profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

01/01/2010

¿Nos estamos cargando El Planeta? (Uno...)

(Para David, el de 'La cama sin hacer', y Matzerath, el de 'Neurosis anónima'. Ellos saben por qué)


Los verdaderos antónimos, los opuestos auténticamente significativos no son los obvios, como gordo versus delgado o listo vs. tonto, sino, por ejemplo ‘La Naturaleza contra El Campo’ o ‘El Pueblo contra Los Ciudadanos’, o 'La Cultura Científica vs. La Cultura Literaria' (Las Dos Culturas de las que hablara Charles Percy Snow; es decir, convencerse de que tan inculto es el que cree que Mozart es un chocolate austriaco como el que cree que el principio de Incertidumbre de Heisenberg es ese de 'solo sé que no sé nada').


Hoy trataré el primero y otro día, el segundo y quizás el tercero.

La Naturaleza contra El Campo

(Sí, habéis leído bien: La "Naturaleza", eso que la mayoría de la gente confunde con una postal o con un documental de National Geographic, contra "El Campo", el sitio donde, entre otras cosas, se pasean las gallinas desnudas y se ensucian los zapatos -de mierda de gallina, precisamente-)

El ser humano medio es tan vanidoso, o tan mediocremente vanidoso, que piensa que puede “Salvar el planeta”, una forma tan irrealmente desmesurada de ver las cosas como el falso diagnóstico que lo provoca: que “El hombre se está cargando el planeta”. Ni una ni otra cosa, claro. Aparte de la desaparición de muchas especies (y espacios) emblemáticas y hermosas, desde ballenas azules a osos pandas o leopardos de las nieves, lo que es mucho desde luego, pero muy mal adaptadas a los nuevos timpos que corren, es decir, a convivir con una especie tan apabullante como nosotros, lo único que puede que esté en precario es la propia organización político socio económica humana y su relación con la biosfera, quizá nuestra especie en su conjunto, aunque eso también es discutible. Y no sería una catástrofe para esa entidad tan falsamente personalizada que es ‘Gaya’ o La Tierra, o El Planeta, o La Biosfera, o La Naturaleza, que desapareciésemos como tantas otras especies.¿No os parece de pura lógica? Si somos el problema, muerto el perro se acabó la rabia. Ahora bien, a mí no es que nada humano me sea ajeno, es que me es ajeno todo lo que no es humano; eso sí, de una manera muy amplia, incluyendo El Universo todo. Siempre que pueda ser contemplado, percibido o imaginado por humanos y, a ser posible, por mí.

Voy a tratar de explicar brevemente como un mito, la Naturaleza, así, con mayestáticas mayúsculas, ha terminado por sustituir una realidad que debería ser obvia, como el campo (o el territorio rural, si se prefiere un término menos coloquial); es decir, como se ha convertido en su imprevisto enemigo o al menos en su suplantador.

