlowe el que escribía sus obras. Esa gente que propende a buscarle tres pies al gato atribuye a Marlowe una gran parte o toda la obra del más famoso William (después del travieso de la gran Crompton); evidentemente sin ninguna necesidad. O con la necesidad siempre algo boba de desnudar a un santo para vestir a otros: jugar a las muñequitas con la alta cultura.


Del genio de Stratford se sabe muy poco, por eso es tan meritorio que se escriban biografías de más de mil páginas de él; del de Canterbury algo más, lo que le hace muy divertido. De hecho, su biografía es muy resultona, porque nació en el mismo lugar donde también lo hizo la mismísima literatura inglesa, Chaucer mediante; estudió en Cambridge, como todos los dobles espías ingleses cinco siglos después (Phillby, Burgess, Maclean y mi favorito: Anthony Blunt, aunque sólo fuera porque dio motivo a que el irlandés John Banville escribiera una de las mejores novelas inglesas del siglo XX, El intocable) y el mismo fue probablemente lo más parecido a un espía que se podía ser en esa y en cualquier otra época (recordad, el reinado de Isabel), pero le negaron el título de licenciado porque en plena guerra con los papistas corrió el rumor de que se había convertido al catolicismo e incluso que estaba preparando su sacerdocio. Así que por primera pero no última vez salió por pies de allá. Sin embargo, nada menos que el Consejo Privado (Privy Council) de la reina, lo que hoy llamaríamos el grupo de asesores del jefe de gobierno –o más coloquialmente “fontaneros”, y que me excusen los honestos plomeros- intervino a su favor negando los cargos y explicando vagamente que el susodicho Christopher Marlowe prestaba importantes servicios a la susodicha (¿espionaje, favores sexuales?), tachán… No es de extrañar, porque se le daba muy bien el siempre delicado arte del ‘peloteo’. Véase lo que escribe para contestar la carta de un preboste francés:

“Dulce príncipe, voy; que tus amorosos renglones habrían podido hacerme venir a nado de Francia…” Etc.

¿Era un espía? ¿Era el amante real? (pero ¿no era marica?) ¿Tan sólo un ‘pelota’? Qué más da. No soy su biógrafo, sólo su rendido admirador. Así que Marlowe concluye mal que bien sus estudios y se instala en Londres donde vivirá los seis escasos años que le quedaban de vida, siempre metiéndose en problemas. Y escribe obras de teatro en competencia con William Shakespeare; se conservan seis, la mencionada por Miroslav, -ver comentario del post anterior-: ‘Eduardo II’; ‘Dido, Reina de Cartago’; ‘Doctor Faustus’ (sí, antes que Goethe), ‘La Masacre de París’ (esta debía estar bien), Tambourlaine, y El Jeque de Malta (buen guión para Rodolfo Valentino), o directamente escribe las de William Shakespeare, según algunos iluminados.

Se incorpora a una compañía de teatro, la del Conde de Nottingham rival de la que acogía a Shakespeare, la de Lord Chamberlain. Pero lo que resulta más entretenido es que ingresa igualmente en un “peligroso” grupo de librepensadores integrado por los matemáticos Harriot, Allen y Hues, el filósofo y alquimista, Walter Warner y el mucho más famoso favorito real y corsario, Walter Raleigh, sí, justo el que trajo el tabaco a Europa, justo el ingenioso pre científico que demostró como se podía pesar el humo de un cigarro, por ejemplo, justo el muy presumible amante de su nada serena majestad Isabel I (Judi Dench para los cinéfilos), y algunos ociosos inquietos como el conde de Northumberland. O sea, para entendernos, tanto Shakespeare como Ben Jonson o Marlowe eran los amigos golfos y con talento de los aristócratas golfos y sin él; llamémosles ‘mecenas’. Igual que hoy, vamos.

Abandonamos la Wikipedia a la que no estimo pero a veces uso, no sin un rictus de desdén en cada ocasión, injusto que soy, y de ahora en adelante aparece un apasionante biógrafo inglés, que es como decir excelso, de apellido japonés, Constance Kuriyama de la Universidad de Cornell. También surge por fin mí adorado Robert Graves, otro erudito, poeta y novelista inglés de la mejor casta, es decir, de los que no aguantan sus propias "Islas" –ni por el clima ni por la gente- y huyendo de allá como la peste, se mudan a otras y se instalan entre nativos primitivos como nosotros, sin ir más lejos, en Mallorca concretamente, después de la Primera Guerra Mundial. Ya tenéis las claves o rosario de mi erudición en el orden que lo empleo ahora y no en el que fui indagando: Wikipedia-Kuriyama-Graves. A Kuriyama no le conocía antes de emprender esta modesta indagación, y a Graves…, Bueno Robert Graves es un viejo y permanente amor en mi vida; peor para vosotros si no le conocéis. Bien. Aunque no estaba mal, espero que a estas alturas ya os hayáis olvidado del Rupert Everett, el Marlowe de Shakespeare in love, la peli sobre ese Shakespeare enamorado nada menos que de Gwyneth Paltrow (¿y quién no?). El peligroso Everett; perdón, Marlowe. Tal vez homosexual, tal vez amante de la reina (a juzgar por los retratos de ella lo primero hasta podía suponerle una ventaja para soportar lo segundo), tal vez “negro” de Shakespeare y casi probadamente peligroso duelista y peleón de taberna. Tomemos aliento. Tomemos también un buen trago de whisky de malta.



(Continuará)


(1)

[1] Ya se sabe que lo malo es enemigo de lo peor; la Wikipedia está originando una generación de semianalfabetos y evitando otra de analfabetos completos; qué se le va a hacer. Dentro de poco decir “eres un erudito o un listillo de Wikipedia” (ya lo hizo Vanbrugh, creo recordar) va a ser un insulto estupendo. Lo que somos todos, o deberíamos serlo a mi entender, es autodidactas, en el sentido de que la educación propia es una tarea tan esencial –se trata de crecer, no en tamaño corporal, sino mental en su más amplia acepción- como la de, digamos, mantenerse vivo. Y si hay mucha gente que no la emprende, que se trata así de mal, o que erradamente piensa que dicha tarea concluye a cierta edad, no podemos esperar que lo haga mejor con los ajenos que de ellos dependen, por ejemplo, sus hijos (no digamos si tienen alumnos) ni con el mundo/entorno que, perdón por la redundancia, les rodea. Autodidactas pues.

03/11/2009

Próximamente...

Próximamente…Christopher Marlowe, “El Otro Shakespeare” (Os doy ventaja si la queréis, tres bolas: idos documentando en la Wikipedia, volved a ver ‘Shakespeare in love’; incluso, mi secreto peor guardado, buscad a un tipo que se llama como un japonés, Kuriyama, pero es de la Universidad de Cornell localizada en ese sitio que parece el Egeo (Ithaca), pero está en Nueva York, y escribe en inglés naturalmente)



Estoy de un perezoso que no veáis. Me quedo pasmado mirando el otoño, mirando a P., que al final no se ha cortado el pelo (temí que lo hiciera aprovechando su viaje al ‘Otro Mundo’, o sea, a su América). Me ‘paspo’ mirando como olisquea Jara las escasas setas que ya han salido y que ni siquiera recojo. Si tal como he prometido concluyo un post de Marlowe me gustaría dedicarle otro al menda que escribió esto tan encantador:

“Pues muchas veces nos hacían guerra

Franceses por la mar, indios por tierra.”