Mostrando las últimas 10 entradas de un total de 18 de 02_10 Mostrar las entradas más antiguas
Mostrando las últimas 10 entradas de un total de 18 de 02_10 Mostrar las entradas más antiguas

26/02/2010

¿Nos estamos cargando el planeta? (nueve: sólo me falta uno más)



Última vuelta de tuerca


Hace 400.000 años surgió en el Viejo Mundo la llamada lasca de Levallois. Durante los milenios anteriores las herramientas de piedra habían ido aumentando, primero lentamente, luego muy de prisa, el número de centímetros de filo por kilo de materia prima tallada. Al principio la evolución biológica del género Homo iba más deprisa que la cultural, luego la tecnología tomó el relevo. Hasta llegar a esas herramientas de doble simetría, bilateral y bifacial, que se llaman “bifaces”. La lasca con el filo más largo posible, la de Levallois, se realiza en 13 o 14 golpes bien secuenciados[1]. Igual que una pajarita de papel, que se hace en trece pliegues que no producen nada y en el 14 surge la pajarita. No se repara, sin embargo, que un décimo quinto pliegue (o un ultimo y superfluo golpe) la vuelve a destruir. Se me ocurre la metáfora de ese pliegue de más en esa suerte de embriología artificiosa que es la papiroflexia, o de esa talla secuenciada y finalmente malograda por exceso, para explicar la desadaptación tecnológica actual del hombre con su entorno: hemos pasado del bocage y las dehesas y de los círculos concéntricos de urbe, ager, saltus y silva romanos a la urbanización actual, del modelo de ciudades inmersas en una matriz menos transformada de gradientes concéntricos sucesivos a los retazos de naturaleza precarios e insularizados actuales inmersos en un entorno totalmente alterado: un pliegue de más, no un pliegue más, un golpe de más que rompe la herramienta suprema, la de la relación y modificación del conjunto del entorno, el territorio, por parte del hombre. La última vuelta de tuerca, que diría el maestro James; “un cambio o inversión de fase” en palabras de otro maestro, Margalef.

Puede parecer redundante y, por tanto, ocioso, el concepto de “Cultura del Territorio”, pero creo poder defenderlo en lo que tiene de honestamente integrador, entre una cultura empírica, la de los saberes campesinos, y una cultura científica, codificada y transmitida de muy distinta forma[2]. Otras nociones, como la de paisaje, ecosistema, territorio e incluso planificación son muy útiles en sus respectivos contextos, pero presentan también problemas y carencias. El paisaje, por ejemplo, con su falsa apariencia intuitiva es, en cierta forma profunda, el producto de un tipo particular de observador, sustraído del mundo del trabajo; al menos del mundo del trabajo que es observado: decía Unamuno que el que está inclinado sobre la esteva del arado no puede alzar la frente sudorosa para recrearse en la belleza del entorno. No es tanto que se trate de una construcción estética[3], como de un punto de vista, que no tenemos porque considerar universal por más que impere hoy dado que hay muchos más turistas ya que campesinos; muchos más observadores que observados. Es el observador ocioso (en ese momento al menos) el que puede permitirse esa distancia en relación con la naturaleza, una representación en cierto modo imaginaria de lo rural. La información contenida en el paisaje es riquísima, ese es el problema; el paisaje es un palimpsesto, cuyo primer texto, el más antiguo, a menudo parcialmente borrado es el geológico, pero la aproximación digamos “paisajística” al paisaje es siempre superficial e insatisfactoria. En cualquier caso, en dicho palimpsesto, lo que borra verdaderamente los textos anteriores de un paisaje es su urbanización. En dicho sentido, es tan irreparable como el homicidio. Eso sí; para el que sabe mirar, en un pasaje nada está clausurado desde el punto de vista temporal y adonde se mire se encontrarán aberturas naturales en el tiempo que conectan nuestro presente con los eones del pasado geológico o las simples décadas del laborioso trabajo campesino. En el paisaje “bien mirado” se aúnan la visión del científico que ve todo lo que ocurre (u ocurrió) en un punto del espacio, con la del poeta, que siente todo lo que ocurre en un momento del tiempo.[4] En cualquier caso, los poetas, al contrario que los expertos, tienen la capacidad de pensar en varias cosas a la vez, una suerte de “sincronización cósmica” que es la raíz de las metáforas con las que trabajan.

El ecosistema es otro punto de vista, muy útil cuando tratamos con cuantificaciones de determinados flujos de materia, energía e información, pero poco disponible en multitud de ocasiones y sin pretensiones, salvo para los “conversos” legos, como los ecologistas, de totalidad en su análisis. La tentación de pensar que la moderna ecología puede suplantar esa cultura del territorio en su totalidad es vana. Al igual que no es infrecuente que los profesores de clásicas se centren exclusivamente en los “clásicos”, el canon literario, y no conozcan a fondo el idioma, el latín, hay muchos ecólogos que, centrados en los estudios de casos ejemplificadores de los procesos, no conozcan a fondo el campo ni tengan una buena cultura” naturalística. Los profanos suelen creer que la ecología se ocupa de objetos: animales, montañas, océanos, pero esta ciencia, a la inversa que la geografía, nunca ha sabido ocuparse del espacio, que se contempla como un incordio para la toma de muestras por su anisotropía. El verdadero objeto de la ecología son los fenómenos, que no se extienden en el espacio tanto como en el tiempo[5]. Esto es así por que la ecología moderna describe la naturaleza en términos de materia, energía y organización, pero, precisamente por eso, y sin que ello sea imputable a esta ciencia sino a la propia naturaleza de la vida, es característica de esta última la falta de permanencia de sus estructuras materiales. Aunque la cantidad total permanezca semejante a sí misma, algo siempre entra y algo sale.

En cuanto al urbanismo y la planificación, no sólo son aspectos más restringidos, sino también, sin lugar a dudas, el punto de vista hegemónico de la ciudad frente al campo, aunque sólo sea por el desigual combate que en esta dialéctica impone la abismal plusvalía de cualquier porción de territorio susceptible de ser construido frente a cualquier otro uso potencial o presente y el perverso círculo vicioso del asfalto y el cemento como principal fuente de financiación de los municipios. La única forma de “desenviciar” ese círculo es desmaterializarlo (espiritualizarlo), hacerlo realista, paradójicamente, esto es, convertirlo en la espiral donde nada vuelve exactamente al mismo punto, pero sí a una situación parecida. La espiral ya no es un círculo vicioso, ha sido puesto en libertad. La ciudad, con sus formas “misteriosas” de cubrir las necesidades de sus ciudadanos, impone una distancia excesiva para comprender el territorio del que en el fondo depende. Por otra parte, el urbanismo y su instrumento esencial, el cartográfico, reduce las cuatro dimensiones (con el tiempo y la vertical) del territorio a las dos de los mapas, de modo que la estática planimetría suplanta a los procesos y la geometría euclidea al barroquismo vital. Cuando se destina un suelo denominado “vacante” –y ninguno lo es- para ser urbanizado casi nunca se tienen en cuenta la huella ecológica que actúa sobre otros territorios a menudo distantes del recién urbanizado: ese valle aguas arriba que se “tiene” que inundar para proveer de agua o energía hidroeléctrica a las nuevas viviendas, esos baldíos que se destinan a la acumulación de residuos, esas canteras para proveerse de materiales de construcción, esos suelos productivos, con dimensión hacia abajo en forma de horizontes edáficos forjados durante cientos de años de fertilidad acumulada, que se impermeabilizan con el asfalto y un verdaderamente largo etcétera que no encuentra acomodo en plano ni mapa alguno.[6] El mundo actual, al hacerse crecientemente urbano, se hace a la vez más “informado” –la ciudad es el “organismo” explotador por excelencia del territorio, donde confluyen los flujos de materia, energía y, sobre todo, información- y menos sabio del territorio.

