08/03/2010

¿Nos estamos cargando el planeta? (y diez): Fin


Perspectivas del viejo debate Natura versus cultura

Como señalábamos al comienzo, el dilema naturaleza cultura, entendido en estos términos de oposición es perfectamente estéril. En ningún otro caso, de hecho, es más cierto el viejo aforismo de que la verdad reside en el matiz. En el caso de la propia naturaleza humana, tanto los recientes descubrimientos genéticos como los de la bio neurología apoyan la idea de una fuerte interacción entre genes y entorno o ambiente, interacción que funciona en las dos direcciones, como ya presintió Darwin sin conocer esas entidades de la herencia ni su mecanismo.

En el caso de los efectos y causas del entorno físico, los ecosistemas, y las sociedades humanas el cambio de paradigma ha sido igualmente notable. Una pléyade de ecólogos, geógrafos, arqueólogos y antropólogos han ido relativizando, matizando o cambiando totalmente las ideas que hasta hace poco se tenían por firmes. Por ejemplo, aunque luego abundaremos más en ello, la supuesta virginalidad de la Amazonía, donde los pocos humanos, dispersos en tropas nómadas, apenas tendrían más efecto que la de un simple mamífero de su talla sobre la impresionante y dominante selva lluviosa. Igualmente sucede con las ideas roussonianas del buen salvaje que apenas modificaba su entorno o lo hacía armoniosamente, sea cual sea el significado de ese adverbio.

Posdata: mirar hacia atrás y actuar hacia adelante

“Con pesar caminábamos por fin entre las tumbas, bajábamos la cuesta.”[1]

“Los árboles intercambian sus pájaros como palabras”[2]


El mundo en el que cualquiera de nosotros –eso incluye a todos- ha nacido no puede sobrevivir sin cambios, por ley histórica. Cuanto antes comprendan eso los conservacionistas (y conservadores) de buena voluntad mejor podrán aplicarse a la meritoria tarea de conservar lo esencial, lo que merece la pena y cuya pérdida hipotecaría el futuro. El mundo rural que conocí en mi infancia ya no existe, como dejó de existir muchos milenios antes el del último cazador y recolector nómada que se asentó como agricultor. Por señalar un caso bien concreto, el “retrato robot” de la España deseable para el ecologismo al uso, sobre todo el de corte más naturalístico o zoológico, es el de una España idealizada pero identificable con la que correspondería a los años inmediatamente previos al desarrollismo de los sesenta del pasado siglo. Sin embargo, el problema es que ahora esa destrucción del pasado no sólo es excesivamente rápida e indiscriminada para ser adaptativa, sino que está dirigida por una explosiva mezcla de codicia e ignorancia a la que curiosamente algunos se empeñan en seguir llamando “progreso” y en seguir presentando como inevitable resultado de la flecha del tiempo. Y eso es mentira. Como dejo dicho Shakespeare “es desdicha de estos tiempos que los locos guíen a los ciegos”.

Por otra parte, no sólo se está perdiendo el patrimonio “material” o natural, sino la propia cultura que lo forjó. Ahora no hablamos de las culturas amazónicas o polinesias, sino de nuestra antaño familiar cultura campesina europea. Las culturas orales son a la vez extremadamente resistentes –la mayoría logran la hazaña de transmitir fielmente sus tradiciones y conocimientos de generación en generación a lo largo de cientos e incluso miles de años- y tremendamente frágiles, dada su extrema vulnerabilidad a los cambios bruscos de condiciones. Cuando esa cadena de transmisión cultural se rompe, basta una sola generación para que todo el bagaje cultural acumulado se pierda para siempre. Imaginen que durante una generación se deje de enseñar música, que nadie joven sepa ya tocar el piano o leer una partitura: bastaría ese brevísimo lapso de tiempo para que desapareciera toda la cultura musical o su legado se convirtiera en arqueología. Lógicamente, no estoy hablando de tirar cabras desde el campanario de una iglesia o emprenderla a tomatazos, “seculares” eventos de hace escasos lustros, sino de las sagas islandesas o la música raga hindú, de la forma de podar una encina o conducir los ganados. De ahí la urgencia[3] de codificar esa sabiduría en los términos más blindados y universales del conocimiento científico.