Comenzaré con una analogía próxima: en el más que rancio debate entre los partidarios de la herencia (los genes) y los partidarios del ambiente para explicar características esenciales de los seres humanos hoy en día ha quedado claro que los genes, que condicionan no sólo la apariencia externa sino también la personalidad y hasta las preferencias vitales, actúan canalizando ese entorno que les afecta y al que afectan. Así que no hay tal dicotomía sino un sistema holístico del que el genoma forma parte. Igualmente, la alternativa hombre o naturaleza es una dicotomía estéril y superada[1]. Este planeta, el único del que disponemos, puede ser cabalmente entendido en su funcionamiento global físico-ecológico sin osos pardos o ballenas azules, sin sequoyas o hayas, pero no sin bacterias –los organismos más exitosos que nunca hayan existido, hasta el punto de ser capaces de ingresar en el sistema la energía electromagnética procedente del Sol, de procesarla, consumirla y cerrar los ciclos de materiales implicados- y sin el hombre, el animal más capacitado para transformar radicalmente el espacio. Incluso nuestro papel requiere una matización a la baja, por más que sufra nuestra vanidad de especie aunque sea como destructora. Como señalaba Margalef, “no hay nada nuevo bajo el Sol y el hombre no hace más que presionar según direcciones ya evidentes en las tensiones que configuraban la biosfera prehumana.” [2] Pero qué presiones. Lo que sucede es que el hombre, partícipe en los ecosistemas, es controlador de muchos de ellos; cada vez de más, dado que los ecosistemas dominados o muy influidos por él son ya casi todos. Probablemente nuestra especie se ha convertido en el factor de cambio más importante de la biosfera, y en esto podemos estar, con matices, de acuerdo casi todos. El geólogo Antonio Cendrero estima en 2,1 mm. al año la erosión-deposición de España; un efecto diez veces superior al achacable a causas naturales; o dicho de otra forma, el hombre se ha convertido en el principal agente geomorfológico del planeta a través de la urbanización y las obras públicas, principalmente[3]. Ese cuarto de la población humana que se apropia de las tres cuartas parte de los recursos, incluidos los energéticos, y produce similar proporción de desechos, es indudable que acelera los ciclos materiales y simplifica las comunidades biológicas, haciendo disminuir la biodiversidad y siendo ambos efectos lógicos de la explotación como fenómeno ecológico. Sin embargo, las soflamas hiperbólicas del hombre como máximo depredador o incluso parásito del planeta, todo lo que tienen de vigor denunciante les falta en cuanto a capacidad explicativa. Igual que no es conveniente ni racional sustituir por sistema las ideas por ideología, no lo es tampoco sustituir los hechos por slóganes.

Por el contrario, allí en donde los seres humanos han habitado persistentemente, han modificado el ambiente de forma radical, a veces armoniosamente, como en los sistemas agrosilvopastoriles de las dehesas o en los de montaña, a veces insosteniblemente, como en los actuales costeros. Por tanto, salvo en las regiones boreales más extremas, la Antártida y algunas ecuatoriales, los paisajes “naturales” (nótense las comillas escépticas) no son otra cosa que los “éxitos” de esa relación, los resultados de la lenta y armoniosa interacción de las poblaciones humanas con su entorno, al que llamamos “la naturaleza”. La idea perniciosa es la de que la naturaleza es aquello que el hombre encuentra ya “hecho”, al margen de su voluntad y de sus deseos. Evidentemente, la naturaleza de la materia, la termodinámica o las leyes físicas entran dentro de esta consideración, pero jamás, precisamente, lo que habitualmente se llama naturaleza hoy en día. En realidad, esa visión “naif” pero hegemónica de naturaleza es un producto urbano; sólo cuando hay ciudad puede distinguirse entre ella y lo que es “anterior” o “exterior” a ella, aunque eso también está cambiando. Lo que aquí se defiende es que en la inmensa mayoría de los territorios del planeta, prácticamente en todos los habitados por el hombre, lo que se llama “naturaleza” es así mismo cultura: cultura del territorio.

(Continuará. Tal vez)


[1] No debemos olvidar que “Cultura”, como opuesto a Natura o Naturaleza, significa en primera acepción “cultivo” o “crianza”, de manera que la primera cultura sería la rural o agraria en sentido genérico.

[2] Ramón Margalef. Planeta azul, planeta verde; Prensa Científica S.A.; Barcelona, 1992

[3] A. Cendrero en Naredo et al: La incidencia de la especie humana en la faz de la Tierra (1955-2005) Fundación César Manrique y Universidad de Granada, 2005

9 comentarios:

Ozanu dijo...

Quienes piensan que el hombre es la única especie de la Tierra que altera su entorno de modo dramático debería estudiar sobre los castores.

Y sí, la idea de la Naturaleza como una constante ajena a las urbes es infantil. No es casualidad que sus partidarios sean los mismos que miran a las culturas primitivas como si fueran seres fabulosos o anden acojonados por el 2012.