Sólo la Cultura del Territorio, tal como la entiendo y torpemente he intentado explicar, parece poder integrar códigos e intereses tan dispares sobre un único objeto, fragmentado crecientemente en pequeñas y crecientemente inviables islas del pasado reciente o remoto.


[1] Yves Coppens Le Genou de Lucy. L´histoire de l´Homme et L´histoire de son histoire: Ed. Odile Jacob, París, 2.000. Ver figura nº 3

[2] C.P. Snow acuñó el término de “Las dos culturas”, en el ensayo del mismo título, para evidenciar esa distancia o barrera entre la cultura humanística y la científica, mutuamente ignorante una de otra. Para mí, sin embargo, y aún admitiendo que tan ignorante es el que no conoce la teoría atómica o la evolutiva como a Mozart o Nietzsche, el abismo entre las dos culturas es más bien el que existe entre las empíricas o tradicionales y las modernas o tecnológicas. Y en este caso no coexisten ignorándose mutuamente, como en las señaladas por Snow, sino que las últimas terminan suplantando, a mi juicio insatisfactoriamente, a las primeras. Por otra parte, incluso dentro de la cultura hegemónica hay y ha habido divergencias y confrontaciones profundas, como la que ejemplificaba Descartes frente a Vico. Este último se quejaba amargamente del cartesianismo, al que llamaba a veces “espíritu geométrico”, por pretender imponer un discurso “lógico” tan estrecho que arrasaba no sólo lo falso, sino todo aquello que no es absolutamente verdadero, como lo verosímil o el sentido común, con su manía de situar esa lógica pretendidamente universal más allá del espacio (el lugar) y del tiempo (el momento) concretos.

[3] Que la gente común le concede mucha importancia a la estética –a menudo más que a la comodidad- lo demuestra, paradójicamente, la misma banal fealdad decorada de tantos de sus hogares. Un chozo de pastor, por muy humilde y rústico que sea, nunca es feo porque nada en el es superfluo. Igual pasa con los paisajes “funcionales” por muy austeros que sean, Por ello, el paisaje es también una construcción estética, -además de por el origen pictoricista de dicho concepto-, por defecto. Es decir, la fealdad es un hecho casi voluntario, como en las horrendas urbanizaciones costeras o rurales, y la belleza, ahora casi siempre, consecuentemente, es cada vez más resultado de los “olvidos” milagrosos de esos factores transformantes recientes.

[4] Esta noción ciencia-poesía es del filósofo Vivian Bloodmark, citado por V. Nabokov en su libro autobiográfico Habla, memoria

[5] Pese a la legítima pretensión de la ciencia de la ecología teórica de formularse en términos puramente físicos, a la inversa que en la Física, en Ecología no interviene sólo el Lógos, refutando o confirmando hipótesis, sino Cronos, pues se trata de sucesos o procesos históricos, narraciones, como las llamaba Aristóteles (“contar historias”) que pueden tener varios resultados, todos ellos verosímiles, independientemente de que sean verdaderos (o falsos). . Esta dimensión histórica de la Ecología se olvida a menudo por algunos ecólogos, por ejemplo, los que tienden a tomar los procesos históricos, como la Sucesión Ecológica y su final, el clímax, como sólo Lógos, excluyendo su carácter narrativo, que le concede Cronos, terminando por tener una visión “teológica” o teleológica de ineluctabilidad que en absoluto tiene estos proceso histórico-naturales; es decir, los que toman la Sucesión Ecológica como un resultado (sólo) lógico, inevitable, en lugar de cómo un proceso narrativo, histórico, contingente. Pero jamás la olvidan los contadores de historia por excelencia, los miembros de las culturas rurales, que saben que las cosas, como en las fábulas, pueden tener siempre distintos finales verosímiles, aunque sólo uno, en cada caso concreto, en cada lugar y momento, espacio y tiempo, sea verdadero.

[6] Ese urbanismo hegemónico sobre el resto del territorio ilustra bien el aforismo de que “si no eres parte de la solución, eres parte del problema”. En este caso el principal. En otra entrega anterior aludía a la esencia política de las soluciones a los problemas ambientales. Esto es “literalmente” cierto en el caso de los generados por el urbanismo: son problemas y soluciones políticas en el sentido aristotélico; es decir, nos señalan que la solución reside en (modificando y corrigiendo) la ciudad (polis), y no en las que se imponen desde ella a los entornos no urbanos afectados. Siguiendo a Aristóteles, de hecho, no es sólo que “el hombre sea político por naturaleza”, sino también que “la ciudad es naturaleza humana”.

24/02/2010

Más fotos de mi pueblo ( y los muretes de mampostería)


The Modern Jazz Quartet - The Golden Striker

Pasamos por delante de la cómoda del vestíbulo, con la colección de libritos y el pequeño león y el hipopótamo, y cojo mi bastón. Jara ya no aguanta de impaciencia

El pueblo queda a nuestra espalda, suavemente iluminado por los primeros rayos de una mañana fría y luminosa

Al Norte, Gredos, teñidos de rosa sus neveros
Al Sur, Los montes de Toledo, que delimitan la depresión sedimentaria del Tajo, aún en sombras, plagada de olivos

Y avanza la mañana

Se toma una piedra en la mano, se la contempla desde varios ángulos, girándola, se la sopesa cómo lo que es: un objeto único, diferente a la de al lado, y finalmente se la coloca con un par de golpes en el acomodo elegido. Si el gesto cargado de destreza y entrenamiento de miles otros parecidos ha tenido éxito, la piedra, el ‘mampuesto’ habrá quedado enganchado en vertical sobre, ante, bajo y…¡cabe! Otras iguales o mayores que ellas. Así se hace un murete, una tapia de mampostería en seco.





