“-¿Y la naturaleza creó el campo al igual que el hombre creó las ciudades?
-Más o menos, sí.”[1]
La cultura del territorio, término que puede sugerir una mezcla de antropología y ecología y geografía humanas, esta tomado a semejanza del concepto “Nueva Cultura del agua” que Javier Martínez Gil, del grupo de estudiosos de Zaragoza, con Pedro Arrojo a la cabeza, eligió en 1997 para reivindicar unas formas más racionales de relación con dicho recurso. Al igual que los antiguos despotismos hidráulicos de los imperios del mundo antiguo se apropiaron del control del agua para dominar a sus súbditos, el actual “despotismo territorial metropolitano” controla la vida y el futuro de todos los habitantes, urbanos o rurales, próximos o lejanos.
Ciertas desaforadas y sensibleras formas de vulgarización científica han cargado demasiado las tintas no en la singularidad de este planeta, eso es obvio, sino en mostrar una, digamos, “facilidad” vital en absoluto cierta. Lo cierto, en cambio, es que este “Planeta Azul” tiene cuatro quintas partes de agua, sí, salada y en su mayor parte concentrada en profundidades que son, básicamente desiertos estériles por la ausencia de fotosíntesis y donde unos pocos y raros organismos viven de la lluvia de organismos reventados por la presión que les cae encima. En esa quinta parte emergida viven una mayoría de grupos de seres vivos que se han adaptado a un venenoso oxidante excretado por las primeras bacterias, el oxígeno, lo que autoriza a decir que este es “el planeta que la vida acabó por hacernos confortable”[2], salvo unos pocos refugiados en intersticios del suelo anóxicos o en lugares aún más improbables, y todos y cada uno de esos seres dependen de la disponibilidad de agua líquida y relativamente desprovista de sales, aunque la inmensa mayoría está atrapada en forma sólida en neveros y los grandes casquetes polares y otra gran parte en las capas subterráneas frecuentemente inaccesibles. De forma que, en esa ya un tanto exigua quinta parte emergida del planeta convive una biosfera terrestre dependiente de unas casi siempre exiguas disponibilidades de agua dulce. Espacio vital y agua que tienen forzadamente que compartir con el éxito desmesurado, medible en miles de millones de individuos, de nuestra especie, que ejerce sin embargo presión sobre esos dos recursos, agua y territorio, y el resto no sólo por su simple y abrumadora abundancia sino por su capacidad terrorífica, potenciada al máximo por la tecnología de modificar el medio sin medir previamente de antemano –el principio de cautela no parece incluirse en nuestra dotación genética- sus consecuencias. Este, creo, es el panorama exacto de la escena actual, y quienes están en la mejor situación para acomodarse a ese empuje no son muchos de los organismos más vistosos, los animales y plantas “superiores”, ni tampoco la propia especie que los provoca, quizá la más amenazada, al menos en su forma actual de organización económico y social, sino los organismos primeros que estaban antes y muy probablemente estén después, las bacterias.
El resultado final de esta situación es que una inmensa mayoría de organismos vivos y todos, repito, todos los territorios, ecosistemas o unidades geográficas, paisajes, etcétera que queramos definir están amenazadas a más o menos corto plazo en las tierras emergidas. Y que esa amenaza global territorial está poco divulgada por dos razones a mi juicio: por un lado, por la mayor difusión de otras amenazas globales paradójicamente más intangibles o, por mejor decir, más difícilmente aprehensibles, como el cambio climático (que además es en gran parte resultado de ese mismo ilógico uso del territorio); y por otro, por la descripción desmenuzadamente particularizada de esta amenaza territorial en forma de casos concretos: la desaparición de las selvas húmedas, de los bosques, de los ecosistemas árticos, de las focas, los osos o los cetáceos…Una sola. En este apartado, pues, quiero abordar la amenaza sobre el territorio, así, en genérico singular, particularizándola en su casuística no a territorios más o menos clasificables y edificantes, selvas o manglares, sino al caso de la Península Ibérica. El peligro global es, en aparente paradoja semántica, la fragmentación territorial, la insularización de espacios valiosos y su desconexión entre sí, que los hace crecientemente frágiles cuando no inviables. Esa insularización es por tanto un descriptor tan válido como la globalización, y complementaria de esta, como una evidencia de fragilidad.