Como decía Fernando González Bernáldez, independientemente de sus pretensiones teóricas universales, la ecología aplicada es una ciencia “escasamente exportable”, por que más que suministrar recetas proporciona un cañamazo, en cada caso específico, sobre el que situar los problemas, siendo, por tanto, más, cuando es buena, un punto de vista que una técnica ambivalente.

Además, el propio proceso de trascripción científica tiene valor en sí mismo, aunque sólo sea por que contribuye a paliar la confrontación y el antagonismo entre tradición e innovación, cultura campesina y ciencia. La frívola altivez de las formas más técnicas, “recetarias” y rudimentarias de esta última, que a menudo por falta de sutileza en la armonización con las condiciones específicas locales conduce al desastre, es la que hacía comentar a un informante mío, gestor de una dehesa, a mis alabanzas sobre el terreno de que sí, en efecto “La finca es muy buena, pero está muy castigada por los ingenieros”, como si estos, con sus ocurrencias para todo, fueran como el pedrisco o la helada temprana. Pero al igual que a las culturas orales les fascina la escritura, porque ven en ella de inmediato un poderoso instrumento de la memoria, a los campesinos les interesa la ciencia, cuando está no es prepotente ni distante, sino colaboradora y sutil.

Es infinitamente preferible caminar con una duda que con un mal axioma, y no mostrarse tan apegados a los modelos teóricos imperantes, recordando el viejo chiste del pastor que preguntado sobre un improbable destino le contestó al urbanícola perdido: “no conozco exactamente el camino, pero si fuera usted, no empezaría desde aquí”. Tengamos pues el Principio de Cautela bien presente como dijo Benjamin: “La previsión es el uso más propiamente humano del intelecto”.

Esa mezcla que reclamo de tradición e innovación, donde reside el futuro de su preservación –y no, nuevamente en una conservación etnográfica igualmente taxidérmica-, la ejemplifica la metáfora de la espiral: una figura que se despliega desde dentro hacia fuera, siempre girando en torno al punto de origen y a menudo, como en el caso concreto de la concha del molusco Nautilus, manteniendo la sección áurea, es decir la proporción entre los sucesivos anillos.

Los problemas referidos al entorno son siempre complejos, holísticos, a menudo difíciles y en casos imposibles (véase más adelante), pero eso no debería desanimarnos. Lo que para la tecnocracia supone su inviabilidad: la imposibilidad de aplicar recetas, para la verdadera ciencia todo reto contiene premio. Como señala el divulgador de la matemática John Allen Paulos (refiriéndose al teorema de Gödel examinando a Euclides), los problemas sin solución pueden ser fuentes de creación como “granos de arena en las ostras, que se convierten en perlas”.

Mi amigo Miguel Morey, catedrático de Ecología y actual profesor emérito en la Universidad des Illes Balears, me hace notar amablemente mi tendencia a contemplar las soluciones territoriales del pasado con excesiva complacencia y me sugiere una tarea muy interesante como expiación: identificar espacios nuevos que sean sostenibles -o viables, como los denominábamos menos enfáticamente antes-. El tema es tan bonito como alejado de mis capacidades; sin embargo, subsiste un problema grave, a saber, la mayoría de los paisajes viables, sostenibles y hasta hermosos, “naturales”, son resultado de muy lentas y sostenidas (no sólo sostenibles) en el tiempo relaciones de las comunidades con su entorno, como las dehesas, los “bocages”[4] o la estructura viaria de las cañadas de la trashumancia, y hoy en día, donde impera el “diseño” instantáneo, eso sí que parece utópico e inviable. En todo caso, viene a cuento ahora recordar un proverbio senegalés, pero que cuenta con versiones en todas las culturas: “cuando no sepas a donde vas, date la vuelta y mira de donde vienes.”

