profesión de fe

profesión de fe
Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

07/01/2010

¿Nos estamos cargando El Planeta ?(dos...): El Paisaje


Miremos lo que nos rodea al salir del coche en una carretera de montaña, pongamos por caso. ¿Naturaleza? Bueno, en todo caso, paisaje. En esto del paisaje las formas son una cuestión de fondo. El paisaje es un fenosistema, es decir, una morfología que muestra sólo en parte un sistema oculto, un criptosistema –llámenlo ecosistema si gustan- de relaciones subyacentes, “fisiológicas”, que explican esa apariencia conspicua, paisajística. En esas relaciones que ligan materia, energía e información, los elementos más fundamentales son, ya digo, las bacterias, que podrían bastarse a sí mismas, puesto que las hay que ingresan la energía del espacio exterior, las fotosintéticas, y las que cierran el ciclo de materiales tornando al pool del reservorio inorgánico los materiales empleados en ese ciclo de materia que, como una rueda de molino mueve la “corriente” energética. El otro elemento más relevante, aunque todos lo sean, es la actividad humana, con su inmensa capacidad de organizar el espacio –el territorio- y de modificar los flujos de materia y energía a través del control del canal de la información.

Uno de los paradigmas de esa interacción son los paisajes de montaña europeos, que constituyen el 70% en superficie de sus espacios naturales protegidos; esos paisajes que protegemos o pretendemos proteger son resultado de determinadas condiciones litológicas, climáticas, edafológicas, biogeográficas, pero sobre todo y finalmente de la secular interacción del hombre con sus ganados. Digámoslo una vez más: los paisajes “naturales” de montaña, incluidos los de la alta montaña, son una resultante pastoril. La conclusión primera es obvia: si pretendemos mantener esos paisajes justo como los encontramos y por lo que los apreciamos, debemos preservar igualmente sus condiciones de mantenimiento, su fisiología y no sólo su anatomía, esto es, los usos ganaderos tradicionales; en caso contrario esos ámbitos evolucionaran en sentidos insospechados, pero siempre distintos de los actuales. Pondré un ejemplo de la historia europea reciente.

En la Alemania de comienzos del siglo pasado se intentó proteger el paisaje de sus poetas románticos, los coloristas brezales que cantó Goethe[1], así que se tomaron las medidas oportunas de declaración y se proscribió la extracción de turba que practicaban desde antaño los lugareños para proveerse de combustible y material de construcción. Al poco tiempo el brezal, sin la presión explotadora sobre la ácida turba, fue evolucionando hacia un abedular y bosquetes de madera blanda que tanto abundan en el resto del país donde no existen…extractores de turba. Con el tiempo hubo de corregirse el error y funcionarios aplicados sustituyeron a los antiguos campesinos expulsados. Siempre excluir al hombre del sistema natural, oponiéndolo a él, es condenarse a no entenderlo, sea en las sabanas del Serenguetti y sus fuegos controlados o en la antropología total de la foca y la ballena en los territorios árticos. En este sentido, han sido mucho más listos los gestores de los terrenos destinados a grandes cotos de caza que los de los espacios naturales protegidos, ya que, en numerosos casos, los antiguos cazadores furtivos eran promovidos a guardas.[2] No debemos olvidar que nuestro espacio natural más prestigioso, verdadero “escaparate ecológico” español, Doñana, era un antiguo cazadero: el Coto de Doñana.

Hay un relato del austriaco Hugo von Hofmannsthal titulado “Jardines”[3] en que al hacer el elogio de esas manchas verdes pero civilizadas de las ciudades, “el resultado global es un inmenso jardín, compuesto de millares de jardines pequeños y de colinas silvestres, pero ajardinadas”; esto no es sólo una aceptación reflexiva, tardo romántica de la naturaleza domesticada, sino una perspicaz visión de un agudo observador ante cualquier región rural armónica, sea esta la Toscana o Somiedo.