O Jara, es decir, 'O'Hara'


Mediterráneo y los Alpes a tiro de piedra, simplemente viajando en altura, desde los 400 metros de la fosa por la que discurre el Tietar y los más de dos mil de las cumbres del macizo central de Gredos. Arriba neveros y cervunales, aquí abajo, ¡olivos!

Muretes de mampostería en seco (sin mortero ni argamasa), una de mis debilidades y de los encantos de mi paisaje familiar, que escoltan los caminos, separan propiedades, pero sobre todo delimitan usos


Los muretes se interrumpen con desvencijadas puertas, menos duraderas que aquellos…

23/02/2010

Exposición (brevería)



Exposición en esa hermosa avenida que los antiguos llamaron 'Salón', Salón o Paseo del Prado, en realidad una cañada de ovejas. Expuestas a las inclemencias, imperturbables en su nervioso impulso, dos grandes palomas torcaces, cada año más urbanas, practican el coito encima de un tilo. Debo ser el único que las ve, debo ser el único -aunque, quién sabe- de la cola que sabe distinguir un tilo de un vulgar plátano de sombra.

Odio hacer cola. Por no aguardar en una fila me he perdido muchas cosas y he ganado mucho tiempo. Pero la hice y pasé a la exposición de los impresionistas de Mapfre en Madrid; además adentro sólo llovía en los cuadros de Silsley (véase arriba su 'Inundación'), el inglés entre franchutes.

Los comisarios han decidido colocar a los impresionistas con otros contemporáneos suyos, simbolistas, neoclásicos, o directamente académicos y ‘pompier’ (intraducible, sería absurdo decir 'Bomberos': relamidos es la idea), para que apreciemos mejor la supuesta revolución impresionista calificada en el título de la exposición como ‘Renacimiento’. Se trataría así, de montárselo con la etiqueta al revés que la llamada ‘pintura degenerada’ con la que Hitler calificó la mayoría del arte de su época, impresionistas incluidos. Lo degenerado ahora sería lo antiguo, lo superado.

Y sí, hay mucho arte neoclásico, como el de los estupendos cuadros de Bouguereau (Véase justo aquí encima) que…son muy buenos. Contra este arte reaccionaron los Manet de turno, me digo, reacciona tú, me insisto, pero me gustan. Un puto ecléctico. Comprobé, eso sí, que Cézanne me sigue entusiasmando, pero también Tissot.

También vi los ‘buenos cuadros’ impresionistas de gruesas y sueltas pinceladas de puros y duros colores. Los tengo tan vistos que me interesaron algo menos de lo que deberían, y bastante menos que los ejemplos de contraste, académicos, simbolistas y neoclásicos.

Muy mal, Lansky, me dije. Y volví a salir a la lluvia, entonces sí, comprendí que llovía en Madrid como llovía en los cuadros de Pissarro (véase abajo), llovía y si seguía lloviendo tendríamos una inundación como la de los cuadros de Sisley. Me metí a tomar un café en la esquina siguiente. Permanecía Pissarro y aún no llegaba Sisley. O sea: no pasaban barcas, aún.

22/02/2010

¿Nos estamos cargando el planeta (ocho): la insularización del territorio

Garganta Tejea en otoño (Foto Lansky)


“-¿Y la naturaleza creó el campo al igual que el hombre creó las ciudades?

-Más o menos, sí.”[1]


La cultura del territorio, término que puede sugerir una mezcla de antropología y ecología y geografía humanas, esta tomado a semejanza del concepto “Nueva Cultura del agua” que Javier Martínez Gil, del grupo de estudiosos de Zaragoza, con Pedro Arrojo a la cabeza, eligió en 1997 para reivindicar unas formas más racionales de relación con dicho recurso. Al igual que los antiguos despotismos hidráulicos de los imperios del mundo antiguo se apropiaron del control del agua para dominar a sus súbditos, el actual “despotismo territorial metropolitano” controla la vida y el futuro de todos los habitantes, urbanos o rurales, próximos o lejanos.

Ciertas desaforadas y sensibleras formas de vulgarización científica han cargado demasiado las tintas no en la singularidad de este planeta, eso es obvio, sino en mostrar una, digamos, “facilidad” vital en absoluto cierta. Lo cierto, en cambio, es que este “Planeta Azul” tiene cuatro quintas partes de agua, sí, salada y en su mayor parte concentrada en profundidades que son, básicamente desiertos estériles por la ausencia de fotosíntesis y donde unos pocos y raros organismos viven de la lluvia de organismos reventados por la presión que les cae encima. En esa quinta parte emergida viven una mayoría de grupos de seres vivos que se han adaptado a un venenoso oxidante excretado por las primeras bacterias, el oxígeno, lo que autoriza a decir que este es “el planeta que la vida acabó por hacernos confortable”[2], salvo unos pocos refugiados en intersticios del suelo anóxicos o en lugares aún más improbables, y todos y cada uno de esos seres dependen de la disponibilidad de agua líquida y relativamente desprovista de sales, aunque la inmensa mayoría está atrapada en forma sólida en neveros y los grandes casquetes polares y otra gran parte en las capas subterráneas frecuentemente inaccesibles. De forma que, en esa ya un tanto exigua quinta parte emergida del planeta convive una biosfera terrestre dependiente de unas casi siempre exiguas disponibilidades de agua dulce. Espacio vital y agua que tienen forzadamente que compartir con el éxito desmesurado, medible en miles de millones de individuos, de nuestra especie, que ejerce sin embargo presión sobre esos dos recursos, agua y territorio, y el resto no sólo por su simple y abrumadora abundancia sino por su capacidad terrorífica, potenciada al máximo por la tecnología de modificar el medio sin medir previamente de antemano –el principio de cautela no parece incluirse en nuestra dotación genética- sus consecuencias. Este, creo, es el panorama exacto de la escena actual, y quienes están en la mejor situación para acomodarse a ese empuje no son muchos de los organismos más vistosos, los animales y plantas “superiores”, ni tampoco la propia especie que los provoca, quizá la más amenazada, al menos en su forma actual de organización económico y social, sino los organismos primeros que estaban antes y muy probablemente estén después, las bacterias.

El resultado final de esta situación es que una inmensa mayoría de organismos vivos y todos, repito, todos los territorios, ecosistemas o unidades geográficas, paisajes, etcétera que queramos definir están amenazadas a más o menos corto plazo en las tierras emergidas. Y que esa amenaza global territorial está poco divulgada por dos razones a mi juicio: por un lado, por la mayor difusión de otras amenazas globales paradójicamente más intangibles o, por mejor decir, más difícilmente aprehensibles, como el cambio climático (que además es en gran parte resultado de ese mismo ilógico uso del territorio); y por otro, por la descripción desmenuzadamente particularizada de esta amenaza territorial en forma de casos concretos: la desaparición de las selvas húmedas, de los bosques, de los ecosistemas árticos, de las focas, los osos o los cetáceos…Una sola. En este apartado, pues, quiero abordar la amenaza sobre el territorio, así, en genérico singular, particularizándola en su casuística no a territorios más o menos clasificables y edificantes, selvas o manglares, sino al caso de la Península Ibérica. El peligro global es, en aparente paradoja semántica, la fragmentación territorial, la insularización de espacios valiosos y su desconexión entre sí, que los hace crecientemente frágiles cuando no inviables. Esa insularización es por tanto un descriptor tan válido como la globalización, y complementaria de esta, como una evidencia de fragilidad.

