02/02/2010

¿Nos estamos cargando el planeta (siete): Informarse, conocer y saber

(Para Rocío y Ángel: os quiero, ¡joder! -ojo con la coma)

Ángel Parra - Cuecas punteadas

Quizá parte del problema resida en la confusión existente entre tres conceptos relacionados, los de información, conocimiento y sabiduría. Actualmente disponemos de mucha información, no homogénea ni equivalente en todos los ámbitos relacionados en asunto tan intrínsecamente complejo. Igualmente, hemos avanzado en el conocimiento, esto es, los saberes relacionados con el mundo físico, externo, pero cada vez hay menos sabiduría, es decir, aplicación de lo conocido a la vida cotidiana. Los viejos saberes empíricos de la cultura campesina sabían hacer, aunque no supieran por qué lo hacían (el fundamento que da a la sabiduría el conocimiento científico reglado). De todas formas, convendría recordar lo que decía Schopenhauer para explicar por qué es más difícil ser filósofo que físico, ya que el cometido del auténtico saber no es tanto ver lo que nadie ha visto todavía, cuanto, ante lo que todo el mundo ve, pensar lo que nadie ha pensado aún. Algunos filósofos[1] llaman a esa sabiduría conocimiento práctico o pre-conocimiento, incluso talento o “virtud”, esto es, una suerte de instinto necesario “para acertar en el blanco cuando se lanzan flechas a ciegas, la inspiración”. En realidad, estas formas de saber pueden considerarse un “juego” de reglas implícitas en el que las cosas se aprenden –a caminar, a cocinar, a cazar, a vestir- en la medida que las hacemos; su aprendizaje es exclusivamente práctico, o empírico, si se prefiere. De hecho, la naturaleza sólo es cognoscible en esas culturas en la medida en que esta es transformada por la técnica; la técnica, pues, es la condición necesaria de ese conocimiento inmerso en el proceso de adaptación de la especie humana a un entorno hostil. La técnica (“techne” o “ars”, arte) es la que hace habitable lo inhabitable. Esos conocimientos se orientan en forma de “prejuicios” (sin connotaciones peyorativas) constituyendo una “tradición”, que, como sugiere Pierre Bourdieu[2], son una serie de reglas, prejuicios prácticos o comportamientos inspirados hacia una suerte de “sentido comunitario de la orientación”, esto es, “sentido común” que permite a cada miembro de esa cultura “saber” o “adivinar” el cómo, cuándo, de qué y de quién en cada situación, qué es lo que “cuadra” o “pega” y qué es disonante o inoportuno sin que necesiten ofrecer explicaciones o justificaciones argumentales. Así, lo consagrado por la tradición posee una autoridad que se ha hecho anónima; esa autoridad de lo transmitido, y no sólo de lo razonado, tiene poder sobre nuestro comportamiento, de forma, que la realidad de las costumbres era, y es, algo válido y ese es el fundamento de la validez de la tradición.[3]

Si alguna justificación tiene hoy el concepto de cultura es el que defienden algunos antropólogos como una suerte de“ecosistema” total de los saberes de una sociedad para instalarse adecuadamente en un entorno. Eso es lo que hemos perdido y lo que no hemos sustituido por nada, salvo por listas cada vez más exhaustivas de especies (información) o por modelos más o menos sofisticados, pero huérfanos del factor humano, de los sistemas (conocimiento). Los nuevos monasterios de esta nueva “Edad Oscura” (Tecnosiniestra) son las burocracias ambientales, que atesoran la información, la copian y repiten, la editan y publican, pero desconectados de los saberes reales allende sus muros. Hay que sustituir los horarios rígidos de los funcionarios por el calendario vivo de los campesinos, el mapa por el verdadero territorio.[4]

Necio, del latín Nescius, es el que carece de ciencia, el que no sabe lo que debería saber, es decir, el ignorante por partida doble porque no sabe que no sabe, y nuestros expertos desgraciadamente están muy lejos de aplicarse a sí mismos la máxima socrática. Además, una ciencia que insiste altanera (sobre todo cuando mira por encima del hombro la sabiduría popular) en poseer el único “método” correcto de obtención de verdad y, por ende, los únicos resultados aceptables es ideológica, como señalaba el epistemólogo Feyerabend[5]. El modo de “razonar” del necio, del discurso económico al uso, es el modo de argumentación de los antiguos sofistas, un lenguaje sin pensamiento, una escritura sin memoria. Lo más sugestivo en ellos es la posibilidad de refutarlos, como para los verdaderos filósofos los sofistas, y de ese modo hacer consciente el verdadero discurso[6]. En este sentido, el discurso economista al uso es casi un colaborador necesario (si no fuera hegemónico) para que el verdadero discurso se haga consciente de sí mismo, revelando sin quererlo las condiciones que el sentido exige. Pasar de ser “maestros” en virtud, como los ecologistas presienten que lo son los campesinos o las tribus “naturales”, para ser “profesores” del territorio, para saber explicarlo, para explicitar las reglas de un juego que aquellos saben jugar sin conocer, paradójicamente, las reglas del mismo.[7]