La obsesión por excluir al hombre en la comprensión de los paisajes naturales puede llevar a paradojas. Como sabe cualquier sedentario televidente hay dos modelos antagónicos de la naturaleza salvaje: la región del Amazonas y las sabanas orientales africanas. La Amazonía es el paradigma de la exuberancia vegetal, refractaria a los humanos salvo como laxas bandas dispersas, tal como un mamífero más del ecosistema, pero son las sabanas tropicales del Oriente africano el paradigma de una zoología pletórica inmersa en una vegetación subsidiaria. Irónicamente, la prolongada presencia humana en esta región –verdadera cuna de la humanidad- es probablemente, como señala Jared Diamond, la razón de que hoy sobrevivan allí numerosos grandes animales. La fauna africana coevolucionó con los humanos durante millones de años, a medida que la capacidad predatoria/cinegética del hombre progresaba gradualmente a partir de la rudimentaria habilidad, probablemente meramente necrófaga, de nuestros primeros ancestros. Tal situación dio tiempo a los animales para concebir un saludable temor al hombre y con ello evitar a los cazadores humanos[5]. Es la situación inversa al de un continente “virgen” como el norteamericano, tardíamente habitado por el hombre y más tardíamente recolonizado por culturas avanzadas, donde el repentino choque de hombres bien armados y rebaños salvajes condujo a la extinción práctica de estos últimos, como el famoso bisonte de las grandes praderas. Curiosamente, aunque no inocentemente, la literatura conservacionista está plagada de estos últimos ejemplos nefastos y no de los citados africanos que se oponen a aquellos. Si el periodismo amarillo no permite que la realidad estropee una noticia, el conservacionismo al uso parece no querer que la realidad, o su inherente complejidad, estropeen una buena tesis. Lo anterior evidencia la vieja disputa entre como son las cosas y como nos gustaría que fuesen. Esta creencia (o deseo) ingenua en una armonía universal, negada al hombre pero atribuida a la “buena” Naturaleza, es fácil de criticar. Baste recordar al doctor Pangloss de Voltaire que se maravillaba de lo adecuadas que son orejas y nariz para sostener las gafas. Pero no siempre es fácil –y sobre todo es tedioso- distinguir entre “lo que es” –objeto de estudio de la ecología- y lo que “debiera” ser, -objeto del deseo del ecologismo-. Así que del dichoso “Principio Antrópico” mejor ni hablamos.[6]


[1] Este ejemplo, como tantas otras cosas de mi formación donde abundaron los profesores pero escasearon los “maestros”, se lo debo a uno de esos pocos, el ecólogo Fernando González Bernáldez, prematuramente fallecido, que gustaba mucho de él. El espacio protegido al que se alude es el de Luneburger Heyde

[2] La vieja ventaja de haber sido “cocinero antes que fraile”. Un aspecto cinegético en este drama de la extinción de la cultura campesina es la sustitución del viejo cazador rural, el que retrata el novelista Delibes, por el moderno cazador urbano, equipado como un elemento de una tropa de élite contra la naturaleza que le es, en el fondo, tan ajena.

[3] Hugo von Hofmannsthal: Instantes griegos y otros sueños; Cuatro. ediciones, Valladolid, 1998.

[5] Los massai, habitantes de las sabanas africanas tienen un proverbio muy adecuado para ilustrar esto y de paso el darwinismo más depurado, Dice: “las ágiles patas de las gacelas están cinceladas por los dientes agudos de los leones”. En efecto, la presencia de estos nativos cazadores irredentos de leones, es una garantía de la existencia del gran felino. Como lo es la existencia de campesinos asturianos para el oso. Los valles más “oseros” de las cordilleras cantábricas no son los más agrestes, sino los más suavemente intervenidos por el hombre (Comunicación personal Roberto Hartasánchez, FAPAS), como los linces y los cotos de caza o las águilas imperiales y las dehesas. El principio general extraíble es que la suave y lenta interacción del hombre con su entorno, tras su inicio brusco, está acomodado a la existencia de fauna y es hasta condición para ella. Finalmente, los osos son más viables con poblaciones campesinas que sin ellas, los leones, con massais, los linces con según que cazadores, etc. El medio ambiente, o como lo queramos llamar, puede sostenerse sin 17 mini ministerios de medio ambiente y puede soportar cazadores, y hasta amantes de la naturaleza, pero no puede mantenerse sin campesinos ni usuarios tradicionales de sus recursos.