Por entrar ya directamente en faena, señalaré las nueve causas que considero pertinentes, al margen de la causa aristotélicamente final que, lógicamente, es la acción humana:

1) La desertización demográfica rural; es decir, la despoblación humana del campo y la aparejada pérdida de toda una cultura, la cultura campesina.[3]

2) La pareja invasión puntual y temporalmente concentrada en fines de semana y periodos vacacionales, de hordas de visitantes urbanos aculturizados de esa cultura extinta o en extinción a la que, por tanto, no se adaptan, sino que tienden de manera inevitable a adaptar a su cultura portante, la urbana, urbanizándola en el sentido más amplio y a la vez más concreto.

3) La mencionada fragmentación territorial, en parcelas cada vez más pequeñas funcionalmente, interrumpiendo flujos de materia y energía e información que los hacía viables y afectando flora y fauna, pero principalmente procesos geodinámicos, por las crecientes infraestructuras y equipamientos de origen urbano que fagocitan el resto del territorio, desorganizándolo.

4) Los desequilibrios territoriales que agudizan los feed back positivos y anulan la regulación de los negativos, como los trasvases hídricos a larga distancia

5) El propio cambio climático que ejerce sus efectos sobre los ecosistemas terrestres ya muy vulnerables por la fragmentación e insularización, implicado mayores dosis de incertidumbre y mayores cantidades de intercambios de energía implicados entre las cubiertas fluidas de la tierra, atmósfera y océanos sobre el campo de batalla de la Tierra.

6) El abandono de cultivos y de antiguas superficies transformadas por el hombre para la producción de alimentos que eran ejemplos de sostenibilidad, es decir, “éxitos” en la secular y lenta transformación interactiva de los entornos por las anteriores sociedades humanas, en este caso la campesina y sobre todo, la ganadera.

7) La apabullante hegemonía, en el juego del Mercado, del uso de más imbatible plusvalía de los potenciales del suelo, el genéricamente urbano.

8) La distancia burocrática creciente entre la toma de decisiones, insisto: cada vez más lejana, y su aplicación local que es la que las sufre, en primera y sangrante instancia, sin bucles de retroalimentación ante esos errores. Así, la política agraria comunitaria de la Unión Europea no sólo contradice la de otros departamentos, como el de medio ambiente[4], sino que supone un “despotismo iletrado” que desmantela a menudo los logros seculares de las culturas campesinas.

9) La excepción a lo anterior la constituye la política urbanística que, como regla general (véase punto 7 más arriba) es mejor controlar a distancia. Las reglas urbanísticas generan tantos intereses que deberían ser vigiladas cuanto más lejos mejor de donde se aplican. Además, el Estado español ya no tiene prácticamente competencias, que han sido transferidas a Comunidades autónomas y municipios, así que la Unión Europea haría bien en intervenir directamente[5].

Esa amenaza al “espacio vital” hacia el resto de especies se hace real también contra subgrupos más desfavorecidos de la nuestra, como tribus premodernas o, en el caso español, poblaciones campesinas. Por otra parte, la amenaza sobre el espacio vital se concreta en la inviabilidad funcional y fisiológica de los territorios ecológicamente soporte de esas humanas, por dos razones:

1) su abandono provoca la desorganización de sistema o

2) su pequeño tamaño y su insularización resultado de la fragmentación las hace inviables funcionalmente.

En resumidas cuentas, la viabilidad de un nuevo Espacio Natural tiene que ver, además de con su estado de conservación inicial, con su tamaño, a mayor superficie, más viable; con su conexión con otras zonas semejantes al menos en su grado de “naturalidad”; con la existencia de poblaciones campesinas asentadas en su entorno y convencidas de la utilidad de la protección; y, finalmente, con la adecuada gestión de las visitas. Mientras tanto, el resto del territorio no explícitamente protegido sufre la “patente de corso” para ser arrasado. O su mero abandono. Las “bellas durmientes”, que era el hermoso nombre que los antiguos cartógrafos daban a los territorios por descubrir, las terra incógnita, son ahora “feas moribundas”, nuestros familiares campos hoy abandonados o convertidos en solares en expectativa

Por el contrario, como decía Wittgenstein del psicoanálisis, esa suerte de “ecología” que basa su enfoque en la dicotomía entre hombre y naturaleza es “mala filosofía, poderosa mitología y falsa ciencia”, y no supone ninguna ayuda ni orientación para la gestión del territorio conservado.

Finalmente, es curioso constatar como la mal llamada Ecología Profunda (Deep Ecology) que incluye las formas más extremas de misantropía (La especie humana como “parásita” del planeta y el resto de la Biosfera) es simétricamente antagónica del darwinismo mejor entendido y más progresista. Darwin, para ilustrar la insatisfactoria moralidad del proceso de selección natural aludió a un supuesto “capellán del diablo” (Devil´s Chaplain) “Qué libro escribiría un capellán del diablo acerca del torpe, despilfarrador, desatinado y horriblemente cruel mecanismo de la naturaleza” [6]. Darwin, como Huxley y más recientemente Richard Dawkins sostenían que al carácter esencialmente desagradable de la evolución biológica hay que enfrentar la evolución cultural y moral de los humanos y que el progreso ético de la sociedad –incluyendo la preservación del mundo vivo- no depende de imitar los procesos biológicos, mucho menos de huir de ellos, sino de “combatirlos” sin contradecirlos, esto es: amable e inteligentemente, como no se cansaron de repetir numerosos autores, desde Paracelso a Bacon (“A la naturaleza se la domina obedeciéndola”, o en frase de Kant: “es la naturaleza la que da la regla al arte”, entendiendo “arte” como “techne”, o en Cicerón: “por medio de nuestras manos tratamos de crear una especie de mundo vicario dentro del mundo de de la naturaleza”). Es decir, el proceso ciego de la evolución ha tropezado, sin quererlo, con su propia negación que, como señala, Dawkins es una negación pequeña y local, sólo una especie, y dentro de ella una minoría de sus miembros que, con la adquisición –precisamente por evolución- de la conciencia reflexiva, pueden oponerse a los mecanismos naturales, crueles y ciegos. El obispo Heber afirmaba que “Todos los paisajes son bellos y sólo el hombre es abominable”; exactamente igual que ese ecologismo furibundo que se reclama “profundo”. Pero este mensaje elemental de una naturaleza “buena” frente a unos humanos malvados es justo el opuesto del que nos muestra la teoría evolutiva más depurada: que antropocéntricamente la naturaleza puede en ocasiones evidenciarse “mala” moralmente, pero de ella ha surgido quien se le puede enfrentar y completar éticamente. Una maravilla que tanto los toscos pseudodarwinistas spencerianos como los ecologistas autodenominados “profundos” parecen ignorar.