Por entrar ya directamente en faena, señalaré las nueve causas que considero pertinentes, al margen de la causa aristotélicamente final que, lógicamente, es la acción humana:
1) La desertización demográfica rural; es decir, la despoblación humana del campo y la aparejada pérdida de toda una cultura, la cultura campesina.[3]
2) La pareja invasión puntual y temporalmente concentrada en fines de semana y periodos vacacionales, de hordas de visitantes urbanos aculturizados de esa cultura extinta o en extinción a la que, por tanto, no se adaptan, sino que tienden de manera inevitable a adaptar a su cultura portante, la urbana, urbanizándola en el sentido más amplio y a la vez más concreto.
3) La mencionada fragmentación territorial, en parcelas cada vez más pequeñas funcionalmente, interrumpiendo flujos de materia y energía e información que los hacía viables y afectando flora y fauna, pero principalmente procesos geodinámicos, por las crecientes infraestructuras y equipamientos de origen urbano que fagocitan el resto del territorio, desorganizándolo.
4) Los desequilibrios territoriales que agudizan los feed back positivos y anulan la regulación de los negativos, como los trasvases hídricos a larga distancia
5) El propio cambio climático que ejerce sus efectos sobre los ecosistemas terrestres ya muy vulnerables por la fragmentación e insularización, implicado mayores dosis de incertidumbre y mayores cantidades de intercambios de energía implicados entre las cubiertas fluidas de la tierra, atmósfera y océanos sobre el campo de batalla de la Tierra.
6) El abandono de cultivos y de antiguas superficies transformadas por el hombre para la producción de alimentos que eran ejemplos de sostenibilidad, es decir, “éxitos” en la secular y lenta transformación interactiva de los entornos por las anteriores sociedades humanas, en este caso la campesina y sobre todo, la ganadera.
7) La apabullante hegemonía, en el juego del Mercado, del uso de más imbatible plusvalía de los potenciales del suelo, el genéricamente urbano.
8) La distancia burocrática creciente entre la toma de decisiones, insisto: cada vez más lejana, y su aplicación local que es la que las sufre, en primera y sangrante instancia, sin bucles de retroalimentación ante esos errores. Así, la política agraria comunitaria de la Unión Europea no sólo contradice la de otros departamentos, como el de medio ambiente[4], sino que supone un “despotismo iletrado” que desmantela a menudo los logros seculares de las culturas campesinas.
9) La excepción a lo anterior la constituye la política urbanística que, como regla general (véase punto 7 más arriba) es mejor controlar a distancia. Las reglas urbanísticas generan tantos intereses que deberían ser vigiladas cuanto más lejos mejor de donde se aplican. Además, el Estado español ya no tiene prácticamente competencias, que han sido transferidas a Comunidades autónomas y municipios, así que la Unión Europea haría bien en intervenir directamente[5].
Esa amenaza al “espacio vital” hacia el resto de especies se hace real también contra subgrupos más desfavorecidos de la nuestra, como tribus premodernas o, en el caso español, poblaciones campesinas. Por otra parte, la amenaza sobre el espacio vital se concreta en la inviabilidad funcional y fisiológica de los territorios ecológicamente soporte de esas humanas, por dos razones:
1) su abandono provoca la desorganización de sistema o
2) su pequeño tamaño y su insularización resultado de la fragmentación las hace inviables funcionalmente.
En resumidas cuentas, la viabilidad de un nuevo Espacio Natural tiene que ver, además de con su estado de conservación inicial, con su tamaño, a mayor superficie, más viable; con su conexión con otras zonas semejantes al menos en su grado de “naturalidad”; con la existencia de poblaciones campesinas asentadas en su entorno y convencidas de la utilidad de la protección; y, finalmente, con la adecuada gestión de las visitas. Mientras tanto, el resto del territorio no explícitamente protegido sufre la “patente de corso” para ser arrasado. O su mero abandono. Las “bellas durmientes”, que era el hermoso nombre que los antiguos cartógrafos daban a los territorios por descubrir, las terra incógnita, son ahora “feas moribundas”, nuestros familiares campos hoy abandonados o convertidos en solares en expectativa
Por el contrario, como decía Wittgenstein del psicoanálisis, esa suerte de “ecología” que basa su enfoque en la dicotomía entre hombre y naturaleza es “mala filosofía, poderosa mitología y falsa ciencia”, y no supone ninguna ayuda ni orientación para la gestión del territorio conservado.