Miroslav Panciutti dijo...

Coincido en que esa "idea" de que los humanos nos estamos cargando el planeta refleja la vanidosa arrogancia de nuestra especie. Pero también se explica por esa tonta necesidad que tenemos de "creer" en explicaciones sencillas (eslóganes), maniqueas, imputadoras de culpables y, consiguientemente, tranquilizadoras de nuestras conciencias. No van desacertados quienes ven en los "movimientos ecologistas" rasgos típicos de la religión. Y, como siempre ha ocurrido con las religiones, valen para desviar la atención y permitir que unos cuantos sea aprovechen.

¿Qué haces tú publicando en la mañana del 1 de enero? (¿o lo tenías programado?). Feliz 2010.

Chrysagon dijo...

Dos preliminares: Feliz 2010 y ¡Protesto por esa letrilla ilegible! (he tenido que copiarlo a otro formato para leerlo cómodamente).

Yo sí creo que el hombre está destruyendo el planeta y que puede salvarlo. Como dijo un cómico (no recuerdo quién) “las balas no son peligrosas, lo peligroso es la velocidad que llevan” Nosotros hemos impreso tal velocidad a nuestros propios cambios y por extensión a toda la naturaleza, que no estamos dando tiempo a que ésta los asimile. Y como somos una especie tan lista, nos damos cuenta de ello. Hace quinientos años circundamos el planeta dándonos cuenta de sus proporciones, hoy nos hemos topado con la finitud de sus recursos. La crisis que se avecina es inconmensurable e inaudita. Si no somos capaces de cambiar por las buenas, cambiaremos por las malas. Y eso es una verdad como una catedral.

Tampoco estoy de acuerdo con que el hombre sea naturaleza. Nuestro lenguaje hace bien la distinción, lo natural es lo que no está hecho por el hombre, lo que está hecho por el hombre es artificial. Nosotros somos artificiales. Nos hemos situado fuera de la naturaleza. Somos semidivinos en cuanto a nuestra capacidad de ver y recrear nuestra propia naturaleza.

Ozanu dijo...

Miroslav, de hecho, en la paranoia del 2012 se han visto muchos elementos juntos: la idea del Edén (pueblos primitivos), profecías apocalípticas (la maya no habla siquiera del fin del mundo) y asustar a la gente para que sigan sus creencias (muchos "ecocapullos" están metidos en la locura, y hasta se enorgullecen de ello).

Chrysagon, lo expresas muy bien con la palabra "velocidad", pero como dice Lansky, a pesar de la acción del ser humano, siempre habrá, como mínimo, bacterias. Cierto es que el ser humano es el factor de cambio más importante hoy día, pero la naturaleza nunca ha sido estática. Piensa en los mamuts, los dinosaurios o los trilobites. La clave está en que podamos vivir armoniosamente.

Chrysagon dijo...

Cuando hablamos de destruir la tierra, no hablamos de eliminar físicamente al planeta, aunque en el peor de los casos sí podríamos ser los culpables de acabar con la vida (los más agoreros con el cambio climático predicen un calentamiento tal, que evaporaría océanos y atmósfera, dejando como resultado un planeta completamente estéril). Yo no llego a tanto. Cuando digo destruir la tierra pienso en la destrucción del equilibrio ecológico actual. Que la tierra con o sin vida pueda seguir sin nosotros es irrelevante.

Vanbrugh dijo...