La ecología de la explotación[5] nos da las claves para entender que la transformación de un entorno natural en un territorio productivo es siempre un proceso de suma cero. El espacio sin transformar tiene una estabilidad muy alta si no sufre interferencias, como un bosque sin modificar, pero reinvierte todo el excedente productivo en mantener esa estabilidad frente a los cambios, de modo que la relación biomasa/producción aumenta y apenas hay excedentes apropiables para el hombre, salvo para el mero recolector de nivel paleolítico. Por el contrario, un espacio muy transformado, como un campo de cereal, apenas tiene estabilidad, ni, por tanto, puede mantenerse igual a sí mismo sino es por intermedio de la acción humana, cerrando los ciclos de nutrientes (fertilización) y reiniciando el proceso (siembra), pero la relación biomasa/producción disminuye tanto que produce excedentes apropiables para el hombre que sólo en parte se reinvierten en la estabilidad del sistema. Es el dilema de suma cero entre conservación (estabilidad) frente a producción. Ahora bien, sistemas como la dehesa, en donde los núcleos maduros dispersos del arbolado exportan estabilidad a la matriz productiva en que están inmersos (pastos) es un magnífico ejemplo de “nadar y guardar la ropa” entre ambos extremos. En el caso de los bocages, los elementos maduros y estables son las alineaciones de arbolado y setos que limitan las teselas de producción, generando un sistema de naturaleza en un mínimo espacio ocupado. En cuanto al caso de las cañadas es un ejemplo de compensación bioclimática entre dos “extremos” (agostaderos e invernaderos) biogeográficos a través de la migración controlada de los rebaños en dos momentos estacionales del año.

La pregunta esencial sigue en pie: ¿qué significa mantener viva una relación con el pasado? Y ¿qué ocurre cuando esa relación se rompe en parte, como está sucediendo en la actualidad tanto en lo que se refiere al patrimonio histórico como al natural o al cultural ligado a ambos? No olvidemos que, al igual que las personas, las sociedades que no logran establecer una relación sana y fluida con su pasado enferman. Conjugar los viejos saberes empíricos, nutridos por la tradición oral e injustamente acusados de inmovilistas, con los modernos conocimientos científicos, sin considerar a estos últimos la única forma válida de información, sería la primera medida. Otra posible vía complementaria es precisamente modificar las nociones estáticas patrimoniales, desde la de biodiversidad hasta la de patrimonio artístico, por las dinámicas, como la de diversidad en Ecología[6]. Se trata, en suma, de incorporar a nuestros rígidos modelos la dimensión temporal y con ella la rica información de nuestro pasado. A eso, en este campo concreto que nos ocupa, lo he dado en llamar “Cultura del Territorio”[7]. La cultura del territorio sería armoniosamente híbrida, codificada en términos de la moderna científica, pero incorporando los saberes tradicionales de gestión territorial. Sería pues un arte o una técnica donde el conocimiento no suplantaría a la sabiduría, sino que la validaría, justificando los “comos” (cómo hacer) por medio de los “porqués” (porque se hace).

He pospuesto para el final la que bien podría haber sido el comienzo de estas disquisiciones: la inviabilidad definitiva de toda conservación extrema. Me explicaré. La pieza clave de la ecología científica es la noción de Sucesión Ecológica, hasta el punto de haber sido comparada al papel central que la teoría de la evolución ocupa en la biología general. La sucesión designa la tendencia que tienen los ecosistemas a aumentar en complejidad si no son explotados ni perturbados, conforme a una secuencia bien conocida aunque no totalmente elucidada, en la que varían propiedades “macroscópicas” del sistema, relacionadas con flujos de materia, energía e información. En cierto modo el ecosistema se “cierra sobre sí mismo” reinvirtiendo sus excedentes productivos en estructuras más permanentes, complejas o maduras. Esa tendencia a la complejidad, o a la complicación, es tan universal que gran parte de las tareas agrícolas, por ejemplo, desde escardar a podar, y de recursos invertidos (semillar, fertilizar) tienen la misión básica de entorpecer la sucesión y evitar ese cierre sobre sí mismo del ecosistema, desde la simplicidad exportable a la complejidad estrictamente inexplotable (sin excedentes). Bien, la explotación –esa apropiación de paquetes de energía a la que aludíamos en una nota de un post anterior- impide que la sucesión continúe, de manera que se establece una oposición entre conservación y explotación que, en el fondo, no admite conciliación, por lo que es uno de los escollos más formidables (Margalef dixit) en la “formulación de cualquier política razonable de conservación”.En este hecho reside que la conservación de la naturaleza simultáneamente con la nuestra como sociedad, claro, sea una “aporía” lógica, es decir, una imposibilidad racional o, en términos menos filosóficos, un propósito inviable. En dicho sentido, el “mantra” de moda de la sostenibilidad, o más bien de lo sostenible [8]desvela su inherente inanidad

