No me pises que llevo chanclas - Japón
Bosque de 'hinoky' en Japón

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El enfrentamiento entre las concepciones Occidentales y Orientales sobre la conservación del patrimonio –normalmente el edificado, pero es extensible al territorio- es muy ilustrativo. En Occidente tenemos, a juicio de los conservadores chinos y japoneses, una obsesión excesiva por la obra original o auténtica y un desdén de nuevos ricos por la copia. De hecho, el idioma chino tiene dos términos distintos para designar las copias. Fang zhipin sería lo que nosotros llamamos reproducción, como las que se compran en las tiendas de recuerdos; Fu zhipin es, en cambio, la copia de gran calidad, digna de exponerse como el propio original. Por ejemplo, las de los guerreros de Xi´an, que son esmeradísimas reproducciones hechas a partir de moldes obtenidos de las estatuas originales, con sus pequeñas imperfecciones, como recién desenterradas y que han viajado en las exposiciones europeas junto a los modelos y para gran disgusto de los expositores europeos.

Los chinos no entienden ese supuesto purismo porque su arte se basa en materiales perecederos, como la arquitectura en madera o la pintura en papel, que si no hubieran sido copiados una y otra vez se habrían perdido. En cambio, en Occidente se aspira –desde Egipto que fue quien más lejos llevó ese afán- a lo imperecedero, a la piedra en arquitectura, al óleo y al fresco en pintura. Ambos son extremos de dos planteamientos temporales antagónicos. El tiempo lineal, lleno de rupturas históricas en las que unas civilizaciones sustituyen y hasta olvidan a las precedentes, frente al tiempo cíclico, renovado siempre, de culturas, como la China, inmutables en su variación.
Santuario de Ise
Un ejemplo que evidencia el absurdo en que incurre a menudo esta miopía occidental es el caso del santuario de Ise; un templo sintoísta del siglo VII después de Cristo que fue catalogado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Esta suerte de enfoque zen orientado a la conservación tiene en Ise su máxima expresión; construido totalmente en madera[1], cada veinte años es sometido a un ritual deconstructivo y reconstructivo, exigible por el uso de materiales perecederos que al irse deteriorando son reemplazados a discreción por otros nuevos similares. En el fondo se trata de una estrategia de conservación dinámica esencialmente superior a la occidental pues conserva junto al objeto reconstruido las técnicas originales que lo forjaron (Los restauradores occidentales han tenido que aprenderlas en sus propios monumentos, no sin antes cometer muchas restauraciones brutales e inconexas temporalmente). Es un caso similar a la renovación de las células de nuestro organismo, raras veces mayores de diez años, como las del esqueleto, y a veces con periodos mucho más breves, como los 120 días de los glóbulos rojos o los 300 días del hígado, y no por eso el individuo pierde su identidad esencial. Para los japoneses el santuario de Ise tiene mil trescientos años de antigüedad a pesar de que ninguno de sus constantemente renovados componentes tenga más de veinte años.
El colofón chusco antes aludido es que, enterados los expertos de la UNESCO de dicho proceso cuasi vivo, decidieron, tras enconados debates, borrar el maravilloso santuario de su lista de bienes culturales adscrito al epígrafe “Patrimonio de la Humanidad”. No es sólo una mera analogía ni una metáfora pensar que este hecho tiene indudables semejanzas con las obsesivas medidas de conservación “taxidérmica” en nuestros Espacios Naturales Protegidos, suprimiendo de ellos no sólo las actividades que podrían modificarlos drásticamente, sino también las que los forjaron y los mantenían. Reacuérdese los ejemplos mencionados en Luneburger Heyde y que podríamos ampliar a muchos otros casos y en especial al debate en torno al Parque Nacional de Los Picos de Europa, un espacio donde aún se mantienen muchas de las actividades ganaderas que lo forjaron y que, en aparente paradoja, su actual figura protectora amenaza con erradicar.
Hinoky, ciprés de hinoky o falso ciprés japonés (Chamaecyparis obstusa)
Desde Santurce a Bilbao Blues Band - Indefensos vampiros
1]Pero, qué madera. Se trata de la del Ciprés de Hinoki (Chamaecyparis obtusa). Símbolo de la pureza y la incorruptibilidad –como todas las cupresáceas, es prácticamente imputrescible-, de hinoki es la madera con la que se enciende, frotando dos de sus palos, el fuego sagrado del Shinto, y con la que se construyen sus santuarios. Sus bosques pertenecían a la Casa Imperial y posteriormente al gobierno nacional. Se utilizan a partir de los 250 a 300 años de edad del árbol. Su madera es probablemente, por encima del ébano y las caobas, la más cara del Mercado. En España se pueden ver ejemplares miniaturizados, en forma de bonsáis o formando grupos de coníferas enanas en algunos ajardinamientos.
12 comentarios:
Me fascina la idea de un edificio que se renueva incesantemente pieza a pieza, sin dejar nunca de ser el mismo y sin que ni uno de sus componentes sea el mismo que treinta años antes. Es, evidentemente, el único modo de que pueda durar inalterado casi mil años sin dejar nunca de estar prácticamente nuevo.