Finalmente, es curioso constatar como la mal llamada Ecología Profunda (Deep Ecology) que incluye las formas más extremas de misantropía (La especie humana como “parásita” del planeta y el resto de la Biosfera) es simétricamente antagónica del darwinismo mejor entendido y más progresista. Darwin, para ilustrar la insatisfactoria moralidad del proceso de selección natural aludió a un supuesto “capellán del diablo” (Devil´s Chaplain) “Qué libro escribiría un capellán del diablo acerca del torpe, despilfarrador, desatinado y horriblemente cruel mecanismo de la naturaleza” [6]. Darwin, como Huxley y más recientemente Richard Dawkins sostenían que al carácter esencialmente desagradable de la evolución biológica hay que enfrentar la evolución cultural y moral de los humanos y que el progreso ético de la sociedad –incluyendo la preservación del mundo vivo- no depende de imitar los procesos biológicos, mucho menos de huir de ellos, sino de “combatirlos” sin contradecirlos, esto es: amable e inteligentemente, como no se cansaron de repetir numerosos autores, desde Paracelso a Bacon (“A la naturaleza se la domina obedeciéndola”, o en frase de Kant: “es la naturaleza la que da la regla al arte”, entendiendo “arte” como “techne”, o en Cicerón: “por medio de nuestras manos tratamos de crear una especie de mundo vicario dentro del mundo de de la naturaleza”). Es decir, el proceso ciego de la evolución ha tropezado, sin quererlo, con su propia negación que, como señala, Dawkins es una negación pequeña y local, sólo una especie, y dentro de ella una minoría de sus miembros que, con la adquisición –precisamente por evolución- de la conciencia reflexiva, pueden oponerse a los mecanismos naturales, crueles y ciegos. El obispo Heber afirmaba que “Todos los paisajes son bellos y sólo el hombre es abominable”; exactamente igual que ese ecologismo furibundo que se reclama “profundo”. Pero este mensaje elemental de una naturaleza “buena” frente a unos humanos malvados es justo el opuesto del que nos muestra la teoría evolutiva más depurada: que antropocéntricamente la naturaleza puede en ocasiones evidenciarse “mala” moralmente, pero de ella ha surgido quien se le puede enfrentar y completar éticamente. Una maravilla que tanto los toscos pseudodarwinistas spencerianos como los ecologistas autodenominados “profundos” parecen ignorar.
Antes se amurallaban las ciudades; ahora se valla la naturaleza, en ambos casos inútilmente. Una ciudad herméticamente cerrada, asediada, es inviable al cabo de un tiempo; la naturaleza, también. De hecho, las estructuras más importantes de una muralla son las puertas, y la naturaleza también las necesita, porque no soporta un confinamiento impermeable. Ese es el dilema de la actual conservación de la naturaleza basada en los espacios naturales protegidos, islas de buena voluntad pero mala viabilidad en un mar transformado.
Ribazos con restos de vegetación original en los yesos del Sur de Madrid (foto de Desde el Sekano )[1] Julian Barnes: Inglaterra, Inglaterra; Anagrama, Barcelona, 2001
[2] Título de un capítulo de uno de los libros divulgativos de nuestro más insigne ecólogo español: Ramón Margalef.
[3] Los incendios forestales en España son una elocuente evidencia de las consecuencias de esa desertización rural. El fuego, como factor ecológico en los ecosistemas mediterráneos, y los incendios forestales en su ámbito a lo largo de la historia han sido fenómenos habituales. Lo verdaderamente inédito de la situación actual son sus dimensiones catastróficas, su falta de autocontrol o feed-back negativo. De hecho es la “explosiva” suma de la ausencia de esos verdaderos “guardianes de la naturaleza” que eran los campesinos y la proliferación pareja de visitantes inexpertos concentrados en fines de semana y en la época más proclive al fuego, el estío, la que explica esa falta de control. Curiosamente, los informes oficiales jamás aluden a este hecho. Por otra parte, inmediatamente después del fin de la Guerra Civil, ya en 1939 se instauró el Plan Nacional de Repoblaciones Forestales (Ceballos y Jiménez Embum) y dos años después se creó en Patrimonio Forestal del Estado. Con ambos instrumentos se emprendió la plantación de cultivos madereros de crecimiento rápido con especies foráneas de pino y eucalipto, aprovechando los terrenos vacantes que iba dejando la migración rural, y en perverso feed-back acelerando esa misma desertización demográfica al forzar su expulsión ocupando terrenos de producción. Estos cultivos, eufemísticamente denominados “Repoblaciones” Forestales, pues su excusa era corregir las cuencas hidrológicas en cabecera, controlando la erosión de sus suelos, y la creación de nuevos bosques, también incrementó los daños de los incendios. Cuando el organismo encargado pasó a llamarse ICONA, Instituto de Conservación de la Naturaleza, con un despliegue territorial y una hegemonía sobre los destinos del mundo rural sólo comparable a otra institución muy temida, La Guardia Civil, se completó la vuelta de tuerca de enarbolar la “Naturaleza” para atacar al Campo.