Persistir en comparar un ecosistema con un organismo puede conducir a numerosas impropiedades, a numerosas analogías cuyo valor pedagógico no justifica los errores de juicio que producen, pero es bien cierto que los ecosistemas se parecen a los organismos en que unos y otros se construyen a caballo del tiempo, sobre él, como el mismo planeta y sus eras cambiantes. Pero los ecosistemas que se van construyendo a sí mismos, o sobre sí o en torno a sí mismos, lo que hacen es trocar energía, la mayoría rápidamente consumida, disipada o degradada, por información. El final de ese proceso no es totalmente predecible, como optimistamente suponían los ecólogos decimonónicos y presuponen los conservacionistas y ecologistas actuales. Por tanto, en ese edificar su presente sobre su pasado, el único hecho cierto es ese. Por eso son tan importantes esos soberbios ejemplos heredados, encontrados por prueba y error tras milenios, “de nadar y guardar la ropa”, de conjugar conservación y explotación, como las dehesas o los territorios pastoriles de montaña –sus complementarios en la trashumancia de ganados-. Llámenlos, si gustan, Naturaleza, pues lo son; como aquellos, sus forjadores; como nosotros, sus conservadores; como nosotros, sus destructores.

Propongo acabar recordando aquí que los humildísimos líquenes –utilizados modernamente como indicadores biológicos de la contaminación, pues no sólo promedian mejor que cualquier instrumento la resultante sinérgica total de todos los contaminantes, sino que reflejan su transcurso en el tiempo- son, por ello, el más lento telegrama (de socorro) de la tierra, sea esta afirmación ciencia o poesía, cuya aparentemente insalvable diferencia en el fondo estriba en si consideramos que ya sabemos –ciencia- o si seguimos aprendiendo –poesía- por intuición. Ellos también evidencian cómo la sincronía económica actual está arrasando con la diacronía acumulada durante millones de años, esto es, con la historia de toda la superficie emergida de este planeta. Hume definía el hábito como “tomar el pasado como regla del porvenir”. Aquí se propone, más flexiblemente, tomar el pasado como un informante del futuro. Mientras tanto esperemos que los árboles sigan intercambiando sus pájaros como palabras, conforme a la maravillosa metáfora de Saint-Pol-Roux, y continúe el prodigioso diálogo de múltiples relaciones de las partes de este mundo, la polifonía que lo sustenta a lo largo del tiempo.[9]

“sería cosa de que los políticos vivieran en el campo, como los antiguos romanos; aprenderían en el arte de escuchar y callar, doble ciencia que el estrépito capitalino hace que olvidemos, y de la que uno se imbuye maquinalmente al observar el paso lento, cadencioso, uniforme y callado de la naturaleza.”[10]




[1] Pierre Michon: Vidas minúsculas; Anagrama, Barcelona, 2002

[2] Saint-Pol-Roux

[3] La urgencia del rescate la da la pérdida irreparable que supone la muerte de cada uno de estos ancianos, testimonios vivientes de esa cultura. Veamos como acaba el “Relato de Vida” de uno de ellos, habitante del Pirineo aragonés que hace Severino Pallaruelo en “José, un hombre del Pirineo”: “ Es viejo. Pierde fuerzas. Le preocupan el invierno, la nieve y el viento. Pero no se asusta. Hace lo que tiene que hacer en cada tiempo. Forma parte de la montaña, como los enebros, las águilas, las abejas o los quejigos, pero no es uno más: es el que con su voluntad y con sus manos lo organiza todo.” (el subrayado, quizá innecesario, es mío)

[4] En geografía, bocage es un término francés que designa el tipo de paisaje donde las tierras, frecuentemente praderas, están encerradas por leves elevaciones plantadas de árboles, a modo de setos, y el hábitat es disperso, creándose una malla de células productivas delimitadas por bordes silvestres. A menudo se habla de bocage bretón, normand, vendéen, etc. En algunas zonas de España reciben nombres particulares, como “sebes” en Asturias.