Se trata de crear una cultura del territorio, similar a la que algunos críticos de la gestión hidrológica reivindican para el agua. Como mimbres para ese cesto tenemos que afrontar la trascripción en términos universales (científicos) de los viejos saberes en extinción; esa sería la urgente, honesta, modesta y difícil función de los científicos territoriales.[8] Conviene pues recordar que los campesinos son “maestros” de la gestión del territorio, no “profesores”; es decir, no “explican”, sino que “enseñan” haciendo. Y manteniendo la alerta constante de que aún no “sabemos” lo suficiente para sustituir hábilmente las viejas culturas en retroceso. Así que, defendamos los quebrantahuesos, pero sin fastidiar a los pastores que son condición sine qua non para aquellos. Como escribí hace años: defendamos las catedrales (los bosques de sequoyas, los pandas gigantes), pero sin fastidiar las ermitas, es decir, nuestros campos que ahora algunos necios llaman naturaleza. El dilema no puede estar entre los Espacios Protegidos (vanamente, o sólo desde los Boletines Oficiales y además sirviendo como coartada para destruir el resto de territorio no explícitamente protegido) y la Protección (que no “disecación”) del Espacio, de todo el espacio.

Hemos convertido a los campesinos, verdaderos guardianes de esa naturaleza prosaica, la única que tenemos, en mendigos –mendicantes de las ayudas europeas– sin capacidad de decisión (de hecho, esa capacidad cada vez está más alejada de los que las padecen, como en las Directivas Europeas); no convirtamos, siguiendo tan perversa lógica, el modelo, necesariamente simplista, de los expertos, obligadamente simplificadores, en usurpador de la compleja realidad, para acabar a su vez éste convertido, como decía el irónico Borges, en tristes ruinas habitadas por animales (¿buitres?) y mendigos, perdón, pastores. En cuanto a los nuevos administradores del territorio, los expertos administrativos, que deberían tender puentes con esa cultura en extinción para construir una nueva, yo les pediría, remedando el poema de “Vita Beata” de Gil de Biedma que no se limiten a vegetar, “como nobles arruinados entre las ruinas de su inteligencia”, sobre todo porque esa facultad nos da a la mayoría sólo para unos pobres escombros; empiecen por salir de sus despachos, vayan al campo. En esto de la naturaleza, –ahora aceptaré el dichoso término– todos hemos pasado poco a poco de observadores a defensores; el problema es que muchos no han aprendido aún a mirar. Sin llegar al extremo de Werner Herzog (“No me interesan los hechos, busco el éxtasis de la verdad”), hay que denunciar esta época pretenciosa que en vez de sabiduría tiene datos.




[1] José Luis Pardo: La regla del juego; Galaxia Gutenberg, Madrid, 2004.

[2] Pierre Bourdieu: La distinción; Ed. Taurus, 1980

[3] H-G. Gadamer: Verdad y método; Madrid, 1987

[4] La socióloga brasileña Ivana Bentes ha acuñado la expresión “made in favela” para explicar la explosiva creatividad cultural en estos ámbitos urbanos marginales, como en los guetos negros de EEUU, explicándola como una cultura original no intervenida por la administración ni impuesta por ningún intervencionismo estatal. Es la distancia “del morro –donde se sitúan las favelas– al asfalto” (la ciudad), que podría ser la misma que media entre la aldea y el asfalto (ciudad), pero en la que sucede justo lo contrario, precisamente por que los ámbitos rurales europeos son hoy el campo por excelencia de todos los intervencionismos administrativos constantes, desde el de los municipios a los supra estatales como la Unión Europea.

[5] Paul Feyerabend: Contra el método: esquema de una teoría anarquista del conocimiento; Ed. Ariel, Madrid, 1989

[6] Aristóteles consideraba que el sofista era el personaje idóneo para prestarle esa colaboración; es el candidato ideal para el papel de contradictor. El economista al uso también lo es para resaltar el discurso ambiental bien armado.