Antes se amurallaban las ciudades; ahora se valla la naturaleza, en ambos casos inútilmente. Una ciudad herméticamente cerrada, asediada, es inviable al cabo de un tiempo; la naturaleza, también. De hecho, las estructuras más importantes de una muralla son las puertas, y la naturaleza también las necesita, porque no soporta un confinamiento impermeable. Ese es el dilema de la actual conservación de la naturaleza basada en los espacios naturales protegidos, islas de buena voluntad pero mala viabilidad en un mar transformado.

Ribazos con restos de vegetación original en los yesos del Sur de Madrid (foto de Desde el Sekano )


[1] Julian Barnes: Inglaterra, Inglaterra; Anagrama, Barcelona, 2001

[2] Título de un capítulo de uno de los libros divulgativos de nuestro más insigne ecólogo español: Ramón Margalef.

[3] Los incendios forestales en España son una elocuente evidencia de las consecuencias de esa desertización rural. El fuego, como factor ecológico en los ecosistemas mediterráneos, y los incendios forestales en su ámbito a lo largo de la historia han sido fenómenos habituales. Lo verdaderamente inédito de la situación actual son sus dimensiones catastróficas, su falta de autocontrol o feed-back negativo. De hecho es la “explosiva” suma de la ausencia de esos verdaderos “guardianes de la naturaleza” que eran los campesinos y la proliferación pareja de visitantes inexpertos concentrados en fines de semana y en la época más proclive al fuego, el estío, la que explica esa falta de control. Curiosamente, los informes oficiales jamás aluden a este hecho. Por otra parte, inmediatamente después del fin de la Guerra Civil, ya en 1939 se instauró el Plan Nacional de Repoblaciones Forestales (Ceballos y Jiménez Embum) y dos años después se creó en Patrimonio Forestal del Estado. Con ambos instrumentos se emprendió la plantación de cultivos madereros de crecimiento rápido con especies foráneas de pino y eucalipto, aprovechando los terrenos vacantes que iba dejando la migración rural, y en perverso feed-back acelerando esa misma desertización demográfica al forzar su expulsión ocupando terrenos de producción. Estos cultivos, eufemísticamente denominados “Repoblaciones” Forestales, pues su excusa era corregir las cuencas hidrológicas en cabecera, controlando la erosión de sus suelos, y la creación de nuevos bosques, también incrementó los daños de los incendios. Cuando el organismo encargado pasó a llamarse ICONA, Instituto de Conservación de la Naturaleza, con un despliegue territorial y una hegemonía sobre los destinos del mundo rural sólo comparable a otra institución muy temida, La Guardia Civil, se completó la vuelta de tuerca de enarbolar la “Naturaleza” para atacar al Campo.

[4] Por ejemplo, determinada directiva de la UE incentiva el desmantelamiento del olivar con pies de arbolado antiguo, mientras que esa misma UE a través de otra directiva ambiental insta a proteger los pájaros insectívoros invernantes en la Península, cuyo principal refugio y fuente de alimento son…los olivos viejos. Para más detalles véase J.M. Naredo y F. Parra: Situación diferencial de los recursos naturales españoles; Col. Economía vs. naturaleza, F. César Manrique

[5] En realidad, está es una triste confesión de impotencia ante un urbanismo feroz que se ha convertido, en palabras del arquitecto Fernando Roch, en un simple comprar suelo por hectáreas y venderlo por metros cuadrados con el consabido beneficio de unos pocos. A medio y largo plazo, en lo que quede sin asfalto y en lo demás también, habría que confiar en la profundización de la democracia y sobre todo de la participación verdadera y pública de los habitantes-pobladores de los territorios afectados, incorporando, en palabras del colectivo Rizoma, el territorio a esa democracia como sujeto casi-político. (Cf. Archipiélago, diciembre de 2005)

[6] Carta de Charles Darwin a su amigo el microscopista Hooker en 1856

20/02/2010

El buen lector (brevería)



“He descubierto que la lectura es una forma de soñar esclavizada. Si he de soñar, ¿por qué no soñar mis propios sueños”.

Y yo he descubierto esta entrada en los diarios de Fernando Pessoa, recientemente traducidos al castellano. Me parece muy reveladora, no del poeta luso en concreto, sino del escritor en general. Si matizásemos esa “lectura” a “lectura de ficciones”, eso explicaría dos cosas muy relacionadas:

Por qué la mayoría de los escritores lo son, y por qué la mayoría de los escritores no son buenos lectores.

Y además creo otra cosa, que en el proceso de aprendizaje del oficio se lee a los demás –no hay otra forma de aprender: los talleres literarios, en el fondo un timo, no hacen otra cosa que enseñar a leer- destripando su carpintería, su técnica y artificios y no es que yo crea que la inocencia es requisito para el disfrute, aunque a veces ayude, pero esa forma tan instrumental de leer termina por impedirles leer como lectores, simplemente disfrutando, lo que nunca es simple.

Ahora entiendo mejor a los autores más específicamente literatos (que no necesariamente literarios) de los blogs , como Lector malherido http://lector-malherido.blogspot.com/ o El clavadista solitario http://el_clavadista_solitario.lacoctelera.net/


18/02/2010

Prólogo a Miros

(Para Miroslav Panciutti, con afecto)


Miles Davis - Ascenseur pour l'échafaud

Cuando llegó la televisión, el primero que la tuvo fue mi novio, el carnicero. Toda Navalquejigo quería ir a su casa a verla, pero él elegía; invitó a mis padres, y así fui yo también y así nos hicimos novios. En la oscuridad, él me ponía una mano en las rodillas, luego iba subiendo, y en cuanto pudo, me preguntó si era virgen. Yo, con aquella mano sobre las piernas y mi madre cerca me sentía incómoda y, para tomarle el pelo, le respondí que sí: ¡le había estado esperando precisamente a él!

(véase relato de Miroslav,
http://desconciertos3.blogspot.com/2010/02/el-carnicero.html del que este, con su permiso, es una suerte de prólogo o de crónica de una muerte anunciada, con permiso igualmente de García Márquez)

17/02/2010

Arco 2010



G. F. Haendel - Music for the Royal Fireworks: Ouberture (Le Concerte des Nations, Jordi Savall)

Revendería la invitación que me han dado para visitar Arco, porque la entrada vale una pasta y el arte que supuestamente contiene esta gran feria del arte contemporáneo no me interesa demasiado, pero no lo haré, porque, en cierta forma, si me interesa, me fascina, la fauna que asiste a esto, los galeristas, los artistas, es alucinante.