[6] O lo hacemos a pie de página. Barrow y Tipler, en 1986, publicaron el libro “The Antropic Cosmological Principle”, en el que se reflexionaba sobre las ajustadas condiciones de nuestro universo para llegar a producir el hombre. Esta línea de reflexión, aunque sugerente, -cualquier niño piensa que el mundo está hecho para él-, es bastante improductiva y nos vuelve a recordar la ingenua maravilla del personaje creado por Voltaire. Sin embargo, esta idea, tanto en su versión “blanda” (la original) como dura, ha producido toneladas de papel impreso. Y es que todos, ya digo, somos inevitablemente algo Pangloss. La última vuelta de tuerca de este “panglossonismo” es que somos los máximos parásitos o depredadores del planeta. Nominalmente esas afirmaciones son, cuanto menos, acientíficas, y como metáforas, a mi juicio, poco afortunadas o esclarecedoras, aunque muy vistosas.



Nota sobre las fotos:


Como me sucede a menudo, ilustro con imágenes de mi entorno más próximo y familiar en los aledaños de mi 'refugio'. En ambas fotos la sierra del fondo es Gredos, desde su vertiente sur, y el río, un tributario del Tietar, que no 'viene' de las nieves de la sierra del fondo sino que avanza hacia ella desde otra menor (la Sierra de San Vicente). El color rojo del borde del agua en la primera imagen se debe a unas algas unicelulares y a los diminutos crustáceos del zooplactón que se alimentan de ellas. La segunda imagen muestra, en un punto muy próximo a la anterior, una dehesa típica de encinas, un bosque aclarado o "hueco" en forma sabaniforme o de parque instalado sobre un pastizal explotado 'a diente' por los ganados. Parece muy 'natural', y lo es: natural después de dejar pastar el ganado por generaciones ahí, interviniendo constantemente el hombre como elemento controlador del conjunto.

16 comentarios:

Dante B. dijo...

parece que en Australia toda especie, no se por qué razones del entorno, se vuelve plaga, multitud incontrolable y depredadora. No se con qué métodos, la gente de ese país se ocupa de acabar con gran parte de ellos para proteger el "orden" ecológico.
Omnívoros y ambiciosos, con capacidad de ordenar nuestros pensamientos a través de la palabra, ¿no estaremos siendo demasiados?
Un abrazo

Chrysagon dijo...

Si he entendido bien, la visión moderna de si nos estamos cargando el planeta o no, consiste en darnos cuenta que las bacterias son la base fundamental de la vida, y el hombre el mayor modificador de ecosistemas. Entonces parecería que la vida estaría a buen recaudo, salvaguardada por el mundo de las bacterias, que la interacción del hombre con su entorno ha sido y debe seguir siendo beneficioso para el planeta, y que sería la sociedad humana la que debería corregir su organización política, en concreto: las desigualdades económicas, los desechos y su propio crecimiento demográfico y económico. Pues bien, desde mi visión del siglo XIX le doy mi bendición a esta otra visión moderna, y añado que lo que de verdad interesaría saber es cómo se corregirían esos pequeños desmanes de la humanidad.

Chrysagon dijo...

Os dejo aquí un post de Leonardo Boff, teólogo de la liberación, escritor, profesor y conferencista, autor de más de 60 libros en las áreas de Teología, Espiritualidad, Filosofía, Antropología y Mística.

http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=361

Ozanu dijo...

La cuarta nota no aparece.

Los brezales de Goethe me han recordado una anécdota similar, pero con ganado. Una antitaurina manifestaba en un periódico gratuito que el toro era mucho más antiguo que el hombre. A mí me dio que pensar sobre las ideas (o creencias) de esta chica. Más que nada, porque los bovinos actuales han pasado por tantos procesos de domesticación, selección e hibridación que sería sorprendente que se parecieran a los uros. Pero no, para la chica estaba claro que la Naturaleza (¡En mayúsculas!) lo creó tal cual existe, y que el hombre ha tenido un papel mínimo.
Curiosamente, un tal Cis van Vuure afirma que el toro de lidia sí se parece mucho a los uros.