[5] El término “explotación” contiene inevitables connotaciones peyorativas en el marco de estos debates, pero desde el punto de vista de la ciencia de la Ecología, la explotación es simplemente el proceso de apropiación –de una especie por otra e incluso de un ecosistema por otro- de un paquete o segmento del flujo total de energía, de manera que en el gradiente continuo entre conservación-explotación la relación entre biomasa inmovilizada, reinvertida en forma de estabilidad estructural por el propio ecosistema, y biomasa (o energía) consumida (o producción) por otro sistema externo va disminuyendo. En el proceso, inevitablemente, el complejo (población o ecosistema) explotado se “rejuvenece”, pierde madurez o complejidad en favor del sistema explotador.

[6] Diversidad y Biodiversidad no son sinónimos; este último, ligado a los planteamientos de conservación, representa un concepto patrimonial: la riqueza total en especies (o en genes) de un territorio. La diversidad, por el contrario, es un concepto dinámico, un parámetro del ecosistema variable a lo largo de la Sucesión Ecológica en el tiempo, que aumenta progresivamente conforme aquella avanza. Expresa la potencialidad del sistema para establecer relaciones cibernéticas o de control entre sus elementos y se mide en términos de información, por ejemplo, con fórmulas como la de Shanon-Weaber.

[7] El plagio involuntario puede que no sea un verdadero plagio, pero es auténtica ignorancia. El profesor Pedro Montserrat Recoder lleva muchos lustros relacionando en sus magníficos trabajos cultura y ecología, con títulos tan explícitos como La cultura en el paisaje (El Campo, 131 (1994), BBVA, o La gestión ecológico-cultural en el paisaje; Pirineos, 140 (1992). Es el autor que más utiliza esa conexión en su motivada defensa del pastoralismo, sobre todo el pirenaico.

[8] Siempre que se desea desactivar un concepto incómodo para los poderes se le sustituye por un término de consenso sin demasiado contenido; y la forma más fácil de hacerlo es transformar los sustantivos (sujetos) en adjetivos; así Ecología pasa a “ecológico”, sea este un yogur o una silla, y Sostenibilidad, concepto fuerte que define la idea de no sobrepasar la capacidad de regeneración de los recursos, por sostenible. El colmo es cuando ese adjetivo se aplica a un sustantivo incompatible, como “desarrollo”. Desarrollo, que por mucha connotación cualitativa, implica crecimiento, aumento de consumo de recursos. “Desarrollo sostenible” es una contradicción en sus términos en pura lógica, pero el que no signifique casi nada no es un obstáculo, sino un aliciente para su uso abundante en los discursos de los modernos sofistas, políticos, economistas y organismos internacionales.

[9] El silencio es un lujo, pero siempre que esté alternado con los sonidos de la vida, si no es muerte. Oigamos la trascripción al castellano que el etnógrafo Severino Pallaruelos (José. Un hombre de los Pirineos, Zaragoza, 2000) hace de los recuerdos sonoros de un pastor del Pirineo aragonés: “Oías cómo golpeaba el hacha de algunos que cortaban madera o los golpes de la maza en las cuñas si partían leña. Oías a los pastores que silbaban, perros, esquilas…algún grito allá delante de uno que acarreaba y se enfadaba con los machos…y a veces, allá abajo, en San Juan, tin-tin-tin: uno que golpeaba, para afilar la guadaña…y ahora nada… no se oye ni un ápice.”

[10] M.-J. Hérault de Séchelles: Teoría de la ambición

12 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Tremendo colofón; me dejas sin nada que comentar. He de volverlo a leer más pausadamente.

Lansky dijo...

No era mi intención. Prtendía acabar siendo poético.

Vanbrugh dijo...

Toda esta serie de posts es densa,cargada de información -y de información novedosa e inesperada para mí en un noventa por ciento- y repleta de implicaciones por desarrollar, de "embriones" de ideas. Más que otra cosa, me ha parecido el excelente programa de un curso que llevaría cientos de horas desarrollar medianamente. Para los profanos, la cantidad de información, y de posibilidades vislumbradas en ella, es casi apabullante. Y el hecho de que trate sobre cuestiones que nos atañen bastante directamente; y de que tu exposición haga inteligible y casi "accesible" toda esa información, es casi peor. Si me dan el equivalente de esta información sobre física cuántica, materia que me cae tan lejos como incomprensible me resulta, nada más fácil que pasar de ella. Pero si me la dan sobre la viabilidad de mi planeta, y en términos que hablan directamente a mi inteligencia y a mis emociones, la "abstención" resulta mucho más difícil. En fin, que tienes una estupenda manera de complicarnos la vida.