Y es, exactamente, el opuesto de esas catedrales góticas con retablos renacentistas, capillas barrocas y coro central neoclásico -que se carga la unidad de la nave central, impide la visión de conjunto y disloca absurdamente toda la planta- en las que cada elemento contradice, o tapa, o directamente derriba al anterior, y todos van envejeciéndo y deteriorándose juntos pero mal avenidos.
(Basta leer mi desapasionada descripción de ambos para saber cuál me parece mejor idea).
joder, muchas gracias por la dedicatoria; yo, la verdad, estoy abrumado por tu saber enciclopédico; supongo que te documentas para escribir estas cosas o has hechao muchas horas delante de los libros o eres muy viejo o las tres cosas a la vez...
lo oriental siempre me ha interesado; sobre todo la caligrafía, como puedes comprender; pero lo que planteas me parece muy interesante: los putos cabrones de los ojillos rasgados se comportan de esa misma manera, digamos etérea, no solamente cuando pintan o graban, sino cuando construyen o piensan... es, digamos, un planteamiento general, una tendencia hacia lo efímero (supongo que el zen y el tao y las filosofías orientales tiene culpa de ello) que lo impregna todo...
yo los temo, sin embargo, cuando se occidentalizan; pueden ser tan destructivos como nosotros o, incluso, triplicar nuestros efectos devastadores
De nada, José, ya digo que te debo una por descubrirme la fantástica hermosura del cloro.
Comparto tus reflexiones orientales; sólo una precisión que por otra parte ya stá en mi post. Yo no creo que su fascinante actitud hacia lo perecedero se deba “sólo” a su filosofía, sobre la que se suele hablar muy superficialmente, porque el shintoismo poco tiene que ver con el Zen y este con otros budismos más, digamos, literarios, sino con la antropología cultural y ecológica de los materiales que usan: alguien que hace tabiques en su vivienda con papel es difícil de equiparar a los constructores de catedrales occidentales, como dice Vanbrugh.
Por otra parte, como bien dices, pueden ser ferozmente esquilmadores, con sus suhis de atún rojo y ballena y su desaforada población consumidora de recursos en todo el planeta.
Soy tan sabio, sí, y sé tanto por las siguientes razones. 1) porque nunca acudo a Wikipedia (bueno, casi nunca), sino a mi biblioteca, 2) porque lo que no sé (y no son lagunas sino océanos) me lo invento, e invento bien, 3) porque soy, en efecto, muy, muy, muy viejo, pero mi polla, eso sí, es varios siglos más jóvenes: una característica, como sabrás que no es de esos relamidos vampiros, todos metidos hoy en la economía financiera, “el moderno vampiro juega al golf y desayuna con un ordenador, la vulgar dentellada ha quedado anticuada”, etc. (canción de Las Madres del Cordero o Desde Santurce a Bilbao Blues Band), sino de los hombres lobo, lo que yo soy, con dos excepcionales consortes, la cuadrúpeda Jara y la bípeda P.
Abundo en el tema: lo paradójico del asunto es que, al final, una cosnstrucción hecha con materiales perecederos y con esa tendencia hacia lo efímero a que se refiere José Montalvá, como este templo de que nos habla Lansky, lleva durando, permanentemente viva y joven, desde hace mil trescientos años. Mientras que nuestras propias construcciones de esa misma época -las maravillosas iglesias prerrománicas asturianas, por ejemplo- construidas en duradera piedra y con vocación de perdurar eternamente, se han convertido en poco más que deteriorados esqueletos, de los que hace siglos que desapareció la menor capacidad de servir para lo que fueron creadas -ni para ninguna otra cosa que no sea servir de motivo a la voracidad fotográfica de los turistas y a la melancolía de los que detestamos el turismo-. Lo construido para durar se deteriora, lo construido para el momento parece capaz de prolongar ese momento indefinidamente...
Todo lo cual debería llevarnos a plantear, seriamente, a qué llamamos "conservar" y qué clase de "patrimonio" deseamos. Aunque, por lo que nos cuenta Lansky, no parece que la UNESCO vaya precisamente por ahí...
La moraleja que yo quería extraer de la historia del Santuario de Isé y de la “precaria eternidad” de los oriental es que la verdadera conservación del pasado (o de la naturaleza, que también es histórica como enseña la ecología, la evolución y la biogeografía) no debe caer en la taxidermia, el objeto, sino en la preservación de la función, del oficio, de la fisiología.
De todas formas, Vanbrugh, no creo que el gusto actual tolerase una restauración escrupulosa de un Partenón policromado (lo estaba) o una Palas Atenea que parecía un cromo o un “avatar” de estos de ahora, ni una ermita románica llena de cosas de culto y demás. Las ruinas, como nos enseñaron los románticos de hace dos siglos también tienen su punto.