Chrysagon, "nuesto lenguaje hace bien la distinción" no pasa de ser una tautología. Si empezamos por convenir (el lenguaje es una convención) que lo "natural" es "lo que no está hecho por el hombre", no hay de qué asombrarse luego si la palabra encaja "bien" con el significado que hemos decidido darle. La cuestión está en saber si ese significado que tanto te satisface está bien asignado, es decir, si se corresponde con una distinción real y útil, o es solo el resultado de un punto de vista arbitrario. Si los castores hablan, muy probablemente tengan una palabra para distinguir lo que está hecho por los castores de lo que no, y seguro que les sorprende tan agradablemente como a tí lo acertado y pertinente de la distinción, y que la mera existencia de una palabra que la efectúa les confirmará su idea, evidente por otra parte, de que lo hecho por los castores, "artificial", es completamente distinto del resto de lo existente, "natural", y que eso no hace más que traslucir la situación especial y semidivina que los castores ocupan en el Universo.

Chrysagon dijo...

Sí, lo entiendo, Vanbrugh, pero a veces olvidamos lo que quieren decir las palabras, o el significado que les hemos dado. Y en este caso yo creo que es correcto. Aunque algunos tachen esta visión de antropocéntrica, yo opino que el hombre esta en un plano superior al de la naturaleza (por eso digo semidivino), somos un fenómeno nuevo, y una rareza.

Los seres vivos tienen muchos ejemplos de especies asombrosas, capaces por ejemplo, de afrontar la dificultad técnica que requiere la construcción de una presa, como en el caso de los castores. Pero sólo el ser humano ha desarrollado el fenómeno cultural. Eso nos diferencia del resto de las especies, y es la causa de la que se derivan todas las demás características que nos hacen tan especiales. Sin la cultura, un hombre sólo recibiría la herencia genética, con la cultura hereda la civilización.

Entonces somos vida, somos animales inteligentes, pero también somos algo más. Como una planta que despliega sus raíces para encontrar agua, o que extiende sus hojas para encontrar luz, nosotros hemos usado nuestra consciencia y hemos desarrollado un sistema de aprendizaje que nos ha dado enormes ventajas en la lucha por la supervivencia, pero además, nos ha situado en una posición hasta ahora inaudita en el reino natural: la conquista del libre albedrío.

Por sofisticada que sea la presa de un castor, no deja de ser una construcción natural. No hay castores que se pregunten cómo hacer una presa más perfecta, o más bonita, quizás ni siquiera piensen porqué la hacen. Son castores y es lo que deben hacer. En el mundo natural no existen la historia del arte, la ciencia, la filosofía, o la religión. La evolución en ese mundo natural es muy lenta (se mide en cientos de miles o millones de años), en el nuestro, los cambios son vertiginosos y progresivamente cada vez más rápidos.

Mita dijo...

Los castores son divinos!
En cualquier caso, mejor no ponerse cerca de ningún tubo de escape, central nuclear, fábrica,etc, etc...

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En mi blog he colgado una entrevista a tres escritoras, si fuerais tan amable de dedicarles un poco de tiempo os lo agradecería.

Besos, felices Reyes Magos

Lansky dijo...

Como siempre le sucede con este tema, Chrysagon retuerce el lenguaje para regresar al siglo XIX y desvía el debate del verdadero meollo, llevándolo a cuestiones bastantes superadas. Está en su derecho, por lo menos aquí, pero confieso que me irrita un poco porque anula mis esfuerzos.

Evidentemente hay que superar tautologías que ya no se utilizan en ciencia, como “equilibrio ecológico”. Las relaciones entre organismos y con su entorno son dinámicas y de retroalimentación, todas en equilibrios ‘por definición’ o sin equilibrios, ‘por definición’ (depende de la definición).

Ahora bien, hay sólo dos cuestiones en riesgo o trance de desaparición: Uno, la composición de la biosfera tal y como está en el ‘retrato robot’ de comienzos del siglo XX, con osos pandas, ballenas azules y gorilas de montaña, para entendernos (otros vendrán, con o sin el hombre, la evolución biológica sigue en marcha y hoy la biosfera tampoco se parece a la del triásico, por ej.). Dos, la sociedad humana actual basada en apropiación de recursos por un pequeño porcentaje demográfico de su propia especie, la carga de sus desechos y su propio crecimiento demográfico y económico.