[4] Por ejemplo, determinada directiva de la UE incentiva el desmantelamiento del olivar con pies de arbolado antiguo, mientras que esa misma UE a través de otra directiva ambiental insta a proteger los pájaros insectívoros invernantes en la Península, cuyo principal refugio y fuente de alimento son…los olivos viejos. Para más detalles véase J.M. Naredo y F. Parra: Situación diferencial de los recursos naturales españoles; Col. Economía vs. naturaleza, F. César Manrique
[5] En realidad, está es una triste confesión de impotencia ante un urbanismo feroz que se ha convertido, en palabras del arquitecto Fernando Roch, en un simple comprar suelo por hectáreas y venderlo por metros cuadrados con el consabido beneficio de unos pocos. A medio y largo plazo, en lo que quede sin asfalto y en lo demás también, habría que confiar en la profundización de la democracia y sobre todo de la participación verdadera y pública de los habitantes-pobladores de los territorios afectados, incorporando, en palabras del colectivo Rizoma, el territorio a esa democracia como sujeto casi-político. (Cf. Archipiélago, diciembre de 2005)
[6] Carta de Charles Darwin a su amigo el microscopista Hooker en 1856
15 comentarios:
La excepción a lo anterior la constituye la política urbanística que, como regla general (véase punto 7 más arriba) es mejor controlar a distancia. Las reglas urbanísticas generan tantos intereses que deberían ser vigiladas cuanto más lejos mejor de donde se aplican. Además, el Estado español ya no tiene prácticamente competencias, que han sido transferidas a Comunidades autónomas y municipios, así que la Unión Europea haría bien en intervenir directamente[5]
No creo que mejorara la cosa "devolviendo" las competencias al Estado (recuerda la no tan lejana historia) y mucho menos confiando en que desde Bruselas nos vigilen.
Es verdad que el urbanismo genera fuertes intereses y quizá una de las más obvias medidas para mejorar la situación sería hacerlos obvios, transparentes. Que en los planes, por ejemplo, se introduzca de verdad la variable económica, que se cuantifiquen (en euros no en unidades abstractas de aprovechamiento) las plusvalías que implica cada determinación urbanística legitimadora de actos de transformación del territorio. Sería un paso, aparentemente inocuo, pero de tremendas consecuencias. La primera de ellas, posibilitar el control público y una verdadera (que no demagógica) participación pública en el planeamiento.
Tu sugerencia de evaluar las plusvalías en euros reales me parece muy oportuna.
Sobre los temas de control lejano o cercano me temo que hay mucha más tela que cortar que la que señalas, pero siempre pasando por verdaderos procesos de participación pública y no meros 'paripés'.
¡Qué ingenuos me parecen a veces!
Pero hombre... si los barandas (los que al final deciden) del sector público son calcados a los del sector privado.
Desde el punto de vista estrictamente socio-económico tal vez se adelantaría algo -el botín estaría más repartido- pero desde el punto de vista medioambiental (entorno e impacto) todo iba a seguir exactamente igual.
¿O no?.
Las reglas del juego cambian totalmente con luz y taquígrafos, Julián.
Incidiendo en el asunto (y no me gustaría parecer un aguafiestas).
Primero.- ¿Acaso los actuales planes de reconversión urbanística no se hacen con luz y taquígrafos?. Se hacen con luz, taquígrafos, con el beneplácito de la oposición y la aquiesciencia (formal) del pueblo. Todos cuentan con la coartada legal de una norma que los autoriza (aunque sea a posteriori).
Segundo.- La clase política se muestra más que satisfecha de la luz que ilumina las obras urbnísticas de su demarcación territorial. Y de los taquígrafos que utilizan a la ahora de redactar sus acuerdos. Y cuando toma cartas en esta clase de asuntos no lo hace jamás por un tema de urbanismo medioambiental puro y duro, sino por cuestiones de pasta (casi siempre) o venganzas entre partidos (o de partido je, je, je).