Por supuesto, a mi los tiburones embalsamados del hortera y hábil negociante Damien Hirst, que hasta tiene nombre de novela caducada de Hermann Hess, no me provocan lo más mínimo, pero la cifra del precio, que es de lo que se trata y no de su valor que es para mí cero, esa sí que me logra ‘epatar’ (quince millones de dólares). Por supuesto, el mercado del arte contemporáneo no tiene demasiado que ver con el arte, ni siquiera con el arte contemporáneo; entendido eso, todo lo demás se comprende también. Las extravagancias, los mal llamados despropósitos (tienen un propósito: ¡Venderse!), lo exorbitado no de las mal llamadas también ‘propuestas’ sino de los precios, el exhibicionismo de caca, culo y pis, esto es, infantil, el circo mediático, los canapés, las viejas galeristas patéticamente empeñadas en no envejecer, los jóvenes ayudantes mariposones. Mirad, para explicar lo que siento al ver esta feria de…las vanidades lo mejor es que vuelva a colgar este cuento mío, es decir, de Lansky


El arte por el arte (relato)

Había matado al jefe de una red de trata de blancas, a un concejal de seguridad ciudadana maltratador, hasta a un cocinero de renombre, pero nunca a una mujer y nunca, por ende, a la dueña de una galería de arte, establecimientos que él, casualmente o no tanto, frecuentaba, más como mirón que como cliente. Ya había estado en esa galería en algún escasamente memorable momento del pasado y recordaba perfectamente la colección de pequeñas esculturas, demasiado diminutas y pretenciosas, prácticamente “bibelots”, de bronce, como las horrendas porcelanas para turistas, pero con más ínfulas. También recordaba a la galerista, una mujer altiva y antipática, que simulaba ser la artista y no la intermediaria, con la clásica rigidez facial de los retoques quirúrgicos y el rictus histérico de las insatisfechas sexuales y que, obviamente, empleaba una parte generosa de su margen de beneficios en su ropero. Simular lo que no se es no parecía motivo suficiente para ser asesinada y además, si lo fuera, una gran parte de la humanidad sucumbiría. Disimular lo que se es: un asesino, era bastante menos gratuito.

“No hay tantos crímenes como dicen, aunque sobran razones para cometerlos”, explicaba al inicio de su libro “Crímenes ejemplares” el gran Max Aub, que también explicaba como mató a su hermana “porque no era mía, no porque fuera mía”. El tenía una primorosa primera edición mexicana de 1957 y no la pretenciosamente ilustrada y más reciente española, de la que lo mínimo que se podía decir es que las ilustraciones eran redundantes, mucho menos poderosas y expresivas que las propias imágenes literarias, inútiles de duplicar, del escritor español y ciudadano mexicano, como gustaba presentarse. Aub además reconocía como incomparable precedente a un pintor, que no escritor, el Goya grabador de los Desastres, y reclamaba para ambos el título de filántropos. Un filántropo, o por lo menos un amante del arte habría considerado la posibilidad de dar ejemplo cruento con la galerista de marras; vista la exposición de adefesios que había sustituido a los cachivaches de bronce anteriores. Si el Freholfer de Balzac, el de La obra maestra desconocida, la hubiera visto habría considerado esa misma posibilidad de dirigir su violencia en forma más adecuada, en lugar de suicidarse y destruir su propia obra frustrada. El propio Balzac, al comienzo de su carrera cuando aún no era rico, había decorado las paredes de su casa con letreros con los títulos de las obras que hubiera deseado poder colgar: “Rembrandt: Paisaje con árboles”, ponía en el salón; “Delacroix, La marcha triunfal del pueblo”, en el dormitorio, etcétera. Si hubiera visto como la gente ahora colgaba simplemente firmas de sus paredes y además pagaba sólo por ellas se hubiera sentido extrañamente profético.

Nunca había sabido porqué los bailarines clásicos, los encargados de las galerías de arte y los peluqueros de postín son homosexuales, como no fuera por la dudosa reputación de almas sensibles que alguna gente les concedían. El amanerado empleado que revoloteaba –para eso tenía tanta pluma- alrededor de él, entre vaharadas de “eau sauvage” de Dior, le estaba intentando convencer que el perfecto listo imbécil que había pintado, es un decir, esas inarmónicas manchitas tristes, como de grasa rancia, era una buena inversión que se iba a cotizar mucho en el futuro, pero usar el azul de genciana como hacía el interfecto sólo podía tener dos explicaciones: era daltónico y además no conocía el delicado “ocell blau” de Miró o, dos, era un agente infiltrado del único otro “arte” comparable al suyo, el de los cuados de escenas de cacerías de ciervos a la luz de la luna que se vendían en una de las más vergonzosas calles laterales del rastro madrileño. Encima, no se había privado de titular las obras, lo que aparentemente obligaba a ese patético ejercicio de mirar el folleto, mirar el cuadro, mirar el rótulo, en sucesivos y sobresaltados enfoques: “nocturno en azul” (“Ya lo sabía”), abstracción 33 (“¿Quemaste las 32 anteriores?, ¿Por qué no esta?”), “Introspección”, y bla, bla, bla.

Después de quitárselo de encima, de detrás (peligro), de alrededor (revoloteos incesantes), de delante y quizá de debajo, pudo proseguir con más sosiego el itinerario por el establecimiento, comprobando la existencia de: uno, salida de emergencia que daba al portal de inmueble de vecinos adjunto, dos, almacén de material al fondo, y tres, despachito coqueto con estanterías de catálogos, listas de precios, albaranes y el inevitable ordenador, un portátil a juego con la moqueta, de la jefa, a la que se adivinaba fumando con fastidio en una boquilla, como no, de ámbar. Pero cuando se asomó con el pretexto de consultar la lista de precios (el memo, encima, no era barato precisamente) descubrió con alarma la ingente mole oscura de un pitbull del tamaño de un ternero a los pies de su ama.