Lansky dijo...

Gracias vanbrugh, es un gran elogio.

Te confieso, estos post son los embriones o las puertas de entrada a capítulos de un libro de ensayo que tengo casi concluido con ese título: 'La cultura del territorio'. No dejaré de señalar, porque sorprendentemente parece que tengo editor (incluso dos a elegir) la forma bloguera en que surgió el puñetero libro.

rocio prima dijo...

Se agradecería muchisimo que lo publicases este otoño, pues necesitamos desesperadamente un libro de texto para una asignatura nueva y este es perfecto.

Grillo dijo...

¡Excepcional Lansky!

Magistral.

Un post lleno de apabullantes conocimientos, espléndidamente pormenorizados, asequibles para quienes no dominamos el tema ni con mucho.
Mi sincero (y modesto) agradecimiento por la enseñanza, y por esa proposición final romántica e idealista con la bella metáfora de los humildes líquenes y la poesía de S-P Roux: 'los árboles intercambian sus pájaros como palabras'.

(Por eso a veces me choca su humor sui géneris con dedicatorias al estilo de cagarse en la puta madre de alguien, decirle a otra que su madre le comía la polla o pidiéndole a uno que le toque los güevos. Será un desahogo, pero no le cuadra mucho.)

No obstante...

leon no es feroz dijo...

Muy interesante lo de mantener viva una relación con el pasado. Recojo , ya que hablas de poesía y cultura, estas palabras de Eliot ,al que alude Kapuscinski, en uno de sus libros:
"...En la época actual,en que los hombres parecen más inclinados que nunca a confundir sabiduría con conocimiento y conocimiento con información...está naciendo una especie nueva de provincianismo no espacial sino temporal...un provincianismo para el cual el munndo es propiedad exclusiva de los vivos, sin participación alguna de los muertos.."
Concluye el periodista polaco, que el presente ha existido siempre, pues la historia no es sino una cadena ininterrumpida de presentes.
Y me ha gustado que recojas las palabras del campesino aragonés.Nos estamos cargando el planeta.

Lansky dijo...

León:
NO nos estamos cargando el planeta, ni salvándole, ni perdonándole la vida, ni dominándole. Mis esfuerzos de 10 densos posts no han servido de nada si no me he hecho comprender en ese esencial aspecto.

Grillo:
Aquí soy un chico educado, como mis visitas, salvo cuando aparece un troll, pero de vez en cuando me apetece ir a jugar con barro y otros niños malos, soltar tacos y palabras soeces, etc., es decir, voy donde Lector malherido: es divertido
(Sigues avanzando en tu itinerario retrato: ¿acabarás como el hombre lobo, de lobo?)

Rocío:
Gracias. ¿Para este otoño? No sé, no depende totalmente o casi de mí, sino del editor

Vanbrugh dijo...

Un poco desolador, sí, que tras estos diez posts la conclusión de León sea esa. Yo recomendaría relectura meditada.

No, no estamos cargándonos el planeta, ni salvándolo, ni perdonándole la vida ni dominándolo.

(Una cosa es no ser laísta y otra huir tan vehementemente de este defecto que caigamos en el leísmo, contrario pero igual de horrendo.)

Lansky dijo...

Sí, Vanbrugh, pero tampoco hay que alarmarse, Leon se incorporo a la lectura d emi serie de post tardíamente.

En cuanto a vuestra polémica (Grillo y tú) de mi laismo y leismo, asisto a ella con bastante indiferencia: tu defendiéndome, él reporchandomelo. Y es que ambos incurrís en una grave omisión: el laismo/leismo es como el ceceo o como pronunciciar distintamente la 'b' y la 'v': características regionales o locales. Que yo no pienso corregir.

Lansky dijo...

DominándoLO, claro. Aunque la humanización que se hace del planeta exigiría casi el LE personal.

leon no es feroz dijo...

Creo que he entendido bastante de lo que cuentas.Todo evoluciona, se transforma...yo es que me meto a veces en camisas de once varas. Un saludo.