[7] Asunto tan fascinante como distinto era que el que señalaba Gregory Bateson sobre la abusadora hegemonía de la forma positivista de razonar, basada paradigmáticamente en el silogismo “Sócrates” (Todos los hombres son mortales/Sócrates es un hombre/ Sócrates es mortal) al que Bateson contraponía el silogismo “hierba” (o de afirmación de la premisa menor) que algunos atribuyen a los esquizofrénicos y los miembros de culturas orales: “La hierba muere/los hombres mueren/los hombres son hierba”. Lo cual no es tan extraño como pudiera parecer bajo perspectivas lógicas menos restrictivas, pues expresa la básica unidad vital, biológica (bio-lógica) de todos los seres vivos, con permiso de los virus, que no es tan seguro que lo estén (vivos)

[8] Es curioso que sea prácticamente el gastronómico el único aspecto de la cultura campesina que ha sido recogido por escrito y utilizado como base de las gastronomías modernas. Probablemente esto es así por la facilidad que como consumidores tienen los urbanos para integrarla y, nunca mejor dicho, asimilarla. También porque donde mejor se juntan Naturaleza y Cultura es en un plato bien cocinado.

7 comentarios:

Chrysagon dijo...

Información, conocimiento, sabiduría. Pero además contemporaneidad. La defensa de los usos y costumbres de esos pastores y agricultores de los que hablas es posible que ya estén obsoletos. La diáspora del campo a las ciudades es ya un hecho consumado, el campo lo dejamos para el relax y la contemplación maravillada de un mundo que ya no nos pertenece y que se acaba. Son los pesticidas, abonos, transgénicos, enormes maquinarias despiadadas que saquean y degradan sin compasión lo que la evolución natural tardó tantos millones de años en conformar. La vida salvaje es sustituida por sucedáneos de vida en cautividad. La biomasa y el mismo espacio físico están siendo sustituidos por la omnipresente presencia humana. Yo lo aborrezco, pero me temo que habrá que claudicar a esa dinámica imparable. Y sí lansky, por mí puedes quitar los signos de interrogación, nos estamos cargando el planeta. Por lo menos lo que fue el planeta durante los últimos ¿seiscientos millones de años tras la explosión de vida del cámbrico?

Lansky dijo...

Chrysagon:

La vanidad humana es tan enorme que de reyes de la creación hemos pasado a creernos emperadores de la destrucción. Al planeta no nos lo vamos a cargar, salvo haciendo explosionar todo nuestro arsenal termonuclear, sólo estamos modificando drásticamente el ‘retrato robot’ de ese planeta, con jirafas y osos pandas, eso sí, pero unos millones de años más y nuestra especie, y la mayoría de las demás de mamíferos, no existirá y el planeta seguirá, hasta que se apague esa otra bomba de fusión que se llama Sol. Te falta perspectiva. Y también te falta cuando no ves posible secuencias históricas inversas a las seguidas hasta ahora, por ejemplo de ‘ruralización’ del mundo urbano actual como pasó con el Imperio Romano y su transición al Medioevo. Te falta perspectiva, imaginación y te sobran eslóganes y mantras de moda. No le quito los interrogantes!

Chrysagon dijo...

Pues sí, soy muy tópico en esto. La dinámica observable en todo el orbe, es de destrucción y simplificación de la inmensa riqueza de la biosfera por causas exclusivamente humanas. Lo que tan sabiamente (cientos de millones de años de selección natural) ha conformado la existencia de lo que hoy es la tierra, se está modificando drástica y absurdamente por un puñado de siglos de cultura basados en la avaricia y la ceguera humanas. Ya que no dudo de tu sapiencia, y sí que reconozco mis limitaciones, me intriga y me gustaría que me ilustraras tu comentario sobre la “…ruralización del mundo urbano actual como pasó con el Imperio Romano y su transición al Medioevo”.

Lansky dijo...

Roma fue un imperio eminentemente urbano. Con la caida del Imperio de Occidente y la llegada de las mal llamadas edades oscuras a Europa, es decir, la Edad Media, el mundo conocido volvió otra vez a ser más rural. La propia ciudad de Roma en ruinas, transitada por rebaños de ovejas, etc., etc. Lo mismo con el mundo que ahora ves con especies que se extinguen; otras surgirán. Lo único que va a desaparecer y por ende está en precario es nuestra sociedad como forma de usar los recursos.

Lansky dijo...

Además, ¿no alabas tanto a la capacidad "creadora" de la evolución? Pues confía en que actúe para renovar la biosfera, si no tus alabanzas a ella son mero misticismo superficial.

Emma dijo...

Que delicioso es a veces leerte Lansky, pasare por alto discusion sobre la supremacia del imperio humano como unico destructor del mundo, aunque es cierto que, a veces, sobre todo cuando deambulas por calles de ciudades super pobladas ( la ultima vez que estuve en Londres la city me dejo traumatizada), le entra a una la congoja y no puede evitar preguntarse por la indiferencia humana o,por decirlo de otra manera, por la incapacidad de muchas personas de ver la mierda, aunque esten hasta el cuello hundidos en ella.

Lansky dijo...

Emma:

Tus alabanzas me hacen siempre babear como un perrito bueno, pero... 'delicioso'...¿Sí? ¡Qué bien!