El principio antrópico es otra tautología, como decía Vanbrugh en la entrada anterior, e inmensa. Como hipotetizamos que el universo lleva irremisiblemente al hombre, y sólo conocemos este, es imposible de falsear.

Lansky dijo...

Claro, Chrysagon, la “visión moderna” es que la Tierra no es plana ni está en el centro del Universo: a veces me pregunto de qué ‘cuatrivium’ medieval has salido y, lo que si es malo, porque aún permaneces en él.

Vanbrugh dijo...

Feliz año nuevo a todos. Chrysagon, he leído con interés el escrito de Boff. Me suena, lo siento, a saldo new age de mercadillo medieval de artesanías. Digo que lo siento porque Boff es un teólogo de cierto renombre, y me fastidia verle mezclado a él y ver que mezcla el cristianismo -para mí y para muchos creyentes una fe seria- con ese batiburrillo de Gaia, geosociedad, noosfera, fuerzas del universo que conspiran para hacernos felices y hasta su toque "científico" de teoría de cuerdas y universos paralelos (si el pobre Brian Green supiera las consecuencias que lectores superficiales y entusiastas, como parece ser Boff, llegan a sacar de sus sesudas explicaciones, seguro que se lo pensaba un poco más antes de escribir "El Universo elegante"). No solo no puedo tomarme en serio ese género de ensaladas sino que te confieso que me despiertan una cierta hostilidad.

Sigo aquí, con permiso de nuestro anfitrión, nuestra conversación del post anterior. Verás, ya sé que nos diferenciamos de los castores en alguna que otra cosilla. Mi ejemplo era una boutade, a la que la mejor respuesta es, sin duda, el hecho cierto de que los castores no tienen capacidad de lenguaje, ni pueden por tanto hacer diferencia alguna entre "natural" y "artificial". Pero era una boutade que ilustra lo que creo una verdad: los castores interactúan con el medio como castores, las bacterias como bacterias, los humanos como humanos. Todas esas interacciones son igualmente "naturales", puesto que todos somos por igual habitantes de la Tierra, y cada uno la modificamos de acuerdo con nuestra necesidad y nuestra capacidad de hacerlo. Es natural que los hombres se comporten como hombres, tanto como que los castores se comporten como castores y las bacterias como bacterias. Las modificaciones humanas son más intensas y visibles que otras -no que todas, no que la de las bacterias, por ejemplo, como bien nos ilustra Lansky- pero eso no nos autoriza a considerarla cualitativamente diferente, ni para bien ni para mal. Tampoco nos autoriza a hacerlo el hecho de que nosotros mismos, tú y yo, seamos hombres. Nuestra acción sobre la Tierra no es una cosa diferente y opuesta a la de los otros animales y seres vivos. Es la nuestra, pero no deja de ser una más. En cambio sí nos considero autorizados a considerarla, egoista y subjetivamente, más importante -para nostros, claro-. Es una más, pero no deja de ser la nuestra.

Lansky dijo...

Bueno, creo que voy a dejar en manos de Vanbrugh la tarea de responderos a algunos porque es asombroso como concuerdo con él. ¿Seré yo, Lansky, un puto heterónimo de ese Vanbrugh? ¿Necesitaré escribir un post furimbundamente ateo para distanciarme y recobrar mi individualidad?

Leí a Bolf sobre estos temas que el buen teólogo llama (mal) 'Ecología' y me asombré de hasta donde puede llegar el cacao y desorden mental en gente por lo demás bienintencionada.

Chrysagon dijo...