Los de la Unesco no es que sean tontos, imagino, de hecho, tienen un trabajo encantador y Cortazar, sin ir más lejos, curraba de traductor para ellos, pero no dejan de ser burócratas, funcionarios, y ya se sabe, da igual que se dediquen al medio ambiente, a las tallas románicas en madera policromada o las parcelas urbanizables, burócratas son.
soy un ferviente defensor de la ruina de piedra, esquelética y rota; de sus connotaciones mortuorias; adoro la belleza romántica de algunos casos... por otro lado, si yo tuviera que redibujar las cosas de los grandes artistas barrocos, por ejemplo, para que siguiesen teniendo vigencia, la cosa, el objeto, se iba a la mierda en un periquete... y sin embargo, esto es lo que hacen nuestros restauradores: algunos cuadros se convierten en otra cosa distinta al ser restaurados, lo que no me acaba de convencer; es decir, tal vez seamos una cultura contradictoria
Sí, muy contradictoria, José. Mi único criterio es detestar el pastiche, la ruina transformada en flamante anacronismo 'como nuevo'(¿me explico), pero también estudiar cada caso, por ejemplo, el anfiteatro de Sagunto me gusta precisamente porque se nota muy bien la parte restaurada que no se ha intentado enmascarar con 'pátinas' envejecidas, aunque quizás hubiera sido mejor dejarlo como estaba y consolidar la ruina para que no se cayera. Por otro lado, Las meninas de nuestro adorado Velázquez que se restauraron hace ya una década, me encantaron después del proceso de eliminar tanto barniz y tanta mierda y polvo acumulados; el cuadro me gustaba mucho antes, pero de pronto se volvió más transparente: descubrí nuevos detalles, luminosidades, en fin, no ´se. Asunto delicado este de restaurar, cada caso, ya digo, es distinto.
cuando estuve en atenas, hace un par de años, estaban restaurando el parthenon, cortando trozos de mármol para rellenar los huecos de las columnas rotas, de manera que, en las partes ya restauradas, se podía ver perfectamente la diferencia de color del mármol nuevo y del viejo... a mí, la verdad, me pareció una barbaridad; supongo que el tiempo, la Historia, dota a ciertos objetos de un "estatus", como el que deberían tener las personas mayores, es decir, merecen un respeto y que no se les disfrace de cualquier cosa;
quitar capas de barniz es otra historia; sin embargo, en la venus del espejo, que como sabes fue "rajada" de arriba a abajo por un loco que no soportaba su belleza, hay un "repintao" de un restaurador que le hizo un "líftin" que, a cierta distancia, da el pego, pero si te acercas un poco puedes notar la diferencia "de mano" entre los trazos velazqueños y los del restaurador... no sé, todo este asunto es muy peliagudo
Bueno, en realidad yo tampoco creo que sean posibles restauraciones "escrupulosas" como las que dices. Partenones policromados, y góticos del siglo XX. Nuestras construcciones, pretendidamente eternas, una vez que dejan de serlo solo toleran la ruina más o menos digna. Lo de mantenerse permanente joven mediante la renovación cíclica es para esas otras construcciones orientales "efímeras", no para nuestra dura piedra. Hay que apostar desde el principio por lo uno o por lo otro, con todas las consecuencias.
Y luego está, amigo Vanbrugh, las estrategias mixtas, como la de nuestro organismo, que renueva algunos tipos de células diariamente y otras que permanecen en nuestro cuerpo durante décadas, aunque al final somos como el Santuario de Isé, mantenemos nuestra identidad, pero acabamos no teniendo ni una sola célula original desde el nacimiento, y finalmente, nos derrumbamos sin posibilidad de restauración.
Precisamente por eso nos parece tan humano lo perecedero; y precisamente por eso, tanta civilizacuión, como el antiguo Egipto, se empecina en intentar lo imperecedero y, precisamente por eso nos repelen un poco ciertos excesos de la cirugia rejuvenecedora. Hay que saber envejecer con clase y estilo ya que no nos queda, en el mejor de los casos, otra. Y leugo a reciclarse y permitir que uno de nuestros átomos de nitrógeno, por ejemplo, d euna proteina esquelética de sostén termine formando parte de otra de...una secuoya, joder, si es que como oolvo de estrellas somos eternos.
Creo que por eso el arte que más me gusta es la música. No existe más que fugazmente, ahora, mientras suena. Por eso siempre está viva.
Y puestos a orientalizar te diré que los señores Reyes Magos me han traido ¡un gingko biloba! Pero no un bonsai, no, uno grande, como de un metro y medio de altura. No sé cuántos años tendrá ni cómo lo voy a conservar, pero estoy como loca esperando que llegue la primavera y empiece a echar hojitas en forma de abanico. Ya te pediré consejos para que no se me muera
¡Un ginkgo, nada menos! Tiodo un fósil viviente de la época de cuando los dinosaurios sólo eran un proyecto.¿Cómo mola!
Son duros de pelar, no creo que se te muera, pero por tu bien espero que se trate de un individuo macho, me explico. Es una especie dióica, es decir, con los sexos separados, pies hembras y machos, así que lógicamente las hembras son las únicas que dan frutos, que huelen a carne podrida cuando naduran probablemente porque atraen a dípteros (moscas) en lugar de himenópteros (avispas, abejas) que son los habituales polinizadores.
Larga vida al árbol sagrado de los monasterios zen, el árbol de los abanicoso de los escudos.
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