“Investigar sin recorrer las dificultades es como caminar sin saber adónde se va, exponiéndose incluso a no poder reconocer si en un momento dado se ha encontrado o no lo que se buscaba.”[1]
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e me podrá argüir la sagrada economía, la inviabilidad de los procesos productivos antiguos frente a la rentabilidad de la explotación turística y/o urbanística, pero es fácil desmontar esos argumentos que siempre invocan la inmediatez. Se trata, en primer lugar, de no confundir lo “imposible” con los meramente “difícil”. La clave está, precisamente, en la cuarta dimensión, el tiempo, “t” ignorado o convenientemente minimizado por los modelos económicos al uso. Si lo tenemos en cuenta, en cambio, conciliando Lógos y Cronos, vemos que la perdurabilidad de la explotación del sistema pasa por su gestión sostenida, por su mantenimiento, y eso sólo es posible preservando su función original aunque se le añadan nuevas. Como las inevitables y controvertidas visitas. Y todo ello sin olvidar que entre los economistas (al uso) y el mundo real se levanta como un muro su billetera (incurriendo en la vieja confusión entre valor y precio) que a veces ocupa además el lugar del cerebro, por lo que es preciso dar algún rodeo para llegar a lo esencial. Por otro lado, los economistas son en esto como el resto de los expertos, siempre tratando de extraer rayos solares de los pepinos para encerrarlos en botellas, como refería el sarcástico Swiff por intermedio de Gulliver de los voluntaristas lapitanos.
Nuestros campos inundados de espacios naturales protegidos, de “Naturaleza” y huérfanos de sus verdaderos guardianes, el campesinado, pero transitados por desinformadas e inexpertas miríadas de visitantes urbanos, genera desequilibrios y problemas sin cuento. Ya lo sé: la cultura campesina está en trance de desaparición, lo cuentan desde Miguel Delibes a John Berger, por citar sólo novelistas[2]. Pero la sustitución de esos gestores espontáneos, bien armados de tradiciones de explotación, por gestores administrativos, huérfanos de directrices bien englobadas en un todo, crea un vacío que nadie hasta ahora ha sabido llenar. Si desaparecen los buitres de un macizo montañoso, que me disculpen los zoólogos, pero no hay que reclamarles auxilio a ellos, sino a los pastores que con sus ganados formaban un inextricable modelo armonioso de funcionamiento global. Poniendo a la Naturaleza en el altar neopagano de la Conservación se la coloca al margen de donde debe estar: en el centro que sustenta nuestras sociedades y vidas.[3] En la Italia del XIX se pintaba en las paredes “Viva Verdi”, con ello se rendía tributo al compositor que mejor recogía los anhelos populares, pero también se disfrazaba un acróstico reivindicativo: V.E.R.D.I. era “Viva Vittorio Enmanuele Rey de Italia”. Igualmente, “salvemos la naturaleza” no es un sensato “salvémonos nosotros”, la especie de más precario porvenir en sus usos de consumo de recursos y transformación del entorno actuales, sino un viva a esa Naturaleza “aparte”, concebida como Parque Temático, destino vacacional o un superfluo lujo similar. Para mi, quien mejor ha sabido expresar resumidamente todo esto es el ecólogo de nuestros sistemas pastoriles del Norte peninsular, Pedro Montserrat: “(…), pero ahora nos conviene destacar la dificultad gestora en esos ambientes marginales ocupados por hombres envejecidos y que no admite la gestión a distancia por técnicos foráneos, unos urbanitas desarraigados”[4].
A pesar de su grandiosidad, ante muchos espacios naturales protegidos inmersos en un mundo cada vez más transformado, uno recuerda un proverbio chino: “Dios hizo al gato para que el hombre pudiera acariciar a un tigre”. Y esa fue la lúcida motivación que a finales del siglo XIX llevó a algunos pioneros a promulgar los primeros Parques Nacionales, en Estados Unidos, como testimonio de todo un continente otrora virgen: un “tigre” inmaculado, ahora convertido en gatitos desperdigados (Yelowstone, El Gran Cañón, etc.) por su territorio.
[1] Aristóteles: Metafísica.
[2] La literatura, cuando lo es de verdad, también es una forma de conocimiento, a menudo más certera que otros modos más académicos. La trilogía de La Tierra de John Berger, la novela Gente independiente del hoy olvidado Nobel islandés Haldor Laxness o las novelas castellanas de Delibes, como Las Ratas, son, además de obras de arte, auténticos manuales de ecología rural, que narran la desaparición de toda una cultura, la campesina europea.