Bueno, Lansky me ha degradado del siglo XIX al medioevo, y Vanbrugh a puesto a Boff junto a los mercadillos medievales. Y no creo que sea casual. El siglo XXI que acabamos de empezar quizás se caracterice por los grandes avances en el campo de la ciencia, pero yo opino que nulos en el campo de las ideas. No sólo no hay grandes pensadores en la actualidad, sino que los que hubo en el pasado son considerados reliquias ya superadas. Yo bebo de fuentes pretéritas, y no se me caen los anillos por eso, y disfruto mucho viendo las supuestas novedades y paradigmas modernos. El mundo está atascado en una globalización sin instrumentos globalizados. Boff dice que estamos en la edad de hierro de la noosfera, y que esta crisis operará un cambio cualitativo progresivo hacia una nueva sociedad. Me quedo con eso.

En cuanto a nuestra conversación castoril, Vanbrugh, te diré que es posible que tengas razón. Hay dos formas de verlo:
1.- El ser humano es algo especial porque puede dirigir sus pasos desde la toma de su conciencia y decidir en cada momento qué camino tomar.
2.- El hombre es un animal como cualquier otro, sigue un camino sin rumbo guiado por sus apetitos y las leyes naturales.
Yo soy voluntariosamente creyente de la primera visión, pero es verdad que viendo cómo nos dirigimos al abismo, habría que pensar si no es verdad la segunda.

Lansky dijo...

¡No!, Chrysagon, tajantemente: ¡no! Desde que Newton pronunciase aquello de que miraba el futuro aupado a hombros de gigantes (siglo XVII) la ciencia se caracteriza por no omitir a los pensadores anteriores, sino apoyarse en ellos, que es la forma de respetarlos verdaderamente: superandólos.( Las sagradas escrituras las dejamos para los que necesitan creer más que saber, como el susodicho teólogo).Lo que haces tú, en cambio, no es rendir ningún tributo a las viejas ideas; es simple anacronismo. Yo respeto las ideas de Torricelli y de Cristobal Colón, y las supero porque he tenido la suerte ( o no) de nacer seis siglos después.

Chrysagon dijo...

Lo de que lo que yo hago sea simple anacronismo y lo de que lo tuyo sí sea tributo a las viejas ideas y superación de las mismas, me huele a descalificación personal. Y por ahí no paso. Si quieres rectificas y sino doy por finalizado mi discurso “anacrónico”.

Lansky dijo...

Chrysagon: no es mi intención ofenderte, ni tampoco es una descalificación personal, sino mucho más sencillo: es bastante obvio que no tienes formación científica, como has dejado entreveer o ver en numerosas ocasiones, y yo sí la tengo. De hecho tienes una idea bastante pintoresca de la ciencia que me supongo tiene que ver más con inventar bombillas que con interpretar el mundo (como hacía la vieja filosofía)

Pero tampoco admito ultimatums, así que ni me disculpo por lo que no creo tengo que hacerlo ni espero que te des por ofendido, y si es así que le vamos a hacer, chico: buen viaje.

Vanbrugh dijo...

¿O seré yo, Vanbrugh, un puto avatar (veréis, por cierto, cómo se pone de moda la palabrita, mal usada, por supuesto, a raiz de la pelicula) de ese Lansky, su "otro yo" creyente? Lo siento, sé que te fastidia que estemos de acuerdo pero qué quieres, no voy a discrepar de mentirijillas para darte gusto...

Yo no veo solo esas dos formas de ver la cuestión, Chrysagon. De hecho no me identifico con ninguna de las dos. O lo hago con las dos a la vez. Creo que el hombre es, desde luego, un animal más, pero no creo que eso signifique que es "como cualquier otro". Ningún animal es como cualquier otro. Los castores, por reciclar lo ya dicho, tiene sus peculiaridades propias que los diferencian de las restantes especies y justifican que exista un nombre específico, "castor", para la suya; y los hombres tenemos las nuestras, que nos especifican a nuestra vez como tales hombres y que son, sí, bastante especiales, si por "especiales" entendemos significativamente diferentes de las de otros animales, no creo que nadie pueda dudarlo ni negarlo con sensatez.