Pero... bueno... no está mal... sigan soñando.
¿Aguafiestas? No, simplemente pretencioso.
Julián:
Tu distribución de papeles no se corresponde con la realidad. Tú: un escéptico de vuelta, Miros y yo, unos pobres ingenuos. Lo cierto es, que Miros y yo somos profesionales con décadas de experiencia, y tú, no. Aparte de eso, lo que se reclama es precisamente no ser arte y parte, no tener intereses y juzgarlos y que exista verdaderos procesos de participación y no lo deshora.
Ya.. Lansky.. tienes razón en lo que dices acerca de nuestras respectivos puntos de vista y conoicimientos acerca de este asunto.. pero... mucho me temo que -hoy por hoy- a la mayoría de la gente le sigue gustando tela marinera el metacrilato.
julian
Y no te cuento si el metacrilato es de Lladró
curradísimo post, amigo Lansky...
sólo por hablar, se me ocurre decirte que se construyen prostíbulos con aspecto de cárcel y mucha gente se pelea por tener en sus tierras contenedores de residuos peligrosos...
es difícil criticarlos, aunque sea pan para hoy y cáncer para mañana.
verde?
con lo bonito y moderno que es el negro petróleo!
Jo, vaya tesis!!1El obispo Heber tiene razón: somos abominables.Dónde vivo, la playa "del Regatón" que era un bosque de eucaliptus, es ahora un bosque de chalets adosados. Se están cargando grandes dunas con lo que ello conlleva. Curioso lo de los olivos y los pájaros. Cómo bien dices ni territorio profundo, ni emergente.Poco queda por salvar.
" Obra viva, obra muerta", en términos marinos no se salva ninguna de las dos.Estoy aterrada.
Lansky,
eres un verdadero fenómeno (y Miroslav no se queda atrás.)
Muchas gracias.
Tu curradísimo 'escrito' me parece magistral. Se entera uno muy bien de cuanto dices aún siendo totalmente lego en la materia.
Guardo lagunas nociones de un hermano (ya difunto), Ingeniero de Minas y Doctor en Geología que sólo vivía para su trabajo y a veces explicaba cosas que dejaban boquiabiertos a los demás y concienciados de las barbaridades que hace la naturaleza sin que la ayudemos y con nustras aberraciones conscientes o inconscientes.
Sus conocimientos, su férreo entusiasmo y el negarse a ceder ante ciertos intereses de diversos organismos le supuso no ostentar cargos que le hubieran encumbrado en la 'fama' y en la abundancia ecnómica.
¡ Bravo por él y por ustedes !
Grillo, eres un cielo.
Julián, te aseguro que en urbanismo la ingenuidad se me acabó hace muchos años. Tus opiniones, si bien bastante generalizadas, pecan justamente de lo que nos achacas, amén de exceso de simplificación, válida para los titulares periodísticos sobre la especulación urbanística pero que poco aportan sobre cómo funcionan en la realidad las cosas. Y no, los planes no se hacen actualmente con luz y taquígrafos y no exactamente (aunque con menos rotundidad negativa que en el caso anterior) a tu valoración de cómo y por qué toman las decisiones urbanísticas la clase política. Pero reconozco que habría de argumentarte ni disenso y la verdad es que no tengo demasiadas ganas. Un saludo.
Dante: gracias por lo de curradísimo; la verdad es que son temas sobre los que llevo mucho tiempo trabajando y, modestamente, creo que s enota
Leon: no creo en los planteamiento de repartir culpas genéricas del tipo ‘el hombre en su locura…etc.” Unos pocos nos joden a todos y al territorio
Grillo: Gracias, te digo lo que a Dante
Miroslav
No tienes que argumentarme nada. Bástase qué me digas que conoces el tema en profundidad para que yo te crea. Pero la solución se me antoja difícil, muy difícil, casi imposible de poderse resolver.
En cualquier caso ¡ánimo!. El ejemplo de ciertas zonas de Lanzarote que ustedes tienen bien a mano es una muestra.
Una muestra un poco decepcionante, es verdad, ya que nuestra clase política lejos de seguir ese patrón -de por lo menos hace 30 años- se ha inclinado por el Costa Teguise style. Que a lo mejor desde el punto de vista económico es mucho mas beneficioso para los lanzaroteños. Lo dicho, un asunto la mar de complicado.
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