[3] En cambio, los verdaderos paganos y los antiguos filósofos griegos, opuestos a los sofistas, consideraban que sobre esa “naturaleza en bruto”, a la que se enfrentaban los poetas y los productores, no se podía decir nada; para ella los viejos griegos tenían una palabra misteriosa, como misterioso era el ápeiron, el ilimitado e indefinido bosque primigenio donde se agazapan los animales para evitar ser cazados, confundiéndose con la maleza. Ser un “mirón” en esos bosques tenía sus peligros, como el del mito del cazador Acteón, devorado por sus propios perros por maldición de la diosa Artemisa, una forma de morir del propio éxito similar a la de muchas de las tecnologías modernas, aunque el paradigma de ese éxito-fracaso sea Prometeo. Un moderno ecólogo forestal utiliza otra mitología, la céltica, más de moda, para explicar qué es un bosque clímax (no alterado en absoluto), contesta que es “aquel que tiene gnomos” (No confundir con enanos de jardín), que es como decir que es aquel que no tiene “producción” sino misterio.
Los mitos griegos reelaboran, a mi juicio, muchos tránsitos de la historia ecológica de ese pueblo. Por ejemplo, el Apolo Lycos, la “advocación” del dios adivino que se aparece a Casandra para concederle dicha capacidad, lo hace en forma de lobo rodeado de ratones; y esos son los dos enemigos tradicionales que pueden cambiar el futuro inmediato de una economía campesina mediterránea: el lobo, de los rebaños; los ratones, de las cosechas. O bien, en la pugna entre Apolo y Atenea por el patronazgo de la ciudad de Atenas, el primero les ofrece a los atenienses el caballo y la segunda el olivo, que es el que aceptan; pero dicha elección es todo menos evidente; ambos regalos son muy valiosos. A mi juicio (Insisto, ya que las interpretaciones de “cosecha propia” de un profano como yo pueden resultar arriesgadas), esa elección simboliza el tránsito de un pueblo desde el nomadismo, donde el caballo era esencial, al sedentarismo urbano y agrícola, donde ya es más importante el olivo. En cualquier caso “si non e vero, é ben trovatto”. Y no olvidemos que estamos hablando de la civilización fundacional por antonomasia de Occidente y del Mediterráneo, la que más nos concierne.
Por otra parte, se plantea aquí una curiosa cuestión etimológica, “paisaje” deriva del galicismo “país” que a su vez vino a sustituir al viejo término “pago” con idéntico significado, del que deriva “pagano” y paganismo. En efecto, la denominación de pagano para los que se aferraban a las antiguas religiones que fueron desbancadas por el cristianismo tiene sentido por que este último se extendió muy rápidamente en las ciudades, en tanto que los campesinos, “paganos”, fueron mucho más reticentes a adoptar esta, como cualquier otra innovación.
[4] P. Montserrat Recoder: “Importancia gestora y social del pastoralismo”; Arch. Zootec. 50: 491-499. 2001. p. 495. Las cursivas son del profesor Montserrat. Cualquiera de los trabajos de este venerable investigador, con su característica prosa lacónica, de hombre de campo de pocas palabras, es una mina de información de la que se puede extraer, “casi en superficie”, desde trucos ganaderos hasta conclusiones de validez teórica en ecología, pasando por sutilezas para mejorar la gestión natural. El lujo de este país es tener sabios (pocos) como él y el despilfarro es no prestarles atención.
4 comentarios:
El 18 de diciembre te quejabas de que había nevado poco, esperemos que la nevada de hoy te haya gustado. Tu refugio serrano debe de estar precioso. Pon por aquí unas fotos, para darnos otra ración de envidia. Y feliz 2010.
Lansky, me obligas a leerte dos veces y no siempre tengo el tiempo necesario...voy y vuelvo, como la naranja de la canción...
La cigarra se queja: ponle fotos, por favor...
estamos muertos; el planeta ha muerto
Dante (y Cigarra): de obligaciones nada y, hoy estoy espeso: ¿qué naranja, qué canción? Las fotos demandadas llegarán pero no serán las típicas blancas, sino...¡rojas!
José: pues entonces no hay nada de qué preocuparse, con la entropía a ras no hay forma de empeorar, pero no me escucháis, no es el planeta el que está en peligro.
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