Al igual que no podía imaginarse cazando, no podía ni siquiera soñar en matar un perro, ni siquiera de esa raza de agresivos ejemplares que él sabía, lo tenía comprobado, que si se educaban al margen de las normas de los perros de presa, se volvían tan tratables como cualquier otra raza y bastante más, pongamos por caso, que algunos falderos de incorregible personalidad matona, como los cocker spaniels. “No hace nada”, le intentó tranquilizar la dueña dirigiéndole esa sonrisa de perdonavidas que era probablemente la única que le permitía esbozar el tirante apaño quirúrgico sobrevenido en su rostro. “Tú sí que no haces nada”, pensó él, mientras contemplaba al perro valorativamente: el único ser vivo e incluso objeto bonito que había en el local. “Rothko, es muy pacífico”, añadió innecesariamente (Tenía que haberle puesto el nombre del expresionista abstracto por excelencia, claro: “Rothko, bonito, Hagamos este trabajo juntos: cómete a tu dueña y a su empleado, cómete al artista, destroza los cuadros y cágate en ellos, demuestra que haces honor a tu nombre y tienes sensibilidad artística. A cambio te prometo una vida al aire libre, llamarte Sansón y liberarte de esta prisión minimalista”). Además Jara, su perra podenca bastarda, tenía debilidad por los tíos cachas.

Fingió consultar la lista que le tendía, donde varios círculos rojos indicaban que había gente para todo, capaz de matar un pitbull o de comprarse un cuadro de esos, o bien, era una artimaña de la propietaria; ya se sabe cuanto consuela a los idiotas no sentirse únicos. “La verdad es que se está vendiendo muy bien. Aún no es muy conocido, pero está empezando a correr el boca a boca. El mes que viene expondrá en Nueva York” (“Te creo, te creo, Nueva York ya no es la misma desde lo de las torres gemelas”). La vieja quería palique. Le incomodaba un poco que le hablara dirigiéndose a su paquete y era evidente que disfrutaba del suficiente poder como para tirarse de vez en cuando a algún pintorcillo en ciernes y que con un homosexual había suficiente en el negocio, aunque ella fuera aún más amanerada.

Entre sus inconfesados vicios se contaba el de almorzar en las cafeterías de los museos, inmaculadamente limpias y discretamente decoradas y dónde la comida a veces era aceptable, así como los precios. Comparó esos placeres propios con la taza de café manchada asquerosamente de carmín (“Cómo había tías que aún no sabían que eso daba asco”), el platillo repleto de colillas, estas no machadas merced a la boquilla, y el resto de un envoltorio industrial de sándwich de jamón y queso. Las malas galerías son a los buenos museos, sector de la restauración hotelera incluida, lo que las scooters a las verdaderas motos, los electrodomésticos a las máquinas que se respeten o las dueñas de galerías a las auténticas mujeres. Parodias.

-¿Esta interesado en alguna de las obras? ¿Puedo aconsejarle una adquisición interesante?

No pudo reprimir los deseos de ironizar ante la pregunta: -Voy a esperar que sequen, -contestó.

-¿Cómo dice? (Cuidado la bruja despertaba)

-Disculpe. Quiero decir que son tan “frescas”, tan espontáneas, que parecen acabadas de pintar.

El gesto de la bruja denotaba dos cosas: una, que no era tonta y las cazaba al vuelo, dos, que, por alguna razón, estaba dispuesta a ver hasta donde podían llegar sus ocurrencias sin sulfurarse.

Él ya pensaba ya que la galería no era una opción desde luego. Seguramente el afeminado era el encargado de cerrar. Y la presencia del perrazo tampoco era un aliciente. Improvisando sobre la marcha, la conversación con su madura interlocutora le sugirió un camino, ya que esta insistía en dirigirse a su pene, así que derivó insensiblemente hacia un ligero coqueteo que le confirmó la posibilidad esbozada. Un cuarto de hora después las risas de ambos habían hecho asomarse discretamente al encargado; la última, cuando de puntillas había enarcado las cejas a su jefa en un gesto de “¿Andas de caza?”. Salió de la galería con una cita para la tarde. Era de suponer que no se llevase al perro a sus salidas vespertinas por muy Rothko que se llamara.

El inevitable bar de diseño parecía una exposición moderna de saneamientos y cuartos de baño con tanto cromado y cristal esmerilado, pero sabían preparar un martini y los camareros, más ocupados en su prestancia que en las necesidades de los clientes, no prestaban la menor atención a los mismos. Lo que era muy conveniente.

La acogotó en el lavabo de señoras, que para compensar parecía una cafetería de diseño sólo que con retretes. Y salió al frescor ruidoso de la noche urbana, sin mayores problemas.

Un mes después volvió a pasar por la galería. Le inquietaba un asunto lo suficiente como para romper una de sus normas y regresar a uno de los lugares de los hechos. El local permanecía abierto; esta vez se exponía una colección de estampados sobre lienzos que no hubieran quedado mal como manteles de hule para cocina, pero eran demasiado caros. El encargado de los pies alados y el resto así mismo emplumado también estaba, pero ahora ocupaba el despacho de la jefa y un bello mozo, su anterior lugar. Y lo que importaba, el perrazo seguía en su sitio de costumbre, al parecer bien atendido y alimentado y ni siquiera parecía especialmente dolido por su pérdida familiar.

Cuando se iba oyó pasitos detrás y una voz meliflua que le dijo algo que le heló la sangre:

-Señor Jarrapellejos, ¿podemos servirle en algo?.- El perro estaba junto a el.

Se giró y le miró a los ojos:

-Perdón, ¿cómo me ha llamado?

-¡Ay! Disculpe, le he debido tomar por otro.

-A veces las confusiones, hasta las más inocentes tienen consecuencias. –Le contestó sin perderle los ojos.

-Bueno, entre cliente y profesional siempre hay que contar con la discreción más absoluta. Sobre todo por que interesa a las dos partes.

Y ante eso no tuvo réplica. Llevaba razón. Y si no, haría otro trabajito. Y esta vez gratis.


Fin


La distinción (mini ensayo)

En el Siglo de Oro español se distinguía entre el “discreto” y el “vulgo”; es decir, entre los letrados y lo popular. No es que a los letrados les guste la ópera y al populacho el fútbol, sino que el vulgo acude al fútbol –y en otros tiempos a la ópera- a desfogarse, mientras que el discreto lo entiende y lo disfruta por sí mismo y no como pretexto. Sin embargo, en el caso de eventos como Arco, lo anterior no funciona así: la gente se muestra, se deja ver, independientemente de su interés por el arte, como los burgueses abonados a los palcos del Liceo de Barcelona no necesariamente, más bien al contrario, están interesados por la música.

El arte por el arte (otro mini ensayo)

En la valoración de las obras de arte hace tiempo que se enfrentan dos escuelas de pensamiento. Por un lado y desde el célebre manual de Hauser (Historia social del arte), están los que propugnan que lo que concede méritos a estas obras son su función social, se entienda eso como educativo, cultural, patrimonial, etc. Del otro, están los que dice que sólo desde el propio arte y sus reglas y hallazgos es posible situar la importancia de una obra. Nada impide, sin embargo, considerar que ambas visiones en lugar de antagónicas puedan ser complementarias.