Podemos, desde luego, seguir un "camino sin rumbo", "guiados por nuestros apetitos y las leyes naturales"; algunos dan la impresión de hacer exactamente eso. Y podemos también -la mayoría lo hacemos, en mayor o menor medida, con más o menos éxito- añadir a nuestros apetitos y a las leyes naturales -bastante ineludibles ambos, sí- otros instrumentos de guía, los que nos proporcionan, precisamente, nuestras "características especiales": y, así, intentar "dirigir nuestros pasos" y "decidir en cada momento qué camino tomar" (... entre los que hay, somos mañosos y autónomos, pero ni omnipotentes ni absolutamente libres.) Esa, la de que no todos tengamos que hacer necesariamente lo mismo, la de que Stalin y Vicente Ferrer pertenezcan ambos con igual derecho a la especie, es una de nuestras "características especiales" más señaladas.

Por último: el hecho de que podamos, y quizás acabemos por, precipitarnos en algún abismo más o menos catastrófico no prueba que no seamos "especiales" o que seamos "un animal como cualquier otro" sino, en todo caso, lo contrario. Es precisamente nuestra capacidad de elegir (y, por tanto, de elegir lo "malo" tanto como lo "bueno"), la libertad (el "libre albedrío" de la teología medieval, sin el cual no podría haber "pecado") lo que más nos diferencia de cualquier otro animal.

Lansky dijo...

Eesta discusión apesta, porque ya en su día, cuando apareció por primera vez por aquí Chriysagon la tuvimos. Se basa en discutir sobre el tema "el hombre es un animal sin más", que no dijo nadie.

Y tú, Vanbrugh, que sepas que admito 'heterónimo', en honor a Pessoa, pero no eldichoso 'avatar' en esta última y necia acepción (ni pulpo como animal de compañia, pese a su desarrolado cerebro)

Lansky dijo...

Y por cierto, Chrysagon, aunque soy de "ciencias" y no de "letras" según la tosca distinción de mi lejano bachillerato, tu: "sino" (conjunción)no tiene lugar en tu frase "sino doy por finalizado..." (sic.), sino: 'si no doy por finalizado", aunque pudiera tratarse de un error de tecleado.

Chrysagon dijo...

Yo no soy ni de letras ni de ciencias, mi formación académica es mínima, y es verdad que escribí mal, que no era “sino”, que era “si no”, pero el corrector de Word no detectó el error gramatical, porque ésta es una máquina imperfecta. Lamento haberme situado en el ultimátum pero me sentí verdaderamente molesto. No tanto por sentirme menospreciado en lo personal, sino (ahora lo puse bien) por notar que mi forma de ver la realidad era vista por ti, Lansky, como simplemente anacrónica, y entonces me sentí descalificado para continuar explicándola. Entonces quiero rebajar dicho ultimátum y sólo decirte que personalmente no hago distinciones entre los que tienen formación académica de los que como yo no la tenemos. Seguiré expresando mis ideas (en tu página si es con tu aprobación) con la convicción de su veracidad (evidentemente imperfecta y parcial), y rectificaré cuando otras ideas conquisten mi comprensión.

Volviendo a los castores, Vanbrugh (y a la apestosa discusión), creo que lo único que diferencia nuestras visiones es una cuestión de grado. Como bien dices, no somos ni omnipotentes ni absolutamente libres, pero sí poseemos algo de ello, y eso para mi significa un salto cualitativo sin precedentes, que sumado al dominio que ejercemos sobre el resto de los seres vivos, nos convierten en dueños y señores, y nos cargan de una gran responsabilidad como únicos culpables del destino planetario (salvo si mañana cayera sobre la tierra un enorme meteorito).

Lansky dijo...

Si no fueses un vistante reciente, Chrysagon, sabrías de mi defensa a ultranza del autodidactismo y mi recelo de las "academias". La formación puede y debe procurársela uno mismo sin confiar en exceso ni en las instituciones ni en las máquinas (como los correctores de pruebas), pero con cierto criterio: siempre habrá gentes que encuentren fascinantes las pirámides egipcias porque creen que las contruyeron extraterrestres, yo las encuentro fascinantes precisamente porque sé que no.

Eres bienvenido, pero recuerda que para este ateo el undecimo es no ser pesado