16/02/2010

Bonito y feo (Brevería estética)

Mi pajar, mi bici, 'mi casa' (no soy E.T., y a la estufa aún no le he conectado el tubo y hace un frío que pela)
Con la excepción de los mal diseñados, hay objetos bonitos de por sí, como las bicicletas, los libros, las conchas de los caracoles o las mujeres (¿Qué las mujeres no son objetos? No. Las mujeres no son 'sólo' objetos). Otros, como las gallinas, los chalés adosados o las motos con tejadillo hay que hacer verdaderos alardes de ingenio con ellos para que resulten estéticamente aceptables. Y con los materiales lo mismo, el cartón, las perlas, la mayoría de las maderas, el granito y el papel son maravillosos por ser lo que son. Pero el celofán, el nylon, son en general detestables.

España, por ejemplo y en conjunto no es bonita; bonita es Francia;
España, en cambio, puede ser bella o espantosa. Por eso, cuando dominábamos los mares –sin molestarnos en invertir en I+D, como los ingleses, que cada vez hacían mejores barcos, hasta que nos echaron a tierra, nos embarrancaron, nos vararon, nos pusieron en dique seco- , la política y el comercio no imponíamos, sin embargo, hegemonía cultural alguna, como Francia o como Italia, o como EEUU a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Salvo dos excepciones –bien que lo cuenta el historiador británico John Elliott-, El Quijote, es decir, la novela moderna, y la elegancia del color negro en los trajes. Cuando los cortesanos ingleses parecían gallinas coloradas entre rosas y puntillas, la estameña negra, sobria y cinco siglos antes de Dior o Chanel, de los embajadores españoles dejaba pasmados a los guiris. Claro que había dos asuntos; por un lado, el negro es el tinte para lanas más costoso y difícil de conseguir, me refiero a ese negro lustroso, refulgente, pero sin excesivos brillos. El otro asunto es que esos nobles vestidos de suntuoso negro los retrataba un bello aposentador que parecía un mosquetero y que se llamaba Velázquez.

15/02/2010

Manipulación fotográfica



Un buen amigo al que aún no conozco pero con el que me trato en este mundo de la Red, David, el del Blog La cama sin hacer, me ha hecho un regalo y me ha dado una lección todo en el mismo paquete. Ha cogido dos de mis fotos del post ¡PERDIDOS! (ver al final de este post):

http://www.lansky-al-habla.com/2010/01/perdidos.html

Y las ha manipulado convenientemente, obteniendo unos resultados francamente buenos. El resultado son estas fotos ‘davilanskyanas’ que espero os complazcan. A mí, por si hiciera falta, me van curando de mi puritanismo fotográfico que consiste en un único mandamiento: ¡No manipules las fotos! Lo cual es una tontería porque toda foto, desde el momento que eliges el tema, el punto de vista, la luz adecuada, está manipulada. Como dice la Biblia del escándalo es en el ojo, donde reside toda manipulación.

Yo creo que la diferencia esencial en relación a la fotografía entre David y yo no estriba en la manipulación, por tanto, ni en el uso tan hábil como tal vez desmesurado del photoshop, sino en que él trabaja mucho las fotos ‘después’, y yo ‘antes’, aunque sólo sea por el ímprobo esfuerzo de llegar hasta donde las hago.

Por cierto, David, Ojo Certero, eligió las mismas dos fotos de la serie que hubiera elegido yo. ¿Casualidad?

12/02/2010

Brevería económica número dos (ahora titulo como los pintores modelnos)



Tote King - Interludio Osr

Lo primero sería limpiar el lenguaje de eufemismos, mantras y términos de moda y de consenso, como sostenibilidad, tanto más apreciados cuanto menos signifiquen. Así, si decimos "‘los mercados financieros’ ha reaccionado ante la debilidad de la moneda…", en lugar de decir "‘Los especuladores' han olido la sangre y han acudido a por sus inmediatos beneficios a costa de hundir la moneda…"etc. Como cualquier alimaña sanguinaria los especuladores–bien llamados ‘tiburones’- actúan con histeria y en manada, contagiándose las ansias unos a otros y también los miedos.

Segundo. Los propios augures, profetas, chamanes, oráculos, los analistas económicos (no todos los economistas, por fortuna): son arte y parte, así que poco objetivos, pero es que además participan de esa tendencia de las mal llamadas ‘ciencias’ sociales, nuevas formas de brujería que se disfrazan de rigor con las matemáticas, muy somera y superficialmente utilizadas (aunque haya una casta, los económetras, más matemáticos que economistas, abstraídos en sus propios sueños numerológicos y algunos excelentes matemáticos).

Esos expertos, como todos los expertos, no me cansaré de repetirlo porque aún les reverecian algunos ingenuos, no sirven de mucho ante problemas complejos y más o menos repentinos; primero, porque traen pensadas de antemano las soluciones, son esencialmente apriorísticos, segundo porque creen en sus simples y reiteradas recetas ante problemas esencialmente sistémicos y complejos en el que están implicadas e interrelacionadas numerosas variables, de forma que tocas una y se mueve otra impredeciblemente en un sentido inesperado. Es decir, y este es un principio holístico de mi invención, todo problema complejo tiene soluciones sencillas, que siempre son falsas.

Y además, como los lapitanos de Gulliver andan siempre obsesionados con encerrar rayos de sol en botellas (no saben que los pepinos mismos, son eso, como cualquier hortaliza: rayos de sol embotellados)

Puede que a algunos les sorprenda que los ratones de laboratorio no aprendan biología, pero es evidente que los ministros de economía no suelen aprender economía política. O la olvidan de una crisis a la siguiente. Experiencia sin aprendizaje, algo que no se da ni en los animales más inferiores que terminan aprendiendo, aunque sean humildes gusanos, a huir de las descargas eléctricas.

Eufemismos incluso bien intencionados, como ‘capitalismo salvaje’, obviamente redundante, porque ¿dónde está el capitalismo domesticado, en las socialdemocracias del Estado del Bienestar? Puede. Pero esa gente dice ‘genero’ donde debería decir sexos, ya que hablan de personas y no de substantivos ni gramática, y dicen tercera edad en lugar de viejos, o el más respetable, ancianos, etc. Pues bien, el lenguaje económico es el más vergonzantemente eufemístico de todas las jergas posibles.

Incluso bienintencionados no podemos fiarnos totalmente de los analistas financieros y de los oráculos económicos. Es como si confiásemos nuestra salud a los médicos…forenses. Solo sirven para decirnos a posteriori de qué hemos muerto, cómo y porqué. Y como cualquier brujo, cuidadito: matan por sugestión, por profecías autocumplidas.

Si uno fuera muy ingenuo pensaría que esta casta de profesionales, con tanto poder como para torcer la voluntad política de las democracias, son maestros ciruela: que no saben leer y ponen escuela. Pero es que el negocio no está en enseñar, sino, obviamente, en construir las escuelas y pagar a esos maestros.